Capítulo 9 – El espejo
Han pasado semanas, diría meses desde el nombramiento de Link como caballero elegido para escoltar a mi hija.
En este periodo de tiempo, no todos los reportes que he recibido han sido positivos. No por culpa del muchacho, al parecer se comporta con seriedad y acorde a sus obligaciones. Es por la negativa de mi hija a aceptar su asignación. Me hace perder la paciencia. Ella es la primera que ha recibido instrucción por parte de los sheikah, ella sabe de sobra cuál es la vinculación que hubo hace diez mil años entre la princesa de Hyrule y el portador de la Espada. Aunque sean borrosos los resquicios que nos quedan de ese vínculo, debe comprender que llegada la hora no podrá hacer nada si no está la Espada a su lado. ¿Qué estoy haciendo mal con ella, por la Diosa? Hace tiempo que debería haber madurado, hace tiempo que abandonó sus formas infantiles para parecerse más a una mujer. Sin embargo, se sigue negando a cumplir con su deber de meditar en las fuentes, ella invierte su energía en otras cosas, como ir de un lado a otro con los sheikah, o como investigar esos chismes infernales arrastrando al muchacho con ella. Ojalá estuviera aquí mi esposa.
Hoy he organizado una audiencia privada con ambos, con mi hija y el muchacho. He ordenado que preparen una merienda en el jardín. Necesito comprobar por mí mismo cómo progresan las cosas, estoy cansado de reportes confusos.
Zelda recordaba muy bien aquella merienda en el jardín hacía más de cien años. Acudió con la ilusión de que su padre se interesase de veras por ella, pero no tardó en comprobar (y ahora el diario lo corroboraba) que su padre sólo pretendía controlarla a través de aquel encuentro. Controlarla a ella y a Link. A veces era molesto y doloroso lo que encontraba en el diario del rey, pero seguía con la firme determinación de leer hasta la última página sin perder detalle, por mucho que eso pudiera afectar a su corazón. Decidió que dejaría la lectura sobre la entrevista en el jardín para más tarde, ya empezaba a anochecer y la luz escaseaba un poco.
Había subido a la colina que estaba cerca de casa. En lo alto había un gran roble, y ella encontraba agradable el lugar para leer, pensar o simplemente para estar a solas. Desde allí había muy buenas vistas, era posible ver gran parte del camino que comunicaba la aldea con la muralla, por ejemplo. Y si estaba allí era también por ese motivo.
Habían pasado tres días desde que Link se marchó a buscar rastros del ladrón que había asaltado su casa. Por la Diosa, tres. Era irónico, fue capaz de sobrellevar su ausencia durante meses con más o menos éxito, pero aquellos tres días se le estaban haciendo eternos. Le preocupaba que él se hubiera metido en problemas, por muy seguro que pudiera ser Hyrule después de la desaparición de Ganon. ¿Y si su caballo se había desbocado y él se había quedado perdido en medio de la nada? Ella le había prestado la piedra sheikah para que él siempre pudiese encontrar el camino de vuelta, pero aún así… ¿Y si los esbirros de Tanagar le habían tendido una trampa y lo habían capturado? Estuvo tentada de usar sus poderes telepáticos para verle como cuando estaba atrapada en el castillo, pero la Trifuerza era muy débil en ella, el poder sagrado era apenas el aleteo de un insecto moribundo que yacía en su pecho. No podía malgastar esa escasa energía en algo tan egoísta como calmar su ansiedad por saber algo de Link.
—¡Zelda!
Cerró el diario y se incorporó. Cecille subía colina arriba jadeando por el esfuerzo.
—¿Cecille? ¿Qué haces tú aquí?
—Vengo a observar el camino, desde aquí se ve muy bien —dijo Cecille, apoyando las manos en las rodillas para recobrar el aliento.
—¿Y eso? ¿Sientes curiosidad por el progreso de la reconstrucción de la muralla?
—¡Qué va! —exclamó, soltando una carcajada —Es para ver si Link vuelve o no.
Aquella revelación tan honesta provocó una sacudida en Zelda.
—Le echo de menos, me preocupa que tarde tanto en volver —prosiguió Cecille —¿Tú también vienes a esperarle?
—Bueno… yo… Estoy leyendo, es un lugar tranquilo para leer.
—¿Crees que le habrá pasado algo?
—No creo. Link es muy fuerte, seguro que está bien. Se habrá entretenido con alguna pista, o estará interrogando a posibles testigos, es todo —dijo ella, repitiendo un argumento que se había dicho a sí misma varias veces. —No… no sabía que te preocupases tanto por él.
Cecille se mordió el labio y sus mejillas se encendieron ligeramente.
—Link es muy buen amigo mío. Es muy especial para mí y… en fin. No sé si debería hablar de esto contigo o no.
—¿Por qué? ¿Por qué no ibas a hablarlo conmigo? —preguntó Zelda, sin disimular el acelero que la invadía.
—Porque vosotros tenéis ese vínculo especial y no sé… me da un poco de vergüenza contarlo, no se lo he contado a nadie. Aunque tú y yo somos amigas…
—Sí, eso es, somos amigas —dijo Zelda, tratando de que prosiguiese.
Cecille se sentó en la hierba y perdió la vista en el camino. Zelda la imitó volviendo a recuperar la postura que tenía, apoyando la espalda contra el tronco del árbol.
—Conocí a Link hace más de un año, como te conté —comenzó a decir Cecille —él me salvó dos veces. La primera vez me ayudó cuando me torcí en tobillo, al intentar subir al Monte Lanayru. Quería ser como tú, me hacía tanta ilusión hacer el peregrinaje…
Zelda enrojeció sin poder evitarlo. Aún le resultaba extraño que muchas jóvenes tratasen de imitarla, o que ella fuera una referencia para ellas.
—La segunda vez que Link me rescató se enfrentó a un hinox enorme y asqueroso. Después de verle tras los barrotes de mi jaula, de ver cómo luchó contra ese monstruo… me di cuenta de que sentía cosas por él. No es sólo que Link es muy guapo y amable con todo el mundo… es que me hacía sentir algo más, me di cuenta de que quería estar cerca de él.
Aquello no debería molestarle en absoluto, cada cual era libre de tener sus propios sentimientos, pero Zelda no pudo evitar que el estómago se le encogiese ante esa confesión.
—Un día… —prosiguió Cecille —un día me atreví a decirle que me gustaba.
—Fuiste valiente —admitió Zelda, tragando saliva. Le aterrorizaba que él pudiera…
—Pero Link me dijo que él no me convenía y que estaba metido en un gran lío. Al poco se marchó. Yo me sentí un poco tonta, es difícil encajar un rechazo —dijo Cecille —pero ahora lo entiendo. Él tenía que ir a ayudarte a luchar contra Ganon, era una misión muy importante que nadie sabía. Tal vez ahora que todo ha acabado… No sé. Me hace tan feliz que haya venido a vivir a la aldea que vuelvo a sentir todas esas cosas que había intentado olvidar.
Zelda clavó la vista en el camino, sintiéndose incapaz de pronunciar palabra.
—Zelda, tú… ¿te molestaría si yo intentase acercarme a Link de nuevo?
—¿Quién, yo?
—Eres mi mejor amiga, la única que tengo en realidad —dijo Cecille. Sus grandes ojos avellana brillaban mientras la miraba —y no quiero estropearlo, no quiero que… no sé lo que hay entre Link y tú.
—Yo… no puedo controlar lo que siente Link —dijo Zelda. Cada palabra dolía como si al soltarla alguien le estuviera oprimiendo la garganta —Él siempre ha estado a mi servicio, tiene que ser libre para vivir su propia vida y él y yo ahora mismo… él y yo…
—¡Lo siento! —intervino Cecille, interrumpiéndola —tal vez he ido demasiado lejos con mi pregunta. No te molestes conmigo, por favor.
—No… no te preocupes. Eres sincera y eso me importa mucho —Zelda pensó que ella misma era incapaz de hablarle de sus propios sentimientos hacia él después de todo. —Debes intentar acercarte a Link si es lo que tu corazón quiere, no importa lo que pueda sentir yo ni nadie más al respecto.
—Zelda… no digas eso, por favor —dijo Cecille, agarrándole la mano.
—Tengo que volver a casa, está oscureciendo y aún hay mucho trabajo que hacer —intervino ella, poniéndose en pie. Iba a ser un milagro si lograba contener las lágrimas delante de Cecille, aunque era una profesional en esa materia.
—Zelda, espera…
Cecille la llamaba a su espalda, pero ella ya había puesto rumbo hacia casa, colina abajo. Cuando llegó, se encerró dentro sin más. Tomó aire un par de veces y logró calmarse. Era lógico que otras chicas pudieran sentir cosas por Link, incluso era lógico que él las hubiese llegado a corresponder, ¿por qué no? Después de todo él anduvo un largo periodo de tiempo sin recordar nada y no estaba escrito en ningún sitio que él tuviera que jurarle fidelidad eterna a ella. Pero aun así… dolía demasiado tratar siquiera de pensarlo.
Pasó lo que restaba de tarde y bien entrada la noche en el estudio. Había elaborado una ruta, un camino de ida y vuelta para llegar hasta el poblado orni. No iban a viajar solos esa vez. Prunia aconsejó que llevase consigo un pequeño "séquito", eso haría que otros pueblos y gentes comenzasen a mirarla como a una autoridad, aunque a ella esa idea no terminaba de hacerle gracia. Link ya había seleccionado a varios jóvenes en la aldea para formarles como caballeros y dos de ellos irían en el séquito. También viajaría Symon como representante del pueblo sheikah, Sophie, la hermana menor de Clavia y por supuesto iría Reede. Él era el nieto mayor de Marcus, uno de los ancianos, y a pesar de su juventud era el alcalde de la aldea, ya que antes de la llegada de Zelda a Hatelia todo el mundo dejaba la gestión de los recursos en sus manos. Ella también se apoyaba en él, y decidió mantenerle con el estatus de alcalde, era importante que el pueblo no sintiese que ella les estaba arrebatando su autonomía y que gobernasen conjuntamente. Organizar un viaje tan largo para tanta gente no era fácil y se le fueron las horas sin darse cuenta.
Cuando los ojos no le daban más de sí, subió hacia los aposentos de buhardilla. Se desvistió para ponerse el camisón y soltó las trenzas de su pelo. Ya sólo le quedaba una pequeña dosis de esencia de amapola. Prunia le había quitado los puntos del brazo hacía dos días y ya no sentía dolores ni en el brazo ni tampoco en el costado. Lo malo es que se había acostumbrado con demasiada facilidad a esa droga, dormía fácil y profundamente y no tenía sueños… ni pesadillas. Tomó la última dosis y cerró los ojos con la idea de convencer a Prunia para que le diese "sólo un poco más", hasta que consiguiese recuperarse del todo de su terror a dormir sola.
Despertó cuando la noche era aún tan oscura como la boca de un lobo. Estaba aturdida, la esencia de amapola tenía ese efecto odioso, pero a la vez estaba lo bastante despierta como para oír ruidos en la casa. Se levantó y caminó hacia la ventana. Todo estaba tranquilo en el exterior. De nuevo, oyó un revuelo en la planta baja. Tomó aire un par de veces y agarró un puñal largo que Link le había dado antes de marcharse. Ella dormía todas las noches con el puñal a mano, por lo que pudiera pasar. Lo desenvainó y la hoja afilada brilló con los escasos rayos de luna que se colaban por la ventana.
Bajó las escaleras procurando no hacer ruido, con la espalda pegada a la pared. Había barro en el suelo y unas huellas conducían hacia la cocina, donde una tenue luz indicaba que alguien estaba dentro. Se arrastró como pudo y entreabrió la puerta, con el puñal bien sujeto.
—¡Alto, no te muevas! —gritó, sorprendiendo al asaltante, que revolvía el contenido de su despensa.
—¡Alteza! ¡Soy yo!
—¿Kei? —preguntó ella, boquiabierta. El joven sheikah levantó los brazos en alto mientras el hueso de un muslo de pollo sobresalía de su boca. —¿Qué demonios…?
—¡Zelda! Baja eso —dijo la voz de Link a su espalda. Ella se giró sobresaltada, apuntándole a él con el arma.
—¿Qué diablos hacéis? ¿Qué hacéis asaltando la despensa? Por la Diosa…
—Acabamos de llegar de viaje, no queríamos despertarte —dijo Link, que también había levantado los brazos, palmas en alto en señal de paz —¿Puedes darme ese puñal ahora?
Él se acercó con cautela y consiguió ablandar su mano, que se aferraba al pomo del puñal como una garra. Zelda le cedió el arma y suspiró, tratando de calmarse.
Link relató que se había topado con Kei en su búsqueda del ladrón, y decidieron colaborar juntos, para sorpresa de la propia Zelda. Ambos estaban sucios y hambrientos, Link tenía el pelo cubierto de barro, como si se hubiera dado un baño de lodo y el aspecto de Kei no era mejor. Encendieron todas las lámparas de aceite de la planta baja y Zelda les hizo compañía mientras ellos saciaban el hambre con todo lo que habían encontrado en la despensa.
—Por todos los infiernos, llevaba un día sin comer —dijo Link, con la boca llena, mientras engullía la comida casi sin masticar. Kei ni siquiera podía hablar, todos sus modales sheikah se habían esfumado y tragaba sin parar, usando las manos y olvidando los cubiertos.
—Me habéis dado un susto de muerte —dijo ella, viendo el puñal sobre la mesa.
—Pensaba que no te despertarías —se justificó Link. Después se quedó mirándola de un modo extraño, como si reparase en ella por primera vez. Zelda cayó en la cuenta de que seguía en camisón, y sintió un escalofrío recorriendo su espalda a ver cómo los ojos azules de Link la inspeccionaban, disimulando con torpeza.
—¿Habéis conseguido algo? ¿Alguna pista del asaltante?
—Algunas cosas y al mismo tiempo nada —reflexionó Link, tomando un trago largo de la botella de leche y dando por acabada su cena —Seguí su pista por el curso del río, y eso me llevó hasta los pantanos. Allí es complicado seguir un rastro, los terrenos cenagosos son difíciles de explorar.
—Y además eso explica lo mal que oléis —bromeó Zelda.
—Lo siento, alteza —se justificó Kei, que también parecía darse por saciado después de engullir todo lo que pudo.
—Perdí su pista en el pantano —prosiguió Link —pero averigüé algo importante. No vino solo. Hallé los restos de un campamento. Fuegos apagados, pisadas de caballos y de varios hombres, al menos cinco. Kei y yo pensamos que se trata de una comitiva de exploradores, todos ellos vinieron desde Tanagar.
—¿Existe alguna manera de demostrarlo?
—Me temo que no —dijo Link, bajando la mirada —pero sé que se han marchado hacia el oeste, en estos momentos deben haber vuelto a donde sea que esté su guarida en ese cañón.
—En fin, no podemos hacer más —sentenció ella —Si no os importa voy a volver a la cama, estoy muerta de sueño. ¿Puedo llevarme eso?
—Claro, es todo tuyo siempre que no vuelvas a apuntar con él hacia mí —dijo Link con una media sonrisa, tendiéndole el puñal. Ella lo agarró y se dirigió hacia las escaleras.
—Espero que mañana todo este desastre esté ordenado y limpio. Hay barro por todas partes y no quiero ni pensar en la cocina —amenazó a ambos —Y… también espero que os hayáis dado un baño.
—Como vos ordenéis, alteza real —bromeó Link —que descanséis.
Ella puso los ojos en blanco y volvió a la cama, donde no tardó demasiado en volver a caer dormida.
Zelda cabalgaba abriendo la comitiva de Hatelia. Había tardado dos días en disponer todo lo que había planeado para el viaje al poblado orni. Con la ayuda de Link y Kei todo se aceleró mucho más y decidieron no demorar la partida. Al final Symon se quedó con Prunia, cuidando de la aldea, Kei fue en sustitución de él como representante sheikah. Y no fue el único cambio.
—Gracias por dejarme acompañaros hasta la aldea, y también en el viaje —dijo Cecille, que adelantó el caballo para ponerse a su altura.
—No esperaba recibir una invitación de aldea Onaona. Supone un pequeño cambio en el itinerario, pero no importa —reflexionó Zelda.
—Te va a encantar el lugar, Zelda. El año pasado estuve allí, con Link y Jengoro, un goron amigo que viajaba con nosotros.
—Este lugar… no existía cuando yo… No existía hace cien años —dijo Zelda.
—La gente que vive allí es muy agradable. La verdad… no sé cómo se fundó la aldea, tendríamos que preguntarle a la abuela, ella debe saberlo.
—¿En qué consiste ese festival del Crepúsculo al que nos han invitado?
—Celebran nuestra unión con el pueblo que habita en la sombra —dijo Link, que se unió a la conversación. Cabalgaba tras ellas, pero se puso a la altura de Zelda, por el otro lado. —Hay hogueras por la noche, bailes y mucha comida. Todo se celebra en la playa, cerca de la orilla del mar.
—Será muy divertido, es fantástico que hayas decidido aceptar la invitación —sonrió Cecille, sin ocultar su entusiasmo. —Podremos bailar y festejar… y bañarnos en el mar. Será como unas vacaciones.
—¿Unas vacaciones? —preguntó ella, frunciendo el ceño.
—Supongo que nunca has sabido lo que es eso —intervino Link —y no te vendría mal aprenderlo. Hasta la realeza necesita relajarse y descansar alguna vez.
Zelda abrió la boca para replicarle, pero él puso el caballo al galope y se alejó de ellas, adelantándose en el camino.
—¡Link, espera! —exclamó Cecille, alejándose también para seguirle.
Desde su posición vio cómo Link y Cecille jugaron un rato a perseguirse a caballo y el corazón se le encogió, como si alguien lo oprimiese con la mano. Antes de partir supo que Cecille había aceptado su consejo de no rendirse respecto a Link. Era obvio que Cecille intentaba acercarse todo el tiempo para conversar con él y sonreírle sin parar. Aunque fuesen amigas… qué idiota había sido por aconsejarle algo así. Idiota. Suspiró y pensó que debía sobreponerse a todo eso, y más delante de su comitiva.
Llegaron a aldea Onaona al caer el sol por el horizonte. Zelda giró las riendas de su caballo, saliéndose del camino. Desmontó y se alejó un poco de los demás para poder disfrutar a solas de su llegada. Una brisa tibia y salada le acarició las mejillas y cerró los ojos un instante, dejándose llevar por aquella deliciosa calidez. El paisaje que había ante sus ojos parecía sacado de un sueño. El atardecer ofrecía una gama de colores desde el azul oscuro del cielo que había sobre su cabeza hasta el naranja que rozaba la línea del horizonte con el mar. Las siluetas de las palmeras se recortaban oscuras en la playa y el pequeño bullicio de la aldea llegaba como un arrullo hasta sus oídos.
—Sabía que esto te gustaría.
Zelda se sobresaltó al ver que no estaba sola, y se giró para mirar a Link, que también perdía la vista en el horizonte calmado del mar.
—He venido a buscarte —continuó él —tienes que conocer a todos en la aldea, te han preparado un gran recibimiento.
—Suena a protocolo… no a vacaciones —dijo ella, dibujando una sonrisa triste.
—Te prometo que habrá vacaciones. Pero… también habrá un poco de protocolo, incluso para mí. Pasará rápido y después podrás divertirte, ya lo verás —sonrió él, rascándose tras la nuca.
—Link…
—Nos esperan.
El patriarca Rozel, alcalde de Onaona, recibió a Zelda y su séquito en el centro de la aldea. Era un hombre bajito y huesudo, con el pelo blanco por las canas y la piel oscura. Al llegar hasta él comprobó que habían decorado las casas con cintas de colores y los niños lanzaban pétalos de flores al aire. Todos allí tenían la piel bronceada por el sol. Las mujeres vestían ropas muy ligeras, la mayoría tan sólo llevaba un pequeño corpiño y un pañuelo anudado a la cintura como si fuera una falda. Hacía calor y humedad en Onaona incluso al caer la noche, Zelda podía notarlo, porque había empezado a sudar.
—Alteza real, es un enorme honor teneros aquí. Honráis nuestra humilde aldea con vuestra presencia —dijo el alcalde, tendiéndole la mano para recibirla.
—El honor es mío, de veras —dijo ella, aceptando su saludo.
—Quiero que os quede bien claro lo siguiente. Nuestro pueblo es y será siempre fiel a vos y por tanto a la corona de Hyrule, y permanecerá por siempre hermanado a las sombras del Crepúsculo, como manda la tradición. Jamás reconoceremos a ningún otro rey que no tenga la sangre y el apellido de la casa Bosphoramus, venga de donde venga. Jamás. Sería como ofender a la misma Diosa Hylia.
Zelda percibió la tensión en las palabras del alcalde. Tanagar debía haber llegado a presionar a los pobres aldeanos, cómo no. No quería que eso empañase su visita así que se esforzó en no adentrarse en el tema.
—Agradezco vuestras palabras. —sonrió ella —Ahora, ¿me enseñáis la aldea? Mi séquito y yo estamos algo cansados del viaje, y el Maestro Link me ha asegurado que aquí se puede descansar como en ningún otro rincón de Hyrule.
El anciano alcalde relajó su expresión dibujando una espléndida sonrisa y guio a Zelda y su comitiva a través de la aldea.
No había muchos habitantes allí, apenas una treintena de familias y algunos viajeros de paso. Las casas eran chozas circulares a pie de playa. Había plataformas y pasarelas para atracar las barcas de pesca y farolillos iluminando las calles de arena. Una vez el alcalde introdujo a Zelda a los principales miembros de la aldea, le asignaron una cabaña un poco más apartada del resto. Todo su séquito fue acomodado en cabañas en los alrededores. No sabía dónde estaría Link… ni tampoco Cecille. Había acordado con el alcalde soltar el equipaje, refrescarse un poco y acudir a una cena que habían organizado en su honor, cerca del embarcadero, donde el alcalde tenía su propia choza.
Zelda se quitó las botas y los guantes de cabalgar, y se enjuagó la cara y el cuello con agua fresca de unas tinajas que había en su cabaña. Era muy agradable, el agua parecía tener el ligero perfume de alguna flor tropical. "Una flor que no está en mis registros" pensó, acariciando la piedra sheikah, que colgaba de su cinturón.
—Alteza, ¿puedo pasar? Soy Kiana, me envía el alcalde Rozel.
Zelda abrió la puerta y dejó que una chica joven, debería tener su edad, entrase en la cabaña.
—El alcalde me ha enviado para que os traiga ropas tradicionales de Onaona. Con las ropas hylianas se pasa mucho calor aquí y no sería agradable vuestra estancia. ¿Podría ayudar a asearos?
—Demasiados honores para mí, me temo —sonrió Zelda, con suficiencia. La joven inclinó la cabeza sin terminar de entenderla —Kiana, no me hagas caso. Por supuesto que me encantará que me ayudes.
La joven dibujó una hermosa sonrisa y empezó a atenderla. Sus dientes eran blancos y perfectos, destacaban aún más con su piel oscura, dorada por el sol. Zelda pensó que aquel lugar tan pacífico debía de aumentar la belleza de las jóvenes, porque todas le parecieron deslumbrantes. Kiana vistió a Zelda con un fino corpiño y anudó un suave pañuelo de seda a su cintura, como hacían el resto de las jóvenes de la aldea. También le dio un par de sandalias, sus pies realmente agradecerían poder respirar un poco.
—Este collar lo he hecho yo, con conchas que he recogido en la orilla de la playa —dijo Kiana, poniéndole el collar en el cuello.
—No… no puedo aceptarlo, es demasiado valioso —dijo Zelda, enrojeciendo.
—Por favor, alteza. No sabéis lo que significa para mí que vos llevéis algo que yo haya hecho, me encanta fabricar collares y joyas —sonrió Kiana, mostrando aquella preciosa dentadura una vez más.
—Pues, muchas gracias. Nunca olvidaré un regalo así —dijo Zelda, devolviéndole la sonrisa.
Cuando Zelda llegó al embarcadero, su séquito ya había ocupado la mesa para cenar. El alcalde y todos los demás la esperaban bajo la luz de farolillos de papel, cerca de la orilla y de una pequeña pasarela de madera para atracar barcas de pesca.
—Alteza, qué hermosura, ahora deslumbráis como las estrellas de Onaona —dijo el alcalde, recibiéndola para que tomase asiento.
El alcalde presidía la mesa, a su derecha estaba Zelda y a su izquierda Reede, el alcalde de Hatelia. Frente a ella se sentó Jan, el hijo del patriarca, y con él estaba Magda, su prometida. El séquito de Zelda ocupaba el resto de la alargada mesa de madera, y en el otro extremo del tablero se sentaban Kei y Cecille junto a un goron muy dicharachero, llamado Kuga. ¿Y Link? Por una vez Link estaba junto a ella. Vestía una fina camisa de lino sin mangas, como las de los muchachos de la aldea. Había espacio reducido en la mesa y cada vez que él movía el brazo para alcanzar un plato o agarrar un pedazo de pan, contactaba con ella, piel con piel. Al principio era involuntario, pero pronto sus brazos empezaron a tocarse en silencio, pasando desapercibidos para el resto de comensales, pero no para ellos dos. Link dejaba el brazo pegado al suyo a propósito, como una caricia velada, y ella no hizo nada para apartarse, aceptando aquel juego silencioso.
—El edificio de la escuela está casi acabado, alteza —relató el alcalde Rozel —nos ha costado mucho traer la madera. Además, hay que tratarla con una cera especial para que resista la salina del mar, ha sido un trabajo titánico. Cuando tengáis tiempo, me gustaría enseñárosla.
—Me hace muy feliz que haya una escuela aquí —sonrió Zelda —y me da tranquilidad. De ese modo podréis seguir aquí, y no habrá necesidad de que las familias se muden a Hatelia para que los niños aprendan.
—Es fantástico, señor Rozel. En Hatelia la escuela funciona de maravilla, esperamos que también sea un éxito aquí —añadió el joven Reede.
—Link, espero que te acuerdes de mí —intervino Jan.
—Reconozco que no soy la persona con la mejor memoria —bromeó Link, mirando de reojo a Zelda —pero sí, claro que te recuerdo, amigo.
—Magda y yo nos vamos a casar —sonrió Jan, tomando a su prometida de la mano.
—¿En serio? Es una gran noticia, ¿cuándo?
—Si todo va bien será mañana, durante el festival del Crepúsculo —intervino Magda.
—¿Hemos llegado justo para una boda? —preguntó Link, sin ocultar su sorpresa.
—Así es… es por eso que… alteza —dijo Jan, dirigiéndose a Zelda esta vez —no os veáis obligada a hacer lo que estoy a punto de pediros, pero… para Magda y para mí sería un inmenso honor si vos oficiaseis la ceremonia.
—¿Yo? —preguntó Zelda, atónita —Bueno supongo que…
—¡Alteza, eso sería fabuloso! —exclamó el alcalde.
—En ese caso… Sí, claro que sí —aceptó ella.
Jan y Magda sonrieron agradecidos. Después hubo brindis en honor a los novios, y también en honor a ella misma.
La cena no se alargó demasiado y tras la misma todos fueron a dormir, había demasiado cansancio acumulado y el día siguiente se avecinaba agotador, con el festival del Crepúsculo y la boda. Link la acompañó hacia su cabaña, una vez se despidió de sus amigos. Había una calma increíble, el único sonido en la aldea era el de las olas del mar rompiendo en la orilla.
—No hace falta que me acompañes hasta la puerta, está bien así —dijo Zelda, deteniéndose a unos pocos metros de distancia de su cabaña.
—He pedido a Azu y Medda que hagan rondas nocturnas por la aldea. Así les servirá para practicar en su futuro trabajo como soldados reales —dijo Link. Sus ojos no parecían tan azules como siempre, más bien eran plateados, como el color de la superficie del mar aquella noche.
—Me parece una buena idea —sonrió ella.
—¿Crees que… podrás dormir algo?
—Algo —dijo ella, agachando la mirada con incomodidad. Tenía tres dosis de esencia de amapola que consiguió arrancar a Prunia, pero debía usarlas bien, pues era lo único que tenía para todo el viaje.
—Yo estaré cerca, justo ahí —dijo él, señalando con el dedo a la choza más próxima —si me necesitases ya sabes, no estoy lejos. No es como si estuvieras durmiendo sola, en realidad.
—El sonido del mar me ayudará a dormir, descuida.
Link la miró como intentando ordenar ideas en su cabeza, se mordió el labio, con un extraño gesto de preocupación.
—Estás muy guapa esta noche. Que descanses —y se giró para alejarse rápidamente hacia su choza, sin dejarle la más mínima posibilidad de reacción.
Zelda se metió en la cama con el corazón aún latiéndole con fuerza al pensar en los ojos de Link y su cumplido antes de dormir. Poco a poco las cosas se iban a arreglar entre ellos, no habría Cecilles ni armaduras zora que se interpusiesen en su camino nunca más, porque ambos buscaban estar juntos, en silencio y apartados de los ojos de otros, como esa noche. Con esa idea reconfortante logró caer en un profundo sueño, sin necesidad de usar la esencia de la amapola.
Zelda…
…princesa Zelda…
Se despertó repentinamente. Alguien o algo la llamaba. No lo había soñado. Salió afuera. La brisa marina se levantaba más fría, debía faltar poco para el alba. Se echó la capa con la capucha por encima, y caminó en dirección a la playa occidental, guiada por su instinto. Había algo allí, no sabría decir lo que era. Era algo viejo, ancestral y cargado de magia muy antigua. El poder sagrado le calentaba el pecho con cada paso que daba.
Un poco más adelante, el mar ganaba espacio a la tierra y se adentraba mordiendo sus bordes y formando un pequeño acantilado. Como había marea baja, era posible caminar por el lecho rocoso. Dio unas cuantas vueltas por los alrededores y entonces lo vio. Un punto brillante en el acantilado. Caminó hacia allí donde la presencia de la magia era aún más intensa. Con cuidado introdujo las manos entre los bordes de las rocas y encontró un fragmento de un extraño mineral. Era oscuro y ligero. Brillante y a la vez reflectante. "Un trozo de espejo" pensó. Acarició la superficie del objeto con la yema de los dedos y miles de sensaciones la invadieron. Era como si un sinfín de emociones estuvieran atrapadas por siempre en aquel pedazo de espejo, nunca antes había encontrado nada en todas sus investigaciones que emanase una energía parecida. Y desde luego, era mucho más antiguo que nada de lo que hubiera desenterrado con los sheikah. Envolvió el espejo en un pañuelo y se alejó de allí para volver a su cabaña.
Tenía que escribir un poema. No había llevado consigo libros y no guardaba muchos registros en la piedra sheikah. Si iba a oficiar la boda de Magda y Jan, tendría que crear algo totalmente original para ellos. Deambulaba de un lado a otro de la cabaña, mientras miraba de reojo el extraño fragmento de espejo. Parecía que lo había sacado de un sueño y no de un hueco entre las rocas.
—Alteza, ¿puedo pasar?
Zelda abrió la puerta y descubrió a Kiana al otro lado. El sol ya brillaba con fuerza en el exterior.
—Buenos días —sonrió Zelda —ya echaba de menos a mi doncella favorita.
—Me habría encantado ser doncella y vivir en el castillo —reconoció Kiana, dejando una cesta con frutas frescas sobre la mesa. —Los jardines, las banderas de colores, los uniformes brillantes de la guardia real… todo parece como en los cuentos.
—Y a mí me cuesta comprender que quieras todo eso viviendo en un lugar como este —dijo Zelda, haciendo reír a Kiana.
—Alteza, os ayudaré a vestiros esta noche para la ceremonia del Crepúsculo, mi madre ha conseguido un trozo de seda verde que es perfecto para eso. Ah, y también os he traído esto, para el día de hoy. Creo que el alcalde y Kuga quieren llevaros a navegar y a pescar.
—¿Qué es esto? —dijo Zelda, inspeccionando la ropa que Kiana le había llevado.
—Es un traje de baño, en dos piezas. Tal vez no lo hayáis visto antes, pero por aquí es lo que todas llevamos.
—¿Y dónde está toda la tela que falta? —bromeó Zelda.
—Os quedará muy bien, podéis llevar el mismo pañuelo de anoche atado a la cintura y así sólo tendréis que quitaros eso para zambulliros en el agua —sonrió Kiana —No pasaréis nada de calor.
—A mi padre le encantaría ver que voy por ahí con esto puesto —murmuró ella, pero Kiana no alcanzó a escuchar nada.
Zelda desayunó frutas de las que Kiana le había dejado en la cesta. También se aplicó el ungüento sobre la cicatriz de su brazo. Prunia había hecho un trabajo excelente cuando la cosió, la cicatriz que había quedado era fina, apenas le iba a dejar la marca de un hilo plateado recorriendo su brazo.
Cuando salió afuera, un sol potente le golpeó en los ojos. Aunque todavía era temprano, el calor ya se hacía notar. Miró hacia el mar. Nunca se había bañado en el mar. No tenía miedo, desde niña había aprendido a nadar como parte de su formación. Y respecto a la temperatura del agua… le daba lo mismo. Seguramente no había nadie que hubiera pasado más horas en aguas gélidas que ella. Pero meterse en aquellas aguas turquesa mecidas por las olas era algo inquietante y su mente hambrienta de conocimientos hervía ante la idea de experimentar algo nuevo.
Link y Kei estaban junto a los dos alcaldes, preparando barcas y arreos para la pesca. Ellos también iban en traje de baño, al igual que Cecille y Sophie, las otras dos chicas de la comitiva de Hatelia. Era extraño ver a todo el mundo disfrutar en esa especie de ambiente festivo, en el que no había miedos ni preocupaciones. Sonrió pensando que en realidad eso era por lo que había luchado desde el principio, no todo iban a ser problemas.
—¡Zelda! —exclamó Cecille, al verla llegar, y corrió hasta ella con una sonrisa radiante. —Vamos a ir de pesca, ¿no es genial?
—Nunca he ido a pescar —reconoció ella.
—No importa, verás que en realidad lo único que hay que hacer es tener paciencia y esperar a que los peces muerdan el anzuelo. Por cierto, una de las chicas de la aldea me ha dado esto, es una crema con esencia de coco para evitar que el sol nos haga daño, hace demasiado calor aquí.
Cecille usó la crema para extenderla en la espalda y los hombros de Zelda, y después Zelda hizo lo mismo, poniendo crema en Cecille y Sophie. Una vez estuvieron listas, ayudaron a preparar anzuelos y redes de pesca, siguiendo las instrucciones de Magda, la prometida de Jan. Ella era increíble, había ganado la competición de pesca durante tres años consecutivos y se había ganado el respeto de todos en la aldea.
—Huele a coco —dijo Link a Kei, ambos estaban enfrascados tratando de desenredar una maraña de anzuelos y señuelos de pesca que el alcalde Rozel les había dado.
—Soy yo la que huele a coco —dijo Zelda, sobresaltándoles adrede por la espalda. Link se volvió para mirarla y todos los anzuelos se le cayeron de las manos. —Lo sé, lo sé. Mucha piel y poca tela —bromeó ella, haciendo enrojecer a Link hasta las orejas.
—Alteza, ya tenemos casi todo listo para salir a pescar, es emocionante, ¿verdad? —dijo Kei, su cabello plateado era casi cegador bajo aquel sol costero.
—Casi todo —intervino ella —os he traído esto.
—¿Qué es? —preguntó Link, agarrando el pequeño tarro con crema.
—Es para que el sol no os queme, debéis extenderlo bien por todo el cuerpo. ¿Queréis que os lo ponga yo? —Link tragó saliva y Kei no sabía dónde meterse. Zelda no podía estar divirtiéndose más. Vacaciones. —Es broma, dejaré que vosotros mismos os encarguéis de eso.
Salieron cuatro barcas del pequeño muelle. Zelda iba en una con Link, Kei, Cecille y Jan. El resto se habían repartido más o menos equitativamente en las demás barcas, siempre guiadas por alguien de la aldea.
Zelda lamentó haber dejado la piedra sheikah en la cabaña, habría sacado unas imágenes increíbles de esa excursión. El agua era limpia y transparente y podía ver a diminutos peces de colores moverse bajo ellos. Era especialmente divertido cuando soltaba miguitas de pan y los peces acudían para devorarlas.
—¿Qué tipo de peces vamos a atrapar? —preguntó Zelda a Jan. Él dirigía la embarcación mientras Link y Kei remaban.
—Sobre todo buscamos doradas, son muy jugosas cuando se cocinan a la brasa. ¿Conoces ese pescado?
—Sí, lo conozco —sonrió Zelda.
—También hay cangrejos de muchos tipos, pero no he traído las cangrejeras.
—No importa, pescar doradas está bien —dijo ella.
—Bien, chicos. Pararemos aquí. Lo mejor es que os deis un buen chapuzón primero, así estaréis frescos mientras estamos en la barca pescando. —aconsejó Jan.
—Muy bien —dijo Kei soltando el remo —Link va al agua en primer lugar.
Y sin pensarlo dos veces dio un fuerte empujón a Link, arrojándolo por la borda. Antes de que Link hubiera asomado la cabeza para protestar, Kei se tiró de cabeza al agua. Cecille lanzó una mirada de complicidad a Zelda y ambas se quitaron el pañuelo de la cintura para arrojarse al agua de un salto.
El mar. Era cálido, salado. Notaba corrientes más frías entre las piernas, y el continuo movimiento, como una respiración. Jamás lo habría imaginado así, aquel baño le dio una sensación de libertad que llevaba años sin experimentar.
—Alteza, el agua está muy buena, ¿verdad? —dijo Kei, asomando la cabeza a su lado.
—Uhm. Mira hacia allí —dijo ella. Cuando él giró la cabeza hacia donde apuntaba, Zelda se echó sobre él para hundirle en el agua.
—¡Socorro, ayuda! —dijo Kei, sacando la cabeza a duras penas para respirar, mientras Zelda se desternillaba de risa.
Link y Cecille acudieron nadando para unirse al forcejeo. Link consiguió "rescatar" a Kei después de salpicar a Zelda con agua en los ojos.
—A por Link —ordenó Zelda a Cecille, mientras se frotaba para calmar el escozor de la sal.
Ambas se abalanzaron sobre él, pero era imposible hundirle, imposible. ¿Cómo diablos lo haría si sus pies estaban lejos del fondo?
—Podríais subiros las dos sobre mi cabeza y aun así no conseguiríais nada —presumió él con arrogancia, mientras ambas seguían esforzándose para ahogarle.
—Espera, tengo un plan —dijo Zelda, que se llevó a Cecille para susurrarle algo al oído.
—Eh, las reglas dicen que está prohibido conspirar —se burló Link —Kei, tienes que estar atento para quitármelas de encima si hace falta.
Zelda nadó para ponerse frente a Link, y Cecille lo rodeó por la espalda.
—¿Qué haces? —preguntó él con nerviosismo, al verla llegar.
—No hago nada, ¿ves? —dijo ella, acercándose mucho más.
—Menuda estrategia… —se burló, poniendo los ojos en blanco.
Ella le sonrió con malicia y se acercó para rodearle la cintura, bajo el agua. Él se estremeció con el contacto, desconcertado.
—¡Ahora! —ordenó Zelda, y Cecille se echó sobre su cabeza, logrando hundirle por completo.
Kei actuó para apartarlas y Link emergió del mar tosiendo y echando bocanadas de agua.
—Malditas seáis —gruñó, mientras ellas se morían de risa.
Estuvieron un tiempo más así, divirtiéndose en el agua. Después pescaron. Volvieron al agua para refrescarse una vez más y regresaron a la orilla, donde el alcalde había preparado unas hogueras para asar los peces. Comieron sentados en la arena, bajo el sol, entre risas. Magda sabía tocar los tambores de piel, un instrumento típico de Onaona y estuvo cantando canciones tradicionales, tenía una voz preciosa. El tiempo pasó tan rápido que Zelda se sorprendió cuando el alcalde Rozel ordenó a todos que se marcharan para preparar la ceremonia y el festival del Crepúsculo.
Cuando regresó a su cabaña, todo su cuerpo estaba cubierto de arena y de sal, y no podía borrar la sonrisa de felicidad de la cara. Sí, así debían ser las vacaciones, ella era una más, no era la princesa, ni era nadie en especial, tan solo era alguien que pasaba un rato divertido con sus amigos.
La ceremonia debía coincidir con la hora del crepúsculo. Zelda se asomó un par de veces por la ventana de su choza para echar un vistazo a los preparativos. Ya estaba todo casi listo y eso le aceleraba el corazón. Kiana la había ayudado a vestirse, lo cierto es que habría sido incapaz de hacerlo sola. Su vestido no era más que un largo lienzo de seda en distintos tonos de verde y aguamarina que Kiana había ido enredando y plegando a su alrededor, para terminar asegurándolo a un solo hombro. En esta ocasión no usó los collares de conchas, le pareció más apropiado para la ceremonia llevar los brazaletes y el collar de sus ropas de meditación, de hecho habría llevado su túnica blanca si no fuese porque la tela de seda era un regalo de la madre de Kiana y le pareció demasiado precioso como para no usarlo.
Dispusieron todas las sillas de los invitados de cara al mar, donde se situaba un altar con un arco de flores y ramas de palmera. Había antorchas ardiendo en los flancos del largo pasillo de asientos, y habían esparcido pétalos de flores sobre la arena. Ella miró un par de veces el pedazo de papel arrugado donde había escrito su discurso. Había dado discursos cientos de veces. En ellos se limitaba a repetir de memoria cada palabra, usando un tono formal y serio que tenía muy estudiado… pero aquello era distinto. Nunca había oficiado una ceremonia y los nervios se instalaron en su estómago sin remedio. Envolvió el trozo de espejo en tela y lo ocultó en los pliegues de su vestido. No tenía ni idea de por qué había hecho eso, pero de alguna manera, sintió que tenía que hacerlo.
—Alteza —la cabeza canosa del alcalde Rozel irrumpió en su choza, a través de la puerta —ya está todo listo.
—Voy en seguida —dijo, y respiró profundo un par de veces.
Cuando llegó al altar, todos los invitados ocupaban sus asientos. A lo lejos vio a Link, Cecille y Kei, la presencia de sus amigos le dio algo de tranquilidad. Jan ya esperaba a la novia junto al altar, Zelda pensó que era extraño, lo único que iban a ver los novios durante su boda sería a ella misma bajo el arco de flores y el mar con la playa del Crepúsculo de fondo, ya que darían la espalda a los invitados.
—Muchas gracias, alteza, gracias —dijo Jan con nerviosismo.
—Tranquilo, todo pasará rápido y saldrá bien, confía en mí —le animó ella.
Cuando el color del cielo se volvió naranja, apareció la novia. Una tenue música de cuerda se oía de fondo, y los niños lanzaban pétalos al aire por delante de la novia. Zelda sentía escalofríos, parecía como si un aura mágica lo estuviera envolviendo todo, algo que estaba presente, y no era de ese mundo. Magda estaba radiante y Jan no podía borrar la sonrisa de su cara. Todos los nervios que él había mostrado durante la espera se esfumaron una vez ella estuvo a su lado, sonriéndole.
Se hizo el silencio y todos lo ojos apuntaron entonces a los novios y a ella misma. Zelda se aclaró la garganta y comenzó la ceremonia.
—Queridos amigos, aldeanos de Onaona, pescadores del mar de Necluda, viajeros, familiares. Nos hemos reunido al pie de este atardecer para celebrar la unión de nuestros amigos Jan y Magda, ante los ojos del Crepúsculo y la bendición de la Diosa Hylia.
Zelda tragó saliva y apretó el trocito de papel que tenía en su mano. Supuso que su tono de voz transmitía tranquilidad, mucha más de lo que ella estaba sintiendo por dentro en esos momentos.
—He tenido el honor de ser la elegida para oficiar esta ceremonia, pero tengo que deciros algo… Magda y Jan. Es la primera vez que hago esto, espero que me disculpéis y estéis seguros de lo que habéis hecho pidiéndome algo así —dijo ella. Los novios le sonrieron y se oyeron también algunas risas de empatía entre los invitados —He… yo he escrito un poema. Lo leeré a continuación y después oficiaremos los votos.
Tomó aire y sacó el papel, que vibraba con el temblor de sus dedos.
Un día sus ojos fueron sal
y sus labios ardían en fuego
él olvidó cómo besar
para recordarlo luego.
Cerró los ojos por un instante y logró calmarse por completo antes de seguir recitando. No quedaba ni un solo rastro de nervios ni de su voz neutral, la que utilizaba para los discursos protocolarios, de veras estaba sintiendo aquellas palabras.
Ella le enseñó sus secretos
y él cómo navegar
ella le escondió uno
para regalárselo al mar.
Él quiso sus buenas noches
cada día bajo la misma estrella
sus manos fuertes y vacías
lo que siempre anheló ella.
Se fundieron como uno
en el eterno anochecer
y ya no hubo más "tú o yo"
fueron marido y mujer.
Cuando terminó de leer, se hizo un inmenso silencio. Tan sólo la mirada emocionada de Jan la devolvió un poco al momento, ubicándola de nuevo en la realidad.
—Toma su mano —susurró Zelda.
Jan y Magda se dieron la mano y ella utilizó un lienzo de tela de seda blanca para unir sus muñecas, atándolos como dictaba la tradición.
"Viento. Agua. Relámpago. Fuego."
Que las fuerzas divinas de este mundo bendigan esta unión.
—Decid vuestros votos ahora —les pidió Zelda.
—Magda, yo te tomo como esposa, bajo la luz del Crepúsculo.
—Jan, yo te tomo como marido, bajo la luz del Crepúsculo.
"Fuego. Relámpago. Agua. Viento."
Que la Diosa Hylia una vuestras manos por siempre con su lazo protector.
—¡Vivan los novios! —exclamó el alcalde Rozel.
Todos los invitados rompieron a aplaudir, los niños lanzaban pétalos al aire y se oían "vivas" por todos lados, mientras Jan y Magda se besaban con la última luz del Crepúsculo. Zelda respiró tranquila al ver que todo había salido bien. Aceptó las felicitaciones de los novios, del alcalde, de los familiares de Jan y Magda… de repente se vio envuelta en saludos y felicitaciones de muchas personas que ni siquiera conocía.
Los novios y los invitados pusieron rumbo a la playa, donde ya ardían las hogueras para el festival de esa noche, había música y el olor a comida a la brasa invadía el ambiente.
—¡Zelda, Zelda, estamos aquí! —Cecille le hacía señas con una mano y ella al fin pudo reunirse con sus amigos, como llevaba un buen rato deseando hacer —Has estado… ha sido tan bonito… no tengo palabras para describirlo. ¿Puedo darte un abrazo?
—Claro —dijo ella, sonrojándose un poco con timidez.
—Alteza, no sabía que supierais escribir ni recitar tan bien, estoy fascinado —dijo Kei.
—Bueno, la verdad es que estaba muy nerviosa, me he pasado la mitad del tiempo rezando para que no fuese un desastre, espero que no se haya notado.
—No se ha notado en absoluto —dijo Cecille.
—Link —dijo ella, tratando de llamar su atención. Él estaba taciturno y parecía que le costaba mantener el contacto visual más aún de lo normal —dime algo, por la Diosa.
—M-me ha gustado. Sí, sobre todo el poema, me ha gustado de verdad.
—Gracias —sonrió. Era bastante obvio que algunos fragmentos del poema los había escrito pensando en él, aunque no creyó que Link se hubiera dado por aludido en ningún momento.
Sin más demora todos fueron a unirse a los festejos del Crepúsculo. Varias veces ofrecieron una bebida dulce y alcohólica a Zelda, pero ella sólo tomó un poco. Link tampoco parecía demasiado interesado en embriagarse esa noche, aunque no le pasaba lo mismo a Cecille y Kei, que sí se apuntaron unos cuantos tragos.
Comieron, bebieron y siguieron festejando. Después, la gente empezó a danzar alrededor de las hogueras, como era tradición. Zelda aceptó un baile de Jan, que fue a buscarla en cuanto soltó a su recién estrenada esposa. Después volvió junto a Cecille, que había estado aplaudiendo todo el rato desde la distancia.
—Creo que se lo voy a pedir —dijo Cecille. Los ojos le brillaban más de la cuenta, el alcohol debía empezar a afectarle.
—¿El qué? —preguntó ella.
—A Link, le voy a pedir que baile conmigo otra vez, como hace un año.
Zelda sintió de nuevo la sensación de malestar que había olvidado desde que llegaran a la aldea, como un pinchazo en el estómago. Levantó la vista para buscar a alguien que la sacase de esa conversación, pero sólo vio a Link hablando con Kei a lo lejos, junto a una hoguera.
—¿Sabes? Mientras leías en la boda, Link me ha dado la mano y me la ha apretado muy fuerte. —confesó Cecille —Eso hace que no pierda la esperanza del todo, ¿no crees?
Aquello fue como un jarro de agua fría para ella, desde luego, había sido una estúpida por dejar ese tema aparcado y creer que Link no... No sabía qué cara poner, aunque no importaba la cara que pusiese porque Cecille sólo estaba pendiente de Link, que caminó hacia ellas acompañado por Kei.
—Ahí viene —dijo Cecille, tomando aire.
—Hay una competición de trepar por las palmeras, igual nos apuntamos —dijo Link. Tenía la nariz y las mejillas sonrojadas por el sol que había tomado durante todo el día.
—Yo tengo una idea mejor, podríamos bailar —propuso Cecille.
—¿Bailar? ¿Ahora? —preguntó él, frunciendo el ceño.
—¡Sí! Todo el mundo está bailando, bueno, casi todo el mundo.
Link miró a Zelda y ella apartó la mirada a un lado, sin pronunciar palabra.
—No sé si quiero bailar, no se me da bien —dijo él —a… a menos que vosotras tengáis mucho empeño.
—Tenemos mucho empeño, por favor —suplicó Cecille.
—Bueno, yo-
—¡Genial! —dijo Cecille, y tiró de su brazo para arrastrarle hacia las hogueras y la música. Link dio unos cuantos traspiés, volviendo la vista atrás, pero se dejó llevar.
Kei se aclaró la garganta y se quedó mirando a Zelda, a la espera de que ella dijese algo.
—Me gustaría mucho bailar contigo, Kei, pero tal vez más tarde —sonrió Zelda —ahora querría ir a ver el edificio la escuela, el alcalde Rozel me ha dicho que han puesto unos dibujos pintados por los niños y prometí ir a verlos después de la cena.
—Vale, nosotros seguiremos por aquí.
Zelda se alejó de las hogueras tan rápido como pudo, con un gran nudo en el estómago. Estaba mal sentir celos, sí, pero no soportaba ver a Cecille bailando con Link, de la misma manera que no soportaba la idea de ellos dos de la mano durante la ceremonia. Aquella revelación fue como sumergirse de repente en las fuentes de agua congelada. Justo cuando pensaba que las cosas con Link podrían arreglarse e ir mejor, había surgido ese obstáculo inesperado, y ya no podía disfrutar de todo de la misma manera, no podía reír y bailar con aquella angustia oprimiéndole el pecho.
—Alteza, ¿estáis bien? —preguntó Rozel, al verla llegar con gesto contrariado.
—Sí por supuesto. Iba a buscarte, me apetece mucho ver esos dibujos y el edificio nuevo, ¿vamos?
La escuela era la única construcción toda madera de la aldea, el resto de cabañas combinaban madera con hojas de palmera y otros materiales menos resistentes. La habían cubierto de una especie de barniz protector que aún olía muy fuerte, debieron terminar de pintarla hacía poco. El edificio tenía dos plantas aparte de la planta baja, la mayoría de las aulas estaban en la primera planta, y en la planta más alta había un laboratorio y un observatorio astronómico. Los niños habían decorado las paredes con sus dibujos en los que trataban de representar al pueblo del Crepúsculo, tal y como lo imaginaban ellos. Había dibujos de dragones, caballos, incluso había algún que otro dibujo con los triángulos sagrados, lo que hizo sonreír a Zelda.
Estuvo viendo la exposición y conversando con algunos de los padres que había allí. Después subió a la segunda planta, ella sola. Abrió el ventanal que había junto al telescopio de observación, y respiró el viento salado de la noche. Le llegaban resquicios de la música que había en la playa, y vio a la gente alrededor de las hogueras, pero estaban tan lejos que no lograba distinguirlos, eran puntos de colores que se movían junto a las llamas. Había logrado calmarse, después de la exposición volvería con sus amigos e intentaría disfrutar lo máximo, con o sin Link.
Sal de aquí, ahora.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó, aún a sabiendas de que estaba sola.
Tienes que salir de aquí, princesa Zelda. Sácalos a todos de aquí. Sálvalos, ¡ahora!
—El espejo… —murmuró, recordando que lo había llevado consigo toda la noche.
Un fuerte olor a resina quemada invadió el ambiente.
—Fuego…
Zelda bajó las escaleras corriendo, estaba segura de que el edificio había empezado a arder.
—¡Fuego, todo el mundo fuera! —exclamó.
Los padres y los niños que había alrededor la miraban atónitos, pero pronto el olor a quemado y el humo empezó a contaminarlo todo. Con rapidez empezaron a obedecerla y en medio del caos bajaron hasta la planta baja para desalojar el edificio. Las llamas ya eran visibles y un calor infernal procedía de las plantas superiores. Zelda se quedó junto al alcalde en la puerta, hasta que se aseguraron de que todo el mundo había salido.
—No puede ser, esto es un desastre… —se lamentó el alcalde, con los ojos brillantes, al ver cómo todos sus esfuerzos estaban siendo consumidos por el fuego.
—Ve a buscar ayuda ahora mismo. Le ordenó ella, diles a todos que vengan, avisa a Link. Hay que apagar este fuego antes de que se extienda a otros sitios —dijo ella, zarandeándole por los hombros para que reaccionase.
—¡Zuta! ¡Zuta! —gritó una mujer con desesperación —¡ayuda, no encuentro a Zuta!
—¿Qué ocurre? —preguntó Zelda, acercándose a la mujer.
—Mi niño… no lo encuentro… no lo… está atrapado ahí —lloró, con desesperación.
Zelda se volvió para mirar cómo las llamas devoraban la escuela, como un infierno creciente en mitad de la noche.
—Dame eso —dijo al alcalde Rozel, quitándole su capa. Buscó una tinaja con agua y la mojó entera para echársela por encima.
—Alteza, no estaréis pensando en… —dijo el alcalde con voz temblorosa.
—Trae a Link —ordenó ella por última vez, antes de lanzarse a las llamas.
Todo estaba oscuro por culpa de un humo denso y pesado que invadía el interior del edificio. También temía que la construcción empezara a derrumbarse de un momento a otro.
—¿Zuta? ¡Zuta, responde, he venido a buscarte! —gritó ella.
Está atrapado en la primera planta, junto a un armario. ¡Date prisa!
De mala manera consiguió esquivar las llamas que mordían los peldaños de las escaleras de madera. Cuando llegó a la primera planta, las escaleras se deshicieron por completo, eliminando la posibilidad de escapar por ahí.
—¿Zuta?
—¡Socorro!
Zelda encontró al pequeño agazapado junto a un armario, tal y como el espejo había dicho. Su corazón latió con alivio al verle sano y salvo.
—Zuta, nos has asustado —dijo ella, envolviéndole con la capa húmeda para que no respirase el humo tóxico. —Ahora agárrate muy fuerte a mí, ¿vale? Vamos a salir de aquí.
Por la ventana, el fuego aún no llega hasta ahí.
Zelda tomó al niño en brazos, que se aferró con fuerza a su cuello y se dirigió hasta la ventana. La abrió y salió como pudo. Todo lo demás ya ardía a sus espaldas, aquella era su única escapatoria, pero había unos cinco metros de altura hasta la playa.
—Tenemos que trepar un poco, no tengas miedo y no me sueltes.
Como pudo, fue aferrándose a los bordes de madera del edificio, y cuando estaba a algo más de un metro del suelo, saltó con el niño en brazos. Rodaron un poco por la arena, pero la caída fue menos aparatosa de lo esperado.
—¿Estás bien, Zuta?
El pequeño tosió un par de veces y asintió, abrazándose a ella. También ella tosió, debía haber tragado bastante humo. La madre de Zuta y el resto los encontraron en la playa y corrieron hacia ellos.
—¡Zuta!
—¡Mamá!
Zuta echó a correr y se aferró a su madre, que no podía parar de llorar, esta vez de alivio.
—Que la Diosa os bendiga, es un milagro, un milagro aquí mismo.
La mujer le besó las manos en agradecimiento, y poco a poco todos se alejaron de allí, a excepción de los que ya habían empezado a apagar el fuego llenando tinajas con agua de mar.
—¡Zelda!
A lo lejos, vio a Link corriendo a toda velocidad hacia ella, dando enormes zancadas sobre la playa. Otros lo seguían de lejos, al fin los refuerzos que fue a buscar el alcalde llegaron, aunque ya era demasiado tarde.
—¡Zelda! —volvió a gritar él, cuando estaba más cerca.
—Estoy bien, no-
Él se abrazó a ella con toda la fuerza que pudo. El corazón le latía a toda velocidad por la ferocidad de su carrera y la apretaba tan fuerte que casi le hacía daño.
—Link —dijo ella, abrazándole y hundiendo una mano en su pelo para calmarle.
Link se separó para agarrarle la cara con ambas manos. La miraba con incredulidad, con una expresión de terror en los ojos que le heló la sangre. Después volvió a abrazarla, con más suavidad.
—Tranquilo, estoy bien —murmuró ella, acariciándole el pelo bajo la nuca.
—Pensaba que te habías quemado. Pensaba que…
Notaba a Link estremecerse entre sus brazos, y entonces fue ella la que incrementó la fuerza del abrazo otra vez, se abrazaban haciéndose daño, pero eso era justo lo que necesitaban en ese momento. El miedo a perderse se había calmado un poco, aquello no era más que el abrazo que no se habían dado después de meses de separación.
—¿P-por qué? —susurró él, hundiendo la cabeza en su hombro.
—Había un niño atrapado. Tenía que sacarlo de ahí.
Al fin Link se separó de ella, demasiado pronto para su gusto. La cantidad de emociones, de preguntas sin respuesta que expresaban sus ojos azules casi le partió el corazón, e hizo un esfuerzo por evitar las lágrimas, aunque después de toda la adrenalina vivida, llorar era casi lo único que le apetecía en ese momento.
El festival del Crepúsculo quedó empañado por el incendio. Toda la aldea trabajó para extinguir las llamas por completo y las hogueras y la música se apagaron también. Las familias sólo querían estar unidas y olvidar ese mal trago, y todos fueron marchándose a casa poco a poco. Zelda ayudó hasta el final, con Link a su lado. Él la agarró de la mano y no la soltó ni por un instante, Zelda estuvo paseándolo de un lado a otro sin soltarle ni para despedirse del alcalde.
Una vez se despidieron de todos fueron a buscar a sus amigos, que habían esperado con paciencia mientras todos colaboraban para recoger y devolver la normalidad a la aldea.
—Zelda, nos has dado un susto de muerte —la abrazó Cecille, sin poder contener las lágrimas.
—A-alteza… —murmuró Kei.
—Oh, deja de llamarme así, por todos los diablos —dijo ella y tiró de su camisa para que se acercase y así poder abrazarle. Kei se había mantenido tímido y a la espera, pero ella sabía que él necesitaba ese abrazo tanto como los demás.
—Id a descansar, mañana nos veremos —se despidió Link sin más demora, volviendo a agarrarla de la mano —yo me quedo con Zelda. La acompañaré hasta su cabaña.
—Zelda, ¿estarás bien? —preguntó Cecille, enjuagándose las lágrimas, mucho más calmada.
—Sí, descansad.
Ambos caminaron en dirección de la cabaña de Zelda. Toda la aldea volvía a estar en silencio, sólo se oía el sonido pausado de las olas, pero el olor a resina quemada invadía el ambiente, era como un triste recordatorio de lo que podría haber sido una tragedia… si no fuese por el espejo.
—Link, estoy bien, de verdad —dijo ella, una vez alcanzaron los escalones de madera de su choza. Le costó trabajo desprenderse de su mano, pero él terminó cediendo para soltarla —ve a descansar, lo necesitas.
—No creo que pueda dormir —dijo él —si no te importa, me quedaré aquí sentado en tu puerta.
—¿Cómo diablos te vas a quedar ahí sentado?
—Es lo que quiero. Los que han incendiado la escuela podrían querer incendiar tu cabaña o… no lo sé. Así que me quedaré aquí hasta que amanezca.
—No voy a conseguir que cambies de idea, ¿verdad?
—No.
—Muy bien.
Zelda desapareció un instante por la puerta de su cabaña. Hubo un revuelo en el interior y volvió a salir. Link se giró hacia ella con sorpresa.
—¿Qué haces?
—Si tú no duermes, yo tampoco. Toma, bebe esto, estamos de fiesta, ¿no? Es esa especie de ron que servían hoy. Kiana me trajo una botella para mí, y también hay algo de fruta por si quieres.
Link sonrió de medio lado y aceptó el trago y un poco de piña cortada en trozos. Zelda se sentó a junto a él en los escalones de madera. Por unos minutos ambos miraron en silencio el mar que acariciaba la orilla a poca distancia, mientras compartían la botella.
—Aún no entiendo cómo has logrado escapar… ni mucho menos cómo se te ha ocurrido meterte en las llamas, el alcalde me ha dicho que parecía imposible entrar a ese infierno, dijo que no escaparías con vida. —dijo Link, rompiendo el silencio.
—Hay… hay algo que no te he enseñado. Lo encontré en la playa, junto a los acantilados —dijo ella. Sacó el espejo y lo desenvolvió para enseñárselo a Link.
Él lo tomó entre las manos y contrajo el gesto, nada más tocarlo.
—Tú también lo sientes, ¿verdad? —intuyó ella.
—¿Qué es? ¿Qué magia es esta?
—No lo sé, aún tengo que averiguarlo. Puede que en el castillo, en los libros que se salvaron haya algo. Sólo sé que el espejo… me ha hablado. Y ha sido gracias a esa voz que he podido escapar del incendio y salvar a todo el mundo.
—Es increíble —dijo él, examinándolo por todos lados —aun así… ¿en qué estabas pensando, Zelda? ¿Cómo…? Eres incluso más temeraria que hace cien años. Siempre dices que yo soy el temerario, y que vaya con cuidado porque no soy inmortal. Tal vez deberías pararte tú también a pensar lo mismo.
—Yo… lo siento, Link. Es que hay algo que ha cambiado en mí.
Él levantó la vista para mirarla, tratando de descifrar la respuesta en sus ojos antes de que ella dijese nada.
—A veces… a veces siento el poder sagrado ardiendo aquí dentro —prosiguió ella, apuntándose con un dedo al pecho —y sé que es difícil de creer, pero me insufla valor. Me insufla un valor inmenso, que nunca antes había sentido. Me pasó con el ladrón que había en mi casa, y también hoy en el incendio.
Él resopló con resignación, apretando las mandíbulas.
—Entiendo que el poder sagrado tenga algún efecto en ti. Es sólo que… otra vez no he podido hacer nada para ayudarte. Estaba lejos, ni siquiera tenía la Espada a mano.
—Ey, no te castigues por eso. Basta de lamentaciones por hoy. Estamos de vacaciones, ¿recuerdas? —sonrió ella, chocando el hombro con el suyo para animarle.
—Zelda, yo… Quería estar un poco más con… yo ni siquiera quería ir a ese estúpido baile —refunfuñó él —No volverá a pasar.
—No sirve de nada pensarlo. Ni podrás impedir que pasen más cosas como esta, parece inevitable. —dijo ella, dibujando una sonrisa irónica —Pensé que todo acabaría con la muerte de Ganon, pero… parece que tú y yo nunca lograremos estar a salvo del todo, ¿verdad?
—Si el rey de Tanagar está detrás de esto probará el filo de mi espada —dijo él con frialdad.
—Creo que pronto lo averiguaremos. De momento sólo podemos esperar. Y terminar nuestras vacaciones, lo poco que queda de ellas. Me niego a que la noche se arruine del todo, no pienso concederle eso también al culpable de este desastre —Zelda dio un trago largo a la botella. Necesitaba perderse y desconectar, el alcohol empezaba a reconfortar todos los nervios que había pasado durante el día.
—Me siento un poco mareado —dijo Link de repente.
—Ven. Pon tu cabeza aquí.
Tiró de él para que descansase sobre su regazo. Link se acomodó bien, apoyando la cabeza sobre sus piernas y ella deshizo el nudo que le ataba el pelo para liberarlo y poder acariciarle mientras él cerraba los ojos, dejándose llevar.
Nota: Muchas gracias por seguir leyendo y por vuestros reviews. Un abrazo, Nyel2.
