Bueno, aquí vengo con el cap 13 :'D *se prepara para toneladas de odio*
¡Espero que os guste!
-.-.-.-.-
Malik había visto cómo Altaïr se abalanzaba sobre de Sablé. Incluso había previsto, antes de que su compañero hiciera aquella insensatez, que las cosas no iban a salir bien. Algo en su interior se había retorcido con fuerza, agitando sus entrañas; un nerviosismo extremo, la certeza de que algo iba a torcerse aquel día.
Efectivamente, no se había equivocado en nada.
Fue testigo de cómo Robert frenó el golpe, de cómo cogía a Ibn-La'Ahad, aquel gran Asesino, como si no fuera más que un muñeco de trapo, y finalmente observó cómo el Templario lanzaba a Altaïr a la sala adyacente.
Y no pudo ver más.
Robert de Sablé había llamado a sus hombres a las armas para matarlos a él y a Kadar, pero los hermanos Al-Sayf no iban a ceder, no se iban a rendir tan fácilmente.
—¡Kadar!
El menor de los dos sacó rápidamente su espada ante el aviso de su hermano, desviando con cierta dificultad la arremetida de uno de sus rivales. Malik, por su parte, no estaba en las mejores circunstancias, pues no sólo estaba pendiente de salvar su propio cuello, sino que prestaba más atención a Kadar que a su propia seguridad.
Recibió un corte en el costado, haciéndolo trastabillar ligeramente, pero se recompuso enseguida. No iban a acabar con él a esas alturas.
Aferrando firmemente la empuñadura de su acero, se agachó al prever la estocada de su enemigo y cogió el arma con ambas manos para dar una mayor fuerza a su golpe, describiendo un arco ascendente, la sangre del hombre salpicándole ante el corte que le llegó hasta la nariz. Apartó el cadáver de una patada cuando vio que se caía hacia él, sin dedicarle una mirada siquiera, y atacó por la espalda a otro rival, empleando su hoja oculta, casi hundiendo la mano en la piel del otro. Por el rabillo del ojo vio a su hermano tratando de abatir a dos rivales, y sin pensarlo dos veces sacó uno de sus cuchillos arrojadizos y lo lanzó hacia uno de los Templarios, acertándole entre ceja y ceja, viendo cómo se clavaba en su piel y el enemigo caía hacia atrás con los ojos en blanco y la boca abierta.
Los ojos de ambos hermanos se encontraron, los azules de Kadar, asustados, mirando los oscuros de Malik, en los cuales brillaba la fuerza y la determinación. Malik debía ser fuerte para proteger a su hermano pequeño.
Kadar sintió vergüenza de sí mismo al ver combatir a su hermano con tanta facilidad, al menos de manera aparente, y decidió que tenía que dejar de lado sus miedos de una vez. Malik estaba tratando de protegerlos a ambos, él no podía quedarse atrás, blandiendo torpemente la espada como lo haría un chiquillo, dando bandazos sin acertar el golpe.
Así pues, corrió hacia su siguiente contrincante, el cual estaba tratando de custodiar el acceso al objeto que debían recoger, y a pesar de los fuertes golpes que recibió, no se amedrentó. Apretó la mandíbula, sus ojos azules por una vez reflejando la determinación propia de los de Malik, y sin vacilaciones arremetió contra su rival, desviando sus golpes uno por uno hasta lograr encontrar una brecha, cercenándole la cabeza, que salió volando por los aires y terminó dando vueltas por el suelo, empapando la piedra del lugar de sangre.
Kadar fue rápido a la hora de actuar y cogió el objeto con presteza, sin ser consciente del peligro que le acechaba.
Malik había visto parte del combate de su hermano, el orgullo llenándole por entero al verlo actuar de esa manera, y pensó en reunirse con él para escapar tras desviar el ataque de su rival, queriendo acabar el combate con un rápido toque de su hoja oculta.
Sacudió la muñeca con fuerza, escuchando cómo el acero se deslizaba por aquel mecanismo, y alzó el brazo izquierdo con la finalidad de poner fin a la vida de su enemigo. Pero no contó con el repentino ataque del mismo, que le partió el brazo y a punto estuvo de cercenarlo de un tajo. La sangre empezó a fluir con rapidez, empapando la manga izquierda del traje de Asesino, aquel miembro ahora inútil que caía muerto del hombro. Malik no tuvo tiempo de lamentarse por ello y, sosteniendo la espada con la mano derecha, finalmente acertó al hombre en el pecho, sacando después la hoja con un tirón seco, salpicando de sangre el lugar.
—¡Malik!
El mayor de los hermanos se giró hacia el pequeño, viendo cómo sostenía de manera triunfal el objeto. Malik quiso sonreír ante la victoria, quiso acercarse a su hermano y felicitarle, pero en lugar de aquello, gritó. Gritó como no lo había hecho nunca, el dolor abriéndose paso con una crueldad inusitada a través de su cuerpo.
—¡Kadar!
Kadar apenas sintió el roce del acero en su cuerpo, cómo una espada lo apuñalaba desde atrás, atravesando su pecho, la punta del arma asomando por la tela de la túnica de Asesino, la cual se tiñó de un rojo carmesí.
El joven no entendía lo que había pasado. No había visto llegar a su rival. Sólo sabía que había conseguido el objeto, que Malik lo había mirado con orgullo antes de que su cara se transformase en una mueca de dolor.
—Hermano…—logró murmurar, un esputo sanguinolento brotando de sus labios.
Malik lanzó un grito de rabia y dolor y se abalanzó contra el hombre que había atacado a Kadar. La ira lo cegó totalmente, permitiéndole acabar con él en cuestión de segundos, ensañándose con su cuerpo ya muerto, y después se giró hacia su hermano, ayudándolo a salir de aquel horrible lugar lleno de sangre. Sentía cómo el cuerpo de Kadar temblaba levemente, escuchaba de fondo los bramidos de los escasos Templarios que habían sobrevivido. Sabía que los perseguirían, que estaban de camino y que les darían alcance, pero eso sólo le instó a esforzarse más por salir. Finalmente, acabó escondiéndose en un pequeño reducto entre las rocas, incapaz de ir más allá con Kadar en aquel estado, y lo tumbó sobre el suelo.
—Kadar, no puedes hacerme esto—dijo, la voz quebrada por el llanto inminente.
El joven desvió sus ojos hacia su hermano, sus labios rojos por la sangre esbozando una pequeña sonrisa mientras le daba el objeto.
—Llévalo…ante el Maestro—murmuró—. Hoy hemos…hemos obtenido la…victoria, hermano…
La tos le impidió continuar hablando y enseguida fue ayudado por Malik. El mayor de los hermanos agarró la mano del otro, apretándola con fuerza, los ojos oscuros empezando a humedecerse.
—Sí, Kadar. Gracias a ti. Estoy muy orgulloso de ti, hermano.
—Me alegro…de oír eso…-suspiró, entrecerrando los ojos mientras se apoyaba en el cuerpo de su hermano—Malik…no te olvides de mí. Te quiero…mucho…
Con una sonrisa en los labios, Kadar exhaló su último aliento, dejando caer la mano que Malik aferraba.
—No, Kadar. No puedes morir. Kadar… ¡Kadar, despierta de una vez! No me dejes solo, por favor…
Malik se abrazó al cadáver de su hermano, llorando en silencio, sin creer lo que acababa de suceder. Y todo por culpa de la arrogancia de Altaïr.
—No se lo perdonaré nunca—murmuró con odio, separándose del joven, acariciando su rostro lleno de sangre hasta llegar a los ojos, cerrándolos—. Jamás le perdonaré que te arrebatase la vida, Kadar...
El hombre le quitó la capucha a Kadar, junto al adorno que portaban todos los miembros de la Orden para sujetar el cuchillo que llevaban a la espalda, y apretándolo contra su pecho junto al objeto, salió de allí, dejando el cuerpo de su hermano oculto en aquellas ruinas.
Logró llegar a las afueras de Jerusalén sin mayores incidentes, aunque casi a rastras por su mal estado, y se subió a su caballo, mirando el ejemplar blanco que antes fuera cabalgado por Kadar. El animal parecía estar esperando a su dueño.
—Lo siento…Pero no va a volver—murmuró Malik.
Hostigando a su caballo, partió hacia Masyaf, dejando atrás aquel lugar en el que había perdido aquello que más había querido durante toda su vida.
El viaje de regreso fue un auténtico tormento; Malik se encontraba agotado física y psicológicamente y lo único que quería era despertar, encontrándose con la sorpresa de que todo aquello había sido sólo una pesadilla.
Pero sabía que no era así. Nada más lejos de la realidad.
Todavía oía las palabras de Kadar, aquellos últimos susurros que había logrado balbucear, su mano aferrándose a la de él antes de morir. Jamás volvería a ver sus ojos azules, su sonrisa que hacía que el día más aciago resplandeciera. Nunca más volvería a oír su voz.
—Perdóname, Kadar—dijo, nuevamente llorando, sintiendo el peso de la pérdida—. Perdóname por no haber podido protegerte.
Tras cinco largos días de viaje, arribó a Masyaf, logrando llegar a la fortaleza a pesar de su penoso estado. Tenía algo importante que decir a Al Mualim, pues el error de Altaïr en el Templo de Salomón había tenido sus consecuencias.
Los Templarios se encaminaban hacia la ciudad para recoger aquello que Malik portaba consigo.
Al introducirse en el bastión, se dirigió al despacho del Maestro, casi arrastrándose por los pasillos y escaleras hasta coronar la torre, escuchando, antes de llegar, la voz de Altaïr.
—Malik y Kadar están muertos.
Al-Sayf apretó la mandíbula ante esas palabras, sus ojos oscuros cargados de odio, y entró renqueante a la sala.
—No. No los dos, al menos.
Altaïr se giró rápidamente al reconocer aquella voz, un sentimiento de alivio abriéndose paso desde lo más profundo de su alma; pero dicho sentimiento se vio destruido al ver la mirada fija de Malik en aquel rostro manchado de sangre reseca. Rencor, ira, dolor y odio, un odio tan intenso y tan real que Ibn-La'Ahad no supo cómo reaccionar más que con una patética disculpa reflejándose en su mirada dorada.
—Malik—dijo con asombro el Maestro, reparando en la ausencia de un tercero—. ¿Dónde está Kadar?
El hombre apretó el puño de la mano derecha antes de responder, preparándose para pronunciar aquellas palabras que hacían que su corazón se rompiera en mil pedazos.
—Muerto…—su mirada volvió a clavarse en Altaïr, acusadora, mientras lo señalaba con un dedo—¡Por tu culpa!
—Robert de Sablé me sacó de la sala—protestó Ibn-La'Ahad—. No tenía manera de regresar.
Aquello parecía más una patética excusa, un ruego inútil en busca de un perdón que sabía de antemano que jamás iba a conseguir. Y lo sabía porque veía en los ojos oscuros de Malik el rechazo, el reflejo del rencor y el odio y una ponzoñosa promesa de venganza.
—¡Porque no me escuchaste!—siguió acusándolo Malik, cada vez más furioso—¡Mi hermano estaría vivo ahora de no ser por tu arrogancia, Altaïr!
—Malik, yo no…
Calló, sabiendo que las palabras eran absurdas en aquellos momentos, y se limitó a contemplar a Al-Sayf, aquellos ojos humedecidos por el llanto que ahora se resistían a seguir llorando. Probablemente la ira había secado sus lágrimas.
—Tu altanería casi nos cuesta la victoria hoy—dijo finalmente.
—¿Casi?—preguntó Al Mualim.
Malik se permitió estirar los labios en una sombra de sonrisa a pesar de su lamentable estado y se hizo a un lado cuando uno de los miembros de la Orden entró en el despacho con aquel objeto que el Maestro tanto reclamaba.
Altaïr y Malik volvieron a cruzar miradas, pero esta vez Ibn-La'Ahad no vio a un hombre herido y débil por la pérdida. Vio a un asesino lleno de cólera fría y orgullo...Orgullo por algo que él no había conseguido.
—He logrado obtener lo que vuestro favorito no pudo.
Un silencio pesado se instaló en la sala. Al Mualim se acercó al objeto, su único ojo brillando con cierta ansia, pero los otros dos asesinos no eran conscientes de ello. Seguían tanteándose, Ibn-La'Ahad sintiéndose un inútil frente al triunfo de Malik.
Y una completa basura por lo que le había hecho.
De pronto, escucharon ruidos provenientes de la ciudadela, y Malik suspiró con cierta pesadez, sus ojos desviándose hacia la entrada de aquella oficina.
—Me temo que he venido con algo más que un tesoro—dijo.
—¡Maestro, Robert de Sablé ha sitiado la ciudad!—exclamó un mensajero, entrando casi a trompicones al despacho.
Al Mualim salió de su ensimismamiento y miró al recién llegado, frunciendo el ceño.
—¿Así que quiere guerra, eh? Muy bien, no se la negaré. En cuanto a ti, Altaïr, nuestra discusión tendrá que esperar. La fortaleza ha de estar protegida, cumple con tu obligación.
—Sí, Maestro.
Malik vio cómo Altaïr desaparecía por la escalera y después se giró hacia el Maestro, esperando instrucciones.
—Me temo que en tu estado no puedes sernos útil, Malik. Te agradezco el haber realizado la misión con éxito, a pesar de este contratiempo. A partir de ahora, llevarás a cargo tu cometido en la Hermandad en otro lugar, donde puedes sernos de gran utilidad.
Al-Sayf no supo exactamente cómo afrontar aquellas palabras, pero sabía que en esos momentos no podía importunar a Al Mualim con sus dudas, y tras hacer una reverencia, salió del despacho y se dirigió al ala este del castillo, donde podrían curar la espantosa herida que presentaba su brazo, sospechando que, a esas alturas, la pérdida del mismo era ya inevitable.
Pero al menos, seguía vivo.
Con un suspiro de pesar, trató de prestar ayuda estratégica a los hombres con los que se cruzaba y que no sabían qué hacer, y finalmente llegó a su destino, los médicos atendiéndole con urgencia y eficacia. Sin embargo, Malik vio reflejada en sus rostros la gravedad del asunto, y ya no le cupo ninguna duda.
Su brazo izquierdo debía ser extirpado, pues no había manera de curarlo.
Su brazo izquierdo, donde portaba la hoja oculta propia de los Asesinos.
Cerró los ojos, nuevamente sintiendo un regusto amargo en la boca, y se abandonó al sueño, agotado como estaba tras el viaje, tras las experiencias vividas, tras ver cómo su hermano moría en sus brazos y tras saber que ya nunca más podría volver a ser como antes.
Una parte de Malik Al-Sayf murió aquel día de 1191.
-.-.-.-.-
Odiadme. Vuestro odio me alimenta C:
No ahora en serio...Me dolió escribir este cap ;_; Pero no podía ser de otra manera u.u Con lo adorable que es Kadar...Me encantaba sacarlo en el fic, era tan...eso, tan adorable. Ah, pero no podía cambiar su muerte, es algo necesario para que la historia avance...
¡Muchísimas gracias por los reviews! :'D De verdad que se agradecen un montonazo ^^
Espero vuestro odio con ganas (?)
¡Gracias por leer! :D
¡Ya nos leemos!
