Me he quedado bastante impresionada al ver que, a pesar del tiempo, la gente ha seguido comentando el fic. No pensé que esto pasaría, la verdad, y ha sido una alegría (aunque sé que me queréis matar a palos, lo entiendo y lo respeto, es muy comprensible). Como dije, este será el capítulo final, el epílogo, un poco apresurado tal vez. Pero creo recordar que ya comenté que el cap21 murió, sí, ese capítulo dichoso que se me atragantó de mala manera y me hizo coger cierta manía a este fic.

Es un poco corto, como podéis ver, pero tampoco podía alargarlo a no ser que pusiera florituras, algo que no casaba del todo ya que, a fin de cuentas, es un epílogo.

Y no me enrollo más, que no estáis aquí para leer esto sino para terminar el fic DE UNA VEZ XD

Espero que os guste y muchas gracias por acompañarme en este camino, de verdad :)

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Epílogo

Cuando todo ha terminado

No habían pasado muchos días desde que, finalmente, Altaïr puso fin a la traición de Al Mualim, segando su vida para siempre. Masyaf y la Orden estaban consternadas, pues nadie se esperaba la traición del Maestro, y fue Ibn-La'Ahad quien, junto a Malik, hubo de explicar la situación a los Hermanos para tratar de hacer que olvidasen el resquemor que éstos sentían, aquel sentimiento extraño, de abandono y desesperanza, que seguía a la perfidia de alguien respetado e incluso querido, de alguien que los había guiado durante años.

Esos primeros días fueron un caos para todos.

Finalmente, Altaïr fue nombrado Maestro, ocupando el puesto que antes ostentase Al Mualim, y prometió que nunca haría nada que perjudicase a la Orden. Que nunca la abandonaría, ni la traicionaría, y que la haría crecer. Muchas cosas cambiaron a partir de entonces, muchas técnicas fueron aprendidas y, otras, mejoradas. Una nueva era había empezado para los Asesinos bajo la tutela de Altaïr Ibn-La'Ahad.

Pero había otras cosas que no cambiarían…

—Maestro—llamó uno de los discípulos, algo cohibido, apostado en la puerta del despacho del Mentor sin atreverse casi a asomar la cabeza—. El Dai Al-Sayf desea verlo.

Altaïr, de espaldas a la entrada, esbozó una secreta sonrisa desde el fondo de su capucha, y asintió con la cabeza.

—Déjalo entrar.

—Como ordenéis, Maestro.

El joven de ojos dorados aguardó en la misma posición, con las manos entrelazadas tras la espalda, la mirada clavada en la luna que se divisaba a través de la amplia cristalera, y esa sonrisa en el rostro, hasta que se giró tras escuchar cómo la puerta se cerraba, viendo allí a su mano derecha, a su hombre de confianza, aquel que le había ayudado cuando más lo necesitó.

—Maestro—saludó el rafiq, tal vez con un tono algo burlesco.

—¿Tanto formalismo, después de todo? —fue su respuesta, sorteando el escritorio para acercarse a él—Quién lo iba a decir de ti, Malik.

—Tal vez deberías dejar que terminase de saludar...Maestro novicio.

Altaïr dejó escapar una pequeña risa ante aquello y se inclinó para oprimir sus labios contra los de Al-Sayf, una de sus manos ascendiendo hasta posarse sobre su mejilla, acariciándola con dulzura.

Malik no se hizo de rogar y le devolvió el gesto, su mano descansando sobre el pecho de Ibn-La'Ahad, sintiendo los acompasados latidos de su corazón, el suave movimiento que producía cuando, al separarse, tomaba aire para después volver a unir sus labios. Sin embargo, un amargo y pesado sentimiento le abrumó, y cortó todo contacto, pesaroso.

—Altaïr, me voy a Jerusalén.

Al principio, el Maestro no reaccionó. Después, pestañeó un par de veces y, por último, frunció el ceño, cruzando los brazos sobre el pecho.

—No.

—No puedes impedírmelo—le replicó—. Además, tengo responsabilidades allí, ¿recuerdas? Debo volver a la ciudad.

Altaïr permaneció en silencio durante unos instantes, instantes en los cuales no dejó de mirar a Al-Sayf, y alargó una mano para tomarlo de la pechera de su túnica blanca, enredando los dedos en ella para atraerlo hacia su cuerpo, las narices de ambos rozándose por la cercanía.

—Quédate conmigo—murmuró—. Por favor. Te necesito a mi lado, Malik.

El Dai sonrió ante aquello, cerrando los ojos mientras negaba con suavidad, lentamente, clavando después sus iris oscuros en los dorados del otro.

—Sabes que no podemos seguir con esto, Altaïr.

—¿Qué…?

Ibn-La'Ahad le miró con fijeza, estupefacto, sus ojos bien abiertos y una expresión extraña en el rostro descompuesto. Vio cómo Malik le sostenía la mirada todavía, manteniendo esa pequeña sonrisa, pero tras ella pudo ver que esas palabras le dolían al rafiq tanto como a él.

—Tienes responsabilidades, Altaïr, con la Hermandad y contigo mismo. Has de tener descendencia, debes asegurar el futuro de la Orden, dejarla en manos de otros llegado el momento, de otros que lleven tu sangre. Y sé que no soportaría ser la persona con la que te vieras a escondidas, como dos niños, ocultándonos de los demás mientras, de cara a nuestros hermanos, te paseas con tu mujer y tus hijos. Esto tiene que llegar a su fin.

—No tiene por qué ser así—contestó Altaïr con rapidez—. Malik, por fav…

Al-Sayf posó de manera rauda un par de dedos sobre los labios de Ibn-La'Ahad, acallándolo para que no continuara con aquello, y le miró con una dulce sonrisa en su rostro generalmente ceñudo y serio.

—Te lo he dado todo, Altaïr…todo, menos una cosa. Todo menos un futuro para nosotros dos. Lo supimos siempre, que no podríamos estar juntos de la manera en la que ambos queremos. Por mucho que te quiera, por mucho que me quieras tú a mí…sabemos que no es lo correcto. Escúchame—le pidió, rozando su mejilla con suavidad—. Puedo ofrecerte una última noche, pero mañana por la mañana partiré hacia Jerusalén.

El Maestro bajó la mirada y, como si lo dejara caer, su rostro entró en contacto con la curva del cuello de Malik, ocultándose allí mientras sus brazos lo rodeaban con fuerza y desesperación. ¿Por qué tenían que separarse? No lograba entenderlo…No quería entenderlo.

Él lo quería. Malik lo era todo para él, nadie podría jamás ocupar ese hueco que su separación le produciría en el corazón. Sentía cómo algo moría en su interior al saber que todo terminaría al día siguiente, que ya no habría otra ocasión como aquella. Se acabarían los abrazos, los besos furtivos, esas sonrisas extasiadas de felicidad tras hacer el amor.

Pero el sentimiento seguiría vivo para siempre…Y tal vez eso era lo que más le haría sufrir.

Lentamente, se separó de él apenas lo necesario para poder mirarlo cara a cara, de nuevo bebiendo de aquellos labios que tanto extrañaría.

—Ojalá pudiera pasar todos los días de mi vida junto a ti—dijo en voz baja, apoyando su frente en la de Malik—. Ojalá todo fuera distinto y no tuviéramos que separarnos. Hemos vivido tantas cosas juntos…

—Aún tienes muchas cosas que hacer, que vivir, junto a otra persona. Junto a tu mujer y tus hijos. Y serás feliz con ellos, los querrás y los cuidarás, y te importarán más que nada en este mundo.

—Pero no más que tú.

Malik cerró los ojos, su cabeza moviéndose en un gesto de negación; una expresión de pesar se adivinaba en sus morenos rasgos.

—No más palabras, Altaïr. Dejémonos de frases, no es eso ahora lo que quiero. Desearía aprovechar nuestras últimas horas de tal forma que las palabras sobren.

Su mano ascendió hasta la nuca del Maestro, atrayendo su rostro hacia él, y a partir de entonces ninguno de los dos volvió a hablar con frases que prometían una despedida hasta la mañana siguiente.

El sol comenzó a despertar tras las montañas, lentamente, ascendiendo por el cielo casi como si se arrastrase, reacio a salir. Poco a poco, sus rayos comenzaron a bañarlo todo, y no tardaron en colarse por la cristalera de aquel despacho, acariciando suavemente los cuerpos tendidos en el suelo que había allí; uno de ellos aun dormido, el otro ya despierto.

Malik no podía dejar de mirar a Altaïr. Sus ojos oscuros recorrían cada parte de su rostro, desde sus cejas hasta esos labios ligeramente carnosos y entreabiertos, rotos por una cicatriz. Comenzó a acariciar su faz con la yema de los dedos, apenas en un suave roce, hasta que Ibn-La'Ahad despertó, pestañeando un par de veces para acostumbrarse a la luz matutina, sonriendo al ver allí al Dai.

Pero esa sonrisa se borró enseguida de sus labios al saber lo que pasaría a continuación.

No hubo un ''buenos días'' esa vez, ni siquiera un beso. Ambos hombres se incorporaron y se vistieron en completo silencio, hasta que Al-Sayf se atrevió a hablar una vez ya preparado.

—Es hora de que me vaya.

Los dos se miraron mutuamente, fingiendo estar bien cuando sabían que estaban destrozados por la separación, y antes de que el rafiq pudiera moverse, Altaïr ya le había tomado del brazo, sus ojos observándole de manera suplicante.

—No te vayas—le rogó.

Malik sonrió con tristeza, tal vez recordando una situación similar, aunque con las tornas cambiadas. Colocó su mano tras la nuca de Altaïr, apoyando la cabeza en su frente tras haberle dado un pequeño beso en ella, y cerró los ojos.

—Sabes que no hay otra manera. Es nuestro deber.

Su mano se deslizó hasta la barbilla de Ibn-La'Ahad, alzándola para poder darle un beso en los labios.

—Te quiero—murmuró.

Se separó de él, tomando su mano para oprimir sus labios contra los nudillos ajenos suavemente, y se dio la media vuelta para salir de allí, dejando a Altaïr solo en el despacho, con un amargo sentimiento en el pecho.

Varias cosas pasaron desde entonces.

Tal vez Altaïr llegase a querer a otra persona, sí. Tal vez María Thorpe fuera su mujer y la madre de sus hijos, y nadie negó nunca que no la quisiera más que a su propia vida. Tal vez, con el tiempo, logró dejar de sentir, al menos durante ciertos momentos, ese agudo y punzante dolor que la separación de Malik le había producido.

Pero eso no significó que dejase de amarlo ni por un momento durante el resto de su vida, más que a nadie.

Y los años pasaron y pasaron…

Y cuando todo ha terminado, cuando ya no queda nada más por hacer, Altaïr cierra sus ojos. Esboza una sonrisa, una diminuta y ligera sonrisa en su rostro ya arrugado por la edad, deja caer los brazos de manera suave y emite un apenas perceptible suspiro, abandonando aquel mundo.

Al separar de nuevo los párpados, la luz lo baña todo, una luz pura, blanca, que lo ciega momentáneamente. Y lo primero que ve al girar la cabeza es su propio cuerpo marchito sentado en una biblioteca, su rostro viejo en la placidez del sueño. No entiende lo que ocurre, el por qué se ve a sí mismo desde esa perspectiva como si fuera otra persona, pero logra comprenderlo cuando se mira sus propias manos, unas manos de dermis tersa y joven.

Él ya no está en su cuerpo. Él ya no vive. Pero, de alguna manera, siente y, de alguna manera, vuelve a poseer su cuerpo joven. Con una sonrisa extraña en el rostro, inclina la cabeza hacia ese cuerpo muerto, y se da la vuelta, despidiéndose del mundo de los vivos para adentrarse en lo desconocido, pero apenas da un par de pasos cuando se detiene bruscamente.

Hay dos manos ante él. Son dos manos de piel morena, la izquierda con el dedo anular amputado como él mismo lo tiene, y también alcanza a divisar las mangas de una fina djellaba azul oscura con detalles en blanco a la altura de las muñecas de la persona que tiene delante.

Sin dudarlo, toma esas manos y sonríe de nuevo, esta vez con más sentimiento, con ternura. Levanta la vista, clavando sus ojos dorados en el rostro de aquel que le ha ido a buscar, topándose con unos iris oscuros, casi negros. Entrelaza los dedos y, a sus oídos, llega esa voz que nunca ha olvidado, aun con el paso del tiempo.

—Vamos, novicio…Te llevaré a casa.

Altaïr pronuncia más su sonrisa y se inclina hacia el otro hombre, sus labios quedando a escasos milímetros de los ajenos.

—Ya estoy en casa…Habibi.

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Bueno, pues se acabó. Esto es. Ya está, se da por finalizado el fic. Ya no tenéis que esperar más (muchísimo habéis esperado, cosa que, como ya dije, me ha sorprendido una barbaridad). Este epílogo lo tenía escrito desde el 2014, como ya comenté (tengo pruebas en mi twitter de que sí, es real, la fecha exacta de cuando lo escribí es 31/10/14 y es normal que me odiéis con el alma XD), sin embargo, no lo he subido antes por el rollo con el cap21 y porque no me sentía tan segura de cómo iría a quedar todo en general. Pero esto tenía que pasar, más tarde o más temprano.

Así que, lo dicho. SE ACABÓ POR FIN. Ya no hay que esperar más.

Muchísimas gracias a todos los que habéis comentado, me alegro un montón de que esta historia os haya gustado tanto (no creí que fuera a tener tantos comentarios, la verdad, ni de que tuviera tan buen recibimiento) y lamento haberos hecho llorar… (no, en realidad no porque soy cruel, pero eso ya se sabe...creo)

Lo que sí lamento es que haya tardado tanto en subir los caps finales, no merecíais esta espera, soy consciente de ello. Y de verdad que lo siento muchísimo.

No sé si volveré a subir algo a fanfiction alguna vez. Tengo algunos proyectos, pero son con OCs (uno de ellos de otra saga de videojuegos –Final Fantasy- y dos –uno terminado ya- en un mundo normal y corriente, pero sí, todo muy gay) y eso no suele atraer demasiado. De todas formas, si tenéis curiosidad (ya sea porque os gusta mi forma de narrar o por…bueno, mera curiosidad de seguir leyendo cosas mías), podéis poneros en contacto conmigo vía Twitter /TashiCorvus, ya que es donde más suelo perder mi perdible tiempo y estar pendiente de DMs y demás cosas, que por aquí a lo mejor no me entero hasta un mes después. También podéis hacerlo simplemente si queréis tenerme fichada, no muerdo…demasiado(?)

En fin, no me enrollo más con la despedida, simplemente deciros que agradezco muchísimo todo el apoyo, todo el fangirleo, que estoy encantadísima con todo el amor que ha recibido y con la paciencia que habéis tenido durante este tiempo, y que ha sido un placer haber trabajado en esto.

Un abrazo y un beso a todos.

¡De nuevo, gracias!