Capítulo 5 - La armadura de plata
Link se adelantó y habló con los guardias que había a la entrada del inmenso palacio zora. Uno de ellos elevó la vista varias veces hacia Zelda, aunque ella se mantenía tapada con la capa y la capucha.
Sea lo que sea que Link les dijese, los guardias les abrieron paso y fueron escoltándolos por la inmensa escalinata que conducía a uno de los niveles superiores del palacio. La arquitectura del lugar parecía sacada de un sueño: cascadas fluyendo en armonía, cortinas de agua cristalina, fuentes, enormes cúpulas y escaleras que subían y bajaban… los zora eran grandes artistas y arquitectos y sin duda habían hecho una obra maestra en aquel lugar recóndito y hundido en la roca.
Conforme iban acercándose a las estancias del rey, el corazón de Zelda latía más y más deprisa. No podía dejar de lamentar su aspecto, tal vez debió hacer caso de Link y permitir que él buscase ropa limpia para que ella se cambiase. El barro le llegaba a las rodillas, tenía la camisa y el pelo empapados. Durante el trayecto que conducía al rey se podía ocultar de las miradas de curiosos que se sorprendían ante la extraña comitiva que formaban ellos tres y los guardias, pero ante el rey y su consejo tendría que descubrirse.
—Esperad aquí —dijo Link, una vez llegaron a la enorme puerta que conducía al salón del trono —yo entraré primero. Conozco bien las estancias reales de este palacio… pero también sus calabozos. Espero introduciros al rey antes de nada.
—Me parece bien —dijo Zelda. Su voz sonaba mucho más débil de lo que habría querido.
Link desapareció, acompañado por uno de los guardias. Ella se quedó afuera con Kei y el otro guardia. Una fina lluvia seguía cayendo sobre ellos, gran parte del palacio estaba al aire libre porque… bueno, porque no había sido construido para los hylianos, que viven preocupados por mojarse.
Mientras esperaba, Zelda hizo un repaso mental de sus antiguos conocimientos de protocolo. Estaban muy oxidados, tenían un siglo de óxido por encima, pero ahí seguían después de todo. Cómo nombrar y saludar a un monarca, qué tono formal emplear, cómo modular su voz y su postura corporal. Seguramente Dorphan creería que ella era la verdadera Zelda, pero otros muchos podrían tomarla por una impostora, ya que la historia de su siglo de supervivencia y su batalla final eran bastante inverosímiles. En el caso peor había algo que ella podía hacer para convencerles de su identidad… aunque se sentía débil y aturdida y no sabría si podría lograrlo, al menos no a la primera.
Después de lo que le pareció a Zelda una espera infinita, Link salió a buscarlos, esta vez solo.
—Entrarás tú delante —le dijo —y Kei y yo iremos detrás.
Zelda miró a Link con cierta aprensión. Pensó que le gustaría entrar con él, que la acompañase hasta el mismo centro de la sala. Por otra parte, conocía el protocolo de sobra como para saber que tanto él como Kei tendrían que seguirla a cierta distancia y quedarse en un segundo plano, tras ella.
Caminó en silencio por el enorme salón, sus pasos retumbando en las paredes. Hubo murmullos y cuchicheos a su alrededor, seguramente miembros de la corte y el consejo. Ella no levantó la cabeza del suelo excepto cuando llegó a una especie de púlpito frente al trono real.
—Su alteza real, la princesa Zelda de Hyrule —anunció el heraldo real.
Tomó aire y echó la capucha de su capa atrás. Otra vez, más murmullos. Enderezó su postura: los hombros atrás y la frente alta. Después hizo una reverencia, que el viejo rey zora aceptó con cordialidad.
—Majestad, es un honor ser recibida por vos —su voz volvía a ser tan firme como en los viejos tiempos.
—Alteza real, el honor es mío. No sabéis cuánto he rezado por volver a tener vuestra presencia aquí.
El tono calmado, casi paternalista del rey se le clavó directo en el pecho. Tuvo que tomar aire un par de veces, pues tenía miedo de derrumbarse de un momento a otro.
—He… he sido llamada por vos. Y aquí estoy, lamento la tardanza y la espera que os haya podido ocasionar.
—Alteza, veros respirar delante de mí, en mis salones… es un milagro —dijo el rey. Entonces la examinó de arriba abajo. Sí, ella estaba hecha un verdadero desastre, pero mantendría la compostura lo que hiciese falta. —La espera ha merecido la pena.
—Gracias por esa consideración, majestad.
Todos los ojos del salón permanecían fijos en ella. Por protocolo no podía "husmear" ni desviar la atención del rey, pero podía sentir cómo se le clavaban todas las miradas del consejo real y los que estuviesen allí presentes.
—Alain —nombró el rey. Uno de los lacayos mayores dio un paso al frente. —Dispondrás de inmediato unos aposentos hylianos para su alteza real, los que se usaban antaño cuando la Familia de Hyrule nos visitaba. Dispondrás igualmente todo lo que su alteza pueda necesitar para reponerse y descansar de su largo viaje.
El lacayo se movió de inmediato, llevando consigo a un par de mujeres zora que lo siguieron sin dudar.
—Princesa Zelda. Os ruego que vayáis a descansar, y una vez recuperada podremos conversar vos y yo en intimidad, si os parece bien.
No esperaba aquello. Por supuesto que era mucho mejor proceder como decía el rey, pero… no lo esperaba.
—De nuevo gracias, majestad. Todo se hará como vos lo dispongáis —alcanzó a decir.
Después de eso, hizo otra reverencia y volvió a subirse la capucha antes de dar la vuelta para marcharse. Oyó algunos murmullos más y levantó la vista hacia Link, que dibujó una sonrisa disimulada. ¿Habría pedido él ese paréntesis para que ella pudiese prepararse mejor para hablar con Dorphan?
Había dos lacayos a disposición de Zelda cuando salió de las estancias reales. Ellos guiaron al trío hyliano a sus estancias. Cuando llegaron al nivel dos del palacio, uno de los lacayos se separó, pidiendo a Link y Kei fuesen con él.
—¿Ellos tienen su estancia en otro lugar? —preguntó Zelda, extrañada.
—Así es, alteza —dijo Alain, el lacayo que el rey le había asignado —Para vos hemos preparado la cámara real.
Ella movió la cabeza afirmativamente y siguió al lacayo, separándose de los dos chicos.
Los aposentos que le asignaron estaban en la planta tercera y eran inmensos. Una enorme sala con grandes ventanales protegidos del exterior por un extraño material transparente. El palacio zora estaba expuesto a la intemperie en su mayoría, pero aquella habitación había sido diseñada para ser cálida y resguardada, sin perder el privilegio de las hermosas vistas a las cascadas de los pequeños afluentes y corrientes del río zora.
Un par de doncellas zora explicaron a Zelda dónde estaba todo, que tenía un armario con ropa hyliana a su disposición y su ayuda en el momento que la pidiese. Había comida en una bandeja plateada, fruta fresca y pescado. Las doncellas dijeron a Zelda que si la ropa disponible no era de su gusto o de su talla podrían elaborar cualquier cosa que les pidiese. "De mi gusto" pensó Zelda, agitando la cabeza "he pasado cien años con la misma túnica sucia y gastada, creo que cualquier cosa podría ser de mi gusto". Una vez recibió todas las atenciones, pidió a las jóvenes zora que se marchasen. Ella se quedó a solas, pero pudo ver al entreabrirse la puerta que había dos lanceros apostados afuera, custodiándola.
La habitación contaba con una piscina circular, que había sido calentada y preparada con sales marinas por las doncellas. Zelda se sumergió en el agua y cerró los ojos, relajándose como hacía tiempo que no se relajaba. Después de un aseo exhaustivo, picoteó algo de la comida que le habían dejado, todo era delicioso. En el armario encontró varios vestidos. Había dos que podrían servirle, aunque después de probárselos se dio cuenta de lo mucho que había adelgazado en realidad. Eligió uno de un tono azul celeste, muy claro. No tenía apenas ningún tipo de ornamento, en realidad era muy sencillo: un escote alargado que dejaba al descubierto parte de los hombros y un cinturón trenzado con hilo de plata que le permitía ceñirse el vestido la cintura. Se vistió y decidió trenzarse el cabello para hacerse un recogido bajo la nuca, había demasiada humedad y prefería no dejarse el pelo suelto. Al mirarse al espejo apenas podía reconocerse, hacía tanto tiempo que no se veía a sí misma que le pareció estar mirando a una extraña.
Se disponía a salir para ir a buscar a Link y Kei, aún era muy temprano como para dormir y le apetecía pasar un rato con ellos. Justo cuando iba hacia la puerta alguien tocó desde afuera.
—Adelante.
—Alteza real —dijo uno de los guardias zora, asomando la cabeza con timidez por una rendija de la puerta —uno de vuestros acompañantes ha venido a buscaros. ¿Le dejo pasar?
—Sí, por supuesto.
Link atravesó la puerta y cerró tras él, dando las gracias al guardia. También él vestía ropas limpias proporcionadas por los zora. El blanco reluciente de la túnica que le habían prestado hacía resaltar aún más el color de sus ojos, estaba tan apuesto que cortaba la respiración.
—Me han puesto en unos aposentos con Kei, es odioso —gruñó Link, dando un par de zancadas hacia el centro de la estancia. Parecía muy ofuscado —Le huelen los pies, deja todo por medio, no para de hablar y quejarse. Rezo a la Diosa para no romperle la nariz otra vez.
—Lamento que no estés cómodo.
—Sí estoy cómodo pe… —Link enmudeció de repente, y abrió mucho los ojos.
—¿Estás bien?
—S-sí. Te has recogido el pelo —observó con asombro —y… un vestido.
Zelda sonrió con satisfacción al ver que había conseguido hacer balbucear a Link con su nuevo aspecto. Pero, por la Diosa, la que debería estar balbuceando era ella.
—Pediría que os diesen aposentos individuales, Link, pero no puedo abusar más de la generosidad del rey Dorphan.
Él asintió como única respuesta.
—Link, tú… no habrás hablado con el rey para que me permitiese descansar y así posponer un poco la audiencia, ¿verdad?
—He venido a buscarte porque quiero que conozcas a alguien —dijo él, esquivando la pregunta, pero revelando cierto rubor en la punta de sus orejas. Zelda estaba segura de que sí había intervenido para arreglarlo todo.
—¿Quién es?
—Ven. Es una sorpresa —la agarró de la mano y tiró de ella hacia la puerta. Se habían dado la mano cientos de veces, pero en ese momento su contacto le pareció distinto, la mano de Link ardía y eso le provocaba escalofríos. No le importaba ir a conocer a quien fuese, aunque prefería quedarse y sentir esa mano encontrando el valor para atreverse a quitarle el vestido.
Link la guio hacia una plaza circular, muy próxima a sus aposentos. Allí estaba de espaldas un zora corpulento y muy alto, el más alto que ella había visto jamás.
—Zelda, te presento al príncipe Sidon.
—Alteza —dijo ella, inclinándose.
—¡Tú eres Zelda! ¡Por fin te conozco! —exclamó el zora, agarrándole la mano con énfasis. Zelda miró de reojo a Link, que sonreía encogiéndose de hombros.
—Link me ha hablado de ti. En realidad, creo que te conozco de antes, pero no me acuerdo, debimos conocernos cuando yo no era más que un huevo eclosionado, ¡de eso hace mucho tiempo!
—Sí, así es… —dijo ella, un tanto sobrepasada por la energía del príncipe.
—Estoy muy contento de teneros a los dos aquí de visita. En más de una ocasión le he pedido a mi padre que me dejase ir con Link, me quedé con las ganas de acompañarle la última vez que nos visitó.
—¿Te refieres a cuando por tu culpa me metieron en los calabozos? —refunfuñó Link, cruzándose de brazos.
—Es un detalle tonto, Link, somos los mejores amigos así que no me lo tengas en cuenta —carcajeó Sidon —Además, un tipo tan fuerte como tú podría encontrar que nuestros calabozos son casi un palacio, ¿no?
—Bueno, tampoco hay que exagerar… —dijo Link, recordando los días tan angustiosos de encierro que había pasado, cuando tuvo que demostrar ante los zora que él era el verdadero Link.
—He preparado una cena privada con unos amigos. Estáis invitados y vuestro compañero sheikah también —anunció Sidon —¿os animáis?
Sidon los había llevado hasta el estanque oriental. Allí él tenía una especie de palacete privado, con su propio conjunto de lacayos, aposentos varios y guardia personal privada. Al parecer al joven príncipe le encantaba divertirse. Todo estaba enfocado a actividades lúdicas: había salones de baile, campo de tiro con arco, un muelle para la competición de pesca con arpón y por supuesto cocinas y terrazas cubiertas y al aire libre donde beber y comer hasta altas horas de la madrugada. Zelda pensó que su padre jamás le habría consentido algo así a ella… de todas formas es que su padre nunca le había consentido nada. Se acordó del diario y decidió mentalmente que debía proseguir con la lectura en cuanto tuviese ocasión.
—… así que le dije: "por todas mis escamas, ¿acaso crees que soy uno de esos goron come-rocas?" —Sidon terminó de contar la anécdota y todos rieron con fuerza, sobre todo Link, que estuvo a punto de atragantarse con lo que estaba masticando.
En total eran siete comensales, más un viejo lacayo encargado de servirles la cena. Sidon incluyó entre los invitados a dos guardias jóvenes y a una joven zora que no era capaz de apartar los ojos del apuesto príncipe, aunque él parecía estar a otros asuntos.
Zelda había pedido a Kei que se sentase frente a ella. Él enrojeció por completo cuando ella se lo propuso, sentarse frente a frente en la mesa era casi lo mismo que pedirle a alguien que fuese tu "pareja comensal", al menos eso marcaba el protocolo. Con una jugada así había logrado que Kei estuviera contento y calmado durante toda la noche, y a la vez tenía a Link sentado a su derecha, mucho más cerca. Lo mejor de todo era que la cena del príncipe había hecho que se olvidase por completo de la audiencia pendiente que tenía con el rey.
Durante toda la noche, Zelda no paró de ver circular platos ante sus ojos. No tenía claro de dónde salía tanta comida, pero todo estaba delicioso. Incluso Link tuvo que hacer pausas para dejar de comer por pura saturación, aunque estaba rebosante de felicidad. En la mesa había mucha más comida de la que podían desear, pero también había alcohol, mucho alcohol. El príncipe Sidon era aficionado a una bebida zora destilada que estaba hecha a base de unas plantas silvestres que sólo crecían en el Dominio. A pesar de lo mucho que le interesó a Zelda el origen de las plantas y el proceso de destilación, después de la segunda copa lo había olvidado todo por completo. Después de la segunda copa, todos reían como si cualquier broma hecha por el ser más aburrido en todo Hyrule fuera lo más divertido del mundo. Y con los primeros sorbos de la tercera copa, Link había empezado a acariciarla por debajo de la mesa.
—Y así es como Link terminó en el calabozo —narró Sidon, cautivando de nuevo a todos los comensales.
—No fue exactamente así —dijo Link —más bien tú me metiste en un lío, pero puedes contar lo que quieras y agrandar mi leyenda.
Link tenía las mejillas un poco sonrojadas por el alcohol, ella las debía tener ardiendo porque sólo sentía fuego en la cara. Él participaba en las conversaciones como si nada y ella apenas podía respirar con normalidad. Link había empezado tomándola de la mano y acariciándole todos y cada uno de los dedos con calma, recorriéndolos y entremezclando los suyos con los de ella. La electricidad de sus caricias se propagaba por todo su cuerpo, sus manos eran ásperas y curtidas por el uso de las armas, pero era justo el tacto de aquella aspereza lo que más la alteraba.
Kei se convirtió en el centro de atención por un instante, al explicarles una vieja tradición sheikah que consistía en liberar a todos los cucos de los corrales, soltándolos para que se perdiesen por la aldea. Cuando el juez diese la señal, los participantes en el juego tenían una hora para encontrar el mayor número de cucos posible. Sidon no podía parar de reír y ya estaba ideando algún juego similar para celebrarlo en el Dominio. Zelda imaginó una bandada de cucos volando entre los elegantes salones del palacio zora y no pudo reprimir una sonora carcajada.
—¿Lo estás pasando bien? —le susurró Link, aprovechando que ambos habían quedado en un segundo plano.
—Muy bien, ¿y tú?
—También. Pero me apetece mucho besarte —aquellas palabras tuvieron un efecto mayor en ella que si la hubiese besado de verdad. Él nunca expresaba sus deseos de forma tan abierta.
—Me apetece mucho que me beses —respondió ella, jugando a entrelazar los dedos con los suyos. Por la Diosa, el corazón se le iba a salir del pecho de un momento a otro. Link sonrió y pegó otro sorbo a su bebida.
—El rey Dorphan ha puesto guardias en tu puerta.
—Puedo ordenarles que se marchen.
—No lo harán —dijo él. Entonces le soltó la mano y se atrevió a rodearla por detrás, hasta alcanzar su hombro izquierdo, que estaba desnudo. Ese contacto provocó una nueva descarga de electricidad, mayor que las anteriores, y sintió como si todo su cuerpo se elevase un par de grados de repente.
—Link…
—Nadie nos mira. He deseado saber cómo era tocar tus hombros desde que te he visto con ese vestido —confesó él. Zelda levantó la vista y comprobó que en verdad todos los demás los estaban ignorando por completo.
—Debí volver a ponerme mis ropas de campo —bromeó. Era imposible calmarse mientras esa mano permaneciese ardiendo sobre su piel.
—Me habría dado igual. Dime, ¿cómo nos libramos de tus guardias?
—¿Cómo quieres que lo sepa?
—Tú eres el cerebro de este equipo, ¿no?
—No sé si te has dado cuenta de que no puedo pensar con claridad —dijo ella, poniendo los ojos en blanco. Link soltó una carcajada y se acercó más que nunca, estuvo a punto de besarla allí mismo, pero se detuvo a unos míseros milímetros. Su barba de pocos días le rozó la cara y eso le puso la piel de gallina. Aquella tortura tenía que terminar lo antes posible.
—¿Y si me cuelo por la ventana?
—Mis ventanas están selladas con una especie de vidrios.
—Entonces iremos a otro sitio. Cuando los demás se marchen, tú y yo nos perderemos.
—No digas tonterías —rio ella con nerviosismo. Haciendo un esfuerzo apartó la mano que él tenía en su hombro —Cuando todos hayan ido a dormir, vendrás a verme. Yo le habré dicho a los guardas que te dejen pasar.
—¿Así de fácil?
—Así de fácil.
Link curvó los labios en una sonrisa de medio lado y se dio por satisfecho.
La velada transcurrió entre más y más carcajadas, hasta que Link recordó a Sidon que la princesa tenía una audiencia al día siguiente con el rey y era mejor ir a dormir al menos las pocas horas que les restaban hasta el amanecer. Kei estaba bastante ebrio, se balanceaba sobre sí mismo en la silla y los demás zora tampoco aparentaban estar mejor.
Todos abandonaron juntos el lugar, incluso Sidon, que vivía en el palacete del estanque oriental, decidió acompañarlos hasta el corazón de la ciudad zora. A medio camino se despidieron los dos soldados zora y también la joven, que no consiguió arrancar más que un adiós con la mano a su adorado príncipe. Sidon hizo una seña y un lancero apareció como de la nada.
—Por favor, acompaña a la princesa Zelda a sus aposentos —ordenó Sidon.
—No te preocupes, yo puedo acompañarla —intervino Link —aunque primero dejaré a este desastre de sheikah en la cama.
—Y…yo… me arr…ewglo solo —balbuceó Kei.
—Ni hablar, Link. Entonces yo te acompañaré a llevar a Kei. Es que necesito enseñarte una cosa antes de que te retires a dormir —dijo Sidon. —Zelda, tú puedes ir con el guardia, ¿no?
—Sí… claro —dijo, mirando a Link. Este cruzó con ella una mirada cómplice y se dio por satisfecha. Una vez Link dejase a Kei y a Sidon, iría a buscarla.
Zelda subió por la escalinata seguida de cerca por el lancero zora. Dejó atrás a Sidon y a Link, que llevaban a Kei arrastras a dormir.
Ella llegó hasta sus aposentos y despidió al lancero. Después fue a dar instrucciones a los guardias. En ese justo momento se dio cuenta de que ella también estaba un poco afectada por el alcohol de hierbas, así que tomó aire para parecer lo más serena posible, dar instrucciones claras requería concentración.
—Link, el joven hyliano, vendrá a verme más tarde. Le debéis dejar pasar —dijo todo aquello con un tono autoritario y las mejillas ardiendo.
—Por supuesto, alteza.
Ella inclinó la cabeza y entró en su estancia, cerrando la puerta tras de sí. Lo primero que hizo fue ordenar cualquier cosa que estuviese por medio. Colgó la ropa en el armario, tiró restos de comida y alisó las arrugas de la cama. "No sé por qué hago esto, si después…" Se detuvo con el corazón acelerado. Apartó la vista de la cama como si eso fuese a ayudarle a calmar el sentimiento de anticipación que le invadía. Se miró al espejo y decidió soltarse el pelo por completo. "No sé si le gustaré más así" pensó, dejando que el cabello le cascadease los hombros desnudos. Él le gustaba estuviese como estuviese, aunque la túnica blanca que había llevado esa noche le hacía brillar. No tardaría demasiado en intentar quitársela, imaginaba que entraría por la puerta, tan atractivo como había estado toda la noche, se besarían con ansiedad y… "Zelda, tienes que calmarte, no vayas a fastidiarlo otra vez", se dijo a sí misma sintiendo un ligero vértigo, el alcohol haciendo de las suyas otra vez.
Se sentó en el borde de la cama con la piedra sheikah en las manos. Se entretuvo en mirar anotaciones que había hecho durante los días anteriores. Revisó todo su cuaderno de viaje y puso en orden las imágenes. Añadió una pequeña entrada para recordarse a sí misma que quería saber más sobre el licor de hierbas que habían tomado. "¿Por qué diablos tarda tanto Link?" Lanzó la piedra sheikah a la cama, con un suspiro de resignación. La luz de la luna se colaba a través de los enormes ventanales de su habitación, pero a la vez se intuía que el amanecer no estaba lejos. Esperó y esperó un poco más. Había pasado más de una hora desde que se despidiesen y el cansancio se apoderó de ella.
—¿Alteza? —preguntó uno de los guardias, al verla asomar por la puerta.
—El joven hyliano no ha venido, ¿me equivoco?
—No, alteza. Todo ha estado tranquilo desde que vos llegasteis.
—Bien. En ese caso… y si viniese por aquí… le diréis que estoy durmiendo y he pedido no ser molestada. Por nadie.
Tal vez el portazo que dio fue demasiado brusco, el guardia no tenía la culpa de que a Link se lo hubiese tragado la tierra. Estaba enfadada, no podía negarlo. Además, el efecto del licor de hierbas había desaparecido casi del todo y en esos momentos sólo podía sentir frustración por el hecho de que Link no hubiera aparecido. Imaginó que habría seguido bebiendo junto a Sidon y terminaría tirado en algún rincón del palacio zora, olvidando por completo "las muchas ganas que tenía de besarla".
Cambió su vestido por un fino camisón que los zora le habían dejado, pensó que los asistentes que Dorphan le había buscado no olvidaron ni el más mínimo detalle para su comodidad. Se metió en la cama y apagó todas las lámparas de aceite, excepto una que estaba en la mesilla junto a su cama. "De todas formas no voy a poder dormirme aquí sola" pensó, mientras abría los lomos de cuero del diario de su padre.
Los sheikah dicen que escribir es bueno. Dicen que es como una especie de terapia. Yo no creo que exista remedio ni medicina para soportar mejor el dolor que siento.
Ningún hombre debería estar condenado a ver cómo el amor de su vida desaparece, sin más. Ninguna hija debería perder a su madre… no así.
Zelda comprobó que las anotaciones de su padre eran cortas y caóticas, y que había saltos temporales entre las unas y las otras. Él no hablaba claramente sobre cómo había fallecido su madre en ninguna de ellas, pero estaba claro que aquel trágico suceso lo había cambiado todo por completo.
Es el último acto conmemorativo al que asisto, ya es suficiente. No puedo aguantar ver cómo tiembla la papada del sacerdote supremo mientras alaba virtudes de mi esposa, virtudes que él jamás ha conocido. Todo esto es una pantomima. Si no fuese por mi posición, le daría un puñetazo en la cara.
Tantos nobles, tantos estandartes, tantos honores. Muchos de ellos ni siquiera la habían visto en persona.
...
Esta mañana he encontrado su brazalete sobre la mesa del tocador. Casi puedo verla quitándoselo, como cada noche antes de dormir. He pedido a mis lacayos que lo aparten de mi vista. Creo que lo han llevado en un cofre a los aposentos de Zelda. Algún día lo llevará ella.
...
Llevaba casi una semana sin ver a mi hija. La última vez que estuve con ella fue en el funeral de su madre. Sólo tiene seis años, pero supo cómo comportarse, no deja de sorprenderme. Sus tutores sheikah me dicen que es más inteligente de lo normal para su edad, y es en detalles como ese en el que te das cuenta de que es cierto.
Nunca quise que su primer acto oficial como princesa fuese en el funeral de su madre. Cuando era niño, mi padre me hizo encabezar la competición de tiro con arco y condecorar al vencedor, fue mi primer acto oficial, pero yo tenía ya doce años. Habría deseado algo así para ella.
El caso es que hoy he visto a Zelda en el jardín. Estaba sentada en el suelo, en el césped que rodea una de nuestras muchas fuentes. Sobre las piernas tenía un libro casi tan grande como ella, no sé cómo se las ha apañado para arrastrar un objeto de ese tamaño.
"Hola hija, ¿estás leyendo?"
"¡Padre!" exclamó al verme. Dejó el libro a un lado para abrazarse a mi pierna. Ni siquiera soy capaz de mirarla a los ojos, son los mismos de su madre y aún no estoy preparado para soportar algo así.
"Es un libro de cuentos que me ha dejado la maestra Impa. También tiene dibujos, mira".
El libro es muy antiguo. Es cierto que tiene ilustraciones, pero también el texto es abundante y contiene referencias en el dialecto antiguo. Dista de parecer un libro infantil.
"¿Puedes leerlo tú sola? Es un libro con muchas palabras…"
"Claro que puedo" me dice, ofendida ante la duda. "Habla de una princesa que podía montar en pájaros gigantes y volar. A mí me encantaría volar también" confiesa, apuntando con su pequeño dedo a una de las ilustraciones.
"¿Has hablado con el maestro Maoru?"
"Sí." En su respuesta puedo notar que mi hija ha perdido todo el entusiasmo. "Quiere que me meta en el agua, para rezar. Pero el agua está muy fría, padre. Y ninguna de las princesas de los cuentos lo hacía."
"Uhm. Es cierto. Pero tú eres más fuerte que ellas. Y tienes que obedecer a los maestros, ya sabes que tienes una obligación como princesa de Hyrule. ¿Lo entiendes? Es muy importante que tomes en serio tu papel como princesa, sé que lo harás bien."
"Padre, lo haré y lo seguiré haciendo. Sé que tengo que volver a hacerlo" se repitió. Leer aquello era como volver a verle recordándole cuáles eran sus obligaciones, unas obligaciones que había dejado aparcadas por un tiempo. Cuando cerró el diario ya había plena luz del día. Alguien tocó a la puerta, ella dio permiso para entrar y apareció Alain, el lacayo que el rey le había asignado.
—Alteza real, espero que hayáis descansado.
—Sí, gracias —dijo ella. En realidad había pasado la noche en vela y le dolía bastante el cuello.
—El príncipe Sidon ha preparado un desayuno en la terraza del nivel dos, donde se alojan sus compañeros hylianos. Hace un buen día de sol y me ha pedido que os pida que los acompañéis.
—La verdad… preferiría desayunar aquí en mis aposentos, si es posible —dijo ella. El lacayo no parecía esperar una respuesta así y tardó un poco en reaccionar.
—Como vos ordenéis, alteza, os traeré un desayuno variado. Después tendrá lugar vuestra audiencia con el rey.
—Sí. No lo había olvidado. Gracias Alain, puedes retirarte.
—Alteza —se despidió, haciendo una reverencia.
Aún estaba enfadada con Link, y de forma colateral con el príncipe Sidon, así que no tenía el mayor interés en desayunar con ninguno de los dos. Además, necesitaba estar centrada para el encuentro con el rey.
Se dio un baño relajante y tomó el desayuno que le sirvieron, la mayor parte a base de fruta fresca y un yogur amargo que solían preparar los zora. Eligió otro de los vestidos de su armario, y se arregló el cabello, aunque esa mañana decidió mantenerlo suelto.
Salió al exterior y sus dos guardias formaron tras ella, para escoltarla ante el rey. Al bajar la escalinata descubrió la mesa de desayuno del príncipe Sidon. Él mismo seguía aún allí, desayunando y bromeando con Link y Kei, aunque este último parecía lamentar bastante el enérgico tono de voz del príncipe. Link percibió su presencia y miró hacia ella.
—Sigamos adelante —dijo a los guardias, evitando la mirada de Link.
Fue guiada por el mismo recorrido que había hecho el primer día, cuando llegó allí, pero pasaron de largo del salón del trono. Siguieron caminando hasta una sala contigua, allí era donde Dorphan recibía a sus invitados de forma privada.
—Esperad aquí un momento, alteza —dijo uno de los lanceros.
Ella trató de relajarse, respirando calmadamente. Estaba muerta de sueño, después de desayunar empezó a acusar el cansancio con más claridad.
—¡Zelda! —Link apareció corriendo escaleras abajo —te he llamado antes, no me oías.
—Buenos días —dijo ella, sin mirarle a la cara directamente.
—Buenos días. Te… el desayuno. No has venido.
—Tenía cosas mejores que hacer, como preparar mi entrevista con el rey.
Link abrió los ojos y se rascó tras la nuca varias veces.
—Lo siento mucho, deja que me explique.
—No hay nada que explicar —respondió ella.
—Sidon me entretuvo, se me hizo muy tarde, demasiado tarde —prosiguió él —tenía algo importante que darme. Es… esta armadura que llevo puesta.
Zelda no se había fijado porque había estado evitando mirarle. Él llevaba en efecto una armadura muy elaborada, con ribetes de plata engarzados sobre la tela de la casaca de color azul marino. Nunca había visto un material así, parecía imitar las escamas de la piel de los zora.
—Después de hablar con Sidon pasaron algunas cosas y yo… necesitaba tiempo para estar solo —añadió. En esta ocasión fue él el que desvió los ojos hacia el suelo. Toda la elocuencia y el valor que mostró por la noche gracias al alcohol se habían esfumado.
—¿Es todo?
—Sí.
Ella suspiró y le dio la espalda, girándose hacia la puerta del despacho del rey.
—A-ahora tienes la audiencia. Espero que tengas suerte.
—Gracias.
—Puedo esperar aquí si quieres.
—No, Link —dijo ella, volviéndose de nuevo hacia él —mejor puedes irte a celebrar otra fiesta con Sidon, o a jugar a ponerte armaduras. Ya me las apaño bien yo sola, gracias.
Él la miró con el gesto contraído. Después asintió y no dijo nada más, tan solo se dio la vuelta para alejarse de allí, caminando muy despacio en dirección a la escalinata. El soldado apareció, indicándole que podía entrar a entrevistarse con el rey. Se sintió un poco culpable por haber sido tan dura con Link, después de todo ambos habían estado bajo la influencia de la misma bebida y no podía exigirle demasiado. Ya intentaría arreglar eso más tarde.
—Adelante, alteza.
Zelda avanzó hacia el interior del despacho del rey. Él estaba sentado tras su mesa de escritorio, donde había una enorme pila de papeles y pergaminos. Entre ellos, vio uno con un sello muy peculiar: dos sables cruzados. "No puede ser" pensó, "no lo he visto bien". Apretó los ojos un par de veces, estaba tan cansada que temía que su imaginación le jugase malas pasadas.
—Tenéis cara de cansancio, si me permitís la impertinencia —dijo el rey —¿acaso no es cómoda la estancia hyliana que os he dado? Puedo conseguir algo distinto si así lo necesitáis.
—No, no, majestad. La estancia es perfecta. Es sólo que anoche yo… anoche…
—Entonces es culpa de Sidon. —interrumpió el rey —Alargaría uno de sus banquetes hasta la madrugada. Os pido disculpas, alteza, él a veces olvida los temas importantes y tal vez vos por vuestros modales no pudisteis negaros a su invitación.
—Lo cierto es que lo pasé muy bien en el banquete de Sidon, majestad. No supuso un compromiso, de veras. No se lo tengáis en cuenta, por favor.
El rey rio con la boca cerrada, emitiendo una grave vibración.
—Sois tan considerada como siempre, princesa Zelda. ¿Sabéis por qué os he hecho venir?
Zelda se quedó mirando fijamente al rey. Él tenía una mirada inescrutable, imposible adivinar lo que ocultaban aquellos dos ojos amarillos.
—No lo sé.
—El primer y principal motivo es para comprobar que estáis bien, sana y salva. El sacrificio que habéis hecho… ningún ser sobre la faz de Hyrule vivirá lo suficiente para agradeceros algo así, ni siquiera este viejo rey que tenéis frente a vos.
Zelda abrió la boca para decir algo, pero se quedó muda ante el reconocimiento del rey. Sí, ella había luchado cien años contra Ganon, pero su poder no había despertado a tiempo para muchos. No para salvar a su hija, por ejemplo.
—El segundo, es para que se os reconozca por lo que sois. —prosiguió el rey.
—No sé si os sigo, majestad…
—Cuando Link apareció ante mí, hace casi un año… en mi corte se cuestionó su verdadera identidad. Podría ser él, el hijo de Ralek, el joven caballero el elegido por la Espada, casi un miembro más de mi familia. Pero también podía no serlo, así que se le sometió a una dura prueba.
—Y pretendéis hacer lo mismo conmigo —dijo Zelda, adelantándose a los acontecimientos.
—No es algo que sea de mi gusto —admitió el rey, poniéndose en pie y caminando con lentitud por la estancia —pero el consejo zora insiste. No sabéis la cantidad de usurpadores que han surgido hasta debajo de las piedras.
—Como el rey de Tanagar.
—Veo que ya han llegado hasta vos las noticias.
—Me siento incómoda si mi identidad se está cuestionando —confesó ella, removiéndose en su asiento —pero si no queda más remedio… mi poder no es lo que era, espero que lo comprendáis.
—Lo comprendo y una mínima muestra sería más que suficiente. No sé cómo daros las gracias, alteza. Para mí no hay duda alguna de que sois vos, os lo juro por mi alma. Os veo y os reconozco como la misma joven que me visitaba hace más de un siglo bajo este techo. Pero… el mundo ha cambiado, me temo. Para muchos la realidad se mezcla con las leyendas.
—Ya. —Zelda también se puso en pie —Si no os importa me gustaría retirarme. Podemos proseguir nuestra charla una vez se haya demostrado quién soy.
—Lo siento de veras —reiteró Dorphan, mostrándose afligido por la situación.
Zelda salió algo aturdida del encuentro con Dorphan. Tener que volver a usar la Trifuerza le generaba una enorme ansiedad, ya que no lo había intentado desde la noche de la gran tormenta, cuando derrotaron a Ganon. Necesitaba contarle todo a Link cuanto antes y… lo necesitaba a su lado.
Caminó hacia una de las balaustradas de la terraza de ese nivel. El agua de las cascadas del río zora se derramaba pura y cristalina hacia el vacío.
—Zelda, ¿tendrías un momento para conversar conmigo a solas?
Se giró y descubrió al príncipe Sidon, dedicándole una de sus deslumbrantes sonrisas. Tan sólo él y Link se referían a ella de "tú", aunque nunca había concedido esa licencia al príncipe zora.
—Claro, ¿ocurre algo?
—Bueno, no exactamente. Es sólo que he visto a Link malhumorado esta mañana, y aunque no me ha dicho nada, he pensado que tal vez te enfadaste con él porque no pudo escoltarte anoche, ni tampoco hoy a la audiencia. Pero quiero que sepas que tenía sus motivos.
—Ya he hablado con él de eso —dijo Zelda, sintiéndose incómoda. No le gustaba que otra persona ajena a su relación con él se metiera en medio, aunque fuera con buena intención.
—¿En serio? Me quedo más tranquilo. Tenía la armadura de compromiso guardada para su próxima visita, pero Link se ha demorado más en volver al Dominio de lo que pensé. Anoche no pude aguantar más y tuve que entregársela, él tenía derecho a saber la verdad.
—¿Armadura de compromiso?
Gracias por seguir leyendo y dejando vuestros reviews! Un abrazo, -Nyel2
