¡Hola de nuevo!

Bueno, dejo el cap 10 que, personalmente, me gusta bastante XD No sé por qué, todo sea dicho...Pero estoy satisfecha con este cap :3

¡Espero que os guste!

-.-.-.-.-

Tras su llegada a Masyaf, ninguno de los dos jóvenes habló acerca de lo que había pasado entre ellos esa noche en Jerusalén. Malik aun no daba crédito a ello y, cuando Altaïr se acercaba a él para charlar o simplemente dar una vuelta, Al-Sayf le daba cualquier excusa para marcharse. Se sentía extraño a su lado; una parte de él quería dejar atrás esos pensamientos que lo torturaban y estar con su compañero como hasta ahora, con esa peculiar relación que mantenían, pero otra no lo aceptaba. Eran dos hombres, aquello...no estaba bien.

Pero, ¿quién podía decidir de quién se enamoraba? Ese sentimiento traspasaba cualquier frontera, fuera ésta cual fuese.

Kadar había notado el extraño humor de su hermano mayor y, cuando trató de hablar con él, Malik tan sólo lo ignoró, yendo a la biblioteca para estudiar. Así pues, el menor de los Al-Sayf intentó buscar a Altaïr. Malik había estado actuando extraño desde que volvió de esa misión que hizo junto a Ibn-La'Ahad, así que el muchacho estaba seguro de que el joven de ojos dorados sabía algo al respecto.

Lo encontró en uno de los jardines del castillo, donde algunas mujeres se encontraban charlando entre sí o pasando el rato con algún que otro hermano de la Orden. Pero Altaïr ignoraba a las chicas que se acercaban con intenciones de hablar con él; estaba sentado en un banco, con la cabeza encapuchada alzada hacia el cielo y las manos entrelazadas, sus brazos apoyados en las piernas.

—Hola, Altaïr—saludó, pidiendo permiso para sentarse a su lado.

—Kadar, cuánto tiempo. ¿Ocurre algo?

—Sí…Se trata de mi hermano. Desde que volvió de Jerusalén está un poco extraño y me tiene preocupado, no me cuenta qué le ocurre. ¿Tú sabes algo?

Ibn-La'Ahad emitió un quedo suspiro desencantado, dejando caer los hombros con pesadez. No iba a decirle al hermano pequeño de Malik que su hermano se encontraba así porque habían hecho el amor la noche antes de completar su misión en Ciudad Santa. Así pues, se limitó a hacer un movimiento con la cabeza, sacudiéndola.

—Me temo que sé lo mismo que tú. Puede que haya sido por la experiencia en Jerusalén, la misión…se nos complicó—improvisó, esperando sonar convincente—. ¿Cómo te va a ti, Kadar?

—Uhm…Bien, creo. Dentro de dos días iré a otra ciudad de misión con un par de compañeros de mi rango, será mi primera misión de asesinato. Estoy bastante nervioso—admitió, esbozando una intranquila sonrisa mientras se rascaba la nuca—. ¡Pero espero hacerlo bien! Ojalá pudiera hablar con mi hermano antes de partir…

—Si le veo, hablaré con él, no te preocupes.

Kadar abrió mucho los ojos, una gran sonrisa abriéndose paso en sus adorables rasgos aun aniñados.

—¿De verdad?—casi gritó, emocionado—¡Muchas gracias, Altaïr!

El joven de cabellera castaña hizo un gesto despreocupado con la mano y se quedó allí durante unos minutos, acompañado del hermano pequeño de Malik, aunque sin prestar demasiada atención a lo que el chico le estaba diciendo. Pasado un tiempo, decidió volver al interior de la fortaleza para buscar a su compañero y hablar con él tal y como le había dicho a Kadar, mientras éste se fue con uno de sus amigos con el que emprendería su misión en un par de días.

Altaïr se detuvo en medio del pasillo, pensando dónde podría estar Malik. Tenía algunas opciones en mente, siendo las más probables la biblioteca o el acantilado que estaba al otro lado del castillo, escondido entre las rocas, lo más seguro tomando un baño lejos del bullicio propio de Masyaf.

Lo primero que hizo fue ir a la biblioteca, buscándolo en las zonas en las que sabía que solía estudiar, y al hallar la amplia sala totalmente vacía, decidió escabullirse al otro lugar que había pensado, esperando encontrarlo allí. Apenas tardó unos minutos en rodear la fortaleza hasta llegar a los acantilados, saltando entre las rocas con agilidad, buscando con su agudizada vista algún rastro que Malik hubiera podido dejar.

Finalmente, lo encontró escondido en un hueco de aquel amplio acantilado, su cuerpo desnudo siendo acariciado por las frías aguas de Masyaf. Sigiloso, se acomodó en una roca y contempló con fascinación a su compañero, su tez canela húmeda, con algunas heridas por las batallas durante las misiones que le habían dejado ciertas cicatrices. Tenía el flequillo pegado a la frente, los ojos cerrados, y estaba apoyado contra la piedra.

Silenciosamente, Altaïr se acercó al lugar donde Malik había dejado su ropa, y se desnudó en cuestión de segundos, siempre vigilando que Al-Sayf estuviese aun distraído. Con una secreta sonrisa, se internó en aquellas aguas poco profundas, que apenas le llegarían por la cadera, y se acercó al otro joven, con cuidado de no resbalar y acabar ahogándose. Odiaba el agua, pero el instinto que despertaba Malik en él era más fuerte, y eso era suficiente.

Malik no era consciente de que estaba siendo acechado por Ibn-La'Ahad; no sólo por el sigilo propio de ese Asesino, sino también por estar más pendiente en sus propios sentimientos que en el entorno. Así pues, cuando de pronto se vio rodeado por un par de fuertes brazos, con unos labios besando su cuello, dio un respingo y su corazón estuvo a punto de salírsele del pecho.

—¡Altaïr!—exclamó al reconocerlo—¿Qué…qué estás haciendo aquí?

—Tengo que hablar contigo, Malik—murmuró, abrazándolo más contra él—. Llevas evitándome desde la noche que pasamos juntos en Jerusalén.

Al-Sayf se sonrojó ante el recuerdo, tratando de deshacerse del abrazo de Altaïr, viendo la tarea como imposible. Refunfuñando, se dejó abrazar entonces, su mejilla rozando la clavícula de Ibn-La'Ahad.

—¿Sabías que Kadar está preocupado por ti? Quiere que hables con él antes de que se vaya de misión y, de hecho, creo que deberías hacerlo. No puedes dejar que tu hermano se vaya con ese sentimiento de pesadumbre, no sería bueno para él.

—¿Has venido aquí por mi hermano?

—No, Malik. He venido aquí porque quiero hablar contigo. ¿Qué es lo que ocurre?

Malik emitió un quedo suspiro, encogiendo los hombros con suavidad, sin contestar a su pregunta. Simplemente, dejó pasar el tiempo, con los ojos cerrados, hasta que sintió la sangre subir hasta las orejas, sonrojándose fuertemente cuando Altaïr empezó a acariciar ciertas partes de su anatomía, provocándole un gemido inesperado. Al-Sayf se aferró al cuerpo de su compañero con fuerza, sin ponerle ningún tipo de impedimentos. Al diablo sus dudas, aquel sentimiento de culpa. Ibn-La'Ahad lograba hacer que se olvidase de todo aquello con el simple contacto de sus labios, con sus caricias sobre su piel, con aquellos susurros en su oído, nombrándole.

No necesitaba nada más.

Los dos jóvenes volvieron a entregarse entonces, ambos haciendo el amor en aquel solitario lugar de Masyaf, los jadeos de los Asesinos entremezclándose y rompiendo la quietud que otrora reinase en ese acantilado.

Después de un tiempo, Altaïr y Malik regresaron a la fortaleza, ninguno de los dos hablando durante el camino. Para cuando llegaron, la luna ya alumbraba la bóveda celeste. En el cuadrilátero del patio tenían lugar los últimos combates de entrenamiento por aquel día y los miembros de la Hermandad se encontraban, en su mayoría, comiendo y charlando tranquilamente en el comedor, o estudiando en la biblioteca, si no estaban ya durmiendo para levantarse pronto al día siguiente.

Al entrar al lugar, Al-Sayf se despidió de su compañero, diciendo que le gustaría hablar con Kadar, y ambos Asesinos tomaron rumbos distintos, uno encaminándose al comedor y el otro internándose aun más en la fortaleza. Malik sólo quería irse a su habitación y esperar a su hermano tumbado en la cama, con la mente totalmente en blanco. Pero sabía que su cabeza no dejaría de darle vueltas al mismo asunto.

Las horas transcurrieron con lentitud, perezosas, hasta que el joven escuchó el ruido de la puerta. Girando la cabeza en aquella dirección, vio aparecer a Kadar, el cual tenía un aspecto bastante cansado, rascándose la cabeza y bostezando de manera sonora.

—Oh, hermano—dijo al verlo, sonriendo—. No pensé que estarías aquí tan pronto, normalmente sueles quedarte en la biblioteca.

—Kadar, perdóname por haberte preocupado—fueron las palabras que Malik dijo—. Es sólo que he estado sometido bajo cierta presión en los últimos días, nada más.

Kadar se sentó en su cama, mirando a su hermano mayor con aquellos fascinantes ojos azules, y asintió fuertemente, de nuevo con una bonita sonrisa en el rostro, esta vez más sincera que la anterior.

—Me alegro de que sea sólo eso y no algo más grave. Bueno, voy a dormir, estoy muy cansado. ¿Mañana entrenamos juntos, Malik? Quisiera ir un poco preparado a la misión que tendré que hacer dentro de dos días. La verdad es que…estoy nervioso.

Malik sacudió la cabeza, sus labios curvándose ligeramente en una sonrisa afectiva.

—Claro, Kadar. Descansa, ¿de acuerdo?

El chiquillo le deseó buenas noches a su hermano y se recostó en la cama, quedándose dormido enseguida con una serena expresión en el rostro. El mayor se quedó mirándolo durante unos instantes, acomodándose en su lecho, una mano bajo la almohada y otra apoyada en el fino colchón.

En parte se sentía mal por haber hecho que su hermano se preocupase por él, pero no había sabido disimular mejor. Se prometió a sí mismo que no dejaría que aquello volviera a pasar, pues no quería que Kadar sufriera por su culpa. Quería que su hermano sonriera siempre, pasara lo que pasase, por los dos.

Con un suspiro de pesar, Malik cerró finalmente los ojos para poder descansar, esperando que el sueño le aliviase de la pesadez que había sentido durante los últimos días.

Las semanas fueron pasando, convirtiéndose en meses, y los meses, en años. Altaïr había ascendido varios rangos en la Hermandad, al igual que Malik, pero Kadar parecía no avanzar tan rápido como debiera. Sus misiones seguían siendo demasiado sencillas, sus objetivos demasiado fáciles, y su rango no ascendía prácticamente nada. A pesar de todo, procuraba entrenar con su hermano y con Ibn-La'Ahad, con la esperanza de alcanzarlos algún día.

Era una agradable primavera de 1189, un día como otro cualquiera en la rutina diaria de los Asesinos de Masyaf. En aquellos momentos, casi todos los hermanos se encontraban en la fortaleza, pues Al Mualim no les había mandado a ninguna misión, y los pocos que se encontraban fuera lo hacían para recabar información. Sin embargo, a pesar de la aparente calma, algo agitaba los corazones de los miembros de la Orden.

Habían oído rumores de un movimiento cristiano dirigiéndose hacia Tierra Santa, con los principales líderes de Europa comandando los ejércitos.

Preparándose para hacer frente al enemigo, los Asesinos se entrenaron hasta la extenuación, siempre alertas, y fue en agosto de ese año cuando tuvieron noticias del asedio de Acre por parte de Ricardo I de Inglaterra.

Altaïr se encontraba fuera de Masyaf cuando ésta resultó ser atacada por el enemigo. Malik, por el contrario, no había acompañado a Ibn-La'Ahad aquella vez, y estuvo presente al iniciarse el ataque. Obligó a Kadar a ir a un lugar seguro para evitar que sufriera daños, pero su hermano se limitó a ignorarlo.

—¡No voy a quedarme como un pasmarote cuando todos os esforzáis por defender lo que es nuestro!—exclamó, aferrándose fuertemente a la espada, con los ojos casi vidriosos por el llanto incipiente—¡Tengo derecho a luchar, hermano!

El mayor de los Al-Sayf miró con preocupación al pequeño, sus ojos oscuros clavados en los azules de Kadar, y al ver la inocente determinación que brillaba en ellos, hizo un gesto de asentimiento con la cabeza.

—Pero prométeme que te retirarás si las cosas se tuercen, Kadar—le cogió del brazo, obligándolo a sostenerle la mirada—. Prométemelo.

—Sí, hermano. Te lo prometo.

Dándole una palmada en el hombro, Malik dio media vuelta para dirigirse a la aldea que había bajo el castillo de Masyaf, viendo los cadáveres de sus rivales y de sus hermanos a partes iguales, ensangrentando las calles de la ciudad.

El hombre sintió que la furia lo recorría ante tal espectáculo y no pudo evitar imaginarse a su hermano en aquella situación. Apretando fuertemente la empuñadura de su espada, lanzó un grito de rabia y la ondeó en el aire, cortando con una precisión digna de admiración la cabeza de un templario.

Malik avanzó por la ciudadela hasta llegar casi a la entrada, ayudando a cuantos civiles lograba encontrar en su camino, desmembrando rivales sin ningún tipo de consideración. Su traje, antes blanco, estaba empapado de sangre, tanto suya como de sus enemigos, así como de criaturas inocentes que se habían visto envueltas en todo aquello sin necesidad.

Eso sólo servía para que se enervase más.

Al ver que necesitaban ayuda en la parte noreste de la ciudad, se dirigió lo más rápido que pudo hacia allí, sin ser consciente de que, a sus espaldas, Altaïr regresaba a Masyaf, hostigando a su montura hasta llegar a la empalizada. Ibn-La'Ahad vio a uno de sus enemigos acechando a un Asesino y tiró con precisión un cuchillo en su dirección, acertando el blanco de manera mortal. Se acercó entonces al hombre tirado en el suelo, ayudándolo a sentarse en un banco tras comprobar que tenía un pie roto, y fue en ese momento cuando su mayor rival, Abbas, hizo acto de presencia, con gesto de preocupación y la respiración agitada.

—¡Altaïr, nos han traicionado!—exclamó, apoyándose en las rodillas para tomar aire—El enemigo ha tomado la fortaleza.

El hombre de ojos dorados se giró hacia el otro Asesino, dedicándole unas no muy tranquilizadoras palabras de consuelo, y preguntó a Abbas por su Maestro.

La respuesta fue aún más desalentadora de lo que esperó en un principio.

Al Mualim se encontraba prisionero en el propio castillo por los templarios.

Abbas insistió en que debían retirarse, pero Altaïr no estaba dispuesto a ello. ¿Cómo iba a irse de Masyaf, dejándola en manos de aquellas horribles bestias, abandonando a su propio mentor?

Y…

Y tampoco podía irse sin Malik. Debía asegurarse de que estaba bien.

Su mente comenzó a trazar un rápido plan que estaba seguro, tenía que funcionar. Dio instrucciones a Abbas, diciéndole que llevase a los cruzados hasta el cañón, insistiendo con cierta rudeza al ver la reticencia en el rostro de Sofian.

—Abbas. Nada de errores—dijo, remarcando cada palabra como si fuera una sentencia.

Altaïr se dio la media vuelta, echando a correr al interior de la ciudad con la espada en ristre y la hoja oculta preparada. No se molestó en actuar de manera discreta, ocultándose entre los edificios de Masyaf. La situación requería acción directa, sangre y acero.

Abriéndose paso para llegar a la fortaleza, Ibn-La'Ahad dejó tras de sí una estela de muerte, los cadáveres de sus enemigos retorcidos en el suelo con una mueca de dolor y agonía en el desfigurado rostro. No había tiempo para los remordimientos, para las dudas o para flaquear. Altaïr no podía permitirse el lujo de ser una persona con sentimientos en esos instantes.

No dudaba en insertar su espada en el cuerpo del rival, atacándolo por la espalda, de frente, rebanándole el cuello o hacerle un tajo desde el ombligo hasta la garganta, viendo cómo sus órganos internos se desparramaban por el suelo en un charco de sangre.

Casi en la entrada, se topó de bruces con una persona que él conocía bien, aquel muchachito de cabello negro y extraños ojos azules que tanto lo admiraba.

—¡Kadar!

—¡A-Altaïr!—exclamó con voz llorosa, corriendo hacia él—¡Menos mal que estás aquí!

—¿Estás bien? ¿Dónde está Malik?

—¡No lo sé!—confesó, su voz cada vez retorciéndose más por el dolor y la incertidumbre—Nos separamos cuando empezó el ataque, él…él bajó a la ciudad. ¡No he vuelto a verle!

—Maldición…

Altaïr no podía dar ya media vuelta. Su misión principal era rescatar a Al Mualim. No podía dejar que su mentor muriese por salvar a su amigo.

Pero Malik…Malik no era un simple compañero de armas.

No tenía otra opción, a pesar de que su corazón se retorcía por la angustia. Lo primordial era su maestro.

—Ponte a salvo, Kadar. Yo…te aseguro que Malik está bien. Es un gran Asesino.

Kadar tuvo que consolarse con aquellas palabras y fue junto a un pequeño grupo de Asesinos, tratando de sobrevivir al asedio por parte de los cruzados. Altaïr, por su parte, subió las escalinatas sin descanso, sus pulmones casi reventando por el exceso de actividad en tan poco tiempo. Algunos hermanos le seguían para ayudarlo, abatiendo al enemigo, pero Ibn-La'Ahad pudo ver que ninguno de ellos se trataba de Malik.

Negó con la cabeza, tratando de sacárselo de la mente. No podía entretenerse ahora con esos asuntos.

Al llegar a la puerta, uno de sus antiguos hermanos hizo que se detuviera en seco, pues le había amenazado con matar a Al Mualim. Altaïr pudo verlo desde donde estaba, el anciano siendo sujetado por dos enemigos, sin opción a liberarse o siquiera retorcerse para intentarlo.

Los ojos de Ibn-La'Ahad brillaron con furia contenida ante la escena. Nadie tenía derecho a tratar así al mentor de la Orden de los Asesinos y menos aún un sucio traidor como aquel.

Sin embargo, los dos no intercambiaron más que palabras vanas, pues la puerta se cerró ante sus propias narices.

Chistando, Altaïr trepó por la pared para internarse en el patio de armas, escuchando las palabras del asqueroso traidor, sin entender lo que decía. Sin embargo, poca atención acabó por prestarle. Sus sentidos estaban alerta por si debía actuar con rapidez y precisión.

Tras subir a una de las torretas, mató con la hoja oculta a sus enemigos, enterrando aquel acero en sus cuerpos, por la espalda, su mano derecha cubriendo sus labios para evitar que soltasen ruido alguno, manchándose de sangre. Después de despachar a los rivales que se interponían en su camino, Ibn-La'Ahad llegó hasta un pequeño tejado, acechando desde ahí a su objetivo, y cuando lo tuvo en el punto de mira, activó el mecanismo de la cuchilla oculta y saltó sobre él, aplastándolo contra el suelo mientras hundía la daga en su cuello, escuchando sus últimas palabras antes de morir.

Al ver la muerte de su líder, los demás cruzados salieron corriendo, siendo asesinados por los pocos miembros de la Orden que por fin habían logrado penetrar en la fortaleza. Altaïr se acercó entonces a su maestro, comprobando que estuviera bien.

Los dos comenzaron a conversar en aquel patio, Al Mualim alabando la pericia de Altaïr.

—Un digno hijo de tu padre—dijo, mirándolo de reojo—. Ocupas su lugar como si estuviera hecho a tu medida. Te lo dije cuando no eras más que un niño, Altaïr, y veo que te juzgué bien. Dime, hijo… ¿Te lamentas de haber vivido como hasta ahora?

—No podría lamentarme de haber vivido la única vida que he conocido, Maestro.

—Con el tiempo, Altaïr, todos los puntos de vista cambian y todos los caminos conducen a nuevos lugares. Aprenderás lo poco que te queda entonces.

—No creo entenderlo bien, Maestro.

—Por supuesto que no. Prepara tu acero, muchacho…Esta batalla aún no está ganada.

Después de la retirada del enemigo, los Asesinos trataron de limpiar el campo de batalla, escoltando a los civiles hasta sus hogares para que dejasen de tener que hacer frente a tan dantesco espectáculo.

Kadar, que había estado recluido junto a otros compañeros, buscó de manera desesperada a su hermano, encontrándolo al lado de una pila de cadáveres tanto de enemigos como de aliados. Su espada yacía a un costado, ensangrentada, al igual que los ropajes, su blanco original perdido del todo. El cuerpo estaba tirado en el suelo, ojos cerrados, traje rasgado en algunas partes, y los labios bañados en sangre. Había sangre alrededor, pero el menor de los Al-Sayf no podía saber si era de Malik o de los cadáveres.

Al ver el panorama, la espada se escurrió de entre sus dedos y se llevó una mano a la boca, sus ojos vidriosos, dejando escapar las lágrimas que había contenido durante tantas horas, mientras negaba con la cabeza. Sus piernas flaquearon, incapaces de soportar su peso, y cayó de rodillas frente al cuerpo de su hermano mayor.

Malik no podía estar muerto.

—Malik.

Kadar giró la cabeza al escuchar aquella voz, viendo aparecer a Altaïr. El rostro del hombre se encontraba oculto por la capucha, por lo que el joven no pudo verle los rasgos. Pero el timbre de su voz expresaba todo aquello que Kadar no podía apreciar con los ojos.

Ibn-La'Ahad se arrodilló junto al cuerpo de su amigo y lo cogió en brazos, viendo cómo su cabeza caía hacia atrás, un pequeño reguero de sangre deslizándose por la comisura de sus labios.

A pesar de todo, Altaïr sonrió.

Había sentido la queda respiración de Malik, un ligero susurro apenas, pero estaba ahí. El movimiento de su pecho era apenas perceptible, pero estaba ahí.

Y el latido de su corazón, aunque lento, perezoso, seguía existiendo. Estaba ahí.

Malik…Malik estaba ahí.

Fue en ese momento cuando Altaïr se permitió volver a ser una persona con sentimientos y, a pesar de la presencia de Kadar, abrazó al mayor de los hermanos, estrechándolo contra su pecho, con una sonrisa de alivio adornando sus rasgos. Lo cogió en brazos con cuidado, sabiendo que tenía varias heridas graves en su cuerpo, y lo llevó a la fortaleza para que atendieran sus heridas.

''No vuelvas a asustarme de esta manera, Malik'' pensó, besando su frente ''Nunca vuelvas a hacerlo''

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¡Yay, me alegro de que os haya gustado el cap anterior! ^^ Y no, nadie salió con sus partes churruscadas, sin problemas con eso XDDD Ya tengo el siguiente lemon preparadito, peeeero...aun no lo sacaré ¬u¬ Todavía faaaaaaaalta para ello, un poco (?) Y sí, os lo digo para que esperéis con ansias mwajajajaja! Soy cruel y retorcida 8D

¡Muchísimas gracias por los reviews! De verdad que los aprecio muchísimo ^^ Seguid así, me alegráis el día *3*

¡Ya nos leemos! ^^