¡Hola a todos! Aquí estamos una semana más acompañándoos en esta aventura que está tomando una dirección la mar de interesante... ¡o eso espero! Así que nada, no me enrollo más y os dejo con este capítulo que promete seguir levantando emociones.


Jessica paseaba tranquilamente por la Avenida Pierpont. Había muchas tiendas por el centro; tal vez tendría tiempo de echarles un vistazo más tarde. Quizá encontrara algún modelito que mereciera la pena. Nunca había estado en Salt Lake City, y lo cierto era que le estaba gustando bastante. El oeste siempre se consideraba como un territorio inexplorado para los que vivían en la costa este o para los extranjeros.

Gracias a las indicaciones de Lansdale lo tenía todo dispuesto. El viejo tenía en su almacén todo un arsenal más que interesante. Tenía grandes reservas de T-Abyss, posiblemente de las que consiguió en el ataque a Terragrigia. Había conseguido aumentar la cantidad de forma considerable. Sonrió mientras giraba a la izquierda. Sólo hacía falta dos muestras para cundir el pánico en toda la ciudad.

Las cargas estaban situadas en puntos estratégicos de la ciudad: Temple Square, la Universidad de Utah, el planetario y el aeropuerto. Aún estaba sorprendida por la facilidad con la que había conseguido acceder a todos los sitios sin levantar la más mínima sospecha. Entrar en la universidad había sido pan comido: se había hecho pasar por una estudiante y había podido campar a sus anchas sin ningún problema.

La primera carga, con T-Abyss en su interior, estaba colocada en el cuarto de baño, tras la cisterna, un lugar en el que a nadie se le ocurría mirar. El aeropuerto había sido otro lugar de muy fácil acceso: había accedido a la sala de espera sin que nadie se fijara excesivamente en ella, y se había quedado apoyada contra la pared hasta que se agachó a atarse los cordones de su zapato.

Con un ligero movimiento de la mano se había sacado del bolsillo de su chaqueta el pequeño paquete cargado de una variante que había adquirido en el mercado negro, y lo había pegado bajo una papelera que tenía al lado sin levantar ningún tipo de sospecha: si no era un banco, alguna persona mirando las pantallas con su mochila a cuestas la cubría. Y así, sin darse cuenta, se había presentado en Temple Square, una plaza enorme llena de monumentos conmemorativos a la ciudad y con bastante público.

Había tenido que andarse con mucho ojo, porque la policía parecía vigilar muy de cerca los espacios públicos al aire libre. Había tenido que esperar con mucha paciencia, colándose entre la gente, haciéndose pasar por una turista que admiraba como cualquier otra las esculturas hasta encontrar el momento oportuno. La bomba estaba en la base de una de ellas, esperando entrar en acción. Iba a cundir el pánico, y mucho.

El viejo sabía perfectamente lo que hacía, y si todo salía según lo planeado, en pocos minutos Salt Lake City sería tomada por el caos y la desesperación. Acababa de salir del planetario, un lugar poco interesante para el que no le entusiasmara la astronomía pero que siempre estaba a rebosar. No pudo evitar volver a sonreír. Se iba a liar una muy buena.

Tal vez sería conveniente hacer una parada en alguna cafetería, mezclarse con la gente y actuar sin levantar sospechas. Actuaría como una dama en apuros; eso se lo creería todo el mundo. Pasó junto a una cafetería que estaba bastante vacía. A través del ventanal vio que sólo había cuatro mesas ocupadas. Bueno, no estaba tan mal. Decidida, abrió la puerta.

Observó atentamente la distribución del local. La barra estaba al fondo, y junto a ella había dos puertas de madera que estaban cerradas. Posiblemente una de ellas fuera el baño. Nunca debía sentarse en el centro: eso sólo levantaría miradas de curiosidad, y no tendría ningún tipo de libertad de movimientos. Los laterales también estaban descartados: en caso de estampida, todo el mundo echaba a correr hacia las salidas.

Así que la mejor opción era situarse junto a la ventana: estaba más o menos cerca de la salida, y tendría una visión directa de todo lo que pasaba tanto dentro de la cafetería como en el exterior. Retiró un poco una de las sillas y se sentó dejando su bolso sobre la mesa. Echó un vistazo a su reloj mientras veía por el rabillo del ojo cómo un camarero se acercaba.

Tenía exactamente tres minutos. Lansdale lo había dispuesto así, y no podía hacer otra cosa que obedecer sus órdenes. Hasta ahora nunca había fallado, y no tenía ninguna clase de duda de que estaba vez no iba a ser menos. Terragrigia había supuesto un punto de inflexión muy importante para la F.B.C.

-Buenos días, señorita –la saludó el camarero sosteniendo una pequeña libreta y un bolígrafo. Le sonrió. Era un joven muy mono. No sabía qué le pasaba últimamente, pero se emocionaba con cualquier tío que se le ponía por delante. El calentón de Redfield le había dejado huella -. ¿Qué desea tomar?

-Un té rojo, por favor.

El camarero lo apuntó y se retiró en dirección a la barra. Jessica lo observó sin perder detalle. El polvo con Neil no había estado nada mal; se notaba que tenía bastante experiencia con las mujeres. Normal, era un partido bastante interesante, aunque sus intenciones fueran todo lo contrario a lo que su organización se dedicaba. Lansdale había decidido que permaneciera fuera de la operación, aunque Jessica no entendía muy bien por qué: la palabra fracaso no estaba en su vocabulario, y no creía que hiciera falta que nadie le cubriera las espaldas.

Volvió a mirar el reloj. Dos minutos y cinco segundos. Empezó a sentir cómo los nervios empezaban a fluir en su interior. Llevaban mucho tiempo preparando esta operación, y todo estaba listo para empezar. Las B.O.W.S. tampoco se harían de esperar; iba a ser un espectáculo sumamente digno de observar. Lo haría todo desde la lejanía, desde donde pudiera controlar la situación.

-Aquí tiene el té, señorita –anunció el mismo de antes dejando sobre la mesa una pequeña taza blanca llena de un líquido rojo. Dejó también dos sobres de azúcar.

-Gracias.

Volvió a dejarla sola mientras cogía uno de los sobres. Ni siquiera iba a tener tiempo de llegar a la mitad. Dio un sorbo. Estaba bueno y todo. Era una lástima que no se lo pudiera terminar. Observó de forma distraída la calle, pensando que nadie estaba preparado para lo que se venía encima. Se estaba empezando a impacientar un poco, aunque sabía que todo era cuestión de tiempo y paciencia.

Cogió el bolso y dejó el teléfono sobre la mesa. No tenía ningún mensaje ni llamada perdida. Aunque tampoco esperaba gran cosa. Los ataques iban a estar coordinados de nuevo. No sabía por qué, pero Lansdale tenía una manía bastante curiosa de hacer varias cosas a la vez. Y ésta era una de ellas, así como los ataques al Presidente y a Nueva York.

Menos de un minuto. Volvió a coger la taza y bebió despacio, saboreando la bebida. En otras condiciones hasta hubiera dejado algo de propina por el buen servicio. Continuó con la mirada fija en la calle, esperando el momento. Desde allí se oiría alguna de las explosiones, y ésa sería la señal para empezar a moverse. Esperaba que Neil estuviera en posición, aunque desde la distancia era difícil saberlo.

De pronto, hubo un movimiento de tierra, seguido de gritos y los pitos de los coches. Jessica se levantó de la silla, al igual que el resto de los clientes que estaban allí dentro. Sabía que debía conservar la apariencia, y que en ningún momento debía mostrar sus cartas. Cogió su teléfono e hizo como que lo observaba sorprendida.

-¿Qué demonios ha pasado? –preguntó un hombre de mediana edad caminando hacia la ventana donde estaba Jessica. La gente no paraba de gritar y de correr de un lado a otro. Iba a ser divertido observar cómo habían quedado las zonas que habían sufrido el mayor impacto. El virus se propagaría por el aire, y sería efectivo bastante tiempo. Traía una mascarilla que evitaría el contagio, y que no debía olvidar ponerse antes de salir al exterior.

-Parece… un ataque –respondió Jessica con el teléfono aún en la mano -. ¿Deberíamos llamar a la policía?

-Yo lo haré –anunció otro de los camareros desde la barra antes de desaparecer.

No podía perder más tiempo. Pensaba que la gente iba a huir despavorida, pero no; allí estaban sorprendidos, sin saber bien qué hacer. Tenía que encontrar la forma de salir del local y activar las cápsulas de las B.O.W.S. El virus era sólo un pequeño incentivo. Cogió su bolso y se lo echó al hombro caminando hacia la parte trasera.

-¡Eh! –la llamó otro de los clientes al ver que iba directa hacia la puerta trasera. Salir en esos momentos era un auténtico suicidio -. ¿Dónde crees que vas? Deberíamos esperar a que llegue la ayuda.

Pero Jessica no escuchó. Intentó abrir la puerta, pero estaba cerrada. Lo que hacía falta… Se alejó un poco y golpeó con el hombro la puerta. Cedió un poco. No estaba bien cerrada. Volvió a insistir y esta vez se abrió por completo. Aunque era imperceptible para el ojo humano, sabía que el virus estaba en el aire. Cerró la puerta y tosió un poco.

Tenía que ponerse la máscara cuanto antes. Abrió su bolso y la encontró de inmediato. Se la colocó y abandonó el callejón para mezclarse con la multitud. Debía encontrar un lugar desde el que poner en marcha el dispositivo. La fiesta acababa de empezar, y no todos tenían invitación para entrar.

Hacía una temperatura bastante agradable en Salt Lake City. No sabía cómo, pero podía palpar que en el ambiente había algo extraño, como si intuyera que iba a suceder algo próximamente. Leon y Jill estaban en un coche que habían alquilado junto al aeropuerto. Habían estado echando un vistazo a las principales localizaciones de la ciudad, y habían determinado que la avenida doscientos era el lugar perfecto desde el que vigilar.

Estaba en el centro de la ciudad, y desde allí podía accederse a las principales atracciones turísticas, como el Planetario, la Sociedad Histórica o los estados deportivos. Leon estaba al volante comiéndose una rosquilla, mientras que Jill tenía unos prismáticos en la mano con los que vigilaba sin parar. Esperaba ver a esa zorra en cualquier momento.

Los informes no precisaban la ubicación exacta de la base de Lansdale, así que tendrían que fiarse de su intuición, o más bien dar con Jessica y seguirla sin que se diera cuenta. Aunque eso era mucho pedir; era muy escurridiza, y lo más seguro era que intentara huir de la ciudad en cuanto terminara con lo que había venido a hacer allí.

-Nunca he venido por la parte Oeste… -comentó Leon limpiándose las manos de unos restos de chocolate que tenía en los dedos -. La verdad es que no está tan mal como lo pintan.

-No he pasado de Luisiana –respondió Jill quitándose los prismáticos y dejándolos sobre las rodillas. El ligero aire a rosquillas le abrió el apetito, y se arrepentía de no haber hecho caso a Leon y haberse pedido algo en el puesto -. Una vez estuve a punto de ir a Los Ángeles con la Delta Force, pero cancelaron la misión.

-¿Qué ocurrió? –se interesó el agente agarrando el volante con ambas manos.

-El capitán se sentía indispuesto –le contó con una ligera sonrisa. Recordar aquella anécdota siempre era divertido -. Mis compañeros eran muy bromistas, y le habían echado un laxante en el café… Así que ya puedes imaginarte.

Leon sonrió. No había nada como una buena broma en el trabajo. Él no era de esos pesados que estaban siempre con la sonrisa en la boca, pero sí era cierto que de vez en cuando le gustaba darle algo de chicha al asunto.

-¿Y mandaron a otro equipo?

-Sí –asintió la morena acomodándose en el asiento -. Nosotros tuvimos que conformarnos con una dura sesión de entrenamiento… así que la broma nos jugó una mala pasada.

Miró por la ventana de forma distraída. Se sentía rara por compartir esa misión con Leon cuando normalmente era otro hombre el que estaba a su lado. Las cosas se habían torcido de tal manera que no lograba encajar el golpe. Si había alguien en quien confiaba ciegamente y por quien daría su vida sin dudarlo era por Chris, pero le había demostrado que todo el mundo tiene una cara oculta.

Pero era el momento de centrarse en la misión y olvidarse de todo lo demás. Si había algo de lo que se sentía orgullosa era de su profesionalidad, de nunca dejarse llevar por causas externas. Sabía que tenía que ser fuerte y dejar que las cosas fluyeran. Lo más importante ahora era recuperar el control, y no iba a conseguirlo si seguía pensando en cierto capullo.

Leon echó un vistazo por la ventana cuando la conversación terminó. Nunca había tratado mucho con Jill, pero siempre le había parecido alguien de muy pocas palabras, del estilo de Chris. No sabía qué había pasado entre ellos, ni tampoco tenía especial interés, pero la forma en la que se habían tratado en la reunión le hacía ver que tenían problemas y de los gordos.

La soltería no estaba mal, pero de vez en cuando se echaba en falta una mujer que estuviera esperándolo al llegar a casa, que pasara el rato con él o que le contara sus penas siempre que quisiera. Los polvos sin compromiso eran muy buenos hasta cierto punto, aunque sabía que no iba a estar así toda su vida. Llegaría un momento en el que dejara de ser agente, y tendría que buscarse otro estilo de vida.

Envidiaba a aquellos que una vez que llegaban a casa desconectaban de su trabajo y se dedicaban en exclusiva a ellos. Él no podía permitirse ese lujo; tenía que estar localizable las veinticuatro horas del día. ¿Y cómo había acabado en Salt Lake City? Muy fácil. Había hablado con el nuevo Presidente y su gabinete para ponerles al día de las pistas que había conseguido la B.S.A.A.

Por increíble que pareciera, habían accedido sin dudarlo. Parecía que se estaban tomando en serio el ataque, y no había nada que lo hiciera sentirse más orgulloso. Por fin empezaban a demostrar que querían llegar hasta el final del asunto y coger al culpable. Eso era también lo único que Leon había tenido en mente desde el momento en el que se había encontrado con la mutación del Presidente.

De pronto, el suelo tembló, y se oyó una explosión. Pero ahí no acababa la cosa: sonó otra algo más lejana… y del silencio se pasó al caos y la desesperación. La gente corría de un lado a otro tropezando, chocándose, sin darse cuenta de dónde iban. Leon fue a abrir la puerta para intentar averiguar qué era lo que estaba pasando, pero Jill lo agarró del brazo.

-Será mejor que esperemos –le aconsejó con el rostro serio y sin perder detalle de lo que pasaba fuera -. No sabemos si ha sido una bomba normal… o algo cargado de virus.

Y Leon asintió estando de acuerdo. Había estado a punto de cometer una estupidez: ¿y si lo que había explotado era una bomba cargada de virus y éste estaba en el aire, contagiando a todos los que estaban en la calle? Y un nuevo temor volvió a apoderarse de él. Jill también pareció entenderlo, porque su rostro se puso pálido.

-Tenemos que largarnos de aquí –dictaminó el agente arrancando el vehículo.

Los que estaban en la calle empezaron a caer al suelo: algunos tosiendo, otros de rodillas llevándose las manos al cuello como si les faltara el aire. No se habían equivocado lo más mínimo: el aire estaba impregnado de virus, y poner un pie fuera del coche era una muerte segura. Necesitaban encontrar algo que los ayudara a pasear por las calles sin quedar infectado, como un equipo antidisturbios o algo de eso.

-¡Joder! –exclamó Leon viendo cómo un tipo negro se quedaba pegado al cristal y empezaba a golpearlo con los puños. Tenía los ojos inyectados en sangre y los dientes completamente apretados; era un milagro que no se le rompieran.

-¡Larguémonos de aquí! –gritó Jill viendo cómo por su lado también se acercaba un grupo numeroso.

Leon metió la primera y salió casi derrapando. El tipo que estaba pegado a la ventana cayó al suelo, pero se levantó con una facilidad pasmosa. Recordaba esos movimientos en otra persona, en una a la que había tenido que quitarle la vida hacía unos días. ¿Estaban ante la misma muestra de virus? Sin lugar a dudas Jessica tenía que estar por allí, y su principal misión en ese momento era encontrarla.

Avanzaron por la avenida esquivando como podían a las personas que se les echaban encima. Leon sabía que ya no eran humanos, pero quería intentar evitar el mayor daño posible. A estas alturas lo más seguro era que toda la ciudad estuviera infectada, y lo más razonable era huir lo más lejos posible. Pero sabía que eso no era una opción: cuando el bioterrorismo atacaba, había que hacer todo lo posible para erradicarlo.

-Deberíamos ir a la comisaría –dijo Jill consultando el mapa de la ciudad sobre sus rodillas -. Tal vez allí podamos enterarnos de qué zonas han sido las más afectadas… Nos convendría tener algo con lo que protegernos.

-Yo había pensado exactamente lo mismo –respondió Leon pisando un poco más el acelerador. Se llevó por delante a una mujer que corría a toda velocidad hacia ellos -. Lo siento mucho, muñeca. Seguro que mañana te despertarás con muchos dolores.

-Sigue recto, y al final de la calle, gira a la derecha –le indicó la ex miembro de S.T.A.R.S. haciendo caso omiso de su comentario. Lo último que necesitaba era ponerse a bromear. A veces le costaba entender el humor de los hombres, que se lo tomaban casi todo bastante a la ligera.

Leon asintió en silencio comprobando que las calles se estaban llenando cada vez más. Si el virus seguía propagándose a ese ritmo en pocos minutos no quedaría nadie. No, no podía permitir que eso ocurriera; seguro que la policía ya estaba encargándose de evacuar a los que aún estuvieran con vida.

Giró el volante con violencia hacia la derecha esquivando a un grupo que se dirigía a ellos. Vio a otro correr hacia los edificios cercanos, donde seguramente habría personas escondidas esperando a que todo pasara. Pasó rozando una papelera que se había quedado en mitad de la carretera. Jill tuvo que agarrarse con fuerza al asiento para no irse hacia delante.

Recuperó el control y giró a la derecha al final de la calle, tal y como le había indicado su acompañante. Tuvo que frenar en seco. Se quedó boquiabierto: la avenida estaba atestada de gente, algunas con las ropas ensangrentadas, otras con palos y piedras en las manos que no paraban de ir de un lado a otro. Sólo era cuestión de tiempo que los vieran.

-Joder… -murmuró Jill con los ojos como platos. Se echó un poco hacia delante intentando encontrar algún hueco por el que pasar sin herir a nadie. Sabía que esas personas habían sido víctimas del virus, y que ya no quedaba ni pizca de humanidad en ellas -. Tenemos que llegar a la comisaría como sea. No… no podemos perder más tiempo.

-Agárrate –le ordenó Leon metiendo la marcha atrás. El coche avanzó lentamente hacia atrás unos metros hasta detenerse. Muchos empezaron a correr hacia ellos. Jill contuvo la respiración: si los acorralaban sería cuestión de tiempo que rompieran algún cristal… y eso sería el fin. Puso el coche en primera y aceleró sin quitar el pie ni un instante.

Decenas de cuerpos salieron volando conforme el coche avanzaba por la atestada calle. El cristal se agrietó un poco al recibir los impactos, pero no era suficiente para romperlo. Aunque no creía que aguantara más de un kilómetro a ese ritmo; estaban dejando un reguero de cuerpos a su paso bastante curioso. Jill sacó su pistola y la dejó preparada por si necesitaban actuar.

Al fondo empezó a distinguirse un edificio bastante alto con las banderas de Estados Unidos y la del estado de Utah colgadas en lo más alto. Tenía que ser allí. Jill no paraba de echar la vista de un lado a otro mientras seguían avanzando cada vez a mayor velocidad. Ya hasta le dolía el trasero de la tensión.

-¡Joder! –exclamó al ver por el rabillo del ojo una cara que la observaba desde el exterior. Uno de esos infectados había saltado a la parte superior. ¿Cómo lo había hecho? Leon dio un volantazo al oír el grito y casi chocan contra una farola. El tipo salió despedido hacia delante, y se incorporó casi de inmediato -. ¿Pero qué coño les han dado?

-El Presidente actuaba igual… -le explicó el agente comprobando que ya estaban a menos de quinientos metros del edificio de la comisaría -. Son muy rápidos, y hace falta bastante munición para cargarse a uno.

Esas noticias no eran demasiado esperanzadoras, pero las habían pasado peores, y sabían que tenían que llegar hasta el final del asunto costara lo que costase: ya habían comprometido la seguridad de una ciudad, y a ese ritmo podían poner en peligro la Seguridad Nacional. Debía contactar con la base de inmediato e informar sobre lo que había pasado.

Cogió su teléfono, pero comprobó con amargura que no había cobertura. Lo más seguro era que el ataque hubiera colapsado todas las líneas. Probaría fortuna más adelante. El coche empezó a reducir la velocidad hasta detenerse junto a la verja de entrada. No había nadie vivo por los alrededores, ni tampoco parecía haber una entrada para meterse con el coche.

Leon echó un vistazo por el espejo retrovisor. Los seguían teniendo muy cerca; tenían que salir del coche cuanto antes. El problema era que en cuanto pusieran un pie fuera había un alto riesgo de contagiarse. Tenían que arriesgarse, o quedarían atrapados entre infectados.

-Tenemos que entrar ahí como sea… -dictaminó quitándose el cinturón y sin perder de vista a sus perseguidores -. Tenemos que correr hacia la verja. Si no está abierta… estamos muertos.

-No creo que sea una opción –bromeó Jill cogiendo el manillar con la mano derecha. Con la otra mano se subió la camiseta hasta situarla a la altura de su nariz; no sería muy efectivo, pero al menos le daría unos segundos más de vida -. A la de tres… Una… Dos… ¡Tres!

Las dos puertas se abrieron a la vez. Leon avanzó con un brazo tapando la boca y la nariz y con la otra apuntando a los que estaban más cerca. Jill levantó su arma y disparó contra una mujer que se acercaba con un enorme palo de madera en la mano. Leon golpeó con el hombro la verja y ésta cedió sin oponer resistencia. Fue tal su sorpresa al encontrarla abierta que casi se cayó al suelo.

Jill tomó la delantera esta vez entre toses y abrió de un tirón la puerta que daba acceso al interior de la comisaría. La cerró en cuanto Leon estuvo dentro y se quedó apoyada aguantando las acometidas de los que los perseguían. La puerta cedía cada vez más, y no sabía cuánto tiempo iba a aguantar. El rubio, al que a su compañera en apuros, se apoyó también contra la puerta.

-Necesitamos algo para bloquearla… -murmuró con los dientes apretados por el esfuerzo -. Un armario, una mesa… Lo que sea…

-¿Quién está ahí? –preguntó una voz autoritaria masculina que procedía del fondo. Instantes después un tipo de color, seguido de dos policías más, vieron cómo Leon y Jill hacían lo imposible por mantener la puerta cerrada -. ¡Corred! ¡Ayudadles!

Los policías no dudaron ni un segundo y empezaron a arrastrar una mesa que estaba en el centro de la sala. Jill y Leon se apartaron justo a tiempo. La puerta cedió, pero la mesa quedó encajada, impidiendo que los infectados entraran. Se sucedieron numerosos golpes que movían de forma frenética la puerta. Pero la mesa aguantaba; habían conseguido detenerlos por el momento.

-¿Quiénes sois? –les preguntó el que parecía el jefe apuntándoles con una pistola -. ¿Os ha atacado alguno de ellos?

-Tranquilo, ¿vale? –le dijo Leon con calma y levantando las manos despacio. Aún tenía su pistola en la mano, pero ni mucho pensaba disparar. Eran inocentes, personas que habían tenido la suerte de estar fuera del alcance del virus -. Me llamo Leon Kennedy, y soy agente secreto del Gobierno…

-Y yo soy Jill Valentine, agente de operaciones especiales de la B.S.A.A. –continuó la morena con las manos también levantadas, sin perder de vista a esos polis que no parecían tener idea de lo que estaba pasando -. Estamos limpios. Podéis comprobarlo si queréis.

-Os recomiendo que cerréis todas las puertas y todas las ventanas –siguió hablando Leon bajando un poco las manos al ver que los tipos bajando un poco sus armas. Estaban cometiendo un gran error; estaban cogiendo confianza muy rápidamente -. Ha habido un ataque terrorista, y a estas alturas casi toda la ciudad estará infectada.

-¿Qué sabéis del ataque? –se interesó otro de los agentes con el gesto contrariado. La ciudad se había convertido en un auténtico caos según las informaciones que les llegaban desde el exterior.

-Poco –respondió Jill bajando los brazos por completo. Esos tipos parecían entender que sólo querían ayudar y recabar toda la información posible -. Estábamos siguiendo a una terrorista potencialmente peligrosa cuando ocurrió… La gente empezó a volverse loca… Hay que evitar salir al exterior o entrar en contacto con alguno de ellos… El aire está contaminado.

-Joder… -murmuró el que parecía el líder dando una patada al suelo -. Nosotros hemos tenido suerte. Todos los accesos están cerrados, así que aquí estamos a salvo. La ciudad ha sido atacada en cuatro puntos diferentes a la vez –Jill y Leon se quedaron boquiabiertos al oírlo -. El aeropuerto, el Planetario, Temple Square y la universidad…

-¿De cuánto efectivos dispone? –preguntó Leon sin soltar aún su pistola. En el exterior se escuchaba bastante alboroto. Aunque parecía que la barricada iba a aguantar, en algún momento terminaría por ceder.

Hubo un silencio bastante incómodo. Leon arqueó una ceja sorprendido. ¿Era posible que esos cuatro fueran los únicos supervivientes?

-Sólo… nosotros… -contestó otro de los policías bajando la mirada. Habían intentado por activa y por pasiva contactar con todos los operativos que estaban en las calles; no habían obtenido respuesta de ninguno -. El resto estaba patrullando por la ciudad… No hemos sabido nada de ellos… Todos los puntos principales de la ciudad han sido atacados, incluido el aeropuerto… Hemos intentado contactar con el Gobierno, pero no hay línea… Estamos completamente incomunicados.

-Maldición… -susurró Jill cerrando los ojos, lamentándose en silencio. La necesidad de encontrar a esa perra era cada vez mayor -. Voy a ver si puedo utilizar la línea de emergencia de la B.S.A.A. Nosotros tampoco podemos contactar con nadie del exterior…

Jill se apartó unos metros y cogió su teléfono. Seguía sin tener cobertura; esa hija de puta había liado una buena. Pulsó su código de acceso y pulsó el botón de llamada. Contuvo la respiración… y comprobó que el aviso se había realizado con éxito. Suspiró aliviada; alguien del cuartel habría recibido la señal, y sabrían que estaba en peligro. Ya no importaba que la operación fuera encubierta.

Había tenido razón desde el principio: esta operación no podía llegar a buen puerto. Jessica y sus secuaces habían demostrado que eran capaces de hacer todo aquello que se propusieran sin apenas esforzarse. Aunque sabía que el resto de fundadores se les echaría encima en cuanto tuvieran conocimiento de lo que estaba pasando, sólo le quedaba esperar que, al menos, salieran victoriosos.

-Ha funcionado –anunció guardándose el teléfono en la pequeña mochila que llevaba en la espalda -. La B.S.A.A. ha recibido mi mensaje. Espero que la ayuda llegue pronto.

-Gracias a Dios… -murmuró uno de los policías alzando las manos al cielo -. Esto es… una auténtica pesadilla.

-Tenemos que salir al exterior –dijo Leon dando un paso al frente -. ¿Tenéis algún equipo o algo que nos sirva para no aspirar esa cosa?

Los policías los miraron de hito en hito, como si no entendieran absolutamente nada de lo que estaba diciendo. ¿Salir al exterior con todo lo que estaba pasando? ¡Estaban locos!

-¿Se os ha ido la cabeza? –replicó otro de los agentes negando constantemente con la cabeza -. Aquí estáis seguros. No… no podéis salir ahí.

-¿Quién nos lo impide? –le espetó la fundadora de la B.S.A.A. dando unos pasos hacia ellos de forma amenazante. Parecía que seguían sin entender la magnitud del problema en el que estaban metidos -. Si queréis esperar como cobardes a que llegue la ayuda, adelante. Pero nosotros tenemos trabajo que hacer, y necesitamos algo que nos garantice protección y seguridad… ¿Tenéis algún equipo antidisturbios o algo similar?

-Sí… Pero no os servirán de mucho –respondió el líder negando constantemente con la cabeza -. Cuanto más lejos estéis del exterior… Mejor…

-Nos las arreglaremos –contestó Leon de forma cortante. ¿Pero qué se creían que estaba ocurriendo realmente? -. Y ahora, danos un par de ellos.


Xaori: ya sabes que Chris a veces toma decisiones un poco precipitadas... Pero quién sabe, lo mismo le sale la jugada bien. Y tranquila, que Leon está reservado para una pelirroja y una asiática (yo no digo nada!). Creo que es una pareja que puede dar mucho juego. Y pronto sabremos algo más de esos misteriosos personajes... Es posible que sean ellos, sí :D

Luuz: Lo primero, muchas gracias por tomarte tu tiempo para leer mi historia. Es por gente como vosotros por lo que merece la pena hacer estas cosas. De momento habrá que esperar un poco para ver cómo se resuelve la situación entre Chris y Jill; ahora están separados y tienen cosas más importantes en las que pensar. Y sí, llegará un momento en el que esas emociones salgan a flote... y quién sabe si puede arreglar esto y salir adelante. Espero que te sigan enganchando los demás capítulos.

Esto es todo por esta semana. La próxima volveremos con Chris y Claire... que nos revelarán cosas muy pero que muy interesantes.