Capítulo 5: Primeros momentos de fortaleza

—¿Por qué no entras? -cuestionó Gregori al hombre de cabello plateado que se había quedado casi inmóvil frente a la entrada a un hospital de San Petersburgo, que esa misma madrugada había sido testigo de un tierno milagro.

Podía no admitirlo, como muchas otras cosas, pero desde que salió de su residencia, la impaciencia había estado devorando su ser. Sólo en sus sueños más felices estaba la presencia de un bebé. Si era de él o de su hermano, eso su subconsciente nunca se lo rebeló. Sabía lo que deseaba, estaba plenamente seguro de que sus anhelos apuntaban a una persona. A la misma que ya sabía qué clase de dicha era esa de la que Nikiforov sería solo un espectador más. Todo el tiempo, toda la vida.

—Es… demasiado irreal aún -confesó, regalando un suspiro al cielo.

—Vladya, simplemente no es tu sobrina…

—No. No es sólo eso -el ruso se giró hacia su oficial, recargado en el auto negro y tintado -Dudo que lo entiendas, pero… sencillamente nunca creí que esto pasaría. Ni el cómo pasaría.

—Lo que yo entiendo, Vlad, es que hay personas valientes. Personas que… aman.

—Gregori, no insinúes que… -detuvo sus palabras al ver que el hombre frente a él le daba la espalda para entrar al auto, donde había alguien esperándolo.

En ese momento, justo en ese instante, las ganas de Vladya por tomarlo de los hombros, zarandearlo y tal vez una cosa más, crecieron como fuego ardiente por su alma. Porque sabía que eran los últimos instantes que pasarían juntos en mucho tiempo, y porque él tenía razón. Tal vez esa última cualidad que Gregori resaltaba en el matrimonio de Nikiforov-Katsuki nunca había sido demostrada cuando se pudo, cuando se debió. Pero no era que no existiera, y es que fue la otra característica la que fallo en ambos, la que arruinó todo lo demás.

¿Cuánto tiempo iban a seguir siendo cobardes? Los dos estaban cansados de eso. Pero requería más valor enfrentarse a sus verdaderos temores que el coraje de ir a una guerra que se sabía de antemano, era mortal. Y era aún más mortal que ese temor llevara por nombre amor.

Y ya no quería llevar ese pesado y doloroso sentimiento. ¿Por qué tenía que doler si se suponía que era lo más bello que el mundo tenía? Mientras caminaba el encuentro de la nueva integrante de su familia, Vladya pudo estar seguro de dos cosas. Primero, que por todo y, sobre todo, no alargaría su agonía. En cuando Gregori volviera de su misión, le ofrecería todo lo que el general era, todo lo que podía ser si él se lo pedía. Porque sabía que volvería. La vida ya había sido lo suficiente injusta con él. No podía negárselo una vez más y para siempre.

Y de que era potencialmente débil a las fuertes impresiones, fue su segunda certeza de la noche. ¿Pero cómo se supone que debía mantenerse firme ante la imagen en sus ojos? Podía imaginar a Víktor siendo muchas cosas, pero padre era algo completamente diferente.

Su hermano se paseaba con tranquilidad por la sala de espera. Su mirada era de completa devoción para esa pequeña existencia envuelta en cobijas rosas y cómodamente dormida en su regazo. Víktor podía no tener la sonrisa más grande del mundo en ese momento, pero sus apacibles facciones, la leve curva en sus labios, sus ojos perdidos y atrapados en su hija confirmaban que se había vuelto a enamorar de una manera sublime, divina. Las palabras apenas se acercarían al amor que, Vladya notaba, su hermano le profesaba a su hija.

—Vík… Víktor… -el nombre salió casi como un suspiro, pero fue suficiente para que el menor de los hermanos lo escuchara y se girara para verlo, Entonces sí, su sonrisa fue enorme.

—¡Vlad! -gritó, sin poder contenerse y provocando que la pequeña se removiera en sus brazos. El general apenas podía creerlo, pero casi al instante, vio una lágrima deslizarse por la mejilla de Víktor -Vlad, yo…

—Eres papá -dijo el mayor, sintiendo que las palabras se acumulaban en su garganta. Pero era demasiado lo que sentía como para poder expresarlo.

—¡Soy papá! -celebró, dando ligeros, casi imperceptibles brinquitos - ¡Y tú eres tío!

—Soy tío…

—Ven aquí… tienes que verla -Víktor le extendió la mano a Vladya y este la tomó, siendo golpeado por una oleada de recuerdos de la infancia de ambos -Mira... su nombre es Yukie ¿no es preciosa?

—Es… es… -definitivamente no iba a llorar. No era su estilo, y por algún motivo, lo que sentía se reflejaba más en su incapacidad de pensar con coherencia -es idéntica a Katsuki…

—Katsuki-Nikiforov, por favor. Y sí, es como él. Es tan hermosa como mi Yuuri. ¿Quieres cargarla? -ofreció, con una sonrisa divertida.

—¿Qué? No… yo no creo que sea…

—¿Buena idea? Nada de lo que hemos hecho es una buena idea -se burló el menor, ganándose un ligero golpe en el brazo -Vamos, tómala. Además, te tengo que enseñar algo.

Vladya tragó en seco y extendió sus extremidades trémulas, para sorpresa de Víktor. Con todo el cuidado del que eran capaz el par de inexpertos, pasaron a la pequeña pelinegra del cobijo de su papá al regazo de su tío, quien apenas estaba haciendo que su cerebro hilara las ideas.

Si, la bebé estaba ahí. Era una realidad. Y era su sobrina.

—¿Quién lo diría? No te vas nada mal con un bebé -quiso bromear Víktor, sin saber lo mucho que eso calaba en el corazón de su hermano.

¿Se veía bien con una pequeña en brazos? Probablemente. Pero sabía de alguien que se vería aún mejor. Y le constaba. Si tan solo las cosas hubieran sido diferentes, tal vez la niña que aguardaba con Gregori a las afueras del hospital tendría otra historia. Tal vez si hubiera abierto más su corazón, podrían haber viajado juntos a Detroit, a seguir el ejemplo de un amor valiente. Tal vez ellos también hubieran creado un milagro como el que sostenía en sus brazos.

Así el no querría irse. Se quedaría por Vladya y por lo que tuvieran en común.

Que sencillo era imaginar. Y lo era aún más arruinar.

—Vitya… ¿Qué querías mostrarme? -preguntó, antes de que en verdad se doblegara.

—¡Cierto! Sígueme, sé que te va a encantar.

—No más que ella -dijo sin pensar, mientras caminaba detrás de Víktor por pasillos luminosos -Yukie es…

No terminó la frase porque Víktor le pidió que se detuviera. Estaban frente a una habitación, en donde había una enorme ventana de cristal que permitía ver el interior del cuarto. Había cuatro bebés en el interior. Todos ellos estaban descansando dentro de una incubadora. Pero uno de esos bebés, conectado a una máquina que pitaba con un ritmo constante, terminó por robar su aliento.

—Víktor…

—¿Ya la viste? -preguntó, con sus ojos brillando por la emoción.

—Explícame esto, Vitya. Es imposible… su cabello… y su piel es muy blanca como… y…

—Y también es mi hija, y tu sobrina menor -terminó de decir, y en su voz no se notaba otra cosa que inmenso orgullo.

—¿Tu hija? Tu esposo tuvo…

—Si te lo estás preguntando, nadie tenía la menor idea, pero Yuuri siempre estuvo llevando con él a dos bebés.

—Pero no puede… ¿nadie se dio cuenta? ¿Ni los doctores?

—No. Solo mírala, es muy pequeña… casi parece una muñeca.

—Si me lo preguntas, me parece que es hermosa. Y… de verdad no lo creo…

—Lo sé -Víktor puso una mano sobre el hombre de su hermano y una mirada cómplice danzó entre ellos -Yuuri seguramente querrá que se llame Viktoria.

—Espero que no sea como tú en ese caso -opinó el mayor, demasiado serio como para que Víktor no soltara una pequeña carcajada -A ella… le queda Svetlana.

—Supongo que sí, es tu decisión a cuál de las dos le quieres poner el nombre de mamá.

—A Viktoria -contestó el general, casi en el acto -Dime paranoico o lo que quieras, pero… me recuerda a ella.

—Por ahora, sólo un poco. Ya se verá cuando crezca. Yukie y Viktoria Svetlana… -Víktor suspiró y su hermano sonrió para sus adentros -Estoy tan feliz…

—¿No tienes miedo?

—¡Mucho! Pero… pero no estoy solo. Sé que Yuuri y yo podremos hacerlo bien. Ellas… serán las niñas más felices del mundo. Para siempre. Yo me encargaré de que sea así.

—Y yo estaré ahí para asegurarme de que así sea, o para golpearte si es necesario porque lo estás haciendo mal.

—Eso me tranquiliza. No dejes de hacerlo nunca.

Ambos rieron ante la imagen mental de Vladya regañado a Víktor. El corazón del mayor había sido seriamente bombardeado ese día, y apenas estaba consciente de que era lo que sentía. Pese a todo, no tenía la menor duda.

—Siempre voy a estar para ellas -pasó su mano por la pequeña cabeza de su sobrina, cubierta de un esponjoso gorro y su mirada se clavó en la bebé dentro de la incubadora, que compartía su mismo peculiar color de cabello -Nada les pasará si estoy yo para evitarlo.

—Vladya…

—Te lo prometo.

Muchas promesas, algunas con límite de tiempo. Vladya no lo diría, como muchas otras cosas, pero entre todo lo que le lastimaba, su miedo no era perder, era no poder hacer algo para evitarlo.

Y las dos pequeñitas que se unían a su vida y a su familia, sin proponérselo, habían abierto en la mente de su tío un miedo y una resolución. Si no pudo hacer nada para evitarlo, por lo menos haría algo para remediarlo.

—Serás un gran tío gruñón -previó Víktor, viendo con alegría y otros sentimientos encontrados la extraña mirada melancólica que parecía librar una batalla con la felicidad naciente en su expresión.

Una felicidad que creía perdida. Tan irreal…

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Nota de autora: Les recomiendo recordar el final del capítulo 3 de "Make my own history", cuando Víktor y Yuuri están de nuevo juntos con sus bebés.

Un beso cálido y dos bebés dormidas en los brazos de sus padres era la escena más conmovedora que se pudo haber desarrollado en el primer día del año en San Petersburgo.

—Víktor…

—¿Sí?

El ruso levantó su mirada sin dejar de acariciar la suave mejilla de la bebé de cabello negro, que comenzaba a quedarse dormida, arrullada por el calor y los suaves movimientos que su papá le proporcionaba.

—¿Esto es de verdad? ¿No estoy soñando?

—No, mi amor. Es completamente cierto -Víktor rió y posó su mano sobre la de Yuuri, la misma que sostenía con delicadeza el pequeño cuerpo de una niña de piel pálida - ¿No te parece hermoso?

—Lo es. Pero no puedo… no entiendo cómo… ¿De verdad son dos? ¿Tenía dos niñas dentro de mí?

Después de un rato, el japonés seguía sin poder procesar por completo la idea de que era papá de unas gemelas, que todo el tiempo estuvo cuidando de un par de hermosas niñas, sin tener la menor idea de eso. Y no era porque no le gustara. Sin saber cómo, amaba a las dos como si hubiera estado enterado esos ocho meses y medio de la existencia de ambas. Pero ese era el problema, y lo mortificaba. ¿Cómo la pequeña plateada había pasado tan inadvertida para todos? ¿No le había afectado? Además, a tan solo un día de haber nacido, ya estaba pensando en cómo le explicaría que no supieron nada de su existencia.

—Sí… -Víktor le sonrió con un poco de diversión al verlo tan confundido -Amor… yo tampoco lo podría creer cuando la vi, pero sí. Yuuri… ¡tenemos dos niñas!

—Creo que necesito más tiempo para procesarlo -comentó Yuuri, guiñándole un ojo para indicarle que estaba bromeando -Pero… pero… siento que…

—¿Qué las amas más que a tu vida sin importar qué? -preguntó el ruso, recibiendo un leve asentimiento -Yo también. No sé cómo explicarlo, pero… pero las amo. Más que a todo.

—Ahora entiendo porque me sentí tan mal después de que… ¿Yukie?... -preguntó, para confirmar la decisión de Víktor, quien asintió entusiasmado -… después de que ella naciera. Recuerdo que el doctor Andrei dijo algo acerca de otro… pero nada más.

—Tuve mucho miedo, Yuuri -confesó el ruso, bajando la mirada hacia su hija -Lo último que me dijiste me asustó. Yo no… no podría imaginarme sin ti… No podías irte, no así. Esa no podía ser la última vez que nos viéramos y…

—Vitya… -Yuuri tomó una de sus manos, interrumpiendo la creciente angustia de su esposo, provocada solo por los fatídicos pensamientos que lo agobiaron horas atrás -… yo… lo siento. No quería hacerte sentir así. Pero también tenía miedo de que no fuera lo suficientemente fuerte… yo solo quería que ella estuviera bien, aunque yo no…

—Estás aquí. Los dos y nuestra hermosa sorpresa -Víktor fue a sentarse con su lado, y una vez juntos, pasó uno de sus brazos por la cintura de su esposo, atrayéndolos a él y a la pequeña a su regazo -No me cansaré de agradecerte por ellas, Yuuri. Son hermosas, y son nuestras. No tienen idea de cuanto los amo, a los tres.

—Familia… se siente muy bien tenerlas aquí, por fin -dijo el pelinegro después de acurrucarse en el hombro de Víktor, sin despegar la mirada de esas dos niñas, que ya eran dueñas de su corazón -Oye…

—¿Qué pasa, Yuuri?

—Estábamos preparados para solo una bebé… tenemos que comprar un poco de cosas para Viktoria.

—Sí amor, lo sé. Cuando estemos en casa, podemos ocuparnos de eso. Tu mamá y los demás se ofrecieron a ayudarme con la otra habitación para Viktoria. Ellos aman a las niñas y van a hacer todo por ellas. Tu padre, Takeshi y las trillizas me ayudaran a buscar los muebles, pero eso lo resolveremos cuando volvamos.

—Pero ella va a necesitar su espacio cuando lleguemos, y eso será hoy. Tenemos que resolverlo ahora -replicó el japonés, preocupándose cuando vio los ojos de Víktor ensombrecerse y sintiéndose inmediatamente nervioso - ¿Qué pasa, Vitya?

—Yuuri, lo que pasa es que… nosotros no podremos…

—Buenas tardes -el dueño de la voz entró a la habitación e interrumpió a Víktor, generándole algo de fastidio. Si el americano lo notó, optó por ignorarlo. Se acercó con una sonrisa serena, vestido completamente de blanco.

—¡Brendan! -el ruso notó el entusiasmo de Yuuri y tuvo que hacer acopio de su autocontrol para no refunfuñar -Llegaste…

—Hace apenas unas horas -indicó el doctor, colocándose del lado izquierdo de la cama de Yuuri -Antes que nada. Yuuri… felicidades. Sabía que podías con esto y fuiste muy fuerte. En verdad estoy orgulloso de ti y completamente sorprendido. Tienes… un par de bebés hermosas.

—¿Te dijeron que eran dos? Aún me cuesta creerlo.

—No tienes idea de la sorpresa que me llevé cuando Andrei dijo que habías dado a luz a dos bebés, era… demasiado irreal y tampoco pensé que fuera posible. Y debo disculparme por eso. Cuando notamos que tu vientre era más grande de lo normal en un hombre, debimos haber sospechado. Lamento no haberme dado cuenta.

—No… no te disculpes, no es tu culpa -calmó Yuuri, sin saber que el ruso a su lado sí que lo hacía responsable de ese detalle ocasionado por no saber que eran gemelas y que estuvo a punto de decirle al japonés. Seguramente le dolería - ¿Por qué no la vimos en ninguna de las ecografías?

—Ahora mismo ya no hay modo de saberlo, pero supongo que es porque estaba en la misma posición que su hermana, eso y que es más pequeña que ella -explicó el doctor, observado con una sonrisa extraña a la bebé en brazos de Yuuri -Pero no quiero que eso te preocupe. Con los cuidados que le daremos repondrá su tamaño y podrá irse con ustedes.

—¿De qué hablas? -la tez de Yuuri se volvió algo pálida, para sorpresa de Brendan.

—¿No le has dicho? -preguntó el doctor a Víktor, molesto.

—Estaba a punto de hacerlo cuando llegaste a interrumpir.

—¿Decirme qué? -cuestionó Yuuri a su esposo, pero este no tuvo tiempo a contestar cuando alguien más entró a la habitación.

Era una enfermera de apariencia muy adulta y regordeta. Pero eso no fue lo que erizó la piel del pelinegro, sino lo que la mujer llevaba con ella. Empujaba con suavidad un carrito con cortas y gruesas patas de plástico, que sostenían una caja de plástico transparente, junto a la cual había un aparato con cables que entraban en la caja por los múltiples hoyos que tenía. Yuuri no recordaba haber visto alguna vez una incubadora, pero no le gustó en lo absoluto la que estaba frente a él.

—Doctor, ya ha pasado suficiente tiempo fuera de ella -indicó la enfermera a Brendan, señalando con la mirada lo que había llevado.

—Sí, lo sé. Vuelva en cinco minutos para llevársela a Cuidados Intensivos -la enfermera asintió y salió del cuarto. Cuando Brendan regresó su mirada a Yuuri, el lucía tembloroso, pero sostenía con fuerza a su bebé y la mano que Víktor le tendía -Yuuri…

—¿A quién van a llevar a Cuidados Intensivos? -el japonés espetó la pregunta y a Brendan lo hizo sentir culpable por eso.

—A Viktoria -contestó Víktor, y las palabras le supieron amargas.

Yuuri se quedó estático, pero aferró el pequeño cuerpo de la peliplateada a su pecho, como si la estuviera protegiendo de algo que no entendía. Tanto a su esposo como al doctor led dolió lo indecible verlo así, pero era algo que debían afrontar.

—Pe… ¿pero por qué? ¿Tiene algún problema? ¿Es… es algo grave? -preguntó, con la voz casi cortada - ¿Es mi culpa?

—¡No! No, amor, por supuesto que no -el ruso lo abrazó con la mano que tenía libre, haciendo lo posible porque las lágrimas de Yuuri no afloraran -No es para nada tu culpa, no vuelvas a pensar eso.

—Tu esposo tiene razón. Sí… si hay un culpable, soy yo, en cualquier caso. No… no hice caso a lo que era diferente -Brendan agachó la mirada, pero, aun así, lucía bastante digno -Yo soy el responsable de tu caso, y asumiré toda la responsabilidad.

—¿Qué responsabilidad? ¿Qué tiene mi hija? -inquirió, impaciente y nervioso.

—No es nada grave, Yuuri. Quiero que estés convencido de ello -Brendan se acercó más a la cama y acarició con suavidad la mejilla de la bebé -Ella, como puedes ver, es muy pequeña en comparación con su hermana. Es lógico, puesto que no recibió los nutrientes que necesitaba para crecer con normalidad.

—Y eso… ¿le afectó en algo?

—Según el reporte de Andrei, tuvo ligeros problemas para respirar cuando nació y no es muy fuerte. Después de que la estabilizaron y de que Víktor la conociera, tuvimos que llevarla al área neonatal. Y bueno… su cuerpo aún es demasiado… delicado y débil como para que salga del hospital. Andrei y yo esperemos que con dos o tres semanas de internamiento pueda crecer y reforzarse lo suficiente como para que vaya a casa con ustedes.

—¿Tres semanas? Eso es demasiado tiempo. Ella no va a estar sola aquí… Yo… me quedaré hasta entonces -sentenció Yuuri inmediatamente, para sorpresa de los otros hombres.

—Amor… tú y Yukie recibirán el alta en unas horas. Se irán a casa y la familia y yo nos turnaremos para que Viktoria no esté sola en un momento -aseguró Víktor, pero Yuuri negó al instante.

—No. Ustedes no son yo y no saben lo que sentí. Ella es mi bebé, estuvo conmigo todo este tiempo sin que yo lo supiera y apenas hemos pasado juntos unos minutos. No voy a dejarla sola… necesita de mí -exclamó el pelinegro, sintiéndose exaltado de pronto, dirigiéndole una expresión de advertencia a Víktor.

—Exacto, necesitará de ti cuando sea tu momento de cuidarla -replicó Brendan, dispuesto a convencer al japonés de marchar a casa -Yuuri, el cuidado de Viktoria es nuestra responsabilidad por ahora. Tú ya hiciste con traerlas vivas, y tienes que recuperarte. Además, hay otra bebé que si necesita de ti ahora.

—Pero…

—No. Lo que tienes que hacer, por ambas, es ir a tu casa y descansar lo más que puedas. Tu cuerpo está completamente agotado y para lo que tus hijas necesitan de ti, deberás ser fuerte.

—Brendan…

—Lo sé, Yuuri. Y lo siento. Es mi culpa que no puedas llevarte a tu hija contigo, pero también quiero remediarlo y no me iré de Rusia hasta que Viktoria esté completamente sana y descanse en la cuna de tu casa. Pero para eso, necesito que cooperes conmigo, ¿está bien?

—No tienes por qué hablarle así -Víktor respingó apenas Brendan terminó de hablar. El doctor le devolvió la misma mirada molesta con la que Víktor lo enfrentó -Yuuri puede entender a la perfección que debe ayudar.

—No quiero dejarla sola. Sí me voy a casa… tengo que permanecer en cama casi un mes. No podré venir a verla, y no quiero no ver a mi hija -expresó Yuuri, abrazando con firmeza y delicadeza el cuerpo de Viktoria, quien seguía pacíficamente dormida.

—Y lo harás. Yo vendré todos los días para asegurarme de que esté bien. Y te enviaré fotos y podemos hacer videollamadas para que la veas. Pero… el doctor tiene razón, tú y Yukie deben descansar y Viktoria hacerse fuerte -Víktor estaba por darle un beso a los labios pálidos de su esposo, cuando escuchó a Brendan carraspear.

Estuvo a punto de pedirle que se marchara, cuando vio que la intención del americano era hacer notar el regreso de la enfermera regordeta, que inmediatamente tomó el control de la incubadora y la acercó a la cama en la que Yuuri temblaba, sabiendo que tenía que ceder el cuidado de su bebé. Y eso dolía demasiado como para preocuparse por la lágrima fugitiva que escapaba de sus ojos.

—Señor Katsuki-Nikiforov… tengo que llevarme a la niña. Puede pasar a verla antes de que se vaya, pero es tiempo de que su hija descanse.

—¿Ahora mismo?

—Sí, ya lleva mucho tiempo fuera de la incubadora.

Yuuri asintió y dedicó toda su atención a la pequeña Viktoria, que para su sorpresa había despertado. Se estiraba lentamente y el pelinegro pudo ver a través de una pequeña rendija en su mirada el azul tenue que prometía ser tan resplandeciente como el de su padre cuando creciera.

Tal vez no había modo de explicarlo, y probablemente lo más justo para el sentimiento era tratar de no explicarlo. ¿Cómo explicas el inmenso amor hacia alguien que no sabías de su existencia y que acabas de conocer? Es imposible de comprender, y aún más asignarle palabras. Pero era así. Yuuri sabía que amaba con todo lo que era a sus hijas y que una parte de su corazón y su vida se quedaría con la pequeña Viktoria todo el tiempo que permaneciera en ese lugar que no era su hogar. Entendía que no podía flaquear en ese momento. Que ser débil no era una opción. Y no lo sería nunca más.

Aunque eso no significa que no podía doler.

—Yo… -Yuuri levantó un poco más a Viktoria para que su diminuto rostro quedara a la altura de sus labios para regalarle un suave beso -Vas a estar bien, bebé. Te veré antes de que me vaya, pero… pero no olvides que te amo. Lamento no haberte cuidado como debía… pero todos te vamos a apoyar, Viktoria. Papá y yo te amamos.

Cederla a los brazos de la enfermera fue, sin duda, una de las cosas más difíciles que haría Yuuri en toda su vida. Saber que su hija pasaría tres semanas sin su papá, luchando prácticamente sola, sería una de las peores cargas. Pero si era un modo de que ambos fueran más fuertes, tendría que hacerlo.

Como si también sintiera la angustia de su padre, Viktoria lloró en el momento en que fue acostada en la cálida incubadora y se revolvió en ella completamente molesta por el movimiento. ¿Cómo era posible que el corazón de Yuuri se rompiera tantas veces en tan pocos minutos?

Víktor se levantó y después de dejar a la pequeña Yukie en sus brazos y darle un beso en la frente a su esposo siguió a la enfermera con la incubadora de Viktoria fuera del cuarto, dejando a Yuuri solo con Brendan, quien observaba la escena con los brazos cruzados y cerca de la ventana, por la cual San Petersburgo se extendía con un manto de nieve.

—Yuuri… quiero que sepas que en verdad lamento no haber notado la presencia de la segunda bebé. Lo considero una negligencia de mi parte y…

—No -el japonés, con su usual sonrisa, pero con un increíble deje de angustia -No te culpo.

—Tu esposo sí lo hace, Yuuri. Y tiene razón en estar molesto, es por eso que te prometo que me quedaré con Viktoria día y noche hasta que pueda salir de aquí -el de cabello color arena se acercó al menor, con una expresión de verdadero arrepentimiento.

—Tal vez Víktor esté… enojado. Pero… no te culpo, Brendan. Si yo no te hubiera encontrado… ellas no serían una realidad -en un acto que descolocó por completo a Brendan, Yuuri extendió su mano para tomar la del doctor y apretarla firmemente -Ella estará bien… y no te estoy pidiendo que hagas todo esto. Ninguno de los doctores notó su presencia, no es culpa de nadie. Si yo no te hago responsable, entonces tú tampoco lo hagas.

—Dios, Yuuri… esto no me hace sentir mejor -al final, Brendan apartó su mano lentamente y una sonrisa de resignación apareció en sus labios -Pero está bien. Aun así, te lo prometo. Me encargaré de que tu hija reciba las mejores atenciones y no me iré a América hasta que regrese contigo.

Yuuri también sonrió un poco más aliviado, pues tenía plena confianza de que ese hombre cuidaría a Viktoria con su vida. Y ya no tenía manera en la que agradecerle por lograr que esas dos pequeñitas estuvieran con él. Porque jamás en toda su vida había sentido esa intensidad de amor, solo tal vez por el hombre que entraba en la puerta, sonriente y con una pañalera rosa al hombro y jalando una pequeña maleta.

—¡Yuuri! Viktoria se calmó cuando le dije que vendría a verla todos los días. Su piel es tan suave que estoy seguro de que lo heredó de ti -Víktor se acercó a su esposo con una cantarina risa, casi sin importarle que el doctor siguiera ahí y apartara la vista disimuladamente -El doctor Usmanov dice que están preparando tu alta y la de Yukie, así que vamos a vestirte para irnos a casa con nuestra princesa.

—Cierto. Iré por los papeles -Brendan salió al instante en el que Víktor pasaba una mano por los hombros de Yuuri. Caminó tan rápido que no notó la sonrisa triunfal en los labios del ruso.

—¿De verdad se calmó? -preguntó el pelinegro, refiriéndose a Viktoria.

—Sí, te lo juro. Está despierta, pero tranquila. De cualquier forma, en cuanto traigan la silla para que nos vayamos, te llevaré a verla -le aseguró mientras abría la maleta y sacaba un conjunto deportivo grueso, para protegerlo del frío del exterior.

—¿Cuál silla? -preguntó, recibiendo las prendas.

—Una de ruedas, amor -le contestó, al tiempo de que lo ayudaba a quitarse la bata, riéndose un poco al notar el sonrojo del japonés por su desnudez. Él respingó por la idea de usar el aparato -Ni siquiera pienses en no hacerlo. Como en cualquier cesárea, debes moverte lo menos posible unos días, para que la cicatriz sane. Así que sí, usarás la silla.

—Me hará sentir que soy un inútil -replicó, aceptando que Víktor tomara a su hija para que pudiera empezar a vestirse.

—¡Yuuri! Acabas de dar a luz a dos niñas, ¿y me estás diciendo que te sientes inútil? No te atrevas a pensarlo. Lo único que queremos es que tu cuerpo sane.

—Ya sé -Yuuri hizo ademán de levantarse, pero una fuerte punzada en la evidente marca sobre su abdomen se lo impidió, externando una mueca de dolor que alertó a su esposo.

—¡Yuuri! ¡Deja de hacer eso! -al ver que se frustraba por no poder hacerlo, lo tomó del mentón e hizo que chocolate y azul se encontraran -Te vas a lastimar. Dame un momento y yo te voy a ayudar.

—Víktor, yo puedo…

—Sí, sé que puedes. Pero no debes. Así que quédate aquí, volveré en unos segundos.

El ruso salió rápidamente con la niña en brazos, y Yuuri le dirigió una mirada de desdén a la ropa, y si no odio la marca en su cuerpo, fue porque sabía que era una señal casi eterna de que había cometido la mejor de las locuras.

Verdaderos segundos después, Víktor regresó seguido de un rubio que estaba sonrojado hasta las orejas, pero sin quitar su usual expresión de enfado.

—¡Yurio! -no podía evitarlo. Sonrió como bobo cuando vio al joven con su hija en brazos.

—Katsudon… te lo advierto. Como vuelvas a hacerme una escena como la de hace dos noches…

—¿Qué? ¿No lo vas a ayudar? ¿No fuiste tú el loco que salió a la tormenta para buscar ayuda? -se burló Víktor, sujetando a Yuuri del brazo mientras se vestía con el pants.

—¡Se estaba muriendo y yo iba a estar en la escena del crimen! -se excusó, apartando la mirada del matrimonio, que lo veía con sonrisas divertidas.

—De cualquier forma, gracias por todo, Yuri. Víktor estaba perdiendo un poco la cabeza.

—¡Amor!

—¿Lo ves, anciano? Casi fui de más ayuda que tú. Si no fuera porque mi abuelo me necesitaba hubiera estado aquí todo el tiempo.

—Eso es casi demasiado tierno, Yurio -opinó Yuuri, luchando con Víktor por ponerse la camisa, pues lo alteró un poco encontrar la venda que le cubría todo el abdomen.

—¿Y sabes que es más adorable? -Víktor sonreía con sarcasmo mientras acercaba la silla que estaba en una esquina y que el japonés no había notado - ¡Dijo que quería que nuestras bebés lo llamaran tío!

—¿En serio?

—¡No! ¡Tú querías que me dijeran hermano! Y ya estoy harto de que quieras fingir que soy tu hijo. ¡Yo sólo quería una alternativa!

—Oh, vamos Yuri. Te encantan, y dijiste que eran lindas.

—Tan lindas como pueden ser una cerdita y una ancianita. Yukie está gorda como su papá cerdo -opinó, altivo, mientras que la pequeña pelinegra se movía en sus brazos buscando un mejor acomodo -Y Viktoria de verdad parece una anciana… está arrugada.

—Es solo una bebé. Te apuesto lo que quieras a que tú te veías igual.

—Oigan, no… es que es muy pequeña -Víktor y Yurio pararon su rencilla al ver un poco acongojado al japonés.

Víktor no dudó en reconfortarlo y ayudarlo a sentarse con cuidado. Le dio tiernos besos en la frente y susurró en más de una ocasión que todo estaría bien para ella. Yurio, por su parte, se mordió el labio para no decir nada ante la escena. No sabía que se sentía, pero si podía ver la angustia de Yuuri, y supo que tenía que hacer un esfuerzo por no ser una molestia en esos momentos en los que sus amigos necesitaban apoyo.

—Cerdo… -el menor de los rusos se acercó a donde ambos estaban y con todo el cuidado, y algo de miedo, del que era capaz, dejó a Yukie en los brazos de su padre -Yo… yo también cuidaré de Viktoria. Si… si el anciano se queda dormida yo lo… lo golpearé o algo… pero también estaré con ella.

—Yurio… -un tinte carmín en sus mejillas y el estar tratando de ocultar sus ojos le decían a la pareja que las palabras del chico eran sinceras, y que los sentimientos que no externaba lo eran aún más -Gracias. Siempre te agradeceré por cuidar de ella en mi ausencia.

—¡Como buen tío! -exclamó Víktor, ganándose un ligero golpe en el brazo por parte de su esposo.

—Sí, sí. Un buen tío… como sea. ¿Ya nos vamos? Todo el mundo está esperando a tu hija y al cerdo.

—No, espera -Víktor rebuscó en la pañalera algo, hasta que sacó una pequeña cámara de color azul - ¡Tómanos una foto!

—Tsk… de acuerdo -el rubio tomó la cámara que su compatriota le tendía, y el matrimonio lo miró extrañado - ¿Qué?

—Nada… pensé que no querrías hacerlo y estaba pensando en algún soborno -comentó Víktor con sinceridad.

—Si no te das prisa, necesitarás uno bueno.

—¡Mira, Víktor! -Yuuri llamó la atención de ambos hombres en el cuarto.

Cuando ambos vieron lo que pasaba, Víktor gritó de ternura, no pudiendo evitar que una lagrimilla saltara de sus ojos y Yurio dejó ir una leve sonrisa. Yukie se había despertado, y después de dar un pequeño bostezo, movió su pequeña mano hasta sujetar el dedo índice de Yuuri con la adorable firmeza de una bebé recién nacida. Víktor también quiso tener una pequeña muestra de cariño de su hija. Lo que no se esperaban era que, apenas sintió la mano de su padre ruso, Yukie también buscó su tacto.

El peliplateado sujetó con su meñique el de Yuuri, dejando que la diminuta palma de su hija sobre la de ellos.

—No se muevan -pidió Yurio, alistando la cámara para grabar ese momento.

El sonido característico de la foto sonó, pero, aun así, ninguno de los cuatro se movió de su lugar. Demasiado hermoso para dejar de observar.

—Yuuri… te amo. Y amo a Yukie, y a Viktoria -dejó ir Víktor, sin despegar la vista de sus palmas y la de su bebé.

No podía pedir más cuando los tenía a ellos. Su mundo ya era perfecto. Todo el pasado era casi nada, cuando la existencia de esas personas llenaba su vida, que ya no le era completamente suya. Se pertenecía a sus hijas y a su esposo.

—Disculpen… -Brendan apareció de nuevo en la habitación, notablemente incómodo por tener que irrumpir -Aquí están los papeles… ya pueden irse. Viktoria sigue despierta, así que estaría bien si vas a despedirte de ella.

—Vamos… necesito otra foto así -Yurio fue el primero en salir de la habitación, dirigiéndose a la sala de Cuidados Intensivos, arrastrando la maleta con algunas cosas de Yuuri.

Víktor se ocupó de mover la silla en la que su esposo iba, aunque por su expresión, sabía que no le gustaba en lo absoluto. Siguieron los pasos de Yurio, con el americano detrás de ellos. Cuando llegaron, la misma enfermera que se la había llevado, sostenía a la pequeña para dársela unos instantes a sus padres.

—Sólo un momento -les dijo, poniéndola en los brazos de Víktor.

El ruso se puso en cuclillas para que Yuuri pudiera verla unos momentos. Para su sorpresa, fue bastante fuerte y no dejó que la tristeza lo dominara. El japonés quería que su hija sintiera que la apoyaba y que la amaba.

—Oigan… la foto -apuró el vándalo ruso -Luego se ponen sentimentales.

Ambos rieron e hicieron que la bebé pusiera su mano de la misma forma en que Yukie lo había hecho momentos atrás. A pesar de que estaba despierta, se mantuvo calma y lo único que la hizo removerse inquiera fue el sonido de la instantánea.

—Va a parecerse mucho a ti, Víktor -hizo notar Yuuri, acariciando la mejilla de la menor.

—Yo… creo que se parece un poco a mi mamá -dijo, enternecido -Sólo sé que es preciosa. Ambas lo son.

—Víktor…

—Lo sé. Y te prometo que así será toda la vida. Mientras yo esté con ustedes, eso no cambiará.

"Que siempre sean felices".

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¡Hola! Lo sé, esta ausencia ha sido terrible. Pero eso pasa cuando llega la época de exámenes finales y te enfermas tan horrible que acabas en el hospital. Pero como ya terminé, y ya estoy bien, podré actualizar de nuevo, más seguido y con capítulos, tal vez, un poco más largos.

Por ahora, espero que hayan disfrutado esto y les reitero mis disculpas. A pesar de todo, gracias por seguir leyéndome. ¡Los amo! ¡Nos vemos en el otro fic!

Serena Nightray: ¡Te juro que no dejaré de intentarlo! A pesar de todo el bullying que intentes hacerme, algo he de lograr. Con hacerte sentir conmovida o algo triste, me daré por realizada. Anda, trata de disfrutar este fluff, siempre es lindo un poco de amor. ¡Saludos!

Zryvanierkic: ¡Lo logré! Eso de Víktor me ha tocado verlo. Resulta gracioso cuando todos empiezan a entrar en pánico por la llegada de un bebé, y no tienen listo lo más importante. Yo creo que entre toda la maraña de mal humor que es Yurio, tiene ese lado que también resulta ser adorable. Y Otabek… pues es Otabek. Me encanta como su misma personalidad lo hace ser el único que puede mantener la calma. Ya me haré un capítulo solo para ellos. Me acabo de dar cuenta que no te he contestado. ¡Ya voy! Y ya empecé esa… pequeña delicia… (perdió como tres litros de sangre solo de imaginarlo). Espero que te haya gustado y haya valido la pena la enorme espera. ¡Apachurro!