Disclaimer: Todos los personajes pertenecen a S.M, solo la trama es de Chika-midori y mía.

Blood Lovers

Capítulo 6

Bella's Pov.

Si pensaba que Edward iba a seguir igual de amistoso después de aquella fructífera charla nocturna, estaba muy equivocada.

Cuando me desperté esa mañana, estaba feliz y en cierto modo tenía esperanzas de arreglar la desastrosa relación de hermano-hermana que mantenía con Edward. Ya no era por el bien mío o por el suyo, los sentimientos de mi madre eran muchos más importantes y valiosos que los nuestros; o al menos eso pensaba yo. El caso es que creía que Edward pensaba del mismo modo que yo, que sus acciones las promovía el bien de mi madre o cualquier cosa que estuviera relacionada con ella o incluso conmigo. Así que tenía un buen presentimiento ―eso era lo que yo creía; qué irónico― y lo primero que hice al despertarme fue subir las escaleras de la litera para ver si mi hermano seguía allí. No estaba.

Decidí que me tomaría una larga y relajante ducha, y después, me dedicaría todo el resto del día a leer algún buen libro y a escuchar música. Así que cogí mi ropa para holgazanear lo que quedaba de día y me metí en el cuarto de baño. Estaba desnudándome cuando la puerta se abrió. Instantáneamente la sangre se acumuló en mis mejillas y dejé mi mano quieta sobre el tirante de mi sujetador; gracias a Dios todavía tenía puesta mi ropa interior. Se empezó a reír a carcajada limpia. Tomando coraje, le di una patada a la puerta y ésta se cerró con un sonido sordo y un «¡Auch!» detrás de ella. Se lo tenía merecido por estúpido. ¿Mi padre nunca le había enseñado modales y educación o qué?

Más tarde, cuando me recuperé de mi ataque de vergüenza y me puse bajo el chorro de agua caliente, empezó a salir tibia y finalmente completamente helada. Comencé a gritar, chillar y a maldecir contra él. Había gastado toda el agua caliente. El muy… canalla había tenido el valor de gastar toda el agua caliente, pero no podía decir o, por lo menos, dejar caer que no había agua caliente. En momentos como estos, lo puedo llegar a odiar.

Con toda la dignidad que me quedaba, me sequé rápidamente y me vestí. Bajé las escaleras y antes de entrar a la cocina alcé la barbilla. Estaba preparada para tener una seria discusión con Edward por lo que había hecho con el agua caliente; sin embargo, no estaba para nada preparada para afrontar lo que me encontré cuando entré en el lugar sagrado de mi madre. Para resumir, el lugar estaba hecho un desastre. Y el culpable tenía nombre y apellido: Edward Cullen.

El suelo, el techo y las paredes estaban cubiertas por una masa algo asquerosa que se suponía que era masa para hacer tortitas, tortillas o gofres ―sinceramente no lo sabía y no me importaba―. La placa vitrocerámica de mi madre estaba pringada de un líquido que no se sabía si era blanco, marrón oscuro o una mezcla de ambos colores. Sobre las encimeras había cantidad y cantidad de platos sucios, vasos, botellas de zumo, tetrabriks, galletas y bloques de mantequillas que se estaban derritiendo al no estar en la nevera. Otra parte del suelo, en la que se encontraba el grifo, estaba lleno de espuma y de agua. La mesa de la cocina no era una mesa de cocina; simplemente era un mueble para que los desperdicios de las frutas o gran cantidad de ellas estuviera sobre ella.

―¡EDWARD! ¡¿QUÉ COJONES HAS HECHO CON LA PUÑETERA COCINA DE MAMÁ? ―Rugí sin poder contenerme. Cerré mis manos en puños y traté de que mi respiración volviese a la normalidad, sin jadear como si hubiese corrido un maratón.

―Yo no he hecho nada ―Dijo tranquilamente desde el salón.

―¡VEN AQUÍ AHORA MISMO! ―Grazné furiosamente. Escuché que se levantaba del sillón a la vez que soltaba un exasperante bufido.

―¿Qué quieres, pesada? Te repito que yo no he hecho nada ―Repitió pasivamente.

―Edward, por Dios, ¿quién si no tú ha podido hacer esto? Mientras que yo estaba en el baño duchándome con agua fría, por cierto ―Una sonrisa que se debatía entre la timidez y la picardía asomó en sus labios―, el único que estaba en la casa has sido tú. ¿Y ahora me vienes con que no has sido tú? Venga ya; te tenía como un tío que siempre dice la verdad, hermanito.

―Ahora estoy siendo completamente honesto. Si te digo que no he pisado la cocina en todo el día, es que no he pisado la cocina en todo el día. Además, ¿por qué iba a hacerlo si soy un negado en la cocina? Si hubiese decidido meterme de lleno ahí dentro, me lo hubiera pensado dos veces porque sabía que me tendría que apañar con algo como esto. O peor.

Le miré con cara de pocos amigos, dejándole claro que no estaba para tonterías.

―No me lo trago ―Admití sin preámbulos.

―Peor para ti. Porque yo no lo he hecho y me da exactamente igual lo que pienses.

―Piénsalo, Edward. Si tú no has sido y tampoco he sido yo, ¿quién más queda? ¿Peeves? ¿Casper? ¡¿Dobby?―Pregunté retóricamente. Aún así, él respondió.

―No lo sé. Pero yo no lo he hecho ―Volvió a decir, bastante serio. Aunque claro, mentir se le daba genial, todo lo contrario a mí.

―Vale, Edward ―Rodé los ojos.

―¡Joder, Bella! ¡«Vale Edward», no! No me des la razón como a los locos, porque todavía sé muy bien lo que digo. Y si digo que no lo he hecho, es por la simple razón de que yo no he tenido nada que ver con el desastre que hay por cocina. Créeme que si hubiese provocado eso que hay ahí dentro no me molestaría en absoluto admitir que he sido yo. Pero como yo no he sido te conformarás con la verdad que según tú es una grandísima mentira. ¿Qué más da? ¡Aquí el embustero soy yo! Me da igual lo que pienses o le digas a mamá de mí sobre este tema, puesto que mi conciencia está limpia y sin tormentos. Y ahora, si me disculpas, tengo que ir a recoger las cosas de limpiar para arreglar todo este caos que yo he montado ―Sin decir nada más, se fue por donde había llegado. Momentos después, llegó con cosas para limpiar y tras varios viajes de aquí para allá, trajo todo lo necesario.

―Edward… ―Intenté decirle que lo sentía, pero la única razón coherente era esa.

―Mira, Bella, no tengo ganas de discutir hoy contigo, ¿vale? ―Suspiró y observó la supuesta cocina.

―Intenta ponerte en mi lugar por lo menos, ¿no? ¿Qué hubiera pasado si tú te estuvieras duchando tranquilamente y de repente, cuando llegas a la cocina, ves que todo está hecho una mierda? Naturalmente me habrías echado la culpa a mí porque tú te estabas duchando y yo en el salón o en nuestra habitación. Me habrías acusado al igual que yo lo he hecho contigo. Ya sea justa o injustamente. Pero es la respuesta más sensata al por qué de esto.

―Tienes razón, pero eso no te da el derecho de acusarme sin pruebas, Bella.

Suspiré, derrotada. Tendría que darle el beneficio de la duda.

―Manos a la obra ―Se remangó la manga de su camiseta básica y cogí el quita−grasa.

Muchos cubos con agua sucia, varias botellas gastadas de quita-grasa, bolsas de basura con la supuesta masa de tortitas y tres fregonas para tirarlas, Edward y yo terminamos de limpiar la cocina. Ambos estábamos sudorosos y cansados, pero el trabajo había valido la pena; cualquier cosa antes de sufrir la ira de mi madre al ver en tal estado su preciosa cocina. Ahora todo estaba en mejores condiciones y me alegraba de ellos, pues era como un regalo para mi madre, aunque hubiese sido indirectamente. A ella apenas le quedaba tiempo para hacer las tareas de la casa, así que esto sería bastante bueno para ella. No quise decirle nada a Edward, pero ya que estábamos empringados de suciedad, decidí seguir con la limpieza a fondo de toda la casa. De todas maneras, no tenía nada que hacer durante el resto del día. Mientras limpiase el resto de la casa, podría mandar a Edward a hacer la compra; pues quien haya sido el que hizo el desastre en la cocina, había dejado las alacenas prácticamente sin nada de comida.

Cuando se lo dije, la única objeción que tuvo fue que tenía que utilizar mi «trasto»; sin embargo, se tragó sus quejas, cogió mis llaves refunfuñando y enfundado en su chaqueta salió por la puerta derecho al súper. Empecé por el cuarto de baño de la planta inferior, tomándome mi tiempo en hacer las tareas. Me daba igual el tiempo que tomaría para cada tarea, pero prefería hacerlo bien. Antes de empezar a limpiar la habitación de mi madre, llamé a una pizzería y encargué dos pizzas. Terminé de realizar la llamada y me dirigí al cuarto de Esme. Estaba limpiando los estantes de su pequeña librería, cuando me topé con algo totalmente inesperado.

Era un álbum de fotos.

En el interior había fotos de Edward; en algunas también aparecía yo con él, pero mi hermano era el que predominaba en el álbum. Las primeras páginas salíamos Edward y yo cuando tan solo éramos unos bebés y conforme pasaba las páginas, llegué al día en el que me separaron de mi hermano. Las lágrimas vinieron a mis ojos cuando pasé la última página en la que salía yo, ya que todavía quedaban muchas páginas más y eso no cuadraba cronológicamente. La única razón para eso es que hubiera más fotos después de nuestra despedida. La siguiente a esa, aparecía Edward en una casa que no había visto jamás, pero ya no tenía esa sonrisa que tenía en las otras fotos, cuando todavía no se había marchado. Las gotitas saladas empezaron a bajar por mis mejillas al ver a Edward con once, doce, trece y hasta con dieciséis años. Mamá tenía fotos de él y no las había compartido conmigo.

Hasta que mi hermano no estuvo parado en el quicio de la puerta de mi habitación no reparé en él. Me miró sobresaltado y con un poco de irritación al no haber contestado a sus posibles llamadas para encontrarme. Al darse cuenta de que estaba llorando, se puso en cuclillas delante de mí y me levantó la cara. Limpió los restos de lágrimas para luego atraerme a su pecho. Allí sollocé incluso más.

―¿Qué es lo que pasa, Bella? ―Preguntó con su voz aterciopelada, esta vez dulce.

Sin decir palabra, le entregué el álbum de fotos.

Lo cogió de entre mis manos y se sentó a mi lado en la cama mientras que empezaba a observarlo. Se quedó igual o peor que yo, porque al parecer él tampoco sabía nada de aquél álbum de fotos. Pero a mí no me dolía que mi madre me hubiese ocultado ese álbum de fotos, si no que me hubiera arrebatado la única posibilidad de ver a Edward, aunque fuera mediante fotos. Ella sabía que yo sufría por no poder a mi hermano, dado que estábamos muy unidos. Aún así, no hizo nada para mitigar nada de ese dolor que sentía en el pecho y que de nuevo había vuelto a mí. Esta ver por una traición por la persona que menos esperaba que lo hiciera.

Siendo sincera, me esperaba otra traición de mi padre, pues ya lo había hecho una vez y yo había dejado de confiar por completo en él. Llegué a odiarlo; por separarse de mi madre, por hacernos sufrir y sobre todo por separarme de Edward. Conforme pasó el tiempo, lo asumí y me dije que me daba igual, que él se perdía mi cariño y mi confianza. Pero, ahora, había sido Esme quién me la había jugado. A ella jamás la podría odiar, pero estaba resentida con ella por haberse guardado el paso de los años de Edward.

Cuando finalizó de ojear el álbum de fotos, lo dejó a un lado en la cama y después me volvió a empujar hacia él para darme un abrazo.

Levábamos un rato así, cuando el timbre de la casa sonó. Edward me apartó de sí y se levantó a abrir la puerta. Yo coloqué el álbum en su sitio como si no hubiéramos visto nada y bajé las escaleras. Edward estaba con las manos echas puños y discutía con el repartidor de pizza, que no era ni más ni menos que Mike Newton.

―Déjame ver a mi novia ―Pidió Newton. Já, pobre.

―No ―Respondió Edward, alzando la barbilla con gesto desafiante.

―¿Quién mierda eres tú? Quiero ver a mi novia ―Newton no tenía pajaritos en la cabeza, qué va.

―Soy su hermano ―El rostro de Newton palideció―. ¿Algún problema, chico?

―N-No, pero ¿podrías llamar a Bella para verla? ―Y dale, qué pesadito.

―No, Bella está indispuesta ―Contestó Edward cortante, pero educadamente.

―¡¿Qué le has hecho, idiota? ―Preguntó Newton; ahora fue él quien cerró sus manos en puños.

―Yo no le he hecho nada, imbécil. Y déjala en paz de una vez. No te quiere ver.

―¿Q-Q-Qué? ―Tartamudeó.

―Venga, chico ―Rio Edward―. No le gustas. No te quiere. No quiere que seas su novio. No quiere que te le acerques más. No quiere que la acoses vaya a donde vaya. Quiere que la dejes en paz de una puñetera vez.

―Eso es mentira, gili… ―Oh, este chico no sabe con quién se está metiendo. Corrí hacia allí y le planté un bofetón en su mejilla izquierda―. P-Pero, cariño…

―Mike, cáptalo, ¿vale? Como ha dicho mi hermano, no me gustas. Métetelo de una vez en la cabeza ―Le dije.

―Sé que todo lo que ha dicho él es mentira. Bella, sé que me amas ―No pude evitar reír sarcásticamente―. Yo te amo. Por favor, dame una segunda oportunidad.

―¿Segunda oportunidad? No has tenido la primera y ¿pides la segunda? ―Contesté.

―Vamos, nena… Sé que te lo pasaste bien conmigo en las duchas ―Dijo con tono meloso y seductor.

―¿Qué has dicho, capullo? ―Rugió Edward―. Aléjate de ella o pagarás las consecuencias ―Y para reafírmalo, se dirigió hacia él y le plantó un derechazo en su ojo izquierdo. Una vez reaccioné, tiré del brazo de Edward y lo metí dentro de la casa.

No tuve tiempo de recobrarme de lo que había pasado, cuando Edward había subido corriendo las escaleras y encerrado en nuestra habitación.

No me quedó más remedio de coger las pizzas y comenzar a comer sola en la mesa de la reluciente cocina. No comí mucha, pues entre lo de las fotos y lo que había pasado con Newton se me había quitado completamente el apetito. Fregué el vaso que había utilizado y decidí que le dejaría tiempo a mi hermano para que estuviera solo; yo vería la televisión en el salón o cogería alguna novela rosa de las que había en la estantería del salón. Cogí un libro de ella y me tiré toda la tarde leyéndolo. Cuando oscureció, calenté la pizza y cené completamente sola en el salón. Estaban echando una película romántica, de las que acaban en tragedia, o, si los protagonistas tenían mucha suerte, tendrían una grandiosa familia con la que ser feliz.

―No sabía que te gustasen este tipo de películas.―tenía la mejilla apoyada en la mano, junto al reposabrazos del sofá. Miraba hacia la televisión con cara de aburrimiento, y me pregunté por qué no se levantaba y se iba en vez de quedarse a molestar.

―Sí, bueno…―no quería contestarle una grosería, pero si se ponía pesado iba listo.

―Mmm.

No sabía por qué, pero aquel silencio me hacía sentir muy incómoda, y no me estaba enterando de nada de la película. Cada vez que había una escena empalagosa no hacía más que dirigirle miradas nerviosas para ver su reacción, pero éste era un bloque de hielo; apenas se inmutaba, o más bien parecía que se quedaría dormido de un momento a otro, pero aún así, sus ojos verdes no se despegaban de la pantalla. Tenían un brillo casi misterioso con la luz tenue y por alguna razón me quedé embobada observando algunos de sus mechones rojizos que le caían sobre la frente.

De repente me di cuenta de que estaba mirando a mi hermano más de lo que debería. Así que volví mi atención a la película.

―¿Sabes? La mayoría de estas historias vienen de los mitos antiguos. Esos si que eran auténticas tragedias.―comentó sin mucha emoción.

―Mmm. ―no dije nada. Por fin había encontrado el hilo de la historia y estaba interesante.

―Seguro que alguna vez te has imaginado protagonizar alguna historia parecida.

―¿Y qué pasa si es así?

―Nada.

―Si lo has dicho es por algo, ¿no?―vi una sonrisa pícara cruzar su rostro, y aquel gesto me puso nerviosa.

―Bueno, toda chica de diecisiete años piensa en ello…

―No todas.―contraataqué.―¿Y tú qué? ¿No tienes ninguna fantasía que te quite el sueño por las noches como cualquier chico de diecisiete años?

―Claro.―de repente su rostro adquirió seriedad y su mirada se iba haciendo más intensa.―Aunque ya hace tiempo que me rendí a ellas y normalmente consigo dormir, aunque últimamente no logro conciliar el sueño.

Me recorrió un escalofrió por la columna vertebral que me erizó los vellos de la nuca. No podía apartar la mirada de su mandíbula apretada y sus ojos oscurecidos. Aquella actitud tan repentina se alejaba bastante de la que había demostrado hasta ese momento.

―Anhelar algo que se te está prohibido es una tragedia muy común, pero no tanto cuando se trata de tu misma sangre.

En ese instante, supe que no estábamos hablando de las mismas fantasías que creí desde un principio. Yo me refería a los típicos sueños de adolescentes. Sueños húmedos, como suelen llamarlos; pero eso no tenía nada que ver con lo que estaba diciendo Edward.

Oí que soltaba una risa floja mientras se levantaba del sofá.

―Solo bromeaba ―Me golpeó la frente con un dedo―. No te acuestes tarde, Bella Durmiente.

Y se fue por las escaleras.

Idiota. ¿A qué venía todo eso de la sangre? ¿Acaso ha visto alguna película de miedo y tiene pesadillas? Si era así, ya tenía algo con lo que pagarle lo de la ducha.

Arreglé un poco el desorden del salón antes de subir a mi habitación. Pero lo que encontré allí hizo que cerrara la puerta de un portazo.

―¿Qué haces?

―¡Tú qué crees, estás desnudo y te doy un poco de intimidad! ―le grité desde la puerta muerta de vergüenza.

―Pero, ¿no me has visto ya?

―Y-yo no he visto nada… ―en realidad lo había visto, y demasiado bien. Estoy loca―. Si has terminado dilo para que pueda entrar.

―Vale, entra, pesada.

Suspiré hondo para tranquilizarme antes de pasar por la puerta, pero aún así seguía sin su camiseta.

―Ponte algo encima.

―¿Por qué? Tengo calor.

―Y a mí que me importa. Éste cuarto es de los dos por lo que respétame un poco… ¿qué haces? ―estuvo a un palmo de distancia antes de que acabara la frase, y notaba como la sangre se apoderaba de mis mejillas. Cuando vi que acortaba más las distancias inclinándose sobre mí parecía que iba a darme un paro cardíaco.― E-espera… oye…

―Creía que no querías que fuera medio desnudo ―entonces vi en su mano una camiseta que alcanzó del perchero de la puerta. Volví a mirarle y vi su expresión divertida y pícara―. ¿En qué estabas pensando?

―Idiota.

Lo empujé y me metí bajo las sábanas de mi cama. Estaba enfadada conmigo misma por lo estúpida que me estaba comportando frente a él. ¿En qué demonios estaba pensando? Era mi hermano, ¿no? ¿Qué sentido tenía?


¡Hola! ¡Al fin estamos aquí de nuevo! ¡Bieeen!

Lamentamos mucho haber tardado tanto en actualizar, pero por cosas de la vida se nos ha hecho imposible escribir nada. Esperamos que este capítulo haya recompensado todo lo tardado.

Este capítulo ha sido escrito por las dos, ya que yo (rob) sufrí un sequía después de que Bella viera la película hahaha Así que gracias a Chika-Midori por la última parte del capítulo.

Agradecemos mucho que os toméis tiempo para dejarnos un rr. Nos alegra el día :')

Ahora me voy que tengo que continuar con la Primera Guerra Mundial. Vaya asco de vida.

PROMOCIÓOON: Chika-midori está escribiendo un fanfic de Twilight, llamado "COMENZÓ EN UN SIMPLE GARAJE", el título es temporal, pero ya sabéis: PASAROS POR ÉL! Y mis fics están ahí para quién quiera leerlos, así que a pasarse! (que los termine es muy distinto y si veis uno nuevo, ¡no pasa nada!) :D

Y ahora, nos vamos.

Robert Ashley Cullen Swan & Chika-midori.