Me queréis matar, lo sé. Pero aquí está el cap 17 9093898340943453 años después XD
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Ya habían pasado varias semanas desde el último encuentro entre Altaïr y Malik. El Asesino había tenido algunas misiones mientras tanto, cumpliendo la tarea que Al Mualim le había encomendado para recuperar su rango.
Sin embargo, a cada asesinato que cometía, más confuso terminaba estando con respecto a todo cuanto le rodeaba. Había aprendido, poco a poco, a escuchar más y a no juzgar antes de tiempo; pero aun tenía un largo camino por delante para encontrar su propia redención.
Y para disculparse por sus actos.
En esos momentos, regresaba de Damasco con nuevos interrogantes y un asesinato más a sus espaldas. No obstante, no tenía intención de regresar todavía a Masyaf. Antes de eso, quería desviarse hacia Jerusalén, aunque sabía que ese acto podría tener graves consecuencias y acarrearle problemas con el Maestro. Pero necesitaba ir allí, necesitaba tratar de hablar con Al-Sayf.
Aunque el Dai quisiera matarlo.
No le costó demasiado llegar a Ciudad Santa, a pesar de los difíciles caminos llenos de sarracenos. Si bien hubo de luchar contra alguno de ellos, trató de evadirlos en su mayoría, pues no quería tardar más de lo necesario. Ya le saldría bastante caro el capricho de querer ver a Malik en lugar de ir a Masyaf para hablar con Al Mualim.
Finalmente, llegó a Jerusalén, dejando su montura a la entrada de la ciudad, en manos del mozo de cuadras. Debido al gran número de guardias, hubo de infiltrarse junto a un grupo de eruditos, los únicos a los cuales se les permitía deambular libremente por allí sin ser abatidos o interrogados por los soldados. Una vez dentro, todo fue coser y cantar; no le llevó mucho tiempo el llegar a la Casa de Asesinos pero, para su sorpresa, la celosía estaba cerrada.
Tal vez Malik había salido al mercado…o, simplemente, a dar una vuelta.
El hombre de cabello castaño se paseó por los tejados de Jerusalén, tratando de pasar desapercibido frente a los guardias que los patrullaban, teniendo que asesinar a alguno de ellos al verse en peligro. No quería llamar la atención aquella vez, tan sólo quería ir a ver a un…
A un…
¿Qué? ¿Amigo? No, claro que no. Ellos ya no eran amigos. Pero, entonces, ¿qué eran? Ni siquiera eran dos extraños. Habían pasado tantos momentos juntos que Altaïr no podía simplemente ignorarlo.
Él…él sentía algo por Malik, todavía. Y aunque Al-Sayf sintiera deseos de acabar con su vida, no podía considerarlo un enemigo.
Con un suspiro irritado, al final acabó por sentarse en una de las atalayas que, con facilidad, había coronado. Llevaba un buen rato tratando de localizar al rafiq y no había habido manera de conseguirlo, así que se limitó a dejar pasar el tiempo para que Malik regresara al Bureau, el cual podía vigilar desde el alto lugar en el que se encontraba. Sabía que si lo esperaba a la entrada de la Oficina, quedaría como un patético perro abandonado, mendigando atenciones.
Pero, ¿no era eso lo que, precisamente, pretendía?
Negó con la cabeza, enfadado consigo mismo, y cuando vio la celosía abierta, se dirigió al lugar, entrando con el mayor sigilo posible para evitar ser detectado antes de tiempo.
Se asomó ligeramente, viendo a Malik tras el escritorio, la manga de su brazo mutilado colgando, suelta, por el costado. Se encontraba organizando el lugar, guardando libros y depositando algún que otro mapa sobre la mesa, probablemente para ofrecérselo a los Asesinos de menor rango que llegasen a la ciudad por encargo de Al Mualim.
Tan concentrado estaba que ni se dio cuenta de la presencia de Altaïr.
Ibn-La'Ahad se quedó en esa misma posición unos segundos más, tan sólo observando a Malik, imaginándose, bajo las ropas que llevaba, aquel cuerpo de piel morena que tantas veces había besado en los años anteriores.
Sin poder evitarlo, se vio llevado por el deseo, la necesidad y un fuerte sentimiento de nostalgia. Quería sentir de nuevo el cuerpo de Al-Sayf bajo el suyo, retorciéndose de placer mientras lo llamaba.
El Dai se giró con rapidez al escuchar pasos dentro del Bureau, extrañándose pues no tenía constancia de la llegada de algún hermano a aquella hora, a no ser que hubiera salido antes de tiempo de Masyaf. Sin embargo, aquella expresión de duda pasó a ser una de total desconcierto cuando vio a Altaïr.
—Novicio, ¿qué…?
Fue acallado rápidamente por un beso, el mapa que sostenía en la mano cayendo al suelo por la sorpresa. Abrió mucho los ojos, sin saber cómo reaccionar. No estaba preparado para ver aparecer a Altaïr de la nada y recibir un beso a traición por su parte.
Empezaba incluso a dudar de que aquello fuera real.
Sin poder evitarlo, arqueó ligeramente la espalda, entrecerrando los ojos y dejando escapar un jadeo cuando sintió la lengua del Asesino recorrer el lóbulo de su oreja, atrapándolo entre los dientes. Sólo él conocía su punto débil y sabía perfectamente cómo sacar provecho de ello.
Malik no pudo apartarlo, ni siquiera amenazarlo con palabras. Durante las últimas semanas había tratado de reflexionar y, aunque le dolía, había llegado a la conclusión de que la muerte de Altaïr sería una estupidez. Eso no le haría más feliz, porque con ello no recuperaría a su hermano.
Y, además… ¿Cómo matar al único hombre al que amaba?
El Dai se aferró a la túnica de Asesino de Altaïr, ocultando el rostro en su cuello, besándolo con suavidad mientras el hombre de ojos dorados trataba de quitarle el ancho cinturón que sujetaba su vestimenta, dejándolo caer con pesadez al suelo. Se separó apenas unos centímetros de Malik, mirándolo a los ojos, esos ojos oscuros que ya se habían cansado de expresar odio y furia, a pesar de que todavía no veía en ellos aquel amor que años atrás gritasen.
Entornó los párpados para no ver esa pesadumbre en los iris de Al-Sayf y volvió a unir sus labios, arrinconándolo contra el escritorio, deshaciéndose de su molesta djellaba y comenzando a abrir su camisa blanca, sintiendo en los dedos el tacto de esa piel morena llena de cicatrices que él conocía a la perfección. Apartó la prenda con cuidado, bajando su rostro por el torso del rafiq, acariciándolo con los labios de manera suave y delicada, apenas un ligero roce.
Antes de poder siquiera retirar el pantalón, escuchó ruido en el patio, una voz amigable que parecía llamar al Dai con un alegre saludo.
Abriendo de golpe los ojos, Malik apartó de un empujón a Altaïr, ocultándolo en el hueco bajo el escritorio para que nadie lo viese, y trató de cubrir su torso con la camisa; pero con un solo brazo y tan poco tiempo, eso era una tarea complicada.
No se trataba de uno de los Asesinos enviados por Al Mualim para realizar alguna misión; era uno de sus compañeros asignados en Jerusalén, pues como Dai, tenía un pequeño grupo de hermanos a su cargo dispersos por Ciudad Santa que le informaban de aquello que él, por su discapacidad, ya no podía saber al no tener la destreza de antes.
—Amîr—dijo, un tanto apurado por la situación—. No te esperaba por aquí. ¿Deseas algo?
El hombre, que había estado hasta entonces en la puerta, pasó dentro de la Oficina, un gesto preocupado en su rostro moreno. Sin embargo, se detuvo casi al entrar, mirando al rafiq como si pidiera permiso, pues parecía que estaba cambiándose de ropa, tal vez para…quién sabía, darse un baño.
—¿He llegado en un mal momento?
—No, no. Tan sólo estaba cambiándome, no te preocupes. Pasa y cuéntame qué es lo que te ha traído de vuelta a mi Bureau.
—He oído pequeños rumores desde hace unas horas. Se dice que hay un hermano en la ciudad, pero Al Mualim no ha asignado ninguna misión aquí a nadie.
Malik apretó su único puño, serrando la mandíbula mientras sentía la risa silenciosa de Altaïr, cómo su cuerpo, encogido bajo el escritorio y pegado a sus piernas, se agitaba levemente.
Estúpido novicio.
—Tal vez sean rumores falsos. ¿Se han encontrado cadáveres?
—Algunos, sí. De guardias.
—Algunos... —sin poder evitarlo, dio un rodillazo a Altaïr, alcanzándolo en el pecho—Vaya, eso no suena nada bien. Es algo retorcido, pero puede que nuestros enemigos sean los artífices de todo esto para aterrar a la población diciendo que hay un ''impío'' infiltrado en Ciudad Santa. Sea como sea, quiero que recabes toda la información posible, no solo rumores. Busca a ese Asesino, si es que está en Jerusa…
Malik contuvo el jadeo que le sobrevino cuando sintió la lengua de Ibn-La'Ahad sobre su miembro, acariciando en círculos la sensible cabeza. Ni siquiera había sentido que le había bajado ligeramente los pantalones, lo justo para dejar su hombría al descubierto.
—D-Dai, ¿se encuentra bien?
—¿Qué…? Oh, s-sí, no te…preocup—volvió a callar, apretando fuertemente el puño—. Amîr, no pierdas más el t-tiempo aquí.
—Claro, Dai. Volveré cuanto antes para…
—¡No!—exclamó, sin saber muy bien si se dirigía a Altaïr o al otro Asesino.
—¿No? ¿Qué hago entonces, Dai?—preguntó el pobre hombre, confuso.
Al-Sayf miró de manera fulminante a Altaïr, aunque éste, desde el ángulo en el que se encontraba, apenas podía verle la cara. El muy idiota no sólo no se contentaba con lamer su miembro de la manera más obscena posible, sino que había comenzado a tantear su entrada, introduciendo con lentitud un dedo en él.
Tomando aire, el rafiq no tuvo valor de mirar a Amîr al rostro, pues sabía que se encontraba sonrojado, acalorado y con una mueca descompuesta.
—Haz las cosas bien—logró decir—. Tómate…t-tu tiempo. Da igual si tardas horas en volver.
—Claro, lo haré bien.
—Seguridad y paz, hermano.
El Asesino hizo un gesto con la cabeza a modo de despedida y se marchó de allí con presteza, un tanto extrañado por las expresiones faciales de Malik; una vez a solas, el rafiq enredó con fuerza sus dedos en el corto cabello de Altaïr, mirándolo de tal manera que, si las miradas matasen, Ibn-La'Ahad habría muerto en el acto.
—¿¡Qué te crees que estás haciendo, novicio!?—le gritó.
En lugar de contestar, el hombre de ojos dorados se limitó a entornar los párpados mientras se introducía el miembro del otro en la boca, provocándole un escalofrío y un quedo gemido que no pudo evitar. Sabiendo que si se apartaba de manera brusca acabaría haciéndose daño, Malik simplemente se apoyó en el escritorio, jadeante y rojo como la grana, mientras Altaïr lo estimulaba.
Ni siquiera le importó el hecho de estar arrugando ligeramente el mapa que, todavía a medias, descansaba sobre la pulida superficie de madera.
Sus gemidos aumentaron de intensidad a medida que Ibn-La'Ahad incrementaba el ritmo, hasta que el Asesino se detuvo, ascendiendo por su torso mientras lo besaba y terminando la faena con su mano libre, obligando a Malik a separarse del escritorio para poder ponerse él en pie entre el cuerpo del Dai y la mesa.
Al-Sayf apoyó la frente en el hombro de Altaïr, retorciéndose contra él, y rodeó su cuello con el brazo, sus dedos arañando la capucha de Asesino. Finalmente, no pudo evitar venirse por las caricias del hombre, aferrándose a su cuerpo con los ojos fuertemente cerrados y la respiración entrecortada. Sintió cómo el que una vez considerase amigo le apartaba la camisa, dejando al descubierto su brazo mutilado, cubierto con una venda. En lugar de hacer una mueca de asco, de dolor o de tristeza, Ibn-La'Ahad besó el muñón con dulzura, formando un camino de besos hasta acabar en su hombro, clavando los dientes en él. Con la ayuda de Malik, el novicio se deshizo de la parte superior de su traje blanco, y en lugar de dejarle a Al-Sayf tocarlo o besarlo, cambió de posiciones y lo acorraló contra el escritorio, de espaldas a él, obligándolo a tumbarse encima de la superficie del mueble. Tiró de sus pantalones, dejando al descubierto su ya erecta hombría, y tras bajar un poco más los del Dai, lo penetró con lentitud después de haber recubierto el miembro con el aceite de la lámpara, inútil a esas horas del día dado a la luz natural que se filtraba en la Oficina.
Lo tomó de las caderas, aumentando el ritmo en apenas segundos; encajaba a la perfección en aquel cuerpo.
Malik cerró los dedos de la mano alrededor del mapa sobre el que estaba tendido, sin importarle ya el romperlo; de todas maneras, ya no podía arreglarlo. Cerrando los ojos, gimió con fuerza ante la sensación de Altaïr en su interior, un sentimiento dentro de él retorciéndose por revivir algo que ya había creído perdido.
Había echado tanto de menos aquello…
No era por la lujuria, ni por el placer que ese acto le proporcionaba. Era por compartir un momento tan íntimo con la persona a la que amaba, cuando pensó que jamás podrían estar como ahora después de lo que había pasado.
Sin embargo…no pudo evitar llorar en silencio. Apenas fue una lágrima, clandestina, descendiendo por su mejilla. No podía odiar a Altaïr tanto como lo amaba…
Y eso le hacía pensar que estaba escupiendo en el recuerdo de su hermano fallecido.
Se sentía como una escoria, pero…Simplemente no podía decirle que no a Altaïr…
No se dio cuenta de que Ibn-La'Ahad se había detenido; en cuestión de segundos, había dado la vuelta a su cuerpo, subiéndolo al escritorio y separando sus piernas para seguir penetrándolo, mirándolo al rostro.
Altaïr se inclinó hacia él, besando aquella solitaria lágrima que empapaba la mejilla de Malik, y lo abrazó con desesperación.
Pero, a pesar de todo…todavía no estaba preparado para pedirle perdón. No era por orgullo; tan sólo sentía que debía aprender a decirlo como se debía, en lugar de soltarlo sin sentirlo de verdad.
El Asesino se aferró a la mano de Malik, entrelazando sus dedos con fuerza cuando comenzó a aumentar aun más el ritmo de las embestidas, susurrando el nombre del rafiq en su oído.
Al-Sayf cerró los ojos, sus piernas entrecruzándose sobre los hombros de Altaïr, dejándose llevar por todo aquello. El escuchar su nombre de los labios del Asesino simplemente hacía que su corazón latiera con tanta fuerza que le extrañaba que no hubiera salido a presión del pecho.
Las constantes y fuertes embestidas hicieron que el pequeño tintero acabase volcando sobre la mesa, la tinta negra escurriéndose por ella hasta salpicar el suelo, hasta que incluso el objeto acabó cayendo sobre la alfombra que había frente al escritorio.
Malik abrió ligeramente sus ojos oscuros, viendo cómo Ibn-La'Ahad lo miraba, las frentes perladas de ambos en contacto. Una fina gota de sudor resbaló por la nariz del Asesino, cayendo sobre la de Al-Sayf. Sin poder evitarlo, levantó la cabeza unos milímetros para unir sus labios en un beso animal, agresivo, mientras Altaïr aumentaba el ritmo cada vez más, una de sus manos apretando con fuerza el muslo izquierdo del Dai, haciendo que su pierna se acercase más al acelerado pecho, dándole un mayor acceso a él para las últimas penetraciones.
Altaïr observó el rostro del rafiq, aquella faz sonrojada que presentaba una ligera capa de sudor, como el resto de su cuerpo. Vio cómo se mordía el labio inferior con fuerza en un intento inútil de no dejar escapar ningún gemido, pero no pudo evitar llamarlo con desesperación, retorciéndose y apretando fuertemente los párpados.
El Asesino ocultó la cabeza entre los hombros, su cuerpo tembloroso por la actividad, y soltó la pierna de Malik para empezar a masturbarlo, su mano moviéndose rápida sobre el miembro erecto de Al-Sayf. Ante aquello, Malik finalmente soltó un sonoro gemido que le raspó la garganta, los dedos de su mano arañando la de Altaïr, dado que ambas seguían unidas.
La Oficina acabó llenándose de gritos inarticulados en cuestión de segundos con los últimos movimientos de Ibn-La'Ahad sobre Malik, ambos hombres agitando sus cuerpos, uno contra otro, hasta la extenuación. Con una última embestida, el hombre de ojos dorados acabó por caer rendido sobre el rafiq, sintiendo los acelerados latidos del otro por la actividad reciente.
El Dai cerró los ojos, tragando saliva, la imagen de su hermano, sonriente, apareciendo nuevamente en su cabeza.
Y, ante aquello, no pudo evitar llorar de nuevo.
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Feels, dónde.
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¡Ya nos leemos!
