Capítulo 2 – Cazatesoros

Zelda abrió los ojos cuando estaba rayando el alba. Por un instante pensó que seguía en el rincón húmedo y oscuro del castillo donde solía dormir, pero notó una suave respiración a su lado que la devolvió de golpe a su nueva realidad. Se giró con extrema cautela hacia Link. Él dormía con la boca un poco entreabierta y el pelo revuelto en la frente. Parecía una especie de niño grande, evocaba una enorme paz. Por la Diosa, tan sólo al verle dormir sentía calidez y su corazón latía a un ritmo diferente, era tan extraño tenerle ahí de verdad. De repente sus ojos repararon una vez más en la cicatriz del hombro y las imágenes de la noche anterior acudieron a su mente en tromba, devolviéndole el malestar que había vivido.

Con cuidado salió de la cama, se vistió y se puso las botas. No quería despertar a Link, él parecía tan dormido que no se atrevía a molestarle, además era demasiado temprano. Salió para explorar un poco los alrededores por su cuenta. El aire era limpio, pero muy frío y se había dejado la capa en la cabaña, pero no le importó. Le apetecía sentir el aire helado en la cara, de alguna manera, era purificador.

Mientras daba un pequeño paseo por los alrededores estuvo pensando en qué iba a decirle a Link para explicar su actitud de la noche anterior. No podía decirle simplemente "lloré porque no lo pude controlar", porque tal vez él pensaría que había hecho algo malo y no era así, ella deseaba sentirle como no había deseado nada en toda su vida. Pero al ver sus cicatrices recordó con una nitidez pasmosa cómo era tener el cuerpo casi sin vida de Link entre sus brazos, y lo peor es que ahora tenía muchas más marcas que desconocía, seguramente se las hizo tras su despertar en el Santuario de la Vida, en su sacrificio personal por ir a buscarla y luchar contra Ganon. Se sentía culpable y atormentada, y aunque la felicidad por tenerle cerca era inmensa, al mismo tiempo sentía como si ella en persona hubiera infligido todas esas heridas en su cuerpo. Tal vez ella no le convenía a Link, porque desde que él fue elegido por la Espada para ser su escolta, no había hecho más que causarle dolor y llevarle al borde de la muerte. "Habría bastado con despertar mi poder a tiempo" se repitió, como otras tantas veces.

Al regresar a la cabaña encontró a Link sentado en un tocón de roble, junto a una pequeña hoguera que había encendido en el exterior.

—Buenos días —saludó con timidez.

—Buenos días —respondió él, con aire taciturno y la voz ronca con la que se había levantado.

—¿Te he despertado? He intentado no hacer ningún ruido.

—No.

Link estaba parco en palabras, como le sucedía siempre que no se sentía cómodo.

—Aún llevas el pelo suelto —observó, acercándose a él.

—Sí, es que no encontraba la cinta que utilizo por ninguna parte.

—Creo que es porque la tengo yo —dijo, balanceando la cinta ante él para mostrársela. Link fue a recuperarla, pero ella la apartó a tiempo para que no lo hiciese —¿Puedo ponértela yo?

Él la observó con gesto extrañado, pero después relajó su expresión y asintió. Zelda aprovechó para situarse detrás de él. Si le permitía hacer algo así era porque ya no estaba tan enfadado con ella. No sabía hasta qué punto él querría tenerla cerca después de su rechazo de la noche anterior, pero si él quería alejarse, ella necesitaba justo lo contrario, así que cualquier excusa para volver a contactar con él era perfecta.

Antes de atarle la cinta, pasó los dedos por su pelo para tratar de ordenárselo. Tenía una suavidad increíble, siempre que podía se lo tocaba, porque era algo único y aquel tacto sedoso le provocaba un inmenso bienestar. Él respiró profundamente, relajando la postura y Zelda supo que en realidad estaba disfrutando mientras ella lo peinaba. Pasó sus dedos por su cabeza varias veces, masajeando con cuidado, y al fin usó el cordel para atrapar el pelo por encima de la nuca, como él solía llevarlo.

—Has quedado muy bien —dijo ella, sonriendo y sentándose a su lado.

—Zelda, yo…

—No digas nada, por favor.

—Sí, t-tengo que decirlo… es que yo me comporté como un animal. Como un estúpido y torpe animal —dijo, apretando las mandíbulas y mirando cómo las llamas chisporroteaban frente a él.

—No fue culpa tuya. Fui yo, así que no lo pienses más.

—Espero que no te vieses forzada a… ¿Es porque no te sientes preparada para estar conmigo?

Él la miró con una inmensa expresión de preocupación en los ojos. Tenía una mirada tan transparente que ella se veía sobrepasada a menudo por la misma.

"No es que no esté preparada" pensó en responder, pero se guardó las palabras. Estaba más que preparada para entregarse a él, pero al mismo tiempo no estaba preparada para perdonarse a sí misma y eso suponía un problema.

—No lo sé.

—Comprendo —dijo él, agachando la cabeza.

—Pero no quiero que pienses que es por nada de lo que tú hayas hecho. Tú no has hecho nada malo.

—Está bien.

Él apartó la mirada, abatido, y dio un puntapié a un tocón de leña levantando un montón de chispas en el aire.

—Link, mírame —le pidió ella. Él se encogió de hombros y siguió mirando al frente —Mírame, por favor.

Hizo lo que parecía un enorme esfuerzo y se volvió de nuevo hacia ella, que aprovechó para deslizar una mano en su cara.

—Ya te estoy mirando —masculló con el ceño fruncido.

—Sabes que te quiero, ¿verdad? Nada de eso ha cambiado —aseguró ella. Link trató de mantener la dureza de su expresión todo lo que pudo, pero se fue ablandando hasta llegar a curvar la boca en una tímida sonrisa —Uhm. Algo tendré que hacer contigo para que no lo olvides.

—N-no hace falta.

—Claro que sí —sonrió ella, y depositó un suave beso en sus labios.

—Otra vez tienes las manos frías, trae aquí, parecen un cubito de hielo —le agarró las manos para frotarlas, disimulando con testarudez la sonrisa que le nacía tras aquella pequeña reconciliación. Ella le observaba con ternura, sabía que su enfado había desaparecido por completo.

—Es que he salido a dar una vuelta y me olvidé la capa.

—Deberías ir con más cuidado, podrías enfriarte y enfermar.

—Creo que ya sé a dónde vamos a viajar ahora —dijo ella, ignorando adrede sus palabras y sacando la piedra sheikah de la funda —Mira el mapa. He pensado en volver al castillo. Podríamos deshacer el camino que nos trajo aquí y viajar hasta la posta del Bosque. Después, nos adentraremos en la llanura… justo por aquí, ¿ves? Parece una buena ruta.

—¿Por qué quieres volver al castillo?

—Pues… quiero comprobar que no queda ningún rastro de Ganon y también porque… —añadió volviendo su tono más serio —porque es nuestro hogar, Link.

Él arqueó una ceja y no dijo nada, aunque Zelda supo que la acompañaría allá donde propusiese, a no ser que él considerase el lugar peligroso.


Al caer la tarde, Link y Zelda llegaron al cruce de los Picos Gemelos. Habían recuperado los caballos, que dejaron amarrados en lo que fueron las antiguas caballerizas de Hyrule, ya que los animales no podían ascender hasta la Meseta de los Albores. Zelda no hizo ninguna mención al ruinoso estado de las caballerizas, aunque Link supo que toda aquella desolación afectaba al humor de la princesa.

—Pareces pensativa —dijo Link a su espalda.

—Estamos cerca de los Picos Gemelos otra vez. Recuerdo que si los cruzas en línea recta puedes llegar hasta la muralla de la ciudad de Hatelia.

—Hatelia… ya no es una ciudad —corrigió Link con todo el tacto que le fue posible —ahora es una pequeña aldea.

—Ah claro… supongo que sí. Allí vive Prunia, según dijo Impa, ¿no? Y también tienes amigos ahí.

—Es cierto —admitió Link, sonrojándose —pero esa ruta nos aleja del castillo. ¿Estás segura de que quieres ir?

—No lo sé. Pensé que… por el camino, tal vez quedaría alguno de esos guardianes aún activo. Había muchos ahí, junto a la muralla.

—He pasado muchas veces por ahí y sólo queda chatarra —dijo él, inspeccionando las reacciones de la joven. Aquel era un lugar demasiado significativo para los dos.

—Tienes razón, es una tontería, olvida lo que he dicho. —chasqueó la lengua y puso en marcha al caballo. Él la imitó.

—No es una tontería. Si te sientes más tranquila yendo a mirar, iremos. Pero… —Link se interrumpió. "Es que no quiero que el recuerdo de ese lugar te haga sentir mal." Pensó para sí mismo, aunque no se atrevió a decir nada.

—Cabalguemos al oeste. Tenemos que llegar a la posta del Bosque al anochecer. —sugirió ella, evitando hablar del tema.

—¿Estás bien?

—Sí, tranquilo.


Llegaron a la posta cuando el cielo se teñía de púrpura, apenas quedaba luz. Link entró a hablar con el encargado mientras Zelda esperaba en el exterior sujetando la rienda a los caballos. El lugar estaba abarrotado, nada que ver con la última vez que lo visitó, poco antes de acudir al Bosque de Kolog a recuperar la Espada Maestra. Por aquel entonces la posta del Bosque era muy poco concurrida, estaba demasiado cerca de la zona oscura y muy pocos viajeros la frecuentaban. Aun así consiguió una litera y espacio en las cuadras para sus monturas. Al salir al exterior, topó con una cara conocida.

—¡Link! ¡Qué sorpresa, amigo!

—Toren, me alegro de verte —sonrió Link, aceptando un leve abrazo y palmeo en la espalda. Toren era un joven cazatesoros que había pernoctado un par de veces en la posta junto a Link. Habían compartido fuego y algunas historias sobre los hechizos que persisten en el Bosque de Kolog.

—¿Qué te trae de nuevo aquí? ¿Conseguiste entrar al bosque? ¿Qué encontraste allí? ¡Me matas de curiosidad!

—Digamos que conseguí salir de allí —dijo Link, sin traslucir mucho más que eso.

—Bueno, ya me lo contarás, podemos charlar un rato esta noche. Yo voy a soltar mis cosas y volveré a la hoguera. Ahí afuera hay una hermosa criatura con la que he tenido la fortuna de intercambiar algunas palabras, le he ofrecido compartir hoguera, veremos qué sucede. El mundo ha cambiado, amigo, vuelve a haber chicas jóvenes y hermosas rondando las postas, aún me froto los ojos para asegurarme de que no lo he imaginado.

—¿Hablas de una joven con el pelo largo y rubio?

—¡Eso es!

—La he visto. En realidad, ella viaja conmigo.

Toren miró a Link boquiabierto y no acertó a decir nada más. Link aprovechó para salir y dejar a su amigo con la palabra en la boca. Zelda estaba en el exterior, susurraba algo a uno de los caballos, acariciándole las crines para que se mantuviese tranquilo. Sin duda la expresión "hermosa criatura" utilizada por Toren se aproximaba bastante a lo que Link admiraba en ella en esos instantes.

—Podemos llevar los caballos a las cuadras, al final sí hay espacio —anunció Link.

—Es fantástico, me alegro.

Tras dejar los caballos en manos del mozo de cuadras y asegurarse de que los animales tendrían agua y heno en abundancia, eligieron un fuego para sentarse a descansar y cenar. Hacía una noche radiante y merecía la pena pasarla al aire libre hasta que llegase la hora de dormir.

—También he reservado una litera —dijo Link, sentándose al lado de Zelda, que ya avivaba las primeras llamas de su hoguera.

—¿Una litera?

—Sí, como ves hay bastantes viajeros hospedándose aquí y no queda nada más libre. No hay nada para dos, excepto una litera —aclaró, sintiendo un ligero rubor —Espero que no sea incómodo para ti.

—No es incómodo —dijo ella, dibujando una sonrisa. Link la observaba con el deseo de adivinar lo que estaba pensando, pero eso nunca se le había dado bien —Aunque todo esté… cambiado, disfruto mucho algunas cosas.

—¿Cómo qué?

—Son tonterías —sonrió, agitando la cabeza con timidez.

—No. Quiero saberlo —insistió él.

—Pues… son cosas como volver a montar a caballo, o conversar con extraños en los establos. Me gusta ver caras diferentes a mi alrededor, sentir el calor del fuego. Y ver las estrellas sobre mi cabeza. Sólo tengo que levantar la vista para verlas y ahí están. Es casi mágico, ¿no crees?

Link la escuchaba con atención. "Ha estado cien años encerrada en un lugar lúgubre y oscuro, era de esperar, ni el peor de mis enemigos merece pasar por todo lo que ella ha pasado" pensó, y sintió que esas pequeñas cosas serían un buen camino para borrar la tristeza que aún anidaba en el corazón de la joven… aunque estaban muy lejos de los lujos y privilegios que ella había tenido como princesa, antes de que todo se desatara.

—Hola, amigos —saludó Toren, acercándose a la hoguera donde Link y Zelda conversaban.

—¡Hola, Toren! —exclamó Zelda —Link, he conocido a Toren mientras tú conseguías el alojamiento. Ha sido muy amable conmigo y me ha ayudado a asegurar las riendas de los caballos.

—Link y yo somos viejos conocidos. —sonrió Toren.

—¿En serio? —se sorprendió la joven mirando a uno y a otro.

—Sí, nos conocimos justo en esta posta. Link iba a buscar un tesoro oculto dentro del Bosque Kolog, aunque no me quiso decir lo que es.

—No es algo de lo que me guste hablar —intervino Link, con su timidez habitual.

—¿Os importa que comparta el fuego con vosotros? Pero sin compromiso, ¿eh? Link me ha dicho que estáis juntos, así que si preferís estar a solas no tengo problema.

—¿Tú le has dicho que estamos juntos? —interrogó Zelda a Link, que sintió cómo el calor se subía a sus mejillas.

—N-no he dicho eso exactamente, he dicho que viajabas c-conmigo —balbuceó él, sin levantar los ojos del suelo.

—Toren, puedes sentarte con nosotros —dijo Zelda con resolución —Es cierto que estoy con Link, pero no nos molesta tener compañía.

Link la miró estupefacto, y si era posible, sus mejillas ardieron con más fuerza aún. Link pensó que por fortuna, el tema sobre si "Link y Zelda estaban juntos" o no fue rápidamente sustituido por otro y nadie volvió a hacer mención a eso.

Los tres iniciaron una animada charla mientras compartían anécdotas y una deliciosa cena. La temperatura era fresca pero agradable, nada que ver con la sombría noche que Link había pasado allí no hacía demasiado.

El ambiente en la hoguera más próxima a ellos no era tan agradable. En ella había un hombre alto y barbudo que compartía el fuego con una mujer y un chico joven, de apenas unos catorce años. El barbudo se vanagloriaba en voz alta de haber entrado en el castillo varias veces para saquear las estancias personales de la familia real. Decía poseer diarios y anotaciones privados que había vendido a una comerciante de Hatelia por precio de oro, y también un brazalete que debió pertenecer al rey Rhoam. La mujer le replicaba diciendo que nada de eso era cierto, de ser así, ni ella ni Jim, el joven adolescente, tendrían que trabajar como mulos para conseguirle tesoros y cosas valiosas que intercambiar por un puñado de rupias.

—Mira el brazo de Jim —dijo la mujer, levantando el brazo del joven y mostrando los restos de una profunda quemadura —una de esas cosas casi le alcanza. Demos gracias a la Diosa de que puede contarlo.

—No sois más que unos vagos y unos cobardes —replicó el barbudo — y no sabéis ni obedecer mis órdenes. Además, después de la noche de la gran tormenta nadie ha vuelto a ver a esos chismes mecánicos rondando los campos. Dicen que una energía sagrada ha terminado con todo el mal que había encerrado en el castillo. Así que no quiero volver oír ninguna queja ridícula o tendréis que veros las caras con mi cinturón una vez más.

Link observaba en silencio a la princesa, que había vuelto el rostro hacia sus vecinos. Tenía los ojos clavados no sólo en la cicatriz de Jim, sino también en los brazos de la mujer, que estaban cubiertos de moratones. La joven apretaba las mandíbulas y permanecía en tenso silencio.

—No lo hagas —le susurró él por lo bajini, temiéndose lo que estaba a punto de suceder.

Ella se puso en pie con los puños apretados y se acercó al grupo vecino justo cuando el barbudo alzaba la mano amenazante a la mujer.

—No te atreverás a ponerle un dedo encima —dijo Zelda con firmeza y con los ojos relampagueando ira. Todos se giraron hacia ella, con expresión de sorpresa en la cara.

—¿Qué demonios? ¿Quién te ha dado vela en este entierro? —gruñó el barbudo.

—No puedo consentir que agredas de esa manera a otros más débiles que tú. Tú eres el único cobarde aquí, además estás lleno de mentiras.

—Y tú no eres más que una cría, ¿crees que puedes meterte con alguien como yo?

Link rodeó la empuñadura de su espada, pero permaneció en silencio, dejando actuar a la princesa. El barbudo levantó la mano y la dejó caer contra Zelda. Ella reaccionó con agilidad, bloqueando su golpe con firmeza. El hombre se vio sorprendido por la fuerza de la joven y ante el temor de quedar en ridículo, decidió asestarle un segundo golpe con la otra mano. En esta ocasión fue Link el que lo frenó, agarrándole el brazo y retorciéndoselo en la espalda. El hombre cayó de rodillas entre quejas y muecas de dolor.

—Ahhhg, ¿Quiénes sois? ¿Qué significa esto? —se lamentó el hombre, aún sorprendido por la fuerza de sus dos oponentes.

—No importa quienes seamos. Sólo necesitas saber que como se te ocurra volver a intentar ponerle la mano encima a ella, te arrancaré el brazo —dijo Link, retorciendo un poco más el brazo del barbudo. —Ahora voy a soltarte, más vale que te comportes con compostura.

Link soltó suavemente al hombre, que se incorporó con dificultad. Con una expresión de estupor y miedo enfrentó la mirada implacable de la princesa.

—Te aconsejo que te marches —dijo ella —y que dejes en paz a esta mujer y este joven. No volverás a ordenarles nada y no volverás a pegarles, ¿lo has entendido?

Él titubeó. Movió los ojos de ella a la mano de Link, que agarraba la espada, pero no había llegado a desenvainar. Evaluó la situación y debió pensar que no era ventajosa, porque terminó obedeciendo. Se alejó entre bufidos de allí, intentando pasar desapercibido sin demasiado éxito, pues todos los demás huéspedes habían seguido la discusión y la pelea.

Una vez se hubo alejado, Zelda se agachó para acercarse más a la mujer y al joven, que aún parecían impactados por lo que acababan de ver.

—¿Cómo dejáis que alguien así abuse de vosotros? —preguntó Zelda a la mujer, que se deshacía en agradecimientos hacia ella y Link.

—No lo sé, mi señora. Son tiempos difíciles, hemos pasado hambre, frío. En estos momentos es importante tener a alguien fuerte cerca para defendernos.

—Estoy segura de que podéis defenderos solos, con coraje, ayudándoos el uno a la otra —dijo ella —no dejéis nunca que nadie tan horrible abuse así de vosotros. Y… no me llames "mi señora", por favor.

—Lo lamento. Es que habéis sido tan valiente y habláis con tanta seguridad que… —titubeó la mujer —No puedo más que daros las gracias, joven. Gracias.

—De nada.

Zelda volvió a sentarse en el fuego, con su grupo. Link permanecía cabizbajo y Toren en un estado entre la sorpresa y la curiosidad.

—Vaya, jamás había visto a nadie echarle cara a un problema como ese —dijo Toren —es frecuente que haya disputas entre los cazadores de tesoros.

—Me preocupa que la gente viva así… desprotegida —repuso Zelda —las personas tienen derecho a ser respetadas y no sufrir abusos por parte de los que creen ser más poderosos.

—Tienes razón, pero después del Cataclismo la ley que predomina es la del más fuerte —razonó Toren —Si es cierto lo que decía ese tipo en estos instantes el castillo está vacío y al alcance de cualquier mano que quiera hacerse con sus tesoros.

—No existen tales tesoros —repuso ella con acritud —Ahí dentro sólo hay polvo y destrucción. No creo ni una sola palabra de lo que ha dicho ese bárbaro.

—En realidad no lo sabemos —intervino Link.

—Link…

—No lo sabemos. No sabemos si queda algo en pie que pueda ser de valor. Ya sabes, algunos libros y manuscritos, la biblioteca estaba plagada de ellos. Y la armería tenía miles de armas del acero más puro, algunas con joyas incrustadas. Seguro que han resistido a las llamas y la destrucción.

—Gran parte del castillo se derrumbó, ¿lo has olvidado? —insistió ella.

Toren movía los ojos de Link a Zelda y viceversa, como un espectador asombrado que no da crédito a la conversación.

—Lo sé, pero aun así muchas alas quedaron en pie. En tu cámara… quiero decir, en las cámaras de la familia real había cofres con algunas joyas de oro y piedras preciosas. ¿Quién te dice que no habrá saqueadores que hayan intentado buscarlas?

—No… —dijo ella, sintiendo la punzada de la nostalgia en el pecho.

Sus vestidos, sus libros favoritos, incluso la tiara y la indumentaria real eran pasto de la destrucción o de los ladrones. No disfrutaba especialmente cuando se veía obligada a vestir como una princesa, pero la mayor parte de aquellas cosas las había heredado de su madre y eran todo lo que le quedaba de ella. Por otra parte, le repugnaba la idea de que aquellos objetos materiales sirviesen para que unos cuantos desalmados se enriqueciesen traficando y los usaran de moneda de cambio para maltratar a los demás.

—Tranquila, veremos qué queda aún en pie y qué puede hacerse —trató de consolarla Link, poniendo una mano sobre su rodilla para apretársela en seña de apoyo.

—Necesito descansar, no logro pensar con claridad —determinó Zelda, poniéndose en pie —Toren, lamento que hayas tenido que presenciar ese espectáculo… estábamos pasando un buen rato. Me retiro ya, que paséis buena noche.

—De acuerdo, que descanses —dijo Link, sin ocultar la preocupación en el tono de su voz.

—Que descanses, ha sido todo un placer compartir la hoguera con alguien tan especial como tú —dijo Toren, poniéndose en pie para estrecharle la mano.

Zelda desapareció en el interior de la posta y los dos jóvenes quedaron al amparo de las llamas cada vez más débiles de su fuego.

—¿Dónde la has encontrado? —preguntó Toren a Link.

—No se encuentra a la gente como si fuera uno de tus tesoros —sonrió él.

—No sabría decirte lo que es… pero no parece una joven convencional. Sus modales, la forma de enfrentarse a ese idiota… —razonó Toren.

—Ella es… ella y yo nos conocemos desde hace mucho tiempo. Por una casualidad hemos vuelto a reencontrarnos y… y es todo.

—Como siempre, no quieres hablar más. Link, eres el tipo más misterioso y reservado que he conocido jamás —rio Toren —Entonces… ¿es cierto que iréis al castillo?

—Así es. Es que unos antepasados nuestros vivieron allí —dijo Link, sintiendo la necesidad de justificarse —Estamos interesados en comprobar si queda algo de nuestras raíces familiares que pueda ser rescatado.

—Vaya, todo este tiempo he estado hablando con gente de la alta nobleza y yo sin saberlo —carcajeó Toren.

—Oye, Toren… —dijo Link, tras unos minutos de silencio —¿Hay muchos cazatesoros como el tipo de la barba y su grupo?

—Tantos que no podría contarlos.

—No lo imaginaba así…

—Se están agrupando —añadió Toren — incluso algunos piensan en formar un ejército, menuda panda de idiotas…

—Si se están agrupando, deben tener un líder —razonó Link.

—Seguramente… corre el rumor de que hay un gran asentamiento en la Ciudad Perdida del cañón de Tanagar.

—No sabía de ese lugar —dijo Link, frunciendo el ceño.

—Siempre ha sido territorio de fugitivos y contrabandistas. ¿Quién diablos iba a querer vivir en las profundidades de ese cañón? No hay comida, apenas hay agua… pero, aun así, han encontrado un modo de prosperar.

—¿Has estado allí?

—¡Ni hablar! —exclamó Toren, soltando una carcajada —habría que estar loco. Yo soy un humilde cazatesoros que trabaja en solitario y juega al trueque… no tengo tantas aspiraciones. Pero bueno, basta de historias por hoy. Es tarde y yo también quiero descansar. Si no logro verte mañana, te deseo un buen viaje, Link. Y también a tu hermosa compañera.

—Gracias, Toren. Te deseo lo mismo.

Link entrecerró los ojos y se quedó observando las últimas llamas de la hoguera que danzaban ante él. También él tenía varias ideas rondando en su cabeza y no era sólo la historia sobre los ejércitos de forajidos del cañón de Tanagar lo que le hacía pensar. Se dio cuenta de que él y la princesa se habían convertido en una especie de vagabundos a la altura de los cazatesoros, sin rumbo fijo, durmiendo donde y como podían y con el objetivo de ir a remover escombros. La idea de que Zelda estuviese un tiempo de un lugar a otro sin un techo fijo ni un objetivo concreto comenzó a perturbarle. "No puedo pensar ahora en retomar un trono que no existe, Link, dame tiempo" le había repetido ella en varias ocasiones. Puede que eso no fuera un problema para alguien como él, pero ella no había nacido para vagabundear ni para dormir apiñada en un polvoriento establo. Zelda brillaba tanto entre la multitud que cualquiera con dos dedos de frente podía verlo. Sin duda en ella latía una fuerte conexión con la Diosa Hylia, él lo tenía cada día más claro.

Una vez se consumió el fuego cruzó el interior de la posta hasta llegar al fondo, donde estaban las literas. Tan sólo se escuchaba la calmada respiración de los que dormían y algún que otro ronquido. Zelda estaba tumbada de lado en la litera de abajo.

—Zelda, ¿estás dormida? —susurró él, mientras se quitaba el cinturón y las botas.

—No. No puedo dormir.

—Te… ¿puedo hacer algo por ti? —preguntó él, cada vez más preocupado.

—Ven aquí.

Zelda tiró de su brazo instándole a dormir con ella y le hizo un hueco en la estrecha cama. Link dudó por un segundo, pero se quitó la casaca y se acomodó a su espalda rodeándola por detrás.

—Ahora estoy mucho mejor —dijo ella tirando del brazo con el que la rodeaba para envolverse aún más en él.

—I-igual estás incómoda conmigo aquí. Estas camas son para una persona —dijo él, al darse cuenta de que juntos ocupaban todo el espacio.

—No estoy incómoda, pero tal vez tú prefieras dormir solo en la de arriba, yo…

—No, no. —interrumpió él de inmediato —Aquí estoy bien.

—Gracias —dijo ella, acurrucándose con él y cerrando los ojos.

—Duerme tranquila. Mañana será un mejor día, te lo prometo —susurró, aunque ella parecía dormida y seguramente no alcanzó a oírle.