Inhaló hondo y luego trató de respirar de forma pausada. Ya no lloraba, pero tenía un nudo en la garganta, y se sentía como un idiota. Katsuki se había ido, enojado, e Izuku sintió que lo había dejado.

No tenía idea de donde estaba parado, ni si sería capaz de volver a la aldea desde ahí. La diferencia entre cruzar la isla en un dragón y cruzarla caminando durante el día era abismal, y no tendría la misma suerte dos veces de un encuentro que no acabara con su cuerpo siendo alimento de dragón.

Suspiró, sentado sobre una roca cerca de donde estuvo el ciervo, que por supuesto escapó cuando los escuchó gritando y forcejeando con el arco.

Las fuertes pisadas volvieron a sonar a sus espaldas, y se preguntó si casualmente Bakugou había decidido dárselo de comer al dragón rojo.

—Si espantaste a nuestra cena entonces busca otra cosa. —espetó. Era tan obvio que seguía molesto que Izuku volteó con cuidado.

Cuando lo vio, no supo por qué, pero casi se pone a llorar otra vez. Se sentía tan feliz de que haya vuelto por él que sólo asintió, con los labios aun apretados, y lo siguió de regreso. Una vez más se había equivocado con la idea que se hizo sobre Katsuki.

—¿Qué fue eso, además? —siguió caminando cuando le preguntó, sin siquiera voltear a verlo, como si ya tuviera claro que volvería a llorar si lo miraba.

Izuku no quería hablar sobre eso. La verdad, nunca se lo planteó de esa forma, porque no era algo que haya necesitado justificar antes. Era algo tan natural para él, que no encontraba palabras para explicarlo. Mucho menos a alguien que cenaba un ciervo por día.

—No como carne. —dijo, sintiendo por primera vez que era algo raro. —Casi nadie en mi aldea. Y nunca he cazado nada, ni siquiera un pez. Y… casi me haces matar un ciervo.

Iba a decir que se asustó, pero era poco. Había entrado en pánico. Ver la flecha apuntando directo a su cuello, y la fuerza con la que Bakugou le impedía bajar los brazos le hizo sentir que en serio iba a hacerlo. Recordarlo le hacía sentir la piel de gallina.

—Pudiste decírmelo, en lugar de ponerte a patalear. Idiota. —seguía enojado, e Izuku no supo si porque perdió al ciervo o porque su reacción le sacó de sus casillas. —¿Qué comes, entonces?

—¿Todo lo demás?

Katsuki pareció planteárselo por primera vez, como si la idea no hubiera cruzado jamás por su mente.

—¿Y estás bien conmigo?

Izuku asintió. Él tenía todos los granos y verduras que pudiera imaginar en su aldea, y Katsuki sobrevivía el día a día con lo que podía desde que era un niño. Claro que no le molestaban sus modos.

—Si. Sólo si no los veo caminando antes, entonces estoy bien.

Cuando Izuku lo alcanzó y caminó a su lado notó que seguía con el ceño fruncido, y le pareció conmovedor que tratara de entenderlo, en lugar de discutir con él, seguramente para no volver a caer en una situación similar.

—Sigue siendo raro. —anunció, y lo miró otra vez antes de seguir. —Eres raro. Nunca conocí a alguien que se comiera la comida de la comida.

Al escucharlo, Izuku comenzó a reír, bajo la mirada aun más confundida de Katsuki.

—¿Qué? —terció, molesto.

—Nada. Lo siento. —siguió riendo. —Es que jamás me lo habían dicho de ese modo.

Katsuki dejó de fruncir el ceño y sonrió.

Era la primera sonrisa en la que Izuku no creía que se burlaba de él, y se detuvo, viéndolo caminar como si nada, como si no le hubiera hecho nada al sonreír tan despreocupadamente de ese modo, e Izuku tuvo que recordar cómo caminar antes de seguirlo.

Volvieron juntos a la cueva.

—¿Entonces qué? —le preguntó, fijándose ahora en Izuku.

—Buscaré verduras. Junto al río las aves siempre dejan caer semillas, entonces crecen árboles de todo tipo.

—Por acá no pasa el río.

—¿Y la caída de agua?

—Es una caída de agua.

Se quedaron viendo, como si ninguno entendiera lo que quería decir el otro. Definitivamente no estaban en la misma página.

—En igual, ¿no?

Katsuki se encogió de hombros.

Estaba en lo cierto. Cuando llegaron, comprobó que había un montón de arboles frutales y demás arbustos. Ese lugar era hermoso, el lago cristalino que se formaba era precioso, y tenía tantas cualidades positivas que tenía que recordarse el plan a la fuerza: no tenía que pensar en lo bueno que sería quedarse.

—Voy a buscar comida para mis bebés mientras recoges pasto.

—No estoy recogiendo pasto. —sonrió divertido, asumiendo que Bakugou ya había partido, pero se sonrojó al comprobar que seguía viéndolo atento. —De acuerdo, nos vemos.

Katsuki asintió, desinteresado, e Izuku lo siguió con la mirada hasta que se adentró en el bosque.

Izuku recorrió el lugar sólo, y lo agradeció, porque se sentía más torpe cuando Katsuki lo estaba viendo. Como si estuviera esforzándose por dejarse a si mismo en ridículo.

Una vez que quedó conforme con todo lo que tenía, volvió a la cueva, y los dragones al verlo enseguida comenzaron a hacer ruidos extraños. Uno lanzó una bola de fuego que Izuku alcanzó a esquivar, y buscó entre las cosas que ya traía.

Tenía queso, pan, fruta y cereales. No perdía nada con intentarlo. Le ofreció algo de fruta a los dragones, y cuando vio que se la comieron enseguida, picó un montón de frutas para poder darle a los tres.

Sólo cuando los tenía comiendo y se fue a preparar su propia comida fue que sintió una corriente de aire caliente envolverlo, y se fijó en el dragón rojo, que estaba en el fondo de la cueva, detrás de los dragones pequeños.

¿Los cuidaba de todos modos cuando Katsuki no estaba? Tal vez no era tan mal padre adoptivo como le había dicho. Sintió que fue imprudente acercarse a ellos cuando Katsuki no estaba, en especial sabiendo que era capaz de comer personas, pero ni siquiera se había fijado en su presencia.

Había llevado agua, y se las arregló para lavar y picar todo, dejando incluso para cocinar. No sabía que tipo de comida le gustaría a Bakugou, pero asumió que no seria muy exigente. No se veía como una persona apasionada por descubrir especias.

Tenía listo, pero no tenía idea de cómo encender el fuego, y se rindió luego de bastantes intentos.

Que la madera se hubiera humedecido tampoco ayudaba, y ya estaba oscuro afuera como para ir a buscar piedras, o lo que sea que le permitiera prenderla.

Su estómago rugió. No comía desde el medio día. Se sentó en el suelo y apoyó su espalda contra el muro. No le quedaba otra opción que esperar a Katsuki.

Su mente una vez más se nubló, y se preguntaba si sería normal que volviera luego de la hora en que oscurece. No le parecía una persona que no supiera cuidarse sola, pero tampoco podía estar tranquilo esperando mientras él no estaba.

Los dragones comenzaron a hacer esos ruidos extraños otra vez, y al rato Katsuki apareció en la entrada de la cueva.

―¿Tienes frío? ―preguntó.

¿Qué clase de pregunta era esa? Realmente Izuku se había preocupado por él. Aunque ahora que el dragón rojo se había acostado viendo hacia el otro lado, si sentía frío.

―…Algo.

Entonces entendió que estaba en buena compañía, cuando lo vio levantar el montón de madera bien alto sobre su cabeza, y gritar:

—¡Cúbrete!

Apenas alcanzó a esconder la cabeza entre las rodillas y cubrirse con los brazos cuando una llamarada recorrió todo el techo de la cueva, y se detuvo tan rápido como apareció. Y cuando Izuku levantó la vista, lo vio arrojar la madera en llamas sobre el resto, como si nada.

―¡¿Cómo-?!

―¿Qué?

―¿Entiende lo que le dices?

―Claro. Puedo hablar con los dragones.

Entonces abrió mucho los ojos, asombrado, y Katsuki se rio con ganas.

―Por supuesto que no hablo con los dragones. Responde a los gritos, supongo.

Izuku le hizo una mueca.

―De verdad creí que hablabas con los dragones.

―Qué idiota. ¿Cómo voy a poder hablar con los dragones?

―¡No lo sé! Todo lo que haces es igual de impresionante.

Y ahí estaba: esa mirada otra vez. Bakugou Katsuki, el chico que esperaba una llamarada de un dragón sólo con una palabra pero no un cumplido.

―¿Cómo te llamas?

Su estómago dio un vuelco y casi se sale por su boca. ¿Qué estaba pasando? ¿Era realmente algo por lo cual emocionarse? Porque no podía estar más emocionado.

―Midoriya Izuku.

―Izuku… te llamaré Deku. Porque creíste que hablaba con los dragones.

―Fue tu culpa.

―Como digas. Deku.

Le dio igual el nuevo apodo. Estaba increíblemente feliz.

Una vez que el fuego se normalizó, puso sobre él la cena, y se quedó junto a ella para moverla de vez en cuando. Le dijo a Katsuki que era para ambos, pero este no dijo nada. No se quejó, ni le agradeció el gesto. Aunque tampoco esperaba que lo hiciera.

Lo siguió con la mirada cada vez que Katsuki no lo estaba viendo, y pudo ver cómo cuando se lanzaba sobre el montón de pieles que había en el piso, los tres dragones corrían hacia él, y se acomodaban a su alrededor.

Izuku no podía dejar de mirarlo.

Cuando se las ingenió para sacar aquel recipiente del fuego, envolviendo sus manos en las pieles, notó que la respiración de Bakugou era pareja y calmada. Estaba dormido. Izuku ni siquiera se preguntó si debía o no despertarlo para comer. Lucía como una persona que prefiere que no la molesten… nunca.

Se sirvió comida aparte y dejó el recipiente cubierto allí mismo cerca de sus cosas. Cuando acabó de comer, se estiró y bostezó. Las ganas de tirarse en el suelo junto a él eran demasiadas, pero a la vez, sentía que tanta caminata y calor le obligaban a darse un baño.

Hacía frío, estaba oscuro y Katsuki estaba dormido. ¿Se mencionó antes que Izuku era un idiota?

Bajó hasta donde llegaba la caída de agua, justo en donde se formaba la laguna. Izuku se desvistió y entró, fascinado por el reflejo del cielo estrellado en el agua y la sensación fría que envolvía su cuerpo.

Se quedó todo lo que su cuerpo aguantó sin congelarse, hasta que sintió que su nariz se estaba enfriando, y al volver a incorporarse, el viento frío congeló su torso, obligándole a salir al no poder volver a regular la temperatura.

Salió, se secó, se vistió y sintió todo el peso del día sobre su cuerpo. Y se volvió a encontrar a si mismo anhelando, no su hogar, sino aquella cueva con la leña encendida, los dragones y el chico respirando tranquilamente entre ellos.

Sus ojos pesaban, y al subir sentía cada vez más cansancio. Pero lo valía. Todo ese día había sido interesante, y acabar con aquel baño era justo lo que le hacía falta.

No quería irse. Definitivamente, no quería irse.

Quería que Bakugou probara lo que había cocinado para él. Quería que le enseñara a hacer todo lo que sabía hacer para sobrevivir. Quería que lo llamara por su nombre, y que volviera a enseñarle a disparar con un arco, aunque no hubiera nada a lo cual dispararle. Quería decirle que sus dragones habían comido fruta cuando el no estaba, y ver su rostro mientras pensaba en responderle con algo en su contra.

Se dio cuenta de que estaba sonriendo. Le sonreía a la idea de quedarse junto a él un día más. Unos días más, sólo unos cuantos. Todo lo que le permitiera. Entonces sería feliz.

Al entrar en la cueva, tropezó con el mismo recipiente que dejó momentos antes, y por reflejo cerró los ojos ante el ruido que hizo al rodar por el piso, que fue estruendoso a esas horas de la madrugada.

Entonces abrió los ojos, y se encontró con los de Bakugou sobre los suyos fijamente, y ya incorporado.

―Lo siento.

No podía creer que ya estuviera despierto. Tenía reflejos sobrehumanos si podía pasar de estar dormido a un estado completamente alerta en un segundo.

―¿Ya vas a dormir? ―le preguntó. Midoriya asintió. ―Debes apagar el fuego. Sólo por si acaso.

Obedeció, y apagó el fuego, quedando ambos sólo iluminados tenuemente por la luz de la luna que parecía dominar el bosque.

El hecho de que Bakugou tuviera el sueño tan ligero le hacía pensar en lo duro que debió ser para un niño de nueve años velar por si mismo cada noche hasta el día de hoy, y sintió una presión en su pecho al hacerse una idea.

―Ven. ―le llamó. Izuku saltó en su lugar. ―Es la manta más gruesa. Si te quedas con el cabello húmedo tanto tiempo vas a sentirte mal, y mi límite de parásitos son tres.

Eso… eso increíblemente le hacía feliz. Muy feliz.

Se recostó a su lado. O casi… en realidad los dragones lo cubrían.

Él se dejó cubiertas las piernas, y le lanzó a Deku el resto de la manta.

E Izuku se recostó frente a él, cubriéndose de aquella piel totalmente en contra de sus ideas morales hasta el cuello, fijándose en el leve brillo en los ojos rojos del chico frente a él, dejándose llevar casi de golpe por el sueño


31/01/2018

Santiago de Chile