Yaaaay aquí traigo el cap 14~!

Sé que últimamente no subo tan seguido como antes...Pero no es porque me dé pereza seguir el fic o tenga pensado dejarlo (sé de alguien que me mataría si lo hago XD), NO NO NO NO NO. Es por culpa de la inspiración :_D Que nadie entre en pánico (?)

Bueno, sin más que añadir aquí arriba, os dejo con el cap ^^ ¡Espero que os guste!

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¿Cómo había llegado a esto?

Hacía cuestión de días era un Maestro Asesino, el orgullo de la Orden, el favorito de Al Mualim, su mejor discípulo. Y ahora no era más que un novicio, de nuevo.

El Maestro le había degradado al primer rango de la Hermandad debido a su impertinencia, a su arrogancia. Le había echado en cara que el triunfo sobre Robert de Sablé en Masyaf había sido posible porque había sabido escuchar lo que le decían, a diferencia de lo que había hecho en el Templo de Salomón.

El sentimiento de culpa había vuelto a resurgir. Podía escuchar la voz de Malik en su cabeza acusándole de la muerte de su hermano Kadar, mirándole con aquellos ojos fríos y rencorosos. Y lo cierto era que no le culpaba por ello, ¿cómo hacerlo?

Qué estúpido había sido.

Emitió un quedo suspiro, su cabeza oculta entre los hombros caídos. Se encontraba sentado en uno de los jardines de la fortaleza, reflexionando sobre sus actos en los últimos años, y tuvo que admitir que Malik tenía razón cuando le había dicho durante el viaje a Jerusalén que era un auténtico idiota. Pero, ¿por qué había empezado todo aquello? ¿Cuándo había permitido que la arrogancia y el orgullo le cegasen hasta ese punto?

Sacudió la cabeza, queriendo dejar de lado aquellos pensamientos al menos por unos minutos, y de pronto cayó en la cuenta de que no había vuelto a ver a Al-Sayf desde su llegada a Masyaf. Habían pasado pocos días, pero no se había topado con él ni una sola vez en todo ese tiempo. No estaba en la biblioteca, ni el patio de entrenamiento, ni tan siquiera en la enfermería.

Y tampoco lo había visto en el acantilado.

Había preguntado a un par de hermanos si se habían cruzado con él, obteniendo siempre una contestación negativa, y aquello lo exasperaba. No iba a admitir que estaba preocupado por él o que se arrepentía de lo que había hecho. No por ahora, al menos. Malik sería capaz de asesinarlo, de poder hacerlo, y contaba con ello.

Finalmente, se puso en pie y se adentró en el castillo, topándose con uno de los hermanos de alto rango.

—Altaïr, el Maestro me mandó buscarte—le dijo, mirándole de reojo—. Desea hablar contigo sobre alguna misión.

Asintiendo, Ibn-La'Ahad se dirigió sin demora al despacho de Al Mualim, saludándolo con respeto como acostumbraba. El anciano le miró, rodeando su escritorio hasta situarse a un costado del mismo, posando una mano con parsimonia sobre la madera, cerca de aquel objeto que Malik lograra traer del Templo.

—Dime, Altaïr—comenzó a hablar, su mirada desviándose del rostro del chico hacia un lugar que Ibn-La'Ahad no podía adivinar—, ¿sabes por qué luchan los Asesinos?

Altaïr no titubeó. A pesar de todo lo que había hecho, de la deshonra a la Hermandad, de su traición a la misma tras haber roto el Credo, la respuesta seguía grabada a fuego en su mente.

Aunque, tal vez, todavía era demasiado inmaduro para comprenderla del todo.

—Por la paz, por encima de todo.

—Por encima de todo—coreó el Maestro—. Pero no se trata solo de la paz que puedas traer ajusticiando a un hombre que trae la guerra. Se trata también de la paz interior, Altaïr. No puede existir una sin la otra. Y tú, muchacho…tú aun no has encontrado la paz interior.

El hombre de ojos dorados desvió la vista, escuchando las siguientes palabras de Al Mualim.

—Eres arrogante, impetuoso y altanero, lleno de orgullo. Te faltan sabiduría y paciencia. Malik pide tu vida por la muerte de su hermano, algo que, si bien es justo, me parece una pérdida de mi tiempo y de tus aptitudes.

—¿Qué haréis, entonces?

—He aquí una lista, Altaïr. Nueve nombres, nueve personas que han de morir. Son hombres de guerra que destruyen la paz que nosotros deseamos construir. Elimínalos y lograrás hallar la paz, tanto para la región como para ti mismo.

—Nueve almas a cambio de la mía—reflexionó el joven.

—Un trato justo, diría yo. Redímete con estos nueve asesinatos y gánate de nuevo tu rango y el respeto que has de merecer. Tienes tres destinos: Damasco, Jerusalén y Acre. Encamínate primero hacia Damasco, busca a un comerciante llamado Tamir. Él será el primero en caer.

Altaïr se permitió esbozar una secreta sonrisa, perfectamente oculta en el fondo de su capucha aun blanca a pesar de no poseer ya un alto rango en la Hermandad. Aquello podía hacerlo; tenía una nueva oportunidad para limpiar su nombre y sin duda alguna lo haría. Así pues, se despidió de Al Mualim y partió hacia la ciudad de Damasco con las pocas pertenencias que como novicio tenía en esos momentos.

No fue un viaje agradable y menos aún por la horrible experiencia de tener que visitar al rafiq de aquella ciudad, tan insolente que no supo ni cómo no le había propinado un puñetazo tras oírlo por primera vez. Pero al menos había logrado su objetivo y no faltó mucho para su regreso a Masyaf, casi saboreándolo después de haber tenido que tratar con ese desagradable hombre.

Y, por supuesto, con un brillo orgulloso en los ojos tras su primera victoria en aquel camino de redención.

Informó a su Maestro de lo acontecido en Damasco, preguntándole sus dudas cuando mató a aquel hombre por las palabras que habían intercambiado antes de que muriese, y después de una amena charla, Al Mualim le otorgó el ascenso a un nuevo rango por el éxito en aquella misión.

—Tu siguiente objetivo será Jerusalén—le dijo, su voz sonando algo divertida por una cuestión que a Ibn-La'Ahad se le escapaba—. Repórtate al rafiq de la ciudad y lleva a cabo tu cometido con la mayor premura y discreción posibles, Altaïr. Seguridad y paz.

Inclinando la cabeza, el joven salió del despacho, sobándose el hombro con cierto cansancio. Si bien deseaba llevar a cabo aquellos nueve asesinatos, en esos momentos le hubiera gustado tener unas horas para descansar y no verse en la obligación de volver a los peligrosos caminos llenos de cruzados.

Con un suspiro de derrota, estiró los músculos y volvió a las cuadras después de haberse adecentado, aseándose y cogiendo algunas provisiones para el largo viaje a Jerusalén.

—¿De nuevo por aquí, Altaïr?—dijo el mozo de cuadras.

Ibn-La'Ahad farfulló algo entre dientes, cogiendo las riendas de su caballo y montándose en él, hostigándole para comenzar a galopar hacia Ciudad Santa. No había vuelto a pisar Jerusalén desde su fracaso en el Templo de Salomón y ahora los recuerdos se agolpaban con crudeza en su memoria, superponiéndose unos a otros. Algo en su interior se retorcía ante la simple imagen de la entrada a la urbe, pero no podía ignorar la misión que Al Mualim le había encomendado.

Con gusto decidió descansar una vez la noche se abrió paso, pues estaba realmente exhausto, y se tumbó sobre el frío camino, de pronto sintiéndose solo. Era la primera vez que viajaba a Jerusalén sin la compañía de Malik y vaya que si se notaba la soledad del momento. Lo echaba en falta, echaba en falta sus reproches, sus ojos oscuros, aquel gesto irritado y avergonzado que le dedicaba cuando lo miraba. Le faltaba una queda respiración a su lado, el robar algún que otro beso, el sentir la piel morena del otro en sus yemas, provocándole suspiros.

No sabía cómo era posible que lo echase tanto de menos. Y sabía que ya no podía hacer nada.

Durante el resto del viaje a la ciudad, se topó con algún que otro grupo de cruzados a los que hubo de despachar, y tras varios días llegó por fin a Jerusalén, dejando al caballo en las cuadras e internándose en la urbe con disimulo. Una vez dentro, paseó por sus calles tratando de escuchar noticias de los ciudadanos, pequeños comentarios que pudieran servirle de guía, y después se dirigió al Bureau, sabiendo que la reja estaría abierta debido a la tranquilidad que se respiraba en el ambiente.

Descendió con cuidado, observando las alfombras y cojines del patio, aquella zona donde le hiciera el amor a Malik años atrás por primera vez. Todavía podía rememorarlo con gran detalle en su cabeza, cada uno de los gestos del que fuera su amante, esa expresión de goce en su rostro moreno que aun ahora le hacía estremecer con tan sólo el recuerdo.

Se quedó allí parado durante varios minutos, en silencio, su rostro cruzado por una expresión de dolor y angustia. Sin embargo, dejó de lado todo aquello y respiró hondo, volviendo a ser el frío Asesino que era. No podía dar una imagen de debilidad al rafiq de Jerusalén.

Así pues, se dirigió con pasos lentos al interior de la oficina, viendo parte de la túnica del hombre que atendía el lugar y el cual se encontraba agachado bajo el escritorio en esos momentos. Y, cuando dicho hombre se asomó, Altaïr sintió que empalidecía.

Era Malik.

Los dos se quedaron mirando largo rato, en silencio. Por supuesto, Al-Sayf todavía le miraba con odio y rencor, como no podía ser de otra manera, e Ibn-La'Ahad no podía culparle por ello. Pero su mirada no mostraba arrepentimiento, oculta en el fondo de su capucha blanca.

Era un extraño sentimiento lo que azotaba su interior, una mezcla de impotencia y vergüenza.

Malik se giró, dando la espalda a la estantería que tenía tras él, y Altaïr pudo ver entonces la manga izquierda de la túnica cosida a la altura del hombro.

El hombre había perdido el brazo.

En poco tiempo, Malik había perdido a su hermano, el brazo y su estatus. No le quedaba nada en esos momentos, más que un orgullo herido y una promesa de venganza.

Ibn-La'Ahad agachó la cabeza, mostrando sus condolencias por las pérdidas del que fuera su amigo, aquel joven irritable que le había enamorado desde la primera vez que lo vio. Titubeando, se acercó al escritorio, su mirada nunca dejando la de Malik.

—¿Qué es lo que te trae aquí?—preguntó bruscamente el rafiq.

Las palabras se le atragantaron antes de poder salir de su boca. Quería decirle tantas cosas…Pero sabía que Al-Sayf no le escucharía. Lo amenazaróa, lo echaría de allí, le gritaría que lo odiaba y le echaría la culpa de la muerte de su hermano.

Estaba en su derecho de tratarlo de aquella manera.

—Seguridad y paz, Malik—fue lo que dijo con una voz extraña, casi temblorosa.

—Tu presencia aquí me priva de ambas, novicio.

Malik saboreó aquella palabra cuando brotó de sus labios, mirando a Altaïr con cierto orgullo brillando en sus ojos oscuros a pesar del estado en el que se encontraba en esos momentos por la pérdida de su brazo izquierdo. Al menos, él había llevado la victoria a sus hermanos, aunque el precio hubiera sido demasiado alto.

—No soy un novicio—contestó Ibn-La'Ahad con el ceño fruncido, casi molesto.

—Claro que eres un novicio. Un novicio estúpido y arrogante. Deja de hacerme perder el tiempo y dime qué es lo que quieres de una vez.

—Al Mualim me ha pedido…

—Ah, alguna tarea en un patético intento de redimirte—le interrumpió con sorna, esbozando una sarcástica sonrisa mientras agitaba la cabeza—. En fin, suelta lo que sepas, novicio.

Altaïr estuvo a punto de estrellar ambos puños contra la mesa donde Malik trabajaba en sus mapas, queriendo cogerlo de la pechera de la túnica y agitarlo con fuerza mientras le gritaba que dejase de tratarlo de aquella manera.

¿Es que no se daba cuenta de cuánto le dolía su frialdad?

''Lo mismo que debió de dolerle la mía'' pensó, mirando hacia otro lado.

Al sentir la impaciente mirada de Malik sobre él, empezó a contarle aquello que había descubierto al entrar en la ciudad.

—El objetivo es Talal. Trafica con vidas humanas, rapta ciudadanos de Jerusalén y los vende como esclavos. Su almacén se encuentra dentro de una barbacana al norte de aquí; mientras hablamos, prepara una caravana para viajar. Atacaré cuando se ponga a revisar sus pertenencias. Estando solo, no supondrá un gran reto.

Al-Sayf chistó, haciendo un gesto con el único brazo que le quedaba.

—¡Escúchate, cuánta arrogancia!—le reprendió.

Altaïr giró la cabeza hacia un lado, nuevamente frunciendo el ceño ante las palabras de Malik. Sabía que tenía razón. El rafiq siempre había tenido razón al juzgarle, desde que eran niños.

Negando ligeramente, volvió a mirarlo, sin revelar nada de lo que pensaba ni en su mirada ni en su voz.

—¿Estás satisfecho con lo que sé?

—No—dijo el otro, sacando una pluma—. Pero tendrá que servir.

Malik arrastró aquella pluma por la pulida superficie de madera, sintiendo la mirada de Altaïr en su brazo mutilado, y le observó con frialdad y crudeza. Ibn-La'Ahad quiso decir algo nuevamente, pero no pudo. ¿Qué conseguiría con eso? No podía culpar a Al-Sayf de que lo odiase. Le había arrebatado todo lo que era importante para él.

Suspiró, alargando un brazo para coger la pluma que reposaba sobre el escritorio, y al hacerlo, sus dedos entraron en contacto con los del Dai, un ligero roce apenas que a los dos pareció quemarles como el fuego.

—Malik…

—Largo de mi oficina, novicio.

El hombre asintió en silencio y salió de allí tras guardar el objeto en uno de los bolsillos que pendían al costado. Se quedó quieto en el patio, sabiendo que Malik lo estaba mirando de nuevo. Los dos pensaban lo mismo en esos momentos, los dos tenían el mismo recuerdo en sus mentes.

Para Malik, era un tormento el que lo hubieran hecho rafiq de Jerusalén. En ese mismo Bureau se había entregado al hombre que acababa de salir por el tejado del patio, aquel hombre al que odiaba más que a nada en todo el mundo conocido.

Su mano se dirigió al muñón que podía sentir a través de la tela de su djellaba y sintió el frío tacto de la muerte, una mano invisible aferrándose a aquella manga inútil.

—Hermano.

El Dai se llevó la temblorosa mano al rostro, sintiendo un escozor en los ojos, el picor previo al llanto, aquel dolor de mandíbula y la incomodidad en la nariz por querer retener lo que era inevitable.

Odiaba a Altaïr.

No podía negar aquel sentimiento por mucho que quisiera. Lo odiaba más de lo que jamás lo había amado y eso le hizo esbozar una triste sonrisa, sus labios humedecidos por las lágrimas que descendían de sus ojos ocultos por la mano.

Siempre tan lleno de arrogancia, queriendo superar a todos los demás. Cuando eran más jóvenes apenas se había dado cuenta de que Ibn-La'Ahad siempre había querido destacar. Ese sentimiento de rivalidad, envidia y amor ciego le habían impedido ver la estupidez que rodeaba a aquel maldito hombre. Pero, ¿de qué servía lamentarse a esas alturas? Había superado a Altaïr, sí. Ahora tenía un cargo más alto que él, era un Dai, aunque sólo fuera por lástima.

Se sentía humillado al haber recibido ese honor por haber despertado en Al Mualim ese patético sentimiento de pena. Como si aquello le fuera a devolver a Kadar.

Se secó las lágrimas con furia y salió al patio, aquel patio cargado de recuerdos agridulces.

Odiaba ese lugar.

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Bueno, pues aquí está :'D

¡Muchísimas gracias por los reviews, Juuroumaru, Alex West y Yuki Rivaille! Me alegra que os esté gustando la historia ^^ Es un placer escribir y ser recompensada con comentarios como los que me habéis estado dejando todos :D

Oh, Adiki, gracias por tu odio C: Espero que hayas llorado mucho con el anterior cap :DDD

Y sí, Cookie Killer, era necesario...Estoy segura de que, de no haber sido por la muerte de Kadar, al final Malik y Altaïr no hubieran acabado tan unidos. Claro que es una opinión mía, quién sabe lo que hubiera pasado...Lo que me da rabia es que no le hayan dado más importancia a los hermanos Al-Sayf, o al menos a Malik durante el juego. De acuerdo que el protagonista es Altaïr (y bien que me alegro, siempre será mi Asesino favorito XD), pero considero a Malik un pj importante también. Aaaah, al menos en el libro le dan algo más de protagonismo...Habrá que conformarse con eso.

En fin, ¡muchas gracias por leer! ^^ Nos leemos en el siguiente capi :D

Ciao ciaooo!