Capítulo 6 - La Prueba

Link llevaba todo el día sin estar cerca de Zelda. Todo el día. Sabía de sobra que la princesa estaba enfadada con él por no haber ido a sus aposentos la noche anterior, pero a la vez era extraño que lo castigase de esa manera tan tajante. Tampoco él se perdonaba haber perdido una oportunidad así. Además, excluyendo por completo el tema de la atracción física, sabía que Zelda no podía dormir bien sola y que seguramente no habría pegado ojo en toda la noche. Como mínimo ella esperaba consolarse durmiendo a su lado una noche más, pero él no se había presentado.

Por la mañana habían tenido aquel encontronazo frente al despacho de Dorphan y cuando acabó su entrevista, ella estaba más taciturna, si eso era posible. Él se acercó con timidez a preguntarle qué tal había ido y ella respondió con monosílabos y se marchó para refugiarse en sus aposentos. Durante el almuerzo evitó adrede estar cerca de él, incluso apartaba la mirada cuando se encontraba con la suya, y después de almorzar volvió a desaparecer. Link estaba muy confundido.

Necesitaba hablar con ella para comprobar que todo estaba bien, pero no encontraba la manera de acercarse cuando la sentía tan distante.

Pasó gran parte de la tarde rondando los aposentos de la princesa. Si decidía salir, él estaría cerca para poder hablar con ella. Aquella situación le recordaba terriblemente a sus primeros días como escolta, hacía más de cien años. Siempre la esperaba en la puerta y nunca sabía con qué excusa trataría de desembarazarse de él, huyendo para evitar estar a su lado.

Cuando puntearon las primeras estrellas, se abrió la puerta de los aposentos de Zelda. Ella apareció vestida con el mismo traje celeste de la noche anterior, pero en esta ocasión se había dejado el pelo suelto. Le hizo una seña con el brazo y ella asintió con la cabeza, acercándose a él.

—Hola —saludó Link.

—¿Qué haces aquí afuera? Aún es pronto para cenar.

—Lo sé, pero esperaba que quisieras venir conmigo a dar un paseo antes.

Ella se quedó mirando uno de los ribetes plateados de su armadura. Después cruzó la mirada con él, muy rápido, y aceptó su invitación. Decidieron quedarse en el nivel tres y rodearlo paseando cerca de la balaustrada, desde donde se podían admirar las increíbles cataratas zora.

—¿Dónde está Kei? —preguntó Zelda.

—No lo sé, creo que fue a pescar con Sidon.

—¿Y tú no vas a pescar?

—No, Zelda. Yo quería hablar contigo —dijo él deteniéndose y agarrando su brazo para detenerla también.

—Ya estamos hablando.

—Me refiero a hablar de verdad —dijo él, tratando sin demasiado éxito capturar su mirada.

—Vale, te escucho.

—Ya te lo dije esta mañana, pero yo… siento mucho no haber ido anoche a tus aposentos, créeme si te digo que lo deseaba con todas mis fuerzas, lo deseaba —"te deseo" pensó, mientras sentía que el pulso se le iba acelerando —también siento haberte dejado sola para la audiencia, sé lo mucho que te preocupaba. Ni siquiera te pude ayudar a prepararte para eso.

Ella se agarró a la barandilla tallada en mármol y gemas. Cerró los ojos y respiró profundamente, tratando de embriagarse de la pureza del paisaje. Después abrió los ojos y su semblante volvió a ser tan serio como al principio.

—Dorphan quiere que demuestre ante todos que soy la auténtica princesa Zelda. Al parecer… no todo el mundo cree mi identidad. Tendré que usar el poder sagrado.

—¿Qué?

—Es ridículo, lo sé —dijo ella, bajando la mirada.

—Me parece muy injusto, no lo entiendo —respondió él, apretando los puños.

Ambos guardaron silencio. Ella miraba hacia el vacío, estaba increíblemente hermosa bajo el reflejo de la luna en las cataratas de los alrededores.

—¿Es todo lo que tenías que decirme? —preguntó ella de repente, volviendo a encararle. Los ojos le brillaban, como si fueran a inundarse en lágrimas de un momento a otro. Link intentó pensar a toda velocidad. Ya se había disculpado y había intentado apoyarla frente al rey zora, ¿qué habría hecho mal?

—E…es todo.

—Está bien —ella derramó una lágrima y se giró para ocultársela, mientras reanudaba el paseo.

—No. Espera —dijo él, tirando de su muñeca para retenerla una vez más —sé que he hecho algo mal, pero no sé lo que es. Ella se giró hacia él, aunque no era capaz de sostenerle la mirada más de un par de segundos.

—Aún llevas la armadura de compromiso —un par de lágrimas escaparon de sus ojos esmeralda.

—La… la armadura.

—Sidon me lo ha contado todo —suspiró ella, secándose las lágrimas con la punta de los dedos.

—No entiendo —Link sentía que el estómago se le encogía como si le hubieran dado un puñetazo —No hay nada que contar, esta armadura me la hizo Mipha, era un regalo, es todo. ¿Estás enfadada porque la llevo puesta?

—Link, deja de quitarle importancia, por favor.

—No le quito importancia, pero es que no comprendo qué tiene que ver eso con todo lo demás.

—¿Por qué no me lo has contado todo desde un principio? Que es una prenda de compromiso, que ella la hizo para ti, que… —hizo una pausa para tomar aire —que estaba enamorada de ti. ¿Por qué no me lo has dicho?

Él dio un paso atrás, un tanto aturdido por el giro que había dado la conversación.

—No lo sé. Porque a mí tampoco me gusta hablar de ello, no creas que eres la única a la que le duele hablar del pasado —dijo, sin reprimir la rabia que empezaba a hormiguear en su interior. Detestaba discutir con ella y su único deseo era finiquitar aquel malentendido cuanto antes.

—Tal vez… —Zelda hacía verdaderos esfuerzos por no sollozar —tal vez si ella te hubiera dado la armadura a tiempo… Puede que Mipha siguiera con vida. Todo sería muy distinto.

Link apretó las mandíbulas un par de veces. También él sentía ganas de llorar, pero las reprimió con todas sus fuerzas.

—Yo no sabía nada de sus sentimientos hacia mí, ¿sabes? Era un zoquete, ciego y torpe. Pasamos mucho tiempo juntos, desde que era un niño. Era mi mejor amiga, pero no sabía nada, no podía ni imaginar que ella sintiese algo más allá de la amistad. No se me dan bien esas cosas.

—Lo sé —dijo Zelda, dibujando una sonrisa triste —tampoco te dabas cuenta de mis sentimientos hacia ti.

—Eso es distinto —bufó él, cruzándose de brazos.

—¿Por qué? ¿Por qué es distinto?

—…Porque tú tardaste en-

—Yo no tardé.

Link se quedó callado, estaba confundido y todas las emociones se le apelotonaban en la cabeza.

—Necesito tiempo para pensar —dijo Zelda, muy bajito.

—¿Qué significa eso?

Ella se encogió de hombros y se secó las lágrimas, que volvían a brotar de sus ojos sin control.

—Discúlpate por mí ante Dorphan y Sidon, por favor —le pidió ella, tratando de ganar la compostura —no voy a ir a la cena.

—Zelda, por favor…

Ella suspiró, y dio un par de zancadas para sobrepasarle y alejarse de vuelta a sus aposentos.


—Apenas has comido nada —observó Sidon. El plato de Link estaba casi intacto. —¿Es que no has arreglado tus problemas con la princesa?

Link suspiró y se llenó un vaso de agua que bebió de un solo trago.

—Deberías dejarla tranquila —prosiguió Sidon —después de todo no tienes más que limitarte a custodiarla, ese es tu trabajo ¿no? Ya se le pasará el enfado. Si fuese tú intentaría divertirme. Esta noche podemos ir otra vez al estanque oriental, mis amigos están dispuestos a hacer una competición de licor y pesca.

—Sabes que tiene que someterse a una prueba —dijo Link con seriedad.

—¿Una prueba? ¿Quién, Zelda?

—El consejo de tu padre no consigue aceptarla por quién es. No tienes ni idea de lo que ha hecho durante más de cien años por nosotros. No habrá muchos que lleguen a saber que dormía en la oscuridad, en un rincón sucio y húmedo. O que pasó hambre, sed, miedo. Y ahora tiene que someterse a una prueba. A otra prueba más.

—Y me parece horrible Link. Pero… sabes que los zora no suelen confiar mucho en los hylianos, y menos los más viejos, ya sabes cómo es Mezen —razonó Sidon —La princesa es fuerte. Seguro que lo hace bien y el asunto queda zanjado.

—En vez de intentar convencerme para que vaya a festejar por ahí, podrías convencer a los ancianos de que Zelda no tiene que someterse a nada.

Link arrastró la silla y soltó la servilleta sobre la mesa.

—Link, espera, sabes que tengo las manos atadas. Aún faltan los postres, ¡falta lo mejor!

Él se dio la vuelta y se alejó de la larga fila de comensales que esa noche compartían la mesa. El rey estaba presente y también todos aquellos que miraban con suspicacia a su princesa. No quería parecer maleducado, pero le costaba concentrarse en nada después de su discusión con Zelda.

—¡Link, no te vayas! —Sidon le llamaba desde la lejanía, pero él ya subía la escalinata dando grandes zancadas.

Sin pensarlo dos veces se presentó de nuevo en los aposentos de Zelda. No tenía claro qué iba a decir esta vez, también él estaba dolido con ella, pero prefería volver a verla y así tal vez… al menos así podría apaciguar un poco su ansiedad. Para su sorpresa, encontró a Kei montando guardia en la puerta. Le había perdido por completo de vista desde el desayuno y no esperaba encontrarle allí.

—Kei —dijo Link, al llegar hasta allí —necesito verla. ¿Puedes dejarme pasar?

—No, no puedo.

—¿Qué? Vamos, no estoy para bromas. Deja que pase —insistió Link.

—Su alteza real se está preparando para la prueba de mañana. Me ha pedido que me quede aquí e impida que nadie pueda molestarla —explicó Kei.

—Pero…

—Link, es en serio —dijo Kei con sinceridad —debes marcharte.

Él asintió con la cabeza y deshizo el camino hasta sus aposentos. Sabía que Kei estaba cumpliendo una misión, una misión que normalmente le correspondía a él. Eso le hacía sentir extraño, angustiado… fuera de sí mismo. Se tumbó en la cama y cerró los ojos, tratando de dejar la mente en blanco.


Link despertó y salió muy temprano. Kei no había pasado la noche en la estancia que compartían, seguramente montó guardia durante toda la noche. "El muy idiota" pensó Link, agitando la cabeza con ironía. Por el camino que le llevaba al despacho del rey Dorphan podía ver a los lanceros preparándose y a gran parte del pueblo zora que ya comenzaba a arremolinarse y hacer cola para "ver" la prueba. La guardia zora iluminaría con antorchas el camino que llevaba del palacio zora al monte del trueno, parecía un ritual fijo, ya que hicieron lo mismo el día que él tuvo que enfrentarse al centaleón, hacía un año.

—Maestro Link, su majestad el rey aún no está listo para la prueba —anunció uno de sus guardias, al verle llegar agitado, casi con la lengua fuera por la carrera.

—Necesito hablar con él un minuto —suplicó Link.

—Pero…

—Por favor.

El guardia dudó un momento y Link aprovechó esa sombra de duda para colarse dentro del despacho de Dorphan.

—Maese Link —dijo el rey con sorpresa, solía asignarle ese título de forma habitual —¿qué te trae por aquí? Deberías prepararte para ver la prueba, no falta demasiado.

—Majestad, venía a hablaros justo de eso.

—¿Ocurre algo? —el rey volvió la vista a los papeles y pergaminos, una burocracia que parecía mantenerle ocupado.

—Veréis… ella jamás se negará a hacer cualquier cosa que le pidáis, la conozco demasiado bien —dijo Link, enfrentando los ojos amarillos del rey, que levantó la vista de su trabajo para mirarle —pero es muy injusto que la hagáis pasar por esto.

—"Ella" es su alteza real, imagino. Percibo demasiada cercanía en el trato a un miembro de la familia real, ¿o es imaginación mía?

—Por favor —apretó los dientes y esquivó la pregunta del rey. No tenía ganas de hablar de eso, no cuando cada vez que pensaba en ella sentía un pellizco en el estómago —no lo hagáis. Os juro por mi vida que es la verdadera princesa Zelda, he visto con mis ojos cómo usaba el poder sagrado para derrotar a Ganon. ¿No os sirve eso?

—Ah —el rey suspiró y con aire cansado, levantó un momento la vista al techo—Yo creo en ella, y en ti, Link. Pero es preciso que se muestre ante el mundo. Desde que todo acabó ha estado perdida, vagabundeando de un lado a otro. Nadie supo qué pasó la noche de la gran tormenta, porque nadie estuvo allí para verlo, a excepción de vosotros dos. Hyrule necesita que su princesa se muestre, y que pueda reclamar el trono para ser reina. Si no es así… otros podrían adelantarse.

Link vio que Dorphan estaba respondiendo a una misiva con el símbolo de Tanagar y tuvo que hacer un esfuerzo por contener una mueca de asco.

—No sé quién querría ser reina de un pueblo que no confía en ella —con esas palabras Link dejó al rey, dándose la vuelta para salir de allí cuanto antes. Para él el aire se había vuelto irrespirable y necesitaba calmar su mal humor como fuese.

El cielo se fue nublando conforme avanzaba la mañana. El pueblo zora ya estaba congregado casi al completo, una multitud se posicionaba tras la larga fila de guardias lanceros que abrirían el camino hasta el Monte el Trueno, donde tenían lugar los famosos juicios del rey Dorphan. Un viento helado se levantó, Link sintió que se le ponía la piel de gallina. La luz del día se volvió casi plateada, si no fuese porque estaban a principios de otoño, Link juraría que podría ponerse a nevar de un momento a otro. Caminó en dirección a sus aposentos, esquivando a la multitud como podía. Cuando llegó allí, encontró a Kei dentro, preparándose para salir.

—¿Qué diablos haces aquí? ¿No estabas escoltando a Zelda?

—Sí —dijo Kei, revolviendo algo en su equipaje —pero esos tipos del consejo zora me han echado.

—No puedo creerlo, ¿por qué? ¿Por qué no me has avisado?

—Son unos tipos raros Link, no consigo terminar de entenderme con este pueblo. Al parecer piensan que si uno de nosotros está cerca de su alteza real podríamos manipular la prueba. No me preguntes de qué manera, esos viejos llenos de escamas están locos.

—Es increíble —reiteró Link, sin poder asimilar tal nivel de humillación —ahora mismo voy a arreglar esto.

—No. Espera.

Link se giró hacia Kei, sorprendido por la seriedad de su tono.

—Sé que esto te va a resultar… En fin. Su alteza real ha aceptado esas condiciones, Link. Ella… me ha pedido que me alejase y te mantuviese alejado.

Link se dio la vuelta y descargó un fuerte puñetazo contra un armario de madera. La puerta se hizo añicos allí donde había impactado su mano. Cuando se giró hacia Kei, éste le observaba con los ojos como platos, temeroso de abrir la boca para decir nada.

—Lo… lo siento —balbuceó Link. Uno de sus nudillos se había ensangrentado por la violencia del golpe. —yo… n-normalmente no me enfado así.

—Está bien, lo entiendo —dijo Kei —lo mejor es que nos abriguemos bien y salgamos cuanto antes. Hay tanta gente que incluso nosotros tendremos dificultades para llegar al monte del trueno.

Ambos salieron sin perder un segundo, echándose las capas por encima. Kei tenía toda la razón, una inmensa multitud se apelotonaba tras el estrecho pasillo de antorchas y lanzas por el que tendría que desfilar la princesa camino a la prueba. Con el primer redoble de tambor, un copo de nieve se posó sobre la mejilla de Link, que miró hacia el cielo para ver que muchos otros descendían con la cadencia de una pluma.

—Vamos —dijo Link, tirando de Kei —si no podemos ir con ella, iremos a su lado detrás de la fila de guardias.

Zelda apareció al fin, levantando murmullos y comentarios entre todos los asistentes. Vestía su fina túnica de ceremonias, al parecer Impa le había conseguido una nueva, idéntica a la que usaba antaño. Tenía las mejillas rosas por el frío, aquel atuendo era prácticamente como no llevar nada puesto, debía estar muerta de frío y con los pies helados en sus finas sandalias. Comenzó a andar por el pasillo de lanzas y antorchas, seguida a cierta distancia por el rey, el príncipe Sidon y el consejo zora, encabezado por Mezen. Tanto Link como Kei la acompañaban en paralelo, tras la barrera de público y soldados. No parecía seguro que Zelda hubiese advertido su presencia, ya que caminaba con firmeza, mirando al frente sin desviar su atención del camino.

Entre copos de nieve la comitiva alcanzó la cima del monte del trueno. Allí el rey congregó al consejo y la multitud se arremolinó en orden formando un espacio circular delimitado por la fila de soldados. El rey caminó junto a Zelda hasta el centro de aquel círculo, el mismo corazón de roca del monte, donde antaño Link había librado su propia batalla.

—Querido pueblo del Dominio —dijo el rey, elevando la voz para que todos le oyesen. El silencio que se hizo fue rotundo —Estamos aquí reunidos para presenciar un milagro. El milagro del fin de una era de oscuridad, el milagro de la supervivencia del espíritu bendecido por el poder sagrado de la Diosa Hylia. La princesa Zelda de Hyrule ha vuelto, ha regresado de entre las sombras para reclamar su trono, y proclamarse reina. Os ruego atención y riguroso silencio.

El rey miró a Zelda y ella le devolvió la mirada, asintiendo casi imperceptiblemente con la barbilla. El rey se alejó y la dejó sola en el centro del círculo.

Link observó cómo todo el mundo contenía la respiración, con los ojos fijos en la princesa, mientras la nieve caía en silencio sobre sus cabezas. Ella levantó la vista hacia el público y paseó los ojos entre la gente. Buscaba algo. ¿Lo buscaría a él? Sí, tenía que ser eso. El corazón comenzó a latirle con fuerza contra las costillas, se movió como pudo, forcejeando entre los zora apiñados tras los guardias, para ponerse a su vista. Pero Zelda cerró los ojos para concentrarse. La vio respirar tomando aire para expulsarlo con fuerza. Una nube blanca salía de su aliento con cada respiración. Después elevó la mano al cielo, con la palma abierta. Pasaron los segundos. Un minuto. Había demasiada tensión y cada segundo era largo, como una edad. Link pudo percibir algo de tensión en sus piernas, y en el codo de la mano que tenía alzada. Algo no iba bien. La luz dorada no aparecía y ella parecía dudar.

—¡Basta! —gritó él, en medio de la multitud silenciosa.

Entonces ella consiguió localizarle y giró la cabeza hacia él. De repente la energía brotó por su brazo como un torrente hasta llegar a la palma de la mano. Los triángulos dorados aparecieron como un disco cegador que flotaba sobre su mano. El público rompió el silencio con murmullos y alabanzas a la Diosa. Muchos incluso cayeron al suelo de rodillas.

Zelda aguantó un poco más, pero la luz se disipó por completo, como un fuego moribundo que se apaga con una ráfaga de viento. Bajó el brazo y dio un paso tembloroso atrás. Parecía aguantar el tipo, pero las fuerzas le fallaron y se desvaneció cayendo al suelo.

—¡No! —Link embistió con el hombro, llevándose por delante a público y guardias. Rompió el círculo y corrió a grandes zancadas hasta el centro del monte, Kei aprovechó para colarse y seguirle por detrás. Link fue el primero en llegar a Zelda, llegó antes que Sidon y los asistentes del rey.

Levantó la cabeza de la princesa para apoyarla en su regazo, y se quitó la capa para protegerla del frío. Tenía los brazos, las manos, cualquier parte del cuerpo helada.

—¿Está bien? —preguntó Sidon, alarmado al ver que ella seguía inconsciente.

—Ahora duerme —dijo Link —le pasó lo mismo la noche de la gran tormenta. Ha llegado a su límite y esto se ha convertido en algo peligroso.

—Lo siento mucho, Link —se lamentó Sidon, agitando la cabeza con resignación.

—Maese Link, lamento que esto haya terminado así. —dijo el rey Dorphan, que también llegó hasta su posición junto con otros más rezagados.

—Al menos ahora todos lo hemos visto. Es la verdadera princesa Zelda —dijo el viejo Mezen. Link le lanzó una mirada de desprecio y tomó a la princesa en brazos, acunándola con cuidado para que su cabeza estuviera bien sujeta. Se alejó del círculo sin decir nada, escoltado por Kei y Sidon.

El rey hizo un gesto y los guardias les abrieron paso. Toda la multitud se mantuvo en silencio, viéndolos marchar con solemnidad.


Acostaron a Zelda en su cama. La cubrieron con una esponjosa manta rellena de plumas y encendieron unas estufas de aceite que Sidon ordenó que llevasen a los aposentos.

—Aún tiene las manos heladas —observó Link. Estaba sentado en el borde de la cama, no se separó de su lado ni un instante.

—Entrará en calor, seguro —dijo Kei, que también se había mantenido con una expresión desencajada desde que tuvo lugar la prueba.

—Link, dime si hay algo más que pueda hacer —sugirió Sidon. Era extraño verle hablar con tanta seriedad.

—No. Dejadme un momento a solas con ella, en seguida voy con vosotros —pidió Link.

Sidon asintió y tanto él como Kei marcharon para abandonar los aposentos de Zelda, cerrando la puerta con delicadeza para no molestar.

La luz de la luna se colaba por el ventanal que había al lado de la cama y la nieve caía con fuerza en el exterior dejando un manto blanco, todo parecía cubrirse con un halo brillante y plateado. Bajo aquella luz, Link observaba a Zelda con un pulso de dolor en el pecho. Sentía haberle fallado, pero si tuviese que volver atrás no encontraba otra manera de hacer las cosas… tal vez haberle contado lo que había averiguado sobre Mipha desde un principio, pero aquello era algo que también a él le había perturbado y no sabía cómo manejarlo.

Frotó las manos de la joven una vez más y después las metió bajo la manta, arropándola. La respiración de Zelda era suave y calmada, su expresión transmitía paz. Rodeó su cara con la mano y le acarició la mejilla con el pulgar. Estuviera enfadada con él o no, ella era superior a sus fuerzas. Se acercó muy despacio y la besó en los labios. Se esforzó en dejar marcada la caricia cálida de su boca sobre el tacto suave pero más frío de la de ella. Aunque se resistía a hacerlo, se apartó de ella y dejó la habitación.

—Que nadie entre ni salga de aquí sin que yo lo sepa —ordenó a los guardias que la custodiaban.

—Sí, maestro Link —respondió uno de los guardias.

Encontró a Kei y Sidon esperándole en el exterior, estaban conversando fuera del alcance del oído de los guardias, con gesto intranquilo.

—¿Todo bien? —se preocupó Sidon, al verle llegar.

—Sí, duerme tranquila. La otra vez tardó días en despertar —dijo Link, rememorando los días posteriores a la noche de la gran tormenta. —Espero que esta vez sea menos tiempo.

—¿Por qué le pasa eso? —preguntó Sidon.

—No lo sé. Tampoco los sheikah lo saben —dijo Link, agachando la cabeza —es como si esa energía la vaciase por dentro. Ha estado durante cien años usándola sin descanso y ahora… ahora su cuerpo se ha vuelto vulnerable a su efecto.

—Si mi padre hubiera sabido que existía este peligro, tal vez…

—Da igual —interrumpió Link —Estoy agotado, vayamos a comer algo.

—Ojalá tuviese los poderes curativos de mi hermana —añadió Sidon —al menos ella podía hacer algo para ayudar.

Link asintió en silencio, incapaz de pronunciar palabra al respecto.

Los tres acordaron ir a cenar sin más demora. En esa ocasión la cena tendría lugar en un lugar más privado, en los salones del nivel uno. Sidon pidió al rey que le dejase cenar a solas con sus dos amigos, y pidió expresamente que ningún miembro del consejo zora apareciese para perturbarles. Dorphan consideró lícita la petición, y les dejó proceder sin problemas. También el rey parecía disgustado con todo lo que tenía que ver con la prueba del monte del trueno.

El nivel uno estaba dominado por una fuente en el centro de la plaza, y en esa fuente se alzaba una efigie homenaje a la princesa Mipha. Link no se había atrevido a mirarla ninguna de las veces que habían pasado por allí, ver sus ojos vacíos tallados en piedra era lo mismo que recibir un puñetazo en el pecho. Aquella noche, sin embargo, Link se atrevió a encarar sus sentimientos. Se disculpó durante la cena con la excusa de necesitar tomar el aire y salió a la plaza, donde se alzaba la estatua. Había parado de nevar, aunque la noche era muy fría.

"Sé que tú no habrías querido nada de esto que ha pasado, y menos en tu propia casa" dijo Link, dirigiéndose mentalmente a la estatua de Mipha. "Lo sé porque tú cuidabas de la princesa como el que más, hasta dejarte la vida. No sé si por aquel entonces te habías dado cuenta de que yo… tal vez sí sabías lo que sentía por ella, por la Diosa, soy tan torpe que seguramente todo el mundo se daba cuenta. Nada de eso debió ser fácil para ti, no debe ser fácil ver cómo la persona a quien quieres tiene los ojos en otra. No… no mereces nada de lo que pasó. Sólo… espero que tú también me perdones."


—Oye, Link, despierta. Despierta —Kei lo zarandeaba del brazo, pero él se resistía a moverse.

—¿Qué pasa? —gruñó él, frotándose los ojos, había dormido profundamente y le costaba reaccionar.

—No es una buena noticia —dijo el sheikah con preocupación. Link se incorporó hasta sentarse en la cama.

—Dime qué diablos pasa, me pones nervioso con tanta intriga.

—La princesa Zelda se ha marchado.

—¿Qué? ¿Estás loco? No estoy para bromas, Kei.

—No es una broma. Ha dejado esto para ti.

Kei dejó caer un pergamino en el regazo de Link. Él miró el rollo de papel por todos lados, como si no terminase de creerlo. Rompió el sello y extendió el papel para leer el contenido.

Cuando abras esta carta, ya me habré marchado.

Link no pudo seguir mirando el resto de líneas, la vista se le nublaba. Se vistió con prisa y salió corriendo de la habitación.


Nota:

Hola amigos! La semana pasada fue un poco angustiosa porque algo se jodió dentro de ffnet y los reviews que me mandabais dejaron de publicarse, me llegaban al email pero no aparecían publicados en la página. Por suerte algo hicieron que ahora sí se ven (espero que todos y ninguno se haya perdido por el camino), el problema es que algo sigue jodido con el servidor de correo porque no me llega ninguna notificación al email, así que entraré de vez en cuando en ffnet (traducción de "de vez en cuando": modo yonki on) a ver si hay alguna novedad xD

Gracias de corazón a los lectores, nuevos followers, nuevos likes y por supuesto gracias por todos vuestros reviews ;)

-Nyel2