Fue sorpresivo. Inesperado, incluso. Era difícil saber cómo se sentía Bakugo, pero Izuku no podía evitar sentirse feliz con aquellas palabras.
Estaba desayunando cuando se acercó a él y se lo dijo.
―Estaba pensando en lo que dijiste del Reino, sobre ir a conocer y eso, y creo que sería una buena idea ir un día. Él no tardaría en llevarnos, y sus tierras llegan mucho más lejos de lo que son capaces de vigilar. Tienen plantaciones enormes que sé que te gustarán, y yo podría robar mientras tanto. Puedes quedarte o irte, de todos modos. ¿Qué dices?
Recuerda casi saltar encima de el a abrazarlo. Pero sólo le sonrió, ampliamente, y le dio las gracias, a pesar de que Bakugo insistió en que no lo hacía por él.
De todos modos era extraño. Si bien no podía negar que le alegraba saber que Bakugo lo llevaría al reino, también le hacía eco en la cabeza su reacción al ver al caballo y su cambio drástico de postura ante la idea de acompañarlo. No quería suponer cosas, pero a su parecer, se veía como si estuviera escapando.
En especial por la forma en que lucía cuando se lo propuso. Si Izuku lo conocía al menos un poco, podía notar en su lenguaje corporal que estaba forzando una actitud tranquila. Y cuando la noche anterior Izuku llegó a dormirse, Bakugo abrió la manta para que se acostara junto a él, y casi nunca Bakugo estaba despierto cuando él volvía del lago.
Siguió consiguiendo ramas para dejar cubierta la entrada a la cueva. Bakugo le enseñó el camino a la entrada trasera, que era por donde entraba el dragón rojo, y cómo nadie más encontraría aquella. También se preocupó en dejarlo tranquilo con que a los dragones no les pasaría nada en un día, y que se había ido por más tiempo.
Luego de aquel penoso intento por aprender a usar la espada, Izuku había quedado muy lastimado. Esperó que Bakugo se durmiera para ir a bañarse, cambiándose de ropa antes de volver, y se preocupó de que por la mañana tampoco lo viera cambiarse. A cada lado de su cadera y parte del muslo tenía moratones, y si Bakugo lo veía no querría volver a enseñarle.
Izuku inhaló hondo una última vez dentro de la cueva, el olor a humedad y a cenizas, el olor a diferentes frutas y hierbas que el recolectaba, las pieles de animal que Bakugo usaba como cobija (de las cuales también se llevaban una) y la leña que siempre estaba apilada a un lado. Ese lugar significaba demasiado para Izuku a estas alturas, y se alegró al saber que volvería ahí.
Con eso en mente salió a encontrarse con Bakugo, quien llevaba su capa roja y sus collares puestos, haciéndolo lucir imponente.
Tomó su mano para subir al dragón rojo y lo abrazó, listo para despegar con él por segunda vez.
La sensación de ir tan alto, tan rápido y con el viento tan fuerte contra su rostro, era alucinante. A diferencia de la primera vez, ahora pudo ir con los ojos abiertos todo el tiempo, aunque no los alejó mucho de la espalda de Bakugo.
Luego de la vez que le habló de cuando se alejó de su familia, le asustaba preguntar sobre todas sus cicatrices. Era una de las pocas preguntas que le quedaban pendientes.
Era por lejos la persona más interesante que había conocido. Tantos años a solas… Izuku no se imaginaba como sería su vida sin su familia. Tener a su madre, a Uraraka, a todos en la aldea, le hacían sentir respaldado y seguro, y Bakugo era todo lo contrario. Se sentía tan presionado con su gente, que se sintió aliviado cuando vio morir al sujeto que lo cuidaba, a pesar de tener nueve años. Su estómago aun se revolvía al pensar en todo eso.
―¿Ves el castillo?
La voz de Bakugo le hizo poner atención en el paisaje, y pudo enfocar el castillo a lo lejos, entre las colinas. Y alrededor, varios muros de piedra que lo rodeaban a diferentes distancias. Lucía tan glorioso, que Izuku sentía ganas de entrar a recorrer cada habitación que pudiera tener.
Una vez que aterrizaron, Izuku estaba emocionado, y no alcanzó a decir una palabra cuando Bakugo le habló.
―Hasta aquí podemos llegar. Yo. Tú podrías llegar allá fácilmente, pero no vas a hacerlo.
―¿Qué? ¿Por qué no?
―Porque no quiero. Eres idiota, y seguramente van a encontrarme si vas con ellos.
―¿Por qué querrían encontrarte?
―Aquí entre nos, mis relaciones con la realeza no son las mejores.
―¿La realeza?
Bakugo le dio una mirada severa, como si estuviera harto de sus preguntas. Aún así, se sentó frente al dragón rojo, que en ese momento estaba acostado, y apoyó su espalda en una de sus patas delanteras. Palmeó el piso a su lado, y Midoriya le sonrió antes de sentarse junto a él. Amaba eso. Amaba que Bakugo le hablara sobre cualquier cosa, y le encantaba la forma en que gesticulaba. Como si estuviera molesto, gruñendo y tratando de intimidar a alguien. A Izuku simplemente le encantaba..
―El castillo no tiene reina. Hay un rey de mierda, y su montón de inútiles hijos. Y la gente, mayormente aldeanos, se encargan de todo el terreno cercado que hay alrededor. Todo el terreno sembrado. La parte de dentro de los muros es una ciudad, y el suelo es del mismo material que esos muros, y la gente es mucho más estirada. El siguiente muro más cerca del castillo son sólo los guardias. Jóvenes, con armadura y espada. Tampoco les caigo bien.
Izuku procesó la información que Bakugo le entregaba. ¿Rey, príncipes, ciudad, aldeanos, guardias? Realmente quería conocer eso por si mismo. Se preguntaba si podría convencer a Bakugo de que era capaz de entrar ahí sin delatarlo; le dolía que aún después de todo no confiara en él, pero también entendía que su experiencia le impedía hacerlo tan fácilmente.
―Si vamos a quedarnos aquí, tenemos que armar la tienda.
Izuku suspiró, y sacó las cosas que llevaban en su bolso. Improvisaron una tienda sujetando algunas ramas y hojas enormes desde el tronco de un árbol, y ocuparon lo mismo para hacer un lecho. Izuku dudó en si debían armar sólo una para ambos, pero dado que todas las noches dormían juntos, decidió dejar esa. Tampoco Bakugo dijo nada al respecto.
Y cuando se hizo de noche, Izuku se quedó viendo el cielo. Apoyando su espalda por el otro lado del tronco mientras Bakugo estaba dentro de la tienda. Se quedó viendo el cielo estrellado, maravillado con lo despejado que estaba, y se puso a pensar. La razón por la que hizo ese viaje, por la que dejó a su familia y por lo que espero diecisiete años, fue para conocer el reino. Y si bien ahora estaba junto a él gracias a Bakugo, no podía permitirse obedecer. No quería irse a la mala, y que Bakugo se enojara. Pero si Bakugo no quería que el fuera, entonces no tenía opción. Iba a demostrarle que era capaz de ir y volver de manera sigilosa para no causarle problemas a él ni a sus dragones. Aunque, pensándolo bien, si lo que Bakugo no quería era que lo encontraran, tal vez lo mejor sería no volver con él.
La simple idea de no volver a verlo lo deprimió, y tuvo que despejar su mente de él. Cuando no estaba con él, era cuando podía pensar con claridad. O al menos eso pasaba hasta hace poco; antes de que Bakugo ocupara su mente incluso cuando no estaba con el. Estaba siendo demasiado dependiente. Salió de su aldea para conocer el reino, estaba junto al reino. No debía pedir permiso para hacer lo que vino a hacer, ¿cierto?
Pero no podía irse de esa forma. No sabiendo que Bakugo pensaría para siempre que lo dejó. No podía hacerle eso. No quería.
Iba a pensarlo mejor. Iba a planearlo y luego se iría.
Inhaló hondo, y se puso de pie. Tenía que hacer inspecciones previas, y no podría dibujar rutas óptimas si Bakugo iba a su lado. A decir verdad, apenas tocaba sus libros cuando estaba con Bakugo.
Se puso el bolso sobre los hombros y miró de reojo una última vez la tienda. Bakugo estaba dormido. Comenzó a caminar para adentrarse en el bosque.
―¿Dónde vas?
Bakugo no estaba dormido.
Maldición. Sintió que su corazón subió hasta su garganta. Estaba siendo un completo cobarde. ¿Iba a decirlo? Definitivamente iba a decirlo.
―Quiero conocer el reino.
―Lo sé. Dije que iba a acompañarte por la mañana. ¿Dónde vas ahora?
Izuku tragó saliva. Y supo, algo tarde, que había dicho las palabras exactas para sacarlo de quicio.
―Iba a… pensé que sería buena idea conocer el terreno antes de ir.
Bakugo lo miraba con el ceño fruncido. Sus ojos rojos fijos en él; parecían brillar con luz propia. Y su postura, su semblante y todo de si lucía tan malditamente imponente que hizo a Izuku vacilar.
―¿Piensas ir de todos modos tu sólo?
―¿Crees que no puedo hacerlo?
―¿Eres idiota?
Volteó la mirada. Ni siquiera sabía cómo discutir con él. Volvió a mirarlo, tratando de evitar sus ojos.
―Si lo único que te preocupa es que te atrapen, entonces puedes quedarte tranquilo. De todos modos no pienso volver.
Ni siquiera lo pensó; sólo lo dijo. Se sentía tan pequeño frente a él que necesitaba de alguna forma convencerse a si mismo de que podía ser como él. Pero ni siquiera él se lo creyó.
Lo vio borroso. Su labio inferior temblaba. Sabía que sus ojos estaban llorosos. ¿Por qué estaba diciendo semejante mentira? Claro que quería volver.
Entonces Bakugo apretó los puños, e Izuku podría jurar que oyó sus dientes rechinar. Estaba molesto. En serio molesto.
―¡Si me estaba preocupando por algo, era por ti, inútil! ―se acercó a él mientras gritaba. ―¿Crees que me gusta estar cerca de estos muros de mierda? Si vas, van a atraparte, y eres demasiado estúpido como para salir tu sólo. Y voy a tener que entrar a buscarte, ¡y me importaba una mierda venir! ¡Confía en mi de una vez! ¡Ese lugar es el único al que no puedo acompañarte!
Se había acercado demasiado, y le seguía gritando como si estuviera a cinco metros de distancia. En el momento en que lo alcanzó, Izuku retrocedió, tropezando con unas raíces. Y apenas cayó al suelo, el dragón rojo se paró encima de él de forma protectora, gruñendo en dirección a Bakugo.
Bakugo no esperaba eso. Ninguno de los dos lo esperaba. Retrocedió, sin dejar de fruncir el ceño.
―¡No iba a hacerle nada!
Esta vez le gritaba al dragón. Izuku apenas podía controlar su respiración.
Una vez más la mirada de Bakugo se posó en él, quien estaba demasiado atontado como para reaccionar.
―Es todo. Puedes irte a la mierda, si quieres. Digo, ibas a hacerlo de todos modos.
Dio media vuelta y caminó hacia la tienda. El dragón rojo volvió al lugar en el que estaba acostado antes de levantarse y Midoriya trató de recobrar el aliento, demasiado ensimismado en las palabras que acababa de escuchar.
N.A.: ¿Cuál es el gusto de poner esta garlopa en favoritos y no dejar review? ¿Pa puro hacer daño? :^( una amenaza de muerte al menos.
De todos modos se les quiere uwu
05/02/18
Santiago de Chile
