¡Hola a todos! ¿Cómo lo lleváis? Bueno, yo después de mi resacón del fin de semana aquí estoy xD (había que celebrar bien el cumpleaños). Así que nada, os dejo el siguiente capítulo, donde vamos a descubrir cosas muy interesantes.


Hacía poco más de una hora que su avión había aterrizado en Nueva York. A decir verdad, estaba bastante cansado. En los últimos días había estado más tiempo viajando que durmiendo. Su cuerpo le estaba pidiendo urgentemente un descanso… aunque sabía que no habría descanso hasta que toda esa situación se aclarase. Había estado al teléfono casi todo el día, hablando con algunos peces gordos y con otros agentes del Gobierno.

La situación era bastante caótica. Seguían sin tener Presidente. El Vicepresidente estaba asumiendo el cargo mientras se aclaraba qué era lo que iban a hacer y quién iba a ser el encargado de suceder al señor Graham. Mañana por la mañana tendrían otra reunión, y si no sacaban nada en claro, los jueces serían quienes dictaminaran una sentencia firme.

¿Cómo habían podido llegar a semejante situación? Aún no lograba entenderlo. Subió las escaleras a buen ritmo. El imponente edificio de la B.S.A.A. se alzaba en mitad de la Octava Avenida, una de las calles más concurridas de la ciudad. Leon había nacido en Queens, en uno de los barrios mejor considerados de Nueva York. Había paseado muchas veces por allí con sus padres.

Había quedado con Chris y Jill a las doce y media. Se habían mantenido en continuo contacto desde el ataque. Era una suerte que la B.S.A.A. había actuado en un tiempo récord, porque el desastre podría haber sido mucho mayor de lo que ya era. Los terroristas eran imprevisibles, y por mucho que los sistemas de seguridad se estaban volviendo más duros, tenían mucho que mejorar.

Un miembro del equipo de seguridad lo detuvo en la entrada. Leon le enseñó su placa y su arma, pero el tipo lo cacheó igualmente. Se alegraba de que la B.S.A.A. no subestimara a nadie aunque trabajara para el Gobierno. Cuando terminó con la exploración le pasó una bandeja blanca.

-Ponga aquí todos los objetos que lleve encima, y si lleva algo de metal añádalo también –le indicó el tipo con una voz bastante monótona y aburrida. A veces no entendía cómo la gente podía estar aburrida de su trabajo. ¿Por qué lo elegían entonces? Puso su teléfono, su cartera, el arma y su placa. No llevaba correa, y su reloj era de plástico, así que no había problema.

Pasó por un detector de metales sin problemas. Pero por si acaso le pasaron una barra negra por todo el cuerpo antes de dejarle ir. La B.S.A.A. se estaba tomando muy en serio la seguridad después de todo lo que había pasado en las últimas horas… y no era para menos. Todos, la Casa Blanca incluida, habían recibido un golpe muy duro. Sólo esperaba que los máximos dirigentes fueran tan consecuentes.

Recogió todas sus pertenencias y se colocó una chapa que le había dado. En ella se podía leer: Leon S. Kennedy. Visita. Se dio cuenta que todos llevaban una chapa como ésa, aunque cada una tenía un motivo diferente: I+D, recepción, recursos humanos… La suya, obviamente, era algo temporal. Lo más seguro es que tuviera que devolverla una vez que abandonara el edificio.

La recepción era amplia sala bastante impresionante. Si no recordaba mal, el edificio tenía catorce plantas, y había cerca de quinientas personas trabajando allí. Cada planta estaba en un ámbito. Chris le había dicho que lo más seguro era que la reunión fuera en la quinta o en la octava planta, donde estaba su despacho. De todos modos, decidió acercarse a la recepción a preguntar.

Había numerosas pantallas planas que mostraban las noticias, tanto nacionales como internacionales, y varios relojes que mostraban diferentes horas según el lugar al que se referían: Londres, Buenos Aires, Moscú… Desde luego que la B.S.A.A. no había escatimado en gastos en esa sede, aunque Leon sabía que la principal estaba en Londres. Puso las manos en el cristal mirando distraídamente a su alrededor.

Había bastante movimiento. Algunos leían detenidamente informes, otros se dirigían hacia la parte trasera a toda velocidad, veían las noticias en la televisión o hablaban por teléfono, como era el caso de la persona que estaba en recepción. Era una mujer morena, que debía estar bastante cerca de los cuarenta. Llevaba un polo azul con el logotipo de la B.S.A.A. y una falda vaquera. Hablaba a través de un pinganillo que tenía en la oreja derecha.

-Por supuesto, señor Travers… Se lo haré saber… -decía con una ligera sonrisa. Hizo una breve pausa, escuchando al otro lado -. Cuente con ello. Gracias –y miró a Leon sin dejar de sonreír. No sabía cómo responder a aquello, aunque no estaba el horno para bollos precisamente -. Buenas tardes, ¿en qué puedo ayudarle?

-Tengo una cita con Chris Redfield y Jill Valentine a las doce y media –le informó Leon apoyando en este caso los brazos, sin dejar de observar atentamente a la morena, que bajó la cabeza para mirar una lista que tenía junto al teléfono. Pasó el dedo por la lista hasta que se detuvo.

-Sí, aquí está… Leon Kennedy, ¿verdad? –el aludido asintió -. ¿Podría enseñarme su identificación?

Leon sacó su placa del Gobierno y se la enseñó a la recepcionista, que parecía conforme con lo que veía. Miró de reojo su chapa, como si quisiera confirmar que todo era correcto. El agente estaba cada vez más sorprendido por la forma tan eficaz en la que la B.S.A.A. estaba intentando solucionar esos problemas de seguridad que habían tenido.

-Espere un momento… -se disculpó la mujer cogiendo el teléfono. Pulsó unos números y esperó unos segundos antes de que alguien llamara -. Melanie, soy Margaret Black, de recepción. Llamo para confirmar si el señor Redfield y la señorita Valentine están preparados para recibir al señor Kennedy… -dejó de hablar, y esperó. Mientras Leon pasaba la mirada de forma distraída. Su vida se había convertido en un auténtico caos -. Por supuesto –volvió a decir la recepcionista sin perder la sonrisa. ¿Era posible sonreír aún más? Volvió el auricular en su lugar y miró al agente -. El señor Redfield le recibirá en la quinta planta. La señorita Valentine está atendiendo unos asuntos y se reunirá más tarde. Los ascensores están en la parte trasera, tras la escalera.

-Gracias… Muy amable –respondió Leon guiñándole un ojo. La mujer se ruborizó ligeramente y agachó la cabeza para que nadie la viera. El rubio dio un golpe con la mano en la barra y se dirigió hacia los ascensores.

Tendría que haberle dejado mi número… Creo que le gusto.

Se metió las manos en los bolsillos de la chaqueta sin dejar de sonreír ligeramente. Últimamente no tenía demasiado tiempo para pensar en su vida amorosa. Pero Ada… estaba en su mente constantemente. Esa mujer tenía algo que lo atraía como un imán, y ese misterio que la rodeaba era lo que más la atraía. En el fondo sabía que sus intenciones eran buenas, a pesar de que había estado puteándolo constantemente.

Había varios agentes esperando el ascensor. Leon se detuvo detrás de un joven pelirrojo con la cara pecosa. Estaba cruzado de brazos y miraba al suelo. Al verlo no pudo evitar acordarse de Claire. Había estado hablando con ella por teléfono bastante tiempo la noche anterior. Aunque no había estado presente en el ataque había acudido más tarde con Terrasave a ayudar a los heridos.

Su testimonio no había sido demasiado alentador, y confirmaba la versión que Chris le había dado. No tenían ni idea de a quiénes se enfrentaban, ni qué virus se habían utilizado en el ataque… pero esperaba que todo eso quedara claro cuando se reunieran. Tenían que coordinarse, trabajar juntos. No había otra forma, a pesar de que Leon no estaba muy de acuerdo con alguno de los métodos del mayor de los Redfield.

Uno de los ascensores llegó. Se abrieron las puertas y todos sus ocupantes salieron en orden. Leon esperó pacientemente a que todos salieran y entraran y accedió en último lugar al habitáculo. Muchos pulsaron los botones de las plantas a las que se dirigían. Vio que el número cinco estaba marcado, así que no necesitó intervenir. Se cruzó de brazos y miró al suelo suspirando. El bioterrorismo le había arruinado muchos de sus sueños.

-¿Estás seguro de que tienes información sobre el ataque de ayer, payaso? –volvió a preguntarle el guarda con el ceño fruncido. ¿Cómo era posible que un preso, que apenas tenía contactos con el exterior y que se informaba de lo que pasaba más allá de los muros por los periódicos y lo que comentaban los trabajadores? -. Se lo juro, Lansdale, que si se lo está inventando todo… Se la carga.

-Consúltelo con el alcaide –volvió a insistir el preso agarrando los barrotes con la mano izquierda -. Estoy convencido de que estará encantado de oírme.

El policía suspiró. Cogió su transmisor y le hizo caso.

-Henry, ¿el alcaide está en su despacho?

-Sí, acaba de llegar… -respondieron al otro lado -. ¿Por?

-Hay un preso que quiere verle… -se detuvo unos instantes, sin apartar la mirada de Lansdale -. Dice que tiene información sobre el ataque al Presidente y el de Nueva York…

-Un momento…

La comunicación se cortó. Lansdale sonreía triunfante. Las cosas estaban saliendo tal y como lo estaba planeando. Sus hombres estaban haciendo un gran trabajo. Todo el espectáculo estaba siendo sumamente agradable. La televisión, la radio, los periódicos… no había medio en el que no se hablara de la muerte del Presidente y del ataque al puente de Brooklyn.

¿Era posible que todo por lo que había luchado, por lo que había peleado durante su mandato se hiciera realidad? Sus muchachos estaban resultando ser realmente competentes. Estaban poniendo en jaque a las máximas autoridades del país. Estaba demostrando que seguía siendo el líder que ese país necesitaba para ser gobernado. Sólo era cuestión de tiempo.

-El alcaide dice que puedes traer al preso –anunció la voz de antes a través del walkie.

-De acuerdo. Vamos para allá –colocó el aparato en el cinturón. Cogió el juego de llaves de su pantalón y abrió la cancela -. ¡Todos atrás! ¡Ni un paso capullos si no queréis que os vuele la tapa de los sesos! –los otros dos presos se quedaron tumbados en sus literas, observando con curiosidad la escena. El guarda cogió las esposas -. Date la vuelta, Lansdale. Como hagas algo raro, date por muerto.

-Tranquilo –respondió con mucha calma dándose la vuelta y poniendo las manos en la espalda. Las esposas apretaban un poco, pero no estaba tan mal. Se dio la vuelta y el policía lo sacó de la celda agarrándolo del brazo -. Usted tiene más que perder que yo. Piénselo.

Y era la pura verdad. ¿Cómo sentaría dentro de esas paredes que un oficial se liara a golpes con un preso? Lo pondrían de patitas en la calle; eso para empezar. Y le caería un puro de cuidado. La vida en la cárcel no era tan fácil como la gente pensaba. Lansdale sabía que debía provocar lo justo, lo suficiente para desestabilizar a esos defensores de la ley.

¿Y realmente estaban de parte de la ley? Porque casi todos los días cientos de agentes, abogados o jueces eran comprados por gente como él, que sólo buscaban lo mejor para una sociedad que se estaba consumiendo y pereciendo en el consumismo y la destrucción. El cambio tenía que producirse de forma progresiva, para que los habitantes del mundo se acostumbraran a un reinado de sumisión y obligación.

Lansdale estaba tan centrado en sus pensamientos que ni siquiera se dio cuenta de que llegaron a la puerta de la máxima autoridad allí en la cárcel. Conocía bastante bien a George Marvin de su época en la F.B.C. Era un hombre con unos principios muy claros, y que siempre había hecho todo lo posible por traer el orden y el respeto en la prisión. El policía que lo acompaña pegó en la puerta. La respuesta no se hizo esperar.

-Adelante.

Pero antes de que Lansdale diera un paso el guarda le puso una mano en el hombro.

-¿Dónde crees que vas? Tengo que asegurarme de que no eres un peligro con patas –y empezó a cachearlo por los hombros. El preso rio sin poder evitarlo.

-¿Tanto les asusta el asesinato del Presidente? ¿O es el ataque de las B.O.W.S.?

-De eso estoy seguro que sabes mucho… ¿Deberíamos estar tranquilos?

Lansdale meditó su respuesta mientras le registraba las piernas. Todas estas medidas, el ir y venir de policías a lo largo de la mañana, la vigilancia a la que habían sido sometidos durante el desayuno, las constantes vueltas por los pasillos… Algo le decía que estaban muy pero que muy nerviosos, y que temían que algo volviera a suceder. El guarda terminó el cacheo y abrió la puerta y le hizo un gesto para que entrara.

-En absoluto –contestó cuando se disponía a cruzar el umbral, como si continuaran con la conversación -. Esos tipos saben muy bien lo que hacen.

Y sin más accedió al despacho. Era una habitación bastante iluminada. Había una ventana justo detrás de la mesa por donde entraba el sol, que estaba en pleno apogeo. También había un enorme mueble de madera lleno de trofeos, fotos y alguna que otra figura. El alcaide estaba sentado tras una mesa de madera, leyendo detenidamente unos papeles que tenía en la mano.

Lansdale avanzó hasta quedarse a pocos metros de una silla blanca. La máxima autoridad de la prisión levantó la mirada y se quedó observándolo unos instantes antes de hacerle un gesto para que tomara asiento. El guarda que lo había acompañado se quedó en la puerta, esperando, atento a sus intenciones. Ya estaba acostumbrado, y no le sorprendía lo más mínimo.

-¿Qué puedo hacer por usted, Lansdale? –le preguntó sin apartar la mirada. Dejó los documentos sobre la mesa y se acomodó en la silla. No solía recibir visitas de los presos, y la verdad que tampoco sabía muy bien por qué había aceptado aquella.

-Tengo información importante sobre el ataque al Presidente… -anunció con total convicción, apoyando las manos esposadas en sus rodillas. Era un auténtico incordio estar así, pero debía tener paciencia -. Lamento mucho lo que ha ocurrido…

-¿Usted? –preguntó George Marvin arqueando una ceja bastante sorprendido. Casi estuvo a punto de soltar una carcajada -. Conozco muy bien a los tipos como usted, y créame que necesitará algo más que eso si quiere permanecer un minuto más aquí. Mi tiempo es bastante limitado, y no puedo perderlo con… -se quedó en silencio, sin saber cómo definir exactamente a una persona que había atentado contra la seguridad de todo el mundo -. Así que desembuche rápido o me veré obligado a devolverlo a su celda.

-Tengo ciertas pruebas que involucran a una persona en el ataque al Presidente… y posiblemente al que ocurrió también en Nueva York.

-¿Qué pruebas? –el alcaide empezó a mostrarse algo interesado en el asunto. Cualquier cosa que comprometiera la seguridad de su cárcel o de su país le interesaba hasta límites insospechados. Aunque puede que también se estuviera montando un farol… Los presos tenían una conciencia bastante desestructura e imprevisible.

-Las tengo en el bolsillo derecho del mono –respondió Lansdale con total tranquilidad, como si estuviera charlando con un amigo sobre el último partido que había disputado su equipo favorito -. Si me permite…

-Walter, hágalo usted… -le ordenó al guarda que estaba esperando en la puerta.

El tipo asintió y se acercó al preso, que seguía muy tranquilo, demasiado. El alcaide estaba bastante sorprendido con su actitud.

-¿Cómo sabe quién está detrás del ataque? ¿Cómo se ha enterado? –quiso saber Marvin con un tono algo más autoritario. No podía consentir que sus presos estuvieran recibiendo o intercambiando información tan importante con el exterior. Iba a tener que controlar las visitas a partir de ahora.

-Tengo amigos preocupados por mí bienestar, y que se preocupan por nuestro país tanto como usted o como yo…

-Son unas fotos, señor –le informó el policía sacando tres fotografías. Se las pasó a su jefe casi sin mirarlas. Lansdale sonreía triunfante. Tal y como tenía previsto, el plan seguía funcionando a la maravilla.

El alcaide las cogió y las observó con el ceño fruncido. Parecían reales. Los escenarios… coincidían. Las puso sobre la mesa y miró a Lansdale, que no dejaba de sonreír. Sabía que detrás de aquella generosidad siempre había un motivo oculto, perverso quizá.

-¿Y qué busca a cambio de estas… pruebas?

-Oh, nada –respondió el preso sin abandonar su buen humor -. Para mí siempre es un honor ayudar a mi país, sobre todo cuando se trata de algo tan grave…

-¿Algo tan grave como lo que provocó usted en Terragrigia? –a George Marvin aquello le estaba empezando a mosquear cada vez más. ¿Qué hacía un terrorista echando mierda a otro cuando ambos buscaban lo mismo? ¿Venganza? Guardó silencio, meditando.

No confiaba lo más mínimo en un ser tan despreciable que había puesto en juego la vida de tantas personas y había creado un auténtico caos en una ciudad que estaba llamada a ser el futuro de la civilización. Sin embargo, esas fotografías… Parecían auténticas. Podría lanzar una investigación y ver hasta dónde llegaba la cosa.

-¿Qué le parecen las pruebas? –se interesó Lansdale sin alterar lo más mínimo su gesto. La partida estaba avanzando a un ritmo bastante interesante, y era posible que pronto diera jaque mate.

-Las analizaremos –dictaminó el alcaide sin dejar de observarlo. Le hizo un gesto al guarda -. Devuélvalo a su celda.

-Vamos… -cogiendo a Lansdale por un brazo lo sacó de la sala sin mediar palabra.

El alcaide suspiró mientras veía a los dos hombres desaparecer. ¿Cambiaría aquello el curso de los acontecimientos? En la primera fotografía podía verse a un tipo rubio entrando en la Casa Blanca con un maletín metálico. Tenía fecha del día de ayer. En la segunda foto se veía al mismo tipo andando por la parte peatonal con el mismo maletín, ataviado con unas gafas de sol.

George Marvin se quedó boquiabierto. En la tercera se veía al sospechoso con un arma en la mano observando el cadáver de Samuel Lynch, el juez que había sido asesinado hacía unos días. ¿Qué debía hacer con todo eso? No podía olvidar quién le había facilitado el material, ni siquiera conocía sus intenciones… aunque tampoco perdía nada por investigar un poco. Decidió llamar a Seguridad Nacional para advertir sobre el misterioso hombre de las fotos.

El ascensor se detuvo en la quinta planta. Junto a Leon salieron tres personas más. Avanzó por el pasillo sin saber muy bien adónde ir. Había puertas por todos lados. En todas ponía un nombre. No sabía si el despacho de Chris estaba en esa planta. Si no lo encontraba ya se encargaría de preguntarle a cualquiera que trabajara allí. Pasó junto a una puerta doble de madera con el letrero Sala de reuniones.

Leon dudó. Puede que fuera allí. Agarró el pomo y lo giró. La puerta estaba abierta. Era una sala bastante amplia, con ventanas por todos lados y una gran mesa que ocupaba el centro. Sólo había una ventana abierta, pero la claridad era bastante evidente. Y allí, sentado en una de las sillas del fondo, estaba Chris Redfield, con las manos apoyada en la cabeza, mirando a la nada. Parecía que ni siquiera se había dado cuenta de su presencia.

-Chris… -lo llamó dando unos dubitativos pasos hacia él. El ex miembro de S.T.A.R.S. levantó la cabeza de inmediato. Su rostro estaba completamente dominado por la desesperación. Tenía bastantes ojeras, y la mirada algo perdida. Incluso hasta le habían salido algunas canas.

-Leon… -murmuró fijando la mirada en el agente, que estaba bastante sorprendido por su aspecto -. No… no te esperaba tan pronto.

Leon arqueó una ceja sorprendido. Consultó su reloj. Eran las doce y veinte… ¿Llegar diez minutos antes era muy pronto? Quizá tenían conceptos diferentes sobre la noción temporal. No hacía falta indagar demasiado para saber que la situación no era muy favorable. Chris le hizo un gesto que Leon entendió como que tomara asiento.

-¿Cómo va la situación por aquí? –se atrevió a preguntar aunque conocía la respuesta. Todo se había ido a la mierda en las últimas horas, e iba a costar recuperar la normalidad -. ¿Habéis descubierto algo nuevo?

-Jill está ahora mismo hablando con el laboratorio –le informó Chris pasándose una mano por el pelo. Lo tenía completamente despeinado -. Esperamos dentro de un rato tener algo con lo que empezar a trabajar…

-Mi equipo ha analizado también el contenido del frasco de colonia que enviaron al Presidente –añadió Leon sacando de su chaqueta unos papeles que tenía perfectamente doblados que dejó sobre la mesa -. Quiero esperar a vuestros resultados para ver si coinciden… Aunque algo me dice que sí.

-Yo también… -asintió Chris de forma ausente -. Estoy empezando a ver demasiadas conexiones que no me gustan… La muerte del juez, la del Presidente, el ataque… Todo parece estar relacionado… Aunque nos falta el punto de conexión…

-¿Tienes alguna ligera idea? Tú eres el que más tiempo lleva ligado a esto, y ahora más que nunca, esta organización necesita tu liderazgo.

-Eso si seguimos en pie… -murmuró volviendo a llevarse las manos a la cabeza. Leon se quedó boquiabierto.

-¿A qué te refieres? –sabía que lo que estaba por venir no era nada agradable. Chris guardó silencio al principio, sumido en sus propios pensamientos. ¿Merecía la pena seguir luchando?

-Si mañana a las doce de la noche no conseguimos a nadie que nos financie… -susurró con la voz quebrada. Leon no pudo hacer otra cosa que quedarse callado; no le salían las palabras, y sabía lo que significaba -. La B.S.A.A. dejará de existir. Estamos en bancarrota. Hemos salido a subasta.


Stardust4: Y como ves la situación se sigue complicando cada vez más. Hasta Lansdale está metiendo cizaña.

Xaori: eso es un aviso para Claire: no te vayas con ese capullo, que te la va a pegar bien xD Y sí, me basé en los Revenant para esas criaturas; me dieron auténtico pánico cada vez que me enfrentaba a ellas. A ver si luego me paso por tu historia, porque, de verdad, desde el sábado no he tenido tiempo ni para sentarme, te lo juro (es lo que tiene una vida en pareja ahora :o)

Esto es todo por hoy. A partir de la semana que viene actualizaré los viernes... Ya sabréis por qué ;)