¡Hola holaaa!
Siento el retraso con este fic también ;_; Espero que ahora que me he pasado el LR, vuelva a coger el ritmo de antes y actualice más seguido :'D
¡Espero que os guste! ^^
-.-.-.-.-
—El rafiq de Jerusalén me informó de que tuvistéis ciertos problemas en la ciudad.
Ambos jóvenes se miraron de reojo cuando el Maestro les dio la espalda, esperando a que se explicasen. Malik hizo un gesto con la cabeza a Altaïr para indicarle que se adelantase y le dijera lo que le tuviera que decir, dado que había sido problema suyo, pero éste gesticuló instándole a que le echara una mano con el asunto.
—¿Y bien? El tiempo es oro, muchachos, tanto para mí como para vosotros.
Al-Sayf apretó los puños, su mirada abrasando al otro joven, hasta que éste finalmente se dio por vencido y explicó lo sucedido a Al Mualim, pidiendo disculpas por su despiste.
—Espero que esto os haya servido de lección a ambos. Un pequeño error y vuestra misión puede volverse un rotundo fracaso. Por suerte, no ha sido el caso esta vez, así que vuestra falta no ha sido tan grave. Igualmente, os impondré un castigo para que no os durmáis en los laureles. Cuando tengáis mayor rango, el más mínimo despiste puede ser fatal. Por ahora, deberéis encargaros de las tareas propias de un sirviente y, hasta nueva orden, vuestro rango quedará invalidado. Se os tratará como a menos que a novicios. Deberéis recoger, cumplir encargos de otros hermanos, adecentar el ala de las habitaciones y mantener la fortaleza limpia. Retiraos.
Malik y Altaïr se despidieron con una reverencia, dejando sus espadas y sus hojas ocultas sobre el escritorio del Maestro dado que tenían prohibido llevarlas a partir de ese momento, y salieron del despacho, Al-Sayf con un humor de perros.
—Fue culpa tuya, ¿por qué me veo involucrado en algo que yo no provoqué?
—Tal vez porque éramos compañeros de misión.
—Sí, por culpa de uno, pagamos los dos. Qué alentador.
Farfullando entre dientes, el muchacho de ojos oscuros se dirigió a las habitaciones, esperando encontrarse a su hermano por el lugar.
—¡Malik!
Sonriendo, Al-Sayf se giró hacia aquella voz, viendo a Kadar en uno de los pasillos que llevaban también a aquella zona. El menor de los hermanos se acercó corriendo, su rostro aniñado adornado con una gran sonrisa, y abrazó fuertemente a Malik.
—¡Me alegro de que estés bien! ¿Cómo fue la misión? ¿Luchastéis contra muchos enemigos?
—No, Kadar, yo al menos no. La misión hubiera sido perfecta de no ser por Altaïr y su costumbre de revolucionar el lugar al que va. Los dos pudimos haber salido muy mal parados.
—¿Qué pasó?
—Simplemente, llamó la atención de la guardia de Jerusalén. ¿Y a ti cómo te ha ido estos días?
—¡Muy bien, mejoré mucho con la espada! ¡Te lo demostraré!
Malik torció la sonrisa, recordando las palabras que le había dicho a Kadar el día en el que marchó de misión, y se rascó la nuca mientras dejaba escapar con pesadez el aire de entre los dientes.
—Lo siento, Kadar, pero no puede ser. Debido a la metedura de pata de Altaïr, me he visto privado de mis armas y mi rango hasta que el Maestro decida.
—Pero... ¡No es justo!—exclamó Kadar, dando un pisotón al suelo, como un niño pequeño cuando era víctima de un berrinche—¡Sólo fue una persecución! ¡Hasta los Asesinos de mayor rango cometen ese error!
—Sí, pero no en simples misiones informativas. Nuestro objetivo no era asesinar a nadie, sino recopilar información. Es por eso que no se permitía ningún tipo de desliz, cosa que Altaïr, al parecer, debió de olvidar durante el viaje a Jerusalén—comentó con cierta irritación.
Kadar hizo un ligero puchero, cruzando los brazos sobre el pecho en actitud de desagrado. Malik no pudo evitar dejar escapar una queda carcajada al verlo de esa manera y le dio un par de suaves palmadas en la cabeza.
—Tenemos mucho tiempo, Kadar. Sigue entrenando con tus amigos, de aquí a unos días seguro que se me levantará el castigo.
El menor de los hermanos asintió, sabiendo que aquel sería su mayor consuelo, y después de que se le pasara el disgusto, pidió a Malik que le contase los pormenores de la misión, así como su viaje hacia Jerusalén, qué había visto y cómo era el mundo más allá de la ciudadela de Masyaf.
El joven de ojos oscuros se sentó junto al chiquillo en uno de los bancos del pasillo, narrándole lo sucedido, sonriendo ante las exclamaciones de Kadar y sus aplausos y felicitaciones por el éxito de la misión, a pesar del pequeño problema que surgió por la persecución. Sin embargo, también alabó esa parte, encantado y maravillado. ¡Habían visto a un templario, nada más y nada menos!
—Ahora ve a entrenar, Kadar—dijo Malik al terminar el relato—. Tengo tareas que llevar a cabo y no puedo entretenerme más con tu compañía. Hablaremos a la noche, ¿de acuerdo?
—¡De acuerdo!
—Suerte en los entrenamientos.
El niño asintió con fuerza, se despidió de su hermano mayor y empezó a trotar hacia el patio de entrenamiento, con una anécdota que contar a sus amigos, alardeando de Malik. Al llegar a la zona del cuadrilátero, llamó al pequeño grupo con el que solía estar, todos los novicios sentándose en el suelo esperando el relato de Kadar.
Por supuesto, el pequeño de los Al-Sayf exageró los hechos, siendo un niño como era, y ensalzó a su hermano como a un verdadero Asesino, así como a Altaïr, diciendo que ambos eran los mejores Asesinos de la Orden y que algún día iría con ellos a hacer alguna misión.
—¡Ojalá tuviera tu misma suerte, Kadar!—dijo uno de los jóvenes—Tienes un hermano increíble y, además, sueles estar con Altaïr también.
Kadar sonrió abiertamente ante el halago, rascándose la mejilla.
—¡Sí, mi hermano es el mejor de todos! ¡Y Altaïr es todavía más genial! ¡Los dos son increíbles!
Un poco a lo lejos, Abbas escuchaba la historia, apoyado en la pared de piedra con los brazos cruzados sobre el pecho y una sombra en sus ojos oscuros, el rencor poco a poco abriéndose paso en su corazón hasta consumir su cuerpo.
Hacía tiempo que no hablaba con Altaïr y tampoco quería hacerlo. Ese maldito desgraciado había intentado ponerlo en ridículo alegando que su padre se había suicidado, cuando la verdad era que había dejado la ciudadela de Masyaf. Y el muy bastardo todavía le había tratado de hacer entender que lo había dicho por su bien.
Altaïr Ibn-La'Ahad sólo quería dañarlo y ridiculizarlo frente a los demás.
Con un gruñido, se alejó de la zona, entrando en la fortaleza. No faltó mucho para que, por uno de los amplios corredores del lugar, se topase con los dos protagonistas del relato de Kadar. Malik, con un gesto ceñudo, reprendiendo a Altaïr por su falta de cuidado mientras que éste tan sólo se limitaba a sonreír, como si no le escuchase. Sin embargo, al distinguir a Abbas, su sonrisa se esfumo, ambos jóvenes mirándose mutuamente.
Sofian irradiaba odio, odio puro afilado cual daga, hiriente y sangrante.
Altaïr se limitó a camuflarse con una pátina de desinterés.
—¿Con él también fingirás que eres su amigo hasta que encuentres la manera de hacer que sea objeto de tus crueles burlas?
Malik alzó una ceja ante la pregunta que Abbas le había dirigido a su compañero, refiriéndose a él, y se detuvo cuando Ibn-La'Ahad lo hizo también. El joven de ojos dorados miró al tercer muchacho, pensando las palabras que le diría a continuación.
—Piensa lo que quieras, Abbas—fue lo que terminó diciendo, girándose de nuevo hacia Al-Sayf para seguir andando—. Puede que algún día lo entiendas.
Sofian apretó fuertemente la mandíbula, su odio acrecentándose por momentos. Mientras él seguía entrenando, Altaïr poco a poco se encaminaba hacia la gloria, Abbas quedándose relegado a un segundo plano, opacado por la sombra de Ibn-La'Ahad.
Algún día, sería él quien fuera superior a Altaïr, y sería su sombra la que se extendiera ante todos.
Dejándolo atrás, los dos muchachos permanecieron en silencio durante unos instantes, sintiendo la punzante mirada de Abbas en sus espaldas, especialmente el joven de cabello castaño.
—¿Qué fue exactamente lo que le dijiste, Altaïr?—terminó preguntando Malik.
—La verdad, sólo que él no quiere aceptarla—mirando hacia ambos lados, hizo un gesto a su compañero para que lo siguiera, y los dos acabaron en un pequeño jardín del castillo, lejos de miradas indiscretas—. Te lo contaré, pero debes prometerme que lo que te diga, quedará entre tú y yo. Si te lo digo es porque, a pesar de tu pésimo carácter, te considero un amigo.
Al-Sayf abrió ligeramente los ojos ante aquello y, a falta de palabras, tan sólo asintió, dándole pie a Altaïr para que le contase lo que tuviera que contarle.
—Mi padre fue un Asesino, se llamaba Umar Ibn-La'Ahad. Sin embargo, yo no nací en la Hermandad, sino que mi madre dio a luz en una pequeña aldea, no muy lejos de Masyaf. Murió en el parto y, desde entonces, fui atendido por otra mujer. Mi padre venía a verme siempre que el Maestro se lo permitía, no queriendo involucrarme aun en la Orden, pero me adiestró igualmente como a un Asesino. De ahí que supiera cómo defenderme cuando llegué a Masyaf hace cuatro años. Poco después de que cumpliese once años, mi padre falleció en el ataque sarraceno a la ciudad, entregándose para salvar al padre de Abbas, que había sido capturado. Unos días más tarde, ese hombre vino a mi casa y me contó lo sucedido, pidiéndome perdón. Yo era un niño, así que le eché la culpa a él de la muerte de mi padre. A pesar de que me enseñaron que amar a la familia te hacía débil y que no podía permitirme algo así, no dejaba de sentir dolor por la pérdida de mi padre. Entonces, Ahmad, el padre de Abbas, se suicidó frente a mí. Con él llevaba una carta, apenas dos líneas del Maestro Al Mualim, que me acogía como a su discípulo a petición de mi padre. Unos días más tarde llegué a la ciudad, me hice amigo de Abbas y, después, le conté lo de su padre. Y eso fue lo que pasó.
Malik había escuchado el relato en silencio, limitándose a mirar a Altaïr, cómo el muchacho gesticulaba de vez en cuando con los brazos o desviaba la mirada hacia un lado, rememorando las escenas que narraba.
Ibn-La'Ahad no pensó que volviera a sentir el punzón de la pérdida en el corazón, ese sentimiento que creía ya olvidado con el tiempo, y no se encontraba preparado para que sacudiera su cuerpo con aquella fuerza inusitada. Lo sentía por su padre, por el posible sufrimiento de Ahmad al haber tenido que sacrificar a un hermano, y por cómo lo debía de haber pasado Abbas.
—Lo siento, Altaïr.
Ante las palabras de Al-Sayf, el joven pareció despertar, e hizo un gesto con la cabeza, agradeciendo aquellas simples palabras.
—Eso forma parte del pasado, ya no es importante, no tanto como antes al menos. Pero gracias, hermano.
El muchacho de ojos oscuros sintió un cálido torrente de emociones al escuchar a Altaïr llamarlo de aquella manera, de igual a igual, como dos compañeros unidos por los mismos preceptos. Efectivamente, ambos eran hermanos.
—No hay que agradecer...hermano.
Altaïr sonrió ligeramente, alegre de tener un amigo al que pudiera llamar hermano de corazón y no por mero formulismo, y le apretó el brazo izquierdo en señal de afecto, los dos andando de nuevo por la fortaleza, sintiendo que algo había cambiado. Por supuesto, Malik aun sentía aquella obstinada rivalidad que surgía de la admiración de su hermano hacia Ibn-La'Ahad, pero ahora podía considerar al joven de cabello castaño como a algo más que un mero rival.
Después de algunas semanas, Al Mualim les levantó el castigo, devolviéndoles sus armas y el rango que tenían el día en que partieron a Jerusalén. Los dos muchachos estaban en la oficina del Maestro, actitud regia, espalda recta y la impaciencia reflejada en sus brillantes ojos.
El anciano se encontraba de espaldas a ellos, con las manos entrelazadas tras la espalda, su elaborada túnica cayendo en cascada por su cuerpo viejo pero fuerte. Tras unos segundos que a los jóvenes se le antojaron horas, Al Mualim se giró, mostrando su rostro, su barba larga y canosa que ocultaba la mitad de su faz.
—Espero que este tiempo de inactividad forzada os haya servido para meditar. Ha sido un castigo ridículo, pero necesario. Ahora que volvéis a tener vuestro rango y vuestras armas, os mandaré a los dos a una nueva misión para que me demostréis que habéis aprendido de vuestro anterior error. Esta vez iréis a Acre, algo más cerca que Jerusalén. Vuestro encargo allí será parecido al anterior, con la salvedad de que tendréis un objetivo al cual asesinar. El rafiq de la ciudad os proporcionará la información necesaria para empezar a buscar cuando lleguéis. Os concederé dos semanas.
El Maestro se dirigió al palomar, cogiendo con cuidado una de las aves, ahuecándola entre sus manos.
—Seguridad y paz.
Ambos jóvenes se despidieron formalmente de Al Mualim y salieron de sus dependencias, sin perder tiempo para llegar a la cuadra y partir hacia la ciudad de Acre. Como la anterior vez, Altaïr cogió el ejemplar negro, mientras que Malik siguió decantándose por el tranquilo caballo alazán, el mozo de cuadras mirando a ambos Asesinos con una mueca divertida por la discusión que mantenían acerca de lo estúpido que era Ibn-La'Ahad por volver a coger el mismo equino que había estado a punto de lanzarlo por los aires durante su viaje a Jerusalén.
—Hasta el reencuentro, hermanos—se despidió el joven.
—Hasta el reencuentro.
Y, con esas palabras, partieron hacia la ciudad costera de Acre.
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Jajajajaja Alex, coincido MUCHO contigo XD Luego estás que corres sin saber por dónde tirar porque te persigue toda la maldita guardia por toooodas las calles de la ciudad :'D Y al final o bien te las apañas para esconderte en un despiste o bien te lías a golpes hasta que tienes una pila de cadáveres alrededor... ¡Gracias por comentar! ^^
Por cierto, ¿soy la única que se imagina a Alty y Malik con trajes de maid en este cap, limpiando los muebles con un plumero? Tengo que hacer un dibujo de eso...
En fin, ¡espero que os haya gustado! ^^ ¿Reviews? Me haríais muy feliz :D
¡Ya nos leemos!
