Cachorrito
Estar lejos de casa es difícil, no importa a que te dediques o con cuanta frecuencia lo hagas, los viajes fuera del país, aun los que te llevan a otra ciudad, siempre traerán consigo ese sentimiento de nostalgia. No añoramos nada más que nuestra propia casa, a nuestros amigos y familiares, al señor que vende helados caseros en la calle de enfrente, la manera en que esa pareja de ancianos prepara el ramen que venden a diario, sentarnos en el parque a disfrutar del verde pasto mientras los niños ríen en la sección de juegos. Y aunque yo no soy originario de Japón (soy australiano, pero nacido en Canadá, cosas raras de la vida), en los últimos años me he adaptado a mi nueva vida y al nuevo hogar; no es muy difícil para alguien que ha estado en al menos diez países en veintiocho años. Sin embargo, para el resto de mi nueva familia, conformada por Thelma y los Vocaloids, el estar lejos de casa es algo difícil.
Por fortuna, tenemos acceso a tecnología que nos permite estar en contacto con nuestros seres queridos a pesar de la distancia. Ahora no solo se trata de llamadas telefónicas, también tenemos las cámaras digitales y las video llamadas por medio de Internet que nos hace sentir más cerca de la familia, volviendo más fácil sobrellevar la situación. Y aun así, hay cosas que no pueden suavizarse; es exactamente eso lo que ocurrió durante nuestra gira por España hace unos meses. ¿Recuerdan que les dije sobre el gran apego de Gumi hacia los animales? Bien, no es broma. En su casa tiene al menos ocho conejos de mascota, más dos perros de raza pequeña, una pecera con al menos quince especies distintas de peces, un gato viejo y tres canarios. Ella adora a todos y cada uno de estos animales y suele deprimirse cuando no los ve en largo tiempo; no es por exagerar la situación, aunque así suene, pero pasó más de una semana encerrada en su cuarto llorando por la muerte de uno de los conejos (cuando eran nueve) porque ya tenía una edad muy avanzada. En otra ocasión, rompió en llanto a medio concierto porque la canción que interpretaba trataba sobre una gata enamorada, en algún punto recordó a su mascota y no pudo soportarlo; claro que todos pensaron que sus lágrimas eran por la historia de la canción y la ovacionaron. Todo esto es leve, lo comprendo; sin embargo, su gran amor hacia los animales a veces puede ser un problemita.
—No.
—Por favor Master —me suplicaba—. Por favor, por favor, por favor. ¡Onegai-shimasu!
—No Gumi, no podemos traer al cachorro con nosotros; el camión no es adecuado para llevarlo, el hotel no acepta mascotas y podría pertenecerle a alguien. Mira ese lazo en su cuello.
—¡Pero míralo! Está asustado, solito, y flaco. Debe tener hambre —dijo casi restregándome al cachorro en la cara. Era uno de los llamados criollos, como se le llama a aquellos que son producto del cruce de quien sabe cantas razas; de unos cuantos meses de edad, tal vez seis, de pelo corto y blanco con una mancha sobre su lomo y las patas negras, dando la ilusión de que usaba zapatos.
—Tal vez tú lo asustas —murmuré—. ¿Te recuerda a tus mascotas, verdad?
—Sí… —abrazó al pequeño, que se acurrucó en ella y le lamió la mejilla.
Yo no tengo idea de cómo se enteró de mi gran debilidad, seguramente Thelma se lo dijo o nos vio en algún momento, pero la siguiente acción de Gumi fue mirarme de una manera triste, casi a punto de llorar, pestañeando de una manera lenta que resultaba enternecedora. ¡Y yo no puedo soportar eso! Cada vez que Thelma lo hace termino cediendo a lo que pide, ya sea comprar una caja de pockys o un peluche de alguna serie que nos guste, hasta ir al cine o subirnos a la montaña rusa. Estaba entre la espada y la pared, sabía perfectamente que eso era una trampa para hacerme ceder… y aun así caí.
—Está bien, ¡está bien! Puede quedarse en el camión, pero tienes que vigilarlo.
—¡Gracias Master! —saltó de gusto; su fingida tristeza se esfumó en un segundo.
—Y además, debes buscar a su legítimo dueño, ¿entendido?
—Claro, claro —dijo sin mirarme—. ¿Oíste eso pequeño? Vas a quedarte con nosotros.
No hacía falta ser muy observador para notar el poco interés que Gumi demostró ante mis condiciones para cuidar al cachorro; era común en ella aislarse de todo cuando se trataba de mascotas, aunque fuese de alguien más siempre terminaba por jugar con el animal antes de atender otros asuntos. Pero me parece también muy curioso que ella pueda hacer amistad muy fácil con cualquier gato, perro, y hasta con ardillas; solo les habla con un susurró y es suficiente para que se acerquen.
Cuando regresamos al hotel el resto del grupo nos esperaba fuera del camión, con un plato lleno de comida para perro y otro con agua. Esa joven inquieta les mandó un mensaje diciendo que llevaba a un cachorro que cuidar, vaya que es rápida, ni cuenta me di. Dejó al pequeño en el suelo que de inmediato se puso a tomar agua, bebiendo desesperado para combatir la sed que le aquejaba. Yo no quise saber más del asunto, habían sido unos días bastante pesados para mí, así que aproveché la ocasión para escapar de los Vocaloids y encerrarme en mi habitación para dormir.
Desconozco en que momento paso, solo recuerdo que al despertar de una siesta de cuatro horas y unos veintitrés minutos, miré por la ventana un cielo gris y oscuro, lleno de densas nubes que descargaban con fuerza una lluvia escandalosa acompañada por unos cuantos truenos. Me sorprendí un poco, incluso revisé el calendario de mi celular temiendo que hubiese pasado más de dos días dormido. Es maravilloso como puede cambiar el clima de forma tan repentina en poco tiempo. Me acerqué a la ventana, el cristal repleto de gotas de agua distorsionaba la imagen del exterior, aun así logré distinguir nuestro autobús en medio del aguacero y noté que tenía las luces apagadas. Lo más seguro era que Gumi yacía acurrucada en uno de los asientos, mientras jugaba con su celular y el cachorro dormía tranquilo a su lado o sobre su vientre; y era muy probable que Gakupo le acompañara, o tal vez Miku decidió acampar con Gumi.
Salí de la habitación, esperando que una ola de problemas me arrastrara, pero no fue así. Al contrario, todo estaba callado, vacío; sin Kaito corriendo desnudo por ahí, sin los gemelos riendo de sus travesuras, sin jarrones rotos por Gakupo, sin gritos de Meiko durante la función de lucha, sin Miku tarareando sus canciones, sin Luka… bueno ella no hace nada que me altere los nervios. Estaba por completo solo. Me asomé en todos los cuartos, pero no había nadie, la sala estaba vacía con el televisor encendido, la ducha estaba cerrada; ¿me dejaron solo? Me di la vuelta y pensé en regresar por mi celular cuando llamaron a la puerta. Me asomé por la mirilla y vi a un empleado del hotel. Abrí la puerta despacio, temiendo que viniera a recamar algo o peor aún, a sacarnos del edificio.
—¿Sí? —pregunté.
—Disculpe señor Master —dijo. No había ningún tono especial en su voz—. Pero un par de huéspedes han llamado diciendo que escucharon los ladridos de un perro provenientes de aquí.
—¿Un perro? —oh no, Gumi no respetó nuestro acuerdo—. Deben estar mal, tal vez fue la televisión, o mis chicos jugando con sus celulares.
—¿Le molesta si paso a revisar? —preguntó el chico. Le dije que no había problema y entró.
El chico recorrió todos los rincones de la suite donde nos hospedábamos. Entró a la cocina, a los baños, al bar, rebuscó bajo las mesas de la sala y llamó a todas las puertas esperando que el perro ladrara. Por suerte, en ningún momento obtuvo respuesta. Después de revisar la terraza, se disculpó por la molestia y se fue sin decir nada. En cuanto la puerta se cerró, suspiré aliviado. Mantenía la esperanza de que el perro en verdad estuviese en el camión, junto a todos los demás, y que cuando lo escucharon fue solo por un momento en que Gumi subió para tomar alguna almohada o sabana. Justo en ese momento, la puerta se abrió de nuevo y Gakupo entró. De inmediato lo jalé del brazo, obligándole a sentarse en el sillón.
—¿Tienes algo que explicarme? —pregunté. No estoy consciente de mi expresión, pero debió ser aterradora para que el joven de cabello morado se pusiera pálido.
—Master —dijo nervioso—, creí que seguirías dormido.
—No desviaras mi atención; acaba de venir un empleado a decirme que escucharon ladridos provenientes de aquí. ¿Gumi trajo al cachorro?
—Entonces sí lo escucharon —murmuró—. Le dijimos que no era buena idea, pero aun así lo hizo.
—¿Y qué pasó?
—Veras… mi hermana entró aquí con el cachorro, diciendo que se quedarían mientras pasa la tormenta porque estaban muy nerviosos en el autobús. Todo estaba tranquilo, hasta que Rin y Len intentaron asustar a Luka reventando un globo en su oído —esos dos niños, a veces creo que son la encarnación del mal—, pero ella ni se inmutó.
—Y supongo que solo espantaron al perro.
—Exacto, comenzó a correr por todos lados y ladraba como loco. Y justo en ese momento, Thelma y Meiko abrieron la puerta, así que el perrito escapó. Ahora todos lo estamos buscando.
—¿Sabes que eso suena como sacado de un película de comedia infantil?
—¡Pero es la verdad!
—Está bien, te creo. Un momento… —reflexioné por unos segundos antes de continuar—. ¿Y tú que haces aquí?
—Venía a distraer al empleado.
Chico listo. Y yo sin saber, le hice el trabajo.
Sin otra opción (y porque no quería problemas) también me lancé a la búsqueda del pequeño perro. Bajé junto a Gakupo por las escaleras y nos separamos apenas llegamos al piso inferior: él se dirigió al pasillo derecho y yo opté por seguir descendiendo, pues vi que Kaito estaba en el extremo izquierdo.
En verdad, no tiene caso describir como pasé la siguiente hora peinando los pasillos del hotel, revisando cestos de basura, cuartos de servicio y los elevadores, mintiéndole a los empleados con la excusa de haber perdido una libreta muy importante. Después de estropear un armario con un par de escobas, el pequeño can apareció frente a mí en medio del pasillo central del piso nueve, sentado a mis pies y meneando la cola, esperando a que lo cargara. Lo tomé en mis manos y tan rápido mis piernas permitieron, subí por la escalera de servicio hasta llegar al piso donde nos hospedábamos; verifiqué que nadie me viera y corrí a la habitación, pero antes de llegar fui interceptado por Gumi, que gritó de emoción.
—¡Master! —exclamó como una de sus fanáticas—, ¡lo encontraste!
—Yo diría que él me encontró —dije, abriendo la puerta—. Pero luego hablamos, primero debemos ocultar a este pequeño.
Sin embargo, ya era muy tarde. Antes de poder entrar, el joven empleado que revisó la habitación más temprano había vuelto con una libreta idéntica a la que describí como perdida. Sí, nos atraparon. Por fortuna, aquel chico era un fanático más de VOCALOID y sobornarlo fue fácil; cenó con nosotros, le regalamos un poster autografiado por todo el grupo, tomó fotografías suficientes para agotar una memoria de treinta y dos gigabytes y hasta echó un pulso con Meiko… perdiendo de forma dolorosa, aunque eso no le importó, estaba bastante feliz. Y nosotros, bueno, no tendríamos problemas.
Dos días después de aquella noche, nos dedicamos solo a pasear por las calles de la ciudad; es algo que siempre hacemos cuando vamos de gira, programamos unos días extras para conocer de cerca los lugares que visitamos. Como de costumbre, solemos separarnos en algún punto para no llamar mucho la atención y en esa ocasión acompañaba a Gakupo y Gumi que aun cargaba al cachorro. Pasamos frente a varias casas que tenían pinta de ser muy viejas, hasta que de pronto, vi un cartel de "se busca" con la foto de un perrito idéntico al que la peliverde encontró aquella tarde. Lo arranqué de un tirón y se lo di. Su expresión era difícil de descifrar, pues por un lado se notaba un tristeza en sus ojos al verse obligada a separarse del pequeño perro, pero también lucia feliz porque se dio cuenta del cariño que el legítimo dueño del cachorro sentía por él. Decididos a entregarlo, nos dirigimos a la dirección que aparecía en los carteles. La casa estaba cerca, a un par de calles del lugar que visitábamos; era más pequeña que el resto, de un solo piso, pero aun así lucia acogedora y limpia, con los muros pintados de un color durazno con tejas coloradas. Llamamos a la puerta y nos atendió una señora de unos treinta y tantos años, con un delantal florido. No hizo falta que le dijéramos nada, en cuanto distinguió al cachorro supo de qué se trataba.
—¡Rodrigo! —gritó al interior de la casa mientras se hacía a un lado para dejar pasar a Gumi.
El cachorro se veía emocionado, agitaba más fuerte la cola y luchaba por librarse de las manos de Gumi, que se negaba a soltarlo para que no se callera al suelo. Un chiquillo llegó corriendo, vestido con un jersey del Osasuna y un tanto asustado al principio por el repentino llamado, pero al escuchar los ladridos del cachorro y distinguirlo en los brazos de Gumi, sus ojos se iluminaron y sonrió de oreja a oreja.
—¡Toto! —lo llamó. Gumi dejó al cachorro en el suelo, que de inmediato corrió a los brazos del pequeño—. ¡Gracias señorita, muchas gracias! —repetía él, llorando de felicidad.
—De nada. Tienes un perrito muy cariñoso —le dijo—, así que cuídalo mucho de ahora en adelante, ¿sí?
—¡Sí!
Yo no sé cómo se sentía Gumi, si esa mezcla agridulce de sentimientos había cambiado o era la misma, ni tampoco puedo saber que fue de aquel cachorro llamado Toto. Lo que sí sé es lo que yo sentí en ese momento; era un sentimiento de satisfacción, algo que le dio un gran valor a todas las molestias que nos tomamos al alojar al cachorro con nosotros, a pesar de mi negativa inicial; ver la sonrisa del pequeño Rodrigo al recuperar a su amigo peludo. Así aprendí una valiosa lección, y es que esos pequeños seres de cuatro patas, o con aletas o alas, de orejas largas o colas largas, pueden formar grandes vínculos en nuestros corazones, y por eso mismo tenemos que cuidarlos como si fueran nuestros hijos. Esto lo aprendí de Gumi y de su incondicional amor hacia los animales.
