A ver, a ver… Sabéis que intento responder vuestros reviews por PM siempre que puedo :) Pero hay un review anónimo que quiero responder, lo haré por aquí ya que no puede ser por PM.
Querido/a "Guest-20Feb", no me molestan tus palabras, todos vuestros reviews son mi combustible, mi gasolina! Así que estoy encantada de que compartáis vuestras palabras ya sea a través de un usuario o de forma anónima, no me importa el modo y estoy muy muy agradecida por ello :) ¿Cómo saber si una historia/trama tiene sentido o no para otros si nadie te dice nada? No te preocupes por eso, de verdad ;)
Tengo que decirte, Guest, que tienes razón cuando dices que Link ha sido muy infantil, lo ha sido! Y Zelda ha sido tan infantil como él :) Ambos tienen que madurar y aprender, el hecho de acabar con el cataclismo, el hecho de haber conseguido tantas cosas increíbles no les hace ser maduros en absoluto, y menos en el tema sentimental, donde (si lo piensas bien) apenas están conociéndose y adentrándose. Respecto a lo de disculparse… bueno, ya veremos quién se disculpa (en mi visión externa, ambos deberían disculparse porque ambos han cometido errores).
Un fuerte abrazo y gracias por decir lo que pensabas :)
Capítulo 8 - Mi vida sin ti
Link echó a correr en dirección a los aposentos de Zelda, escaleras arriba. Kei lo perseguía intentando frenarle, pero todo fue en vano, entró como un huracán en la habitación de la princesa para encontrarla vacía. Se había marchado de verdad. Todo parecía revuelto pero su equipaje no estaba. Mientras un vértigo se apoderaba de su estómago, Link apretó los puños y salió a interrogar a uno de los guardias zora de la entrada.
—¿Cuándo se ha marchado su alteza real? ¿Cómo os habéis atrevido a dejarla ir así? —preguntó Link al guardia, con brusquedad y acercándose más de lo debido para intimidarle.
—Maestro Link, su alteza partió muy temprano esta mañana, aún no había salido el sol. Nosotros no pudimos detenerla, era su deseo marchar —se justificó el guardia.
—¿Y se puede saber por qué diablos no me habéis avisado?
—Link, oye Link… —intentó mediar Kei, tirando de su brazo para que dejase de agobiar al guardia zora.
—¡Déjame! —se zafó él, mientras seguía encarando al zora, que lo observaba con cara de asombro.
—Link, escúchame de una vez —dijo Kei tirando con más fuerza. Él se giró para prestarle atención —Estos guardias no tienen la culpa, deja de atosigarlos así. Su alteza real se ha marchado y es libre para hacerlo, no podemos hacer nada con eso ahora mismo. Así que sugiero que pensemos en el próximo paso.
Link resopló con fuerza y entró dando grandes zancadas en la habitación de Zelda. No daba crédito a lo que había ocurrido, ¿cómo podía precipitarse todo de esa manera en tan poco tiempo? Se sentó en el borde de la cama, tratando de calmarse y encontrar una explicación.
—No lo entiendo —murmuró, cuando vio que Kei entraba también, cerrando la puerta tras él.
—No sabemos a dónde habrá ido, pero si hacemos el equipaje y salimos de inmediato aún podemos encontrar su rastro.
—Habrá ido con los sheikah —razonó Link —con cualquiera de ellos.
—¿Qué dice el mensaje que te ha dejado?
—Es personal —respondió Link. Lo cierto era que no lo había leído, la angustia no le permitió leer más allá de la primera línea, pero sabía de sobra que aquello no era algo que pudiera compartir con Kei ni con nadie más.
—Y… ¿qué hacemos entonces?
—Si se ha ido de esa manera es porque no quiere que la siga.
Kei frunció el ceño, tratando de sopesar cuál sería la decisión más correcta.
—Tú puedes ir tras ella si quieres —intervino Link, al verle dudar —yo he ido tras ella muchas veces. La diferencia es que esta vez se va para alejarse de mí.
—Tengo que ir a buscar a su alteza real, para mí es lo correcto, por eso me envió Impa —dijo Kei, tras unos instantes de silencio.
—Lo entiendo.
—Buena suerte, Link.
El sheikah se despidió con estas palabras y salió de la estancia, dejando a Link a solas. Durante un buen rato estuvo intentando encajar todas la piezas en su cabeza, mientras le invadía una profunda sensación de amargura. Si iba a buscarla de inmediato sería como forzar una situación incómoda, Zelda se había alejado para poder distanciarse de él. Eso le resultaba doloroso e incomprensible a partes iguales. Haciendo un enorme esfuerzo, desenrolló el pequeño pergamino que ella le había dejado escrito.
Cuando abras esta carta, ya me habré marchado.
No sé ni cómo empezar a escribir estas líneas, me fallan las fuerzas. Link, en estos momentos siento que… Es que me hago muchas preguntas, demasiadas tal vez, hay muchas cosas en mí que no consigo entender y pérdidas que no he superado, aunque pensé que sí lo había hecho. Me siento angustiada. Por favor, dame tiempo. Déjame pensar, déjame entenderlo todo. Necesito que tú te sientas liberado de tus obligaciones hacia mí, esta vez en serio. No somos los mismos de hace cien años. Y a pesar de todo, igual te suena raro que te lo diga justo ahora que me he alejado, pero es la verdad… te quiero.
-Zelda
Link tardó un tiempo en darse cuenta de que los ojos se le habían humedecido. Se frotó la cara con rabia e hizo una bola con el papel, arrojándolo al otro extremo de la habitación.
Era rara la sensación de levantarse sin tener nada que hacer, pero Link ya se había acostumbrado a buscar alguna excusa para entretenerse. Sidon era el perfecto compañero de aventuras, siempre tenía algo planificado, así que durante semanas estuvo de pesca, fabricando armas, cazando y nadando río arriba río abajo. Ocupaba sus horas con actividades frenéticas que lo dejaban agotado, por las noches llegaba tan cansado a la cama que apenas se tumbaba caía fulminado por el sueño. El esfuerzo físico era una forma muy eficiente de no pensar en ella.
—Link, ha llegado otra carta para ti —dijo uno de los guardias zora con el que tropezó al ir a sus aposentos.
—Gracias —dijo él, aceptando un pequeño rollo de pergamino.
El sello de cera que lo cerraba tenía las iniciales "ZB", así que, como había hecho con el pergamino anterior, no se molestó en abrirlo y lo dejó junto al otro, sobre la mesa de su escritorio.
Aquella noche había una cena organizada por el príncipe zora en el Estanque Oriental, y él acudió sin dudar, como otras veces. No solía tomar el licor zora, al que acusaba indirectamente de algunos errores cometidos, pero por una vez se animó a tomar un par de copas. Tras la velada, llegó con una sensación de vértigo y embriaguez a sus aposentos, donde se dejó caer de bruces sobre la cama. Allí estaban las dos cartas de Zelda, sobre el escritorio, mirándole con ojos acusadores, como si aquellos rollos de papel tuviesen vida propia. Además, el alcohol sólo servía para que volviese a pensar en ella de manera descontrolada, servía para recordar sus besos como si los estuviese reviviendo allí mismo y para imaginar otros mucho más íntimos, otros que aún no se habían dado. En medio de aquel borrón de emociones seguía sin comprender por qué ella necesitaba alejarse de él, si ella decía quererle y si ya habían estado separados durante más de cien años, ¿de verdad era necesario poner más tiempo a ese enorme lastre? Tal vez el pergamino de "ZB" tuviera alguna respuesta.
—Maldita sea… —murmuró, levantándose para alcanzar el pergamino más antiguo.
Ya sé que esta carta es una contradicción respecto a lo de poner distancia, no tendría que haberla escrito y creerás que estoy loca, pero a estas alturas poco importa eso. Sólo quería decirte que me he establecido en la aldea de Hatelia. Sigo necesitando tiempo y... espero que estés bien. Rezo para que estés bien.
-Zelda
Tomó aire, el corazón le latía a toda velocidad y sin perder ni un segundo abrió el segundo rollo de pergamino.
He conocido a Cecille y su familia, me han hablado de ti. Prunia no sabe que te escribo y yo tampoco sé por qué lo hago, pero necesito hacerlo.
-Zelda
Los días pasaron más rápido de lo que cabía esperar, el invierno no había acabado en Dominio, pero ya se sentía el inicio de una primavera temprana que había derretido la nieve de los picos cercanos y había hecho crecer la aguas de los ríos. Link había caído enfermo. Llevaba tres días postrado en la cama, con una fiebre alta que le robaba toda la energía.
—¿Qué tiene? ¿Por qué no se recupera? —preguntó Sidon, impaciente ante el médico zora que examinaba a Link.
—Es difícil de decir, pero diría que se ha enfriado por culpa de la humedad. Es ya bastante raro que un hyliano haya aguantado tanto tiempo viviendo en el Dominio sin caer enfermo —justificó el médico —convendría que se marchase a un lugar más seco, alejado de la humedad que se aferra a sus pulmones.
—Ridículo —dijo Sidon, cruzándose de brazos —Link es prácticamente uno más de nosotros, aguantaría debajo del agua semanas si eso fuese necesario.
—Alteza, siento interrumpir —dijo un guardia zora, irrumpiendo en la habitación —hay una carta para el Maestro Link.
Link se incorporó en la cama en medio de sudores y una tos que lo había dejado afónico. La carta era de "ZB", no había recibido ninguna más después de las dos primeras y pensó que no volvería a hacerlo. Sin perder un segundo rompió el sello y desplegó el fragmento de papel.
He estado en Ciudad Goron. Yunobo quiere verte, dice que le debes una visita. Espero que esta carta te llegue estés donde estés, no sé si sigues allí, he querido imaginar que sí.
-Zelda
Así fue como Link decidió abandonar el Dominio Zora y poner rumbo a Ciudad Goron. La carta de Zelda fue tan balsámica para su corazón y su ánimo como el hecho de volver a viajar. No había respondido ni una sola vez, tal vez… tal vez debería hacerlo. Tal vez así no tendría que vivir atormentado ante la idea de que cada carta fuese la última, de que jamás volviese a llegar a sus manos un trozo de papel sellado con sus iniciales y escrito con su particular caligrafía. Al fin había comprendido que para ella era tan difícil mantener la distancia como no hacerlo, por eso fue ella y no Yunobo quien había escrito el último pergamino. Link tomó eso como una buena señal y cabalgó hacia la Montaña de la Muerte en cuanto la fiebre se lo permitió.
—Las mujeres son incomprensibles, Link, no le busques una explicación —dijo Rotver.
Se había encontrado de casualidad con el viejo sheikah de camino a Ciudad Goron, en la posta de la Montaña. El viejo Rotver era su sheikah favorito. Era el menos estirado de todos, el más indulgente, y siempre le había apoyado en todo, en particular en sus sentimientos hacia la princesa Zelda. Con él era el único con el que compartía ese tipo de confidencias.
—Sólo quiero entenderlo —dijo Link, con la voz aún rota por su afonía —no puedo vivir sin ella. Mírame, soy un completo desastre.
Rotver soltó una carcajada y pegó un trago de su famoso licor de café.
—¿Por qué no se lo dices, muchacho?
—Ella me ha pedido distancia, y eso le he dado. Que no cuente conmigo m-me hace daño. Y no quiero recibir otra respuesta que… no lo sé.
—Toma, bebe esta poción cada ocho horas —dijo Rotver, ofreciéndole dosis en pequeñas probetas que tenía guardadas en el zurrón —tienes la misma voz que un cuco desplumado. Diablos, menuda pulmonía tienes.
—¿Tú qué harías? —preguntó él, bebiendo entero el contenido de una de las probetas.
—Un acercamiento progresivo podría ser la solución intermedia —dijo el anciano sheikah, sosteniéndose la barbilla con aire pensativo —Ve a un lugar seco. Cúrate ese constipado y establécete como ha hecho ella. Y responde sus cartas, demonios, me parece increíble que tenga que decirte eso.
—Sí, tienes razón —admitió él, agachando la cabeza con arrepentimiento.
—Y díselo, cuando llegue el momento —añadió Rotver.
—¿El qué?
—Ya sabes. Todo lo que tengas que decirle.
Link dejó la casa de Cecille, Nana y Robert en cuanto pudo. Estaba muy cansado, no sabía hasta qué punto estaba cansado hasta que apuró la cena y el sueño hizo que los párpados le pesaran a plomo, por momentos estuvo a punto de caer vencido sobre el plato del postre. Las horas sin dormir a caballo desde Ciudad Goron habían pasado factura, pero al fin podría descansar. Cuando vio aparecer a Symon en la Montaña de la Muerte el corazón le dejó de latir. Sabía que si él se desplazaba hasta allí era porque algo malo le habría ocurrido a Zelda, salió a tal velocidad que olvidó todos sus objetos personales en Ciudad Goron, tan sólo se echó la Espada Maestra a la espalda y el puñal en la bota. Por suerte, y después del susto inicial, aquella sería la primera noche tranquila de muchas noches de insomnio y pesadillas. Ella había sido agredida, sí, pero él podría trabajar personalmente para detectar al agresor y además, dormiría bajo el mismo techo que ella, no había un bálsamo mejor en el mundo.
Cuando llegó a la enorme casa de Zelda, despidió al hombre que había dejado en la puerta para que marchase a descansar. Entró sin hacer ruido, descalzándose y apartando las botas en la entrada. Todo estaba a oscuras, ella debió irse a dormir pronto. Prunia le había contado que Zelda debía tomar una pócima del sueño durante tres días para calmar sus dolores y asegurar su descanso. Aun así, necesitaba comprobar que ella no había cometido la extravagancia de esquivar al guardia de la puerta y salir en mitad de la noche, así que subió las escaleras que conducían hasta el ático con toda la cautela que le fue posible. Abrió la puerta de su habitación y se coló en su interior. Entre sombras vio que Zelda dormía en su cama, así que respiró tranquilo y se marchó de allí lo antes posible, cada fracción de segundo dentro de aquel dormitorio suponía para él una fuerte llamada a cometer un error.
Sus aposentos en la planta baja eran amplios y muy agradables. En realidad todo allí era muy agradable porque la casa entera olía a Zelda. Era como si ella estuviera por todas partes, en las flores secas del jarrón que olvidó cambiar, en los libros abiertos y llenos de anotaciones que ocupaban casi cualquier rincón de la casa, en los lienzos de símbolos sheikah que había elegido para decorar algunas paredes y en las migas de bizcocho de frutas que quedaban sin limpiar en la encimera de la cocina. Igual era su imaginación jugándole una mala pasada, pero parecía como si hasta las sábanas de su nueva cama se hubieran impregnado de la esencia de Zelda, y estaba tan necesitado de eso que se envolvió con ellas hasta la cabeza.
Unos golpes repetidos lo despertaron a la mañana siguiente. Se levantó de la cama de un salto, su intención era madrugar y ponerse a trabajar lo antes posible, pero supo que había dormido más horas de la cuenta. Subió hasta el segundo piso y encontró a un joven hyliano reparando una ventana rota en el fondo de la sala de la biblioteca.
—Hola… —saludó Link, arqueando una ceja.
—Hola —respondió el joven, sin girarse ni frenar su actividad.
—Soy Link, y tú eres…
—Soy Karad.
—¿Puedo ayudarte?
—No hace falta. Le dije a su alteza real que la ventana estaría reparada antes de que ella vuelva y así será.
—¿Y sabes dónde está su alteza real? —preguntó Link, usando un tono un tanto irónico.
El joven se encogió de hombros y siguió con su reparación.
—¿Cómo se rompió la ventana? —preguntó Link de repente.
—Fue un altercado. El ladrón que entró a la biblioteca trató de escapar por aquí y se arrojó contra el cristal. Su alteza real intentó detenerle y ambos atravesaron la ventana, cayendo al río.
—¿Su alteza real? —preguntó Link, frunciendo el ceño.
—Lo sé, ella es increíble, ¿verdad?
Link agitó la cabeza con una mezcla de incredulidad y resignación y dejó que Karad siguiese con su trabajo a solas.
Cuando llegó a la planta baja alguien tocó a la puerta principal.
—¿Sí? —preguntó él, abriendo para recibir la visita.
—Soy Clavia, la vecina de al lado. He traído esto para su alteza real, aquí tienes.
La mujer le tendió una cesta que desprendía un olor tan irresistible que, sin poder evitarlo, le hizo salivar y que su estómago se retorciese de deseo.
—¿Se lo darás? Lo he hecho sólo para ella —preguntó la mujer, inspeccionándole con desconfianza.
Él agitó la cabeza con energía y no dijo nada más. La vecina se marchó y él depositó la cesta sobre la mesa de comedor que había en el salón principal, justo a la entrada de la casa. "Sólo voy a ver qué es lo que huele tan bien" se dijo a sí mismo cuando retiró el paño de cuadros que cubría la cesta. Había una hogaza de pan recién hecho, aún estaba caliente. El pan bien podría untarse con el contenido de un tarro de mermelada de fresa y arándanos que también había en la cesta. Había una pequeña pieza de jamón horneado que tenía una corteza crujiente y caramelizada recubriéndolo. Frutas, huevos rellenos y un yogurt casero completaban el conjunto. Cuando Link terminó de revisarlo todo, le temblaban las manos. Había pasado semanas comiendo pescado en el Dominio zora y aunque siempre le había gustado acabó cansado de comerlo una y otra vez, y la comida en Ciudad Goron no era mala, pero comía sobre todo carne de avestruz asada a la parrilla, era el único en comer y cazar por allí, ya que los goron basaban su gastronomía en las rocas de la montaña. Aquella cesta tenía comida hyliana casera y aparte de la cena de la noche anterior, hacía siglos que no disfrutaba de una buena comida hyliana ni de un pan recién hecho.
—Por la Diosa —dijo, apretando los ojos mientras agarraba un pellizco de pan. La corteza tibia crujió entre sus dedos, produciendo un placentero sonido. El pan era crujiente por fuera y tierno y esponjoso por dentro —De acuerdo, un poco de mermelada sólo para probar.
Después de eso, ya no pudo parar. Buscó en la despensa de Zelda y encontró un poco de queso y también media botella de leche, que usó para acompañar el festín. Su intención no era comer tanto, en algún momento tenía que detenerse, aquella comida era específicamente para Zelda y él tenía que dejarle algo. Pero llegado a cierto punto lo mejor era comerlo todo y hacer como si la vecina nunca hubiera aparecido con la cesta.
Cuando acabó el último bocado se aflojó el cinturón y se dejó caer hacia atrás en el respaldo de la silla, regocijándose de aquella sensación de plenitud. Entonces la puerta de la entrada se abrió repentinamente y Prunia y Zelda entraron en la estancia. Ambas iban discutiendo sobre algo con energía y tardaron un poco en reparar en su presencia.
—Link, ¿qué haces ahí? —preguntó Prunia —¿aún no te has peinado? Parece que te acabas de caer de la cama.
—Yo… he intentado madrugar, pero… —balbuceó él, enrojeciendo sin poder evitarlo.
Justo en ese momento apareció Karad, escaleras abajo. Llevaba todas sus herramientas guardadas en una caja de madera con un asa para transportar.
—Alteza, ya tenéis la ventana reparada —anunció él.
—¿En serio? Eres increíble, no deberías haberte molestado, sé que tienes mucho que hacer. Gracias por todo —dijo Zelda, sonriéndole.
Link reparó en que Karad dio un paso adelante, acercándose a la princesa para que ella no pudiera evitar rozarle sin querer cuando él avanzase para marcharse de allí. Sabía que todo era intencionado porque él mismo había utilizado esa misma técnica miles de veces, casi podía decirse que ese movimiento lo había inventado él. "Ese carpintero bastardo" pensó, atravesándole con la mirada.
—Así que se te han pegado las sábanas —dijo Prunia con malicia, una vez Karad se hubo marchado.
—Quería madrugar, pero es que había poca luz en ese dormitorio y no he podido darme cuenta de si había amanecido —replicó él, fabricando la excusa al vuelo.
—Tienes mermelada en la boca —observó Zelda.
Él trató de limpiarse de inmediato, agarrando el trapo que cubría la cesta.
—Más vale que lo dejes, tienes tanta mermelada que necesitarías darte un baño para limpiarte —añadió Prunia —por cierto, ¿qué es eso? ¿Has estado desayunando? Aunque bien podría decirse que has estado almorzando, viendo la hora que es…
—S… no. Sí. He encontrado esto por ahí y he comido un poco —dijo él.
—¿Lo has encontrado por ahí? —interrogó Zelda. Movió los ojos de la cesta vacía a Link varias veces, hilando la situación. —Esa cesta parece de Clavia. Ella siempre me trae comida en cestas como esa.
—Link, no te habrás comido la comida de su alteza real, ¿verdad? —preguntó Prunia.
—No.
Hubo un silencio que de repente fue roto por una enorme carcajada de Zelda.
—No me lo he comido, de verdad —insistió él, poniéndose en pie para seguir justificándose. Zelda no podía parar de reír, cuando parecía tomar aire para calmarse veía la cesta arrasada y comenzaba a reírse de nuevo.
—Es increíble, Link —refunfuñó Prunia —no has madurado lo más mínimo. Te he traído para ayudar, no para que te pases el día durmiendo y comiéndote la comida que traen las vecinas.
Zelda rio más alto al escuchar las quejas de Prunia, incluso se le saltaron las lágrimas y empezó a frotarse los ojos en medio del ataque de risa.
—Sólo he comido un poco, la cesta estaba por ahí, no sé nada de una vecina —volvió a decir él.
—Bueno, ya es suficiente —dijo Prunia, manteniendo la seriedad —subamos al estudio, necesito hablar con ambos.
—Ah, por la Diosa, está bien —dijo Zelda, consiguiendo calmarse un poco mientras se enjuagaba las lágrimas.
—Link, deberías limpiarte bien la boca antes de venir, así no hay quien pueda trabajar en serio —dijo Prunia, desatando otra carcajada de Zelda, que ya subía escaleras arriba.
Link tardó un poco en llegar al estudio, se entretuvo en peinarse y asearse para estar presentable. Cuando llegó, Prunia estaba sentada en una silla tras la mesa de escritorio y Zelda de pie, con un hombro apoyado en el borde de la ventana. La ventana de la pared opuesta había sido reparada por completo, tal y como el aprovechado de Karad había prometido.
—Bien, ya estamos todos —dijo Prunia, al verle llegar. —Tomad asiento, será mejor.
Tanto Link como Zelda se sentaron cada uno en un sillón de madera, al otro lado de la mesa que Prunia, con su diminuto tamaño, había decidido presidir. Era increíble lo mucho que podía llegar a imponer incluso para ser tan pequeña, al menos en apariencia.
—Al fin las cosas van a volver a la normalidad con Link aquí —comenzó a decir Prunia, incomodando a ambos por igual. Zelda se miraba las manos, que tenía puestas sobre el regazo y Link primero la miró a ella y después apoyó el codo sobre el brazo del sillón de madera, para sostenerse la cabeza con aire distraído. —Link, además de ayudarnos con los problemas de seguridad, te hemos traído para que empieces a reclutar hombres para formar un ejército. De momento no tenemos con qué pagarles… sólo les podemos dar casa y el pueblo se ha ofrecido a abastecerles hasta que podamos conseguir recaudar para un sueldo decente. Pero apenas queda nadie con experiencia, salvo tú. ¿Qué te parece la idea?
—A mí… me parece bien. Si a ella le parece bien —dijo él, refiriéndose a la princesa. Ella levantó la vista y lo miró por primera vez.
—A mí me parece bien, pero no quiero que te sientas obligado a hacer nada que no quieras. —dijo ella, con el ceño un poco fruncido.
—No me siento obligado, pero tampoco quiero que tú te sientas obligada a pedirme esto.
—¿Cómo iba a sentirme obligada? No se lo ofrecería a nadie más que tú, pero si lo aceptas que sea por ti mismo.
—Claro que lo acepto por mí mismo, es justo lo que he dicho.
Prunia tosió un par de veces para interrumpir el diálogo entre ambos, que iba cobrando cada vez más intensidad.
—Ya ha quedado claro que ninguno hace nada por obligación. ¿Podemos seguir y dejáis estas cosas vuestras para más tarde?
Link observó que las mejillas de Zelda se coloreaban con rubor, y él mismo sintió calor en la punta de sus orejas.
—Bien, habiendo aclarado esto, pasemos al siguiente asunto. El poblado orni —dijo Prunia, revolviendo algunos papeles que había sobre la mesa del escritorio.
—¿Han vuelto a escribir? —preguntó Zelda.
—Sí. Y esta vez no es para volver a pedir que vayas a visitarles, cosa que aún tienes pendiente. Sino para informar de problemas en sus fronteras con el rey de Tanagar.
—Es desesperante —resopló Zelda.
—Lo sé, pero después de tantas misivas sería conveniente que planeásemos un viaje hasta allí. Todo debe ser estudiado con anticipación porque el peligro es inminente.
—Está bien, iremos planeando esa visita —aceptó Zelda, removiéndose con incomodidad en el asiento.
Link se preguntó hasta qué punto el tal rey de Tanagar tendría influencia en los territorios de Tyto, y también si habría mandado misivas a Zelda tratando de presionar o enviar amenazas veladas.
—Estupendo —sonrió Prunia, de repente parecía una niña pequeña de verdad —Lo último que quería hacer hoy, es curar ese brazo tuyo.
—¿Es necesario? Me siento bastante bien —preguntó Zelda, pasando la mano por encima del vendaje.
—Sí, pero los puntos aún no han cerrado y habrá que limpiar la herida cada día si no queremos que se infecte.
—De acuerdo, como tú digas entonces. —aceptó Zelda, con cierto deje de resignación.
—Link, ¿te has lavado bien las manos? —preguntó Prunia, mientras despejaba el escritorio de objetos y papeles.
—¿Yo? —balbuceó él, que por un segundo se había hundido en sus pensamientos —sí, antes lo he hecho.
—Bien, entonces ponte en pie, te voy a enseñar cómo limpiar su herida.
—¿Él va a limpiar mi herida? —preguntó Zelda, sin disimular el tono de alarma en su voz.
—Claro que sí. No esperarás que baje cada día desde la colina para hacer esto estando Link viviendo aquí mismo. Él se hará cargo de curarte y yo lo revisaré puntualmente.
Link se situó junto a Zelda, mientras Prunia sacaba vendajes limpios y varios líquidos en frascos de su botiquín.
—Lo primero es quitarle el vendaje usado, tienes que hacerlo muy despacio para evitar dañar la herida que hay por debajo —dijo Prunia —¿alteza?
Zelda resopló y extendió el brazo vendado en dirección a Link, aunque sus ojos apuntaban en dirección contraria. Él hizo un pequeño corte con unas tijeras para romper el nudo, y comenzó a desenrollar la vieja venda con mucho cuidado. Zelda parecía tensa, podía notar su brazo rígido entre sus manos, pero poco a poco fue relajándose e incluso se atrevió a mirarle. Link evitó hundirse demasiado en aquella mirada y se concentró en el brazo. La parte final de la venda estaba algo pegada a la piel y tuvo que tirar un poco. Ella se encogió incómoda, dibujando una mueca de dolor.
—¿Te hago daño?
—N-no, está bien así.
—Link, puedes humedecer un poco el vendaje viejo usando esto —sugirió Prunia.
Él puso un poco de líquido desinfectante y la venda salió por completo. Por un instante se quedó mirando aquella cicatriz y el estómago se le encogió al pensar que él no había estado ni remotamente cerca para ayudar. Limpió la herida usando el ungüento que le dijo Prunia, y una vez estuvo limpia, comenzó a curarla con otro líquido diferente. Esta parte era más compleja, tenía que ayudarse de un poco de algodón y pinzas para extender el líquido antibiótico lo más cerca posible de los puntos, pero sin llegar a tocarlos.
—Ahora hay que esperar a que seque —dijo Prunia —Una vez esté seco, lo vuelves a vendar usando una venda limpia. Yo me marcho ya, dejo que acabes el trabajo tú solo, se te ve muy resuelto.
—¿Te vas ya? —preguntó Zelda.
—Sí. Tengo que tratar unos asuntos con Symon.
—Espérame. Yo puedo ir también, quiero ver lo que ha averiguado sobre las mejoras en la piedra sheikah —dijo Zelda.
—No. Sigues necesitando descansar. Quédate por aquí, lee, trabaja en el estudio, pero no andes de un lado a otro. La herida parece estar perfecta, pero si hay una infección tendrás fiebre y habría que tratarlo de inmediato.
—Sólo es un corte ridículo, no entiendo nada —se quejó Zelda.
—No me hagas repetirte lo que te dije el otro día, alteza —refunfuñó Prunia —Link, la dejo a tu cargo.
Él asintió y la pequeña sheikah salió de la habitación. Oyeron sus diminutos pasos pisando cada escalón para repicar luego sobre el suelo de madera encerada de la planta baja, hasta que el sonido de la puerta principal les hizo saber que se habían quedado a solas.
—No es como ha dicho Prunia, no es como si estuvieras a mi cargo, sólo quiero ayudar —dijo Link, aclarándose la garganta antes de hablar después de un largo silencio.
—Lo sé… —dijo Zelda, curvando los labios en un amago de sonrisa.
De nuevo el silencio cayó sobre ellos, un silencio tenso y pesado como el plomo. El líquido que había puesto en el brazo de Zelda parecía tardar una eternidad en secarse.
—¿Saltaste por la ventana?
—Algo así.
—¿Por qué?
—Había un intruso robando en mi casa —se justificó ella, frunciendo el ceño.
Link le respondió contrayendo también el gesto, pero no añadió nada más.
—Extiende el brazo, voy a vendarte ya —dijo él.
Con cuidado fue poniendo el vendaje limpio, vuelta tras vuelta, sin apretar la herida. Cuando había consumido la mitad de la venda levantó los ojos y tropezó con dos pozos esmeralda fijos en él.
—Zelda…
—Hablaremos, sé que tenemos que hablar —dijo ella, anticipándose con nerviosismo.
Él tomó aire y se aproximó para unir la frente con la suya. Entre ambos estaba el brazo de Zelda con el vendaje medio acabar. Link cerró los ojos y respiró aquella cercanía como hacía días que habría deseado respirarla. Ella se inclinó para acercarse aún más. Link movió la frente sobre la suya y le acarició un par de veces la mejilla con la nariz, justo antes de apartarse.
—Ya falta poco —dijo él, retomando el vendaje, como si el instante anterior hubiera sido sólo un espejismo.
Siguió rodeando el brazo con lo que restaba de venda, pero evitó levantar la vista porque sabría que encontraría aquellos ojos verdes clavados en él, observándole con la misma expectación indescifrable.
—¿Has… terminado? —preguntó Zelda, a pesar de la evidencia.
—Sí, ahora tengo que marcharme. Aún no he empezado nada de lo que he venido a hacer aquí y mira qué hora es ya.
—Habla con Dantz, él te puede ayudar a empezar a reclutar buenos soldados —propuso Zelda, dibujando una sonrisa tímida.
—Eso haré.
—Y… ¿vendrás aquí más tarde? —preguntó ella, con el mismo tono nervioso con el que había hablado desde que se quedaron a solas.
—Volveré cuando empiece a caer el sol tras la montaña.
Ella asintió en silencio y se quedó en el sillón tras el escritorio, con la vista perdida en algún punto del infinito.
Link trotó veloz, escaleras abajo. En su estómago aún revoloteaban las miles de mariposas que había sentido después de aquel amago de intimidad con la princesa, era el primer acercamiento real hacia ella después de meses de separación. Se sentía raro y lleno de contradicciones, pero más feliz de lo que había sido en las últimas semanas. Tendría que darle las gracias a Prunia, sabía que aquel arreglo no podía ser casualidad.
De nuevo, gracias por vuestros likes, follows y reviews. Sed buenos y nos vemos la próxima semana ;)
