Primero lo importante: Izuku corrió a la cueva apenas sus pies tocaron el suelo, y tuvo la bienvenida más hermosa que esos pequeños dragones pudieron darle.
Cayó de espaldas contra el suelo frío, y los tres subieron encima de él buscando que los acariciara. No podía contener la risa nerviosa, porque no dejaban de caminar sobre su cuerpo, y Bakugo aprovechó el momento para esquivarlos y lanzar sus cosas contra la pared.
El dragón rojo ya estaba dentro de la cueva, y había entrado por la parte de atrás. No hizo falta más que el chico levantara un tronco que había en el suelo y le gritara para que el dragón lanzara una llamarada y encendiera el tronco, para que Bakugo lo lanzara sobre el montón de leña y comenzara a… ¿desvestirse?
―¿Qué haces?
Bakugo no volteó a verlo.
―Me daré un baño. A diferencia de ti, no tengo la costumbre de bañarme con gotas de agua.
Izuku sonrió. Primero porque los dragones escucharon su voz y le saltaron encima, y segundo, porque de seguro en su aldea tuvo que usar un balde para echarse agua, y la idea le hizo gracia.
Ni siquiera tuvo que pensárselo: estaban de vuelta, los dragones estaban bien, Bakugo se estaba quitando la ropa en frente de él y la temperatura ambiente comenzó a subir lentamente.
Se puso de pie, más rápido de lo que hubiera sido normal, y se quitó la camiseta. Bakugo lo vio de reojo y sonrió, e Izuku le devolvió la sonrisa mientras se quitaba los pantalones.
Estaba dejándose llevar. Había vuelto por otros motivos en mente: se lo dijo a su madre. Tenía que encargarse de algo, pero… su mente estaba en otra parte. Literalmente.
Bakugo se quitó completamente la ropa, y pasó frente a Izuku como si nada, totalmente erguido, caminando de forma decidida fuera de la cueva.
Sintió su cara arder, su latido aumentar y sus manos comenzaron a temblar. Tuvo que frotar su rostro con sus manos antes de que su cerebro volviera a funcionar correctamente. Lo perfecto que era ese hombre era algo que se le hacía difícil de manejar.
Se dejó la ropa interior. Haber crecido teniendo una mejor amiga y ser criado por su madre le hacía tener pudor respecto a esas cosas. En especial porque su madre lo molestaba con aquella amiga… y porque nunca había visto a otra persona tanto tiempo sin camiseta hasta conocer a Bakugo.
Salió de la cueva. Había algo en esa noche: tal vez la calidez, o que estuviera el cielo tan despejado como nunca, pero algo tenía esa noche. Todo le transmitía una energía distinta: el ir sin zapatos por la tierra y luego sentir el pasto entre sus dedos, mientras bajaba entre los árboles para llegar al rio.
Dejó que la palma de sus manos se deslizara por cada tronco que esquivó al pasar, y luego disfrutó de la sensación que quedó en sus yemas: ardía, contrastaba con la temperatura de su cuerpo, y le agradaba. Todo le agradaba y lo sentía como si fuera la primera vez que estaba ahí.
Pero si había una diferencia: todas las noches bajaba a nadar, pero era la primera vez que Bakugo estaba ahí.
Escuchar el chapuzón y verlo sumergirse en el agua hasta desaparecer lograron que su estómago se estrangulara.
Asomó su cabeza al rato y se sacudió: Izuku sonrió ante el hecho de que su cabello quedaba exactamente igual.
Se apoyó en la orilla, en una roca, e Izuku se acercó.
Bastó una caricia de Bakugo en su tobillo y su mirada, hacia arriba, directo a sus ojos, para que a Izuku se le olvidara por completo la vergüenza.
―Te necesito ahora mismo. ―le dijo, y se impulsó lejos de la orilla.
Izuku ni siquiera dudó. Bajo su mirada fija, dio un salto y en menos de un segundo su cuerpo se sumergió en el agua. El frio, en un primer instante paralizante, ahora era placentero, y le relajó que la temperatura del agua fuera en realidad tan agradable.
Una vez que sacó su cabeza del agua, tomó una gran bocanada de aire, y apenas abrió los ojos cuando Bakugo se lanzó sobre él y lo aprisionó contra las rocas.
Izuku sintió el frío de las rocas contra su espalda, y enseguida la calidez de los labios de Bakugo sobre los suyos, embriagándolo, asfixiándolo, y a la vez, dejándolo con ganas de más.
Cuando se separaron para tomar aire, ambos no dejaban de mirarse. Izuku se preguntaba si lo estaba mirando de la misma forma extraña en que Bakugo lo miraba.
―Te amo ―soltó Izuku, sin siquiera temer la respuesta. ―Bésame otra vez.
Bakugo obedeció.
No sabía muy bien cómo definirlo, pero había un calor especial en él; una ferocidad con la cual lo besaba que era diferente a cuando Izuku lo besaba primero.
Bakugo mordió su labio, e Izuku supuso que se pondría rojo al rato.
Entonces sintió el miembro de Bakugo chocar contra el suyo, y no pudo evitar un sobresalto. Bakugo sonrió.
―¿Sigo? ―le preguntó.
Izuku asintió embobado, y Bakugo volvió a sumergirse en el agua, está vez quedando justo frente a sus caderas, tomando su ropa interior, quitándosela y volviendo a emerger.
―¿Vamos a… ―ni siquiera sabía cómo decirlo. ―¿En serio vamos a hacerlo?
―¿No quieres?
―Sí, pero… ¿aquí?
Bakugo frunció el ceño.
―¿Preferirías la casita de tu aldea?
Izuku no respondió. No se refería precisamente al bosque o la aldea, si no más bien a que cualquiera los podría ver ahí. Pero le daba igual, a estas alturas. Bakugo estaba desnudo y mojado en frente suyo: todo lo demás era cosa aparte.
Bakugo se acercó un poco más, esta vez logrando que sus torsos se tocaran.
―Sujétate de mi, o quedas muy abajo.
Izuku estaba sumergido hasta el cuello en el agua, y logró que el nivel del agua llegara bajo sus hombros cuando se afirmó de Bakugo. En realidad, le emocionaba la idea de tener sus brazos alrededor de su cuello, pero le preocupaba lo que venía a continuación.
Bakugo se soltó de las piedras en las que se sujetaba y quedó a la misma altura. Izuku confirmó que él sí podía tocar el fondo.
Entonces sus manos descendieron por su espalda lentamente, hasta posarse un rato en su espalda baja, y dedicarle una sonrisa de medio lado cuando siguieron bajando.
Izuku envolvió sus piernas alrededor de su cintura, y sus pies cruzados sobre el trasero de Bakugo le hacían sentir que no podía ser un mejor momento.
Entonces sintió entre sus piernas su miembro, y su cuerpo se estremeció. Y cuando Bakugo lo acomodó, y sintió la presión que hacía al abrirse paso dentro de su entrada, tuvo que aguantar la respiración y esconder su rostro en el cuello de Bakugo, logrando ahogar así los jadeos que amenazaban con salir de su boca.
No podía creerlo. No podía procesar todo lo que estaba sintiendo. La sensación de estar entre sus brazos, bajo el agua, y tenerlo dentro. El dolor de espalda, el calambre en sus músculos. Todo era difícil de creer.
―Espera. ―soltó, y su voz tenía un tinte que le avergonzó mucho.
―¿Quieres que-
―No. Sólo espera un poco.
No quería que se alejara. No quería que saliera. No quería soltarlo. Sólo necesitaba calmar su pulso y tratar de no pensar en el dolor que le provocaba.
―Deku.
Dejó de esconderse en su cuello, y se separó lo suficiente como para poder ver sus ojos rojos, antes de poner su frente contra la suya.
Su ritmo cardíaco seguía disparado, su cuerpo se movía al ritmo de su respiración agitada, y las manos de Bakugo justo sobre su trasero le indicaron que era momento de continuar.
Sin perder el contacto visual en ningún momento, se apoyó de su propio cuerpo para bajar, lentamente, y sentir sus ojos cristalizarse a cada centímetro.
No iba a mentir: no era la experiencia más placentera de la vida. Dolía, era extraño, era demasiado grande y el roce le provocaba más ardor que cualquier otra cosa.
Pero cuando entró completamente, aparte de sentir que había llegado a algún tope, un calor recorrió todo su cuerpo, y un estremecimiento que lo obligó a, inconscientemente, tratar de cerrar sus piernas, lo que hizo que Bakugo soltara un gruñido.
―No hagas eso. ―se quejó.
Izuku sintió sus piernas dormidas, y no supo si era por el frío o por todo lo demás.
―No fue mi intención. ―se justificó, y volvió a relajarse. Lo más que pudo.
Entonces fue Bakugo quien comenzó a marcar un ritmo constante, haciéndolo subir con facilidad y luego embistiéndolo hasta el punto en que Izuku retorcía los dedos de sus pies y sentía la necesidad de presionar sus dedos con fuerza contra la nuca de Kacchan.
Seguía sin ser una experiencia cómoda, y no dejaba de ser dolorosa. Pero todo valía la pena cuando Kacchan presionaba sus muslos y golpeaba una y otra vez contra ese punto que le hacía gemir y dejar de tener pensamientos que no fueran sobre él.
Cada vez sentía que el cosquilleo era mayor, y apenas podía mantener sus piernas a su alrededor a pesar de que su peso parecía bastante poco bajo el agua. Sentía que su cuerpo se contraía cada vez más, dificultándole respirar con normalidad y controlar sus jadeos.
Aparte de los quejidos que soltaba Bakugo, y sus gemidos, y el movimiento del agua al salpicar, todo a su alrededor estaba en silencio. La luz que los iluminaba era tenue pese al cielo despejado, y todo era simplemente perfecto.
Entonces sintió que no podía seguir el ritmo. Su cuerpo no podía soportar más aquella sensación, y al arquear su espalda, sintió todo su cuerpo destensarse, y su mente quedó en blanco por un segundo.
No estaba seguro de lo que había sido eso, sólo sabía que-
―Eso estuvo demasiado bien. ―Bakugo jadeaba, y le sonrió cansado cuando Izuku logró volver a mirarlo a la cara.
Izuku sintió el miembro de Bakugo salir lentamente de él, e Izuku volvió a bajar sus piernas, dejando que Bakugo se estirara, sujetándose con una mano de la roca para no volver a quedar apenas flotando.
―¿Cómo estás? ―Bakugo le preguntó mientras meneaba su cabeza hacia ambos lados, tratando de estirar su cuello.
―No siento mis piernas.
Le provocó una risa que acabó por contagiarle. En realidad estaba siendo completamente honesto: no sabía qué tan raro caminaría si se sentía de esa manera. Le dolían las caderas, además. Y su labio ardía.
Un escalofrío recorrió su cuerpo, por haber dejado de moverse y por alejarse de Bakugo. Este lo notó, y luego de bostezar, le hizo una invitación.
―Te propongo dormir junto a la fogata conmigo.
Izuku sintió que eso lograba quitarle el frío tan sólo imaginándolo.
―Suena bien. ―Admitió. ―¿Tú cómo te sientes?
Le interesaba saber lo que pensaba de él. En… bueno, todos los ámbitos. Jamás creyó que aquello llegaría tan lejos, y simplemente no sabía aún lo que pensaba Bakugo.
―Bien. Muy bien. Listo para dormir por cinco días seguidos. Un poco dolorido por tus rasguños pero no me quejo, me gustas así.
―¿De verdad te-
―Si, casi toda la espalda. Estoy seguro de que mañana-
―No, no. Lo otro. ¿Tú…?
―¿Si me gustas así?
Asintió. Su corazón volvió a encogerse.
―Si, Deku.
Izuku estornudó. Sus pies ya carecían completamente de temperatura, y el viento también se había puesto frío.
―¿Podemos dejar las confesiones para la cueva?
Izuku volvió a asentir, y Bakugo nadó a la orilla del río. Izuku salió tras él, y Bakugo sonrió con malicia cuando lo vio ponerse de pie, no completamente recto, y soltar un quejido.
―Eso pasa porque no pude probar un trozo de carne en varios días.
Izuku gritó.
―¡O sea que soy, literalmente, la carne con la que te conformas si no sales a cazar!
―Algo así.
Izuku negó con la cabeza, ofuscado, y le dio la espalda para caminar hacia la cueva, volteando sólo una vez para ver que Bakugo había comenzado a correr hacia él, y comenzó a correr para llegar a la cueva antes de que lo atrapara, sin dejar de reír.
Sentía que estaba conectado a ese lugar. Siempre lo sintió con su aldea, las fogatas, los animales, el bosque y el río. Y era la primera vez que sentía esa conexión genuina con Bakugo.
Ya no le provocaba problema que Bakugo saliera a cazar. Había aprendido, con sólo mirarlo sin que Bakugo se diera cuenta, de que su corazón estaba tanto en el arma como en el bosque, y que respetaba la naturaleza al mismo tiempo que vivía de ella. Y esa también era una conexión hermosa.
Incluso la de los dragones. Los cuidaba porque en algún momento los cazó, y los respetaba porque en algún momento también les temió. Y ahora Izuku podía ver con seguridad que aquella conexión era mutua, y su pecho se inflaba cada vez que lo pensaba.
Y estar el mismo conectado a todo ello, mientras corría desnudo por el bosque riendo fuerte, empapado y con Bakugo corriendo tras de él. Se sentía con raíces en ese lugar, pero siendo completamente libre. Y lo amaba.
.
Estaba junto a la fogata tratando de calentar sus pies. Bakugo entró en calor enseguida, y le lanzó encima su capa. Trató de hablar con él un rato pero acabó durmiéndose, y ahora Izuku lo veía dormir una vez más, rodeado de los dragones.
Seguía sin sentir sus pies, y sus hombros y muslos seguían congelados. Era una sensación horrible, y le avergonzaba no haber pensado en ello cuando estaban… bueno, en el río.
Cerró sus ojos y suspiró. Comenzó a dolerle la cabeza, y sabía que no podría dormir si no lograba entrar en calor de algún modo.
Se quitó la capa y la dejó en el suelo cuando se levantó. Se vistió lo más abrigado posible, con tres pares de calcetas por pie, sus botas rojas, guantes, y salió.
Y mientras caminaba rápido frotando sus manos para generar calor, escuchó el relinchar de un caballo.
Sabía quién era, pero no sabía qué hacer. Pensó en encararlo el mismo, pero ni siquiera llevaba la espada consigo. Quiso avisarle a Kacchan, pero el pensar en su último encuentro le revolvió el estómago. También pensó, luego de todo, en sus propias palabras. En las palabras que le dijo a su madre, y en las cuales ella creyó.
No le pertenecía el bosque, y el príncipe debía entender, al igual que Bakugo, que había una forma en que las cosas podían seguir su curso, y no necesariamente era aquella.
Tomó aire, se armó de valor y decidió afrontarlo.
La razón por la que veía necesario el detener aquella lucha era que no tenía ningún fundamento. Por nada se peleaba y nada bueno iba a salir de la caída de ninguno. Bakugo era demasiado orgulloso como para dejarse pisotear por Todoroki, y este a su vez tenía sobre sus hombros el puesto de su padre más el suyo… y eso debía ser algo que complica a cualquiera.
Cuando llegó a aquel claro, el mismo de la vez anterior, Todoroki estaba mirando en su dirección incluso desde antes que apareciera en su campo visual. Estaba esperándolo, el caballo lo había guiado hacia él, pero Izuku no fue capaz de darse cuenta.
―No deberías estar aquí. ―No sabía por qué estaba a la defensiva cuando se suponía que sólo iba a hablarle, pero no podía evitarlo. Todo lo que pensaba era en lo que le había hecho a Kacchan.
―¿Y tú si? Dudó mucho que te haya dado permiso de salir.
Lo estaba provocando. No quiso seguirle el juego.
―¿Por qué estás aquí?
―Sentía que te lo debía. Y ahora que entiendo las cosas, estoy seguro de que estas del lado incorrecto de todo esto. Y te quiero de mi lado.
Eso sonó… sincero. Demasiado sincero, y su expresión hizo que Izuku cayera demasiado rápido.
―¿Y por qué lo hiciste? ¿Por qué sigues buscándolo? Ya sabes que no puedes con él; sólo pierdes tu tiempo.
Quería herir su ego de alguna forma, y al parecer si lo logró.
―Lo sé. Pero el no es lo que tu crees. El no es bueno, y lo único que logras defendiéndolo será asegurarte de salir mal parado.
Mal. Estaba mal. Bakugo no era lo que este chico le estaba diciendo, y debió haberse ido cuando tuvo la oportunidad.
―¿Y tu? ¿Por qué debería creerte a ti?
―Porque yo podría darte lo que él no.
Izuku estaba a punto de reírse, pero prefirió ver hasta donde llegaba esa actuación.
―¿Cómo por ejemplo…?
―Podrías vivir en el Reino. En el castillo, incluso. Conmigo. Estoy siendo completamente honesto contigo cuando te digo que nadie me había tratado del modo en que lo hiciste sin saber quién era, y no puedo acabarlo sabiendo que te voy a perder.
¿Iba en serio? ¿Eso… eso fue una confesión? Le hubiera gustado tener más tiempo para pensar en ello, pero la noche le tenía muchas más sorpresas.
―Lo siento. ―lo dijo en serio. ―Pero no. El único que está mal eres tú, y tengo claro a quien van a acabar. Y lo elijo a él.
Todoroki hizo una mueca y cerró sus ojos. Entonces unas pisadas sonaron junto a ellos, y Momo, aquella guardia que se habían encontrado en el Reino, lo vio con sus enormes ojos oscuros antes de volver a aquella expresión sería, y mirar a Todoroki.
―Habla. ―le ordenó.
―Señor… ―volvió a mirar de manera fugaz a Izuku. ―Ya lo tenemos. Tenemos a Katsuki Bakugo.
12/02/18
Mordor
