Luego de cruzar la isla de costa a costa, descendieron tan rápido que se sintió pésimo. Katsuki debía llevar años de eso si no le provocaba náuseas. De hecho, Izuku sospechaba que habían tomado el camino largo a favor de sus tripas; era sólo una suposición, pero le pareció que cada vez que el dragón aumentaba su velocidad, Katsuki le indicaba que volviera a ir lento.
Se sintió un poco incómodo. No era una persona demasiado tímida, pues su aldea completa eran personas de confianza que le hacían sentir cómodo, pero ahora que estaba con Katsuki, no tenía idea de qué conversar con él.
¿No estaría confiándose demasiado? Apenas lo conocía, y tampoco era muy amable. Lo había salvado, pero también lo había apuntado con un arco un segundo después.
Tal vez estaba siendo demasiado ingenuo, pero después de verlo tan a gusto sobre un dragón… sencillamente no podía dejarlo ir.
Pero ahora que había bajado del dragón, y lo pudo seguir a través del bosque con la mente en frío, estaba siendo un idiota. No sabía donde estaba. Ni siquiera sabía si podría volver a su aldea desde ahí, y tampoco se sentía con suerte de preguntarle "¿me llevas de vuelta ahora?" y seguir con vida.
Llegaron a una cueva, en la que Katsuki entró sin decirle nada. Algo le dijo que era mala idea seguirlo, así que aprovechó el momento para ordenar sus cosas y dejar la bolsa con pescados lo más lejos posible de su nariz.
Era demasiado fascinante como para permitirle pensar de forma coherente estando cerca.
Pero no podía depender de él. Quería conocerlo, aprender de él, pero debía seguir con su viaje. Aún debía acampar, dibujar, escribir, cocinar, llegar lo más cerca al Reino y volver a casa. Nada había cambiado. Tenía un plan. Y con ese plan en mente, nada podía-
—Oye.
Levantó la vista. Ahora llevaba un abrigo abierto, que lucía como una capa, con un montón de piel y mucho pelo cubriendo sus hombros. Izuku sintió la necesidad de desviar la mirada.
—Ven. Y trae la bolsa. —con el cuchillo que llevaba en la mano le apuntó la bolsa con pescados que colgaba de un árbol, y entró otra vez. Izuku no tuvo otra opción que seguirlo.
Escuchaba una caída de agua cerca y un montón de aves sobre ellos, y el sonido era igual dentro de la cueva. Lo único que bloqueaba era el sonido del viento. Izuku se preguntó si ahí era donde vivía.
Parpadeó un par de veces para acostumbrarse al cambio de luminosidad. Enfocó sus ojos al frente cuando oyó unos quejidos extraños, y cuando pudo distinguirlo, supo que era lo más increíble había visto en su vida. No pudo evitar sonreír cuando se acercó.
Katsuki se había arrodillado en frente de una especie de nido armado sólo con pieles y, dentro de él, tres dragones, uno de ellos despierto, que mordía la mano de Katsuki en ese momento.
—Dame la bolsa.
Izuku obedeció, y apenas Katsuki la abrió, los otros dos abrieron los ojos enseguida, y se lanzaron los tres sobre él.
Izuku pensó que acabarían los dos comidos por los dragones, pero cuando lo vio irse de espaldas riendo mientras trataba de levantar la bolsa para que no la alcanzaran, se dio cuenta de que era algo común, a la vez que se conmovía con la escena.
—¿Estos eran los bebés? —la verdad no supo a lo que se refería ni pensó en ello, pero jamás se habría imaginado dragones, mucho menos que Katsuki les llamara bebés.
—Si. Estúpidos lagartos.
Como si le hubieran entendido, uno alcanzó la bolsa y la rompió, y Katsuki alcanzó a mover su brazo a un lado para que los pescados no le cayeran encima.
Izuku sonrió. Lo más lógico sería que fueran del dragón rojo, pero sus colores eran diferente. Los tres eran de color negro brillante, que a ratos reflejaba tonos azulados.
—¿Los encontraste? —preguntó.
—No. Él los trajo. Aunque es un padre pésimo, así que los cuido por ahora.
—¿Por ahora?
—Van a dejar la cueva cuando puedan volar, entonces volveremos a ser él y yo.
El. Siempre hablaba del dragón rojo de esa forma, y al parecer no vivía con nadie más. Ni siquiera sabía si tenía una casa o si buscaba algún lugar en el que caer cada noche. Quería preguntarle tantas cosas, saber absolutamente todo.
Katsuki volvió a incorporarse, esta vez sentándose de piernas cruzadas, y volteó a verlo. Palmeó el suelo a su lado, invitándolo a sentarse junto a él. No. Más bien, era una orden. Para Izuku, esos ojos rojos fijos en los suyos no le estaban invitando; lo estaban dominando. Y no tenía ninguna intención en decirle que no.
Se sentó a su lado, y se quedó en silencio viendo cómo los bebés se devoraban los pescados.
Se sentía fuera de lugar. A pesar de todo, sentía que no encajaba ahí, junto a ese chico y sus dragones. Katsuki ni siquiera le había preguntado su nombre, y eso era razón suficiente para que entendiera que sólo estaba de paso. Entonces fue la primera vez que se lo dijo a si mismo: no quería irse.
―No sé que tipo de dragón son estos. No comen carne. Él come carne de lo que sea, y pescado, y personas. Pero estos sólo me aceptan pescado.
―¿Personas?
Katsuki lo miró serio.
―Si la persona quiere matarlo, sí. A ti no te va a hacer nada.
Todo cobró sentido en ese momento, y se le heló la sangre. Verlo seguir las ordenes de Katsuki era una cosa, pero para nada significaba que dejaría de ser feroz y salvaje, o que dejaría de devorar personas de vez en cuando.
―Entonces, cuando estábamos junto al río… ¿Ibas a disparar a matarme?
Fue aun peor pronunciar las palabras. Katsuki bajó la vista y se concentró en los dragones, que ya habían vuelto al nido en ese momento. No necesitaba decir nada. Izuku ya había entendido todo. Cuando los encontró en el bosque, Katsuki estaba pescando, y el dragón estaba dormido. Y cuando el dragón se acercó a él, lo había apuntado con el arco. Katsuki estuvo a punto de matarlo.
―¿Por qué te detuviste?
Katsuki otra vez lo miró, pero seguía sin decir nada.
―¿A cuantas personas has matado?
―Oye, no trates de convertirme en el malo.
―¿A cuantas?
―No lo sé. No lo sé, ¿está bien? Bastantes. Y él ha matado a muchas más. Pero no es como tu crees.
Sintió que estaba a punto de llorar. Trató de no volver a verlo directo a los ojos. Ya no se sentía capaz. En cambio, miró a los dragones. La idea de que el chico que tanto había idealizado en tan poco tiempo fuera realmente una de las personas con las que no quería cruzarse le hacía sentir mal. Aún así, esperaba que le dijera algo. Esperaba que le hiciera cambiar de parecer, porque no quería que cambiara la opinión que tenía sobre él.
Y Katsuki volvió a hablar:
―Esas personas… no eran buenas personas. Ni siquiera se les puede considerar personas. Eran cazadores. Venían a cazarnos. Hice lo que tenía que hacer. Lo volvería a hacer. Si en este momento estoy vivo, es por él. Y quiero creer que él está vivo porque aprendí a cazar personas como ellos.
―Creí que tu familia cazaba dragones.
Se rio de forma hiriente. Izuku sabía que la razón por la cual Katsuki le explicaba aquello no era para agradarle; más bien, sonaba orgulloso.
―¿Cuál familia? Mi padre me mandó con un sujeto que me enseñara a cazar desde que tenía tres años. La primera vez que estuvimos frente a un dragón fue cuando tenía nueve. Y el sujeto, que me estaba golpeando y gritando, apenas lo vio salió corriendo. Ese dragón pudo haberme comido en un segundo, pero se lo comió a él. Entonces supe de qué lado quería estar en esta mierda.
Se sintió la peor persona en el mundo. Lo estaba juzgando sin siquiera conocerlo, y eso era lo contrario que debía hacer al irse con él. Era una historia triste, y a la vez asombrosa. Era la mejor historia, e Izuku estaba siendo un imbécil al pensar mal de él antes de oírla. El hecho de que haya preferido a un dragón por sobre su gente, y que aquel dragón lo haya aceptado, hablaba un montón sobre cómo era su familia y por qué prefirió a los dragones.
―Ese dragón… ¿fue el dragón rojo?
Katsuki asintió.
―Por eso el apellido Bakugou en mí no tiene peso. Por eso no me tira la sangre. No quiero ninguna conexión con esa gente de mierda ni con ningún otra. Los clanes, los cazadores, las tribus, el jodido reino y el jodido príncipe. Todos pueden venir en grupo a tratar de destruir lo que me he ganado; los espero con la espada en la mano.
Sintió una calidez inundar su pecho, y la admiración que sentía por él aumentó en proporciones gigantescas. Sus palabras… la convicción que había en ellas… ese chico era sin duda la representación de la victoria.
―Eres asombroso.
Katsuki lo miró, con un gesto de estupefacción en su rostro, como si no se esperara eso. Y a Izuku le hizo gracia. Estaba preparado para que lo atacara la isla completa, pero no para escuchar un cumplido.
―¿Y cuál es tu historia? ―le preguntó.
Al lado de lo que acababa de decirle, le daba vergüenza decir que era primera vez que se daba una vuelta por el bosque.
―Pues… no lo sé. Supongo que ya te lo dije: llegué muy lejos de casa.
Katsuki lo quedó viendo, haciendo una mueca de medio lado que pudo o no ser una sonrisa, y se levantó. Le ofreció la mano, y apenas Izuku la tomó ni siquiera pudo sujetarla y Katsuki de un tirón ya lo tenía de pie.
―¿Sabes cazar?
―No, en realidad yo no-
―Entonces ven. No vas a quedarte aquí si eres un inútil. Debes alimentar a mis bebés o les diré que te coman.
¿Iba a enseñarle a cazar? Izuku no sabia hacerlo. Ni siquiera comía carne. Podía recolectar granos y frutas y estaría bien por mucho tiempo. ¿Para qué demonios iba a querer aprender a cazar si jamás iba a hacerlo?
Izuku lo siguió, obviamente.
Cuando se adentraron un poco en el bosque, bastante, Izuku comenzaba a preguntarse qué estaban haciendo en realidad. Entonces Katsuki se detuvo, y estiró la palma de su mano hacia atrás para detenerlo.
―¿Qué estás-
No alcanzó a terminar la pregunta. Katsuki se dio vuelta y le cubrió la boca con su mano, y se movió unos pasos a la izquierda para apuntarle a un ciervo que estaba a unos metros. Estaba calmado, comiendo algunas cosas del suelo.
Al principio se maravilló de lo hermoso que era, y lo grande que era su cornamenta. En la aldea, apenas unas crías descuidadas se acercaban de vez en cuando a las personas, pero nunca había estado tan cerca de uno adulto. Fue entonces que cayó en cuenta de la situación.
Izuku abrió mucho los ojos, y negó con la cabeza.
Katsuki le quitó la mano de la cara, y se acercó mucho a él para poder susurrarle.
―Debes apuntar al cuello. ―puso el arco en sus manos temblorosas y se puso detrás de él, sujetando sus hombros. Luego le siguió susurrando al oído. ―Te mostraré cómo.
A Izuku ya no le entraba aire en los pulmones, y al tratar de dar un paso hacia atrás tropezó, y con las pisadas que dio, el ciervo levantó la cabeza y miró en su dirección. Katsuki lo había sujetado para que no cayera, y no lo soltó hasta que el ciervo volvió a bajar la cabeza.
Entonces Izuku sentía los latidos de su corazón demasiado fuertes, y ni siquiera podía hablar porque Katsuki se molestaría si por su culpa se escapaba el ciervo. Sólo trató de respirar, y cerró los ojos cuando los brazos de Katsuki pasaron alrededor de los suyos y los levantó, obligándole a tomar el arco, con su mano sobre la suya, y poniendo una flecha en su otra mano, llevándola al arco y tensándola de a poco. Izuku sabía que estaba temblando, y si aún estaba en pie, era sólo porque lo estaba sosteniendo.
―Mira.
Izuku abrió los ojos; la punta de la flecha apuntando directo al cuello del animal; y eran sus manos las que sostenían el arco. La cuerda, tensándose cada vez más.
Volvió a negar con la cabeza y a tratar de retroceder, esta vez tropezando con los pies de Katsuki.
―No puedo. No puedo hacerlo.
―Si puedes. Concéntrate. Yo estoy apuntando.
No era eso. No era un problema de nervios o de puntería, era un problema de moral.
―No, yo no… no puedo. No puedo matarlo.
―Baja la voz. Verá que estamos aquí.
―No. No me hagas hacerlo. Por favor. ―su voz temblaba, y estaba haciendo lo posible por bajar el brazo; pero Katsuki lo sujetaba con fuerza.
―¿Qué demonios pasa contigo? ¡Ya dispara!
Entonces cerró sus ojos con fuerza, y comenzó a llorar.
―Por favor no me hagas hacerlo. No puedo hacerlo. Por favor, no quiero hacerlo.
Entonces Katsuki lo soltó, e Izuku cayó al suelo de rodillas, sin atreverse a abrir los ojos, apretando el arco entre sus manos contra sus rodillas, aún llorando.
―Maldición. ―la voz ronca de Katsuki hizo que Izuku supiera exactamente la mirada que le estaba dedicando, y no quiso levantar la vista.
Estaba enojado. Las pisadas fuertes cuando se alejó de él lo dejaban en evidencia.
Izuku no quería que se enojara, pero tampoco podía matar a un ciervo. No se sentía capaz de vivir sabiendo que clavó una flecha en el cuerpo de un animal que no estaba haciendo nada. No podía soportar la idea, y haber estado tan cerca de aquello lo dejó mal.
Luego de eso, le tomó unos segundos calmarse y dejar de llorar.
30/01/2018
Santiago de Chile
