¡Hola a todos una semana más! Espero que os vaya todo de lujo. Pues nada, hoy os prometo un capítulo muy que pero que muy intenso, no apto para cardíacos, y sí, es tremendamente largo, pero creo que merece la pena ;)


La música sonaba de fondo, aunque en ese momento no le apetecía casi absolutamente nada. Llevaba un día desastroso, de perros. Y sólo había acudido allí para no estar metida en cama, lamentándose por todo lo que había sucedido en los últimos días y las últimas horas. Definitivamente, sólo era cuestión de tiempo que todo por lo que había peleado se fuera a la mierda.

Cogió la pajita con la mano derecha y movió sin demasiadas ganas el contenido. No había demasiada gente por la barra; la mayoría estaban charlando en los sofás, y otros se habían retirado a los reservados a pasar un buen rato. ¿Sería capaz ella de intentarlo? Tenía tantas cosas en la cabeza que creía que le iba a explotar de un momento a otro. No, una parte de sí misma le decía que se olvidara de roda aquella mierda y se centrara.

Pero necesitaba desconectar. Si no lo hacía… iba a explotar. Oía risas y voces por todos lados, un contraste bastante apropiado con su humor. El hielo había empezado a derretirse en su Martini. Ya llevaba un buen rato allí, sin dejar de mirar su bebida y sin poder quitarse de la cabeza los problemas que tenía. En poco más de un día todo se iría a la mierda, y no podía hacer nada por evitarlo. Se habían quedado con su dinero, sus planes, sus inversiones…

Era un desastre mirase por donde se mirase. Los habían dejado en completo ridículo, y ahora todos los señalaban y se reían. Eran los auténticos responsables de lo ocurrido; no habían sido manejar la situación, y los terroristas siempre habían ido un paso por delante. Ellos conocían la B.S.A.A., ¿y qué conocía la B.S.A.A.? Nada. Suspiró. Dio un trago corto y cambió de postura en el taburete.

Estaría un rato más y se iría. Todos los presentes parecían ya bastante entretenidos, y no había nadie que se acercara o que se le insinuara. Tal vez hasta ya estaba pasada de moda. Oyó movimiento a su izquierda, pero ni siquiera levantó la mirada. Sólo deseaba que ningún gilipollas se le acercara esa noche, porque no iba a responder de sus actos. No estaba el horno para muchos bollos.

Consultó su teléfono deseando por primera vez que hubiera un mensaje, una llamada, algo del director. Pero nada de nada. Nadie parecía querer acercarse a ella esa noche. Ni siquiera Chris. Apenas habían tenido tiempo de hablar con todo el escándalo que se había formado con el F.B.I. ¿Cómo se atrevía ese inspector capullo a decir que no se tomaban en serio la seguridad mundial? Había tenido suerte de que sólo había sido un vaso de agua.

Había oído que también habían soltado a Leon, aunque al parecer estaba en libertad vigilada. No podía abandonar el país, y eso era un gran problema, porque si lo necesitaban fuera, no iba a poder acudir. Les habían metido en un buen lío. Los habían dejado sin autoridad, sin posibilidad de intervención, y estaban ganando. Había que reconocerlo.

Chris había mandado a la Interpol la foto de Jessica Sherawat. Ahora era buscada por todo el mundo. Si era verdad que ella estaba detrás de todo sólo sería cuestión de tiempo dar con ella… aunque lo hayan perdido todo. Esa zorra no podía salirse con la suya. Apretó el puño con rabia. Cerró los ojos aguantando las lágrimas. Nunca hubiera imaginado un final como ése.

-¿Un mal día, preciosa? –le interrumpió el pensamiento una voz masculina bastante suave.

Por primera vez Jill giró un poco la cabeza. A su izquierda había un hombre que debía rondar su edad. Llevaba una camisa verde de cuadros y un pantalón vaquero bastante ceñido. Era castaño, y tenía unos ojos verdes bastante llamativos. A decir verdad, no estaba nada mal. Había algo bastante sensual en él. Podría ser un buen partido si estuviera de ánimos.

-Peor que eso… -respondió volviendo a mover el contenido de la bebida, donde ya no quedaba hielo. Dentro de poco sería más agua que otra cosa -. No quiero ni recordarlo.

El tipo se quedó observándola detenidamente. Pero Jill dejó de prestarle atención. Esperaba que si pasaba de él se aburriera y se fuera. De pronto, soltó un grito y la señaló. La ex miembro de S.T.A.R.S. dio un sorbo a su bebida notando que cada vez sabía menos a Martini.

-Tú eres… Jill Valentine.

La aludida arqueó una ceja sorprendida. Vaya, parecía que su reputación la precedía. Aunque bueno, en las últimas semanas la B.S.A.A. había estado presente en la televisión prácticamente día y noche por lo de Terragrigia. Ojalá Umbrella nunca hubiera aparecido en su vida; todos la conocían allá por donde iba, y llegaba un momento en el que resultaba ser un poco agobiante.

Se limitó a sonreír tímidamente echando un vistazo rápido por los alrededores. El local se iba llenando poco a poco, y muchos pasaban tras las cortinas para pasar un buen rato. Afortunados ellos.

-La misma… En carne y hueso –se limitó a contestar con tono aburrido. Esperaba que no fuera el típico capullo que iba contándoles a sus amigos todas sus hazañas para el deleite de la comunidad masculina.

-¿No crees… que éste no es lugar para una mujer… como tú?

Eso sí que no lo esperaba. Si había algo de lo que siempre se había sentido orgullosa era de su endereza y su fortaleza. Muchos la subestimaban, y habían pagado con creces las consecuencias. Volvió a beber en silencio, bebiéndose un buen trago. Ya estaba empezando a ser algo asquerosa.

-Vengo por lo mismo que los demás… -respondió encogiéndose ligeramente de hombros -. Así que… es mi lugar.

-¿Me dejas que te invite a un trago?

-No creo que sea buena idea… -le cortó Jill alzando una mano -. No tengo un buen día, y de verdad, no me gustaría pagarlo con nadie.

-Bueno, bueno… Sólo quería ser amable… -se disculpó levantando las manos en señal de derrota. Jill se lo quedó mirando. Tal vez estaba siendo demasiado dura. Pero no estaba siendo nada fácil…

-Lo siento –se disculpó. Se terminó de un trago la bebida, que era ya más agua que otra cosa -. Estoy a punto de quedarme sin trabajo, y estoy desesperada…

-Dos Martinis, por favor –le pidió el tipo a una camarera que estaba limpiando la barra cerca de ellos. Se sentó en el taburete que estaba al lado de Jill y la miró -. Me llamo Andrew. Un placer conocerte –le tendió la mano. La morena dudó unos instantes, pero finalmente se la estrechó -. No sabes cuánto siento lo de tu trabajo. Si sabes algo de contabilidad te podría hacer un hueco en mi empresa… Estamos buscando gente.

Jill hizo un gran esfuerzo por no reírse. ¿Un trabajo en el que tuviera que estar todo el tiempo sentada, sin hacer prácticamente nada? ¡Ni hablar! Su vida no estaba hecha para vivirla en paz; ya se había dado cuenta hacía muchos años.

-Agradezco la oferta, pero no es un trabajo que encaje demasiado bien conmigo –le explicó en el momento en el que la camarera ponía las dos bebidas en la barra. Andrew las pagó mientras Jill echaba un vistazo por la sala. Había bastante ambiente a pesar de ser entre semana.

Había un par de hombres bastante interesantes que acababan de entrar. Debían rondar los treinta. ¿Más jóvenes que ella? No importaba. Hacía tiempo que había aprendido que no había que juzgar a nadie por la edad. Uno de ellos no era demasiado alto, pero tenía una constitución más que interesante; por su forma de andar parecía militar. Tenía el pelo rapado y los ojos color avellana.

Su acompañante era bastante alto; quizá debía medir más de metro noventa. Llevaba una chaqueta de cuero, unos pantalones vaqueros rotos por los laterales y unos zapatos estilo Converse. Tenía un no sé qué que llamaba bastante la atención: sus andares, su sonrisa… ¿Desde cuándo había tanto macho suelto por allí? La verdad era que nunca se había dado cuenta hasta ese instante.

-¿Buscando algún bocado? –murmuró Andrew acercándose un poco. Jill no dijo nada al principio. ¿Realmente le apetecía darse un revolcón con todo lo que tenía encima? Antes no tenía ningún tipo de duda. Pero ahora… no lo tenía nada claro -. Tú y yo podemos pasarlo muy bien… Si te apetece, por supuesto.

Jill le dio un gran sorbo al Martini. Otro que no se andaba con rodeos. Pero bueno, al final y al cabo, todos iban allí por lo mismo. Ella incluida. Aunque sí era verdad que ella no era tan directa. Los hombres siempre habían ido tras ella sin hacer absolutamente nada, y era una sensación a la que le costaba acostumbrarse. ¿Tan popular era? Desde su época en el instituto había despertado el interés de los chicos de su clase. Acabó liándose con alguno, incluso pasando algunos ratos más que agradables, pero todo parecía un juego.

Ahora se daba cuenta del lío en el que se podría haber metido. Había tenido suerte, la verdad. Muchas chicas de su edad se habían quedado embarazadas, y la mayoría había decidido abortar. ¿Madre con dieciséis o diecisiete años? ¡Qué locura!

Andrew seguía observándola, esperando una respuesta. Jill sabía que no estaba siendo nada justa con él. A pesar de que había sido tan directo no se había propasado con ella lo más mínimo; otro seguramente ya hubiera intentado meterle mano o haberla invitado directamente a los reservados. Dudas, dudas, muchas dudas. Volvió a beber. Iba a necesitar mucho para emborracharse, pero estaba empezando a coger un poco de confianza.

-Vine aquí con la esperanza de irme a dormir lo más tarde posible –le explicó Jill observándolo -. Simplemente quería salir, evadirme un poco. No creía estar preparada para una noche de sexo, pero… -y se detuvo. Sí, definitivamente se sentía más preparada.

-¿Estás cambiando de opinión?

-Puede ser…

Andrew asintió cogiendo su copa. Bebió y se levantó de su taburete.

-Estaré por aquí, por si quieres buscarme.

Jill lo vio perderse entre la multitud que estaba empezando a congregarse cerca de la barra. ¿Era su imaginación o el local nunca había estado tan lleno? Lo cierto era que hacía bastante que no pasaba por allí. Quizá los intercambios y el buscar sexo sin compromiso se estaba poniendo muy de moda. Andrew se paró a charlar con un tipo al que le estrechó la mano. ¿Qué debía hacer? Por una parte le apetecía mucho; ya casi ni se acordaba lo que era alternar con un hombre.

Pero se había hecho una promesa hacía algún tiempo… y no quería faltarla. Aunque, claro, tampoco iba a estar esperando eternamente. Ella no era muy lanzada que digamos, a pesar de que de vez en cuando le gustaba mostrar sus cartas. Pero para ciertos aspectos era tan hermética que envidiaba a todas aquellas que son solos dos palabritas conseguía lo que se proponía.

Suspiró. Decisiones, decisiones y más decisiones. Su vida se había basado siempre en eso. Los dos tipos que había visto entrar estaban sentados en un sofá charlando, echando un vistazo a la sala. Durante unos segundos uno de ellos fijó su mirada en Jill, que tampoco perdió la ocasión. Le dio un codazo a su colega y le dijo algo. Ambos asintieron. Vale, parecía que ya habían elegido su objetivo. Tal vez… hasta fuera interesante.

El más bajito se levantó. Iba en dirección a la barra. Iba directo hacia ella. Cogió su bebida y le dio un sorbo mientras el tipo se abría paso. Se detuvo delante de su taburete, contemplándola. Así de cerca… no estaba tan mal.

-¿Estás sola? –le preguntó algo incómodo. Lo que más temía era que se presentara el novio o su acompañante y lo espantara. Jill hizo un gesto a su derecha y a su izquierda, donde no había nadie.

-Más sola que la una –el extraño rio. Le tendió la mano.

-Me llamo Paul. ¿Te apetece charlar un rato?

-Yo soy Jill –dudó unos instantes. Quería darle emoción -. Charlemos, pues.

-Hay un amigo que me gustaría presentarte… Sígueme.

Jill sonrió y cogió su bebida. Todo debía cocerse con lentitud, sin sentirse demasiado emocionado o ansioso. No era que fuera a echar el polvo de su vida, pero le gustaba siempre estar preparada y allanar el camino para lo que se avecinaba. Siguió a Paul hasta el sofá donde estaba el tipo de la chaqueta de cuero. De cerca estaba incluso mejor. Eran una buena elección.

-Éste es mi amigo Kevin. Kevin, ésta es Jill –le presentó al extraño, que ya tenía nombre. Se estrecharon la mano con una sonrisa y se sentaron en el sofá. Al lado había una mujer que charlaba animadamente con varios hombres -. Bueno, cuéntanos, ¿qué es lo que te trae por aquí?

-Sinceramente… salir de casa –respondió Jill mirando a sus interlocutores. Ambos escuchaban con atención -. Necesitaba despejarme un poco…

-¿Un mal día? –se interesó Paul cruzándose de brazos.

-Más que eso… -la morena guardó silencio dando un trago. Observó atentamente al grupo de hombres que había a su lado. No podía ver a la mujer; estaba muy bien rodeada -. Así que decidí venir aquí… para ver si conseguía… relajarme.

-Aquí seguro que lo consigues –sonrió Kevin pasando un brazo por superior del sofá -. Sólo tienes que mirar a tu alrededor. Todos venimos a disfrutar, a pasar un buen rato.

-Sin pasarse de la raya, por supuesto –añadió su amigo guiñándome un ojo -. No está en mi catálogo contradecir la palabra de una mujer. Así que… todo se verá.

Jill asintió algo distraída. El grupo que estaba a su lado se levantó. Se dirigieron todos hacia la zona de los reservados. ¿Una mujer sola con tantos tíos? Esa chica iba fuerte, desde luego. No había conseguido verla, pero no creía posible que acabara con todos esa misma noche. Cada vez le estaban cayendo mejor esos dos. Parecían sencillos, y no parecían dispuestos a iniciar nada sin su consentimiento. Buen punto.

-¿Y a vosotros qué os trae por aquí? –les preguntó apurando los últimos tragos de su bebida.

-Paul y yo nos conocemos desde el instituto –le explicó Kevin sin alterar su tono, una voz bastante profunda y tranquila -. De eso hace ya bastante… y sigo aguantándolo, sí –ambos rieron. Jill se limitó a sonreír -. Hasta ahora no hemos encontrado una mujer que nos haya sabido conquistar –se encogió de hombros -. No es que seamos muy exigentes, pero yo al menos no he visto a nadie que me haya producido un ataque al corazón sólo con mirarla.

Jill no pudo evitar reírse al oír tal comparación. En el fondo tenía razón. Ella tampoco había encontrado a nadie con esas características, a pesar de que su mente siempre estaba ocupada por la misma persona… aunque sin demasiado resultado. No era tan fácil como parecía.

-Cuando venimos aquí a veces vamos con la misma mujer –continuó hablando Paul como si la conversación hubiera continuado -. Otras nos separamos y cada uno busca su propio pez… Sólo buscamos pasarlo bien, y hacer disfrutar a la mujer que esté con nosotros.

La situación se estaba poniendo más interesante por momentos. Jill era un mar de dudas. Esos tipos parecían ser sinceros… aunque sabía que no podía fiarse de nadie. ¿Y si eran dos terroristas que la conocían y querían acercarse a ella para conseguir algún tipo de información? Eso era lo malo de luchar contra el bioterrorismo: la mayoría de las veces imaginabas o inventabas cosas que luego eran absolutamente falsas.

Una noche es una noche, ¿no Jilly? Te mereces un respiro aunque estés a punto de quedarte en la calle.

Los mantendría vigilados, por si acaso.

-¿Sabéis qué? –dejó la copa en la mesa de madera que tenían al lado. Cogió su bolso, se lo colgó y se puso de pie -. Vayamos ahí dentro. Disfrutemos.

Sus acompañantes se quedaron boquiabiertos. Se quedaron en silencio unos instantes, hasta que Paul habló.

-¿Estás completamente segura? Yo no… quiero… actuar en falso.

Jill asintió con energía, completamente segura. Los cogió de las manos y los dirigió hacia las cortinas que separaban ambas partes del local. Las primeras habitaciones ya estaban ocupadas; algunas tenían las puertas cerradas y otras abiertas. En algunas se escuchaban gritos y gemidos, en otras música. Había una gran variedad.

Pasaron frente a una sala que estaba bastante oscura donde había un hombre sentado en una silla. Varias mujeres besaban diferentes partes de su cuerpo mientras otra se encajaba en él. No conseguía ver absolutamente nada, pero eso de ser penetrada por tantos hombres… no era lo suyo.

Siguieron avanzando hasta que encontraron casi al final una habitación libre. Jill cerró la puerta y colocó el cartel de "ocupado". No quería que nadie los interrumpiera. El local tenía unas normas muy estrictas, pero que, en cierto modo, ayudan a mantener la intimidad y a gozar sin ser molestados o sin consentimiento.

No había ni rastro de Andrew, el tipo que la había invitado a la copa. Quizá hubiera encontrado su propia diversión por otro lado. Pero bueno, con lo que tenía allí iba muy sobrada. Kevin y Paul se quedaron en mitad de la sala, sorprendidos por ese repentino arrebato. Directa al grano, como les gustaba. Jill dejó su bolso sobre una silla que había cerca de la entrada y observó la habitación.

Al fondo había una puerta que daba a un pequeño cuarto de baño con una ducha, un lavabo y un váter. Nunca lo había hecho en la ducha, y la verdad era que le apetecía bastante. Se consideraba una mujer que le gustaba innovar, buscar experiencias nuevas y descubrir cuál les satisface. Cerca del baño había una cama de matrimonio que parecía bastante cómoda. Estaba hecha, y no parecía que nadie la hubiera utilizado esa noche.

Justo enfrente había un enorme espejo que te permitía ver todo cuanto estaba pasando, y lo cierto era que resultaba bastante morboso observar todos los movimientos a través de él. Jill lo había probado una vez, y le había gustado bastante. También había una máquina dispensadora de preservativos. Todo estaba sumamente calculado. Era perfecto para echar un polvo sin remordimientos.

-Ahora que me doy cuenta… -murmuró Kevin sin dejar de salir de su asombro -. Tú eres… Jill Valentine, ¿verdad?

Y otro que había dado en el clavo. ¿Tanto veía la gente las noticias? Vale que luchar contra el bioterrorismo te aseguraba estar casi constantemente en televisión o en cualquier otro medio, pero era increíble la rapidez con la que todos asociaban su rostro. A ella nunca le gustaba ser el centro de atención, pero era algo que no podía evitar por mucho que lo intentara.

-Estás de suerte –y le guiñó un ojo. Iba cogiendo confianza por momentos. Lo notaba. Se desabrochó un botón de la camisa. Vio cómo las narices de Paul y Kevin se ensanchaban. Estaban tan expectantes como ella -. No me gusta dar órdenes. Me gusta más recibirlas… pero hoy quiero intentarlo… ¿Me dejáis?

-Por supuesto… por supuesto… -murmuró Paul viendo cómo se desabrochaba más botones. Ya llevaba más de la mitad. Era imposible apartar la mirada. Esa mujer emanaba mucha sensualidad -. Lo que tú digas…

Jill terminó con el último botón. Se quitó también los zapatos. Sonrió. Levantó los brazos.

-¿Sería alguien tan amable de ayudarme a quitármela?

Kevin reaccionó de inmediato. Se situó a su espalda y le quitó la camisa lentamente, dejándola caer al suelo. Le apartó un poco el pelo de cuello y la besó. Jill cerró los ojos y le pasó el brazo por los hombros, atrayéndolo aún más. Aunque su erección aún no era imponente, ya estaba empezando a hacer sus frutos. Paul estaba boquiabierto, bloqueado. Le excitaba mucho ver cómo su amigo jugaba con esa mujer.

Dio unos pasos decididos hacia la pareja y se plantó delante de Jill, que besaba a Kevin. Le bajó el sujetador con ansias, dejando al descubierto dos más que impresionantes pechos. Se mordió el labio. ¿Quién se aburría de estos juegos? Se llevó uno de ellos a la boca. Lo chupó, lo mordisqueó, lo degustó. Adoraba la sensualidad de las mujeres.

Los gemidos de Jill quedaban amortiguados por los besos que Kevin, que jugaba con su lengua con exigencia. Sabía que una mujer necesitaba muy poco para poner a un hombre al nivel que quería. ¿Dos hombres para ella sola? ¡Qué locura! Se apartó un poco. Se desabrochó el sujetador y lo tiró al suelo. Se acercó a Paul y le bajó la cremallera del pantalón. Sus calzoncillos azules ocultaban una erección bastante interesante. Jill la observó sonriente.

-Desnúdate –le ordenó a Kevin. Hacía tanto que no estaba con un hombre que había olvidado lo gratificante que podía ser compartir esos momentos. Agarró el pene de Paul con la mano izquierda. Volvió a mirar a Kevin, que se estaba quitando la camiseta -. Luego desnúdame a mí.

Y sin tiempo a más empezó a mover la mano de arriba abajo con lentitud. Paul le puso una mano en el hombro. Jill fue aumentando el ritmo mientras notaba cómo la erección iba creciendo en su mano. Se sentía poderosa, la dueña total de la situación. Paul empezó a gemir de placer, y entonces Kevin se acercó a ambos. Ya estaba completamente desnudo. Jill observó que tenía un tatuaje de un dragón en el hombro. Aunque inmediatamente otra cosa llamó su atención.

Continuó masturbando a Paul sin descanso, a mayor ritmo. Kevin le desabrochó el pantalón y se lo quitó con lentitud, con ambas manos. Tenía unas curvas de infarto. Ya sólo le quedaban unas bragas negras que marcaban un culo bastante interesante. Podría hacer muchas cosas con él. Jill se puso de rodillas y se introdujo la polla de Paul en la boca. Ambos hombres compartieron una mirada de sorpresa.

-Dios… -murmuró Paul sintiendo cómo entraba y salía de la boca de esa mujer a un ritmo frenético. Era sencillamente espectacular. Lamía sin cesar la punta con la lengua y la chupaba entera con el resto de la boca -. No pares…

Eso era exactamente lo que Jill necesitaba oír. Kevin, completamente excitado, empezó a hacerse una paja observándolos. Tenía unas ganas enormes de follarse a esa mujer viendo lo que le estaba haciendo a su amigo. Los gritos de placer empezaron a fusionarse. Era puro morbo.

De pronto, Jill se detuvo. Sabía que si seguía así iban a correrse… y estaba segura de que esos dos podían dar mucho juego. Se quitó la saliva que tenía por la comisura de los labios. De repente, Kevin la agarró por las piernas y se la elevó hasta situarla en su hombro. La tiró sobre la cama. Jill botó varias veces mientras veía cómo la miraban con deseo.

-Queremos compensarte por el buen trabajo que estás haciendo… -susurró Paul quitándose los pantalones. Kevin se arrastró por la cara hasta situarse a la altura de Jill -. ¿Nos lo permites?

-Toda vuestra –ronroneó la morena con una sonrisa pícara. Se le erizaba el vello sólo con pensar en lo que se avecinaba.

Kevin le cogió un pecho y lo masajeó, sin apartarle la mirada. A Jill le encantaba el contacto directo; demostraba seguridad. Su otro pecho desapareció en la boca de Kevin, que empezó a jugar. Cerró los ojos en el momento en el que sentía una lengua pasar por los labios de su vulva. La lengua se introdujo en su interior, y empezó a moverse a buen ritmo.

Jill abrió los ojos y gimió de placer. Kevin la besó mientras notaba que su clítoris se iba hinchando. Lo agarraron y lo mordisquearon. Sus gritos quedaban sellados.

-No sabes cuánto me pone oír tus gritos… -murmuró Kevin apartándose un poco mientras Paul seguía jugando. Jill empezó a sentir calor; ver cómo ese hombre jugaba entre sus piernas la ponía taquicárdica -. Eso es… Grita para nosotros… Córrete.

Paul se detuvo, y Kevin ocupó su lugar. Observó con lujuria ese centro del deseo. Introdujo dos dedos y sonrió. Estaba muy mojada y excitada. Más que preparada. Empezó a moverlos a buen ritmo. Jill estaba empezando a notar contracciones. Estaba a punto de llegar al clímax.

-Me volvería a comer tu coño –le dijo al oído Paul mientras observaba cómo su amigo metía y sacaba los dedos a un ritmo frenético -. Pero ahora quiero comerme tus gemidos.

Y la besó. Jill no se resistió. Estaba tan extasiada que lo único que quería era disfrutar. Segundos después, su cuerpo se arqueó y se dejó llevar. Se quedó tumbada en la cama, mirando al techo y recuperando la respiración. Menudo orgasmo… ¿Cuánto hacía que no tenía uno así? Se llevó una mano a la cabeza. Se sentía genial; parecía que la noche iba a salir mejor de lo que pensaba.

-¿Cómo te encuentras? –le preguntó Paul situándose a su derecha. Kevin estaba a su izquierda. Ambos estaban desnudos, con sus erecciones más que preparadas para continuar la fiesta. Jill se incorporó un poco; la visión no estaba nada mal -. Ahora nos toca disfrutar a los tres… ¿Qué te parece?

-Genial –sonrió quitándose un mechón de pelos de la cara.

Kevin se levantó y se acercó a la caja de preservativos. Sacó un par de ellos y le pasó uno a su compañero. Se tocó su miembro. No esperaba el momento de volver a gozar de ese cuerpo. Las mujeres tenían como un imán que lo atraían… sobre todo aquéllas que le gustaban el sexo caliente como a él. Rasgó el envoltorio con los dientes y sacó el preservativo. Se lo colocó ante la atenta de Jill, que no dejaba de sonreír.

-¿Y ahora qué hacemos contigo? –murmuró Paul con el preservativo en la mano y acercándose un poco más a ella. Estaba siendo una noche bastante excitante, y no podían desaprovecharla. Le pasó un dedo por el hombro derecho, completamente desnudo.

-Los tres sabemos lo que queremos que pase –respondió haciéndose la interesante. Paul le dio un mordisco en el hombro. Kevin se situó al otro lado y acercó su cara a la suya. La besó con dulzura, con delicadeza.

-¿Practicas sexo regularmente? –se interesó una vez que interrumpió el beso.

-Hace bastante ya de eso… -contestó sintiéndose un poco mal. Que una mujer no pudiera disfrutar de su cuerpo todo lo que quisiera por culpa del trabajo o de algún que otro capullo que era demasiado lento para pillar las cosas…

-Tengo unas ganas enormes de follarme ese culo tan precioso que tienes… -dijo Kevin pasando una mano por su pierna izquierda -. Puede ser bastante doloroso si no estás acostumbrada, así que queda descartado… Pero probaremos otra cosa… ¿Una penetración doble?

A Jill se le hizo la boca agua. ¿Una penetración doble? Nunca la había probado, pero había oído comentarios sobre lo placentera que era. ¿Dos al mismo tiempo? Joder… eso sonaba demasiado morboso para ser verdad. Además, todos esos juegos la habían activado al máximo, y el hecho de nombrarle la penetración doble la había despertado aún más.

Sin previo aviso, Kevin introdujo dos dedos por su sexo. Estaba húmeda, más que preparada. Empezó a mover los dedos lentamente, preparándola para lo que estaba por venir. Paul abrió su preservativo y se lo colocó observando cómo su amigo masturbaba cada vez a mayor ritmo a esa mujer que los volvía locos. Su pene estaba deseando jugar. Se lo tocó mientras se acercaba a sus compañeros de juego.

-Ponte a cuatro patas –le ordenó Kevin a Jill sacando los dedos de su interior. No le hizo faltar que se lo repitiera dos veces. Los hombres se pusieron de pie mientras ella se colocaba de espaldas, tal y como le habían dicho. Paul le pasó una mano por los cachetes, deseando cada vez más entrar, volverse loco de placer. Kevin volvió a abrirle los labios y le hizo un gesto a su amigo.

Paul se situó al borde de la cama y acercó la punta a la entrada de la vagina. Se introdujo poco a poco, hasta que consiguió la profundidad que buscaba. Soltó un grito de placer; aquello no estaba nada mal. Kevin se situó a su lado y acercó también su polla. La de Paul ocupaba la mayoría del espacio; la suya, aunque no era tan gorda, era más larga.

Metió la punta despacio. Jill gritó. Era una sensación bastante extraña de describir, aunque muy placentera. Se sentía completamente llena. Dolía, pero era un dolor más que soportable. Kevin gruñó intentando hacerse hueco, y finalmente encontró su espacio.

-Oh, nena… -murmuró Paul pasando su mano por el trasero de Jill, que a través del espejo que había sobre la cama lo veía absolutamente todo. Se quedó boquiabierta; los dos hombres estaban completamente encajados, y por sus gestos estaban deseosos de empezar -. Iremos poco a poco para que te vayas acostumbrando… y luego te haremos disfrutar de placer.

Su vagina estaba cada vez más lubricada. Esos comentarios, la forma en la que la trataban, los juegos… Todo estaba favoreciendo a que fuera un polvo realmente bueno. Kevin fue el primero en salir, y justo cuando iba a entrar, Paul salió. Repitieron esa mecánica con lentitud al principio, y poco a poco fueron aumentando el ritmo. Los gritos de placer de los tres se mezclaron.

Jill no quería que pararan. Verlo todo a través del espejo era muy excitante. Se mordió el labio. En ningún momento dejaba de tener una polla dentro, y era una sensación maravillosa. Kevin y Paul se compaginaban tan bien que no dejaban de darle placer. El ritmo aumentó. Sus penes entraban y salían a mayor velocidad. Jill tuvo que agarrarse al borde de la cama para no caerse. Gritó más fuerte. Notaba que pronto volvería a correrse.

A través del espejo vio cómo Paul le hacía un gesto a su amigo, que se apartó. Ahora era él el único que la penetraba mientras el otro observaba con lujuria.

-Voy a correrte para ti, cariño… -murmuró Paul aumentando aún más el ritmo de las penetraciones. Jill se inclinó un poco más permitiéndole aún más el acceso. Paul le dio un azote sin dejar de introducirse en su interior -. Ahí va…

Y con un gemido varonil su semen salió disparado hacia la punta del preservativo. Se tomó unos segundos para recuperarse y se apartó para dejar paso a Kevin.

-Date la vuelta, encanto. Túmbate sobre la cama –y la morena no se hizo rogar. Se dejó caer sobre la cama mirando a ese hombre que la observaba con deseo -. Quiero mirarte a la cara mientras te follo.

La cogió de las piernas y se las puso en los hombros. Y sin más se introdujo en su interior con un grito. Paul se alejó en dirección al cuarto de baño. Jill se agarró a las sábanas mientras sus gemidos se fundían. Iba a tardar muy poco; Paul la había dejado a punto de caramelo. Kevin siguió follándola a buen ritmo hasta que, con un gruñido, se dejó ir. Jill lo hizo segundos después.

Se quedó tumbada en la cama, recuperando la respiración. Sonrió. Había hecho lo correcto. Había logrado olvidarse de sus problemas por unos instantes… aunque la cruda realidad volviera para darle un soberano bofetón. Lo mejor sería que se marchara. Mañana tenía un día crucial, y quería estar entera a ser posible. Paul apareció procedente del cuerpo de baño. Seguía desnudo. Ya no tenía ninguna erección, aunque le había puesto a mil oír cómo follaban.

Jill se incorporó y empezó a recoger su ropa. Eso era lo bueno de esos encuentros casuales: pasaba un buen rato y no quedaba ningún tipo de remordimiento. La mayoría de los que acudían eran solteros, aunque de vez en cuando había alguna pareja que se ofrecía a jugar. A Jill eso ya lo le iba: si tenía novio no iba a permitir que nadie más lo tocara en el plano sexual.

Recogió su sujetador y sus bragas y se los colocó con parsimonia. Kevin y Paul empezaron a hablar. Le encantaba la naturalidad con la que los hombres se tomaban esos asuntos: dentro y fuera allí eran colegas, mientras que las mujeres…. Bueno… No eran tan permisivas. Se colocó los pantalones y la camisa, que estaba un poco arrugada. Ya la plancharía cuando tuviera tiempo.

Se miró en el espejo y se peinó un poco; tenía un aspecto de loca total. Miró su reloj. Eran las doce y media. Definitivamente era hora de marcharse. Cogió su bolso y consultó su teléfono, pero no tenía ninguna llamada ni ningún mensaje, y no sabía cómo interpretarlo. Desde que muy bueno tampoco era… El futuro de la B.S.A.A. pendía de un hilo, y no parecía haber nadie dispuesto a salvarlo.

-¿Todo bien? –le preguntó Paul al ver que se quedaba con la mirada fija en la pantalla. Se abrochó el cinturón del pantalón mientras hablaba.

-Sí… -respondió la ex miembro de S.T.A.R.S. sin estar demasiado convencida. Volvió a guardar el teléfono y se dio la vuelta -. Debo irme. Ha sido todo un placer compartir cama con vosotros –y les guiñó un ojo mientras les tendía la mano.

-El placer ha sido nuestro –afirmó Kevin estrechándole la mano con una sonrisa. Se había puesto sólo la camisa -. No se encuentra todos los días una mujer como tú.

Jill no supo qué decir. ¿Le estaba tirando los tejos o estaba intentando ser amable? Fuera lo que fuese, no estaba tan mal. Se habían portado como auténticos caballeros, y eso era algo raro de ver en lugares como ése.

-Esperamos verte por aquí en otra ocasión –se despidió Paul dándole un apretón de manos -. Cuenta con nosotros.

La morena se limitó a sonreír. ¿Aún no se había ido y ya querían que volviera? Pues sí que les había hecho mella, y eso que llevaba bastante tiempo en el dique seco.

-No creo que venga por aquí en una temporada, la verdad. Todo dependerá del trabajo… -se colgó el bolso al hombro y se echó un mechón de pelos a un lado -. Hasta la vista, chicos.

La despidieron con la mano mientras salía por la puerta. Caminó con lentitud por el pasillo, oyendo de fondo música y gemidos por igual. Nunca lo había hecho con música… Podría ser interesante. Una buena canción cañera para entrar en calor… No estaría nada mal. Una de las puertas estaba completamente abierta, y eso significaba que los que estaban dentro invitaban a los demás a mirar o a participar en el juego.

Aunque ella ya tenía su cupo cubierto por ese día. Aunque… no perdía nada por echar un vistazo. Apoyó una mano en el quicio y asomó un poco la cabeza. La habitación casi en penumbras. Sólo había una débil luz roja al fondo que permitía ver algo más allá de tus propios pies. Había tres mujeres. Una de ellas estaba encajada en un hombre al que se follaba a un buen ritmo, otra besaba al hombre con posesión, y la restante se masturbaba mientras observaba el espectáculo.

¿Por qué a un hombre siempre le gustaba abarcar tanto? Ella con más de dos no participaba; las orgías no eran lo suyo. Había algo que le impedía moverse… No sabía si era ese ambiente cargado de erotismo o porque había algo que le llamaba la atención. La chica que follaba gritaba sin parar mientras se echaba hacia atrás buscando más profundidad.

Tenía el pelo bastante largo, negro, o eso le parecía. Era bastante difícil de apreciar. El chico le dio un tortazo en el culo. Miró hacia atrás, hacia la puerta. Y a Jill se le paró el corazón, se le heló el corazón. Tuvo que agarrarse con fuerza al quicio de la puerta para no caerse.

-¡Serás hija de puta!

Había cenado poco esa noche. El estómago lo tenía cerrado, y no había podido dejar de estar todo el día pegado al teléfono. El futuro de la B.S.A.A., y el suyo propio, estaba en juego. No entendía cómo habían podido llegar a esa situación, pero lo cierto era que el mundo se estaba desmoronando, y no podía hacer nada por evitarlo. Había decidido salir a dar una vuelta a pesar de que no estaba de ánimos.

No le había dicho nada a su hermana, ni siquiera a Jill, que también estaba bastante afectada. Toda su reputación, todo el buen hacer, se había ido a la mierda. Se detuvo en la puerta de un local al que todos iban en busca de sexo. Había de todo, pero a Chris sólo le interesaba compartir cama con una o dos mujeres. El portero se lo quedó mirando unos instantes y le hizo un gesto para que pasase.

Había bastante ambiente a pesar de que no era fin de semana. No iba a andarse con rodeos: buscaría a alguna chica con la que irse a un reservado y se la follaría hasta desfallecer; al menos así conseguiría quitarse de la cabeza los problemas, o eso pensaba. ¿Sexo como estimulante? No sonaba mal, aunque no sabía cómo podía afectarle su estado de ánimo.

Echó un rápido vistazo a la antesala. No tardaría demasiado en elegir; había cosas bastante interesantes. La mayoría de las mujeres iban acompañadas de algún hombre, así que todas esas estaban descartadas. Lo que le hacía falta era meterse en líos con algún novio celoso con ganas de marcha. A veces le sorprendía cómo las parejas consentían acostarse con otros, y no les importaba lo más mínimo.

Si él tuviera novia no permitiría que nadie más jugara con ella salvo él. Y él, por supuesto, haría lo mismo. Había dos chicas sentadas cerca de la barra charlando. Parecían estar solas. Una era rubia, con una melena bastante abundante y un vestido marrón algo holgado. Tenía unos ojos azules bastante cautivadores. Su amiga era pelirroja, con media melena, y una camisa azul y unos pantalones de cuero que le quedaban de infarto.

Chris dudó unos instantes. Podían ser una buena elección. No había más mujeres que estuvieran solas. Dio unos decididos pasos hacia la barra. Apoyó los brazos sobre la mesa, situándose cerca de la rubia. Le hizo un gesto a un camarero, que se acercó al instantes.

-Un Ballantine con coca cola, por favor… Y póngales a estas señoritas otra copa de lo que estén tomando –buscó su cartera en la chaqueta. La sacó y puso sobre la barra un par de billetes -. Invita la casa.

Las dos rieron girando su silla al mismo tiempo. Ahora que las observaba de cerca… no estaban tan mal. Iba a hacer todo lo posible por llevarlas a su terreno. Tenía poca práctica con las mujeres, pero sabía cómo ganárselas.

-¿A quién debemos el honor de esta invitación? –preguntó la rubia antes de apurar los últimos tragos de su bebida. Chris no supo distinguirla, pero era algo con limón.

-Podéis llamarme Chris… -se presentó en el momento en el que camarero aparecía con las bebidas. Las dejó sobre la barra y le dio el cambio -. ¿Y vosotras…?

-Yo me llamo Melanie –respondió la pelirroja con una sonrisa. El moreno cogió su copa y bebió. Estaba un poco fuerte, pero se podía beber. A veces los camareros se pasaban.

-Y yo Riley. Un placer –ambas cogieron sus bebidas y se las acercaron -. Por casualidad… ¿Eres Chris Redfield?

Ahora le tocaba a él sonreír. Allá por donde fuera, todo el mundo lo reconocía. No se sentía mal, pero llegaba un punto en el que se volvía algo agobiante. Desde el momento en el que habían destruido a Umbrella, no había un solo día en el que no se hablara de las actividades de la B.S.A.A. o le hicieron entrevistas. Ir a comprar o a cenar a veces se convertía en una auténtica tortura.

-El mismo… -soltaron un grito de sorpresa. Riley se llevó las manos a la boca -. Veo que os mantenéis muy bien informadas…

-A veces no hablan de otra cosa en la tele –le explicó Melanie antes de beber. Cogió la copa con la mano derecha y se quedó observándola unos instantes -. Si eres tan bueno como dicen… No me quiero imaginar en la cama…

Chris abrió los ojos como platos. ¿Realmente había oído bien? A veces le sorprendía lo directa que eran las mujeres con ciertos temas. Lo miraban con atención, con una mirada que indicaba que estaban preparadas para ir más allá de la cortina, donde estaban los reservados. Eso era exactamente lo que estaba buscando.

-Os lo puedo demostrar ahora mismo… si queréis… -les dijo con un tono misterioso dando otro sorbo a su Ballantine. Esa bebida… tenía un efecto placentero. Le hacía recordar muchas cosas, sobre todo buenas.

-Vamos –le indicó Riley levantándose de su asiento con la bebida en la mano. Melanie la siguió, y Chris tardó algo más en reaccionar. ¿De verdad había sido tan fácil convencerlas? ¿Estaban tan desesperadas como aparentaban? ¿O sólo buscaban echar un polvo con el famoso Chris Redfield?

Fuese cual fuese la opción… Le parecía bien. Él venía a echar el rato, a intentar quitarse de la cabeza toda la mierda que le estaba salpicando. Posiblemente mañana a esa hora estaría medio en la calle, y aunque sabía que debía estar haciendo todo lo posible por evitarlo, no estaba en su mano. Ahora todo dependía del director, de que consiguiera un benefactor que les asegurara fondos durante un tiempo.

Chris cruzó las cortinas, y una sensación excitante se adueñó de él. Detrás de esas puertas había gente entregándose al placer, al morbo… y él iba a convertirse en uno de ellos pronto. Siguió a las chicas, que se detuvieron frente a una sala que estaba abierta. La observó. Era una habitación bastante oscura. No se veía prácticamente nada a excepción de una luz roja que estaba situada en la pared de enfrente.

-Siempre he querido entrar en la sala de las tinieblas… -afirmó Melanie apoyando una mano contra la pared. El ex miembro de S.T.A.R.S. arqueó una ceja sorprendido. No tenía ni idea de qué las salas tuvieran nombres -. Eso de que te toquen o te follen sin ver lo que pasa… Es muy morboso.

Chris tragó con dificultad. Se estaba imaginando muchas cosas que podía hacer con ellas. Su amigo estaba empezando a responder al juego. Esas mujeres parecían saber lo que querían, y estaban dispuestas a cualquier cosa por entregarse a él.

-Entremos –dictaminó Chris notando que la boca se le estaba empezando a secar. Bebió de un trago casi la mitad de la copa y siguió a sus acompañantes.

Entrecerró un poco los ojos para acostumbrarse a la oscuridad. Consiguió ver una cama con unas esposas, una silla metálica y un potro de madera. Todo aquello le daba la sensación de estar en un lugar preparado para el sado… y a él esos juegos no le iban. Esperaba que no le fustigaran con un látigo ni nada parecido. Alguien lo cogió de la mano. No supo quién era, pero su contacto era bastante cálido.

-Ven… Vamos a tumbarnos en la cama… -murmuró Riley a su oído. Sentía un calor atroz. El pantalón le estaba empezando a apretar. Alguien le quitó la bebida de la mano. Imaginó que sería Melanie.

Logró ver la parte final de la cama. La cosa se estaba poniendo la mar de interesante por momentos. Riley lo soltó, y lo empujó. Chris cayó sobre la cama con la respiración agitada. Este juego estaba empezando a gustarle… y mucho. Oyó unos pasos a ambos lados. Las chicas se estaban acercando. Aunque no podía verlas podía sentir sus respiraciones.

Los muelles de la cama sonaban. Como decía el dicho, tres son multitud. Chris permaneció tumbado, esperando. Melanie tenía razón: era muy excitante saber que ibas a entrar en un juego pero no sabías exactamente qué iba a pasar. No podía ver casi nada. El reflejo rojizo iluminó por unos instantes el rostro de la rubia, que acercaba el suyo al de Chris. Éste no dudó un instante y la besó. Primero con besos cortos, y luego con lengua.

Notó que la otra mujer le quitaba el pantalón. Cerró los ojos disfrutando de esos besos con lengua que iban ganando intensidad. Siempre le gustaba tomar iniciativa en lo referente al sexo, pero hoy estaba siendo algo diferente, y lo cierto era que le gustaba. Tal vez debería dejar que las mujeres llevaran el peso del juego de vez en cuando; lo estaban sorprendiendo.

Los pantalones cayeron al suelo, y sintió cómo le bajaban los calzoncillos, dejando a su buen compañero completamente expuesto. Nunca le había fallado, y sabía que podía confiar en él siempre. Además, con esas dos fieras… era imposible resistirse.

-¿Pero qué tenemos aquí? –murmuró Riley desde los pies de la cama. El tío tenía una polla más que interesante. Se moría por chuparla -. Tengo un poco de hambre… ¿Me das algo de comer?

Y sin pensarlo, dio una embestida hacia delante e introdujo su pene en la poca de la rubia, que se quedó tan sorprendida que tardó unos instantes en reaccionar. Melanie se apartó un poco y empezó a quitarse el vestido oyendo los gemidos de Chris, que iban ganando intensidad. Sabía que a Riley le encantaba comer pollas; era su especialidad. El vestido cayó al suelo, se desabrochó el sujetador y se quitó el tanga.

Ya estaba completamente desnuda, completamente lista para jugar. Chris seguía gritando, y eso la excitaba aún más. Localizó el borde de la cama. Se sentó y tocó la camisa de Chris. Con lentitud empezó a subírsela hasta que se la quitó. Le tocó unos abdominales bastante marcados; se notaba que pasaba bastante tiempo en el gimnasio.

-Hemos dejado la puerta abierta por si alguien más quiere unirse… -murmuró la pelirroja al oído del moreno, que notaba que estaba llegando al clímax muy rápido. Lo que esa mujer estaba haciendo con la boca, cómo se la chupaba, cómo le lamía… -. ¿Qué te parece?

-Genial… -logró decir completamente fuera sí. Se incorporó un poco -. Para… No quiero correrme aún…

Riley se detuvo con una sonrisa. Sacó el pene de su boca dándole un lametazo de arriba abajo que hizo estremecerse por completo a su dueño. Melanie se sentó sobre el abdomen de Chris y acercó el centro de su deseo a la boca de ese hombre al que deseaba follarse esa noche. Su amiga empezó a desvestirse escuchando los gemidos de su amiga; le encantaba que le comieran el coño.

Vio en la puerta una figura que los observaba. Por su tamaño parecía una mujer. Tal vez era hora de que sacara un preservativo de la máquina que estaba al lado del baño. Con suerte una de las dos se lo follaría, aunque estaba segura que ese buen espécimen haría todo lo posible por contentarlas a las dos. Era una suerte que la luz roja estuviera cerca del baño. Los gritos de Melanie era cada vez más fuertes; estaba segura de que pronto se correría.

Sacó de la máquina un preservativo de la máquina y se giró viendo que la figura que estaba antes en la puerta había entrado en la sala. Definitivamente era una mujer, y por lo poco que podía ver era bastante atractiva: morena, de piel algo oscura y con unos rasgos muy finos. Su mirada estaba fija en la cama, donde Melanie se arqueaba teniendo un orgasmo en la boca de Chris.

-¿Quieres participar? –le preguntó a la extraña acercándose más a ella. La aludida la miró por primera vez. Sonrió y asintió. Riley le devolvió el gesto -. Melanie, trae a nuestro querido hombre aquí. Hay alguien más que quiere unirse a la fiesta.

Melanie se levantó con lentitud del cuerpo de Chris y lo apoyó a levantarse. Su erección estaba en ese momento en máximo apogeo; no creía que fuera a aguantar mucho más. La pelirroja lo guió hasta el centro de la sala, donde estaba la silla. Las otras dos mujeres estaban por allí; sentía curiosidad por ver a la nueva inquilina. Si era tan morbosa como las otras dos el placer estaba garantizado.

-Ven… siéntate aquí –le indicó Riley señalándole la silla. Chris podía verla muy nítidamente, pero logró localizarla sin problemas. Se sentó. La oscuridad era prácticamente total en aquella zona; apenas podía ver sus manos. Alguien se acercó a su izquierda y le puso una mano en el hombro -. ¿Qué quieres hacer ahora con nosotras?

Chris lo pensó unos instantes. Estaba tan caliente que cualquier cosa que le propusieran le parecía bien. Ahora le estaban dejando llevar el control de la situación, tal y como a él le gustaba; por algo era uno de los líderes de la B.S.A.A.

-Quiero que una de vosotras me folle, otra me bese y la última se masturbe mientras nos observa –dictaminó sintiéndose más y más excitado conforme pasaban los segundos.

-Hecho –respondió Melanie acercando su boca a la de él -. Voy a comerme todos tus gemidos.

Alguien le colocó un preservativo. Logró ver a Riley situarse delante de ellos abriéndose los labios vaginales para introducirse tres dedos. Así que la nueva era la que iba a encargarse de montarlo… Sonaba más que interesante. Jugó con los labios de Melanie con posesión mientras sentía que la otra mujer se sentaba a horcajadas sobre él. Guió su miembro hacia la entrada de su vagina, y entró sin problemas.

Chris gimió de placer; era una sensación realmente reconfortante. Riley seguía besándolo, y no le permitía ver absolutamente nada de lo que pasaba. Melanie empezó a masturbarse a buen ritmo viendo cómo la invitaba empezaba a cabalgar en las piernas del moreno a una velocidad frenética. Los gemidos de Chris eran amortiguados por los besos de la rubia.

La extraña se sentía victoriosa botando en las piernas de un hombre que no le estaba decepcionando en absoluto, tal y como había esperado. Su polla era muy apetecible, y le estaba dando un placer sin igual. Aumentó aún más el ritmo sin poder creerse la suerte que estaba teniendo esa noche; ni mucho menos había esperado ese guión… Se echó hacia atrás buscando aún más profundidad, a lo que Chris respondió con una embestida seca, imponente.

Sonrió mientras gritaba fuerte, gustosa, sintiéndose la reina del mundo. Echó la cabeza hacia atrás. Vio que alguien los observaba desde la puerta. Más espectadores. Pero Chris iba a correrse para ella; no iba a permitir que nadie más lo hiciera.

-¡Serás hija de puta! –se detuvo en seco al oír ese tono de voz tan enfadado. El resto de la sala se quedó en silencio.

Riley se separó lentamente de la boca de Chris, cuyo corazón empezó a latir más fuerte. Había reconocido esa voz.

La sangre le hervía. ¿Cómo se atrevía…? No podía dejarla escapar. Era la oportunidad perfecta para capturarla y hacerla cantar.

-No des ni un paso o disparo –le advirtió moviendo su mano con lentitud hacia la cremallera del bolso. Dentro estaba su pistola, la que siempre llevaba encima para casos de emergencia. Se podía cortar la tensión con un cuchillo. Todo lo que estaba viendo… era tan surrealista.

De pronto, la sospechosa empezó a correr hacia ella. No iba a darle tiempo de sacar su arma. Intentó bloquear la salida, pero venía a tal velocidad que consiguió desplazarla, golpeándola contra la pared. No tenía tiempo que perder. La mujer, que iba completamente desnuda, se dirigía hacia el fondo del pasillo, donde había una sala de emergencia. Jill echó a correr temiendo que se le escapara; no era la primera vez que esa rata escurridiza se salía con la suya.

La puerta de emergencia se abrió, y sonó una alarma. La ex miembro de S.T.A.R.S. llegó poco después patinando. En el exterior hacia una temperatura bastante agradable aunque sin llegar a ser calurosa. Las farolas de ese callejón trasero no iluminaban gran cosa. No estaba por allí. Siguió corriendo en línea recta hasta llegar a la calle principal. La sospechosa podía haber tomado tres caminos.

-Joder… -murmuró echando un vistazo de un lado a otro. No había nadie desnudo corriendo por la calle, ni nadie que se le pareciera. Lo había vuelto a hacer.

Y la realidad se le cayó como un cubo de agua fría por primera vez. ¿Qué hacía Chris con ella? Sintió una sensación de pérdida, de traición, de algo inexplicable… ¿Cómo iba a volver a mirarlo a cara después… de lo que había visto? Su respiración se estaba volviendo más agitada conforme pasaban los segundos. Tenía que largarse cuanto antes de allí.

Volvió sus pasos hacia el local, donde un par de guardaespaldas y un tipo trajeado miraban en su dirección. Jill sacó de su bolso su identificación y se la enseñó.

-Jill Valentine. B.S.A.A. Norteamérica. Había una mujer sospechosa en un local, acusada de diversos ataques bioterroristas –guardó silencio unos instantes. ¿Había algo que pudiera hacer para descubrir los planes de esa zorra? -. Necesito registrar la sala donde la he encontrado. Sólo por seguridad.

El dueño del local la miraba ceñudo, como si no entendiera absolutamente nada de lo que había ocurrido. Jill estaba empezando a perder paciencia: lo último que quería era encontrarse con Chris, pero necesitaba ver si entre las pertenencias de esa malnacida había algo que les pudiera ser de utilidad.

-Adelante –le indicó el tipo echándose a un lado y haciendo un gesto a los guardaespaldas para que se apartaran de la puerta.

-Debería mandar a la gente a casa –le aconsejó Jill antes de cruzar el umbral de la puerta -. No creo que haya más diversión por hoy…

Lo primero que vio nada más poner un pie en el pasillo fue a Kevin y a Paul asomados desde la sala donde los tres habían compartido esos morbosos momentos. Se la quedaron mirando boquiabiertos mientras pasaba por su lado. Jill intentó relajarse, pero no podía… Sentía una enormes ganas de llorar, y sabía que debía aguantar; no podía permitírselo ahora.

Chris salió disparado hacia el pasillo abrochándose los botones del pantalón. Iba sin camiseta, y estaba completamente despeinado. Tenía marcas de pintalabios por toda la cara; en otras circunstancias hubiera resultado hasta un espectáculo bastante cómico, pero no estaba la cosa para bromas precisamente.

-Jill… -logró decir con la boca seca y sintiéndose tan culpable como nunca antes. Aún seguía sin entender qué demonios había pasado.

-Apártate –le soltó con frialdad dándole un empujón -. No me hables.

Chris se quedó boquiabierto. ¿Qué había hecho? ¿Por qué se había dejado llevar de aquella manera? Jill entró en la habitación con el rostro serio y los dientes apretados. Las chicas seguían por allí. Ya estaban completamente vestidas. Se la quedaron mirando, pero Jill ni les prestó atención. Era una suerte que ahora la habitación estuviera completamente iluminada.

En el centro había una silla donde su querido amigo había estado gozando de lo lindo, y por el suelo había ropa tirada, y por su aspecto era de mujer. Cogió una camisa rosa que apartó tirándola a un lado. También había unas botas negras, un tanga del mismo color y unos pantalones vaqueros. Oyó unos pasos a su espalda, e imaginó quién estaba detrás.

Metió la mano en los bolsillos del pantalón, y en el derecho encontró un teléfono y una cartera. En otras circunstancias se hubiera sentido muy orgullosa con el hallazgo… pero el dolor era más fuerte. Intentó acceder al teléfono, pero tal y como imaginaba, estaba bloqueado. Lo llevaría a la central para que intentaran desbloquearlo; estaba convencida de que allí habría muchos contactos y mensajes interesantes.

Abrió la cartera y encontró varias tarjetas, algunas de ellas de crédito, y un papel con unos números: 40 45 111 53. Frunció el ceño. A saber qué significaba aquello. La mente de los terroristas funcionaba de una forma extraña. La había pillado con las manos en la masa, y era hora de empezar a descubrir el pastel. Se giró… y se chocó con Chris. Su mirada era de auténtico pánico.

-Jill… -volvió a repetir su nombre con la voz quebrada.

-No me hables… -le espetó intentando encontrar una forma de salir de allí. Las chicas no perdían detalle, y miraban con curiosidad la escena -. ¿Y vosotras no tenéis nada mejor que hacer? ¡Largo!

Parecieron entender que no estaba de humor para llevarle la contraria, y salieron rápidamente de la habitación. Chris la agarró del brazo, y Jill se soltó con violencia. Su respiración se volvía más agitada conforme pasaban los segundos.

-Espero que tengas una buena excusa para explicarme lo que he visto… -las lágrimas estaban cada vez más próximas a pesar de que sabía que tenía que ser fuerte.

-¿Qué… hacías aquí? –fue lo único que se le ocurrió decir. Seguía tan sorprendido que era incapaz de reaccionar.

-No Chris, ésa no es la pregunta… -guardó silencio unos instantes apretando los puños. La rabia fluía cada vez con más intensidad -. ¿Qué coño hacías con Jessica? ¡Explícate!

El moreno dio unos pasos atrás, avergonzado. ¿Cómo había sido tan estúpido? ¿Cómo había podido caer en ese juego? Jill tenía el rostro encendido; pocas veces la había visto enfadada, aunque tenía motivos. No sabía cómo explicarse, cómo decirle que todo había sido un maldito error.

-Yo… -empezó su relato de forma dubitativa, sin apartar la mirada -. Estaba muy oscuro… -Jill arqueó una ceja. Vale, era una excusa pobre… pero era la verdad -. Tendría que haberme asegurado de que todo estaba en orden…

-Yo no me iría con cualquiera, desde luego… -unas lágrimas se le escaparon. No podía más -. ¿Por qué Chris…?

-¿Crees que quería irme con ella, sin más?

-No, pero lo has hecho… -se enjuagó las lágrimas con la palma de la mano. Chris se acercó un poco. Sentía unas enormes ganas de abrazarla… a pesar de que sabía que no sería buena idea. La morena se colocó bien el bolso y volvió a mirarlo -. Espero que al menos el polvo haya sido de cojones… Yo me voy a casa, y tú deberías hacer lo mismo.

Chris intentó interponerse en su camino, pero Jill lo apartó chocando su hombro contra su brazo. La observó alejarse. Sabía que continuaba llorando. Se quedó parado. Tenía que hacer algo. Sentía en cierto modo que la había fallado. ¿Cómo podía haber sido tan estúpido? ¿Cómo había perdido la cabeza de esa forma por un maldito polvo? Salió corriendo al pasillo.

-¡Jill, espera! –gritó viéndola desaparecer por la cortina. Se quedó allí plantando observando cómo se alejaba sin mirar atrás. Y desde ese momento sabía que la había perdido, quizá para siempre.


Chris, hijo mío, ¿tú eres tonto o eres tonto? Si es que no se puede pensar siempre con lo de abajo, que después te pillan las personas que menos quieres que te vean!

Xaori: Estoy de acuerdo contigo, y más teniendo en cuenta las oscuras intenciones de Neil (cabronazo xD). Y sí, entre él y Jessica se puede sentir la tensión que hay entre los dos... ¿Habrá algún encontronazo? ¿Quién sabe...? Este capítulo imagino que no te ha dejado indiferente :D Espero que la situación en Cataluña no te esté afectando demasiado.

Stardust4: muchas gracias por tu apoyo, de verdad ^^ Leon y los demás están cogidos por todos lados, y cada vez parece que van a tener más que complicado salir adelante... Pero bueno, siempre hay esperanza.

Esto es todo por hoy, que no es poco. En el próximo capítulo Leon y Claire intentarán identificar a la persona que accedió a la Casa Blanca, mientras alguien muy especial entrará en escena. Tendremos que esperar algo más para ese encuentro Chris-Jill, que va a ser de todo menos emotivo xD