Heeeeelloooooo! Lo sé, lo sé, me habéis echado de menos... *le lanzan un nokia* Ya, vale, dejo de echarme flores a mí misma, no es necesaria tanta violencia ;-;
En fin, mi inspiración sigue trolleándome como quiere, así que siento no actualizar tan de seguido como antes ;_; Pero al menos me sigo pasando por aquí, it's something~! :DD Bueno, os dejo con el cap 16 ^^ ¡Espero que os guste!
-.-.-.-.-.-
Altaïr marchó pronto a la mañana siguiente, nada más despertarse con las primeras luces del alba. Iría a recabar más información, por si los planes de su objetivo hubieran cambiado algo, o por si había noticias nuevas al respecto. Cuando se despertó, Malik ya se encontraba en pie, trabajando en sus mapas, y se despidió de él con un seco ''hasta el reencuentro'' que fue totalmente ignorado.
Mientras Ibn-La'Ahad desempañaba su cometido, el Dai se encargaba de mantener en orden el Bureau, saliendo algunos minutos más tarde para dar un paseo por Jerusalén y comprar algunas cosas en el mercado, cerrando la celosía para evitar intrusos en la Oficina de los Asesinos. Si Altaïr llegaba antes que él, no tendría más remedio que esperarlo dando vueltas por el lugar. Malik tenía cosas que hacer, después de todo.
Se dirigió a paso rápido hacia el mercado, pasando desapercibido entre la gente, como uno más...a pesar de que ya no necesitaba tener esa discreción que debía mantener cuando era un Asesino. Pero había cosas que, simplemente, uno no podía olvidar. Era como si ya lo llevase marcado en el cuerpo, en la sangre. Se movía con agilidad y discreción, como una sombra en medio del tumulto. Era indetectable, totalmente invisible, y eso le hacía sentir cierto orgullo, aunque éste estuviera roto. De alguna manera, tenía que demostrarse a sí mismo que aun seguía siendo fuerte, que aun era útil, y que no era un simple manco incapaz de hacer nada, recluído en su Oficina, al cual ya no le quedaba ningún objetivo en la vida.
Porque, después de todo...Sí le quedaba un objetivo que llevar a cabo. Y era vengar a Kadar.
El hombre se deshizo de todos aquellos pensamientos al llegar al foco y se concentró en su tarea actual, comenzando a dar vueltas por los puestos, mirando la mercancía disponible. Necesitaba comprar algunos alimentos y un par de cojines nuevos para sustituir a los desgastados del Bureau. Si bien eso no era para nada interesante, ni mucho menos, era lo que debía hacer ahora.
Se acercó a un puesto de fruta, cogiendo una brillante manzana de él y tanteándola...y fue entonces cuando las campanas comenzaron a sonar.
Frunció el ceño, apretando sin querer la pieza de fruta hasta que sus dedos se clavaron en ella, desmenuzándola. Sin embargo, el tendero no le prestó atención a eso. La gente comenzó a correr al escuchar el repiqueteo incesante de las campanadas, pues indicaba que había peligro en la ciudad, y pronto el mercado se conviritó en un mar de gente alborotada con un enfadado Malik parado en medio, mirando hacia lo alto de los edificios por si veía alguna capucha blanca pululando por allí. Sabía lo que aquel ensordecedor ruido significaba, y el hecho de que no dejase de sonar le irritaba sobremanera. Si tan sólo le escuchase aunque solo fuera una vez, ese tipo de situaciones podrían evitarse.
Pero estaba hablando de Altaïr...Y raras veces escuchaba lo que los demás le decían.
—Estúpido novicio—farfulló.
Suspirando, se dirigió de nuevo a su Oficina con gran parsimonia, farfullando maldiciones contra Ibn-La'Ahad y su escasa precaución y cuidado. Al llegar a la parte del barrio donde tenía su actual vivienda, se extrañó al no ver al Asesino rondando por allí, a la espera. Encogió los hombros, pensando que estaría ocupado escondiéndose cerca del lugar, y abrió la celosía para entrar, cerrándola después. Las campanas seguían sonando, no podía dejar la reja abierta.
—¡Malik!—escuchó gritar unos minutos más tarde.
El Dai suspiró, saliendo al patio y viendo a Altaïr asomado a la celosía, con algunas heridas en el cuerpo, el traje ensangrentado y la espada desenvainada.
—¡Ábreme!
—Discreción, novicio. La entrada debe permanecer cerrada hasta que te libres de tus perseguidores.
—¡Maldita sea, Malik!
Escuchando los ruidos de su rival, el Asesino se giró justo a tiempo para bloquear un ataque con su arma, empleando las pocas fuerzas que le restaban para empujarlo y tener más espacio donde moverse. Mientras tanto, debajo de ellos, un taciturno Malik observaba el panorama.
Sus ojos negros se entrecerraron brevemente, disfrutando de aquel espectáculo. Una parte de él deseaba que el templario que atacaba a Altaïr hiciera el cometido que él no pudo la noche anterior. Pero otra...otra le gritaba que fuera a ayudar al que una vez fuera su amigo, su hermano.
—¡Malik, abre la verja!
—Pídelo como se debe, novicio.
—¡Te mataré si salgo vivo de esta!
Sonriendo de lado, el Dai se metió en la Oficina, dejando a Altaïr a solas con el templario.
El Asesino, al ver que Al-Sayf desaparecía, maldijo por lo bajo. En esos momentos, sentía el deseo irrefrenable de rebanarle el cuello...pero no podía cumplir tal necesidad. Tenía asuntos más graves que atender.
A sus oídos llegaron las palabras del templario, aunque no supo qué decía, pues era incapaz de entenderlo entre tanta algarabía y más aun con esa voz opacada por el casco con el cual ocultaba su rostro. Esquivando uno de sus golpes casi por pura suerte, se hizo a un lado y le golpeó en el yelmo con la empuñadura, esperando que el ataque le hubiera desorientado un poco. Estaba demasiado agotado y herido como para luchar en igualdad de condiciones contra aquel poderoso rival, después de haber despachado a un gran número de miembros de la guardia y haberse recorrido todo el barrio pobre de Jerusalén saltando de tejado en tejado.
El sarraceno no le daba cuartel; pronto le acorraló al borde del tejado, a algunos metros de altura del suelo en una caída dolorosa que lo dejaría sin aliento. Altaïr quiso moverse, pero daba igual lo que hiciera. Pocas escapatorias tenía estando como estaba.
Al ver descender el arma del templario, levantó su propia espada para bloquear el ataque, acero chocando contra acero, provocando un chirriante sonido. El Asesino sintió cómo su brazo derecho cedía, un calambrazo recorriéndolo de manera letal, como un latigazo. Si aquella defensa se veía desbaratada, su enemigo haría caer el arma y le provocaría un tajo que sería, sin lugar a dudas, letal.
Pero, de pronto, vio la punta de una espada sobresalir del pecho del hombre, llena de sangre. El enemigo cayó abatido, llevándose una mano a la herida mientras soltaba la espada, y su cuerpo se desplomó sonoramente contra el tejado, a los pies de la celosía, empapando el lugar de aquella sustancia vital. Tras él, un tranquilo Malik sacudió su arma para quitarle parte de aquel líquido rojizo, que salpicó su hasta entonces impoluta túnica de rafiq.
—Novicio—farfulló de manera despectiva contra el Asesino, dándose la media vuelta y entrando en el Bureau con un ágil salto.
Altaïr apretó el puño, frunciendo el ceño, y estuvo a punto de seguirlo, cuando cayó sobre una de sus rodillas, llevándose una mano al costado, allí donde tuviera aquella lejana cicatriz que Abbas le hiciera años atrás. Entrecerró un ojo, apretando la mandíbula, y prácticamente se arrastró, como buenamente pudo, hasta el patio de la Oficina, dejándose caer en su interior con un ruido seco, tropezando en el último momento.
Al-Sayf, que se había metido de nuevo en el interior del recinto, emitió un cansado suspiro al escuchar la aparatosa caída de Ibn-La'Ahad, pero al ver cómo el hombre se encontraba sobre un charco de su propia sangre, manchando el patio, salió disparado como un rayo, agachándose a su lado.
Después de todo, seguía preocupándose por él...
—Estúpido, torpe novicio—dijo, acomodándole sobre los cojines con cuidado—. ¿Qué te he dicho miles de veces? ¡Discreción, precaución! Maldita sea...
Cogió un trapo y un cuenco que llenó con agua, además de vendajes, hilo y aguja, junto a ciertos elementos para curar la herida, y lo distribuyó con agilidad cerca del cuerpo tendido del Asesino. Con rapidez, le quitó las prendas superiores, revelando su torso plagado de viejas cicatrices y heridas sangrantes, y procedió a limpiar la sangre con cuidado.
—Malik...—logró decir el otro, haciendo un gesto amargo ante el sabor de la sangre—He matado a...a mi objetivo.
—Sí, lo sé. De hecho, ¡toda Jerusalén lo sabe!—exclamó, chistando—Nunca me has escuchado, Altaïr. Y esto es lo que pasa cuando ignoras los consejos de alguien más sabio que tú.
Altaïr, al escuchar al otro llamarlo por su nombre, hizo un amago de sonrisa que se congeló en sus labios, cambiando el gesto por una mueca adolorida, dejando escapar un quejido mientras encogía ligeramente el cuerpo. Al-Sayf lo miró con preocupación, por un momento olvidando el odio que sentía hacia él, o que se había obligado a sentir, y procuró limpiar su torso con mayor cuidado.
—Deja de quejarte...—murmuró.
—N-no me...quejo...
Malik le miró de reojo, viendo cómo el Asesino cerraba los ojos con cansancio, y esbozó una pequeña e imperceptible sonrisa, todavía con la preocupación reflejada en aquel rostro moreno. Terminó de limpiarlo en unos minutos y, tras ello, procedió a desinfectar las heridas, para después coser las que necesitasen puntos.
Al acabar, recogió todo lo que había sacado del Bureau, dejándolo de nuevo en su lugar, y regresó al patio, quedándose de pie casi a la entrada, viendo cómo Altaïr descansaba sobre la alfombra, acomodado entre los cojines, con rastros de sangre alrededor. Su corazón rebotó con fuerza al verlo de esa manera, tan débil y vulnerable, pero negó con la cabeza, tratando de quitarse aquellos pensamientos de encima.
Él había asesinado a Kadar...
Cerró los ojos con fuerza, frotándoselos de manera cansada, y se acercó a las ropas del hombre, encontrando la pluma ensangrentada. La sostuvo durante un tiempo, recordando su anterior vida como Asesino. Ya no podría volver a tener objetivos, no podría volver a realizar un salto de fe. Ahora no era más que un Dai encargado de proporcionar cierta información a los Asesinos que acudían a Jerusalén. Un hombre solitario, recluído en una oficina, haciendo mapas una y otra vez.
Y todo por culpa del hombre que ahora se encontraba descansando en su Bureau.
Lo había perdido todo por culpa de Altaïr. Absolutamente todo.
Pero, a pesar de ello...no podía matarlo.
Sabía que, de hacerlo, no volvería a recuperar su vida anterior. Pero al menos, tal vez, pudiera sentirse en paz. No lo hacía por él, era por su hermano pequeño, por la única luz que había tenido en toda su vida. La muerte del menor de los Al-Sayf estaba sin vengar; era como si hubiera muerto por un mero capricho y no por algo real, por algo importante. Porque podría haberse evitado, de no haber sido por el orgullo que cegó a Altaïr el día en el que los tres fueron al Templo.
Renegando contra sí mismo, se recluyó en la Oficina y siguió con su trabajo, mojando su pluma en el tintero para continuar trazando las líneas del mapa que estaba haciendo mientras aspiraba con algo de fuerza el aroma dulzón del incienso, intentando quitarse de encima aquel otro olor que tan bien conocía, el olor de la sangre.
Al cabo de un tiempo, escuchó movimiento fuera, y supo que Altaïr había despertado de su letargo. Ni se molestó en alzar la cabeza del mapa, tan sólo aguardó a que se marchase de una vez, esperando no volver a verlo en un largo tiempo. Con un suspiro irritado, sus ojos se desviaron momentáneamente hacia su figura apostada en la entrada, como un perro abandonado que espera en la puerta del hogar a que alguien lo acoja.
—¿Qué deseas, novicio? No me hagas perder más el tiempo, ya has terminado tu cometido. Regresa a Masyaf a contarle al Maestro lo que has oído y hecho aquí.
Altaïr se mantuvo en silencio, sus ojos dorados posándose sin querer en la manga cosida a la altura del hombro de la djellaba del Dai. Por supuesto, Al-Sayf reparó en ello, y cambió de posición con cierta incomodidad, ocultándola de la vista del otro hombre.
Ibn-La'Ahad se introdujo en la pequeña oficina, acercándose a Malik, sorteando el escritorio donde reposaba el mapa a medio terminar. El rafiq retrocedió al verlo avanzar, claramente molesto con sus actos, y al ver que alzaba una mano en su dirección, la apartó de un manotazo.
—Parece que todo cuanto hago te causa irritación—murmuró el Asesino, su voz sonando algo distante.
—Piensa en ello, novicio. Pero hazlo de vuelta a Masyaf—le contestó de manera violenta y seca.
Los dos hombres se miraron mutuamente, miles de sentimientos retorciéndose en su interior sin ningún tipo de orden. Querían decirse tantas cosas…Pero las palabras eran del todo insuficientes después de haberse causado tanto daño.
El joven Asesino finalmente se dio la media vuelta, saliendo del Bureau, Malik siguiendo sus pasos con la mirada hasta que se esfumó. Una vez a solas, el Dai se quedó pensativo, cuestionándose a sí mismo.
Y, al final, decidió que lo más acertado sería seguir trabajando en sus mapas en lugar de darle vueltas a un mismo asunto una y otra vez, sabiendo de antemano que, al menos por ahora, no encontraría ninguna solución al problema.
-.-.-.-.-.-
Bueno, ¡pues muchas gracias por leer, como siempre! ^^
Muchísimas gracias por todos los reviews, ¡se agradecen un montonazo! Me alegra ver que la historia os está gustando, pero...NO me haré responsable de posibles fracasos escolares (?) No, ahora hablando en serio XD Es genial saber que está siendo de vuestro agrado, de verdad que vuestros ánimos y vuestras palabras me llegan al corazón :')
No prometo que vaya a actualizar pronto, pues sigo un tanto bloqueada...Lo siento mucho u.u Pero ya sabéis que al menos una vez al mes sí que voy a actualizar :D
¡Ya nos leemos! ^^
