Capítulo 3 - Las noticias vuelan

Link y Zelda decidieron no madrugar por una vez. Zelda sugirió que podrían desayunar con tranquilidad en la posta y reponer fuerzas antes de adentrarse en la llanura y las ruinas de la Ciudadela, donde estarían un poco desamparados al no haber ningún sitio que ofreciese comida caliente y cama.

Link aprovechó que no tenían prisa para ir a darse un baño en las frías aguas de un riachuelo cercano. Al regresar encontró a Zelda preparando el desayuno en la misma hoguera que habían usado la noche anterior. Ella había pasado gran parte de la noche temblando. No podía ni imaginar qué tipo de pesadillas o imágenes tendría aún metidas en su cabeza, pero su sueño fue muy intranquilo, y él pudo sentirlo de cerca. Fue frustrante no poder intervenir de ninguna manera para calmarla.

—Ese desayuno huele de maravilla —dijo él al llegar a su encuentro, sintiendo que la boca se le hacía agua.

—Gracias, y eso que lo he hecho con ingredientes de lo más normales —bromeó ella —no hay ni pizca de imaginación en estos platos.

—Me alegro. No me gusta comer bichos ni otras cosas raras y asquerosas, ya lo sabes. A nadie le gusta encontrarse la uña de un bokoblin en la sopa —dijo él sentándose a su lado.

—Y tú eres demasiado remilgado. Sabes de sobra que si cocinas algunos elementos combinados que puedes encontrar en algunas regiones de Hyrule, obtendrías enormes beneficios.

—A los insectos y lagartos seguro que les ofende que los llames "elementos" —dijo, continuando el tono de broma.

Link estiró los brazos para desentumecerse un poco, había dormido toda la noche en la misma posición y a pesar del baño aún se sentía un poco agarrotado. Zelda lo miró a los ojos con aquel verde velado que le decía que estaba pensando algo que él no era capaz de descifrar. Después bajó la mirada hasta su pecho, donde se detuvo varios segundos, recorriéndolo con lo que parecía… ¿interés? "Maldita sea, la camisa" reaccionó, cayendo en la cuenta de que había vuelto del río sin terminar de vestirse para poder secarse por el camino. Se puso la camisa con acelero, tratando de taparse lo antes posible. Ella tosió una vez y apartó la vista.

Mientras comía, Link pensó en cuánto tiempo tendría que pasar antes de que ella fuese capaz de mirarle sin sentir horror hacia sus cicatrices. Aunque no estaba seguro de que esa mañana ella sintiese horror exactamente, más bien parecía como si… pero no, eso era imposible, y tampoco quería jugársela con algo tan delicado. Tenía la firme determinación de no volver a acercarse a ella hasta que estuviese preparada del todo, lo último que quería era contribuir al caos que parecía habitar en su cabeza.


A media tarde llegaron al corazón de la llanura de Hyrule. La primera vez que Link estuvo allí, poco después de despertar sin memoria, el lugar estaba invadido por guardianes "caminantes", los más letales de todas las invenciones mecánicas que les habían legado sus antepasados. Por aquel entonces tuvo que huir a toda velocidad sin atreverse a adentrarse en el lugar, pues supo que aquellos enemigos eran difíciles de enfrentar. Ahora sin embargo ya no había nada. No había guardianes. No había oscuridad, la calma lo invadía todo. El trigo salvaje crecía alto y olía a sol, los grillos cantaban al caer la tarde y la suave brisa primaveral era casi como una caricia.

—Cada día eres más silenciosa —observó Link, acercando el caballo para ponerse a la altura de Zelda, que cabalgaba un poco adelantada.

—Estoy pensativa, es todo —Zelda paró el caballo y desmontó para inspeccionar los restos de madera podrida que había ante ellos. —Estas deben ser las ruinas del rancho de Romani. Según cuenta la Historia, este rancho proviene de una tradición muy antigua, de miles de años. Había un precioso libro con la tapa de piel en la biblioteca que hablaba sobre el rancho, tenía dibujado un caballo en la portada. Solía mirarlo antes de ir a dormir cuando era niña. Impa sabía que me gustaba y me dejó que lo tuviese guardado en mis aposentos, así podría leerlo siempre que quisiera.

—Creo recordar que alguna vez vine con mi padre a este rancho, pero no estoy seguro —admitió él —no estoy seguro de muchas cosas.

—Pues aquí criaban los mejores caballos… padre me regaló a "Ventisca" cuando cumplí trece años, era una potrilla muy cariñosa y salvaje. ¿La recuerdas?

—Yo… recuerdo un caballo blanco, tu caballo.

—Sí, esa era Ventisca —sonrió ella, con un deje de tristeza en la voz —Alguien debería quedarse con el rancho y volver a construirlo.

—El dueño de la posta de la llanura tiene muchos caballos —pensó Link —tal vez podríamos sugerirle la idea, ahora que no hay peligro de quedarse en este lugar.

Ella forzó otra sonrisa y amarró al caballo a un árbol cercano. Link la imitó y echó a andar tras ella, que fue adentrándose en lo que quedaba del rancho, que era apenas nada. La vegetación y las inclemencias del tiempo habían borrado casi cualquier resto de lo que una vez hubo allí. Sólo quedaban piedras marcando los cimientos de los establos, viejas herramientas tan oxidadas que si las rozabas con un dedo se convertían en polvo y algún que otro enorme madero que pudo ser parte de la estructura del techo. Zelda se detuvo al llegar a una columna de piedra, que aún se mantenía en pie, solitaria. El sol se hundía en el horizonte y todo el cielo se volvió de color naranja. Él se mantenía a su espalda, sin decir nada.

—Ya no hace falta que me sigas de esa manera —dijo ella de repente —ya no eres el caballero encargado de escoltarme.

—¿Entonces qué soy?

Zelda se giró para mirarle, sorprendida ante su respuesta.

—Pues-

—No lo sabes —interrumpió Link —no sabes lo que soy. Avanzó un paso hacia ella, y ella retrocedió otro.

—No es eso, Link. No creo que haga falta ponerle una etiqueta a lo que eres, ni a lo que somos. —de nuevo ambos se movieron, ejecutando aquel extraño baile.

—¿No? —dio otro paso, más largo que el anterior.

—No —ella había retrocedido hasta quedar atrapada entre la columna de piedra y Link, que estaba muy cerca de ella, cerrándole el paso.

—Para mí siempre serás la princesa de Hyrule. Aún lo eres. Y eres la futura reina.

—No me presiones con eso, por favor. A veces eres peor que los sheikah.

—No quiero presionarte con eso ni con nada.

—Tú mismo dijiste que estabas cansado de obedecer órdenes de los sheikah, que debíamos buscar nuestro propio camino.

—Pero ese camino te llevará a ser reina, estoy seguro —dijo él, deslizando la mano para colocarla entre la estrecha cintura de Zelda y la columna de piedra. Apenas había ya unos pocos centímetros de separación entre ambos.

—No será todo esto una estrategia para convertirte tú en rey, ¿verdad? —bromeó ella.

Link soltó una carcajada ante tal ocurrencia y ella atrajo su cara para besarle.

—Zelda, no… —murmuró, contra sus labios.

—Estoy bien —aseguró ella, impidiéndole que se alejara de su boca.

Link sintió que el descontrol que le sobrevino en la cabaña del viejo rey se apoderaba de nuevo de él, era casi imposible dominar ese impulso. "Al infierno con todo", pensó, liberando las barreras que se había impuesto a sí mismo. Ella estaba atrapada entre él y la columna, podía sentir cómo se estremecía con los besos y con el contacto cada vez que él la presionaba contra la pared.

—Link, he oído algo —dijo ella de repente, rompiendo un prolongado y profundo beso.

—No hay nada —gruñó él, hundiendo la cabeza en su cuello.

—Sí, he oído algo, seguro —dijo ella poniendo las manos sobre sus hombros para alejarle.

Link resopló y fingió que escuchaba junto a ella, a la espera de que el ruido volviese a repetirse.

—¡Otra vez!

—Sí, es un crujido —reconoció Link. "Un maldito e inoportuno crujido" pensó, tratando de apaciguar su frustración.

La hierba seca crujió varias veces más, había alguien muy cerca de ellos, vigilándoles.

—Sal de ahí, seas quien seas —dijo Link, dirigiéndose a un montón de piedras apiladas, a unos pocos metros de distancia. —Vamos, no quiero hacerte nada, pero no está bien espiar a los demás.

Hubo una serie de crujidos más y alguien se puso en pie, saliendo de su escondite. Se trataba de un sheikah joven y atlético, que se cubría con una capa hyliana.

—¿…Kei? —preguntó Link, reconociendo a su espía. Era un joven que había conocido en la aldea de Kakariko, con el que mantenía una especie de amistosa rivalidad o… bueno, no sabía definir bien cómo se llevaban. Sólo sabía que Kei había intentado robarle la piedra sheikah y él había terminado rompiéndole la nariz de un puñetazo. Después Impa les había dado una gran reprimenda y obligado a disculparse como si fueran niños de diez años.

—Sí, soy yo.

—¿Qué hacías ahí? Haces tanto ruido que podría oírte a kilómetros. ¿Es que no has aprendido nada de las técnicas sheikah de ocultación? —le recriminó Link.

—Tú sí que haces ruido —se defendió Kei, avanzando hacia ellos y echando la capucha atrás para mostrarse —he podido seguirte por toda la llanura sin parpadear. Si fuese tu enemigo, ya estarías muerto.

—Hacía tiempo que sabía que estabas espiando —mintió Link con arrogancia —sólo quería darte una oportunidad para que fueras menos ruidoso.

—¡Ja! Debes dar gracias de que estemos en el mismo bando, si estuviese con los Yiga habría rebanado ese cuello de avestruz que tienes.

—Ni hablar, un ejército de moblins en la hierba es menos ruidoso que-

—¡Ya basta! —intervino Zelda. Ambos se giraron para mirarla —Ya basta los dos, he oído suficientes tonterías por el momento.

—Alteza real, os pido disculpas por mi intromisión —dijo Kei, arrodillándose con gran pompa ante ella. Link puso los ojos en blanco y se cruzó de brazos —Mi nombre es Kei, y vengo de la aldea de Kakariko, es posible que me recordéis, nos conocimos en la fiesta del final del Cataclismo —la tomó de la mano y se la besó.

—¡Eh, tú! —exclamó Link.

—Basta, no empecéis otra vez —dijo Zelda, lanzando una severa mirada a Link. Éste apretó la mandíbula y apartó la vista con una mueca cuando el sheikah volvió a besar a Zelda en la mano, dando por malo su primer intento —Kei, lo lamento, pero no te recuerdo.

—Es lógico que no te fijases en él —murmuró Link por lo bajini, ganándose un codazo por parte de ella. Kei se puso en pie dedicando una expresión de triunfo a Link.

—Y bien, ¿por qué nos espías? ¿Y-y cuánto tiempo llevas ahí espiando? —interrogó Zelda, sintiendo que el calor se subía a sus mejillas.

—Desde que dejasteis los caballos —reconoció Kei, mirando al suelo.

—¿Te envía Impa? —preguntó Zelda forzando severidad en su tono para olvidar el hecho de que Kei había presenciado toda "la escena" de la columna.

—Así es. Me pidió que os localizase con urgencia.

—¿… puedo saber por qué?

—¡Oh! —exclamó Kei, mientras sacaba un pergamino de su zurrón —Aquí tenéis, alteza.

Zelda lo desenrolló sin demora y paseó los ojos por las líneas a gran velocidad.

—¿Qué dice? —preguntó Link con impaciencia.

—No es para ti, el mensaje es para su alteza real —dijo Kei, ganándose una mirada asesina por parte de Link.

—El rey Dorphan del Dominio Zora reclama mi presencia —leyó Zelda, con gran desconcierto en su voz.

—¿El rey Dorphan? ¿Por qué? —preguntó Link, frunciendo el ceño.

—Dice que necesita tener una audiencia urgente con la heredera del trono de Hyrule… y… que lleva mucho tiempo esperando mi presencia.

Link arrebató el papel de las manos de Zelda, que seguía bloqueada por la información que acababa de recibir. El mensaje de Impa no decía mucho más, tan solo recalcaba la importancia de que Zelda acudiese al rey lo antes posible.

—No sabía que supieses leer —dijo Kei, espiando el mensaje por encima del hombro de Link.

—Bastardo… —chirrió Link entre dientes.

Dejó caer el pergamino al suelo y se abalanzó sobre Kei, derribándolo y cayendo con él. Ambos comenzaron a rodar por la hierba seca en medio de un absurdo forcejeo en el que trataban inútilmente de golpearse.

—Pero qué… ¡Parad de una vez! —gritó Zelda.

Ellos se detuvieron y se incorporaron aun resoplando por el esfuerzo.

—Ha empezado él —se justificó Link, sacudiéndose los trozos de hierba seca que tenía en el pelo.

—Alteza, os juro que no ha sido así.

—Has sido tú, no paras de insultarme desde que has llegado, creo que tienes ganas de que vuelva a romperte la nariz.

—Inténtalo si te atreves…

—Esto es increíble, es lo que me faltaba —dijo Zelda para sí misma, mientras se llevaba la mano a la frente con cansancio —Escuchadme bien los dos.

Link y Kei se giraron hacia ella. Zelda llameaba ira, sus ojos eran como un fuego descontrolado que se expande por el bosque, así que interrumpieron su interminable discusión sin abrir la boca.

—No volveréis a pelear y no volveréis a insultaros. Como vea que lo hacéis de nuevo tendré que castigaros como los críos que sois, ¿está suficientemente claro?

—Sí —dijeron ambos al unísono.

—E-entonces, ¿qué vamos a hacer? —preguntó Link, suavizando todo lo que podía la voz, para evitar una nueva reprimenda.

—Tendré que ir a ver al rey sin más remedio —admitió Zelda —pero hemos llegado tan lejos que no tiene sentido que no lleguemos hasta el castillo. Así que primero iremos al castillo, y después viajaremos al Dominio Zora.

—Alteza, no quiero inmiscuirme, pero la señora Impa me pidió que me cerciorase de que vos llegabais al Dominio Zora…

—Por la Diosa, no hay manera de que pueda ir sola a donde me plazca. Impa adora ponerme niñera, lo hace desde que tengo uso de razón —se quejó Zelda, aún malhumorada. Link tosió y miró hacia otro lado —Link, no lo decía por ti…

—Si tú lo dices…

—No irás a enfadarte ahora por eso, ¿verdad?

—Tranquila. Sé de sobra que no te gusta tener "niñera" —refunfuñó él.

—Es increíble, no puedo creer que te enfades por esto después de tanto tiempo.

—No me enfado "ahora" como tú dices. Me enfadé hace mucho tiempo —dijo él, cruzándose de brazos y manteniendo la actitud infantil —es sólo que por aquel entonces no te dije nada.

—Y te has guardado el enfado durante cien años para sacarlo justo ahora, ¿no?

—Yo-

—De nuevo, no quiero interrumpir —intervino Kei —pero está anocheciendo, y deberíamos buscar un refugio lo antes posible.

—Tienes toda la razón. Basta de discusiones estúpidas por hoy y de comportarnos como si tuviéramos tres años —sentenció Zelda, mirando a uno y a otro con dureza.

—¿Deberíamos? ¿Acaso él viene con nosotros? —protestó Link, que por pura testarudez no conseguía parar de indignarse por todo.

Zelda resopló con frustración y echó a andar para recuperar el caballo. Link y Kei la siguieron, lanzándose miradas de soslayo para culparse entre ellos a espaldas de la princesa.

—Kei, ¿tú tienes caballo? —preguntó Zelda.

—No, alteza.

—Está bien, toma el caballo de Link. Él y yo iremos juntos en el mío.

Link abrió la boca para quejarse, pero de repente la idea de cabalgar con ella le resultó tan atractiva que se tragó las palabras. Zelda tomó las riendas del caballo y él se sentó detrás, rodeándola. El pelo suave y sedoso de la joven le rozaba las mejillas y además… olía demasiado bien.

—Link, ¿vas bien ahí detrás? Como estás tan callado… —preguntó ella después de un buen rato, ya que él no había pronunciado palabra desde que partieron.

Él se ciñó más a ella como única respuesta.

—Creo que este sería un buen sitio para acampar —dijo Kei, deteniendo su montura.

Habían llegado a la Ciudadela de Hyrule. Un abismo de calles oscuras y muros derribados se abría entre ellos y el castillo. Durante cien años la Ciudadela había estado bajo el dominio de la oscuridad de Ganon, así que, a pesar de la destrucción, las viejas estructuras de casas y calles se conservaban bastante bien.

—Podemos montar un refugio dentro de esa casa, parece que la noche será fría —propuso Kei, descabalgando.

—No creo que se le pueda llamar "casa" a eso —replicó Link —no son más que tres muros medio derrumbados.

—Suficientes para resguardarnos del viento —respondió Kei de inmediato.

—Chicos, estoy muy cansada y no quiero más peleas en lo que resta de noche, ¿creéis que seréis capaces de comportaros como caballeros durante un rato? —intervino Zelda. Ambos asintieron afirmativamente. —Está bien… entonces montaremos el refugio donde dice Kei.

Los tres trabajaron en equipo para preparar un refugio que les permitiese pasar la noche. Kei acomodó a los caballos en un muro contiguo, bien resguardado del viento y del ataque de posibles animales nocturnos, como los lobos que solían habitar en las zonas oscuras y cerradas. Link usó un viejo estandarte con el bordado del crespón real para tapar una de las ventanas que había en la derruida casa. Incluso los pendones y banderas que antaño adornaban la Ciudadela habían sobrevivido al implacable paso del tiempo, aunque en muy mal estado, apenas podían intuirse los tres triángulos sagrados en el dibujo y los colores habían desaparecido casi por completo, lo que un día fue azul brillante ahora era gris. Todo era gris. Zelda fue la encargada de encontrar leña y encender una hoguera. Terminaron de montar el campamento, poniendo tres sacos para dormir alrededor de la hoguera y sacaron comida para compartir.

—He traído bolas de arroz y un poco pescado marinado —ofreció Kei.

—Gracias, Kei, está buenísimo —sonrió Zelda, pegando un mordisco a una de las bolas.

—Ejem —tosió Kei, aclarándose la garganta —tú… tú también puedes probar una bola de arroz si quieres.

Link la aceptó con un ligero rubor en las mejillas y sin mirar a Kei a los ojos. Aquella comida tenía un sabor glorioso, nadie preparaba las bolas de arroz mejor que los sheikah, pero moriría antes que admitir delante de Kei lo mucho que apreciaba que compartiese aquel manjar con él.

—A Link le encantan las bolas de arroz, creo que has dado con su punto débil —observó Zelda, sonriendo al verle tan concentrado en disfrutar la cena. Él trató de abstraerse y disimular, aunque sus orejas le delataban al enrojecerse por las puntas.

—Estas bolas las preparé yo mismo con mi padre, alteza —explicó Kei.

—¿Conozco yo a tu padre?

—Tal vez. Él es uno de los guardias personales de la señora Impa —aclaró, con un deje de orgullo en la voz —su nombre es Wakat.

—¡Conozco a Wakat! —celebró ella al acordarse —Es un guardia muy fuerte y educado, siempre me daba una manzana roja y brillante cuando yo salía por la puerta y él estaba en su puesto. Es un encanto —sonrió Zelda. En esta ocasión fue Kei el que sintió calor en sus mejillas, era muy complicado permanecer inmune a la atractiva sonrisa de la joven.

—Gracias, alteza, vuestras palabras significan mucho para mí.

—Y dime, Kei. ¿Qué tal están todos en la aldea?

—Todos estamos bien, gracias a la Diosa.

—Me alegra saberlo —dijo ella, sintiéndose reconfortada.

—Lo único es que… bueno. Desde que vos os marchasteis ha habido muchos comentarios.

—¿Comentarios?

—Sí. No sé si debería decirlo, no quiero resultar impertinente, alteza —dijo Kei con cautela.

—No te preocupes, puedes hablarme en confianza —lo instó, animándole a que se lo contase todo.

—En la aldea todos esperaban que vos arreglaseis el… el asunto de la monarquía cuando os recuperasteis de vuestra batalla con Ganon. Todos esperaban poder ayudaros en esa misión, yo mismo también os habría ayudado a hacer cualquier cosa que fuese deseo vuestro, vuestros deseos son órdenes para mí —afirmó Kei. Link volvió a poner los ojos en blanco ante los excesos de adulación del sheikah —Pero, sin embargo, os marchasteis de forma inesperada. La gente no sabe muy bien cómo asimilar algo así. Vos sois nuestra única princesa, la que ha de tomar el trono de Hyrule, la elegida por la Diosa. Es por eso que la gente comenta todas esas cosas.

—¿Qué cosas?

—Bueno, yo… —Kei miraba al suelo con timidez, sintiéndose un poco atrapado por la situación.

—Vamos, no seas cobarde, maldita sea —gruñó Link —no puedes empezar a contarnos esa historia "bla-bla-bla" y luego guardarte la información que te parezca. ¿No decías que los deseos de Zelda "son órdenes para ti"?

—Link, deja de presionarle, contar esto no es fácil para él —le regañó ella, dedicándole una mirada severa. Después relajó su expresión para volver a dirigirse a Kei —No tienes que contarme nada más si no quieres, Kei, lo entendería. Aunque me gustaría saber la verdad por si puedo hacer algo para ayudar.

—Pues es que… Veréis, alteza. Algunos os critican duramente. Dicen que se rumoreaba, y yo no sé si es cierto, que vos hace mucho tiempo, antes de que Ganon despertase, n-no teníais mucho interés en el trono… y… y que os distraíais con facilidad con asuntos que no estaban relacionados con vuestras obligaciones de princesa y… que solíais escapar sin vigilancia y de forma caprichosa. ¡Pero yo no lo creo! —exclamó Kei, tratando de exculparse —Son rumores que algunos viejos han extendido y siempre hay idiotas que están deseando aprovechar para hacer críticas absurdas e inventar cosas nuevas.

Zelda suspiró con suficiencia ante la revelación de Kei.

—Veo que hay rumores que ni cien años son capaces de borrar, mi fama me precede —bromeó ella, intentando que el sheikah se sintiese mejor.

—Yo no creo todo eso, os lo juro, alteza.

—Tranquilo, yo confío en ti —sonrió ella, reactivando el color de las mejillas de Kei —Además, en esos rumores hay cosas que sí son ciertas. Yo nunca quise el trono y durante mucho tiempo llegué a creer que no era la persona adecuada para ostentarlo. Pero nunca he tenido elección, nacer en un lugar u otro es algo que no se elige, después de todo.

Al oírla hablar así Link sintió que de repente unas palabras de la princesa, de hacía más de cien años, volvían a repicar en su memoria. Las había olvidado casi por completo.

"…imagínate que no poseyeses las cualidades necesarias para ser un caballero. Y aun así te dijeran que, como has nacido en una familia de caballeros, tu obligación es convertirte en uno. Si te lo repitieran sin cesar… ¿tú qué camino elegirías, Link?"

—Posees las cualidades necesarias para tomar el trono —dijo Link de repente. Kei y Zelda se giraron para mirarle sorprendidos, ya que apenas había abierto la boca en toda la noche —No hay nadie en Hyrule que tenga mejores cualidades que tú para eso. No es porque seas la hija del rey Rhoam, ni porque el poder sagrado esté en ti, ni porque nos hayas salvado a todos… es sólo porque eres tú.

—Es cierto —dijo Kei, reafirmando por primera vez las palabras de Link —yo jamás seguiría a nadie que no fueseis vos, todos en la aldea saben de vuestro sacrificio para luchar contra el Cataclismo, y eso no es ningún rumor. La gente sabe lo que habéis hecho.

—Os lo agradezco, veo que os habéis tomado muy en serio lo de comportaros como caballeros —rio ella, tratando de restar formalidad a la conversación.

—¿Y qué vas a hacer entonces? —insistió Link, sin borrar la determinación de su mirada.

—Link… yo… sé que no puedo escapar a mi destino —dijo Zelda, recobrando la seriedad —pero… necesito tiempo, tiempo para entender todo esto, ya te lo he dicho. No creas que tú o los sheikah sois los únicos que insistís en eso. Ella no para de repetirlo en mi cabeza.

—¿Ella? —preguntó Kei, sin terminar de comprender lo que había dicho la princesa. Sin embargo, Link y Zelda intercambiaron la mirada entendiéndose entre ellos.

Estuvieron conversando un rato más hasta que el sueño les atrapó y decidieron retirarse a dormir, pero tanto Zelda como Link evitaron seguir haciendo mención a las obligaciones de la princesa respecto al trono. Kei tampoco volvió a preguntar, ni siguió insistiendo en los rumores que crecían en Kakariko. Cada cual ocupó su saco de dormir alrededor de la hoguera y pronto se hizo el silencio.

Link ya dormía plácidamente, cuando un ruido cerca de él le hizo despertar. Medio aturdido abrió los ojos, y fingiendo no estar despierto sacó su puñal de la funda, siempre dormía con él a mano por si alguien le atacaba durante la noche. Se giró muy despacio con la punta del arma en alto y… y descubrió a Zelda arrastrando su saco de dormir para ponerlo al lado del suyo.

—Link, ¿qué haces con ese puñal?

—Maldita sea, me había asustado —susurró él, volviendo a envainar el puñal en su funda —¿qué diablos haces tú?

—No… no quería que te despertases. Es que… no puedo dormir sola. ¿Te importa que me ponga aquí a tu lado?

Él asintió y se destapó para ayudarla. En lugar de dormir el uno al lado del otro decidieron unir los sacos de dormir, sin hacer ruido, no querían que Kei también terminase desvelándose. Link se metió bajo el saco doble resultante y ella lo imitó. Se giró de lado para volver a dormirse lo antes posible, estaba muy atolondrado por el sueño, pero sintió que Zelda se abrazaba a él por la espalda, buscando su contacto.

—¿Es que te pasa algo? —preguntó Link.

—Nada.

—Si no me lo dices, no te puedo ayudar.

Oyó cómo ella tragaba saliva y se removía un poco, tras él.

—No me gusta dormir sola.

—Pues ya eres mayorcita para hacerlo —bromeó.

—Me da miedo dormir sola —matizó. Link se sintió como un idiota por haber hecho la broma anterior —Tengo miedo de abrir los ojos y volver a estar atrapada, y que nada de esto sea real.

Link se dio la vuelta hacia ella y la rodeó, instándola a que apoyase la cabeza sobre su pecho. Ella reaccionó de inmediato, como si estuviese deseando que él hubiera hecho algo así desde el principio. Se acomodó sobre él y cerró los ojos, aunque continuó hablando entre susurros.

—A veces creo que estoy aún en el castillo, con Ganon a punto de estallar a mi lado. Siento mucho frío y repito la sensación de estar atrapada, sola, lejos de todas las personas que una vez me importaron. Si… si siento que alguien duerme cerca entonces de repente recuerdo que todo está bien, que todo ha acabado y el resto no es más que una invención de mi mente.

—Todo ha acabado —reiteró él, acariciándole la cabeza.

—Gracias por dejarme dormir contigo, Link.

—No tienes que darme las gracias por algo así. Anda, intenta dormirte.

—Es un milagro que tú estés aquí, que seas tú de verdad. Gracias a la Diosa.

Link respiró profundamente, su pecho se elevó hinchándose y después bajó al soltar el aire y la cabeza de Zelda se movió sobre él, mecida por ese movimiento.

—Tienes que intentar olvidar todas esas cosas negativas. Por supuesto que estoy aquí, y tú también. ¿Me prometes que intentarás olvidarlo?

Ella agitó la cabeza en seña afirmativa y no dijo nada más, relajándose hasta conseguir dormirse por completo. Tan solo cuando Link percibió que su respiración se correspondía a un sueño tranquilo y profundo, se concedió a sí mismo el derecho de dormir también.


Cuando Link despertó, Zelda y Kei ya habían desmontado todo el campamento. Era temprano, porque el sol aún estaba despuntado, pero sus dos acompañantes madrugaban más que él, que siempre se resistía a levantarse.

—Un ejército de bokoblins podría haber invadido el campamento y tú ni te habrías enterado. Menos mal que estoy aquí para proteger a su alteza real —dijo Kei, al ver que Link se incorporaba.

—Buenos días también para ti, Kei —gruñó Link —¿y Zelda?

—Estoy aquí —dijo ella. Estaba sentada, consultando algo en la piedra sheikah —Bien. He pensado que si no tenemos problemas, podemos visitar el castillo hoy, volver al atardecer y en menos de dos días estaríamos en el Dominio Zora.

—Me parece bien —dijo Link —¿en marcha entonces?

Los tres se adentraron en el corazón de la Ciudadela. Llegaron más o menos sin problemas hasta la plaza de ceremonias, donde hacía ya más de cien años, Link había hecho el juramento de caballero. Había llovido tanto desde entonces que no conseguía reconocerse a sí mismo, es como si el Link de hacía un siglo fuese una persona diferente.

—Es extraño —observó Link —recuerdo que aquí mismo, tú derrotaste a tres guardianes la noche de la gran tormenta.

—Es verdad —admitió Zelda.

—Sin embargo, aquí no quedan restos de nada.

—Alguien se los habrá llevado, pero… ¿para qué? —se preguntó Zelda.

—Los sheikah no han sido —añadió Kei —son los únicos con algo de conocimiento sobre tecnología ancestral, pero no sé de ninguna misión sheikah que haya venido a este lugar.

Ninguno de los tres hizo más comentarios, tan sólo se guardaron su extrañeza y continuaron avanzando como tenían planeado. Dejaron los caballos atados en la entrada principal del castillo de Hyrule.

—No les pasará nada aquí, ¿verdad? —dudó Zelda.

—Estarán bien, no te preocupes.

Frente a ellos se abría un enorme laberinto de grietas en el suelo, muros desprendidos y destrucción. Cada paso suponía el riesgo de caer o sufrir un derrumbamiento. La entrada y la vía que llevaba al bastión central del castillo, eran las zonas más dañadas. Link miraba a un lado y a otro y le costaba reconocer el lugar, la noche en la que se enfrentaron a Ganon descargaba la lluvia y había oscuridad por doquier, pero ahora el lugar parecía casi inmaculado, brillaba con el color grisáceo y blanco de la piedra con la que había sido construido.

Zelda descartó explorar varias zonas, durante su encierro en el castillo ella misma había tenido la opción de recorrerlas y sabía que no había nada de valor. Su mayor empeño era visitar la biblioteca, sus aposentos y el laboratorio.

—Alteza, si vos lo ordenaseis podríamos formar un grupo de exploradores sheikah que vendrían aquí con vos a ayudaros a poner orden —dijo Kei, al ver la inmensidad que se habría entre ellos y lo difícil que iba a ser encontrar algo de valor allí.

—Sí, en algún momento habrá que hacer eso que dices, pero de momento quiero comprobar algunas cosas. —insistió ella.

Sorteando obstáculos y peligros, alcanzaron las escaleras que llevaban a los aposentos de Zelda. A diferencia de otras cosas que estaban difusas en su mente, Link recordaba muy bien aquel lugar, ya que infinidad de días hizo guardia frente a esa puerta, custodiando la seguridad de la princesa.

Lo primero que les sorprendió al llegar al lugar, era que la puerta estaba tapiada. Alguien había colocado unos tablones de madera allí para bloquear el paso, y Link y Kei tuvieron que hacer uso de un hacha para poder entrar.

—Entraré yo primero —dijo Link con un tono tan sombrío que nadie se atrevió a replicarle.

Desenvainó la espada y avanzó en la oscuridad. Con un trozo de madera y unos trapos viejos encendió una antorcha e iluminó el lugar. El techo tenía algunos agujeros que dejaban pasar halos de luz, aun así, la habitación estaba casi a oscuras. La cama había sobrevivido al paso de cien años, aunque las patas se habían desgastado y el colchón estaba en el suelo. Algunos muebles y librerías se mantenían en pie, pero en general todo estaba muy revuelto. Alguien había entrado allí antes, y se había asegurado de cerrar para mantener el lugar oculto a otros posibles visitantes.

—Ya podéis entrar —anunció Link, una vez se hubo asegurado de que la estancia era segura.

Zelda caminó temblorosa por sus propios aposentos. Si cerraba los ojos todo volvía a estar en su sitio. Casi podía oír la voz de sus doncellas de alcoba chismorreando sobre alguna novedad del castillo, podía oler el perfume del tónico que ellas usaban para prepararle el baño. Pero al abrirlos no veía más que polvo y oscuridad. Caminó hacia uno de los lados de la estancia, donde había un cofre que usaba para guardar algunas de sus más valiosas posesiones, como la tiara real y un brazalete que había heredado de su madre.

—Se lo han llevado todo —dijo Zelda, al ver que la tapa del cofre estaba forzada y abierta —aquel tipo de la posta del bosque no mentía.

—¿Estás bien? —dijo Link por lo bajini, agachándose a su lado.

—Mira esto.

Link extendió ante sí un trozo de tela que la princesa había encontrado. No era una tela vieja ni gastada, era muy nueva y debió pertenecer a los saqueadores que estuvieron allí antes que ellos.

—No conozco este emblema —dijo Link, al observar que la tela tenía dos sables cruzados bordados en amarillo sobre un fondo rojo.

—Yo tampoco —admitió ella.

—Los libros no los han tocado —observó Kei —los que hayan robado aquí deben ser una panda de zoquetes.

Zelda se acercó al lugar donde estaba Kei, con la esperanza de encontrar algo que no estuviera destruido. Tomó un libro entre las manos, pero este se desintegró cuando abrió la tapa. El papel se había podrido y no soportó el paso de los años, las hojas se habían convertido en láminas de polvo compactado. Lo mismo le había ocurrido a muchos otros. Ella insistía en abrirlos todos y siempre ponía el mismo gesto de desolación al verlos deshacerse entre sus manos.

—Ya es suficiente —le advirtió Link, agarrándola por una muñeca.

—No, tal vez alguno esté bien —insistió ella.

—Esto te hace más mal que bien. Por favor, déjalo, Zelda.

Ella dio un pequeño tirón para liberarse de él y siguió revisando los libros, uno por uno, a pesar de que aquello le estaba haciendo daño. Link se sintió tan impotente ante su terquedad que le vino a la mente los días en los que ella iba a meditar a las fuentes. Se empeñaba en permanecer en el agua helada a pesar del efecto nulo que tenía aquel absurdo ritual, no importaba cuánto dolor le estuviese causando.

Después de un rato, Zelda renunció a seguir mirando. Tenía las manos y una mejilla cubierta de polvo, y sus ojos volvían a ser de ese verde claro que amenazaba con traer lágrimas.

—Como el techo está roto, debió entrar mucha humedad en esta ala del castillo —razonó Kei —por eso los libros se habrán estropeado, alteza.

—Vámonos de aquí —dijo ella, sin más comentarios.

Tanto Link como Kei pensaron que Zelda pensaba en abandonar el castillo. Sin embargo, ella se las arregló para guiarles a través de los escombros hasta una puerta, en la cara nordeste de la fortaleza. Tras la puerta había una escalera que descendía. Los tres tomaron ese camino con Zelda a la cabeza. Algunos escalones no estaban en muy buen estado, había tablones de madera rotos y algunos escombros causados por los temblores y derrumbamientos.

—Deja que vaya yo delante —dijo Link, tirando del brazo de la princesa.

—No hace falta, Link. Deja de tratarme como a una niña.

—No te trato como a una niña, pero es que podrías resbalar y hacerte daño —dijo él, acercándose a ella para que Kei no oyese la pequeña discusión.

—Tú también podrías caer y hacerte daño, ¿o no? Ahora deja que yo vaya delante. Tú ni siquiera conocías este camino.

—No tengo la culpa de no recordarlo todo —le espetó él —intento esforzarme todo lo que puedo.

—Link, no es el momento de discutir. Ya hablaremos más tarde de eso.

Ella dio un par de zancadas y se adelantó aún más escaleras abajo. Kei también sobrepasó a Link, que se quedó parado tratando de controlar su mal genio y no enfadarse.

Al fin llegaron a una estrecha portezuela. No tenía la altura ni el tamaño de una puerta normal, se parecía a las puertas que empleaban algunos empleados del servicio para moverse por el castillo en pasadizos que conectaban unas zonas con otras. Zelda empujó con el hombro y la puerta se abrió.

Ante ellos apareció la gran biblioteca del castillo de Hyrule. Estaba mucho menos dañada de lo que cabría esperar, miles de libros permanecían en los estantes, cubiertos de polvo y telarañas. Aquella enorme sala estaba en una de las zonas bajas del castillo, tal vez por eso se mantuvo protegida de los derrumbes.

—¡Alteza, mirad! Estos libros no parecen dañados —celebró Kei.

—Gracias a la Diosa no lo están. —respiró ella con alivio —Es tan importante recuperar lo que hay aquí... En esas páginas está toda la Historia de Hyrule, hay algunos libros que hablan de… bueno, de otras como yo. Y también hay muchos manuales sobre la tecnología ancestral, mapas, registros… Tendremos que traer a los sheikah como propusiste, Kei. No me arriesgo a que también entren aquí y destruyan lo que hay.

—Mientras lo organizamos, podemos hacer como los demás saqueadores y tapiar las puertas para que nadie más entre —propuso Kei.

—De momento necesito encontrar algo importante, por eso estamos aquí —dijo Zelda —se trata del despacho privado de padre. Sé dónde está… pero permanece oculto. Necesito que busquemos, debe haber alguna palanca o algo así que nos revele la entrada.

Kei y Zelda caminaron hacia el centro de la sala, pero Link se quedó detrás. Ella se giró para mirarle.

—Vamos, Link. No creo que tardemos demasiado.

—Id vosotros dos. Yo voy a dar una vuelta por los alrededores, enseguida vuelvo.

—Vale…

Zelda lo miró como si fuese a decirle algo más, pero se dio la vuelta y se adentró en la biblioteca.

Link necesitaba moverse. Había algo que le incomodaba en el castillo. No sabía decir qué, era más bien una sensación. La sensación de no estar solos. Su intuición solía funcionarle bastante bien, y prefería cerciorarse de que no corrían ningún peligro.

La biblioteca constaba de dos plantas, y la más alta comunicaba con el exterior. Salió trepando por una ventana y después ascendió un muro. Desde ahí no veía nada, así que siguió avanzando hasta encontrar un punto desde donde tuviera una buena visión periférica. Aguzó la vista y entonces los vio. Eran dos hombres armados, que caminaban por una de las murallas inferiores como si estuviesen montando guardia. Vestían de rojo oscuro y aunque Link no podía verlo por la distancia, estaba seguro de que llevaban bordado el símbolo de los dos sables que habían visto en los aposentos de Zelda.

Cuando regresó al interior de la biblioteca, encontró a Zelda y Kei hurgando en montañas de libros que había en una diminuta sala ubicada tras una librería.

—¿Habéis encontrado algo de valor? —preguntó Link al llegar donde estaban ellos.

—He encontrado esto —dijo ella, que estaba arrodillada en el suelo, revisando pergaminos y manuscritos.

Link tomó el pequeño cuaderno de cuero que le ofrecía ella y lo abrió. "Anotaciones de R. B." ponía en la primera página.

—Es el diario de padre —aclaró ella. —No sabía que tuviese uno.

Él abrió el cuaderno por una página al azar.

"…y me desespera ver cómo desobedece sobre lo que se le ha dicho. Tal vez sea un problema de la edad, como dicen los sheikah, que mi hija no tardará en madurar y su comportamiento será distinto, pero hay días que termina con mi paciencia…"

—¿Lo has leído? —preguntó Link, cerrando el cuaderno de inmediato.

—No. Pero pienso hacerlo. Por completo —dijo ella, mirándole fijamente.

—Tal vez… deberías tomar con calma lo que puedas averiguar.

—No me importa, Link. Quiero saberlo todo, me da igual —dijo ella con resignación, mientras apilaba unos viejos papiros, sin más sentido que el de distraer su mente.

Link pensó en lo confundida que podría llegar a estar Zelda si él hubiera escrito un diario y hubiese caído en sus manos. Cuando la conoció, ni siquiera era capaz de poner nombre al efecto que ella tenía sobre él, y su convivencia fue muy compleja desde el principio, para bien y para mal. Si leía el diario del viejo, es posible que volviese a angustiarse por cosas que ya debía tener superadas. Sería como remover el pasado, y eso no favorecería al presente.

—¿Y tú? ¿Has encontrado algo? —preguntó Kei, arrastrando el tono arrogante que usaba para dirigirse a él.

—Pues sí —dijo Link con seriedad —Que no estamos solos.


Notas Finales:

Saludos mis queridos lectores! Tengo varias cosas que compartir con vosotros respecto a este capítulo :)

#1 - Miles de gracias por seguir leyéndome! Y por darle una oportunidad a la historia y por seguir este fanfic y por vuestros reviews y... sobre todo por estar ahí! :)

#2 - Recomiendo que veáis el recuerdo correspondiente a la foto 7: "A salvo de la lluvia", hago una pequeña mención al mismo en este capítulo. Si no tenéis el juego, seguro que está circulando en Youtube en el idioma que más os guste.

#3 - Hablando de Kei. Kei es un personaje inventado por mí 100%. Se me ocurrió crearlo para el fanfic de "Leyenda del Renacer", y me gustaba mucho usarlo porque es una especie de "rival" de Link, lo que a la vez posiblemente le convierte en uno de sus mejores amigos xD Si queréis saber un poco cómo aparece Kei, podéis leer el capítulo "5 - Una aldea en paz" de mi fanfic "Leyenda del Renacer" (¿estoy haciendo publicidad descarada de los otros fanfics? Igual sí xD).

#4 - El diario del Rey. Lo encontré en el juego y lo he leído de principio a final. Eso no quiere decir que el diario que puede que muestre en esta historia sea igual que el del juego, de hecho mi intención es inventarme lo que me dé la gana :P pero respetando las ideas esenciales del "verdadero" diario del rey Rhoam.

#5 - Voy a intentar seguir esta rutina de publicar semanalmente, me va muy bien este ritmo y (a menos que haya un imprevisto), no debería retrasarme. El día de publicación, como veis, es los martes (CET - horario central europeo xD).

Un fuerte abrazo, cuidaos mucho!

-Nyel2