Ese fue su primer día juntos. Y, por suerte para Izuku, los siguientes.

Trató de recordar hace cuantos días salió de su aldea, pero no lograba hacerlo. Eran un par de días, pero se sentían como si fueran demasiados. Y a la vez, no los suficientes.

No había tomado su libreta para apuntar o dibujar nada en todo el tiempo que llevaba en la cueva, por eso estaba tan perdido en el tiempo.

Katsuki no tenía rutinas. Si quería salir lo hacía, si no quería se podía quedar todo el día encerrado en la cueva. Se saltaba comidas, y otros días comía como si no fuera a comer en una semana. Era divertido verlo enojado por no comer carne pese a que Izuku nunca se lo pidió.

Siempre era el primero en irse a dormir, y el primero en levantarse. Izuku no tenía idea de cuánto dormía, pero ningún día había sido capaz de despertar primero.

Temprano, Bakugou se iba con el dragón rojo a buscar peces, y por las tardes Izuku se encargaba de conseguirles fruta fresca. Luego de discutir con Bakugou por un rato innecesariamente largo hasta convencerlo de que la comían. Izuku insistía en que les gustaba más la fruta que el pescado, pero sólo para fastidiarlo. Y porque ahora los dragones sabían que él también les alimentaba entonces le saltaban encima igual que a él. Katsuki los regañaba por ser tan dóciles, y les amenazaba con echarlos de la cueva. Los dragones no sabían de amenazas, pero le gruñían por si acaso.

También notaba que Katsuki se bañaba por las mañanas, porque cada vez que despertaba estaba junto a él con el cabello empapado. Izuku pensaba en el agua fría apenas desperraba y le provocaba ganas de no levantarse para nada. Prefería bañarse por las noches, y volver al calor de la cueva en seguida a cubrirse y dormir.

Jamás lo habían hablado, por lo que era coincidencia que las cosas les funcionaran tan bien.

Por eso no fue una sorpresa despertar por los gritos de Katsuki esa mañana. Se sobresaltó, luego reconoció su voz y se levantó con pereza.

Hizo un esfuerzo por enfocar bien luego de que el sol le llegara de lleno en los ojos al salir, y lo primero que logró ver fue a Katsuki lanzando con ambos brazos a un dragón hacia arriba más de un metro, y luego cayó de forma poco delicada al suelo.

Izuku se espantó, obviamente, y corrió a verlo. Comprobó que estaba bien y volteó a ver a Katsuki, que parecía juzgarlo por ser tan blando.

—¿Qué haces, Katsuki? ¿Por qué intentas matar a mis dragones?

Bakugou sonrió. No era la primera vez que lo encontraba en medio de su método poco ortodoxo para enseñarles a volar, así que trató de tomárselo con humor.

—Siguen siendo mis dragones, y si te pones de su parte no tienes derecho de llamarme por mi nombre.

—Que injusto. —se quejó. Katsuki asintió como si pensara "así es la vida". —Kacchan, entonces.

Bakugou hizo una mueca de disgusto.

—Eso es nombre de dragón.

Izuku volvió a estallar en risa, y abrazó al dragón, procurando llevarlo lo más lejos posible de Katsuki.

Le había preguntado por el nombre del dragón rojo una vez, y dijo que no lo sabía, ni era una mascota a la cual inventarle un nombre. El aprecio que sentía por él aumentó luego de escuchar eso.

Salió otra vez de la cueva a buscar a Bakugou.

—¿Vas a salir?

—Ya volví. —volteó a verlo. —¿Qué tienes en mente? ¿Por qué la pregunta?

—No realmente. —mientras divagaba se dio cuenta de que llevaba una cuchilla sujeta de su pantalón que no había visto antes. —¿Puedo ver eso?

Katsuki siguió su mirada y no dudó en tomar la cuchilla y dársela, volteando el filo hacia si mismo. Izuku sintió que su estómago se contrajo con ese detalle.

Izuku la volteó, para mirar el grabado. Tenía tallado un árbol en la madera, y un símbolo que representaba la luna en la hoja. La sensación agradable de hace un momento se desvaneció por completo, y sintió un escalofrío en la espalda.

—Esto es de mi aldea.

—¿Qué?

—Lo hicieron en mi aldea. —su voz tembló notoriamente.

—No me mires así. —volteó y comenzó a pasearse para evitar verlo a la cara. —No maté a nadie para conseguirlo.

—Entonces…

—Fue un regalo. No he robado todo lo que tengo, ¿sabes? —alzó la voz. Izuku tenía cero tolerancia a las discusiones, y luchó en contra del nudo en su garganta.

Como se alejó poco a poco adentrándose en el bosque, Izuku lo siguió sin darse cuenta. No quería pelear con él. No quería hacerlo enojar. Sólo quería entenderlo.

Lo alcanzó dando pasos rápidos y le devolvió el cuchillo, caminando a su lado.

—¿Quién era? ¿Cuántas personas has conocido?

—Muchas más de las que me gustaría haberme cruzado.

—¿Por?

Katsuki paró en seco.

—¿Qué pensaste de mi cuando me viste por primera vez?

Hizo memoria. ¿Lo primero que pensó de la persona que lo salvó del dragón para apuntarlo con una flecha luego? Eran difícil de describir.

—Exacto. —dijo. Ni siquiera lo dejó pensar una respuesta. —Pocas personas no piensan que voy a matarlos.

—Probablemente si ibas a matarlos.

—¡Si ellos van a matarme, entonces si, Deku! Sólo tú no harías eso.

—No sabes eso. —ahora era él quien evadía su mirada.

—¿Matarías a alguien para salvarte?

No respondió. Obviamente no era capaz de matar a nadie.

—Lo sabía.

—Lo haría por ti.

Bakugou se detuvo sólo para encararlo. Izuku le sostuvo la mirada. No dudó, porque lo decía muy en serio. Estaba dispuesto a matar por él, igual como Katsuki lo hizo por sus dragones.

—Lo dices porque si.

—No. —Estaba hablando en serio, pero esperaba no tener que probarlo nunca.

—Ni siquiera sabes cómo usar una espada. O un arco. O este cuchillo.

—Enséñame.

—No quiero. Eres como un niño.

—No tienes nada mejor que hacer. —le sonrió, porque no quería morir.

Bakugou fingió estar ofendido.

—¡¿Tú qué sabes?!

—¿Qué? ¿Seguir matando a los dragones?

Katsuki palmeó su rostro. Por las comisuras de sus labios Izuku notó que estaba sonriendo.

—De acuerdo. Te enseño a usar la espada y tu le enseñas a volar a los dragones.

Izuku sonrió, porque había ganado, y le nació alardear sobre ello frente a la irritada mirada de Katsuki.

.

Pero ahora, con la espada en la mano y el trasero contra el suelo por décima vez consecutiva, ya no sonreía, porque Katsuki le demostró que no había ganado nada.

—¡Otra vez! —Katsuki golpeó el suelo entre sus piernas con su propia espada mientras gritaba. Izuku no tenía idea de si en serio estaba enojado o esa era su forma de educar. No se atrevía a ponerla en duda.

Habían buscado un claro en el bosque, que fuera amplio para poder, en palabras de Katsuki, golpearlo a su antojo.

Apenas se puso de pie volvió a atacarlo, e Izuku sólo atinó a intentar bloquearlo.

—¡Abajo!

Alcanzó a agacharse, cayendo de rodillas por perder el equilibrio, y la espada pasó surcando el aire sobre su cabeza, dejando caer unos cuantos cabellos frente a sus ojos.

Aprovechó de apoyar ambas palmas en el suelo para levantar el peso de su cuerpo, y usó su pierna para barrer las piernas de Katsuki de una patada.

Lo tomó por sorpresa, y se dio un golpe seco contra el suelo.

—¡Lo siento!

Se levantó rápido para ayudarle a levantarse. Katsuki sonrió cuando tomó su mano.

—Nada mal. —reconoció. —Si peleas con alguien que te tenga lastima.

Katsuki en realidad no sabía usar la espada. Izuku vio personas luchando con espadas en su aldea y podía darse cuenta. Pero ni siquiera podía moverse para protegerse cuando la espada de Bakugou volvía a estar a un centímetro de su piel. Katsuki era talento innato y puro instinto.

La siguiente ronda fue igual de miserable para Izuku.

—¿Te rindes? Me estás dando pena.

—No. Aún no. —le temblaban las piernas, y le ardía cada parte del cuerpo que impactó contra el suelo.

—Iré en serio, entonces.

Apenas pudo moverse un poco hacia atrás evitando que le cortara la cabeza, y el siguiente golpe fue capaz de detenerlo. Por primera vez.

Sus miradas se encontraron por un segundo, y ninguno fue capaz de interpretar lo que ardía en los ojos del otro.

Bakugou usó el peso de su cuerpo para tirarlo al suelo, y cuando Izuku trató de levantarse, la punta de la espada contra su pecho se lo impidió.

—Me haces perder el tiempo si no vas en serio.

Izuku le sostuvo la mirada, preguntándose si hablaba sólo de la práctica de combate que estaban improvisando.

Katsuki guardó su espada y volteó. A Izuku le tomó un momento ignorar el dolor que sentía en el cuerpo para poder pararse. Soltó un quejido cuando se agachó a recoger la espada, y al levantar la vista pudo distinguir, a lo lejos, un caballo blanco.

—Kacchan.

Por su tono de voz, Katsuki volteó alerta, pero ya no había nada.

—¿Qué tienes? —lo miraba a él ahora, luego de dar una mirada panorámica a todo el entorno.

—Había un caballo blanco.

—¿Te golpeé muy fuerte? —Katsuki frunció el ceño.

—Estoy seguro.

—Estás alucinando por comer plantas extrañas.

—Claro que no. —le molestó no ser tomado en serio, pero no se sentía en peligro estando con él, y si Katsuki no se preocupaba, entonces él tampoco. —Además siempre las cocino bien.

—Yo no.

Su expresión de disgusto hizo sonreír a Bakugou.

—¿Comes animales sin cocinarlos? —Asintió, como si no fuera nada nuevo. —¿No te enfermas?

—Estás exagerando. Puedes comer cualquier cosa de hasta este tamaño. —cerró su mano en un puño. —Y no morir.

Era asqueroso, pero fascinante.

—¿Comprobado?

Katsuki asintió. Izuku volvió a asquearse, y Katsuki volvió a sonreír.

Recogieron sus cosas entre los dos, e Izuku miró por última vez en dirección al bosque, entre los arboles, en donde había visto al caballo, pero sin encontrar nada.


02/02/2018

Santiago de Chile