¡Síiii capi nuevo! :'D

Siento mucho la demora, pero tengo serios problemas con una ramera llamada inspiración...

En fin, ¡espero que os guste el cap! ^^

-.-.-.-.-

Dos años habían pasado desde el asedio a Masyaf por parte de los cruzados. Altaïr, como bien sabían todos, había sido ascendido al rango de Maestro Asesino poco después de la batalla; era el mayor honor que un hermano podía obtener, pues era el último rango antes de llegar a mentor de la Orden, el puesto de Al Mualim.

Sin embargo, ese ascenso sólo le sirvió para comenzar a ser un patán arrogante y altanero. Si bien la gran mayoría de hermanos lo admiraban por sus habilidades, tanto Abbas como Malik sentían los agudos pinchazos de la envidia y el resentimiento.

Por la parte de Abbas, era totalmente comprensible. El día del nombramiento de Ibn-La'Ahad como Maestro Asesino, Sofian le había dedicado una felicitación poco…agradable. Y, como recompensa, recibió una mordaz respuesta por parte Altaïr. Si su relación anterior había sido horrible desde que el ahora Maestro Asesino le había contado aquella historia de su padre, a partir de entonces simplemente fue destructiva.

O lo hubiera sido...de haber, al menos, una relación entre ambos más allá de miradas de odio y empujones por los pasillos de vez en cuando.

En cuanto a Malik, sus motivos eran bastante más personales. Desde aquella discusión en la fortaleza, Al-Sayf había podido apreciar cómo el que antes fuera su amigo, puede que algo más que eso, había cambiado su actitud en pos de una arrogancia y altanería tales que más de una vez había querido propinarle una lluvia de puñetazos para tratar de quitarle aquella absurda tontería. De hecho se habían peleado en más de una ocasión y no habían acabado especialmente bien.

—¡Hermano!

Malik se giró hacia aquella voz, viendo aparecer a Kadar por uno de los pasillos de la fortaleza, jadeante por la carrera. Al llegar junto a su hermano, se detuvo para descansar y recuperar el aliento.

—Te… ¡te estaba buscando! Al Mualim te llama, tiene un encargo para ti.

—Entiendo. Ahora mismo voy, gracias por avisarme, Kadar.

Echando a andar hacia el torreón en el que el maestro tenía su despacho, pensó en la misión que tendría que llevar a cabo. Desde hacía dos años, las misiones se habían vuelto especialmente peligrosas debido al inicio de la Tercera Cruzada por la conquista de Tierra Santa, y más de un hermano había caído ya en las garras de la muerte.

Tomando aire, se aventuró en aquel despacho que, a esas alturas, conocía casi a la perfección, viendo a uno de sus hermanos de espaldas a él, reconociéndolo de inmediato. Frunció el ceño, apretó la mandíbula y trató de serenarse para no delatar su descontento.

—Maestro—saludó, agachando la cabeza.

—Ahora que os he reunido a los dos, os daré el encargo que necesito. Es la misión más importante hasta ahora, así que no podéis fallar. Se trata de la búsqueda y la posterior obtención de un objeto, en las ruinas del Templo de Salomón, en Jerusalén. Altaïr, tú eres mi mejor hombre, cuento contigo. Sé que no me fallarás en esta tarea. Y tú, Malik, eres diestro con la espada y tienes buen juicio. Juntos habéis hecho grandes cometidos por la Hermandad, así que espero que no me falléis ahora. Ah, y Malik…Dile a tu hermano que os acompañará.

—¿D-disculpe, Maestro?

—Kadar necesita aprender más rápido. La misma sangre corre por vuestras venas, pero es obvio que él todavía no ha sabido madurar como se debe. Irá con vosotros para aprender a ser un verdadero Asesino. Los tres saldréis gratamente beneficiados si cumplís la misión con éxito. Partiréis de inmediato, el asunto no puede retrasarse más. Preparad todo aquello que encontréis preciso, pero no carguéis con más objetos de lo necesario, e id a Jerusalén lo más pronto que podáis. Antes del mediodía quiero que estéis de camino a Ciudad Santa.

—Sí, Maestro—dijeron ambos hombres a la vez.

—Seguridad y paz.

Altaïr y Malik salieron del despacho tras hacer una reverencia, Ibn-La'Ahad mirando al frente sin prestar atención a su compañero, mientras que éste se dedicaba a contemplarlo de hito en hito, la irritación brillando en sus ojos oscuros. Odiaba que hubiese dejado de prestarle tanta atención como antes. ¿Y todo por qué, por un rango? ¿Acaso un simple rango podía habérsele subido tanto a la cabeza?

—Espero que Kadar no suponga un impedimento para llevar a cabo la mi…

Al-Sayf serró los dientes y, sin que Altaïr se lo esperase, lo empotró contra la pared, apretando su garganta con el brazo izquierdo fuertemente, mirándolo con gran enfado, sus ojos oscureciéndose de manera tormentosa.

—No toleraré que desprecies a mi hermano de esa manera, Altaïr—dijo con voz letal—. Serás un Maestro Asesino, pero más te vale que midas tus palabras. No tendré ningún reparo en hacértelo pagar.

Ibn-La'Ahad miró a Malik fijamente, de manera calmada, y con un rápido gesto cambió las tornas, siendo él ahora el que mantenía encarcelado a su compañero contra la pared.

—Pierdes el tiempo amenazándome, Malik. Soy superior a ti, recuérdalo.

Los dos se miraron durante largos segundos, el sentimiento de rencor poco a poco esfumándose de los ojos de Malik, recuperando un poco de la adorable irritación que mostrase en los años anteriores ante el escrutinio de Altaïr, un sentimiento de molestia mezclado con la vergüenza.

El hombre de cabello castaño no se había olvidado de esa mirada. Siguió observándolo un poco más, sus rostros cada vez estando más cerca el uno del otro, tanto que Al-Sayf comenzó a sentir la lenta respiración de Altaïr contra su boca entreabierta.

¿Cuánto tiempo hacía que los dos no se miraban de esa manera, que no respiraban del oxígeno del otro? A pesar de todo, ambos debían admitir que lo habían echado de menos.

Malik alzó una mano, acariciando con las yemas de los dedos el mentón de Ibn-La'Ahad mientras comenzaba a cerrar los ojos, su boca entreabierta esperando el tan deseado beso tras tanto tiempo de abstinencia.

Sin embargo, antes de que Altaïr pudiera siquiera rozar aquellos labios que lo llamaban a gritos, escuchó unos rápidos pasos acercarse hacia el lugar, y se separó de Al-Sayf con presteza, volviendo a adoptar una actitud calmada como si no hubiera estado a punto de pasar anda entre ellos de no haber sido por la interrupción.

Malik farfulló algo entre dientes, molesto, e ignoró al hermano que se dirigía al despacho de Al Mualim, sin devolverle el saludo que le había dedicado, tanto a él como a Altaïr. Ambos hombres bajaron de aquella torre sin tan siquiera mirarse esta vez y, al llegar al pasillo, Al-Sayf decidió ir a buscar a su hermano para indicarle que los acompañaría en la misión de aquel día.

—Malik, os espero en las cuadras—informó Altaïr.

El hombre de ojos oscuros asintió, sin molestarse en girarse para poder mirarlo a la cara, y marchó en busca de Kadar, encontrándolo cerca de la biblioteca, con un libro en la mano y papel y pluma en la otra. Al parecer, tenía intención de iniciar alguna tarea como las que Malik solía hacer en sus ratos libres.

—Hola, hermano—saludó alegremente el chico.

—Kadar, prepárate. Vendrás con Altaïr y conmigo a Jerusalén, por orden del Maestro.

El menor de los hermanos abrió la boca tanto como los ojos, sin dar crédito a las palabras de Malik, y cuando por fin despertó de aquel trance, esbozó una enorme sonrisa, sacudiendo la cabeza con fuerza.

—¡Dame unos minutos, no tardaré! ¡Vuelvo enseguida!

Kadar echó a correr por los pasillos hasta llegar a su habitación, dejando allí lo que antes llevase en las manos, y tras arreglarse en cuestión de segundos, regresó al lugar donde su hermano lo esperaba, viéndolo de brazos cruzados y con expresión distante. Tras darle un toque en el hombro para avisarle de su presencia, ambos hermanos se dirigieron a las cuadras.

—¡Me siento realmente honrado de poder ir a una misión contigo, Altaïr!—dijo nada más verlo—Una misión con un Maestro Asesino… ¡Daré lo mejor de mí, os lo prometo!

Malik chistó por lo bajo, cogiendo las riendas de su caballo, y montó en él casi a la par que Altaïr en el corcel propio, ambos hombres esperando a que el único miembro de la expedición que aun llevaba una capucha oscura se subiera al equino. Una vez listos los tres, partieron hacia Jerusalén sin tregua, sabiendo que el camino sería largo y, tal y como estaba la situación en aquellos momentos, peligroso.

Al caer la noche, decidieron parar a descansar en un lugar libre de peligros, al menos a primera vista, y optaron por turnarse para vigilar que nada les acechase. Altaïr se ofreció para la primera guardia, instando a los hermanos Al-Sayf a que descansasen para evitar que, más tarde, fueran un incordio en la misión. Claro que lo dijo con otras palabras para no sonar tan mezquino y ofensivo, pero Malik había captado el mensaje a la primera.

Kadar les deseó buenas noches a ambos, siempre con una sonrisita en el rostro que lo hacía ver adorable, y se durmió al lado de su hermano mayor, apoyando su cabeza sobre su hombro. A Malik no le importaba que el pequeño durmiese de aquella manera, así que se limitó a dejarlo estar, echándole de vez en cuando alguna que otra enternecedora mirada cargada de amor fraternal. Durante todos esos años había sufrido cada vez que su hermano pequeño salía de misión, noche tras noche pensando en su estado hasta que lo veía aparecer con las ropas ensangrentadas, varias heridas en el cuerpo y una alegre sonrisa.

Pero a salvo, después de todo.

Esa era la primera misión que emprendían juntos, pues los diferentes rangos que ostentaban les habían impedido poder salir de Masyaf en una misión común; los objetivos de Malik no estaban a la altura del rango de Kadar. Sin embargo, le parecía extraño que Al Mualim les hubiera mandado juntos para realizar un encargo tan delicado como había dicho que era. No obstante, no quería pensar demasiado en ello, y se contentó con saber que podría defender a su querido hermano menor si se metían en problemas.

Desviando sus ojos oscuros del plácido rostro dormido de Kadar, se topó con la mirada de Altaïr, el cual los había estado observando desde el interior de su capucha blanca.

—¿Ocurre algo, Altaïr?

Ibn-La'Ahad hizo un gesto de negación con la cabeza y desvió el rostro hacia la bóveda celeste, escuchando cómo Malik se levantaba con cuidado, dejando a su hermano apoyado sobre la roca en la que él estuviera descansando la espalda. Sintió que se acercaba a él, pero en lugar de encararlo o molestarse en apartarse, se quedó en aquel lugar, notando cómo Al-Sayf lo cogía del brazo con fuerza para girarlo hacia él.

—Llevas comportándote como un estúpido arrogante desde que te ascendieron a Maestro Asesino—le espetó, su ceño fruncido y la mirada fría—. Estoy realmente harto de que, de la noche a la mañana, me hayas empezado a tratar como si fuera un trapo.

Altaïr se limitó a mirarlo, analizando sus palabras, y encogió los hombros con desinterés, decidiendo que no tenían mayor importancia.

—Soy un Maestro Asesino—fue lo que dijo, como si aquello lo justificase todo.

—No, Altaïr. Eres un idiota.

Ibn-La'Ahad lo cogió de la pechera de su túnica alba, su mirada irritada clavada en esos ojos oscuros que le devolvían el gesto sin ningún tipo de miedo o vacilación.

—Mide tus palabras, Al-Sayf.

Altaïr pudo ver cómo algo parecía resquebrajarse en aquel mar tormentoso que eran los ojos de Malik en aquellos momentos, pero no supo por qué, ni qué era lo que se había roto.

''Al-Sayf''

Malik sabía que no tenía por qué afectarle el que se refiriese a él por su apellido. Muchos de sus hermanos lo hacían por respeto, estaba acostumbrado a que lo llamasen de aquella manera. Pero no estaba acostumbrado a oírlo de los labios de Altaïr y menos aún con aquella voz fría y desapasionada. Los dos se habían llamado por el apellido en alguna que otra ocasión, siempre cuando discutían por algo, pero jamás, jamás, con aquel tono despectivo que Ibn-La'Ahad había usado en aquellos momentos.

Desviando la vista, Al-Sayf alzó ambas manos, sus labios estirándose ligeramente en una sonrisa que, por algún motivo que no alcanzaba a comprender, partió en dos el corazón del Maestro Asesino.

—De acuerdo, Altaïr.

Soltándose de su agarre, Malik se dio la media vuelta y se sentó de nuevo junto a su hermano, tratando de ignorar la mirada de Ibn-La'Ahad sobre él.

De pronto, los dos se vieron sacudidos por un perturbador sentimiento. Parecían nuevamente dos desconocidos, como si nunca se hubieran visto, como si no se conocieran de nada. En esos momentos, eran dos extraños con una historia en común.

Esa noche fue una de las peores tanto para Malik como para Altaïr. Ninguno de los dos consiguió pegar ojo y al día siguiente, el único realmente radiante era Kadar, al cual no habían despertado de su sueño durante las horas nocturnas ya que no había hecho falta.

El resto del viaje fue bastante tenso, con silencios angustiosos y conversaciones forzadas. Por el día no se notaba tanto el sentimiento de incomodidad, pues tanto Altaïr como Malik estaban más ocupados tratando de sobrevivir, haciendo frente a las pequeñas patrullas de cruzados que asolaban el camino a Jerusalén; sin embargo, durante la noche, ambos a solas cuando Kadar se rendía al sueño, no podían evitar esa sensación de pérdida, la nostalgia de algo que tal vez no recuperasen.

Tras cinco penosos días de viaje, por fin llegaron a su destino.

Esperaron a que se hiciera de noche para poder inmiscuirse a las ruinas del Monte del Templo, lo que antaño fuera el esplendoroso Templo de Salomón que contenía en su interior la magnífica Arca de la Alianza ahora convertido en polvo y cenizas, siendo la sombra de lo que una vez fue.

Penetraron en el lugar en absoluto sigilo, deshaciéndose de los guardias que les estorbaban, pegados a la pared y casi sin respirar. Altaïr iba delante, seguido de los hermanos Al-Sayf unos pasos más atrás, escuchando las gotas de agua caer hasta el suelo arenoso en un irritante ciclo sin final.

Ibn-La'Ahad fue el primero en detectar una nueva presencia, escuchando a lo que, al parecer, era un sacerdote. Se detuvo en seco, haciendo un gesto a los otros dos para que lo imitaran, tocándose la oreja con un par de dedos. Ante el aviso, Malik y Kadar detuvieron su avance, esperando las órdenes del Maestro Asesino.

Altaïr, por su parte, se acercó a pasos lentos, sacudiendo la muñeca para dejar libre la hoja oculta. Entonces lo vio, el Templario que se encontraba orando, ajeno a los Asesinos que se encontraban apenas unos metros más atrás. Sin dudar, el hombre de ojos dorados hizo amago de abalanzarse hacia él, pero la voz de Malik lo detuvo.

''No tiene por qué morir''

Ignorando esas palabras con un frío desdén, Ibn-La'Ahad se colocó tras el sacerdote y hundió la hoja en su cuerpo, tapando su boca con la mano libre para evitar que el estertor agónico del hombre alertase a los otros Templarios que pudiera haber alrededor. Tras sentir la última convulsión, lo dejó en el suelo, consumiéndose el cadáver en un charco de sangre, sintiendo la mirada fija de Malik en su nuca.

—¡Increíble, Altaïr! La fortuna favorece tu acero—dijo Kadar, maravillado, acercándose a Altaïr.

—Habilidad, Kadar, nada de suerte—contestó con simpleza—. Sigue observando y puede que aprendas algo.

—Sí, aprenderás cómo ignorar nuestro Credo—acusó Malik, la furia brillando en sus ojos oscuros por la vorágine de sentimientos que experimentaba en esos momentos—. Era inocente, no tenía por qué morir, Altaïr.

—Lo haremos a mi manera, Malik—dijo con voz fría y desapasionada—. Soy tu superior, me debes respeto.

Serrando la mandíbula, el mayor de los Al-Sayf farfulló algo entre dientes y adelantó a su hermano y a Altaïr para reconocer el terreno, según dijo, todavía sin poder entender la razón de que el que otrora fuera su amigo, se comportase ahora de aquella manera tan mezquina.

Cuando la furia que agitaba su corazón pasó, sintió de nuevo la amargura de la pérdida cayendo sobre él como un pesado manto. ¿Acaso no quedaba nada en el interior de Altaïr de aquel muchacho que una vez fuese? Ni siquiera el brillo de sus ojos dorados era igual.

Suspiró pesadamente, frotándose los ojos, realmente cansado de todo aquello.

Kadar, por su parte, había visto el intercambio de miradas sin intervenir, prácticamente sin comprender nada de lo que pasaba entre su hermano mayor y Altaïr. Decidiendo que eso no era lo importante en aquellos momentos, se giró hacia el Maestro Asesino, preguntando por el objetivo de la misión dado que él no sabía nada.

—El Maestro cree que los Templarios han encontrado algo en el Templo de Salomón—explicó, mirando de reojo el lugar por el que Malik se había marchado—. Es algo importante, de lo contrario no me habría mandado para recogerlo.

Haciendo un gesto a Kadar para que siguiera a su hermano, Ibn-La'Ahad se quedó solo en el túnel, reflexionando, su mirada perdida en el cuerpo del sacerdote que acababa de matar. ¿Podía haberlo evitado? Sí, claro que sí. Y lo peor de todo era que era consciente de ello. Pero no lo había hecho por puro orgullo.

Y ese gesto altanero le había distanciado un poco más de Malik.

Negó con la cabeza, quitándose esas ideas de la mente, y decidió seguir con la misión. No podía detenerse por cuestiones puramente sentimentales. Él era Altaïr y se debía a su Maestro. Tenía que llevar a cabo ese encargo con la mayor precisión posible.

Además, sólo él podía hacerlo bien.

Llegando al lugar donde estaban sus dos compañeros de misión, los ignoró completamente y ascendió por la escalera que tenía en frente, acabando con los guardias que se interponían entre él y las estancias superiores en completo silencio, finalmente llegando al lugar donde su objetivo aguardaba.

Pero no fue eso en lo primero en que se fijó Altaïr, sino en el lugar. Si bien el tiempo había hecho estragos en el Templo, no pudo evitar sobrecogerse por sus ruinas, todavía majestuosas a pesar del abandono.

Fue la voz de Malik lo que le sacó del embrujo.

—Allí, debe de ser el Arca—murmuró, señalando algo a través de la sala.

—El Arca de la Alianza—dijo su hermano, aun más maravillado que el otro.

Ibn-La'Ahad frunció el ceño al verlos de esa manera, haciendo rodar sus ojos.

—No seáis estúpidos, eso no existe—les reprendió, chistando—. Parecéis dos patéticos comerciantes.

Pero Altaïr no pudo negar que su determinación se vio sacudida por las dudas al ver el objeto en sí. Negando con la cabeza, decidió prestar atención a cosas más importantes, y tras la llegada de un par de Templarios más, su mente le dijo que era el momento de actuar.

Escucharon en silencio las palabras del líder, aquel masculino acento francés, Ibn-La'Ahad saboreando el momento de la victoria cuando se abalanzase sobre él para matarlo.

—Robert de Sablé—murmuró—. Su vida es mía.

—No, Altaïr. El Maestro sólo nos dijo que recuperásemos el objeto, no es una misión de asesinato. No si podemos evitarlo.

—Está entre nosotros y el Arca. Es inevitable, Malik.

—Discreción, Altaïr. ¿Cuántas veces te lo he dicho a lo largo de los años? Estás a punto de romper el tercer pilar de nuestro Credo. No nos deshonres más, Ibn-La'Ahad.

Altaïr apretó el puño, sus ojos dorados incapaces de mirar en esos momentos a Malik. Frunció el ceño, serró los dientes y tomó aire para tranquilizarse.

—Te recuerdo que soy tu superior. No deberías cuestionarme.

Antes de poder escuchar la respuesta de Malik, descendió hasta la sala donde sus enemigos se encontraban, apenas intercambiando escuetas palabras antes de abalanzarse sobre Robert de Sablé, intentando engañarlo en su ataque. Sin embargo, no se esperó que el hombre fuese más rápido e inteligente que él, y le dejó en un completo ridículo cuando le cogió de la muñeca, deteniendo el que iba a ser un golpe mortal, apretando su cuello con la otra mano.

Qué estúpido había sido. Ahora veía que el fanfarrón era él mismo y no su enemigo.

—Ve y dile a tu Maestro que habéis perdido Tierra Santa—dijo Robert con tranquilidad, pausadamente, como si delante de él tuviera a un niño pequeño y corto de entendederas—. Si os quedáis, moriréis todos vosotros.

Altaïr sintió que su vista comenzaba a nublarse por la falta de oxígeno, su cabeza empezando a dar vueltas, y casi ni sintió la caída hacia los escombros, su cuerpo aterrizando al otro lado de la sala, tragando piedras, polvo y orgullo. Escuchó cómo las vigas cedían tras el golpe, cayendo e imposibilitando el acceso al lugar, y al levantarse, corrió hacia la entrada sellada.

—¡Hombres, a las armas! ¡Matad a los Asesinos!—se escuchó al otro lado.

Ibn-La'Ahad comenzó a tantear la piedra, buscando con cierta desesperación un punto de acceso. No era por la misión fallida, no era por la pérdida del objeto que Al Mualim quería.

Era por la posibilidad de la pérdida de Malik.

—No, no—murmuró, recuperando ese sentimiento que la arrogancia había sepultado—. Malik, maldita sea… ¡Malik!

Golpeando la roca con fuerza, se dejó caer de rodillas, sintiéndose derrotado, y ocultó la cabeza entre los hombros.

—Malik, por favor…Escapa.

Él ya no podía hacer nada por ayudarlo.

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...Sí, me gusta el drama huehuehuehue~

Hey, , ¿te puedes creer que aún no leí Orgullo y Prejuicio? Y eso que llevo tiempo queriendo hacerlo ;_; Pero al final siempre acabo dejándolo de lado *se suicida y revive con una cola de fénix* Tranquila, comparto el sentimiento con respecto a Abbas...Es idiota, a nadie le caería bien -3- Y en cuanto a Altaïr y Malik...Ninguno de los dos es perfecto, tienen que equivocarse ambos para darse cuenta de las cosas. No madurarían de hacerlo todo bien...o eso opino yo :_D Un placer tenerte por aquí otra vez, ¡muchísimas gracias por el review! De verdad que se agradece ^^

Espero, como siempre, que os haya gustado :D ¡Gracias por leer~!

¡Hasta el próximo cap! ^^