Capítulo 6: Go home
Cuando Yuuri, en la silla de ruedas, entró a su casa en San Petersburgo, en medio de la fría noche, fueron los amorosos brazos de su madre los que lo recibieron. Hiroko besó tantas veces como pudo las pálidas mejillas de su hijo, y cuando por fin se separó de él, rompió en llanto al verlo con su pequeña bebé en brazos. Ni en sus sueños más descabellados pensó que algo así podía ser posible. Pero ahí estaban, tenía dos hermosas nietas nacidas de su hijo.
—Mamá… son muchos besos —comentó, divertido, mientras que el resto de los japoneses en esa sala se acercaban rápidamente a él y a su esposo para felicitarlo y ver una vez más a la pequeña Yukie.
—¡Yuuri! Estás muy loco, hijo. Pero me has dado a las nietas más bonitas del mundo… ¡y dos botellas de sake! —celebró Toshiya, palmeando la espalda del pelinegro y dando algunas caricias a la suave mano de la bebé.
Del mismo modo, Mari, Yuko, Takeshi y las trillizas comentaron con los padres primerizos lo increíble que era que Yuuri hubiera dado a luz, finalmente, a Yukie y a su inesperada gemela. Sin embargo, todos notaron que, a cualquier pequeña mención de Viktoria, Yuuri bajaba la cabeza, notablemente afectado.
—Amor… ¿no te gustaría ir a descansar? ¿Los dos? —preguntó Víktor, notando a la perfección el bajo estado de ánimo de su esposo, contrastando con la sublime emoción de tener a su hija en sus brazos, después de todo lo que significó tenerla con ellos.
—Bueno… Yukie debe comer un poco antes de dormir, cariño —indicó Hiroko, sonriendo con ternura cuando las mejillas de Yuuri se pintaron de rojo —¿Qué pasa, Yuuri?
—Aún no sé cómo. Las enfermeras me dijeron que… podía usar un biberón, pero quiero… eh… hacerlo por mi cuenta —Víktor se enterneció demasiado por esos instintos maternos para cuidar a su bebé.
Todos en el lugar entendieron de la necesidad de privacidad que el japonés necesitaba, así que unos a uno fueron despidiéndose de la pareja y de la bebé para marchar a sus habitaciones, dejándolos solos con la sonriente Hiroko.
—Yo te voy a enseñar, Yuuri. Vayamos a su cuarto para que les enseñe a ambos como se hace.
Ambos enrojecieron un poco, pero al ver que su niña había despertado y se llevaba una mano a la boca, comprendieron que en verdad estaba hambrienta, así que no dudaron en seguir a Hiroko hasta el cuarto del matrimonio para recibir las primeras instrucciones de ese delicado arte que era amamantar.
Víktor su ocupó de ayudar a Yuuri a tener un perfecto acomodo de su lado de la cama, arropándolo lo suficiente para que el clima invernal no lo afectara. Una vez que estuvo todo listo, al tiempo de que el ruso sostenía a Yukie en sus brazos, Hiroko se acercó a Yuuri y con cada paso que decía, este parecía enrojecer.
—Descubre tu pecho, Yuuri. Te pondré una manta encima para que no sientas frío —Siguió al pie de la letra las instrucciones de su madre, bajo la mirada curiosa de Víktor, que parecía estar tomando una nota mental de todo lo que veía —Víktor, cariño, pon a mi nieta en los brazos de Yuuri.
El ruso lo hizo, y podría decirse que sufrió un ataque de ternura cuando, una vez que la bebé sintió el desnudo pecho de su padre, tanteó en busca de esa parte que podría proporcionarle alimento, arrancando una expresión de sorpresa en el japonés cuando sus minúsculos dedos tocaron su henchido pezón, y fue casi espanto para Yuuri ver como acercaba su boquita con avidez.
—Mamá…
—Sólo acércala un poco más a ti y ella va a hacer el resto por sí sola —Hiroko veía en los ojos de su hijo algo de miedo, pero también una completa determinación de hacerlo si era lo que su pequeñita necesitaba.
Movió sus brazos para que Yukie quedara justo a la par de su pecho, y ella, con un movimiento torpe y demasiado enternecedor para su papá ruso, apresó entre sus labios el pezón de Yuuri.
—¿Te duele, amor? —preguntó Víktor, sentándose junto a ellos, curioso por ver la expresión casi pérdida de su esposo.
—No… bueno, no es dolor, es que… se siente tan extraño —contestó, su mirada ausente en el leve movimiento de las mejillas de la bebé.
—No tiene que doler que lo haga, aunque puede que si te sientas incómodo cuando termine. Pero eso ya lo iremos resolviendo después —Hiroko acercó un dedo a los labios de Yukie, siendo observada por la pareja —Si duele, debes separarla un poco de ti y acomodarla de nuevo, ¿está bien?
—Sí, lo entiendo. Mamá… Brendan dijo que no podría darle mucho ni durante mucho tiempo, que… lo que produzca será muy poco y tal vez no pase de un mes. Eso… ¿es malo?
—Claro que no, Yuuri —pronto se vio cobijado por los brazos de su madre y sintió un beso en su hombro, que no podía ser de otra persona que de Víktor —Lo que puedas darle será importante y le ayudará bastante. No es tu culpa, así que no te agobies.
—No tendré para Viktoria… —murmuró acongojado al ver a su pequeña no desistir en obtener la mayor cantidad de calostro que sus primerizos movimientos le permitían.
—Yuuri… —Víktor tomó las mejillas de él entre sus manos, para que lo viera de frente —No es tu culpa. Viktoria estará bien, la van a cuidar y se encargarán de alimentarla. Además, claro que le darás algo.
—¿Qué?
—Amor. Mucho amor, ese que le tenemos a pesar de que no sabíamos que estaba en ti.
En algún punto de las suaves miradas y las tiernas palabras, Hiroko decidió que era momento de que los nuevos padres y su pequeña tuvieran su primera noche juntos en la intimidad de su cuarto. Le dio un beso en la mejilla a Víktor, uno en las delicadas manos de Yukie y uno largo en la frente de Yuuri, para después salir de la habitación.
Era probable que los deseos de ambos se vieran resumidos en ese momento de silencio y completa paz. Yukie dejó de comer diez minutos después, y se quedó dormida en los brazos de Yuuri, y se tomaron el tiempo de observarla con infinita devoción, como si el más grande tesoro de la humanidad fuera esa pequeña existencia. Ella y su lejana hermana era, en definitiva, lo más hermoso que ambos hombres podían tener en su vida, porque era tan irreal, pero a la vez tan tangible, que asustaba un poco.
—Yuuri… ¿estás cansado? —Víktor sintió la cabeza de Yuuri recargarse en su hombro, y asentir levemente —¿Quieres que me quede con ella? Duerme lo que necesites, yo estaré despierto.
—No… si despierta… no quiero que llore… —soltó un bostezo que hizo sonreír a Víktor, quien no dudo en levantarse, tomar a la bebé con la mayor cautela de la que era capaz.
Se ocupó de dejarla en la cuna que había sido transportada a su habitación, asegurándose de que todo estuviera cubierto de superficies suaves y de que su pequeña cabeza quedara ladeada. No se resistió a darle varios besos en su mejilla, susurrando en cada pausa cuán grande era el amor que le tenía, cuanto significaba que ella estuviera ahí. Acabado eso, fue a reunirse con el pelinegro, sorprendiéndose al encontrarlo despierto y observándolo fijamente.
—¡Yuuri! —dijo en voz alta, tapándose inmediatamente la boca ante el silencioso regaño del japonés —Se supone que debes dormirte. Ya te dije que me quedaré aquí.
—Va a llorar en la noche, todos lo dijeron. Y me… me arde un poco —confesó, sonrojándose al ver que Víktor plantaba la mirada en su pecho —Creo que… que debería prepararle la fórmula de leche, tal vez no tarde en…
—Amor… tu mamá dejó preparado todo, solo debemos calentarlo.
—Pero… ¿y su pañal? Hay que cambiarlo y… bueno… tú no sabes…
—Puedo buscar algún video en Internet.
—¡Víktor! —refunfuñó Yuuri, atinando a darle un ligero golpe en el brazo —No es tan fácil como eso. Yo… tengo una idea de cómo se hace, así que déjame hacerlo a mí.
—De acuerdo, hagamos un trato. Te pondré un poco de la crema que tu mamá te dio para que no te duela el pecho y vas a dormir, ¿entendido? —a pesar de que el sonrojo creció, Yuuri aceptó eso —Si es necesario cambiar su pañal…
—Lo será… probablemente en pocas horas.
—Entonces te llamaré, lo harás y me enseñarás para que tú puedas volver a dormir.
—Víktor… es que… no creo poder dormir… necesito saber que está bien… y también Viktoria.
—Amor… —Víktor lo envolvió en un abrazo, besando su cabello, avanzando por sus mejillas y terminando en sus labios, resecos y trémulos, pero igual de amorosos —Me has dado lo mejor de mi vida. Tengo a las hijas más bellos, al igual que su padre y mi esposo. Sé que no es fácil, y también sé que dolió y estás exhausto.
—Pero…
—Ya hiciste suficiente, Yuuri. Solo piénsalo, eres hombre y hace dos días diste a luz a gemelas, ¿cada cuánto escuchas eso?
—Tengo que hacerme responsable por ellas. Son tan… delicadas y frágiles…
—Pero para eso estoy yo, ¿no?
—Víktor… —el tono asustado en el que dijo su nombre hizo que el corazón del ruso repiqueteara con un poco de dolor.
—No nos vamos a ir, Yuuri. Nunca. Siempre me tendrán, tú y ellas.
—Eso estaba en tus votos —comentó Yuuri, debatiéndose entre seguir hablando y quedarse dormido.
—Y voy a cuidar de mi segunda oportunidad —le prometió, sintiendo el peso de su esposo apoyarse completamente en él.
—No… olvides… despertarme…
La sonrisa en forma de un bonito corazón fue lo último que Yuuri vio antes de quedar completamente rendido al sueño. Y Víktor se sintió el hombre más dichoso sobre la faz de la Tierra. Porque tenía a sus pelinegros favoritos en esa habitación, porque había una preciosa peliblanca luchando por ser fuerte.
Y es que en el mundo de Víktor Nikiforov, ese que siempre creyó solo y vacío, tres hermosas luces iban a iluminar sus días, su existencia. Tres hermosas luces iban a desbordarla de amor.
Una de ellas bastante llorosa y talento innato para evitar que su papá ruso durmiera más de cinco minutos seguidos, motivado por la preocupación de padre primerizo.
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Cuando Vladya vio a su hermano entrar a la sala de espera del hospital, no pudo reprimir una sonora risa, que hizo que Víktor hiciera un puchero.
—No sé que es tan gracioso —refunfuñó el menor cuando estuvo al lado del general.
—Tu bebé solo lleva una semana en casa, y ya te regaló las peores ojeras—el general se veía bastante divertido mientras le tendía una taza de café.
—¿Lo dice quien se quedó dormido ayer cuando se supone que debía estar al lado de su sobrina? —Víktor sorbió del café, sabiéndole demasiado amargo, pero lo suficientemente fuerte para comenzar a despertarlo.
—Ella se quedó dormida primera —se excusó Vladya, tomando asiento de nuevo, Víktor sonrió y se sentó junto a él, esperando que cierto doctor apareciera para dar el reporte del día.
—Vlad… llevas dos días aquí, ¿no tienes cosas que hacer?
—Me he tomado todo el mes —aclaró, ocultando su mirada entre los delgados mechones plateados que se escapaban de su coleta.
—¿Para qué?
—Para Viktoria, por supuesto. Y para algunas visitas a Yukie…
—¿Y lo de tu oficial? —cuestionó Víktor, observando como Vladya suspiraba con pesadez, a tal punto de que sintió que no debería haber preguntado —Vladya…
—Está bien. Tuvimos… unos momentos de comunicación ayer… está bien.
Víktor iba a comentar algo más, unas palabras de aliento que, aunque sonaran demasiado cliché, las diría con total sinceridad, pero en ese preciso momento el doctor Fitzgerald se acercaba junto al doctor Usmanov. El menor de los hermanos tuvo una pizca de diversión, pues ya se estaba habituando al suspiro mal disimulado que Brendan soltaba cada vez que se encontraban.
—Buenos días, señores Nikiforov —saludó Andrei, sonriente como siempre —Hoy tenemos muy buenas noticias —Víktor y Vladya se incorporaron para saludarlos y prestar atención a lo que tenían que decirles acerca de la ya no tan delicada salud de la menor de las gemelas.
—Viktoria está subiendo de peso rápidamente. Casi es de la misma talla que su hermana y sus pequeños pulmones funcionan mejor que cuando nació. Ambos opinamos que aún debe permanecer con las puntas nasales, pero no creo que deba pasar más de dos semanas en este lugar —explicó Brendan, sin apartar su mirada grisácea de los ojos azules de Nikiforov.
—¿Se redujo una semana?
—Es lo más probable, todo dependerá de ella. Sin embargo, y en vista de que Yuuri no puede venir a verla, sería importante para la pequeña que usted pudiera ayudarla.
—¡Claro! Haré todo lo que digan —respondió, entusiasmado.
—Probablemente le va a gustar mucho a ambos, así que síganme para que empecemos.
Los hermanos siguieron a ambos doctores, Vladya divirtiéndose por esa pequeña lucha de testosterona que parecían librar Víktor y el doctor Fitzgerald cada vez que se encontraban, aunque sabía que esa era una batalla que ya estaba ganada, incluso antes de que empezara.
Llegaron a la sala de cuidados intensivos neonatales, en donde había solo tres bebés, todos a cargo del doctor Andrei. Entre ellos, la pequeña Viktoria se encontraba despierta y tranquila en la última incubadora, mirando fijamente a la enfermera que revisaba los aparatos a los que estaba conectada.
—Brendan, debo encargarme de una paciente. Tú ocúpate del ejercicio.
Víktor vio que Brendan iba a decir algo, pero antes de que pudiera siquiera hablar, el doctor Usmanov se había marchado y el americano se encontró solo con los dos rusos, haciendo alarde de sus modos profesionales.
—Bien, ¿usted también entrará, general Nikiforov? —preguntó, al tiempo de que le pasaba una bata azul.
—Sí no estorbo…
—Claro que no, y si… su hermano está de acuerdo. Me parece que iba a ser una videollamada con Yuuri, así que… podría ayudar a su hermano.
—¿Yo no tendré una bata? —preguntó Víktor, esperando recibir también la prenda.
—No. De hecho, te agradecería que te quitaras la chaqueta y desabotonaras tu camisa —pidió el doctor, abriendo la puerta de la unidad.
—¿Qué? —exclamaron ambos rusos, uno de ellos con el color rojo apresando sus mejillas.
—Te explicaré en un momento.
Se adentraron en la sala y llegaron hasta la incubadora. Como todos los días que la veía, Víktor se sentía más y más perdido por esa pequeña que era su viva imagen en mujer. Su corazón se encogía en la deliciosa sensación de que, al parecer, Viktoria comenzaba a reaccionar a su voz, y aún más a sus brazos.
La enfermera en turno saludó con amabilidad a ambos peliplatas, provocando en Vladya la sensación de que estaban coqueteando con los dos. Dejando de lado el juego de sonrisas, la enfermera sacó con cuidado a Viktoria del lugar donde reposaba y la dejó en los brazos del general por instrucciones de Brendan.
Víktor entendió lo que se esperaba de él, así que, no sabiendo si hacerlo con recato o presumiendo de sí mismo, retiró los botones con lentitud, hasta que su pecho y su tonificado abdomen quedaron al descubierto. Ninguno de los hermanos pudo no notar el feroz sonrojo que invadió el rostro de la joven enfermera, evidenciado aún más cuando se excusó con una emergencia y salió prácticamente corriendo de la unidad. Sin embargo, y eso no fue perceptible para nadie, Brendan se dio la vuelta apenas vio el torso desnudo de Víktor, tragando en seco al percatarse de la excelente forma en la que se encontraba, de su pálida y visiblemente suave piel.
No iba a negarlo, Víktor era espectacular en muchos sentidos. Tal vez podía entender a Yuuri en ese aspecto. Pero si había algo que Víktor no era, aunque tenía, era justamente Yuuri.
—Estoy iniciando la llamada, Vitya —indicó Vlad, poniendo la pantalla de una tableta electrónica en un mueble, de modo que se pudiese ver todo el espacio destinado para Viktoria.
—¡Víktor! ¿Qué estás haciendo? —el grito casi horrorizado de Yuuri avisó a los hombres que la llamada ya había comenzado —¿Qué pasa contigo y tu ropa?
—El doctor Brendan dice que vamos a hacer un ejercicio para que nuestra hija tenga un poco de nuestra ayuda.
—Hola, Yuuri —Brendan pasó por delante de la cámara, sosteniendo en sus manos una manta caliente —¿Cómo te sientes?
—Mucho mejor. Toda esta semana me han ayudado y Yukie se porta muy bien en el día, así que descanso para cuando despierte en la noche. Y… bueno… como de mí lo que puede —explicó, mientras arrullaba a la pelinegra en sus brazos.
—Eso está muy bien, Yuuri. Sólo no te esfuerces de más. La fórmula de leche que envíe la ayudará lo suficiente si tú no puedes.
—Sí, pero…disfruto de hacerlo. Pero me mediré si quiero un poco para Viktoria —sonrió de manera que Víktor quedó enternecido, casi igual que Brendan —¿Ya puedo saber porque mi esposo está casi desnudo?
—Sí, claro.
Brendan se acomodó los lentes y acercó una silla a Víktor, quien lo ocupó inmediatamente. Después, tomó a la bebé de los brazos de Vlad y se aseguró de que su cuerpecito estuviera tibio y las puntas nasales bien sujetas.
—Víktor… esto es…un ejercicio que me gusta seguir con mis pacientes. Es parte del acercamiento entre ellos y el nuevo bebé, además de que es más sencillo que asuman su realidad de esta forma, y el pequeño se siente más seguro —se acercó al ruso y le extendió a la pequeña que se removía inquieta —Quiero que la coloques sobre tu pecho, que su oído quede a la altura de tu corazón —una vez que la bebé estaba en la posición, se atrevió a tomar la mano del peliplata y ponerla en la pequeña espalda —Dale suaves masajes. Eso… la hará sentir cerca de ti y te podrá reconocer. Es importante que, ahora que Yuuri no puede, tú le brindes el apoyo que necesita.
Víktor se perdió en alguna parte de las palabras del doctor. Su atención se centró completamente en Viktoria, en su pausado respirar y en cómo sus diminutas manos parecían aferrarse a la piel de papá. Estaba seguro de que casi no había visto algo tan hermoso como ella, excepto por su hermana y Yuuri. A pesar de que era muy pequeña, cabía perfectamente en todo su torso. Su contacto era tibio y demasiado delicado, tanto, que hasta él mismo sintió que se relajaba.
Sus pensamientos tomaron un rumbo que ya se había planteado, y que aseguraba una vez más. Estaba perdida e irremediablemente de sus hijas. Y no fue hasta que escuchó un sollozo que volvió un poco a la realidad.
—¿Yuuri? ¿Qué pasó, amor? ¿Porqué estás llorando? —Víktor se preocupó un poco, aferrándose con ligera fuerza al cuerpo despierto pero relajado de su bebé.
—No… no es nada… es que… Víktor… las amo… y no… no me explico…
—Yuuri… es Ágape —le contestó, divertido, pero con su corazón latiendo de alegría, tanto que incluso dolía —¿Las amas más que a mí?
—¿Qué? ¡No! Te amo muchísimo, ya lo sabes. Ni siquiera insinúes eso… es sólo que… es diferente con ellas…
—Lo sé, lo sé, amor. Te entiendo —Víktor le sonrió y descubrió apenas un poco el rostro de Viktoria, dándose cuenta al mismo tiempo de que estaba solo en ese lugar y no se había percatado de que Vladya y Brendan se había ido —¿No es bonita? Ya está más grande que cuando nació y la escuchó respirar más tranquila.
—¿En serio? ¿Ella está mejor?
—Mucho. Crece muy bien y… Brendan cree que no será necesario más de un mes para que pueda ir a casa.
—Me gustaría que ya la trajeras… la extraño demasiado. Siento que no he pasado nada con Viktoria, y tengo miedo de que… de que no me reconozca.
—¿Crees que olvidaría quien la llevó con él todo este tiempo? Yo estoy seguro de que, si ella pudiera, también te diría que te extraña —y como si entendiera, Viktoria se movió sobre el pecho de Víktor, cerrando y abriendo sus puños.
—Espero que sí. Dile que la amo, por favor.
—Díselo tú —Víktor se paró de la silla y se acercó a la cámara, sujetando a la bebé de la base de su cuello y su espalda —¡Mira! Está abriendo sus ojitos.
—Idénticos a los tuyos —Yuuri hizo un ademán de tocar a la bebé, únicamente sintiendo la fría pantalla bajo la yema de sus dedos —Viktoria… yo... te amo, bebé. Tu papá Víktor te cuidará por mí, pero cuando estés conmigo te… te daré todo lo que no te di en estos meses, te lo prometo, mi amor.
—Yuuri…
—No digas nada, solo quiero que sepa que me tendrá con ella.
—De acuerdo.
Víktor regresó a sentarse y seguir acariciando le delicada existencia de su hija, y casi rompe a llorar cuando, muy despacio, pero inundada de sentimiento, una canción de canción de cuna salió de los labios de Yuuri, en un japonés que no entendió, pero que, por alguna razón, lo hizo sentirse cobijado, que era parte de algo tan maravilloso como una familia.
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—¿Estás segura de que el agua no está demasiado caliente?
—Yuuri, ya te dije que no. No me hagas reconsiderar el haberte dejado que camines un poco. Mejor pon atención a lo que hago, ¿está bien?
El japonés asintió ante el llamado de atención de su mamá y siguió haciendo lo que pedía. Lo cierto era que bañar a un bebé se le hizo todo un arte, pues quería estar totalmente seguro de que en su bañera no había no mucha ni escasa agua, que la temperatura fuera perfecta, que el jabón fuera el adecuado, que la esponja no la raspara, y que, por compasión, alguien que no fuera él se encargara de limpiar esa área del pañal de Yukie, pues su natural timidez y recato lo hacía sentirse extraño cuando limpiaba zonas tan privadas de su hija. Víktor había insistido demasiadas veces en que no lo tomara de esa manera, pues era su hija. De cualquier forma, Yuuri aún no lo hacía, a pesar de que sabía que su familia volvía a Japón la semana siguiente, pues el hotel se había quedado demasiado tiempo solo, bajo el cuidado de Minako.
—Que el agua no caiga sobre sus ojos, Yuuri.
El japonés hizo caso, pues esa vez Hiroko estaba haciendo que él lo hiciera solo. Apenas lo notaba, pero a pesar de que había firmeza en la mano que sostenía la cabeza de Yukie, también temblaba un poco cuando tocaba echar agua para retirar los restos de jabón.
—Mamá… por favor haz el resto —pidió, sonrojándose levemente.
—Me voy a ir y tendrás que hacerlo, así que mejor inténtalo ahora.
—Pero…
—¡Yuuri! ¡Ya quedó perfecta la habitación de Viktoria! —Víktor llegó corriendo al cuarto de Yukie, donde se ocupaban de su baño.
Yuuri encontró el momento perfecto para encargar a Mari que terminara el baño, mientras él seguía a su esposo. Hiroko negó con la cabeza, resignada, aunque sabía que, de una u otra manera, Yuuri tendría que afrontarlo.
En la habitación de al lado, el pelinegro sonrió y hubiera dado brinquitos de emoción si no fuera por la cicatriz que aun necesitaba cuidado. Era perfecta, y era aún más hermoso que su papá, Yurio y Vladya hubieran trabajado tan rápidamente para que Viktoria tuviera un espacio perfecto al que llegar cuando, en dos semanas, recibiera su alta y pudiera ir a casa.
—Dime que te gusta, katsudon. Porque si no es así, mandaré al diablo a Víktor e iré por la cuna de animal print que despreció por segunda vez —vociferó Yurio mientras terminaba de guardar la ropa de la bebé.
—En realidad creo que esa habitación verde era muy bonita, pero que se haga lo que el papá quiera —contradijo Vladya, sentándose en el sofá rosa que estaba junto a la cuna.
—A mí me gusta lo que Víktor escogió, aunque mucho lo escogí yo —Toshiya sonrió, orgulloso de su participación para el cuarto de su segunda nieta, dirigiéndole una mirada de complicidad con su yerno.
—¿A ti te gusta, amor? —Víktor lo tomó de la mano, y Yuuri casi de derrite por esa tierna mirada de cachorrito que siempre hacía. Estaba llegando a temer que, si sus hijas heredaban esos gestos, no podría negarles nada.
—Me encanta. Creo que… le queda con su apariencia rusa —dijo, divertido y recorriendo la habitación, sujeto del hombro de su esposo para mantener el equilibrio.
Nuevamente, Víktor había hecho un trabajo excelente al escoger las cosas con las que iba a rodearse durante su infancia. La cuna tenía un poste alto en cada esquina, y su color grisáceo matte contrastaba con lo gris del resto de la habitación. Había un mueble blanco para guardar todo y unos anaqueles que tenían cobijas y dos pequeños osos de peluche, cortesía de Otabek, que tuvo que irse antes de que todo quedara listo. De la misma manera que su hermana, también había una cesta sobre una alfombra afelpada. Como un detalle especial, un pequeño candelabro pendía sobre su cuna, y encima de la pared en la que estaba recargada la misma, un espejo de estilo barroco y gris contrastaba con todo el adorno. Era sencillamente elegante e infantil a la vez.
—¿De verdad es linda? Si no te gusta algo lo podemos cambiar hasta que esté perfecta para ti y ella.
—¡No! Ya no voy a matarme pintando de nuevo. Es jodidamente cansado… —Yurio se tedió sobre la alfombra.
—Patinadores… —dejó ir Vladya, ganándose una mirada reprobatoria de los tres hombres jóvenes dentro de la habitación —¿Qué?
—Ni siquiera diré que se suponía que teníamos eso resuelto —comentó Víktor, restando importancia, esperando que Yurio no se le fuera encima.
—Creo que solo resta esperar a ella —dijo Yuuri, siendo atraído de la cintura por su esposo.
En ese momento, mientras todos comentaban la asombrosa mejora de Viktoria, Hiroko y Mari llegaron al cuarto, con Yukie envuelta en suaves mantas para protegerla del frío que se cernía sobre San Petersburgo a altas horas de la tarde.
Víktor recibió de las manos de Hiroko a su bebé, quien se removió alegremente en su regazo, aún más cuando sintió la mano de su papá Yuuri contra su mejilla. Ambos, en medio de su pequeña familia, no podían esperar a que la última integrante se les uniera. Y sería antes de lo que pensaban.
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Viktor entró junto con Vladya al hospital, donde Yurio había tomado, a voluntad, la responsabilidad de cuidar a Viktoria esa tarde. Sin embargo, cuando vio su sonrisa maliciosa y la expresión serena de ambos doctores junto a él, sintió una especia de calma que no había percibido desde que su hija estaba en ese lugar.
—¡Anciano! Tardaron mucho —recriminó el rubio.
—Fue por el tráfico cuando veníamos del aeropuerto. Los Katsuki volvieron hoy a Japón —se excusó Víktor, tendiéndole la mano a ambos doctores —¿Hoy también tendremos el ejercicio con Viktoria?
—Es mejor que eso, señor Nikiforov —contestó el doctor Usmanov, casi radiante.
—¿Qué es?
Brendan le tendió un documento a Víktor, y este estuvo a poco de gritar de emoción cuando lo leyó.
—Sólo hace falta tu firma en el alta de Viktoria, y podrán irse de aquí con ella.
—¿Tan pronto? ¿De verdad está lista? —el ruso casi no podía creerlo, y aunque estaba ansioso por llevársela, también quería estar seguro de que era lo suficientemente fuerte para no depender de la incubadora.
—Lo está. Ambos revisamos su avance hoy, y estamos de acuerdo en que ha alcanzado la talla y el peso de una bebé de su edad, así que no tenemos nada más que hacer. Viktoria puede irse a casa ya mismo.
—Amazing! —gritó, sin poder contener la emoción, provocando que sus acompañantes quisieran deslindarse de su actitud.
Los siguientes momentos fueron firmas de papeles sobre papeles, pero valió cada momento cuando, por el pasillo, la misma enfermera joven que había estado cuidando de ella, se acercó con la bebé en brazos, haciendo que Víktor sintiera auténticas ganas de llorar.
—Aquí tiene a Viktoria, señor Nikiforov —dijo ella, dejando a la niña en brazos de su padre —Con los papeles del alta vienen algunas indicaciones de su cuidado y los horarios en los que come y duerme. Cuídela mucho, por favor. Es una bebé preciosa.
—Se lo prometo, y gracias por cuidarla.
Brendan se acercó a Víktor, con un fólder en las manos y la cabeza algo gacha.
—Aquí están los documentos. No duden en llamarme si tienen alguna duda respecto a ella y si notan algo extraño. ¿Yuuri y Yukie están bien?
—Sí, ella es muy animosa, sobre todo por las noches. Y Yuuri se ha sentido bastante bien esta semana. Camina un poco más y la cicatriz es menos dolorosa.
—Me alegro. Sigan con los mismos cuidados. Yo… iré a verlo antes de que regresa a Detroit.
—Sabes que no hace falta.
—Víktor —el americano lo vio con un poco de enfado, y algo más de petición —Para mí sí. Iré de cualquier forma, sigue siendo mi paciente.
Víktor no tuvo más que asentir, algo contrariado, y después de una hora más y agradecer demasiadas veces a ambos doctores, salió del hospital con su bebé en brazos. Probablemente los dos hombres junto a él no lo dirían, pero estaba casi igual de emocionados de ver al peliplata tan feliz con la pequeña Viktoria, despierta y observando todo con curiosidad.
Vladya se ofreció a llevar a Yurio a su casa, pues sabían que esa familia necesitaría de la intimidad con sus hijas, así que Víktor y Viktoria entraron solo a la casa.
—¡Yuuri! ¡Ya estoy en casa! —anunció, caminando con lentitud a su cuarto.
—Estoy en la habitación.
Antes de entrar y de que Yuuri se percatara de su presencia, Víktor se detuvo a observar a su esposo e hija. Jamás hubiera imaginado ver algo tan hermoso. Su pequeña Yukie, vestida enteramente de rosas y recostada sobre su espalda, lanzaba tiernas pataditas a Yuuri, quien, a cada movimiento, apresaba su pie y simulaba una pequeña mordida con sus labios, cosa que arrancaba enormes sonrisas en la pelinegra.
—Yuuri…
—Viktor, ¿Por qué no me llamaste cuando estabas con ella? ¿Pasó al…?
No pudo terminar de hablar, pues la visión de Viktoria, mirándolo fijamente con lo que prometían ser unos enormes ojos azules, le robó por completo el aliento.
—Han venido a verte —dijo Víktor, divertido y enternecido por la consternación del pelinegro.
Casi sin esperarlo, Yuuri se levantó de la cama lo más rápido que podía en tan solo unos pasos, ya estaba frente a ellos. No queriendo alargar el reencuentro, Víktor cedió a su hija, y mientras el iba en busca de Yukie para regalarla de unos cuantos besos, fue testigo de como Yuuri, sin poder dejar de llorar, abrazaba casi desesperadamente a su hija, tratando de compensar en caricias y besos todo ese tiempo que no supo de ella y que habían estado alejados.
—Te amo, te amo… mi bebé… te amo… —susurraba entre sollozos, henchido de felicidad.
Ahora estaban completos, ahora podían iniciar su travesía juntos, como la especial familia que eran.
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¡Hola! No diré mucho, ya que es de madrugada y tengo mucho sueño. Solo espero que hayan disfrutado este capítulo. A mi enterneció mucho escribirlo. Nos vemos en el otro fic, que las cosas se están poniendo geniales. Siempre agradeceré que me dejen review, comentarios o votos ¡Saludos a todos!
Zryvanierkic: De verdad espero que esta pequeña aceptación de que Víktor es deseable por quien sea (jajaja) te haya gustado. Ahora que Vladya, me encanta cómo se abre más a la convivencia, pero también cómo eso va a cambiar cuando… pase eso. Y ya te dejaré otra guerra de testosterona en el siguiente capítulo, solo para acrecentar esa rivalidad. Oh, y también saldrá la mejor mujer de todas. ¡Saludos y apachurro! *Huye*
