Sus ojos se abrieron de a poco, y trató de mantenerlos abiertos a pesar de sentir que la luz los lastimaba. Se incorporó, y su espalda crujió. No pudo mover con normalidad su cuello tampoco. Vio a Bakugo, dormido, y las vendas impecables envolviendo su cintura. Ya no sangraba, ya no estaba frío y su tono de piel natural ya había vuelto también. Izuku parpadeó y soltó suavemente la mano de Kacchan, que al parecer sostuvo toda la noche, para poder frotar sus ojos.
Se levantó, se estiró para que acabara de crujir el resto de su cuerpo y, sin pensárselo demasiado, a modo de buenos días, puso su mano en la mejilla de Bakugo y posó su frente sobre la suya, con los ojos cerrados, sólo un momento. Aquello ya tenía un significado especial para Izuku, pese a no entender la verdadera razón por la cual Bakugo lo hacía. Entonces se levantó y decidió dejarlo un rato. Estaba en su aldea, después de todo.
Su aldea.
Acababa de caer en cuenta: estaba de vuelta en casa.
Una felicidad eufórica llenó su pecho, y sintió más ganas que nunca de ver a su gente. Sus amigos, su madre…
Salió de la casa y lo primero que se encontró fue con el rostro atónito de Uraraka, quien tenía su puño en alto, a punto de tocar la puerta. Izuku le sonrió ampliamente y ella gritó al saltar sobre él. Cruzó sus manos alrededor de su cintura para levantarla, aún riendo, mientras ella seguía gritando cosas sobre lo bien que se veía y lo mucho que lo había extrañado. Izuku al rato se avergonzó de no llevar camiseta.
Dio una última mirada al rostro dormido de Bakugo y cerró la puerta a sus espaldas. Entonces encaró a Uraraka, listo para que lo siguiera bombardeando en preguntas.
―¡Aizawa me dijo que estabas aquí! ¿Ya no volverás a irte? ¡Te ves más alto! ¿Por qué no llevas camiseta? ¿Eso es un moratón? Oh, aquí hay otro. ¡Tienes muchos!
―Sí, eh… no. Espera, ¿Qué? ―bajó su vista para ver su propio torso. ―Oh, fueron porque me caí un montón de veces aprendiendo a usar la espada.
―¿Una espada? ¡Eso es genial! ¡Sabía que volverías siendo mucho más genial! ¿No tienes hambre? ¿Dormiste aquí?
Ahora que lo decía, llevaba muchas horas sin comer y estaba hambriento, pero su mente estaba tan ocupada que se había despreocupado de si mismo por completo.
―Sí, dormí aquí.
―¿Quién es? Aizawa también dijo que golpeara porque trajiste a alguien.
―Es un… uh, es complicado. Lo traje porque estaba herido y no sabía cómo ayudarlo.
―¿Pero está bien ahora, no? ¿Lo conociste en otra aldea?
―No, no es de ninguna aldea. Es complicado. Se los contaré todo si quieren, pero antes, ¿sabes si mi madre está en casa?
Ella sonrió satisfecha y asintió.
Estaba emocionado y a la vez asustado. Iba a volver a ver a su madre, pero sabiendo que se iría de todos modos. Era doloroso pensarlo de esa manera. Y en especial porque sabía lo fácil que se emocionaba su madre.
Tocó la puerta, y su madre comenzó a gritar incluso antes de abrir. Izuku y Uraraka se miraron, riendo. Ella reconocía la forma en que tocaba la puerta.
Abrió y lo envolvió en un abrazo asfixiante, bajo la mirada alegre de la chica. Pronto las lágrimas comenzaron a salir como un río de sus ojos, y entre ambos trataron de calmarla.
―Izuku… mírate, estás hermoso. ―acunó su rostro con ambas manos. ―¿Has estado bien? ¿Ya comiste? Tienes muchas marcas en el cuerpo…
Lo sabía. Se debía ver terrible tener el cuerpo cubierto de moratones y pasearse sin camiseta, con los pantalones aún manchados de sangre en algunas partes. Se imaginó el lío que debía ser su cabello por el agua de lluvia la noche anterior, y se sorprendió pensando en que no se sentía como en casa… ya no.
―Si, son porque estuve entrenando. Y no he comido aún.
―¿Y tú? ―Esta vez le preguntó a Uraraka. Ella negó con la cabeza. ―Pasen ambos. Vamos.
No hizo falta que se los dijeran dos veces.
Al sentarse frente a la mesa, una vez más su mente viajó a la cueva, y sus pulmones parecían estar otra vez llenos de ese aire húmedo y ese olor a especias y a leña. El frío en el ambiente, el calor que irradiaba el cuerpo de Bakugo junto a él, las escamas frías de los dragones, el fuego encendido durante toda la noche.
―¿Izuku? ―La voz de su madre lo sacó de aquellos pensamientos, obligándole a volver a aquella decorada y ordenada sala. ―¿En qué piensas?
Él suspiró.
―Nada. Es sólo que… es extraño estar de vuelta. ―dijo en lugar de revelar lo que pensaba. No era una mentira totalmente.
Su madre puso frente a ambos platos llenos de comida, y se sentó frente a ellos.
―Bien, cuéntame todo. Quiero saber todo lo que hiciste. Todo lo que conociste. ¿Habían personas? ¿Te encontraste con gente mala? ¿Con esos cazadores horribles de los que siempre hablan los viejos?
Oh. Claro: eran aquellas historias las que habían en la mente de todos en la aldea. ¿Cómo cambiar la forma de pensar de aquellos que aún no conocían a Bakugo? ¿O a los dragones? Izuku también pensaba todo aquello antes de salir de la aldea.
Decidió que era mejor arreglar un poco la historia antes de que su madre se escandalizara.
―Todo afuera es fascinante. Desde el cielo, desde los lugares altos, hasta el mar en los extremos donde las olas rompen directo contra la orilla. Los árboles enormes, tan altos que no logras verles un final. Los animales. Todo tiene una vibra difícil de describir.
Ambas lo miraban fascinadas, e Izuku supo que tenía "esa" mirada en su rostro.
―Conocí a un chico. Se llama Bakugo. ―evitó decir su apellido. ―estuve quedándome con él este tiempo. ―sintió algo extraño en el estómago al ver la intriga en sus miradas. ―Pero tuvimos un problema, y el resultó herido. Necesitaba curaciones que no me creí capaz de hacer, por eso estoy aquí.
Su madre puso una expresión triste.
―¿Cómo? ¿Entonces no ibas a volver aun?
―No lo sé. Siento… ―dudó en si soltar sus pensamientos en voz alta así como así. ―Están pasando muchas cosas ahí afuera, y creo que puedo hacer una diferencia. Y siento que lo mejor es que siga con él por un tiempo. Lo siento.
El rostro de su madre era difícil de interpretar, pero trató de no llorar, e Izuku se dio cuenta.
―No lo sientas. Eres mi hijo, y sé que puedes hacer esa diferencia. Sólo… por favor cuídate mucho, y promete que volverás a vernos pronto.
Sonrió, y eso logró que su madre le sonriera también.
―Lo prometo.
.
Sus sentimientos estaban combinados otra vez: se sentía a gusto entre su gente. Sentía que todos lo habían extrañado, en especial porque desde pequeño disfrutaba mucho ese momento de la tarde donde muchas personas se juntaban en un enorme circulo en el suelo, con una fogata en el medio, a simplemente contar historias y charlar. Izuku lo disfrutaba cuando era un niño y lo disfrutaba ahora, pero no lograba conectar por completo con la actividad. Sentía que su hogar estaba allí junto a esa gente, pero su corazón lo enviaba de vuelta a esa húmeda cueva en medio del bosque.
Fue el turno de Aizawa de hablar, y mientras contaba sin mucho ánimo uno de sus encuentros con unos cazadores, vio a Chiyo salir de su casa, sonreír en su dirección, hacerle un gesto con la mano para que se acercara y mover sus labios sin que Izuku pudiera a escuchar desde esa distancia. Pero no lo necesitaba, pues el mensaje estaba claro: Kacchan había despertado.
Se levantó muy rápido, demasiado para los pocos ojos que se posaron en él, y se alejó un poco para poder correr hacia ella. Estaba perdiendo poco a poco el aliento sólo por los nervios.
―¿Hace cuánto que-
―Acaba de despertar. ―Dijo ella. ―Preguntó por ti. Le pedí que por favor no se levantara, pero no dejaba de gritarme. Podrías…
Se preguntó si Bakugo tendría memorias claras de esa tarde y hasta donde: el torpe encuentro, el momento en la cueva, el hecho de que Bakugo vio justo en su dirección cuando fue herido.
Tragó saliva. Se sentía ansioso por ver otra vez aquellos ojos rojos. Necesitaba verlo bien para poder estar bien.
Entró, y Bakugo estaba de pie junto a la cama, poniéndose sus pantalones. Había pasado un pie apenas cuando Izuku entró, y soltó la prenda al verlo.
Izuku volteó a ver a Chiyo, y la mujer sólo volteó y salió, dejando cerrada la puerta. Izuku lo agradeció eternamente.
―¿Qué haces poniéndote los pantalones?
Bakugo sólo levantó su pie y lanzó el pantalón un metro más allá en el suelo.
―Ven acá.
Izuku tembló. Su estómago se hizo nudo. Esa voz… ¿Estaba enojado?
―No. ―respondió, más que nada por reflejo.
―Tengo que preguntarte algo. Ven.
Negó con la cabeza. Ya sabía lo que le iba a preguntar. Y sabía que realmente no estaba enojado, pero era difícil estar seguro.
―Deku.
Suspiró. Vio hacia el techo y esperó lo peor. Se resignó a lo que fuera y caminó hasta donde Bakugo estaba de pie. Apenas estuvo frente a él, Bakugo se sentó en la cama y lo jaló de la ropa para que cayera sobre él. Izuku comenzó a reír, mientras Bakugo envolvía sus brazos alrededor de su cintura y pegaba su nariz contra su cuello, provocándole cosquillas y un aumento preocupante de temperatura.
―¿Qué haces? Kacchan, nos van a-
―Que nos vean. Es tu aldea, a mi me da igual.
Izuku trató de que su mente no se llenara con la idea de Bakugo tan pegado a su cuerpo, sin camiseta y con vendas, y trató de acomodar sus rodillas alrededor de sus piernas sobre la cama para no aplastarlo.
―Y, hablando de eso, ¿por qué estoy en tu maldita aldea, Deku?
Izuku lo miró, muy de cerca, y se sintió mal. Sintió que había hecho algo mal a pesar de que era lo único que podía hacer, y eso le hizo sentir pésimo.
―Lo siento.
La expresión de Kacchan cambió, y lo vio serio. No quitó sus manos de su espalda.
―No lo hice a propósito. ―se defendió Izuku. ―Quería que estuvieras bien.
Sabía que sus ojos estaban llorosos.
―Lo sé. ―Bakugo le obligó a verlo directo. ―Deku, lo sé. Sabes que lo sé.
Entonces, al mismo tiempo, ambos se acercaron al otro suavemente, hasta que sus frentes hicieron contacto, y las manos de Izuku buscaron su nuca para posarse por un rato.
No se dio cuenta cuándo se había dejado de mantener en sus rodillas y se había acomodado tan bien sobre el regazo de Bakugo. Sentía que de ese modo quedaba tan a gusto, que sus cuerpos encajaban de forma tan perfecta para que así sus rostros quedaran a la misma altura, que no podía aquello estar mal. Izuku sentía que le pertenecía justo a ese momento, a esa persona frente a él: ya no era el bosque, la aldea o la cueva. Era Bakugo.
―Estaba asustado. ―confesó, en el momento en que se separó de él para seguir hablándole. ―¿Duele? ―puso su mano por sobre la venda, pero no se atrevió a tocar.
―No es lo mejor que me pasó en la vida, pero no me quejo.
De pronto volvió a sentir tristeza, y ni siquiera sabía porqué. Sentía que salían todas las emociones que reprimió antes de que Bakugo despertara. Y ahora que sabía que estaba bien, simplemente cualquier cosa lo hacía colapsar.
Las manos de Bakugo se posaron sobre sus muslos, y sonrió al verlo morder su labio evitando llorar. De hecho, lucía bastante a gusto.
Izuku pasó sus brazos alrededor de su cuello, y lo abrazó lo más fuerte que pudo, logrando un quejido ahogado de su parte.
No acababa de procesar aquello. Estar sentado sobre sus piernas de esa manera, Kacchan con el torso desnudo y sus brazos volviendo a envolver su cintura era simplemente irreal. Tal vez por eso Izuku se aferró a él con tanta fuerza.
Y tal vez por lo mismo ignoraron lo que pudiera estar pasando a su alrededor.
Ambos voltearon rápidamente cuando el hombre bajo el marco de la puerta aclaró su garganta para llamar su atención.
Aizawa los veía sin siquiera inmutarse, y apenas Izuku hizo contacto con él, bajó la vista y se cubrió el rostro con ambas manos. Sintió su cara arder como nunca, y no podría creer que a ellos dos les importara tan poco.
―Oye, no se si te dijeron pero acaba de despertar y tiene que descansar. Y también tú. La primera noche no dormiste bien ahí sentado. Vete a tu casa.
Ahora no quería mirar a ninguno. Quitó sus manos de su rostro y asintió, y Aizawa volvió a desaparecer detrás de la puerta.
―Está más viejo. ―dijo Bakugo.
―Te escuché. ―dijo en voz alta antes de cerrar la puerta. Bakugo rio, e Izuku quería meterse debajo de la cama y no volver a salir. Se preguntó cuánto había escuchado Aizawa, y de sólo pensar lo que debía estar pensando le hacía sentir vergüenza.
Se levantó para poder salir de encima suyo y se puso de pie, y no alcanzó a hacer nada más cuando Bakugo lo sujetó de la manga y lo volvió a tirar junto a él en la cama.
―¿En serio pensabas irte a tu casa?
Izuku quedó recostado entre las sábanas, y lo vio levantarse y decirle eso de forma provocativa, mientras volvía a recoger sus pantalones del suelo y se los ponía, sin dejar de mirarlo. Izuku supo que era la mejor vista que tendría en la vida.
―¿Qué haces?
―Tengo que mear. ―Soltó, sin ningún tapujo. ―Quédate ahí. ―lo apuntó al decirlo, como si lo clavara al colchón de esa forma.
―Sal por ahí si no quieres que te vean. ―Le apuntó la puerta trasera, pues supuso que la fogata seguía en pie.
Bakugo lo miró de forma burlesca, y ni siquiera se molestó en decir algo. Sólo ignoró lo que le dijo y salió por la puerta principal, e Izuku palmeó su rostro.
Entonces puso las yemas de sus dedos contra sus mejillas: ardían. Su rostro debía estar completamente rojo, y el colchón en el que estaba ardía por la temperatura de Bakugo, lo cual no ayudaba para nada a relajar sus latidos.
No tenía idea de la dirección que estaban tomando las cosas, ni sabía si Bakugo ya tenía claro lo que sentía por él. Pero no le importaba decírselo. Tal como eran las cosas actualmente, funcionaban para Izuku. Aquellos momentos en que Bakugo era quien lo acercaba, Izuku no estaba dispuesto a dejarlos pasar.
La puerta volvió a abrirse bruscamente, y Bakugo la cerró tras él.
Izuku se movió a la orilla, y cuando Bakugo se acomodó de costado y palmeó a su lado, Izuku se acercó y se acomodó frente a él, dándole la espalda. Y Bakugo lo abrazó tal cual él había hecho en la tienda, e Izuku prefería, definitivamente, esta versión.
09/02/18
Mordor
