Capítulo 7: Demostrar Ágape

Milagro. Y no se referían precisamente a sus hijas, sino al increíble hecho que presenciaban los padres de las niñas pocos días después de cumplir su primer mes de vida. Por primera vez desde la llegada de Viktoria, las gemelas habían caído dormidas al mismo tiempo a mitad del día´.

Víktor y Yuuri vieron con infinito alivio como ambas respiraban tranquilas y soñando. Era casi un triunfo, pues durante los últimos días si Yukie dormía, Viktoria estaba despierta y viceversa. Pero no. Ambas descansaban y el silencio era completo.

—Seguramente estoy soñando —bromeó Yuuri, dejándose caer sobre la cama después de asegurarse de que ambas estuvieran seguras, en sus respectivas cunas frente al lugar de descanso de sus padres.

—Si es así, por favor, no me despiertes —Víktor se tendió a su lado, lo tomó de la cintura y lo atrajo hasta donde estaba, haciéndolo recostarse junto a él —¿Qué hiciste?

—Creo que fue porque las bañamos juntas… o porque comieron al mismo tiempo. No sé, pero haré esas dos cosas de nuevo si con eso consigo que duerman así —el pelinegro busco refugio en el pecho de su esposo, quien no dudó en rodearlo con sus brazos, con el cuidado que su cuerpo aun requería —Gracias por ayudarme con ellas.

—Son mis bebés, y eres mi precioso esposo. Por supuesto que te voy a ayudar, pero… —lo giró con precaución para que lo mirara a los ojos —… tienes que superar esa timidez, amor.

—Pero…

—Son tus hijas, no tiene nada de malo que las limpies completamente y… ¡Yuuri! ¡No te escondas! ¡Hazme caso! —Víktor se estaba divirtiendo al ver la cara sonrojada de Yuuri, al tiempo que trataba de esconderla entre los pliegues de su ropa y las sabanas de la cama —¡Yuuri!

—No quiero… tú puedes hacerlo…

—¡Tú también lo haces cuando les cambias el pañal!

—Pero no es lo mismo a… tocarlas…

—Algún día no estaré y no podrás esperar a que vuelva para que lo hagas. Yuuri… —el pelinegro tuvo que levantar la vista cuando la mano de Víktor lo sostuvo del mentón —Oye… ¿esto es parte de que seas japonés o es parte de Yuuri?

—De… de los dos… creo.

—Bueno… ¿Y Yuuri se sentiría mejor si piensa que es algo natural porque son sus hijas? Si fuera una chica… entonces sí, no lo hagas, porque eso estaría mal y tu esposo se moriría —arrancó una risa de Yuuri y se relajaron —Pero son nuestras bebés, y solo es algo… muy puro. Inténtalo, ¿sí?

—Humm… no me convences —respondió Yuuri, en un tono demasiado malicioso que hizo temblar todo el ser del ruso.

—Yuuri… estoy hablando en serio —Víktor tragó saliva, sabiendo el rumbo que eso iba a tomar.

—Yo también.

—Sí no me prometes que lo harás, no voy a acceder a lo que sea que estés planeando.

—Bueno… lo prometo, siempre y cuando tú estés ahí.

—Yo nunca me voy a ir —Víktor volvió a abrazar a Yuuri, aspirando su fresco aroma y disfrutando de su aun frágil existencia —Aun no podemos hacer esto, no quiero lastimarte.

—Pues… técnicamente tú no puedes hacerlo conmigo —Yuuri apartó la vista, un tanto sonrojado, pero sabiendo perfectamente lo que quería.

—¡Yuuri! Las niñas están aquí… —trató de resistir un poco, pero se rindió cuando el japonés de deshizo de su playera, dejándole una agradable vista.

Yuuri se rió casi malévolamente, tomó de la mano a Víktor y señaló el sofá de la pequeña sala. Para fortuna de ambos, era una inteligente y casi completamente segura manera de saltarse las reglas.

0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0

—¡Yo puedo cargarla! ¡No le va a pasar nada!

—Yurio, tienes que ser muy cuidadoso. Sigue siendo demasiado pequeña.

El joven ruso resopló por enésima vez en menos de un minuto. Víktor estaba siendo exagerado, según su gusto, y dudaba a cada momento en dejar que Plisetsky se ocupara de cuidar a la pequeña Viktoria, lo cual para el rubio era una afrenta directa contra la promesa que le había hecho de cuidar a las gemelas y contra la supuesta confianza que su compatriota le tenía.

—¡Cerdo! Tu esposo está siendo un idiota —se quejó con el japonés, que terminaba de vestir a Yukie con ropita abrigadora para una de sus primeras salidas —No sé para que me dijo que debería cuidarlas si ahora no me deja ni acercarme.

—Víktor… estará bien —Yuuri se dirigió a su esposo, que estaba en medio de una rabieta y alejaba la mirada dignamente de los otros dos —Yuri puede cuidarla perfectamente.

—¡Pero y si…!

—¡Al único que le haré algo va a ser a ti, calvo del demonio!

—¡Yuuri!

—¡Ya! ¡Dejen de gritar los dos! —el japonés gritó porque sabía que, de seguir la discusión, alguna de sus bebés terminaría llorando. Fue hasta donde se encontraba Víktor y estiró los brazos para que le diera a la niña.

—Pero… amor…

—Yurio se encarga de Viktoria —sentenció, colocando a la bebé con extrema delicadeza en los brazos del rubio —Yo cuido de Yukie y tú manejas hasta el restaurante.

—¡Pero yo también quiero cuidar de mis hijas! —reclamó el peliplata, sentándose en el sofá y cruzando los brazos sobre su pecho en señal de inconformidad.

—Tú las tienes todos los días. Son mis… sobrinas ¡y quiero tenerlas un momento! ¡Egoísta!

—Pero… pero son mías…

—Todos lo saben, amor —Yuuri puso un abrigo por encima de los hombros de Víktor, quien veía, en medio de un puchero, como Yurio salía triunfante hacia el auto —Te daré a Yukie, pero deja que Yurio tenga a Viktoria. Creo que le hace bien tener la responsabilidad de ella.

—Es un niño cuidando a mi niña —se quejó Víktor, haciendo gala de su actuación de indignación, vistiéndose el abrigo y saliendo a la calle, dejando a Yuuri resistiendo las ganas de reírse con su bebé en brazos.

Durante todo el camino, el matrimonio se sorprendió de escuchar al joven ruso jugar con la pequeña Viktoria y haciendo comentarios graciosos para la "cerdita" recostada en su silla de bebés. Pocas veces podían verlo tan cariñoso con alguien que no fuera su abuelo, pues hasta con Otabek solía ser rudo. Sin embargo, el ruso estaba haciendo valer el papel de tío que se había asignado. Visitaba a las gemelas cada que los entrenamientos y la universidad se lo permitían, ayudaba a los primerizos padres a tareas básicas como darles de comer, cambiarlas solo de ropa e incluso, asistir a Víktor en la hora del baño, aunque sus momentos favoritos eran cuando permitía que la pareja tomara una siesta y él se encargaba de cuidar de la gemela que estuviera despierta, por lo menos hasta que Yuuri despertaba a brindar del poco alimento natural que podía dar a sus hijas.

Ese día, la pareja había citado a los integrantes de la delegación rusa de patinaje de los que eran amigos para celebrar las medallas conseguidas en la Final del Grand Prix y el primer mes de vida de las pequeñas niñas, que eran adoradas por todos en el lugar. Y como invitado especial, casi obligado a ir, Otabek, quien también tenía motivos para celebrar su medalla de bronce y otro asunto que los tenía a él y a Yurio bastante nerviosos.

Apenas llegaron al restaurant, Yuri ingresó con la pequeña Viktoria hacia la mesa que tenían reservada para encontrarse con su novio. Estaba dispuesto a dejar en los brazos de Víktor a su pequeña, pero antes de que siquiera se dieran cuenta, Mila corrió hasta donde estaban y reclamó un momento con Viktoria y Yurio se alejó con Yukie, a lo que Víktor tuvo que ceder, haciendo una rabieta que divirtió a sus compañeros de pista.

0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0

—Yura… creo que es hora de irnos. Tu abuelo debe estar esperándonos y… y creo que lo mejor es que le digamos cuanto antes lo de…

—No lo digas en voz alta. Todavía no —Yurio interrumpió a Otabek poniendo un dedo sobre sus labios. El mismo dedo que, desde un par de días atrás, se robaba toda su atención. Podía estar mirándolo por horas, y sentiría el mismo calor en su interior y la misma sensación de un vacío en el estómago como cuando le habían entregado su nuevo adorno plateado —Sí… ya vámonos. ¡Hey, idiotas!

Los demás patinadores interrumpieron su conversación para mirar a la pareja, que se estaba poniendo de pie.

—¿A dónde van? —preguntó Georgi, con una voz maliciosa.

—No te importa —respondió el rubio, evadiendo la mirada pícara que le dirigía Mila, al tiempo que dejaba en los brazos de Yuuri a la bebé de cabello plateado.

—¿Seguro, Yurio? ¿No hay nada que nos quieras decir? ¿O tú, Otabek? —Víktor dejó ir sus preguntas con un tono demasiado sospechoso, casi como si supiera lo que tenían que decir, pero estuviera esperando a que lo hiciera por voluntad.

—No…

—Aún no —indicó el kazajo, sonrojándose casi imperceptiblemente, pues estaba seguro de que más de uno había notado lo que estaba diferente en Yuri.

—No les interesa… —murmuró el ruso, vistiendo su chaqueta, y esforzándose para que la sangre no se acumulara en sus mejillas —Mañana iré a cuidar a las cerditas.

—Te esperaremos para el almuerzo, Yurio. Saluda a tu abuelo por nosotros —pidió Yuuri, medio mordiéndose el labio para no reír.

La pareja salió, y apenas los hombres estuvieron seguros de que no los oirían, se echaron a reír sin poder detenerse y llamando la atención de los demás comensales, en tanto que la pelirroja no podía hacer más que lanzar algunos grititos y expresiones llenos de ternura y emoción.

—¡Que hermoso! ¡No lo puedo creer! ¡Nuestra pequeña hada! —exclamó la chica, abandonada a exaltación.

—No me importa que tan mayor se crea Yurio, Otabek tendrá que ir a hablar con nosotros también —Yuuri asintió ante la declaración de su esposo, más por seguirle el juego a que realmente creyera que el kazajo tenía que pedir permiso a ese matrimonio.

—Al final el amor doblegó al vándalo, ¿Quién lo hubiera dicho? —Georgi estaba casi por llorar, como su buena alma dramática se lo ordenaba.

El resto de la cena, además del ir y venir de las bebés en los brazos de todos, el teme de conversación se avocó a Otabek, Yurio y el brillante anillo plateado que lucía su dedo anular. Si bien, era cierto que el más joven de los rusos no había dicho palabra alguna acerca de eso, era más que obvio lo que significaba, pues el sonrojo cada vez que él y Otabek se veían o hablaban era más que evidente en ambos. Incluso, la enorme sonrisa del moreno cuando Yurio sostenía a alguna de las niñas no pasó por alto.

Estaban seguros, y en breve terminarían de confirmarlo, que un compromiso verdaderamente serio había llamado a la puerta del héroe kazajo y el vándalo ruso.

0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0

—Yo le diré.

—Cómo gustes, Yura.

—Aunque… creo que si le digo yo… yo lo conozco más… —hasta el momento que estuvieron frente a su casa, Yurio dudó entre darle la noticia él mismo o que fuera Otabek el que hablara, como una medida más tradicional en esas circunstancias.

—O podemos decirlo los dos juntos —sugirió Otabek, abriendo la puerta. Se detuvo cuando la mano de Yuri se posó sobre la suya. Estaba temblando.

—Se lo diré yo, pero… pero ayúdame —el kazajo sonrió y asintió en su dirección.

Soltaron un suspiro y entraron al pequeño pero confortable departamento, en donde Nikolai estaba al cuidado de su nieto debido a lo delicada que era su salud. Yurio había insistido hasta el final en que se mudara a San Petersburgo porque quería darle atención, y porque quería que conociera a Otabek.

Al principio, el abuelo se había mostrado sorprendido y bastante taciturno al ser notificado por su propio nieto en palabras sencillas y directas: "Soy gay, y tengo un novio". El problema no era la aceptación. El Plisetsky mayor sería feliz con lo que Yuri decidiera hacer, aunque nunca dijo que iba a ser sencillo. La educación del anciano había sido meramente conservadora, pero por el amor que le tenía a su rubio, iba a aprender a aceptar su gusto. Y aceptar al kazajo que se le presentó un día después de la noticia.

Educado, servicial, amable, atento y buen mozo. No podían decir que el abuelo no se esmeró en buscar cualidades en Otabek quien, a pesar de ser muy serio, se había ganado a pulso la simpatía y el cariño de Nikolai. Después de un poco más de tres años de estar saliendo juntos, los tres habían formado una pequeña y cálida familia.

En todo caso, no había motivos para que Yurio se estuviera consumiendo en nervios, aparentemente. Pero es que hasta el chico podía entender que era un asunto completamente distinto decir que eran novios, comparado con la magnitud de la palabra "comprometidos".

¿Sería posible que se sintiera más nervioso por dar la noticia que por dar una respuesta, como lo había hecho dos días atrás? Recordaba cada segundo, y el cómo se quedó prácticamente mudo y estático, con Otabek de rodillas frente a él esperando su propia respuesta.

0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0

¿Te gustó, Yura? escuchó a su novio preguntar después de que salieran de un pomposo restaurant ubicado en el centro de San Petersburgo.

Muy elegante, ¿no? Pensé que solo iríamos por algunos bocadillos o algo así contestó Yuri, con las manos en los bolsillos del fino pantalón de traje con el que se vistió cuando supo el lugar al que iban a ir a cenar, con motivo de un mes más en su ya prolongada relación.

Entonces… ¿estuvo mal?

¡No! Sí me gustó… es solo que no pensé que fuera tu estilo el chico lo miró fijamente, y recordó algo que lo había estado inquietando toda la cena Por cierto… ¿había algo que me querías decir allá?

¿Eh?

¿O no? Yurio se plantó frente a él, haciendo burla de la eterna frase de Otabek, sacándole la lengua y riéndose.

Yura… eres mordaz cuando te lo propones.

¡Oh, vamos! Se supones que eres el héroe de Kazajistán… Estas extraño hoy.

Sí, bueno… estoy esperando que…

¿Ganarme el próximo mes? Pues no. Sabes que te quiero, pero voy a patear tu trasero de nuevo el chico ruso se paseaba de un lado a otro, riendo de lo lindo, sin notar que detrás de él, Otabek había empezado a sentirse mortalmente nervioso y ansioso, culpa inmediata del rubio que no paraba de hablar.

Te aprovechas de tu ventaja sobre mí, pero no es eso. Es más serio.

¿Entonces si tienes algo que decirme?

Sí, y quisiera que…

¿Te vas a retirar? —Yurio se giró abruptamente a su novio, quien había apartado la mirada hacia el cielo, llevando una de sus manos a la espalda, ocultando su pequeño tesoro —Dime que no es cierto —exigió el chico, tomándolo de los hombros.

No, Yura. Ya te lo hubiera dicho.

Entonces no sé que es tan importante.

Yurio se alejó y Otabek resopló. ¿Por qué estaba tardando tanto en decirlo? Ah, sí. Porque el rubio frente a él era el hombre más complicado con el que se había tomado, sin contar las muchas que veces que lograba desesperarlo, o contradecirlo, o ponerlo nervioso, o alterado, o todo eso junto.

Pero, muy a su pesar, era parte de lo que le atraía de ese chico con ojos de soldado. Lo obstinado y rudo que podía ser con todos los demás, el amoroso gatito que se convertía cuando estaba con su abuelo o con las gemelas de Víktor y Yuuri, o incluso lo tímido y tierno que era cuando estaba solo con él. Esa parte multifacética de Yurio le hacía preguntarse, y querer comprobar, como sería en una situación más…comprometedora. Y no se refería al tipo… carnal. Esa era una etapa que ya habían superado. Era un nivel más allá de compromiso.

Por supuesto, ayudaría que se quedara quieto. Eso, o hacerlo simplemente y dejar que Yurio hiciera lo demás.

Yura… ¿puedes… escucharme?

¿No quieres ir por un helado o algo así?

No, hay otra cosa…

Beka, podemos hablar después… tengo… ¡Beka! ¿Qué… qué haces?

No había modo de explicar la impresión que se llevó el chico, y como no pudo ni siquiera los siguientes segundos en lo que su mente trataba de procesar lo que estaba viendo. Otabek… con una rodilla frente a él… con una caja en sus manos… con un anillo plateado… ¿Qué?

¿Qué… qué estás…? Beka… —se puso completamente rojo cuando sus blancos dedos se vieron envueltos en la firme mano del kazajo.

Bueno… después de todo este tiempo…. Ah… no sé cómo decirlo sin que suene demasiado romántico… ¡Yura! —el kazajo se sonrojó cuando el ruso frente a él soltó una risita.

¿No puedes decirlo?

No es que no pueda, pero… pero no sé cómo hacerlo…

Sí sabes… —Yuri se agachó hasta donde estaba su pareja y, sin que soltara su mano, ocupó la palma de su mano libre para acariciar la mejilla —¿Qué? ¿Por qué ese semblante tan triste?

No salió como quería… se supone que iba a ser más…

¿Romántico?

Sí… puede ser…

Mmm… creo que… me gustaría que… que fuera como cuando… allá en Barcelona…

Pero Yura… ahí sólo te dije que si querías ser mi amigo —se estaba cansando un poco de estar arrodillado, pero lo haría el tiempo que fuera necesario.

Pero fue importante para mí… para los dos… Vamos, Beka. Siempre estamos siendo y haciendo lo que queremos y… y que eso fuera así también…

Cuando quieres puedes no ser tan complicado, ¿no? —por fin, Altin dio un respiro, más tranquilo y viendo como el joven frente a él también estaba más relajado.

Si está pasando lo que creo que está pasando, al menos…

Yura… ya no hables —Otabek aprovechó a que el chico se levantó, para volver a tomar su mano, evitando así que se moviera de donde estaba. Percibió un ligero temblor en el cuerpo de Yuri cuando tomó el aro que se encontraba en la cajita forrada de terciopelo y lo colocó solo en la punta de su dedo, sin moverlo de ahí.

—Beka…

Tus ojos siguen siendo inolvidables… —murmuró, haciendo que Yuri se sintiera golpeado por los recuerdos de Barcelona —… pero ahora no solo veo a un soldado, veo a mi soldado. Me he dado cuenta de que tenía razón, nos parecemos, pero… pero somos diferentes a nuestra manera. Y me gusta tu manera de ser diferente, a mí y al resto —el viento sopló sobre ambos. Ya no había largas hebras de cabello dorado que cubrieran esos ojos esmeraldas y que bailaran al son del aire, pero eso no hacía diferente lo que pasaba. El corazón del chico palpitó igual de fuerte y se sintió sorprendido y emocionado, igual que la primera vez que escuchó un discurso parecido de la misma persona. Sabía lo que vendría, y tenía la respuesta atorada en la garganta —Eso es todo. ¿Quieres que seamos esposos o no?

Lentamente, Yuri se encargó de que la sortija platinada se deslizara por su dedo en un sutil movimiento. Otabek no necesitaría más respuesta que es radiante sonrisa, reservada para momentos especiales. O para el más especial de los momentos.

0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0

—¡Abuelo! Ya estamos en casa… —Yurio cerró la puerta a sus espaldas, suspirando antes de encontrarse con el hombre que los esperaba desde un buen rato.

—Yuratchka, Otabek… me alegra que hayan llegado. ¿Cómo están Víktor y Yuuri? —Nikolai estaba sentado en un sofá, cubierto con una manta y acariciando a la esponjosa Potya.

—Igual de empalagosos que siempre —comentó el chico sentándose al lado de él, mientras que Otabek tomaba asiento frente a ellos, respirando lo más tranquilamente que su convulso corazón le permitía —Dicen que te envían saludos.

—Espero que vengan pronto a comer piroshkis. También me gustaría ver a las niñas. ¿Ellas cómo están?

—¡Son muy lindas! —exclamó, buscando una de las muchas fotos que les había tomado para enseñarla al abuelo —Víktor dice que no, pero juro que yo vi a Yukie a punto de gatear.

—Eso no es muy posible, Yura. Creo que lo hacen hasta que cumplen siete meses o más —explicó Otabek, que había leído una guía de bebés, en atención a que su novio lo solía llamar para preguntarle cuando se encontraba solo con ellas.

—Tú lo hiciste cuando tenías diez meses. Eras muy necio y no dejaste que nadie te ayudara —recordó Nikolai, revolviendo el cabello de su nieto.

—¿Así que ya eras testarudo desde pequeño? —Otabek rió, imaginándose a un bebé rubio con el ceño fruncido y gritándole a todo aquel que se acercara.

—Ya deberías saber eso —Yurio suspiró y se recargó en el hombro de su abuelo, ocultando discretamente la mano en la que reposaba el anillo —Oye, abuelo… ¿no estás cansado?

—No. Ya dormí mucho hoy. ¿Por qué?

—Es que… —Yurio buscó ayuda en Otabek, pero al verlo casi igual de dudoso que él, bufó y decidió tomar las riendas de la situación —¿No quieres dar un paseo? —el kazajo casi se ahoga con el agua que estaba tomando. ¿Porqué lo estaba postergando?

—Pues sí, un paseo estaría bien para mí. Yo conduzco, ¿está bien?

Yuri y Otabek asintieron al mismo tiempo, antes de alcanzar al abuelo, cruzaron miradas nerviosas y cómplices. Aunque estaba seguros de que no los rechazaría, tenían que ser cuidados en la forma en la que lo dirían.

Una vez que todos estuvieron dentro, Nikolai se puso al volante y manejó unos minutos sin rumbo fijo. No hacía falta que alguno de los dos que lo acompañaban dijera algo. Desde un par de días atrás, notaba algo diferente en ellos. El modo en el que se trataban, su complicidad y las continuas distracciones eran lo que más les evidenciaba. Estaba seguro de que había algo que estaban tramando, pero no sabía si era que se lo querían compartir o por lo que iban a hacer lo que los tenía tan nerviosos. Sin embargo, cuando escuchó a su nieto tomar una enorme bocanada de aire. ¿Eso en sus mejillas era un sonrojo?

—Abuelo…

—¿Qué pasa, Yuri? —el hombre siguió manejando, pero buscando con desespero un lugar para estacionarse. Algo estaba haciendo que se sintiera ansioso.

—¿Puedo…? Bueno… quiero saber que… ¿Tú que opinas acerca de que… de que dos hombres se casen?

—¿Eh? —por fin encontró un lugar. y era una suerte, pues necesitaba ver a su nieto a los ojos —¿Un matrimonio? ¿Cómo el de Nikiforov y Katsuki?

—Sí… bueno… algo como eso… —Yurio se estaba haciendo un ovillo en su asiento, sin poder ver a su abuelo a los ojos.

—Pues… creo que es lo correcto.

—¿Lo correcto?

—Eso hacen las personas que se aman, ¿no es así? Si te casas con alguien, es porque lo quieres y confías en él. Aceptas ese compromiso, aunque estés seguro de que lo necesitas, porque él siempre va a estar ahí cuando lo necesites.

—Y si es el caso de… dos hombres… —Yurio miró de reojo a Otabek, que estaba atento y estoico a lo que pasaba entre ambos Plisetsky, sintiendo que empezaba a sobrar en ese momento.

—Tal vez hace algún tiempo te habría dicho que no creo en esa unión… pero tus amigos se han encargado de demostrarme que eso no importa. Y cuando… bueno… cuando me dijiste lo que pasaba contigo y Otabek… —el aludido decidió acercarse un poco, y se sorprendió al recibir una cálida mirada del ruso mayor —… me di cuenta de que… somos libres de amar en la forma que escojamos. Si con Otabek tú te sientes amado y correspondido, entonces creo que no debes cuestionarte nada.

—¿Y… si quisiéramos ir más allá? —esta vez fue el kazajo el que tomó la palabra, al darse cuenta de que su pareja estaba a poco de que su voz se cortara.

—Mientras ames a mi nieto, no tienen que preocuparse de que alguien más los acepte. Los que consideren su familia y yo siempre vamos a apoyarlos.

Para sorpresa de ambos, Yurio se deshizo del cinturón de seguridad y se abalanzó al cuello de su abuelo, tratando de que las lágrimas que se habían escapado de sus ojos no fueran evidentes.

—Yuratchka… ¿qué van a hacer? —la pregunta del abuelo salió casi divertida, entendiendo claramente que era lo que tenía tan nerviosos a ambos. Sin soltarse del abrazo, Yuri alzó su mano izquierda para que su abuelo la viera, y el hombre se llevó una impresión, una muy agradable y desconcertante, al ver un destello plateado provenir de un anillo, que evidentemente era de compromiso —¿Ustedes… ustedes van a…?

—Le pedí matrimonio a Yuri, señor Plisetsky y… él me dijo que sí.

—¿Yura?

—¡Sí! Le dije que sí, abuelo. Pero necesito que me digas que estás de acuerdo y que me apoyas en esto. Porque si no es así, yo… yo…

—Oh, Yuratchka… en verdad te has vuelto fuerte. Mi nieto ya no es un niño… —Nikolai abrazó a su nieto con fuerza, queriendo que se diera cuenta de que, sin importar las ideas que tenía, lo amaba y quería verlo feliz, con quien eligiera —¿Cómo podrías suponer que no te dejaría hacerlo? Ustedes se quieren, ¿no?

—Mucho.

—Lo amo.

—Entonces no se diga más. Tenemos que empezar a planear esa boda —animó, mientras pasaba sus dedos por las suaves hebras doradas de su nieto.

El click de una cámara distrajo a los rusos de su abrazo. Otabek acababa de tomar una foto de ese momento. Sería el mejor de los recuerdos, y el que más se quedaría grabado en la memoria de los prometidos.

Eso pasaba cuando el amor, en todas sus facetas, era real. Se demostraba aceptando y apoyando. Porque así era el sentimiento. Incondicional. El mejor Ágape que podía ser representado.

0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0

¡Hola! Lo siento por tardar tanto en actualizar esta historia, pero el fic principal me está consumiendo. Sin embargo, creo que ya acomodé mis horarios para que haya una actualización semanal de cada uno, aunque si tengo que escoger por motivos de la escuela, tendrá que ser el otro.

En fin, espero que hayan disfrutado este capítulo, un poco fuera de la pareja principal, pero es que el Otario es como mi debilidad, así que ahí va. Además, ya que Yurio ya hizo acto de presencia en el otro fic, igual quería que tuviera un poco más de relevancia aquí.

Bien, creo que ahora si ya terminé. Gracias a todos por leer y dejar sus valiosos comentarios, reviews y votos, nos seguimos viendo. ¡Saludos!

Zryvanierkic: Yo también estoy teniendo derrames de ternura con esta historia. ¿Cómo que le falta algo de drama?... ¿Puedo? ¿Sólo un poquito? Creo que quiero poner otro pequeño momento de V y B, solo para saciar mi culpabilidad. ¡Oh! Creo que aún no pasamos por lo de Vladya… creo que igual ya debo ir buscando en donde ponerlo. Yo también me duelo.

Vann GP: Jajajaja, ni tanta suerte con los que esperaron, porque igual todos sufren, o ya lo harán. En lo personal, me gusta más la otra historia, pero esta es más un respiro, uno dulce. Ojalá te haya gustado y te siga viendo por aquí. ¡Saludos!

Deikan: ¡Yei! Que bueno que también esta te gusta. Tienes razón, aquí se me va demasiado el amor, pero solo por ahora porque hasta siento que le falta un poco de drama. Solo un poco, lo prometo. ¡Ya sé! Me encanta, y no es ser soberbia, la faceta de tío que tiene Yurio, y Vlad que se nota que puede no tolerar a nadie, excepto a ellas. Yo sé que Viktoria tiene mucho potencial de ser querida… ¡pero tambén Yukie! Por lo menos cuando es bebé quiérela un poquito. ¡Yo espero que nos sigamos leyendo y que te haya gustado el capítulo! ¡Saludos inmensos!