Sus ojos se abrieron de a poco, y bostezó. El aire estaba muy frío, y su nariz estaba congelada. La mano que seguía sobre su estómago lo acarició, e Izuku volteó para poder verlo. Lucía tan bien como siempre: incluso mejor, algo despeinado y soñoliento.
―¿Tú me despertaste? ―le preguntó, pero Bakugo negó con la cabeza. No tenía idea por qué había despertado; estaba claro que era de noche aún. ―¿No puedes dormir?
―No. Es demasiado silencioso, y hace mucho frío.
Izuku levantó un poco más las mantas y trató de taparlo hasta el cuello, acurrucándose más cerca de su pecho, dejándose abrazar.
―¿Así que dormiste aquí anoche?
―Me dormí. ―dijo, avergonzado. ―Por cierto, no se si te pasa lo mismo, pero me siento extraño. ―No sabía por qué estaba hablando sobre eso en la madrugada. ―Extraño sentir a los dragones mordiendo mis piernas mientras duermo.
―Y a mí.
―Y a ti. ―Se le escapó una risa; una noche Bakugo había tomado su pierna y lo había mordido, imitando a los dragones pequeños. El recuerdo le hizo reír tal como en ese momento.
―Nos vamos mañana.
―No sé. ―Izuku había tomado la mano de Bakugo y jugaba con sus dedos mientras hablaba. ―No van a querer que me vaya.
―Me voy mañana, entonces.
Izuku levantó la vista, frunciendo el ceño.
―¿Qué? ―Bakugo lo encaró.
―¿Me vas a dejar?
Bakugo asintió, haciendo una mueca que le hacía entender que no iba en serio. Izuku de todos modos lo miró ofendido. Y Bakugo gruñó. E Izuku le gruñó de vuelta, y él lamió la punta de su nariz.
E Izuku lo besó.
Fue torpe. Fue muy embarazoso. Fue innecesario. Fue eterno separarse de el y ver de la manera en que lo miraba. Y en un segundo, se dio cuenta: Bakugo seguramente jamás había besado a nadie, ni ver a nadie besando a otro. Y trató de hacerse una idea de lo tonto y extraño que debía ser para él que Izuku juntara sus labios con los suyos de esa forma.
Se quería morir.
Bakugo, en lugar de decir cualquier cosa, posó su mirada en los labios de Izuku, provocándole un cosquilleo en el estómago.
Esta vez fue Bakugo quien se acercó, más rápido, y presionó sus labios.
Izuku sintió la necesidad de corresponderlo, y posó su mano en su nuca para acercarse. Movió sus labios, sintiendo la textura áspera de los cálidos labios de Bakugo.
Su aliento caliente lo embriagaba, y sentir su lengua contra sus labios le hizo sonrojarse de forma violenta. Se alejó, y Bakugo sonrió con malicia.
Todo eso… cuando se acurrucaban, cuando se abrazaban, aquel beso… ¿Realmente Bakugo hacía todo eso por instinto?
―Otra vez. ―pidió. O más bien, exigió, lanzándose una vez más sobre él, esta vez separándose de la almohada y apoyándose en el codo, para quedar encima suyo. O al menos su rostro.
―Kacchan-
Ni siquiera alcanzó a replicar, aunque realmente no quería detenerlo. Esta vez, sus dientes entreabiertos, esperando sentir su lengua contra sus labios para aprovechar y hacer lo mismo.
Se sentía tan torpe; al entrelazar su lengua con la suya sentía que estaba arruinando todo, pero la sonrisa juguetona de Bakugo contra sus labios le hizo calmarse un poco. Sólo entonces se dio cuenta de que sus manos estaban temblando.
Bakugo se separó de él, y ambos se vieron a los ojos, con sus respiraciones agitadas.
―¿Qué fue eso? ―preguntó Bakugo. Parecía confundido, pero tenía ese brillo en su mirada. Ese fuego que a veces Izuku encendía sin realmente planearlo. ―Siento calor ahora.
Izuku sintió que explotaría. Por lo casual que siguió Bakugo luego de que se besaran de ese modo, y por lo honesto que fue al decir que aquello le había quitado el frío.
―También yo. ―confesó, y un bostezo hizo que se nublara su vista.
―Vuelve aquí. ―Bakugo levantó la manta, e Izuku no lo pensó dos veces antes de volver entre sus brazos.
.
Era extraño, pero para nada desagradable, despertar con la voz de su madre mientras lo descubrían y lo volvían a cubrir con las mantas, provocando esa corriente de aire frío que te obligaba a levantarte y escapar.
―¡Ya, Izuku! ¿A qué hora te dormiste? ¡¿Por qué te duermes aquí!?
Izuku hizo su mejor esfuerzo por levantarse, pero ambos brazos le temblaban. Hace tiempo que no se despertaba y se tenía que levantar enseguida: en la cueva usualmente despertaba y se quedaba rodando un buen rato antes de decidirse a buscar a Bakugo, o algo para comer.
Al mirar a su lado y encontrar el colchón vacío fue que sus ojos se abrieron por completo, y se incorporó.
―¿Dónde está Kacchan?
―Esperándote. Despertó muy temprano.
―¿Ya lo conociste? ―se maldijo por no despertar más temprano: él quería presentarlos.
―Estaba caminando entre las cabañas muy temprano. Me acerqué y me preguntó si era tu madre, entonces empezamos a hablar. Les preparé el desayuno, ya levántate y ponte ropa.
Pensar en que Bakugo reconoció a su madre, en que habían estado hablando, y en que su madre acababa de verlo salir de su cama en poca ropa le hizo sentir tanta vergüenza como nunca en su vida.
Acabó de vestirse, se puso sus botas y salió. Aparte de los comedores que habían en cada cabaña, disfrutaban tanto el pasar tiempo juntos y en familia que había un sector en la aldea sólo con mesas y bancas bajo la sombra de los árboles, que usualmente usaban por las tardes. Ahí estaba Bakugo, de piernas cruzadas sobre una de las bancas. Luego de verlo tantas veces sin camiseta y con las piernas abiertas frente a la fogata, sin zapatos y comiendo del suelo, era extraño verlo vestido y tan cohibido frente a una mesa. Supuso que ese era el poder que tenía su madre: Bakugo podía tener dragones y ser el dueño de todo el bosque, pero seguía siendo un adolescente al que su madre podía mandar a abrigarse si lo veía adecuado. Sonrió apenas Bakugo lo miró con expresión de que quería irse.
―Te bañaste. ―Fue lo primero que dijo al sentarse frente a él.
―Siete veces en lo que tu dormías. ―le respondió, sonriendo.
―Pudiste despertarme.
―¿Cómo podría? Estabas tan a gusto babeando mi brazo y diciendo mi nombre que sería-
―¡AH! ―levantó sus manos y las agitó frente a él, viendo en dirección a su madre, que por suerte no estaba cerca en ese momento.
―¿Qué? ―Ahí estaba: se había molestado.
―No digas cosas así frente a mi madre.
―¿Por qué?
―No lo sé. Se siente raro. ¿No te importa que piensen cosas raras sobre nosotros?
―No me importa una mierda.
Tapó su rostro con sus manos por un segundo, y suspiró. Claro que no le importaba para nada.
―Aunque… ―Bakugo bajó sus pies para que tocaran el suelo y apoyó sus codos en la mesa para estar más cerca. ―Yo soy quien está pensando cosas raras sobre nosotros. Lo que hiciste anoche…
―¡No lo digan! ¡Una madre no quiere saber esas cosas!
Bakugo se volvió a sentar derecho, e Izuku bajó su rostro hasta que su frente chocó con la mesa, pensando seriamente en meterse debajo.
Su madre puso los platos en frente de cada uno y volvió a irse.
―¿Nadie aquí come carne? ―al menos Bakugo cuidó que su madre se hubiera ido para decir eso. ―Estoy a un pasto de meterme al bosque y morder un venado que vaya caminando.
―Kacchan.
―¿Mm? ―Pese a lo que dijo, se había llenado la boca con comida.
―Me voy a ir contigo.
Bakugo lo quedó viendo, y cuando pudo tragar lo que tenía en la boca, habló.
―¿Hoy? ¿Al bosque?
―A donde sea.
Le sonrió, y eso obligó a Izuku a bajar la vista y jugar con la comida.
―Me agrada oír eso. ―volvió a tomar un montón de comida y antes de echarlo en su boca, añadió: ―Digo, ya lo sabía, pero es agradable escucharlo.
Izuku exhaló con fuerza.
―¿Siempre tienes que ser tan-
―¿Tan qué?
―Tan… tú. Siempre tienes que quedar por encima de todos, y tienes que saber que todos ya lo saben, e incluso haces eso conmigo.
―¿Ponerme encima de ti?
―Si. ―entonces entendió lo que estaba diciendo, y se sonrojó. ―No en un sentido literal…
―Claro.
Volvió a fijarse en su plato y siguió comiendo, sin volver a mirarlo hasta que acabó. No podía negar que le gustaba que Bakugo fuera de ese modo: que tuviera claro su lugar pese a que ese estuviera por encima de todos, y que no temiera echarlo en cara. Aunque lo hiciera con él, Izuku estaba acostumbrado. Le gustaba estar junto a él, aunque eso no significara precisamente caminar a su lado.
―De todos modos, ¿Qué hablaste con mi madre? ―Quería alejar el tema de los sentimientos porque sabía en lo que iba a terminar, y era muy temprano para llorar.
―Oh, de cómo nos conocimos y lo que hacíamos a diario. Sin detalles nocturnos; no me pongas esa cara. Y me dijo que te cuidara. También me contó algunos detalles tuyos que no sabía.
Qué vergüenza. Su madre lo hacía con la mejor intención, pero de todos modos era vergonzoso pensar en ello.
―¿Le contaste de los dragones?
―No, Deku. ¿Crees que soy imbécil?
―Sólo fue una pregunta.
―Tú eres el que va por el bosque contando cosas.
―Basta. No es momento ni lugar para hablar sobre eso.
Bakugo pareció estar de acuerdo, y ambos asintieron.
Desde ahí, su madre pasó con ellos otro rato cuando acabaron de comer. Entonces Izuku estuvo con Bakugo recorriendo la aldea el resto del día. Pausas para comer, ir al baño, ir a saludar ancianos de los que Bakugo escapaba, e Izuku tratando de evitar las preguntas personales sobre Bakugo para que sus mejillas rojas no lo delataran.
Más tarde, fueron a la armería, que era más que nada un pasatiempo: no usaban armas en absoluto. Pero Bakugo lo tomó como una oportunidad para tomar todo lo que pudiera llevar, bajo la mirada atónita de Aizawa.
―¿Qué dices? ―le acercó a Izuku una espada. ―¿Puedes con ella?
Izuku la tomó con una mano, y antes de que la espada chocara contra el suelo la tomó con ambas manos, sin lograr detenerla.
―Está bien, entonces una espada de mujer.
Izuku estaba seguro de haber hecho un puchero, y Aizawa se acercó a quitarle la espada.
―Ponle atención a mis dedos. ―La levantó con una mano como si no pesara nada, y la hizo girar primero por su lado izquierdo y luego por el derecho, para volver a apuntar al frente. ―El hecho de que sea pesada no tiene por qué hacerte más difícil maniobrarla. De hecho, es más fácil. Sólo tienes que tomarla de la forma correcta y usar el mismo peso como impulso y para balancearla. Si fuera una espada liviana tendrías que poner toda tu fuerza en tus ataques para darle el peso que no tiene. ¿Quieres probar otra vez?
Izuku asintió, y Aizawa volvió a darle la espada, la cual ésta vez logró tomar con ambas manos sin que tocara el suelo.
―Inténtalo. ―Le dijo.
Izuku tenía la mirada de ambos encima, y el silencio de parte de Bakugo lo preocupaba.
Tragó saliva, y levantó la espada otra vez con ambas manos. Le dolía la palma de las manos al no poder balancear la espada, y cada vez que estaba a punto de caer, el roce le quemaba la piel.
Y al tomarla con sólo su mano derecha, logró darle una vuelta por su costado derecho. Suerte de principiante. Al intento por el lado izquierdo, la espada dio una vuelta en el aire y cayó, haciendo que Izuku cerrara sus ojos y levantara su pie izquierdo, temeroso de que le cayera justo en el empeine.
Aizawa sonrió, y Bakugo hizo un chasquido con la lengua.
―Está bien. Sólo tienes que-
Bakugo le quitó la espada apenas la levantó, y se alejó cinco pasos de ambos. Entonces cortó el aire con ella, frente a él, varias veces, sin siquiera bajarla un centímetro. Entonces se la volvió a pasar, y sujetó sus manos con las propias mientras Izuku afirmaba la espada.
―Es el meñique. Tienes que aguantar el peso en el meñique.
Dicho esto, lo soltó y salió de la armería, dejando a Izuku probando hacer lo que le había dicho y a Aizawa aún más confundido que antes.
―¿Es siempre así? ―le preguntó.
―¿Así cómo?
―Mordaz. ¿Es siempre así contigo?
Izuku sonrió.
―Es así. Conmigo a veces es diferente, pero es así. No está enojado; va a volver.
Aizawa miró la puerta: claramente no estaba muy convencido.
Izuku, tomando el consejo de ambos, levantó la espada con una mano, balanceando el peso y apuntando hacia arriba para que el peso no quedara haciendo equilibrio como al poner la espada horizontal. Y dejó caer el peso hacia su lado derecho, concentrándose en poner fuerza más que nada en el meñique, y al volver, con el mismo balanceo pudo pasarla por el lado izquierdo, esta vez sin soltarla.
Miró emocionado a Aizawa, y este le sonrió.
La puerta volvió a abrirse y Bakugo entró con unas vendas. Izuku no entendió hasta que se acercó a él.
―Mano.
Izuku bajó la espada y le pasó sus manos de a una, para que Bakugo las vendara. Ya estaban rojas, e Izuku no entendía cómo podía usar la espada Bakugo sin que se le quemaran. Entonces recordó lo dura que era su piel cuando se puso a mover sus dedos mientras hablaba con él en la cama.
―En guardia. ―le dijo cuando se alejó, e Izuku sonrió. Y sintió un fuego llenar su pecho y envolver su cuerpo. Le encantaba que Bakugo le regalara esos momentos. Le encantaba que lo atacara con toda su ferocidad aunque eso lo dejara siempre mal parado.
―Voy con la espada de mujer, mira. ―la levantó varias veces como si no pesara nada, y lo apuntó con ella cuando estuvo frente a él.
―¿Debo prepararme para lo peor? ―preguntó Aizawa.
Ninguno de los dos respondió. Bakugo atacó primero: por la derecha. Siempre comenzaba por la derecha. Izuku bloqueó de manera impecable, y aprovechó la confusión de Bakugo para girar su espada y mandar a volar la suya. Luego, el filo de su espada estaba en el costado derecho de Bakugo. Y por un segundo, creyó que había ganado.
Hasta que Bakugo se agachó. Se agachó de forma muy poco convencional y barrió sus piernas con una patada directa. Izuku cayó secamente al suelo, y estaba seguro de haber visto al dragón rojo hacer eso con su cola una vez, y se dio cuenta: Bakugo ni siquiera necesitaba una espada.
―¿Estás bien? ―se levantó del suelo y le acercó la mano para ayudarle a levantarse.
Izuku le dio la mano y se puso de pie.
―Sí. Ya estoy acostumbrado. ―entonces se fijó en la camiseta negra que llevaba Bakugo, a la altura de su estómago, y en el brillo que daba la sangre fresca al empapar la tela. ―Kacchan.
Bakugo soltó su mano y se levantó la camiseta. Sus vendas estaban totalmente rojas, y Bakugo dio un grito de frustración.
―Había olvidado esa herida.
―¿Puedes caminar? ―Aizawa se acercó, listo para sujetarlo y llevarlo a cuestas.
―Tsk. Mírame.
Aizawa miró a Izuku, quien se encogió de hombros. Y lo siguieron por la aldea hasta la casa donde llegó la primera noche. Entró, la puerta se cerró a sus espaldas, y para cuando ambos entraron, Bakugo ya estaba sin camiseta, quitándose la venda y tirándola encima, para mojar una toalla y limpiarse la herida.
―No, tienes que- ―Izuku suspiró. ―Da igual. Siéntate.
―¿Quién te crees que-
―Siéntate.
Bakugo obedeció, pero con una sonrisa en los labios que Izuku no había visto antes: una que le hacía querer golpearlo y besarlo en partes iguales.
Izuku limpió su herida con alcohol. Ambos lados, a pesar de que sólo la herida de su estómago sangraba. Y luego le dio unas vendas limpias.
Bakugo las puso en su cintura y apoyó sus brazos en sus piernas abiertas, sin pararse de la silla.
―Estás pálido. ―dijo, viendo a Aizawa.
―¿Cómo funcionan así? ―preguntó, viéndolos a ambos.
Bakugo se encogió de hombros, frunciendo el ceño, e Izuku sólo le sonrió. No tenían la menor idea.
.
Recién en la tarde se encontraron con Uraraka, aunque Izuku la vio a lo lejos varias veces durante el día, pero sin acercarse a ellos.
La reacción de Bakugo al verla fue tan hostil que la chica se mantuvo distante durante la cena. Izuku se sentía mal cuando hacía contacto visual con ella, mientras que Bakugo no se inmutaba.
―No debiste haberla tratado así.
―¿Cómo? ―Bakugo siguió comiendo sus verduras de mala gana.
―Como lo hiciste. No es educado decirle a las personas que su voz es desagradable.
―Ah. ―se encogió de hombros. ―Con todos soy así.
Suspiró. No esperaba que ambos se llevaran mal.
―No fuiste así con mi madre. Y no eres así con Aizawa.
―Deku, traté de matar a ese hombre unas cinco veces antes de tratarlo como ahora. Y tu madre es tu madre, maldición, no puedo tratarla mal.
Oh. No esperaba esa respuesta. Nunca está preparado para la sinceridad que suelta Bakugo de un momento a otro. ¿Estaba siendo lindo con su madre sólo por él? Su corazón se ablandó un poquito luego de escuchar eso.
No pudo responder enseguida, pues comenzaron a sonar los tambores, y varias personas se levantaron para bailar entre ellos en los espacios disponibles entre las mesas. Las llamas ondeaban entre las personas desde las múltiples fogatas, y los vestidos y ropa colorida hacían que todo se viera mágico. Todos sonreían y bailaban, sin dejar de dar vueltas y tomarse del brazo cada que encontraban a otra persona.
Los pies de Izuku golpeaban el piso al ritmo de la música, y cuando pasó Uraraka frente a él, ni siquiera hizo falta que le dijera nada: estiró su mano hacia él y eso fue suficiente para que Izuku se levantara a hacer lo que mejor hacía.
Bailó con ella, con su madre y estaba bastante seguro de que con todas las personas que estaban allí. Luego, en un cambio en el ritmo de la música, Izuku se detuvo, y entre la gente vio cómo Bakugo lo miraba. No estaba serio ni enojado, sino más bien lucía triste.
La música siguió, pero Izuku dejó de bailar. Lo chocaron un par de veces antes de que caminara de vuelta a su lado.
Se deslizó de vuelta en la mesa: aún ni siquiera terminaba su comida.
Se acercó bastante más a él de como estaba antes de bailar, y trató de ser lo más sincero posible respecto a todo. Sintió que se lo debía.
―No quiero irme, pero tampoco siento que debo estar aquí. No quiero que te vayas sin mi, ni que te tengas que quedar aquí conmigo. Y sé que no lo harías. No se cómo irme sin sentir que me faltó tiempo.
Bakugo dejó de comer y se acercó a besar sus labios. Esta vez si fue suave, y se alejó rápido. Izuku dio una mirada rápida alrededor para comprobar que nadie los estuviera viendo.
―Volveremos.
―¿De verdad?
―No me molesta. Las camas son cómodas, y ningún reptil me despierta a mordiscos por la mañana.
―Está bien. ―Dijo sonriendo. ―Volveremos entonces.
―Y prefiero traerte yo, porque apestas dirigiendo dragones.
―Oh, no. No acabas de decir eso.
―Sí. Estaba semi-consciente y no podías ni siquiera mantenerte en la misma altura. Retrocedimos más de lo que avanzamos; de eso estoy seguro.
―¡Te llevaba a ti! ¡Fue por eso!
―Yo te he llevado muchas veces y volamos bien.
―¡Es diferente! Yo nunca voy adelante.
―Ahora vas a ir adelante. Y yo voy a manejarlo. Y vamos a volar como siempre.
―¿Nunca pierdes, verdad?
Bakugo siguió comiendo, e Izuku hizo lo mismo, esta vez sintiéndose mejor.
.
Ya era de noche: casi todos estaban en sus casas, Bakugo estaba esperando sentado sobre una mesa e Izuku estaba dentro de la casa de su madre con ella y Uraraka.
―No quería llorar, pero… ―esa era su madre mientras lloraba.
―Voy a volver. Apenas pueda voy a volver, no llores.
―No te metas en problemas. ―dijo Uraraka: su rostro reflejaba preocupación y a la vez un deje de orgullo.
Izuku se acercó a abrazarla, y ella lo envolvió en sus brazos con fuerza. Él la levantó del suelo y luego la volvió a dejar suavemente.
―Claro que no. Voy a estar bien. Ese chico allí afuera puede verse como sea pero en realidad me ha ayudado muchas veces.
―Eso dijo él: que te protegería porque eras importante para él.
―¿Él dijo eso?
Su madre asintió. Izuku no podía creer que Bakugo le había dicho algo como eso a su madre.
―También es importante para mí. ―No quería decirlo. No sabía por qué se lo había dicho a ellas, pero sentía que debía corresponder aquellas palabras del mismo modo.
Volvió a abrazarlas a ambas como por quinta vez en ese rato, y salió de la casa.
Bakugo estaba sentado de piernas abiertas sobre la mesa, y Aizawa apoyado a su lado con las piernas cruzadas. No pudo decir si estaban hablando o no antes de que él saliera.
―¿Ya? ―le preguntó, haciendo ademán de bajarse de la mesa.
―Sí, ya acabé.
Se bajó, le dio la mano a Aizawa y enseguida comenzó a caminar hacia el bosque.
Izuku se acercó a Aizawa. No podía ser como Bakugo; necesitaba saber que tenía una conexión con esas personas, y que esta seguiría llamándolo aunque estuviera demasiado lejos.
Aún así, no sentía la confianza que sentía con ellas como para abrazarlo, así que le tendió la mano.
―Gracias por todo. ―dijo. Y en serio agradecía toda la ayuda que les brindó sin siquiera hacer una pregunta a cambio.
Aizawa le estrechó la mano con fuerza.
―Cuenten conmigo para lo que sea. Ambos me agradan, y tengo esperanzas en lo que son cuando están juntos.
Se sonrojó. El recuerdo de Aizawa viéndolo sentado sobre Bakugo, pese a saber que se refería a otra cosa, le hizo sonrojarse.
―También creo en eso. ―le trató de devolver su sonrisa más segura, antes de alcanzar a Bakugo en el bosque.
Tuvieron que adentrarse un poco para que nadie viera al enorme dragón rojo, pero al llegar a un claro, Bakugo silbó y el dragón tardó minutos en aterrizar a su lado.
Izuku iba a subirse primero, porque acordaron que iría al frente, pero apenas se afirmó para impulsarse hacia arriba, Bakugo lo detuvo.
―No. ―envolvió su cintura con ambos brazos y lo dejó de pie en el suelo. ―No va a pasar. Tal vez otro día, pero hoy quiero llegar pronto.
Izuku iba a protestar, pero al ver a Bakugo quitarse la camiseta, subirse al dragón, tenderle la mano y lucir tan imponente como acostumbraba verlo, sus labios simplemente no le permitieron arruinarlo. Tal vez otro día, como él dijo. Pero esa noche, sólo iba a abrazarlo y dejar que lo llevara de vuelta a casa.
N.A.: Vuelvo a estar en santiago y me quiero morir po díganme algo :^(
10/02/18
Mordor
