¡Hola a todos! ¿Cómo lo lleváis? De verdad, no sabéis cuánto agradezco el apoyo que me ofrecéis semanalmente; sin vosotros esto no sería posible. Este capítulo, nuevamente, trae muchas cosas interesantes. ¡Estad muy atentos!
Umbrella había dejado un legado muy importante, demasiado… y todo estaba en sus manos. Spencer había conseguido mantener oculto el secreto mucho tiempo, pero como todo buen secreto, tarde o temprano acabaría por ver la luz. Había sido un auténtico regalo; sólo les había faltado ponerle un lacito y una alfombra roja para recoger tan preciado regalo.
La corporación había dejado de existir, por supuesto, pero seguía viva en cierto modo. Con todos sus datos era como si sus recursos hubieran pasado a él y, por tanto, se podía considerar como el nuevo dueño del mundo, un mundo que empezaría a ver la luz tarde o temprano. Todo proceso llevaba su tiempo, y sabía que lo tenía todo en las manos para triunfar.
En los últimos días se había dedicado principalmente a probar sus nuevas creaciones. Había encontrado gente interesada en sus productos, y no había perdido el tiempo. Aunque sentía curiosidad por ese nuevo virus: su T-Veronica X estaba funcionando a la perfección; había encontrado el modo de convertir el virus en un arma leal, potente, y que actuaba según sus órdenes.
Sonrió caminando hacia la puerta que comunicaba con la sala frigorífica. Alexia había hecho un grandísimo trabajo después de todo, e iba a asegurarse de que su contribución no quedara en el olvido. Su cuerpo había sido un bien muy preciado, pero ya tenía lo que buscaba. Tecleó el código secreto en el panel y las puertas se abrieron. La sala estaba a menos diez grados, la temperatura perfecta para que el virus estuviera siempre en un estado de control.
Había estado casi un año enfrascado en diversas lecturas, examinando los apuntes de Alexia en busca de algo que permitiera hacer del virus una fuente potente de ingresos y de control. Sabía que la desaparecida científica había estado criogenizada quince años para adaptar el virus a su cuerpo. Los resultados habían sido sencillamente increíbles, aunque finalmente el T-Veronica se hacía por completo con la voluntad de su huésped.
También se había dado un caso parecido en Sudamérica. Un narco de la zona había estado utilizando regularmente el mismo virus para ayudar a su hija a curarse de una enfermedad que contraían la mayoría de las mujeres de la zona. Al principio tuvo sus dudas, porque estaba convencido de que la chica acabaría cediendo tal y como lo hizo Alexia.
Sin embargo, poco antes de la entrega, descubrió que si los órganos de la joven eran trasplantados con regularidad había una posibilidad de que no sufriera ningún cambio. Lo último que había oído era que la chica estaba protegida por el Gobierno de los Estados Unidos, y que no había experimentado ninguna clase de cambio. ¿Conseguiría esa versión mejorada paliar los problemas de su hermana mayor y convertirse en el futuro?
El armario donde estaban las muestras estaba completamente sellado. Hacía falta su huella dactilar para poder acceder a alguna de ellas, y no estaba dispuesto a permitir que absolutamente nadie les pusiera una mano encima. Volvió a sonreír. Esperaba una visita tarde o temprano, aunque posiblemente sus huéspedes estarían muy ocupados arreglando otros asuntos.
Tenía un as en la manga. Siempre lo tenía. Le gustaba estar solo, pero nunca venía mal una ayuda para conseguir los objetivos. Además, la compensación económica era más que jugosa. Gracias a Umbrella le salía dinero hasta por los ojos; si es que muy en el fondo tenía que estarles agradecido por todo lo que le habían dado.
La temperatura a la que reposaban las cápsulas era óptima, así que pasó de largo. Observó los monitores. Había cámaras por toda la instalación, y no era para menos: lo que había allí era su legado más preciado, una muestra de que con paciencia y perseverancia se lograban los objetivos. Todas las habitaciones y los pasillos estaban en silencio.
Él era el único ser viviente. Rio. Bueno… eso era una verdad a medias. Pasó de largo y se detuvo junto a una cápsula de cristal donde había un joven en estado de reposo. Tenía los ojos cerrados; le había inducido al coma para comprobar cómo el virus se iba adaptando al organismo en estado de inconsciencia. Sabía que el virus reaccionaba bien a bajas temperaturas, ¿y si la clave era la adaptación a un cuerpo que estuviera en estado de inconsciencia?
Mientras estamos despiertos, todos nuestros sentidos generan cientos de impulsos que se envían cada segundo a diferentes partes: todo se basa en órdenes. Levantar una mano, caminar, hablar… ¿Y si el virus toma el control sin que haya nadie que impida su proceso? Umbrella siempre lo había probado en sujetos vivos, con plena consciencia y sin una pauta fija. Y así habían acabado: zombies deambulando por las calles, armas biológicas de dudoso valor…
Él iba a ser la nueva revolución, la guía del nuevo mundo. No le hacía falta nada más. Puso una mano sobre el cristal observando detenidamente al joven que yacía en el interior del tubo. Era bastante joven: no debía tener más de veintitrés años. Estaba completamente desnudo, con el pelo algo alborotado. Todas sus constantes vitales eran perfectas: el T-Veronica X prometía ser algo muy grande… y todo gracias a él. Había sido un banco de recursos excelente.
-Tú y yo tenemos un trato pendiente –dijo sin dejar de observar a ese espécimen que tan buenos resultados iba a darle; estaba totalmente convencido -. Me ayudarás a gobernar el mundo, aunque aún es un poco pronto para eso… Todo a su debido tiempo. Mientras tanto… Descansa. Pronto, muy pronto recibirás órdenes, y las obedecerás porque soy tu creador…
El joven seguía sin reaccionar, no hasta que diera la autorización. Estaba deseando ponerlo a prueba, pero sabía que no debía precipitarse. Todo proceso llevaba su tiempo, y de momento el suyo no había llegado. Era hora de realizar una llamada para ver cómo iban los progresos. Se avecinaba un día muy pero que muy interesante.
Habían optado por coger un vuelo comercial. Pedir a la B.S.A.A. un helicóptero habría levantado las sospechas, y si querían pasar desapercibidos no convenía mostrar sus cartas tan pronto. Chris, gracias a su puesto, no había tenido ningún problema en pasar las armas por los controles. Era una suerte, porque a Claire no le apetecía nada ponerse a buscar armerías que les vendieran algo en condiciones.
Salieron del aeropuerto en busca de un taxi que los llevara hacia un lugar más tranquilo, donde pudieran examinar un mapa con detenimiento. En los informes que habían rescatado del departamento de policía no aparecía la localización exacta del edificio, pero se describía la zona a la perfección. Quizá eso les diera una buena pista por la que empezar a investigar.
Chris golpeó la parte superior de un taxi blanco que estaba aparcado a pocos metros de la entrada. El conductor estaba charlando con otro en la parte delantera. Al verlos echo una rápida y se apartó del capó despidiéndose de su colega. Chris abrió la puerta y dejó que su hermana entrara en primer lugar. Dejó la bolsa entre los dos y accedió al interior cerrando la puerta con suavidad.
-Al Grant Park, por favor –le indicó el moreno echándose hacia atrás en su asiento.
El chófer puso el vehículo en marcha y se introdujo en el tráfico. Chris suspiró mirando al frente. Había estado bastante callado durante todo el vuelo, aunque no era para menos: tenía demasiadas cosas en las que pensar. Pero lo que más le había sorprendido era la decisión de Jill de no acompañarlo: pocas operaciones habían hecho sin ayudarse, y la verdad era que se sentía bastante raro.
Aunque quizá fuera lo mejor; si ponía algo de terreno entre los dos quizá las cosas se calmaran y pudieran arreglarlo. Lo extraño era que Claire no había hecho ningún comentario al respecto, y conociéndola sabía que se moría por interrogarle. Aunque parecía que no estaba dispuesta a abrir la boca si él no decía nada, y en parte se lo agradecía. Quizá ya había interrogado a Jill y conocía la versión de los hechos, aunque no le pegaba una versión de Jill chivata.
En poco más de quince minutos el taxista se detuvo en una zona reservada para los taxis. Se le había hecho el trayecto bastante corto a decir verdad. Sacó su cartera en el momento en el que vio que su hermana se le adelantaba.
-Ni hablar –protestó al ver sus intenciones.
-¿Cuánto es? –le preguntó Claire al hombre sin hacer caso de los gestos de su hermano.
-Ocho dólares con treinta centavos.
Claire le entregó un billete y esperó el cambio mientras Chris salía al exterior con la bolsa. Echó un rápido vistazo a los alrededores. Todo parecía bastante tranquilo a simple vista. Era un buen lugar para trazar el plan antes de entrar en acción. La pelirroja salió del vehículo y éste se perdió entre el tráfico poco después. Se situó junto a su hermano echando un rápido al lugar.
-La próxima pago yo –le dijo Chris acomodándose la bolsa -. ¿Qué te parece?
-Parece un sitio tranquilo, con muchas familias que no creo que presten mucha atención a mi querido hermano que va cargando con una bolsa que debe pesar bastante.
La broma consiguió hacerles sonreír. Se pusieron en marcha buscando un lugar en el que pudieran hablar sin levantar demasiadas sospechas. La B.S.A.A. no tenía operativos en la ciudad, y eso era un alivio en gran parte. Pero eso no quería decir que estuvieran completamente exentos. La mayoría de las zonas de hierba estaban ocupadas por familias que hacían picnics o jugaban con los más pequeños. Esas zonas estaban completamente descartadas.
Siguieron caminando cerca de cinco minutos más hasta que dieron con un banco que era perfecto: era de madera. Estaba bajo un roble cuyas ramas estaban bastante caídas, motivo por el que posiblemente nadie se acercaba. Claire le hizo una seña a Chris, y éste, al ver lo que se proponía, asintió. Echaron un vistazo comprobando que nadie les prestaba atención. No habían tenido tiempo ni de comprobar las armas, y eso era algo muy importante que debían hacer.
-Necesitaríamos un lugar sin espectadores para comprobar el equipo –advirtió Chris dejando la bolsa en el suelo, sobre sus pies. Claire y Jill apenas habían tenido más de un minutos para colgar dos bolsas deportivas con armas y munición suficientes para aguantar un buen asalto.
-¿Tan poco confías en Jill y en mí? –volvió a bromear Claire arqueando una ceja -. Aunque tuvimos que darnos mucha prisa, nos dio tiempo a comprobar la mayoría, y todo parecía estar en orden.
-Bueno, nunca viene mal una tercera opinión… -murmuró el mayor de los Redfield abriendo la bolsa. Claire se dedicó a observar los alrededores. La gente paseaba y apenas se fijaban en ellos.
Chris sacó un mapa que estaba perfectamente doblado por la mitad. Lo había cogido nada más cruzar los sistemas de seguridad. Con él tendrían una visión general de la ciudad… y la ubicación más o menos exacta de la antigua base de Chicago. Era curioso, pero en los informes también se mencionaba que Lansdale realizaba muchos viajes a Salt Lake City por motivos de luz. Chris se apostaba una mano a que allí también tenía algo escondido.
Abrió el mapa y lo dejó plegado sobre sus rodillas.
-¿Tienes algún bolígrafo o rotulador? –le preguntó a Chris sin apartar la mirada de las numerosas calles que se cruzaban. Localizó rápidamente el parque donde estaban y puso un dedo encima para no perder la referencia.
-Un segundo… -Claire abrió su bolso y empezó a buscar entre sus pertenencias. Recordaba llevar siempre encima un bolígrafo; ojalá no se hubiera dejado en lo alto de la mesa ni nada por el estilo. Palpó con la yema de los dedos un objeto rectangular con un capuchón. Lo sacó y se lo entregó a su hermano -. Aquí tienes.
El ex miembro de S.T.A.R.S. dibujó un círculo que rodeaba toda la zona del parque.
-Nosotros estamos aquí –le explicó a la pelirroja observándola unos instantes. Se sentía raro dándole órdenes a decir verdad -. Y según los informes, la base de Lansdale estaba en la zona industrial, cerca del puerto. Ayúdame a buscar la zona…
Claire se inclinó un poco más para observar de cerca el plano. Chicago era una ciudad bastante grande, aunque afortunadamente no tanto como Nueva York. Había cientos de calles que se cruzaban, edificios emblemáticos como el Ayuntamiento, pero ni rastro de la zona industrial.
-Aquí está el puerto –señaló Chris poniendo un dedo sobre una zona que estaba al norte. Hizo de nuevo un círculo que rodeaba toda la zona portuaria -. Nuestra búsqueda debería no extenderse más allá de un radio de tres o cuatro kilómetros a lo sumo… Por la descripción del informe, es un edificio abandonado, así que no creo que nos cueste mucho identificarlo…
-¿Cómo vamos a llegar hasta allí? –preguntó Claire sin apartar la mirada del mapa -. No parece estar demasiado cerca.
-Cogeremos el transporte público, el metro, el autobús, lo primero que pillemos… -dobló el mapa y volvió a guardarlo en la bolsa. Tenían que ponerse en marcha cuanto antes; el tiempo era muy valioso, demasiado. Esperaba que Leon y Jill estuvieran también tras una pista buena -. Vayamos a comprobar las armas.
-¿Y dónde se supone que vamos a hacerlo?
-En el servicio –respondió su hermano caminando a mayor ritmo. Claire tuvo que hacer un pequeño esfuerzo para situarse a su lado -. Allí nadie nos verá. Te daré unas cuantas cuando lleguemos a la puerta…
-No creo que conozca a un hermano tan loco como tú…
Chris sonrió. En tiempos desesperados había que tomar medidas desesperadas, o eso decía el dicho. Si no recordaba mal los servicios estaban a la entrada del parque, lo cual dificultaría un poco la labor. Era donde más gente había, y si los veían pasarse armas no dudarían en avisar a algún policía. Tenía que estudiar muy bien la zona. Alzó un brazo y detuvo a Claire.
-Un momento… -murmuró echando un rápido vistazo a la zona. La gente paseaba de un lado a otro distraída, pero eso no quería decir que no les prestaran atención en algún momento. No había ningún árbol para cubrirse, ni siquiera un banco, y para colmo había un poli en la entrada que estaba constantemente alerta -. Vamos a tener que buscar otro lugar… No parece seguro.
-Entra tú –le ordenó la pelirroja comprobando que Chris tenía razón; no había nada que pudiera cubrirlos -. Yo me quedo vigilando… Ten cuidado, ¿vale?
Chris asintió y se encaminó hacia los baños. Abrió la puerta metálica sintiéndose más aliviado al comprobar que no había absolutamente nadie, y lo mejor era que había cabinas. Por tanto, no había nadie que pudiera ver lo que estaba haciendo. Abrió una de las puertas y dejó la bolsa en el suelo antes de cerrarla. Era una suerte que todo estuviera bastante limpio también.
Se sentó sobre la tapa del váter y suspiró. Se quedó contemplando la bolsa pensando por primera vez en los riesgos que estaban tomando; sabía que estaban haciendo lo correcto, que si esa operación llegaba a oídos de los otros fundadores no lo aprobarían. ¿Merecía la pena arriesgar sus vidas sabiendo que luego se limpiarían las manos si algo pasaba? ¡Qué estaba poniendo en peligro a su hermana, por el amor de Dios!
Aún no se creía que estuvieran allí persiguiendo a esos fantasmas que tanto le habían atormentado en las últimas semanas. Tenía que buscar una salida en caso de que fracasaran; Jill y Leon estaban muy lejos. Cogió su teléfono y se quedó observando la pantalla tomando una decisión. O'Brian estaba descartado. Lo más seguro era que su línea estuviera intervenida por la B.S.A.A.
Si había algo a lo que se había opuesto era a que sus líneas de teléfono estuvieran intervenidas cuando hablaban entre los fundadores. Cada conversación que mantuvieran vía telefónica quedaba registrada en la base de datos durante al menos un año por si tenían que ser analizadas. El resto pensaba que era algo necesario, pero Chris siempre había estado en contra. No respetaba la intimidad, y siempre tenían que estar midiendo el tono de sus palabras.
¿Quién podría ser esa persona en la que depositar todas sus esperanzas? Y entonces, se le ocurrió. Buscó en su agenda de contacto hasta que la encontró. Pulsó el botón de llamada y suspiró. Esperaba que le cogiera la llamada, porque no creía que tuviera más oportunidades de poder contactar de nuevo. Sonaron cinco o seis tonos, y saltó el buzón de voz.
-Mierda… -susurró dándole con el puño en la frente. La última opción era dejarle un mensaje -. Hola Barry. Sé que últimamente no hemos podido vernos mucho, pero tengo mis motivos: la B.S.A.A. está metida en grandes problemas, y estoy intentando arreglarlos… Te mando este mensaje porque estoy inmerso en una operación de la que la organización no tiene constancia. Hace un mes Jill y yo te propusimos como consejero, y aún no nos ha llegado la autorización, y es por eso por lo que me pongo en contacto contigo. Nadie, a excepción de Claire, Leon y Jill, saben que estamos actuando por nuestra cuenta –se detuvo unos instantes. Menos mal que a nadie se le estaba ocurriendo echar una meada -. Claire y yo estamos en Chicago tras una pista, y Leon y Jill en Salt Lake City. Si nos ocurriera algo… por favor… llega hasta el final y limpia el nombre de la B.S.A.A.
Apagó el teléfono. Estaba seguro de que, en cuanto no diera señales de vida, la B.S.A.A. se podría como loca a buscarlo. Dejar el teléfono inoperativo era esencial para que tardaran el máximo tiempo posible en dar con él… Si es que lo hacían. Bien, era hora de ponerse a trabajar. Abrió la bolsa y decidió empezar con los cargadores. No había nada como volver al campo de batalla.
Ideas confusas, sangre. Todo se arremolinaba en su mente. Era una sensación extraña, como si una parte de sí mismo lo hubiera abandonado. Era, en cierto modo, como si estuviera obligado a servir a alguien. Parpadeó un poco intentando acostumbrarse a ese nuevo cambio. Estaba tumbado sobre una camilla, semidesnudo y con un gotero puesto en el brazo derecho.
¿Qué le había pasado? ¿Dónde estaba? Lo último que recordaba era una abundante melena rubia, y alguien que no paraba de reírse. Sentía dolor, un dolor que nunca antes había experimentado y que le abrasaba las entrañas. Intentó levantar un poco la cabeza, pero se encontraba muy débil, tanto que ni siquiera fue capaz de incorporarse unos centímetros.
Notaba el cuerpo mojado, como si le hubiera dado un baño. Tenía bastante frío, y no parecía haber nada allí con lo que poder taparse. Intentó hablar, pero no consiguió emitir ningún sonido. Se llevó las manos al cuello de forma violenta. ¿Por qué no podía hablar? Tenía un montón de cables pegados por todo el cuerpo, y un monitor que capturaba todos sus movimientos.
¿Estaban haciendo un experimento con él? Le dolía la cabeza, estaba muy confuso y no tenía ni idea de qué hacer. Dio un tirón de la máquina, pero ésta no se movió. Volvió a insistir, esta vez con más fuerza, y logró soltar algunos. Gritó de rabia. Se llevó las manos a la cabeza; el dolor era cada vez más insoportable. ¿Qué le estaba pasando? El cuerpo le ardía.
Se desplazó hacia la derecha, y cayó al suelo causando un gran estruendo: la camilla se desplazó varios centímetros hacia delante, el aparato empezó a emitir unos pitidos bastante estridentes y se había dado un golpe bastante fuerte en el hombro. Se quedó tumbado bocabajo con la respiración agitada y bastante dolorido. Estiró el brazo para cogerse a la pata de la camilla, pero estaba bastante lejos.
Hizo un gran esfuerzo para reptar. Consiguió agarrarse a la barra metálica; estaba muy fría, casi como su cuerpo. Empezó a temblar, tanto que se resbaló. Apretó los dientes y volvió a cogerse con más firmeza. Tiritaba mientras se incorporaba con lentitud, observando todo cuanto lo rodeaba. La sala se parecía a un quirófano: una gran luz fluorescente le daba directamente en la cara, y había un par de armarios llenos con material.
Cogió grandes bocanadas de aire por la boca. El dolor se había convertido en algo más pasajero, y aunque seguía teniendo mucho frío, algo en su interior ardía como el fuego. Se quedó apoyado contra la camilla barajando sus opciones: no parecía haber nadie que pudiera ayudarle. Estaba algo mareado, por lo que se apoyó con más decisión sobre la camilla.
Pero no lo suficiente. Las piernas le fallaron y cayó al suelo tirando una lámpara que le dio en la cabeza. Gritó y volvió a llevarse las manos a la cabeza cubriéndose el resto. La puerta que daba acceso a la sala se abrió, y a través de los huecos que quedaban entre sus dedos consiguió ver unas botas negras que se acercaban. ¿Había venido alguien a ayudarlo? Esperaba que así fuera, porque estaba hecho un completo lío.
Se apartó con lentitud las manos del rostro, pensando que quien quiera que estuviera allí no era una amenaza. De lo contrario, ya lo habría matado. Matar… Esa palabra tenía un efecto bastante placentero en él. Algo despertó en su subconsciente, como si de pronto hubiera visto la luz al final del túnel. La persona de las botas se arrodilló junto a él, situándose bastante cerca.
Era un tipo rubio que llevaba unas gafas de sol. Iba vestido completamente de negro. Algo en su sonrisa no le daba buena espina, aunque quizá fuera su salvador a fin de cuentas. Levantó la mirada para encontrarse con ese sonriente rostro que no dejaba de observarle. Se sentía como un mono de feria. Intentó decir algo, preguntar dónde estaba o qué hacía allí. Lo único que sabía era su nombre, aunque tampoco estaba muy seguro de ello.
-Tranquilo… Tómatelo con calma… -le dijo el tipo con una voz bastante autoritaria y que parecía indicar que con él no se jugaba -. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que estuviste consciente… Cerca de seis años.
¿Seis años? ¿Había estado seis años en coma o algo parecido? Esa noticia lo había pillado completamente por sorpresa. ¿Y qué pasaba con su familia? Su padre y su madre estarían muy preocupados por él. Y entonces, lo recordó: mamá estaba muerta. La habían asesinado, y papá estaba prisionero, y también había muerto. ¿Qué había ocurrido entonces en esos seis años? Tenía tantas preguntas por hacer…
Se quedó mirando al tipo intentando expresar alguna palabra, pero era incapaz de decir nada. ¿Qué diablos le pasaba? Una bolsa negra cayó a su lado. La observó con curiosidad.
-Dentro tienes algo de ropa –le explicó el extraño incorporándose. Se metió las manos en los bolsillos del pantalón -. Vístete, porque tenemos mucho trabajo por delante. A partir de ahora, sólo me obedecerás a mí. Me perteneces. Tengo el derecho a decidir sobre ti, ¿entendido?
-Sí, señor –y pronunció esas palabras con un tono gélido, como si otro lo hubiera hecho por él. Se llevó las manos a la boca sorprendido. ¡Había hablado! ¿Podría hacerlo a partir de ahora? Volvió a intentarlo, pero sólo emitió unos suaves gruñidos ininteligibles. ¿Es que sólo podía responder cuando ese tipo le hablaba?
-Cuando hayas terminado aquí reúnete conmigo en la sala de al lado –caminó hacia la puerta y la dejó abierta, pero no se marchó. Volvió a mirar hacia atrás -. El mundo nos está dando una oportunidad de ser sus dueños, y tú me vas a ayudar a conseguirlo.
Y se marchó en silencio cerrando la puerta. El otro se quedó observándola pensativo, sin entender absolutamente nada de lo que le ocurría. Tal vez ese tipo podía darle más información; debía ir tras él. Pero le había dicho que tenía que vestirse, y eso haría. Tenía que cumplir sus órdenes. Su salvador, la persona que le había devuelto a la vida, merecía una recompensa.
Aún seguía muy confuso, pero sabía que sus intenciones eran correctas.
Vaya, vaya... Parece que hay más gente que se está uniendo a la fiesta. Estos nuevos inquilinos son muy conocidos; ya seguro que habréis adivinado quiénes son.
Xaori: el lemon lo he dejado para que vuestra imaginación también juegue (que no es que se me haya olvidado jajaja). Y siento tenerte tan abandonada, pero es que el b2 me tiene completamente absorbida. Pero bueno, ya queda poco!
Stardust4: Y esto es sólo el principio de las disputas. Me pareció interesarte formar estas parejas, ya que nunca las hemos visto en acción, y creo que pueden dar mucho juego.
Pues nada chicos, esto es todo por hoy. La buena noticia es que creo que voy a poder seguir actualizando semanalmente; creo que voy a llegar justa, porque tengo escrito un par de capítulos más, así que por ahí estará la cosa. Así que nada, a disfrutar de lo que queda de la semana!
