Izuku ordenando sus pensamientos era casi tan malo como Bakugo tratando de entenderlos. Al llegar, sabía que tenía que preguntarle un montón de cosas, pero lo único que quería hacer, primero que todo, era ver a los dragones.
Descubrió la entrada y sonrió al escucharlos hacer ruidos extraños cuando lo vieron. Se acercó a ellos para ver que los tres estuvieran bien, y lucían como si estuvieran apenas despertando. Sentía una calidez difícil de explicar al verlos tan cómodos. Aún así, no trató de tocarlos. Se acercaban cuando les llevaba alimento, pero eran esquivos cuando trataba de acariciarles. No podía culpables. Al crecer junto a Bakugo, era extraño que no mordieran.
Cuando Bakugo entró con él en la cueva, sin bolsos, los dragones si le saltaron encima, y cuando comenzaron a escalar por su pantalón decidió sentarse en el suelo, sin lograr tenerlos a todos quietos.
―¿Por qué el príncipe te está buscando?
―No es algo que te concierna.
Bien. Esperaba algo así. Decidió intentar otra vez.
―Si te busca a ti, también va a dar conmigo. Y con ellos. Creo que sí me concierne.
Bakugo lo veía fijo, e Izuku sabía que hacía todo lo posible por responderle sin violencia.
―Ellos son mi problema. No los voy a sacar conmigo, porque mientras no sepan defenderse son mi debilidad también. Y si salgo con él, él sabe defenderse. Y podría irse a otra isla si quiere. Si me hundo, me hundo sólo. Si te quieres hundir conmigo, es tu problema, no el mío.
―Sabes que no hablo de eso.
―Si quieres irte, adelante.
―Pídeme que me vaya.
Le sostuvo la mirada. Ya le había dicho que no iba a irse; ahora le tocaba a Bakugo decir que en realidad no quería que se fuera. Estaba jugando con fuego, pero algo le decía que aquello sólo era Bakugo actuando como toda su vida lo había hecho: a la defensiva.
Bakugo siguió mirando a los dragones.
―De entre todos los hijos del rey, hay un bastardo con el que tengo historia. Es… peor que su padre, incluso. Y tiene esa maldita forma de ser, como si su reino llegara hasta aquí, hasta mi maldito bosque. Y cada vez que me voy a meter al reino, lo sabe y viene a buscarme. Me ha encontrado unas cuantas veces, pero es sólo un niñito asustado al que le dieron una espada antes de que aprendiera a hablar.
Izuku sentía el resentimiento que ponía Bakugo en cada palabra, y a la vez sentía que, en cierta forma, sus historias eran extrañamente parecidas. Tal vez por eso no lo mató cuando seguramente tuvo la oportunidad.
―El caballo blanco…
―Suyo. Si lo vi. No estás loco.
―¿Por qué no me lo dijiste?
―No tienes por qué saberlo. No es tu problema, ¿Si?
―Y la chica…
Bakugo sonrió apenas la mencionó, lo cual hizo que Izuku se sintiera incómodo.
―Se llama Momo. Es la única mujer que hace guardia en ese reino. Era la heredera de una riqueza increíble y prefirió hacerse pasar por campesina y pedirle al rey que la dejara ser guardia, como si el rey le estuviera haciendo un favor. Es de mis personas favoritas, aunque gran parte del tiempo es un dolor de cabeza.
Heredera… eso explicaba en gran parte porqué le agradaba a Bakugo. En realidad era grandiosa.
―¿Y el príncipe por qué vino a buscarte en primer lugar?
―El principito está traumado con ser reconocido por su papi, y mi cabeza tiene precio. Digamos que llegar con mi cabeza le daría más prestigio que el que le daría llegar con la cabeza de un dragón. Nada personal, según él.
―¿Cómo se llama?
―Todoroki Shoto. Apenas ve una ardilla, le dice su nombre esperando que la ardilla le limpie las botas. Es desagradable, es poca cosa, y él no se da cuenta, entonces es odioso.
En lo de odioso… Izuku estuvo tentado en decirle la frase "se parece a alguien que conozco", pero sabía que serían sus últimas palabras.
Bakugo se lo contaba como si fuera incluso divertido que el príncipe lo buscara, pero si decidió moverse apenas vio al caballo blanco, podía suponer que no era ningún juego. Izuku no podía imaginarse como sería saber que tu cabeza tiene precio. Aunque se podía hacer una idea, si estaba tan preocupado cuando ni siquiera era él quien tenía ese problema.
―De todos modos… gracias por llevarme. Lamento que haya apestado tanto el viaje.
Bakugo lo miró. Una de esas raras ocasiones en que no llevaba el ceño fruncido, e Izuku le sonrió. Bakugo suspiró, y su expresión calmada pasó a ser algo triste.
―Si me atrapan… necesito que me hagas un favor. ―Izuku asintió, y Bakugo apoyó su mano derecha a un costado para poder acercarse unos centímetros más. ―Te necesito fuera de aquí. Vas a tomar a los dragones, y quiero que te vayas de aquí. ¿Puedes? Sin hacer estupideces.
―No puedes pedirme que no-
―Por favor.
Sus ojos rojos moviéndose de forma sincronizada, viendo sus ambos ojos de forma directa. No quería decirle que si. No quería tener que comprometerse a la estupidez de dejarlo sólo, seguramente a morir a manos del rey. Era estúpido, e iba completamente en contra de lo que Izuku creía, y sentía, pero con esos ojos rojos sobre los suyos, no tenía más opciones.
―Está bien.
―Júralo.
―Si te atrapan, voy a sacar de aquí a tus dragones, y me aseguraré de que estén a salvo. Lo prometo.
Bakugo asintió, e Izuku agradeció que no le insistiera más. E iba a cumplir su promesa: iba a salvar a sus dragones. No había necesidad de hacer un juramento sobre eso: de todos modos lo hubiera hecho. Lo que no iba a hacer, sería huir. No hizo ningún juramento sobre eso, y si Bakugo se dio cuenta, se resignó a que no cedería en eso. No iba a dejarlo sólo, bajo cualquier circunstancia, y Bakugo tendría que acostumbrarse a ello.
―Kacchan ―le habló, y se acercó un poco más para quedar junto a él. ―,sé lo que piensas sobre las personas, pero… lo he pensado bastante, ¿si? Y creo que podrías volver conmigo. ¡Y antes de que digas nada! Ellos no son como los del reino. Tampoco son como los cazadores de dragones. Y estoy seguro de que te aceptarán sin preguntar nada. No tienes que decirles tu apellido; para ellos tampoco va a ser importante. Sólo… no lo sé. Es sólo una idea. No trates de verlo como estar huyendo. No… no se que más decir. Por favor deja de mirarme así.
Sólo cuando se lo dijo, Bakugo cambió la expresión que tenía. Lo estaba viendo como si se hubiera vuelto loco.
―Yo ya no pertenezco ahí, Deku. Sea mi gente, tu gente o la gente del reino, no puedo. No soy capaz de encajar con las personas otra vez. Estoy bien aquí, viviendo con ellos. Y si tengo que morir con ellos, entonces también estoy bien con eso.
Eso fue, de la forma más pura y hermosa, toda su esencia como persona. Y para Izuku fue difícil ir en contra de aquello, pero se recordó que era la única forma de salvarlo.
―Podrías… darles una oportunidad. No tienes que actuar frente a ellos.
―No le doy "oportunidades" a la gente.
―Lo hiciste conmigo.
―Es diferente.
―¿Por qué sería-
―Tú. Tú eres diferente. No viniste a juzgarme, y no tengo que actuar cuando estoy contigo. Ni desconfiar. Ni siquiera tengo que decirte nada, porque deduces cosas tú sólo. Pero no existe nadie como tú.
No podía decirle nada más. Creyó que iba a llorar. Se sentía más cerca que nunca de Bakugo y de todos modos el momento lo llevó a querer más.
―Está bien. ―aceptó. Se resignó a que no podría convencerlo, pero se conformó con todo lo que le dijo. En realidad estaba bien. No tenían que irse a la aldea. Ninguno de los dos. Bakugo no se iría del bosque, y sin él, Izuku no se iría a ninguna parte.
Entonces, cuando ya estuvo lo suficientemente cerca, Bakugo volvió a hacer aquello: pasó su mano suavemente por su nuca, y se acercó a él. Pero fue diferente. En esta ocasión, Izuku pudo ver todo en detalle. Sus ojos intensos, debajo de sus pestañas claras, los cuales se cerraron justo antes de que su frente tocara la suya, invitando de forma silenciosa a Izuku a hacer lo mismo. Y así lo hizo, casi por reflejo: cerró sus ojos y desvió sus pensamientos del latir rápido de su corazón, para centrarse en la respiración de Bakugo contra su rostro.
No sabía por qué lo hacía. No sabía qué significaba, pero le gustaba. Y no quería separarse de él.
.
Pasaron dos días sin que ninguno de los dos tocara el tema. Bakugo le volvió a enseñar cómo usar la espada, e Izuku siguió ocultando de él los moratones que le quedaban por caer tantas veces al suelo.
Luego de comer, Izuku dijo que saldría a buscar moras, pero Bakugo poca atención le puso mientras asentía y lanzaba a uno de los dragones una vez más lo más alto que pudo, tratando de detener su caída cada vez más suave.
Izuku estaba acostumbrado a ello. Ya había comprobado que Bakugo le ponía más atención de la que creía, cuando le repetía cosas que había dicho al pie de la letra.
Sólo salió a buscar moras porque eran las favoritas de los dragones, y la apariencia de las nubes le hacía estar casi seguro de que llovería pronto, y no quería pasearse por el barro los siguientes días.
Sin darse cuenta, se alejó bastante de la cueva siguiendo la especie de río que circulaba desde la caída de agua junto a la cueva hasta el otro extremo de la isla. Sin medir la distancia, no dejó de avanzar, puesto que a medida que se alejaba, el pasto lucía cada vez más verde.
Iba tan deprisa avanzando, que no se percató de la presencia del chico en la orilla hasta que estuvo frente a él. En su defensa, debido al color de su camiseta, era difícil que llamara la atención al estar apoyado contra un tronco.
Lo que si llamaba la atención, era su cabello. Izuku nunca había visto algo como eso: era de un blanco como la nieve su lado derecho, y de un intenso color rojo su lado izquierdo. Y sus ojos, serenos pero profundos, clavados en él, también eran de colores distintos. Ese chico, como primera impresión, te hacía querer observarlo por un buen rato. Lo suficiente como para aprenderte cada detalle de él y poder hacer un retrato exacto que le hiciera justicia.
En un segundo, cuando el chico se puso de pie, toda la admiración que sentía Izuku pasó a preocupación. Le alarmó pensar que no conocía a ese chico, y no estaba armado. Y Bakugo no estaba cerca.
Pero de inmediato, vio en sus ojos una falta completa de expresión; a diferencia de Bakugo, no tenía ese fuego en la mirada. Ese semblante que te grita que le abras paso. Al contrario, su postura tan decidida te hacía mantener la distancia, nada más que por precaución.
Izuku había aprendido a la mala que, en ese bosque, si alguien quisiera matarlo, ni siquiera lo vería venir. Y a pesar de todo, no podía obligarse a mantenerse alerta.
―¿Qué haces? ―Ni siquiera sabe por qué esa fue su primera pregunta.
La postura del chico se relajó, pero su mirada fría seguía intacta.
―Cazaba. ―respondió. ―¿Por qué estas aquí? No luces como alguien que vive en el bosque.
Actualmente, sí, Izuku vivía en el bosque. Y le dolía que lo miraran de esa forma: como a un niño perdido. No quería asumir que eso era.
Iba a responderle que si vivía allí, pero su mirada se desvió a su tobillo, vendado y ensangrentado, y a la bota que sujetaba en su mano izquierda.
―¿Estás herido? ―se agachó frente a él sin pensar en lo fácil que podrían cortarle la cabeza. Sus pensamientos en ese momento se limitaban a ayudar a ese chico. ¿Las razones? No tenía ninguna. ―En mi aldea me enseñaron a sanar todo tipo de heridas. Por favor déjame ayudarte.
―Así que no vives en el bosque.
Izuku levantó la mirada, y el chico posó su mano en su mentón; gesto que incitó a Izuku a levantarse suavemente. El chico le estaba sonriendo, de forma cálida, dejando atrás la gélida mirada que le dedicó al comienzo.
El chico bajó su mano, e Izuku dio un paso atrás. Estaba siendo confiado, de todos modos. Lo curaría, se aseguraría de que tuviera una tienda en la cual pasar la noche y luego volvería a casa. No podía permitirse dejar ir cualquier detalle de su identidad, ubicación y situación. Por Bakugo, tenía que obligarse a cerrar la boca y no hablar de más.
―¿Necesitas ayuda?
El chico le volvió a sonreír.
―Lo aprecio, pero no es nada. No te preocupes por mi. ―se apoyó una vez más en el tronco. ―¿Puedo saber tu nombre?
Eso hizo colapsar su mente. Cinco minutos, y le preguntó su nombre. Le interesaba saber su nombre. En serio pensó que debía superar el poco interés que Bakugo le puso en un principio.
Le dio un vistazo general a su ropa: era sencilla, pero estaba cuidada. Demasiado para estar herido en el bosque. Quería confiar en él, pero sabía que no debía. Aún así, pensó en decirle su nombre. ¿Qué era lo peor que podía pasar?
―Midoriya I-
―Deku.
Sonó más a gruñido que a palabra. Kacchan caminó hasta donde estaban, e Izuku se sintió como si lo hubieran pillado, por alguna razón, en algo sumamente malo.
Le tomó un segundo entender la razón.
―Este no es sector para dragones. ―le dijo el chico, sin inmutarse.
―Entonces mira la mierda que me importa ofender a su Majestad. ―se puso frente a él, de forma protectora. Estaba… estaba cuidándolo. Bakugo lo cuidaba de…
Oh.
OH.
Menudo imbécil.
06/02/18
Mordor
