Capítulo 11 – Incógnito
Link hizo guardia lo que restó de noche sentado junto a la tienda de Zelda. Estar quieto y en vela podría parecer un esfuerzo para cualquier otro, pero para él no lo era porque eso le hacía feliz. Le hacía feliz que ella lo hubiese llamado para acompañarla cuando fue a rezar y le hacía feliz que volviese a dejar en sus manos su seguridad. Era todo lo que deseaba, poder protegerla lo mejor que podía, estar cerca de ella. Necesitaba que contase con él, aunque esa cercanía implicase aguantarse las ganas de besarla a todas horas. Incluso cuando estaba enfadada y le hablaba con el ceño fruncido le resultaba irresistible. Trataba de concentrarse en vigilar y oír posibles ruidos en el bosque, pero su mente se regodeaba una y otra vez en el beso que se habían dado antes de que ella fuese a dormir, por la Diosa, era imposible sacárselo de la cabeza. La Zelda de hacía cien años lo tenía fascinado, pero la del presente aún más. Nunca encontraba el momento para decírselo, pero aún estaba maravillado por todo el trabajo que había hecho en Hatelia, por cómo trató a la gente en Onaona, por cómo se atrevió a arriesgar su vida por aquel niño… incluso por sus lágrimas al ver al dragón guardián del bosque caer. Pensaba que era imposible querer más alguien de lo que él la quería cuando fue a buscarla y enfrentarse a Ganon, pero estaba equivocado. Cada nuevo paso, cada nuevo matiz le descubría una persona fuerte e independiente de la cual podía aprender y sentirse admirado.
—Hey, Link.
—Hey, Kei.
El sheikah se arrastró con los ojos hinchados de sueño hasta él. Link añadió un par de palos a la hoguera que casi se extinguía a unos cuantos metros de la tienda de Zelda.
—Puedo hacer té —sugirió Link.
—Y yo podría beberme el lago Hylia entero de té y seguiría estando muerto de sueño, por la Diosa. ¿Qué haces aquí? Pensaba que era el turno de Azu.
—Ha… habido un pequeño altercado. He mandado a Azu a… no sé ni por dónde empezar —dijo Link, agitando la cabeza —Cuando acompañé a Zelda en el bosque-
—Buen comienzo, se pone interesante —interrumpió Kei, mientras ponía agua a hervir para el té.
—No es eso —Link se cruzó de brazos.
—¿No estabas deseando irte con ella a solas en el bosque?
—Esa no es la cuestión.
—¿Qué tal te va con ella? —insistió Kei.
—Siempre tienes que meter la nariz en todo —refunfuñó Link.
—¿Habéis arreglado ya lo vuestro o no? Es una pregunta simple, deberías poder contestar sin problemas.
—Hemos mejorado mucho —admitió a regañadientes.
—Pero aún no te deja entrar en su tienda, ¿eh? —se burló Kei, tratando de provocarle.
—Pues…
Pues no tenía pensado decirle que la última noche en Onaona había entrado en su cabaña y mucho más que eso. Los temas privados con Zelda eran complicados por su propia naturaleza y nadie, ni siquiera Kei, debía saber más de lo necesario. Además, lo último que quería era dar un nuevo paso atrás en su relación con ella.
—¿Y qué ha pasado en el bosque? Ya hablo en serio —Kei sirvió dos vasos de té y dio uno a Link.
—Nos ha atacado Faren, el dragón guardián del bosque. —Link vio cómo Kei abría la boca con asombro, sin saber ni qué decir —Lo sé. Faren nunca se deja ver… y lo sé. En el raro caso de que se deje ver, es imposible que un espíritu puro del bosque ataque a nadie. Pero ha ocurrido todo eso. Estaba furioso, se revolvió contra lo primero que tuvo a la vista. Y lo primero que tuvo a la vista fuimos nosotros dos. Alguien lo había herido con esto.
—Que me lleve el Vigilante… —murmuró Kei —es una flecha negra.
—¿La habías visto antes?
—Mi padre me habló de esto. Son flechas impregnadas con una sustancia… una especie de veneno. Al clavarse introducen una ponzoña que se va extendiendo por todo el cuerpo y la víctima muere lentamente.
Link frunció el ceño. Tal vez Faren moriría después de todo, aunque en ningún caso por el impacto recibido por la Trifuerza.
—¿Existe cura para ese veneno?
—No lo sé —dijo Kei, rascándose la nuca con aire pensativo.
Link se puso en pie. Miró la tienda silenciosa de Zelda y después a Kei.
—Tengo que irme, junto a Azu —anunció —tú… ¿te podrías quedar aquí, vigilando hasta que Zelda despierte?
—Sí, pero… ¿qué vas a hacer, Link?
—Creo que Faren morirá. Fue herido con la flecha negra así que… No sé qué voy a hacer, pero necesito echar un vistazo ahora mismo.
Sin pensarlo más, Link deshizo el camino que había hecho la noche anterior hasta la poza donde yacía el cuerpo de Faren. Iba angustiado pensando en qué le diría a Zelda si el dragón moría, sin duda iba a ser un golpe duro, otro más en todos los muchos golpes que ambos acumulaban en sus vidas. Cuando llegó al lugar encontró a Azu durmiendo en el suelo, junto a un enorme charco de sangre negruzca, pero Faren… Faren había desaparecido. No había ni rastro del dragón, si no fuese por la sangre parecería como si nunca hubiera estado ahí.
—¡Azu, despierta! ¡Despierta!
—Link… ¿qué…? —murmuró Azu, somnoliento —diablos ¡me he dormido!
—Sí, te has quedado dormido —dijo Link, frunciendo el ceño —no puedes permitir que el sueño te venza así, maldita sea…
—Lo siento, yo… —dijo Azu, sonrojándose avergonzado —por favor, dame otra oportunidad, te prometo que lo haré mejor, quiero ser un buen soldado y-
—Eso ahora no importa —interrumpió Link —¿dónde está Faren? ¿Qué ha pasado?
—Pues… no tengo ni idea, c-creo que antes de dormir estaba ahí… estaba tumbado con la cabeza apoyada justo ahí.
—¿Respiraba?
—Sí, dormía… o eso creo.
Link miró el charco negro y después hacia el cielo. Tal vez la Trifuerza sí había hecho algo bueno. Tal vez la luz de Zelda ayudó a Faren a expulsar toda la sangre envenenada por la flecha negra y cuando se sintió mejor, salió volando. En cualquier caso, se había marchado por su propia cuenta, nadie era capaz de mover una mole de ese tamaño sin que Azu se hubiera despertado.
Ambos inspeccionaron los alrededores y no vieron nada más, ni un rastro ni una pista. Ya se disponían a volver al campamento, cuando oyeron gritos de ayuda en la espesura del bosque.
—Link, ¿qué es eso? ¿No estamos solos?
—Desenvaina —dijo Link, adentrándose entre los árboles de donde venía el sonido. Azu sacó su espada y lo siguió por detrás.
Se movieron despacio, hasta que vieron que quien gritaba era un joven hyliano, más o menos de su edad. Estaba socorriendo a una anciana que se lamentaba de dolor.
—¿Necesitáis ayuda? —dijo Link, descubriéndose para acercarse a ellos.
—¡Cielos, gracias! —exclamó el joven —un jabalí espantó a nuestros caballos y mi abuela ha caído, creo que se ha hecho daño en la pierna.
—¿Un jabalí? —preguntó Link, frunciendo el ceño.
—Sí, era enorme. Con colmillos como cuchillas, parecía un demonio —dijo la anciana, que se apoyaba en el joven como podía.
—Pensamos que nadie acudiría, que estábamos solos —prosiguió el joven —pero oí unos ruidos, como si hubiera alguien cerca, y me puse a gritar por si nos oían.
—Azu, ayuda a levantar a la anciana —ordenó Link —nuestro campamento no está lejos… ¿a dónde os dirigís?
—Vamos hacia el lago Hylia. Hay una posta cerca, mi tío nos esperaba a ambos allí —aclaró el joven —mi nombre es Tarek. Gracias por todo... te llamas…
—Link. Mi compañero es Azu.
—Gracias, Link y Azu, gracias por socorrernos.
Llegaron al campamento con Tarek y su abuela. Todos habían despertado y encendido las hogueras, que humeaban transportando los olores del desayuno. El alcalde Reede y los demás ayudaron a auxiliar a la anciana, decía llamarse Yaba. Resultó que no tenía el tobillo ni la pierna herida, tal vez sólo se sentía mal y aturdida por el golpe. Sophie les preparó un caldo caliente y compartieron mantas y hogueras con los recién llegados. Mientras dejaba en manos de sus compañeros el cuidado de sus invitados sorpresa, Link fue a buscar a Zelda. La encontró envuelta de pies a cabeza en una manta junto a la hoguera más próxima a su tienda, con una taza de té humeante en las manos.
—¿Estás bien? —le preguntó sin ocultar su preocupación, agachándose junto a ella nada más llegar.
—Tengo un poco de frío, pero estoy bien.
Él apretó las mandíbulas y añadió un poco más de leña a la hoguera. No sabía si ella habría logrado dormir algo, y eso a pesar de que el poder sagrado la había dejado exhausta la noche anterior.
—Faren ha desaparecido —anunció.
—¿Qué? ¿Qué le ha pasado?
—Cuando llegué a donde lo dejamos, no estaba. Encontré el estanque vacío. Azu se quedó dormido así que… sólo había un enorme charco de sangre oscura. Creo… creo que expulsó el veneno de la flecha negra.
—¿Qué veneno? —preguntó ella, cada vez más desconcertada.
—Kei me explicó que había sido herido con una flecha envenenada, es la flecha que logré arrancarle. Es posible que la luz de la Trifuerza sirviese para curarle y no para hacerle daño como tú pensabas. Creo que expulsó toda esa porquería con la que estaba infectado por la herida de la boca gracias a ti.
—Eres… te lo agradezco. Sé… sé que lo dices para que me sienta mejor —dijo ella, bajando la mirada.
—Te prometo que lo digo de verdad… aunque también es verdad que quiero que te sientas mejor.
Zelda suspiró y entonces miró al cielo, como si estuviera buscando a Faren entre las nubes que amenazaban con traer otra larga jornada de lluvia.
—Link… ¿Crees que estará bien? ¿A dónde habrá ido?
—No lo sé.
Link se contuvo para no besarla. Estaban solos, demasiado cerca. Ella parecía frágil y deseó reconfortarla del mismo modo que la noche anterior, aunque fuera sólo por un segundo. La idea se esfumó de su mente al oír pasos cercanos, de momento tendría que conformarse con besarla en su cabeza.
—Hey, Link —dijo Kei, que apareció con un par de manzanas para desayunar —¿quién demonios son esos que has traído contigo?
—Ah, casi lo olvido. Azu y yo hemos encontrado a dos viajeros perdidos en el bosque, un tal Tarek y su abuela. Un jabalí espantó a sus caballos y se desorientaron. Hemos pensado en dejar que nos acompañen hasta el lago Hylia, en la posta conseguirán otros caballos —relató Link, aceptando una de las manzanas que Kei había traído.
—No me gusta.
—Los sheikah siempre tan confiados —bromeó Zelda, dibujando una sonrisa.
—No sabría decir lo que es… pero no me gusta ese tipo y mucho menos su abuela —reiteró Kei.
—Zelda, debes saber que la primera vez que conocí a Kei me confundió con un miembro del clan Yiga y me robó la piedra sheikah mientras dormía —relató Link —cualquier desconocido le parece sospechoso y capaz de lo peor.
—Nada en su historia me encaja —dijo Kei, ignorando el reproche de Link —"un jabalí les atacó". No hay jabalís en el bosque de Farone. Esos animales prefieren los bosques más fríos del norte, no hay jabalís tan al sur. Y si los hubiera serían de otra especie. He visto algunos cerdos salvajes, pero son pacíficos y jamás se enfrentarían a un caballo. Además, las ropas de esa vieja estaban limpias, si se hubiera caído al suelo estaría llena de barro con todo lo que ha llovido.
—No la llames vieja —le riñó Zelda, volviendo a reírse y pegando un sorbo a su té.
Link frunció el ceño y empezó a analizar las palabras de Kei. De repente a él tampoco le gustó la historia que le había contado Tarek. Miró a los recién llegados, estaban sentados en el fuego junto a Reede y Cecille. Parecían normales, gente corriente, pero…
—A mí tampoco me gustan —decidió Link.
—¿Tú también? No puedo con vosotros dos, de verdad. Debemos prestar nuestra ayuda a todos siempre que podamos, es nuestra obligación —dijo Zelda.
—No deben saber quién eres —dijo él, mientras trataba de dar forma a una idea.
—¿Por qué? No digas tonterías…
—Estoy de acuerdo con Link —añadió Kei, cruzándose los brazos frente al pecho —no deben saber quién eres ni cuál es nuestro objetivo. Los Yiga acostumbran a disfrazarse e infiltrarse entre sus enemigos para luego jugarles malas pasadas.
—No son Yiga —gruñó Zelda, poniendo los ojos en blanco.
—No quiero que sepan que eres tú —dijo Link —hay que disfrazarte de inmediato.
—¿Qué?
—Me parece una idea excelente —coincidió Kei, con entusiasmo.
—No puedes ir por ahí con tus ojos verdes y tu largo pelo rubio —dijo Link, exagerando cada palabra —Todos sabrán que eres la princesa de Hyrule, llamas demasiado la atención. Hoy mismo saldremos del bosque y estarás al descubierto, serás el blanco de posibles enemigos.
—Eso que dices me parece ofensivo —dijo Zelda, soltando el cuenco de té en el suelo —yo puedo ir por ahí como me parezca. Hay miles de jóvenes de pelo rubio y ojos verdes y ninguna de ellas debería esconderse por llamar la atención.
—Pero tú eres la princesa —intervino Kei —y esos tipos de Tanagar te persiguen al igual que los Yiga. Seguramente han oído cómo es tu descripción física y aunque no te hayan visto, podrían reconocerte. Tal vez… tal vez me esté metiendo donde no me llaman, pero creo que no deberíamos poner en riesgo la misión.
Zelda apretó los labios. Link sabía que no le gustaba lo que le proponían, pero a la vez era demasiado inteligente como para no darse cuenta de que ellos tenían parte de razón, y ya era un hecho que varias personas se habían visto envueltas en peligro por culpa de una amenaza constante que no eran capaces de anticipar.
—Está bien. ¿Qué vamos a hacer entonces? —aceptó ella, cruzándose de brazos con resignación.
—Buscarte un disfraz —sonrió Link con triunfo —se me ocurre que podrías vestirte como un sheikah, te permitiría ocultar bastante tu aspecto. Seguro que a nadie se le ha ocurrido antes.
—Es una idea perfecta, Link. —dijo Kei —Voy a buscar ropas para que pueda vestirse.
—No. Primero ve a hablar con el resto del equipo. Que nadie diga nada sobre Zelda, cuéntales nuestro plan sin que Tarek ni su abuela lo sepan. Cuando confiemos en ellos, entonces les diremos la verdad.
—Estáis mal de la cabeza —refunfuñó Zelda.
—Tú métete en la tienda y no salgas hasta que no te haya traído la ropa de Kei —le ordenó Link.
El nombre en clave de Zelda era Koko, como la prima menor de Kei. Vestía la casaca con el ojo sin párpado bordado en el pecho y llevaba manos y cabeza vendados, eran las ropas de acecho de Kei. Todo le quedaba un poco grande, pero con la vestimenta sheikah habían conseguido ocultar casi todo lo que la hacía inconfundible, menos uno de sus rasgos más significativos, sus enormes ojos esmeralda. De todos modos, Link cabalgaba satisfecho a su lado. Ni Tarek ni su abuela habían mostrado el menor interés en los sheikah… de hecho, se habían mostrado más ariscos con ellos que con los demás, guardando las distancias.
Aquella jornada de viaje fue la peor de todas. La lluvia era espesa y muy fuerte y hasta los caballos tenían problemas para avanzar. A ese ritmo no iban a llegar a tiempo al lago Hylia y se verían obligados a pasar otra noche más en el bosque… eso si lograban acampar. Después de discutirlo un poco con Reede y el resto de la comitiva, Link decidió parar para evitar un accidente. Encontraron unos árboles altos en el borde del camino y todos se cobijaron un tiempo, a la espera de que aquella inundación constante se calmase un poco. Los caballos fueron amarrados juntos bajo un árbol que había en la parte más espesa, y Link, Zelda y Kei compartieron un mismo árbol, que estaba un poco más alejado de los demás. Link había pedido expresamente a Cecille y Sophie que no se acercasen a Zelda como solían hacer, cuanto menos la oyesen hablar, menos posibilidades habría de que sus invitados llegasen a descubrir el engaño.
—Esa vieja mete las narices donde no debe —refunfuñó Kei, con la espalda pegada al tronco del árbol. Link y Zelda estaban igual que él, rodeando el tronco con las espaldas pegadas al mismo, mientras veían la cortina de lluvia frente a ellos.
—No la llames vieja —dijo Zelda, sin poder evitar reírse cada vez que Kei lo decía —¿por qué dices que mete las narices donde no debe?
—No ha parado de hacer preguntas. A Sophie, "¿por qué viajas tan lejos, siendo tan joven", a Azu "¿de veras quieres ser soldado con esas piernas tan delgadas?", a Reede, a Cecille. ¿A qué viene ese interrogatorio?
—Apenas se ha acercado a nosotros —observó Link —tal vez ya lo saben.
—Y si lo supieran… ¿qué más da? —dijo Zelda —creo que empezáis a obsesionaros con esto. He observado a Tarek y parece un joven normal y corriente, me recuerda a algunos de los chicos de Hatelia.
—No lo aguanto. Voy a ver qué está haciendo ahora —dijo Kei.
—¿Qué diablos iba a estar haciendo? No te muevas de aquí —intervino Link —comparto tus sospechas, pero no debes ser tan ansioso. ¡Kei!
—Déjalo ir —lo sostuvo Zelda, mientras Kei atravesaba la cortina de lluvia para ir a donde estaban los demás.
Link resopló y volvió a apoyar la espalda en la corteza del árbol. En esos momentos llovía con más fuerza aún, si eso era posible. Llovía tanto que apenas podían ver más allá de un par de metros desde su posición.
—Ya no sirve de nada que nos refugiemos bajo los árboles —dijo Zelda, rompiendo el silencio —Llueve incluso bajo sus hojas.
—Sí.
—¿Crees que podremos acampar hoy? En el caso de que deje de llover estará todo tan mojado que no tendrá sentido montar las tiendas.
—No, la verdad.
—Yo tengo un poco de hambre, ¿y tú? No comemos nada desde hace horas.
—Sí.
El agua repiqueteaba con fuerza en el suelo y en el techo de hojas. Los caminos habían empezado a arroyar y durante un rato las distintas sinfonías de agua fueron todo lo que se oía en el bosque.
—Bueno, ya es suficiente, Link —dijo ella, perdiendo la paciencia —no quiero ni uno más de tus monosílabos, me vuelves loca cuando estás así. ¿Te pasa algo?
—¿Qué? No me pasa nada, todo está bien en general —dijo él, volviendo un poco en sí. Era cierto que había perdido la mente en la lluvia y no le había prestado atención.
—Te… ¿te pasa algo conmigo? —preguntó ella, matizando la pregunta con timidez.
—¡No! —exclamó él de inmediato —perdona si ha parecido lo contrario.
—Vale, está bien entonces.
La boca y la nariz de Zelda estaban cubiertas por el vendaje sheikah, pero Link pudo leer en sus ojos inseguridad. Arrastró la mano por el tronco del árbol para alcanzar la de Zelda, que tenía atrapada entre la corteza de árbol y la espalda. Tiró de su mano con suavidad y ella cedió, sacándola de su escondrijo. Tenía las manos vendadas y él llevaba los guantes, así que la única parte de piel expuesta eran las puntas y las yemas de sus dedos. Link acarició a conciencia aquella pequeña porción de piel, uniendo sus propias yemas con las de ella, para luego entrelazar los dedos con los suyos. Si no podía tocarla como deseaba, intentaría transmitirle lo que pudiera así, y por la Diosa, sus manos vendadas eran suficientes para volverle loco.
—He hecho muchas cosas mal —dijo él, acompasando su voz con el sonido constante de la lluvia. Sintió una pequeña reacción en los dedos de Zelda, que se tensaron un segundo cuando él rompió el silencio. —Tardé muchos días en leer tus mensajes.
—No sé si atreverme a preguntar por qué —dijo ella con la voz temblorosa. También una parte de ella temblaba y Link podía sentirlo con claridad.
Él tomó aire y también un tiempo para responder. Pero tenía que responder, no había un motivo para no hacerlo y aquel parecía un buen momento.
—Tenía miedo de que dijeses que no querías volver a verme más, o que no sentías lo mismo. No lo sé.
—Y… cuando viste que no era así, ¿por qué no respondiste?
—Lo iba a hacer. Quise hacerlo muchas veces, pero… fuiste tú la que se alejó. Eso fue muy difícil para mí.
Zelda le dio un apretón en la mano y él la correspondió con otro, más prolongado y un poco más fuerte. Una vez más se enfrentó a la necesidad de besarla, si estuvieran solos, si no existiese nada más que ellos dos y la lluvia, todo sería muy diferente. Podría pedirle más explicaciones, pero decidió no presionarla. Se conformó con seguir acariciando sus dedos en silencio y sintiendo sus caricias en respuesta.
Pasaron horas hasta que la lluvia comenzó a ser más débil y tomaron la decisión de reanudar la marcha. El cielo comenzó a abrirse y por fin vieron el sol. Era casi curativo sentir un poco de calor en la cara, aunque aquellos rayos se correspondiesen con la lenta caída del sol en el horizonte.
—Eres muy joven —dijo una voz a su lado. Link tardó en darse cuenta de que se trataba de Yaba, la abuela de Tarek.
—Puede ser —dijo él, encogiéndose de hombros.
—¿Cuántos años tienes?
—No creo que eso tenga importancia.
—¿Desde cuándo capitaneas a tanta gente? ¿Dónde aprendiste a pelear?
—¿Cómo sabe usted que sé pelear? —respondió Link, sintiéndose incómodo con tanta pregunta. Entonces recordó las palabras del viejo rey Rhoam, "¿No sabes que es de muy mala educación responder una pregunta con otra?" Agitó la cabeza con una media sonrisa. Puede que el viejo tuviera razón, pero tampoco era educado ser acribillado a preguntas sin tener apenas margen para responder.
—Soy demasiado anciana, he visto de todo y reconozco un brazo fuerte cuando lo tengo cerca. La joven sheikah es muy amiga tuya, ¿verdad? Apenas te has despegado de su lado.
—Sinceramente, Yaba, creo que usted hace demasiadas preguntas. Espero que no se ofenda.
La anciana soltó una carcajada que a Link le resultó horrible. Si Kei estuviese cerca no habría tardado en murmurar algo en contra de aquella vieja.
—No me ofendo. Es sólo que una mujer tan anciana como yo no tiene muchas opciones de conversar con viajeros tan distinguidos.
Link asintió y mantuvo el silencio con la vaga esperanza de que aquella mujer se alejase para molestar a otro.
—¿Y esa espada que llevas? Parece un arma poco corriente…
—Así es.
—Ya veo, ya veo. Muy guapo, pero poco hablador. En fin, buscaré charla con algún otro de tus compañeros.
Tan sólo al ver que la mujer agitaba las riendas de su caballo para ponerse en cabeza junto al alcalde Reede, pudo respirar Link con alivio.
Aquella noche optaron por continuar la marcha sin detenerse. El suelo estaba encharcado, toda la leña estaba mojada y no iban a poder cocinar. Los límites del bosque estaban muy próximos según la orientación de Link, y lo mejor era seguir adelante para recuperar el tiempo perdido.
Fue de madrugada cuando dieron con la cueva. Estaba junto al borde de una cascada, en la base de un acantilado de gran altura. Medda y Azu investigaron su interior para asegurar que no había enemigos. Las cuevas eran el hogar de los bokoblin y otras criaturas salvajes, así que era mejor inspeccionar el terreno antes de tomar ningún riesgo.
—Los bokoblin han habitado la cueva, pero hace tiempo que la abandonaron. Hay restos de huesos y ceniza, pero son antiguos. El suelo ahí está seco, parece un lugar seguro —informó Medda.
Link echó un vistazo a la comitiva. Todos estaban agotados, al límite de sus fuerzas. Tenían la ropa y el equipaje mojado, tenían hambre. Cecille se mantenía a duras penas a caballo y el alcalde Reede había empezado a estornudar.
—Vamos a descansar en la cueva —decidió Link. —Comeremos algo, trataremos de secar un poco las ropas si logramos encender fuego.
Los comentarios de alivio y aprobación se extendieron en el grupo. Habían guardado algo de leña entre los pliegues de las tiendas de campaña. No estaba del todo seca, pero fue suficiente para prender dos hogueras. Con cuerdas consiguieron tender las ropas mojadas y las lonas de las tiendas. Al poco, el estado de ánimo de la comitiva comenzó a cambiar y se oían risas y conversaciones más vivas en el grupo.
Link estaba sentado un poco más apartado de los demás, quería tener un ojo en el límite exterior de la cueva, por si los bokoblin decidían volver o por si se sentían atraídos por el humo y el olor a comida. Azu y Medda necesitaban descansar, así que él mismo se ocuparía de vigilar el tiempo que estuvieran allí parados. Mientras intentaba comer un poco de queso con un trozo de pan duro como una roca, vio que Tarek se acercaba a su túnica azul, que estaba tendida a unos cuantos metros de distancia.
—No la toques —dijo Link, poniéndose en pie. Tarek reaccionó como un niño que es pillado in fraganti, retirándose con velocidad.
—Lo siento, amigo. Es que nunca había visto una túnica de ese color, supongo que es muy valiosa. Podría decirse que los bordados del cuello están hechos con hilo de plata, ¿no?
—Es muy valiosa. No la toques —reiteró Link.
—Calma, sólo estaba mirando —dijo Tarek, con las palmas en alto, en señal de paz. —Mi padre tenía un telar y solía teñir túnicas. Por eso conozco un poco ese oficio, sé que no es fácil conseguir todos los colores. ¿Ese azul es a base de flores del sigilo?
—No, se utilizó otra flor —intervino Zelda, que al parecer había observado la escena desde las sombras. Link pensó que se tomaba muy en serio su papel de sheikah.
—¿Qué flor?
—Una que apenas crece, no la encontrarías aunque la buscases —dijo ella, cruzándose de brazos —todos los bordados fueron hechos a mano, por supuesto.
—Vaya, no sabía que los sheikah supiesen tanto sobre telas y túnicas —sonrió Tarek.
—Lo sé porque esa túnica la hice yo misma. Desde el color hasta los bordados.
—Interesante… es fantástico conocer un poco mejor las habilidades de tu pueblo. Ganarías una fortuna si te dedicases a esto.
Zelda mantuvo el aire taciturno y no dijo nada más, de hecho, sólo le faltó gruñir como única respuesta. Link tuvo que reprimir una risa, parecía como si Zelda fuese un habitante más de Kakariko, no quedaba ni rastro de su afán de ir contando datos y bombardeando con un exceso de información a los demás aunque no se lo pidieran, estaba seguro de que ella estaba haciendo un auténtico ejercicio de contención con sus invitados. Tarek inclinó la cabeza y se alejó para unirse a los demás.
—¿No vienes a cenar con nosotros? —preguntó Zelda a Link, que volvió a sentarse en su puesto de guardia.
—No, maestra Impa —bromeó él. Zelda soltó una carcajada.
—Anda, ven con nosotros un rato. Luego puedes volver aquí para vigilar de forma obsesiva, como a ti te gusta —dijo ella, y tiró de su mano para que se levantase.
Link disfrutó mucho aquella cena. Todos parecían muy contentos, en particular Zelda, que se sentó a su lado. A pesar de tener que disimular para mantener el carácter de su disfraz, estuvo muy atenta con él y le lanzó bromas e indirectas todo el tiempo para burlarse de él y hacerle reír. Él se dejó llevar por completo. Todo era muy agradable, una cálida sensación se instauró en su pecho. La comida que habían hecho era deliciosa, un caldo caliente, por la Diosa… sabía a gloria después del penoso día que habían pasado. Medda sacó la flauta de caña y les cantó la historia de los niños del bosque, los demás lo acompañaron en los trozos que conocían. Fue mágico oírlo porque aquel relato tenía muchas estrofas y aquella noche Link oyó algunas que no conocía.
La sensación cálida se traspasó a su cabeza. Él tenía que hacer algo, tenía que volver a vigilar, pero la música le impedía moverse de allí, era casi hipnótico. Miró a las llamas y éstas parecían hablarle, "Link, muévete, ven con nosotras". Las llamas no hablan, es algo bastante evidente. Música y más música. Zelda tiró de su brazo, quería que bailase con ella, pero ¿cómo iban a bailar en medio de la cueva? Al ponerse en pie, sintió que todo le daba vueltas. Ella se abrazó a él con fuerza, con demasiada teniendo en cuenta que estaban delante de todo el mundo. Zelda descubrió su rostro para besarle la cara y el cuello, pudo sentir su boca húmeda cerca del nacimiento de la oreja. Todo su cuerpo se incendió reaccionando a ella, pero antes de que pudiera corresponderla, se le escurrió de los brazos y se alejó para danzar alrededor de las hogueras. El mundo estaba al revés, el cielo estaba en el suelo. Tenía los ojos abiertos y a la vez parecía como si los tuviese cerrados. Las risas se convirtieron en sonidos grotescos que retumbaban con un enorme eco dentro de su cabeza, como si dentro hubiera un abismo. "Link". Sabía que Zelda lo estaba llamando, pero era incapaz de verla, sólo había sombras y colores danzando delante de él. La situación se volvió angustiosa y sintió náuseas. Quiso alejarse de allí. Tenía que alejarse de allí como fuera. "Link". La voz de Zelda cada vez estaba más lejos. Primero se despejaría la cabeza y luego volvería para buscarla.
Se tambaleó entre los árboles, fuera de la cueva. Allí hacía frío, mucho frío. Sintió tiritones. Los dientes le castañeteaban como si estuviera desnudo en medio de la nieve. Un sudor frío le recorrió la espalda y le empapó la frente, la angustia fue mayor que nunca. Quiso apoyarse contra el tronco de un árbol para vomitar, pero le fallaron las manos y cayó rodando monte abajo. Rodó rozándose con piedras y ramas, y se estrelló contra el tronco de un enorme árbol. Se puso a gatas y vomitó, vomitó varias veces. Se moría de frío, de calor y de sed, todo a la vez. No podía ver. Se giró de costado y quedó tumbado debajo de un matorral. Ahí cerró los ojos, que ya estaban ciegos, perdiendo la consciencia por completo.
Nota:
La revisión de este capítulo me ha costado más de lo habitual (varios días, de hecho xD), es un capítulo de transición hacia el siguiente punto de la historia y quería trazarlo sin que fuese demasiado vacío. Los que me sigan por "Leyenda del Renacer" saben que aparte del romance, me encanta la aventura y no quiero que falte nada de eso en este fanfic ;)
Como siempre, muchas gracias por todos vuestros reviews! Por vuestros follows, likes y por seguir leyendo esta historia, moláis ;)
-Nyel2.
