Rápida y meikosa

Miku y Luka guardan un secreto, igual Gumi y Len. Rin es una bromista, Gakupo excede los límites de la torpeza y Kaito gusta de andar desnudo por ahí. Puedo vivir con todo eso, hasta cierto punto lo hemos logrado controlar y no es que se traten de problemas serios. Bueno, a veces sí, pero nada que amerite más de 72 horas en una comisaria o una sanción económica, es todo. Pero Meiko es otro asunto, uno muy diferente.

Lo he dicho hasta el cansancio, pero ella no hace caso y los exámenes médicos no mienten. A pesar de beber el mismo licor que veinte hombres en una noche de bar, su hígado funciona tan bien como si fuera nuevo. Ni se diga de una intoxicación etílica o daños en el cerebro o estomago; Meiko procesa el alcohol como una planta el dióxido de carbono. A veces pienso que su organismo vive a base de sake y cerveza, pues los bebe como si de agua se tratase, se necesita una cantidad increíble para embriagarla y, lo más asombroso, es que nunca la he visto con resaca. El perfecto contrario a mi persona, que con solo una copa de sidra ya me rio incluso de las moscas que vuelen frente a mí.

Sin embargo, su adicción a la bebida, tan extraña como la de Kaito por el helado o de Miku por el puerro, no es el mayor problema. A esto se suma el que Meiko sea una corredora de autos… pero una corredora clandestina. No sabemos cuándo inicio, o porqué lo hace, o de dónde sacó el dinero para comenzar a forjar su leyenda en las calles a los 15 años de edad. Lo único que sabemos, es que ella tiene varios años como la campeona invicta de Tokio con más de ochenta carreras ganadas de forma consecutiva. Por supuesto, al entrar a VOCALOID tuvo que mantener un perfil bajo y limitarse a aparecer cuando algún tonto novato pretendiera robarle el título. Eso es ahora, en un principio no me mostré tan flexible con esta afición de la ruda cantante de cabello castaño.

Sucedió en los primeros meses del grupo (no sé porque lo escribo hasta ahora), a los cinco meses y dos semanas para ser exactos. Acabábamos de mudarnos a nuestro actual hogar, así que estaba lleno de cajas selladas con cinta adhesiva y otras a medio desempacar. Lo primero que instalamos fueron las camas de cada quien, aunque por falta de tiempo y que estábamos muy cansados por la mudanza, no pudimos acomodar las camas de Len y Luka; así que él durmió con su hermana (cosa nada extraña, según sus padres, desde los seis años por las constantes pesadillas del chico rubio), mientras que Luka estaba dispuesta a dormir en el sofá principal, a lo que Miku se negó y propuso compartir su cama. Ya pasaba de las dos de la mañana y yo, como de costumbre, no había dormido nada pese al cansancio. En silencio, me levanté de mi lecho para no despertar a Thelma, y aun con más cautela, caminé por el pasillo rumbo a la cocina con la intención de beber algo. Nuestra habitación era la última, así que podía ver a los demás. Miku y Luka dormían a puerta cerrada, igual Gakupo y Gumi; los gemelos roncaban detrás de su puerta entreabierta y el suelo lleno de plumas, Kaito dejó la puerta abierta con el pretexto de tener calor y dormía desnudo a un lado de la ventana. Y Meiko… bueno, su cama estaba vacía. No le di importancia, pensando que estaría en la cocina o el baño, así que seguí mi camino. Pasé como media hora en la cocina, esperando ver a Meiko volver a su habitación. Como no la vi, fui a buscarla al baño, pensando que se había dormido ahí. Entré y no vi a nadie. Esta fue una señal de alarma en mi cabeza. ¡Meiko no estaba!

—Kaito —murmuré.

—¡¿Qué pasa?! ¡¿Qué están haciendo?! —gritó el chico de cabello azul amarrado a una silla de madera. Por supuesto, le pusimos unos calzoncillos.

—Las preguntas las haré yo —le dije con voz fría.

—¿Qué intentas con esto?

—Dije que yo hago las preguntas —repetí, más serio—. ¿Dónde está ella?

—¿Quién?

—No te quieras pasar de listo muchacho, ¿dónde está Meiko?

—¡No lo sé!

—Está mintiendo —intervino Gakupo, su mejor amigo—, cada que Kaito miente le tiembla el dedo pulgar.

—Que tic tan raro —oí decir a Luka, algo adormilada.

—Dinos la verdad, Kaito. Es importante que sepa dónde está ella.

—¡Nunca lo sabrán! —se resistió el chico, es más rudo de lo que aparenta—. No importa lo que hagan, ¡nunca se los diré!

—Mira, yo no quería tener que torturarte, pero no me dejas otra opción que acudir a tu sufrimiento —intenté amenazarlo, pero él seguía firme en su silencio. Admirable—. Gemelos, es su turno.

Un par de siniestras sonrisas se dibujaron en la penumbra, se acercaron al pobre e indefenso Kaito empuñado sus letales armas. No me gusta proceder de esta manera, de hecho, aun me lamento por haber tratado así al valiente Kaito. Pero los gemelos no, ellos son muy diferentes; no el tocaban el corazón ni ante sus propios padres, mucho menos ante aquel chico. Pude leerlo en sus ojos, disfrutaban del momento mientras rozaban el filo de sus armas contra la piel desnuda del peliazul, que se estremecía ante el más leve toque. Lo que siguió fue un grito agónico, desesperado; Kaito bramaba por su vida mientras los despiadados Rin y Len jugaban con él. Esas armas letales eran plumas, y la tortura consistía en hacerle cosquillas con estas. Lo gritos se volvieron risas, incontrolables carcajadas que duraron unos diez minutos hasta que el cantante de quedo son aire. Lo dejamos recuperarse un minuto y pregunté de nuevo el paradero de Meiko, pero él se negó a hablar.

—Master-san… Master —me llamó Luka mientras los Kagamine torturaban de nuevo a Kaito—. Él no va a decirnos nada, necesitamos ser más drásticos.

—¿Y que se te ocurre?

—Deme cinco minutos y sabremos el paradero de Meiko.

Y no dijo más, se esfumó mientras Kaito reía como loco, pero con una risa lastimosa y ansiosa, su garganta parecía estar seca y sin duda alguna ya sentía un agudo dolor en la boca del estómago por las violentas contracciones. Era mejor dejarlo. Con un ademán les indiqué que pararan, pero al no verlo fueron Gakupo y Miku quienes los alejaron de pobre torturado.

Ahí estaba el pobre Kaito, sudoroso, sin aliento y amarrado de piernas y brazos sin oportunidad de moverse; sus pies, costillas y brazos aun hormigueaban por el efecto de las plumas. Pasaron justo los cinco minutos cuando Luka entró en la habitación. Sus movimientos felinos buscaban seducir al joven de cabellos azules, que la miraba con gran sorpresa y atención, siguiendo su delicada silueta y cada movimiento que realizaba. Ella se acercaba, lo suficiente para que sus manos buscaran detenerla pero solo pudiera sentir ligeros roces.

—¿Qué pasa Kaito? —preguntó ella con voz picara—. ¿Quieres esto?

De no estar presenciando la escena, hubiese pensado que los labios de Luka rosaban los de Kaito, o que jugueteaba con su pecho ante la mirada impotente de él, o que sus caderas se movían con lascivos contoneos frente al pobre torturado. Sí, hubiese imaginado algo sexual, como de seguro hizo Miku que estaba a punto de desmayarse. Pues resultó que los ojos de Kaito no se centraban en Luka, es más, ella ni siquiera se había quitado el pijama de pequeños atunes que vestía. La atención del joven se centraba en la mano derecha de Luka, en la que cargaba una paleta helada, blanca, de crema, seguro se trataba de una paleta de vainilla. Esto era el golpe definitivo, Kaito no podría resistirse por más tiempo. Y en cuanto aquel helado comenzó a derretirse, cuando la primera gota de vainilla tocó la pierna vulnerable de Kaito, el confesó.

—¡Se fue a las carreras! ¡Se fue a competir a la autopista Shuto!

—¿Carreras? —pregunté. Nadie me había dicho nada de eso.

—Sí, carreras clandestinas. Lleva un tiempo corriendo —mencionó Gumi, sin dar mayor importancia a sus palabras—. Me dijo que iba a dejar de correr cuando firmamos con la disquera.

—¿Y tú sabias de eso? —pregunté.

—Bueno, la he acompañado un par de veces.

—Entonces sabes en donde está ella.

—Bueno… sí —murmuró tímida—, ¡y aun podemos alcanzarla!

—Entonces tú y tu hermano vienen conmigo.

En menos de cinco minutos nos cambiamos de ropa, subimos al auto y nos pusimos en marcha hacia la autopista de Shuto. Pude que vivamos en un área de escasa actividad nocturna, pero a unos cuantos minutos queda el luminoso centro de Tokio, ciudad de eternas luces que deslumbra a lugareños y turistas por igual. Un grupo reducido de hombres en ropa de trabajo salía de un bar, la mayoría en un estado inconveniente que ni siquiera podían mantenerse de pie; más adelante aparecieron un par de mujeres con una vestimenta muy provocativa, tomando un café frente a la máquina expendedora que había frente a un callejón. Tokio no es muy diferente a otras ciudades por la noche.

No sé cuánto tiempo pasó, pero llegamos a la dichosa autopista de Shuto. El lugar donde se desarrollaban las carreras era inconfundible porque, vamos, una calle llena con al menos quinientos autos deportivos modificados no pasa desapercibida. Nos acercamos con cuidado, manejando lento ese pequeño Nissan entre un mar de bólidos deportivos cuyos modelos desconozco y no podía reconocer. Las luces de neón brillaban contra el asfalto, la música de rap retumbaba en las poderosas bocinas, las chicas atrevidas bailaban con gran ánimo mientras los pilotos hacían sus apuestas, y las cantidades de dinero no eran para nada pequeñas; cada auto era revisado de pies a cabeza por uno o dos mecánicos, alistándolo para la siguiente carrera.

—Por aquí, esté chico debe saber dónde está Meiko —dijo Gumi, abriéndose paso entre la gente los autos.

Nos llevó hacia un auto negro con luces neón de color morado en las llantas y placa. Solo tenía dos puertas, que estaban abiertas por completo, reluciendo sus potentes bocinas que retumbaban al ritmo de temas de Eminem. Dentro había un sujeto, de cabello corto y vestido de traje, que contaba dinero. "Yakuza" fue lo primero que pensé. Gumi se acercó a otro hombre, que rebuscaba algo en su cajuela de la que colgaba una pizarra. El nombre de Meiko estaba ahí, liderado las apuestas.

—¡Big C! —le saludó Gumi con una palmada en la espalda.

—¡Que sorpresa! —expresó el sujeto, un chico que para mi sorpresa no era japonés, sino afroamericano y vestido como una estrella de hip hop. Era, además, muy alto y se veía musculoso, no gordo como suelen ser los "Big" —. Pero si es la futura estrella. ¿Vienes a ver a…?

—No, claro que no —respondió ella cortante—. Él no correo hoy. Busco a Meiko.

—Oh claro, la reina.

—¿Reina? —pregunté. No recordé que aún no nos presentaban.

—Lo siento, olvidé presentarlos —se disculpó Gumi de inmediato. Me tomó del hombro para que me acercara—. Big C, él es nuestro representante.

—Shawn Master, mucho gusto.

—¡Venga esa mano hermano! —dijo efusivo ofreciéndome la mana para estrecharla. Así lo hice. Muy entusiasta debo decir—. La reina ha hablado maravillas tuyas; estricto pero justo. Gracias por darles la oportunidad a estos chicos.

—El agradecido soy yo. Pero… ¿quieren decirme que es eso de reina?

—No puedo creer que no te lo dijera.

—Ni siquiera me dijo que venía a competir.

—Veras Master —era increíble como su voz superaba a las bocinas—, la reina Meiko es nuestra campeona. Lleva unos tres años sin perder ni una sola carrera, y siempre que compite es un espectáculo verla. Es una leyenda viva.

—Así que supongo —dije—, saca un buen dinero de esto.

—¡Para nada amigo! La reina solo corre por amor a la adrenalina. Incluso salvó la vida de un hombre.

—¿Solo por conducir?

—Veras… en esto se maneja mucho dinero —me explicó Gumi. ¿Qué tantas veces había venido a este lugar? —. Y a veces ciertas personas vienen. Ese hombre, el señor Fujita, les debía mucho dinero a personas muy peligrosas. Se le acababa el tiempo para pagar y vio aquí por consejo de Big C.

—Sí, él estaba desesperado y no quería que lastimaran a su familia. Le presenté a la reina, le contó su problema y ella solo le dijo que apostara todo lo que tenía a su favor. El hombre solo tenía para pagar la cuarta parte de la deuda. ¡Y ella gano hermano! Ganó la carrera y hasta batió su propio record. Aquel hombre se desmoronó en lágrimas justo en mis manos. Con lo ganado pudo pagar sus deudas.

Así que Meiko era buena en el fondo. Bueno, eso es algo que ahora sé, pero durante los primeros meses que pasé cerca de ella me parecía una persona ruda de gusto rudos con un corazón tibio. ¡Y ahora hasta salvaba vidas!

—¡Ya viene! —rugió Big C—. ¡Y ella está en primer lugar!

Una ovación se levantó entre todos los presentes. La música dejó de sonar de inmediato, toda la gente se acercó a la autopista creando un cerco humano a fin de ver el final de la carrera. Por mucho, Meiko iba ganando. Y es que era imposible confundir su auto, de color negro de rojo con su nombre escrito en el capó y las puertas laterales. Un chico también de color pero vestido de mecánico sostenía una bandera a cuadros, idéntica a las usadas en las carreras profesionales, que ondeó sin descanso una vez que Meiko cruzó la improvisada línea de meta, en medio de ovaciones y una canción interpretada por ella que Big C acababa de reproducir en su estéreo.

Meiko detuvo la marcha. Salió por la ventana de su auto alzando los brazos en señal de victoria, feliz de superar a sus rivales que apenas llegaban a la meta. Alguien le arrojó una lata de cerveza, la cual atrapó con reflejos felinos; la abrió y se bañó con la bebida alcohólica mientras seguía sonriendo y alzando sus manos por los aires. Le acercaron otra lata, la cual tomó con cuidado, la abrió y estoy seguro que se bebió la mitad de un solo trago. Yo no quise interrumpirla, así que la dejé festejar todo lo que quiera con aquella muchedumbre que le trataba como una autentica reina. Todos le extendían la mano para que ella los saludara, chocando los cinco con una infinidad de personas a quienes no alcanzaba a ver el rostro; varios se acercaban a ella, supongo que para agradecer el haber ganado una apuesta e incluso le ofrecieron unos cuantos dólares (si, dólares, no yenes) los cuales ella negó de inmediato. Lo que Big C me dijo era cierto, ella no corría por dinero, sino por el solo hecho de hacerlo.

Pude entrar en su auto sin que nadie me viera, por fortuna la atención se centraba en ella mientras cantaba por su victoria a mitad de la carretera, mientras que Gumi no se separaba de Big C y Gakupo intentaba coquetear con unas chicas, aunque no llegó a nada. Creo que esperé por media hora, no estoy seguro, perdí el tiempo con el juego de los Avengers mientras esperaba. Por fin, después de vencer al jefe de la misión 7.4, la puerta del conductor se abrió y a mi lado se sentó Meiko, aun bañada en cerveza y con confetis atrapados en su cabello.

—Meiko —dije, por respuesta ella lanzó un puñetazo hacia mí, acompañado por un fuerte grito que demostró su miedo. Por surte, estaba recortado con el asiento abajo, o hubiese terminado en el hospital.

—¡Ma-Master! —alcanzó a decir. Estaba más asustada al reconocerme que cuando le hablé—. ¡Que sorpresa! ¿Por qué estás en un lugar como este?

—Lo mismo pregunto Meiko —fue la primera vez en unos cinco años que usaba una voz tan firme y dura con alguien. El regaño solo esperaba a que llegáramos a casa.

No me gusta jugar al malo, de hecho siempre fui, soy y seré muy permisivo con los VOCALOID, pero aquel fue el primer conflicto que tuvimos y en verdad Meiko se exponía muy fácil a ser fotografiada por algún reportero sin escrúpulos. Tiempo después supe que aquellos fanáticos de las carreras clandestinas eran muy leales entre si y claro, entre todos se protegían para no tener problemas familiares y mucho menos legales.

Pero aquella noche, Meiko no la pasó nada bien. Y no porque el regaño fuese duro ni mucho menos, aunque si me rogó no comentar eso con nadie, en especial a sus padres, quienes de enterarse cancelarían el contrato con la disquera sin importar las consecuencias económicas y la mandarían directito a al templo de Tokei-ji en Kamakura para volverla monja (que la palabra no es monja, es bonza según entiendo). Ahora, admito que aquello hubiese sido digno de verse. No me la imagino con los hábitos, que de seguro serian kimonos tradicionales, y vivir en abstención de licor fuerte; aunque posiblemente ellas no se rigen así. Juré no decirle a nadie, que mantendríamos aquello en secreto a cambio de una cosa, de una cosita mínima pero que era un gran sacrificio para ella. Las llaves de su auto. Ni se diga el drama que fue aquello, Meiko no paró de llorar mientras buscábamos los diez duplicados de la llave por todo el departamento (y una de esas llaves estaba en el refrigerador), y se derrumbó cuando Gakupo aparcó su auto de carreras en un estacionamiento público a tres cuadras de nuestro hogar. Fue un año difícil para la poderosa Sakine Meiko, más cuando le prohibí manejar por acumular diez infracciones en dos días. ¡No sé cómo pudo hacerlo! ¡Y solo fue a comprar leche!

¿Hasta cuándo duró el castigo de Meiko? Hasta que sus habilidades nos fueron necesarias en un asunto de vida o muerte. Como ya escribí al inicio de este diario, por un descuido de Kaito estuvimos a punto de perder la oportunidad de grabar una gran canción, una obra importantísima en la carrera del cantante y del autor de Judgment of corruption. Y nuestra única solución era acudir a Meiko.

—Meiko —le dije entregándole las llaves de su auto. Ella se sorprendió, su mirada se perdió en el horizonte unos segundos por lo increíble del suceso—. Necesito que conduzcas como solo tú sabes.

La primera respuesta fue una sonrisa maliciosa de oreja a oreja, que fue cambiando a una expresión de inmensa alegría en cuanto sus dedos tocaron las llaves de su auto. No sé qué me alteró más, si la maléfica sonrisa, la presión que teníamos por llegar al estudio o que me abrazara con una fuerza sobrehumana que casi me rompe la espalda.

—¡En marcha! —gritó, cargándonos a Kaito y a mi hasta el estacionamiento.

Era arriesgado, peligroso e ilegal. Pero no teníamos opción. Faltaban trece minutos cuando arrancó el auto, acelerándolo con entusiasmo aun antes de avanzar siquiera un centímetro; claro, Meiko disfrutaba del reencuentro con su querido vehículo. Kaito y yo estábamos en el asiento trasero, por consejo de la misma Meiko que nos dijo ir ahí era más seguro. Y no negare que tenía miedo, mucho miedo. Sin decir nada, sin avisarnos que comenzaría su carrera contra Cronos, la castaña arrancó y pisó a fondo el acelerador. Nuestros gritos no se hicieron esperar, aunque intenté evitar que Kaito lastimara su garganta.

Estoy seguro que durante las primeras diez primeras cuadras se infringieron al menos diez reglas de tránsito, pero gracias a la pericia de Meiko y la ausencia de policías, no tuvimos ningún incidente. Un camino en línea recta, cuyo único obstáculo fue una viejecita del "Club del Pez Koi" con su despensa para la semana, que nuestra conductora demente pudo evadir al subirse a la banqueta. Pero al llegar a la arteria principal nos encontramos con un embotellamiento. Estábamos a medio camino aun del estudio y aquello no parecía moverse. Apenas Kaito y yo recuperábamos el color cuando Meiko torció el volante a la izquierda y se metió a uno de los callejones entre los edificios, buscando un atajo para seguir nuestro camino. El callejón estaba lleno de cajas de cartón y contenedores de basura, nada que representara un reto para una hábil corredora de autos como Meiko, pues el auto resultó sin ningún rasguño. El callejón llegó a su fin y vimos una calle nueva, giramos a la derecha, derrapando con un estruendo tremendo y casi arrollando a un par de chicas, una alta de corto cabello negro y la otra más bajita de cabello rubio rizado oculto bajo un sombrero. El camino estaba transitado, aunque aún dejaba espacio para poder avanzar con calma… palabra que no cabía en Meiko en ese instante. Como si el auto en que viajábamos se volviera más pequeño o la velocidad alcanzada rompiera con las leyes de la física, avanzábamos zigzagueando entre los demás conductores, provocando rechinidos repentinos de frenos, insultos en un japonés agresivo de seguro muchas llamadas a la policía. Kaito y yo rodábamos de una orilla a otra, deteniéndonos con las puertas que por suerte eran bastante resistentes, mientras que Meiko estaba cantando con toda la calma del mundo. Autos a la derecha y a la izquierda, solo distinguía sus colores al desaparecer de mi vista como rayos. De uno un giro violento, me estrellé en el cristal mientras que la conductora se subía a la acera para evitar el segundo embotellamiento. Los peatones salvaban su vida por cuestión de un pestañeo, saltando a la calle o regresando al interior de los edificios de donde apenas asomaban su cabeza. Mi cabeza solo pensaba en muchas demandas, Kaito estaba más azul que el océano y Meiko sonreía feliz. Reconocí donde estábamos, solo faltaban dos calles para llegar al estudio. Pero tuvimos que desviarnos por un grupo de niños de preescolar. Entramos a otro corredor, sin duda la parte trasera de muchas tiendas.

—Marca el número cinco y pon el altavoz—me dijo Meiko dándome su teléfono.

Obedecí sin renegar nada. En ese momento me sentía como en una película de acción, como aquel funcionario importante que acaba de ser rescatado por el héroe en turno.

—¿Meiko? —respondió una joven y perezosa voz masculina.

—¡Takeo! ¡Voy en camino, abre la puerta tres! —ordenó mi representada con suma autoridad—. ¡Tienes cinco!

—¡Carajo! —dijo el tal Takeo, colgando el teléfono.

¡¿Cinco qué?! El auto siguió derecho hasta una pequeña curva que no sé cómo pasamos para seguir por un estrecho callejón que era bloqueado por una puerta de metal. Lo que Meiko había pedido era que la abrieran. Sentí que íbamos a acabar ahí, cuando vi como aquel trozo de metal corría por un pequeño riel de aluminio. Justo se abrió por completo cuando pasamos y terminamos en la calle. ¡Estábamos frente al edificio de la disquera y con un minuto para llegar! No contenta con su aventurado viaje, nos llevó hasta las puertas del edificio, derrapando las llantas en una mortal curva. Así acabo aquella carrera mortal. Recuerdo que Kaito abrió la puerta de inmediato y se lanzó al piso para recuperar el aliento, mientras Meiko salía como si nada y estiraba los brazos como si recién despertara de una larga siesta. Bajé del auto temblando, creo que Kaito vomitaba, y fui recibido por el sonriente rostro de Meiko, pero aquella era una sonrisa de felicidad sincera, cuyo guiño me hizo ver una estrella saliendo de su ojo.

—Llegamos —dijo.

Desde ese día, ella y yo llegamos a un acuerdo. Le di permiso de seguir en las carreras clandestinas con un bajo perfil, cambiando la pintura de su automóvil por uno que no mencionara su nombre en todas partes. Además, no correría cada semana, sino cada que su prestigio fuera amenazado y algún novato iluso intentara arrebatarle su puesto como reina de la autopista. Y no es que desconfiara de los demás corredores, pero le pedí de favor a Big C, cuyo nombre real es Clarance (y entiendo por qué prefiere ser llamado Big C), que estuviera al pendiente de Meiko. Desde entonces, él suele acompañarnos a algunas presentaciones o paseos por la ciudad como un guardaespaldas. Y bueno, también me dejé convencer por Sakine y le permito manejar de vez en cuando el camión del grupo como relevo mío o de Gakupo, y sobretodo, cuando se nos hace tarde para llegar a algún lugar. Y hablando de ello, vamos a llegar tarde para grabar otra canción de Akuo-P. ¡Espero llegar vivo!