¡Muy buenas a todos! ¿Cómo os va? Pues nada, aquí os dejo el próximo capítulo. ¡Se avecina tormenta!
La quinta planta estaba bastante solitaria. Habían dado la orden de que no les interrumpieran bajo ningún concepto, salvo que fuera una emergencia extrema, como un ataque vírico o algo de eso. Jill caminaba seria, perdida en sus pensamientos. Se habría quedado dormida a más de las siete, y apenas había podido descansar tres o cuatro horas.
Habían tardado más de la cuenta en arreglar el sistema, y habían perdido muchísima información importante. Estaban, por así decirlo, en pañales. Todos sus datos estaban en manos del enemigo, y no había nada peor que eso. Les habían hecho quedar como una organización vulnerable, frágil. Habían quedado en ridículo delante de todo el mundo, y cambiar la imagen iba a costar muchísimo.
La puerta de la sala de reuniones estaba medio abierta. Se escuchaban algunas voces dentro. No sabía si Chris estaba por allí. Desde que se fueron por la madrugada no había sabido absolutamente nada de él. Estaba muy afectado por lo ocurrido, igual que todo el equipo. Estaban metidos en problemas muy gordos, y para colmo les acusaban de haber entrado en la base de datos de la Casa Blanca.
¿Quién demonios eran tan bueno para infiltrarse en los servidores de la B.S.A.A., tomarlos por completo, y estar en los registros del mismísimo Presidente? Desde luego que tenían que replantearse muchas cosas, sobre todo en lo referente a la seguridad. Abrió la puerta y vio a varios de los fundadores sentados a lo largo de la mesa metálica. No había ni rastro de Chris.
Algunos de los presentes levantaron la mirada al verla entrar, pero ninguno hizo amago por saludarla. ¡Venga ya! ¿Acaso creían que ella era la causante de todos los problemas o que estaba con la conciencia muy tranquila?
Me hubiera gustado verlos aquí durante toda la noche habiendo trabajado toda la mañana y parte de la tarde con las dichosas pruebas.
Éstas habían quedado canceladas hasta nuevo aviso. La B.S.A.A. tenía ahora cosas más importantes en las que pensar, y no estaban para perder el tiempo eligiendo quién debería estar o salir de la organización. O'Brian tampoco había llegado. Qué extraño. ¿Por una vez en su vida se había adelantado a todo el mundo? En otras circunstancias hubiera sonreído, pero es que no conseguía ni hacer una mueca que se le pareciera.
-Bienvenida, señorita Valentine –la saludó Norman Dixon tendiéndole la mano. Jill se la estrechó con el mismo gesto serio y se sentó en una silla cercana -. ¿Cómo está todo por aquí?
La ex miembro de S.T.A.R.S. guardó silencio meditando la respuesta. ¿Debía ser irónica o contarle la verdad? Ya no sabía ni cómo actuar. Estaba tan confundida que temía decir algo de lo que se arrepintiera más tarde.
-Los servidores han vuelto a la normalidad a pesar de que hemos perdido mucha información importante –respondió por ella una voz familiar. Miró hacia la puerta y vio a Chris entrar con un fajo de papeles bajo el brazo. Junto a él venía Quint, que había sido el encargado de restaurar todo el sistema. Habían decidido que fuera él quién les aconsejara sobre las medidas de seguridad que debían adoptar a partir de ahora -. Tengo alguna información que me gustaría compartir con todos ustedes, pero esperaré al resto –se acercó y se situó al lado de su compañera -. Hola, Jill. ¿Qué tal has dormido?
-Señorita Valentine… -la saludó Quint con una leve sonrisa y un gesto militar.
-Vamos, Quint, creo que ya tenemos suficiente confianza –bromeó la morena mientras se sentaban a su lado -. Nos salvaste el culo en Terragrigia. Así que… llámame Jill.
-De acuerdo, Jillian…
La aludida fue a decir algo más, pero guardó silencio al ver que la puerta volvía a abrirse de nuevo. Esta vez llegaban O'Brian con otros dos fundadores. Si no le fallaban los cálculos ya estaban todos allí. Clive los saludó con la cabeza. Jill suspiró y miró a Chris. Estaba muy serio. Pocas veces lo había visto así, y sabía que un Chris enfadado… nunca podía presagiar nada bueno. Las tres sillas que quedaban libres fueron ocupadas, y el director, que presidía la mesa, se levantó.
-Bien… Ahora que ya estamos todos, podemos comenzar –anunció apoyando las manos sobre la mesa y mirando detenidamente a todos los presentes -. Como ya saben, esta reunión se tendría que celebrar en nuestra base central en Inglaterra, pero como la mayoría aún nos encontrábamos por aquí, decidí no perder más el tiempo… -hizo una breve pausa -. La situación es la siguiente: no he parado de recibir llamadas de nuestros socios y de gobernantes de algunos países… -Chris tragó saliva con dificultad. Joder… esos capullos los habían metido en un buen fregado -. Me han mostrado su consternación y sus quejas acerca de nuestra seguridad, y también, en un sentido bastante irónico, me han dado a entender que dudan de nuestra capacidad de liderazgo. Los Presidentes de varios países europeos, así como asiáticos, han vetado nuestra entrada en sus respectivos países hasta que la situación se solucione…
-¿Qué? –exclamaron a la vez Jill y Chris, éste último levantándose de su asiento. Se miraron; esa noticia no se la esperaba nadie. Se podía cortar la tensión con un cuchillo. Fue Chris el que se animó a hablar -. No pueden hacer eso… ¡Siempre hemos dado la cara cuando ha habido un ataque, y hasta ahora hemos cumplido!
-Lo sé, Redfield. Pero necesitamos convencerles –respondió Timothy Ryan cruzándose de brazos, sin apartar la mirada de sus subordinados -. ¿Qué se sabe del ataque? ¿Quién estaba presente cuando se produjo?
Hubo un breve silencio que fue interrumpido por una tímida voz procedente del centro.
-Yo, señor… -murmuró Quint levantando la mano con duda. Estar rodeado de tantos jefazos le impresionaba bastante. Tratar con Chris o Jill era pan comido, incluso con O'Brian. Pero los demás…
-¿Valentine y Redfield no estaban por aquí? –se interesó el director fijando la mirada en Quint, que se movía algo nervioso en la silla. Negó en silencio.
-No, señor… Se habían marchado unas horas antes –respondió el informático bastante incómodo. Chris y Jill le sonrieron. Sabían que no había nadie que le ganara con los ordenadores -. Pero cuando se enteraron de lo que había pasado… acudieron de inmediato, al igual que O'Brian…
-¿Y qué puede decirnos sobre la invasión a nuestra privacidad?
-Bueno… -contestó Quint rascándose el pelo distraídamente y cogiendo con la mano que tenía libre un documento que había traído. Chris intentó echarle un vistazo, pero desde su posición era imposible leerlo -. Seguimos tras la pista de ese cabronazo. De momento, callejones sin salidas, cientos de claves encriptadas que no llevan a ninguna parte. Sin embargo…. –se detuvo unos instantes, sin dejar de observar el papel, con los nervios a flor de piel -. Podemos confirmar… que el ataque… se realizó desde la misma base…
-¿Qué? –exclamaron varios a la vez. Chris intercambió una mirada de incredulidad con su compañera. O'Brian estaba boquiabierto. ¿Quién se había atrevido a dejarlos en ridículo de esa manera? Hacía falta una limpieza urgentemente.
-Desde el ordenador… -prosiguió Quint con bastante trabajo. Él sabía que tenía que haber algún error, pero los datos no mentían -. De Chris Redfield.
Y todos se giraron al unísono. La noticia les había sentado a todos como una bofetada. Quint pasó el papel de los resultados entre los asistentes, que observaban ceñudos los datos. Chris estaba atónito. ¡Tenía que haber algún error! Jill se levantó a su lado con el gesto serio. Dio un golpe en la mesa.
-¡Eso es imposible! –exclamó con la respiración completamente agitada. ¡Esos terroristas no sabían con quiénes se estaban metiendo! -. ¡Qué somos los fundadores, por el amor de Dios!
-Bueno, debo recordar que alguien –sentenció Mayo, que miró directamente a O'Brian –decidió hacerse el héroe una vez… y era un fundador, señorita Valentine.
-¡No estábamos aquí cuando eso sucedió! –soltó una risa. Chris tenía las manos en la cabeza. Se apoyaba en la mesa con los codos, y estaba completamente ajeno a lo que ocurría -. Si vamos a empezar a acusarnos los unos a los otros… Podemos empezar.
-¡Ya vale, Jill! –la interrumpió O'Brian levantándose también de su asiento. Mayo hizo un amago, pero decidió permanecer sentado. La morena lo taladró con la mirada, y poco a poco volvió a sitio. O'Brian miró a Quint -. ¿Hay alguna posibilidad de que el ordenador de Chris haya sido utilizado como señuelo?
-Necesitaría analizar el terminal… -dictaminó el informático pensativo. Guardó silencio unos instantes más, y dirigió su mirada hacia los presentes -. Pero la posibilidad es muy alta. El señor Redfield… sería incapaz de hacer algo así.
-No le hemos pedido su opinión, señor Cetcham –le cortó de forma tajando otro de los fundadores.
-Si quiere… puedo ponerme con ello ahora. Analizar el ordenador, me refiero…
-Hágalo –ordenó el director asintiendo levemente con la cabeza. Quint se levantó de su silla con el rostro algo más relajado. Había sido un trago de muy mal gusto. Caminó hacia la puerta con lentitud, y al llegar a ella se volvió.
-Chris… ¿El ordenador tiene contraseña?
-Está apuntada en un papel en el escritorio –respondió el moreno sin llegar a salir de su estado de ensimismamiento. ¿Por qué les tenía que pasar todo a ellos? Quint abandonó la sala de reuniones.
Hubo un enorme silencio. Se podía notar la tensión que había en el ambiente. Todos miraban a Chris como si fuera algo contagioso. ¿Pero cómo podían desconfiar de él después de todo lo que había hecho? ¡Los únicos que habían salido en su defensa eran Jill y Clive!
-Mirad… -se atrevió a decir a pesar de que sabía que cada palabra que dijera podía ser utilizada en su contra. Pero poco a poco estaba entendiendo el kit de la cuestión, y adónde quería llegar el director -. No sé qué diablos está pasando, pero hay una amenaza evidente, y si no colaboramos… Esto podría ser mucho más grave de lo que ya es…
-¿A qué se refiere, Redfield? –preguntó Dixon con el ceño fruncido.
-A que si no conseguimos una financiación próximamente… la B.S.A.A. desaparecerá –anunció Timothy Ryan consultando algo en el ordenador que había sacado. La sala volvió a quedarse sumisa en un silencio sepulcral. Activó el proyector y esperó. Nadie se atrevía a decir nada. La noticia les había caído como un jarro de agua fría.
-Todo por lo que hemos luchado… -murmuró James White negando constantemente con la cabeza. Estaba en el aeropuerto para coger un vuelo que lo llevara de vuelta a Londres… y había tenido que cancelarlo al enterarse del ataque… pero ni mucho menos hubiera pensado que era tan grave.
En la pantalla que había en la pared apareció una gráfica que mostraba diferentes valores que subían y bajaban.
-Como pueden observar, en esta tabla aparecen los fondos de los que disponemos… -explicó el director sin dejar de mirar su portátil -. Ahora… no hay nada.
Y donde debía haber una barra ascendente, no aparecía nada. Los valores estaban a O. Clive O'Brian se rascó la barbilla de forma distraída, pensando en cómo había cambiado todo en las últimas semanas. Chris mantenía el gesto serio, y ni siquiera prestaba atención a los datos. Con lo de su ordenador ya tenía bastante. Y Jill se mordía el labio nerviosa. ¿Cómo era posible que tres días antes habían recibido honores y felicitaciones por la operación de Terragragia y ahora estaban al borde de la desaparición?
Alguien pegó a la puerta. Muchos miraron en esa dirección sorprendidos. Una mujer de pelo moreno corto asomó ligeramente la cabeza por la abertura. Chris y Jill la identificaron como una de las que estaban en la centralita atendiendo llamadas importantes.
-Disculpen la intromisión… -dijo tímidamente con algo de duda. Sabía que le habían dicho que no interrumpiera la reunión bajo ninguno concepto, salvo que fuera algo que no pudiera esperar, como un ataque bioterrorista -. Tengo una llamada en espera de la Casa Blanca. Me han pedido que contesten Chris Redfield o Jill Valentine.
Ambos se miraron, y no hizo falta decir nada para saber lo que pensaban.
-Iré yo –afirmó Jill levantándose de la silla. Leon había descubierto algo importante… o había ocurrido alguna desgracia. ¡Dios! ¿Qué más podía pasar?
Pasó junto a la mujer, de la que no recordaba su nombre, y caminó a paso ligero hacia al ascensor con los nervios a flor de piel. No creía que pudiera aguantar otro palo más. Pulsó el botón y esperó. Estos trastos, cuanta más bullas tenías, peor.
-Pasaré la llamada a su despacho –anunció la mujer en el momento en el que el ascensor llegaba a la quinta planta.
-Gracias –se despidió la morena entrando en el habitáculo a toda velocidad. Pulsó el número ocho, y volvió a esperar. Instantes después empezó el ascenso.
Tenía muchas cosas en las que pensar, y desafortunadamente ninguna de ellas era buena. ¿Cómo se habían podido torcer tanto las cosas? El ascensor se detuvo poco después, y Jill casi salió despedida cuando las puertas empezaron a abrirse. Caminó a buen ritmo hasta el despacho que compartía con Chris. Abrió la puerta de un tirón y se acercó a su mesa. Quint no estaba por allí. Imaginaba que habría ido a por algo que necesitaba para examinar el ordenador de Chris. Se sentó en la silla y descolgó el auricular.
-Valentine al habla –su corazón empezó a latir más rápido; creía que hasta se le iba a salir del pecho. Le sorprendió oír una voz de mujer al otro lado.
-Señorita Valentine. Gracias a Dios que puedo contactar con alguien rápido. Le paso con el agente Kennedy.
Jill volvió a esperar sintiéndose más ansiosa conforme pasaban los segundos. Sólo esperaba que Leon tuviera buenas noticias. Tras unos instantes que se les hicieron eternos, oyó la voz del agente del Gobierno al otro lado.
-Jill… Gracias por atender mi llamada. Sé que estáis muy liados, pero… ha ocurrido una catástrofe.
La ex miembro de S.T.A.R.S. cerró los ojos e intentó tranquilizarse… pero era imposible; Leon tampoco traía buenas noticias.
-Te escucho… -consiguió decir aunque sin demasiada convicción. Se le estaba formando un nudo en la garganta, tenía unas ganas enormes de llorar.
-Han asesinado al Presidente…
-¿Qué? –grito Jill saltando de la silla y tirándola al suelo. Apoyó la mano que tenía libre en la mesa para no caerse. El auricular tembló en su mano, pero consiguió sujetarlo. ¡El Presidente muerto! ¿Había algo peor? -. ¿Cómo ha pasado…?
-Alguien le hizo llegar un frasco de colonia… Contaminado… -respondió Leon que aún seguía en el despacho buscando alguna pista más -. Lo hemos mandado a analizar, y estoy esperando los resultados.
-Dios… Eso… es terrible… -logró decir Jill con un par de lágrimas bajándole por el rostro -. Se están riendo de nosotros… en nuestra propia cara.
-Moviliza al equipo. Manteneos alertas.
-Lo haremos…
Y la llamada se cortó. Jill puso el auricular en su lugar con lentitud, enjuagándose las lágrimas. Cogió una botella de agua que tenía en la mesa y le dio un trago. ¡Habían matado al Presidente! ¿Quién se atrevería a hacer algo así? Y lo más importante: ¿cómo demonios consiguieron pasar la seguridad de la Casa Blanca sin levantar sospechas? Se estaban enfrentando a un enemigo que les estaba poniendo las cosas muy complicadas, y que siempre iba un paso por delante de ellos hicieran lo que hicieran.
Tenía que correr y decírselo al resto de los fundadores. Este asunto merecía especial atención. Salió del despacho a toda velocidad y decidió coger las escaleras. No sabía cuánto tiempo tardaría el ascensor en llegar. Había notado en la voz de Leon lo decaído y abatido que estaba; a él también se la habían jugado. ¿Contra quiénes se enfrentaban?
Bajó los escalones de dos en dos, y en apenas treinta segundos ya estaba en la quinta planta. Fue a toda velocidad hacia la sala de reuniones, viendo cómo algunos se quedaban sorprendidos. Agarró el pomo y tiró de la puerta con fuerza, con tanta que casi cae al otro lado. Consiguió agarrarse a la silla más cercana respirando entrecortadamente. Todos los ojos estaban centrados en ella.
-¡Tenemos que… parar la reunión…! –chilló casi sin aire. Se llevó una mano al pecho y volvió a coger aire -. El Presidente… ha muerto.
-¿Cómo? –gritaron algunos. Hubo un revuelo de sillas general. Todos habían saltado al oír la noticia.
-¿Qué? –exclamó Chris a su lado boquiabierto. ¿Qué diablos estaba pasando?
-¿Pero qué está diciendo, Valentine? –el director no daba crédito. ¡Tenía que tratarse de un error!
-Un ataque bioterrorista –explicó Jill apoyando ambas manos contra la mesa. Se sentía débil.
-Maldición… -murmuró O'Brian dando un fuerte golpe a la mesa.
-¿En la Casa Blanca? ¡Eso es imposible! –se mofó Mayo negando continuamente con la cabeza. Era el edificio más seguro del mundo, por no decir que era prácticamente imposible acceder a él sin una pertinente autorización.
-Pues lo han hecho… -confirmó Jill con la voz algo tomada. Toda esta situación la estaba desbordando por momentos.
-¿Te lo ha confirmado Leon? –se interesó Chris mirándola directamente a los ojos. Quería decir algo, tranquilizarla… pero sabía que ahora mismo no sería nada apropiado.
Jill asintió en el momento en el que la puerta volvió a abrirse. Por ella apareció Quint de nuevo. Se quedó quieto al ver que todos estaban de pie, con caras contrariadas. No sabía qué pasaba, pero lo que venía a decirles… no iba a mejorarles el ánimo.
-Deberían echarle un vistazo a las noticias…
-¿Qué pasa, Quint? –preguntó O'Brian dando unos pasos hacia él -. ¿Es lo del Presidente?
-¿El Presidente? –repitió el informático con el ceño fruncido, sin entender absolutamente nada -. No… Tienen que verlo.
Chris intercambió una rápida mirada con Jill, y ambos fueron los primeros en abandonar la sala de reuniones. ¿Cómo era posible que la situación se hubiera vuelto tan insostenible en las últimas horas? Desde luego que estaban ante una amenaza que les estaba exprimiendo al máximo.
Caminaron a buen ritmo hacia la sala de control, donde había un montón de agentes mirando fijamente la pantalla gigante. Chris contempló sorprendido cómo eran imágenes en directo del puente de Brooklyn. Había algunas columnas de humo, coches parados y gente corriendo de un lado a otro.
-¡Mirad! –exclamó alguien desde la parte delantera -. ¡Lo están haciendo pedazos todo!
Y en la pantalla vieron a varias B.O.W.S. que destruían coches y estructuras. Muchas personas quedaban atrapadas, otras intentaban huir despavoridas. Chris había visto suficiente. Echó a correr hacia el ascensor.
-¡Chris! ¡Espera! –lo llamó Jill, aunque éste no le hizo caso. Tenían que ponerse en marcha cuanto antes, y ver si podían arreglar esta vorágine que no terminaba nunca.
Eran aproximadamente las siete. La hora acordada. En ese momento, en algún lugar muy al sur de Nueva York, alguien se estaría llevando una grata sorpresa… y los neoyorquinos lo harían pronto. Fisher lo tenía todo preparado. Sería un visto y no visto. Un morboso y tentador polvo lo estaba esperando en poco más de una hora. Estaba a la orilla del río, y desde allí tenía una visión perfecta de todo lo que iba a ocurrir en unos segundos.
Sostuvo el maletín con ambas manos, mirando al horizonte. Sería muy interesante ver cómo reaccionaban las autoridades al caos que se podía formar en una zona tan estrecha y transitada como el puente de Brooklyn. Se quitó las gafas de sol y se las dejó colgando en la camisa blanca. Se agachó y abrió con cuidado el maletín. Tenía ocho muestras del T-Abyss, y dos de ese nuevo virus… ¿Cómo se llamaba?
Ah, sí. T-Phobos, aunque Jessica ha dicho que no era muy estable… Puede que lo pruebe en algún sujeto para analizar los efectos.
El río estaba lleno de peces y algunos crustáceos. Serían perfectos para el plan. Una sola muestra bastaría para poner todo el río patas arriba. Sonrió. Lo de Terragrigia iba a quedar en los anales de la historia, pero no todos eran capaces de entrar en ella. Lansdale lo había hecho, a su manera. La F.B.C., no. Era hora de poner a todo el mundo en el sitio que le correspondía.
Neil sacó un par de muestras del T-Abyss. Echó un vistazo para comprobar que nadie pasaba por allí, y vertió el contenido en el río. El agua, de un color azul, empezó a tornarse rojiza. Empezaron a salir burbujas. Neil apartó la mirada y cerró el maletín. Echó un último vistazo antes de alejarse con lentitud.
-Disfrutad… -murmuró pasando por entre dos árboles y volviendo al sendero de un parque que estaba vacío en ese momento -. Con un poco de suerte me encontraré a algo o alguien con quien probar el T-Phobos…
Vanessa conducía a buen ritmo por el puente de Brooklyn. Llegaba tarde a trabajar. Otra vez. Era la segunda vez que le pasaba esa semana. ¿Qué demonios le pasaba últimamente? Pero ella lo sabía perfectamente: la empresa para la que trabajaba tenía que hacer un recorte de plantilla, y temía quedarse de patitas en la calle. Llevaba cerca de cinco años trabajando en el departamento de marketing, pero parecía que no era suficiente. De su departamento iban a largar a tres… y eran cinco.
Los coches estaban parados. Pisó con violencia el freno maldiciendo en silencio. ¿Por qué siempre que tenía prisa pasaban este tipo de cosas? Su vehículo se detuvo por completo tras una ranchera. El tráfico estaba completamente parado. Abrió la ventanilla y sacó un brazo protestando.
-¡Eh! ¿Qué demonios estáis haciendo? –exclamó haciendo sonar el claxon de su coche. Otros la secundaron. De pronto, todo tembló -. ¿Qué coño…?
Se agarró con fuerza al volante y miró de un lado a otro. ¿Era un terremoto? El agua golpeó con fuerza la estructura metálica. La mujer se quedó boquiabierta. ¿Era posible que hubiera un maremoto? El nivel del agua seguía subiendo. Si seguía así… ¡los alcanzaría tarde o temprano! Algunos abandonaron los coches al presenciar tal espectáculo, y empezaron a correr en ambas direcciones.
Los chillidos se mezclaron con un nuevo temblor. ¿Debía permanecer en el coche o huir como estaba haciendo la mayoría? La idea era bastante tentadora, la verdad… No sabía qué estaba pasando, pero lo único que tenía claro era que si permanecía más tiempo allí, podía ocurrirle algo malo.
Abrió la puerta del conductor en el momento en el que unos pedruscos empezaron a aterrizar en la carretera, entre los coches. ¡Una lluvia de meteoritos! ¿Cómo era posible? ¿Tendría algo que ver con la violencia del río? Pero no parecían meteoritos… salvo que éstos empezaran a moverse y tuvieran dientes afilados.
-¡Joder! –exclamó echando a correr en la dirección contrario. Estaba soñando. Tenía que ser eso. Parecían unos peces enormes con unos dientes tan grandes que podían despedazar cualquier cosa que se les pusiera por delante.
Había un caos tremendo. Unos corrían hacia la derecha, otros hacia la izquierda, y esos bichos estaban desperdigados por todas partes. Vanessa tropezó con un agujero que se había formado en la parte izquierda de la calzada. El tacón se le había roto.
-Joder… -murmuró viendo cómo otra de esas criaturas iba en su dirección. Le dio un puntapié con el otro pie y se arrastró unos metros, los suficientes para estar lejos y poder levantarse.
Hubo un nuevo temblor. Vanessa gritó y consiguió agarrarse a una barandilla. Unos cascotes empezaron a caer del cielo. El puente empezó a ceder. Más gritos. Ella siguió agarrada mientras veía cómo el puente cedía ante el peso de dos criaturas que se acercaban a toda velocidad. Parecían luchadores de sumos… pero con el peso multiplicado por diez.
Los peces saltaban de un lado a otro buscando alguna víctima. Alguien agarró a Vanessa de la mano.
-¡Ah! –exclamó al ver cómo algo parecido a un extraterrestre intentaba subir al puente -. ¡Aléjate de mí!
Echó de nuevo a correr esquivando varios coches aparcados. De pronto, un nuevo temblor la hizo caer al suelo… y comprobó con horror cómo el puente estaba cediendo. La raja había llegado prácticamente a la otra punta. Muchos vehículos empezaron a caer al vacío. Vanessa caminó como pudo hasta llegar a una farola, donde se agarró. Alguien o algo la agarró de un pie.
-¡Qué asco! –gritó viendo cómo otro de esos seres raros intentaba tirar de ella -. ¡Socorro!
Y con un enorme estruendo el puente se empezó a venir abajo. La farola cedió poco a poco. Estaban condenados al fracaso.
Mmm... Neil, Neil... ¿Cuándo se dará cuenta Claire de que este hombre no juega limpio? (hasta Revelations posiblemente xD) Como veis, se está armando una buena: dos ataques a la vez!
Xaori: la experiencia es un grado, ¿no? Me pareció una buena forma de añadirle picante al asunto: ¡un asesinato en plena Casa Blanca! ¿Cómo lo habrán hecho? Lo descubriremos... Respecto a Neil y Jessica... Lo pensaré. Suena interesante... aunque Jessica ya tendrá su racioncita :O Venga va, me callo!
Stardust4: el pobre Leon tampoco gana para desgracias. Ya ves que la situación se está complicando mucho, y siempre van por un paso por delante. Veremos cómo acaba esto.
Pues esto es todo por esta semana. En el próximo capítulo Leon hará una visita al forense para intentar recabar más datos... y descubriremos qué sucedió realmente con Samuel Lynch. Hasta la próxima!
