Capítulo 12 - El rey de los ladrones
Zelda se dio cuenta de que habían sido envenenados cuando ya era tarde, demasiado tarde. Fue un envenenamiento sutil, calculado. Nadie se percató. Debieron poner algo no sólo en el caldo, sino también en la propia hoguera. Estaba convencida de que el humo que respiraban ya contenía parte de la esencia venenosa. Trató de llamar a Link, fue un segundo de consciencia, pero todo se volvió borroso hasta oscurecerse por completo.
Despertó en el interior de una mazmorra. Tres paredes de gruesa piedra, un suelo húmedo y otra pared, hecha de barrotes de hierro. No había nada frente a ella más allá de los barrotes, salvo más pared y oscuridad. Alguien le trajo una bandeja con agua y un mendrugo de pan que debió deslizar bajo los barrotes. No pudo ver quién lo hizo, porque el efecto del veneno se iba eliminando poco a poco y le impedía estar consciente todo el rato. Había vomitado unas tres veces desde que despertó allí, pero justo después de hacerlo volvía a caer dormida en el camastro. Se preguntó dónde estarían los demás, dónde estaría Link. Su prisión parecía estar aislada, no se oía nada en absoluto, salvo el crujir del aceite consumiéndose en las lámparas que iluminaban a duras penas la estancia.
—Levantaos.
Hizo un gran esfuerzo por abrir los ojos. Tenía el estómago revuelto y la boca muy seca. ¿Qué clase de veneno habrían utilizado para intoxicarles así? Pensó que podrían ser setas, algunas especies pueden pasar desapercibidas en el caldo y también pueden quemarse sin dejar olor si se dejan secar y se machacan.
—He dicho que os levantéis.
A duras penas consiguió sentarse en el catre. Levantó la barbilla, tratando de mantener un poco el equilibrio. Miró frente a ella, tras los barrotes vio la versión desenfocada de una persona.
—Usted… —murmuró Zelda, abrazándose a sí misma por el estómago para calmar nuevas náuseas.
—Alteza, si no bebéis agua os deshidrataréis y no queremos que eso ocurra, ¿verdad?
—Usted es una bruja asquerosa —maldijo ella, reconociendo al fin a la vieja Yaba.
—También se esperan ciertos modales de nuestros invitados, más si se trata de Zelda Bosphoramus, antigua princesa de Hyrule.
—¿Llama usted a esto "invitados"? Es una bruja y lo pagará caro —amenazó ella, ignorando el matiz malicioso de Yaba, que ya la había desprovisto de su título.
—Era el método más seguro para traeros aquí, alteza. Cualquier otra cosa habría supuesto el uso de la violencia, ya que se os invitó de forma pacífica en repetidas ocasiones y no se obtuvo respuesta.
—¿D-dónde estoy? —preguntó ella, aun temiendo saber la respuesta.
—Os halláis en el castillo de Tanagar, la gran Fortaleza de Cruz de Espadas. Más concretamente os halláis en una de sus mazmorras —dijo Yaba, soltando una risotada.
—¿Dónde están mis amigos?
—Oh. Eso. Todos se embriagaron a la par que vos, están retenidos en sus respectivos aposentos.
—Aposentos, embriagarse. Deje de hablar como si no nos hubiese envenenado y encerrado en una maldita cárcel. Exijo verlos de inmediato.
—No estáis en posición de exigir nada, alteza… —rio Yaba, meneando la cabeza.
Zelda sintió una fuerte arcada y vomitó de nuevo, en el mismo cubo que había usado las demás veces.
—Bebed agua y os recuperaréis —insistió la anciana.
—Quiero ver a mis amigos y que me saquéis de aquí de inmediato. No he hecho nada, no tengo por qué venir a dar cuentas por nada —dijo Zelda.
—Y yo os repito que obedezcáis. Hacedlo y todo saldrá bien, podréis ver a vuestros amigos… a los que quedan. Algunos fueron bastante belicosos y no fue bueno para ellos resistirse, dada su delicada situación…
—¿Qué les ha pasado? ¡Responded! —Zelda se puso en pie y se aferró a los barrotes de su cárcel. Al acercase a la anciana percibió un olor agrio, como de almendras amargas mezclado con orina. El olor era repulsivo y tuvo que contenerse para no volver a vomitar.
—Sois hermosa. —dijo Yaba, al tenerla más cerca —Debe ser vuestra única virtud porque resultáis ser tremendamente estúpida. Espero que nuestro rey se convenza de eso y cese su empeño con vos. ¿Un disfraz de sheikah? Se os siguió la pista mucho antes de eso. Bebed agua. Obedeced las instrucciones que se os den y tal vez consigáis algo. Consideradlo.
Tras estas palabras, Yaba dio la vuelta y se alejó pasillo adelante. Zelda oyó más pasos, tal vez vino escoltada por soldados, aunque no alcanzó a verlos.
Se dejó caer en la cama, y las lágrimas brotaron de sus ojos, era lágrimas de rabia, de las que queman al dejar su reguero en la cara. La situación les había superado mucho más allá de lo previsible, y ahora se sentía culpable por no haber hecho más caso a Kei ni a Link. Estaba distraída. Estaba distraída pensando en otras cosas, muy a menudo en sí misma. Por eso no pudo ver venir la amenaza. Aunque tampoco ellos fueron capaces de prever un ataque desde dentro, una cruel y calculada emboscada que los dejó a todos indefensos. Miró con furia el agua que Yaba le había dejado. Se moría de sed, pero se resistía a beber, era como una forma de protestar contra su situación.
Terminó perdiendo la noción del tiempo y volvió a desvanecerse una vez más. Despertó aturdida, mareada.
—Hylia, perdóname —murmuró, echa un ovillo en su cama —Aún me pregunto por qué me elegiste a mí. Por qué escogiste al más torpe de los seres. Alguien que no sabía cómo despertar el poder, alguien que lo arriesgó todo con su incompetencia y perdió a su padre y a sus cuatro campeones, los seres más queridos y valiosos que nunca nadie podría imaginar. Por qué estás dentro de mí y no dentro de otra. Otra que no lo estropee todo una y otra vez. Otra más fuerte, que consiga defender a sus amigos. No cuestiono tu inmensa sabiduría es sólo que… no lo entiendo. Quiero ser como las otras, las que existieron ante que yo, quiero estar a su altura. Dame fuerzas.
Apretó los labios y se incorporó. Bebió toda el agua, pero hizo caso omiso del pan. Estaba duro como una piedra y la corteza empezaba a tener un color verdoso. Era lo último que le apetecía a un estómago que aún se debatía para expulsar el resto del veneno de Yaba.
Se sintió un poco mejor con el agua, y exploró el interior de su calabozo. No había más que piedra, no había inscripciones de antiguos presos, nada. Cerró los ojos para captar ruidos y olores. Sólo le llegaba un fuerte olor a humedad y a tierra, seguramente estaba encerrada en una cámara a varios metros bajo el suelo. Los barrotes eran de hierro macizo y se hundían en las losas del suelo, puede que hasta un metro de profundidad. Pensó en el poder sagrado. El poder sagrado podría fundir aquellos barrotes sin problemas, pero se sentía tan débil que apenas era capaz de reconocer su calor familiar en el pecho. No había forma de salir.
—Link…
De nuevo el sueño y la debilidad le sobrevino. No había bebido agua normal. Aquello también tenía el toque especial de la bruja de Tanagar.
—Agarradla de los brazos, eso es.
Abrió los ojos. Dos soldados trataban de llevarla arrastras, fuera de su calabozo, guiados por la odiosa voz de Yaba. Apenas podía mantener la cabeza alta, pero logró ver dos sables amarillos cruzados en la casaca de los hombres que la arrastraban a duras penas.
—Buenos días, alteza —dijo Yaba con aquel vomitivo tono. —Veo que bebisteis el agua, ya empezáis a comprender cuál es la naturaleza de vuestra situación.
—Link —alcanzó a decir ella. Tenía la lengua adormecida, le hormigueaba como si hubiera bebido una dosis demasiado grande de la esencia de amapola.
—No es momento para pensar en vuestro séquito, no me hagáis repetirlo. Ahora os llevaremos a un lugar donde seguiréis todas las instrucciones que se os den. ¿Seréis una buena chica?
Zelda luchó para lograr asentir con la cabeza. ¿Cómo diablos no iba a ser una buena chica si la mantenían drogada de esa manera?
Su mazmorra era la única en un pasillo alargado de piedra. Salieron a una sala mayor que conducía a más pasillos, ¿estarían los demás ahí encerrados? Yaba tenía un manojo de llaves atado al cinto, podrían ser las llaves de las cárceles de los demás. Los guardias tiraron de ella para subir un pequeño tramo de escaleras que conducían a una puerta que abrió la anciana con una de las llaves.
—Esfuérzate en mover esos pies, vamos —le dijo Yaba.
Ella apenas podía sostenerse, si no fuese por los dos hombres que la llevaban caería al suelo redonda. Era casi imposible intentar avanzar apoyándose por sí misma, aunque se esforzaba tanto como podía. Se esforzaba en eso y en tratar de memorizar aquel intrincado laberinto de pasillos de piedra.
Al fin llegaron a una planta que no estaba soterrada. El aire era más puro, menos viciado. Yaba eligió otra llave del manojo y abrió una estrecha puerta de madera oculta tras un enorme estandarte con el símbolo de Tanagar. Era una puerta de servicio. Zelda recordaba que en el castillo de Hyrule había más pasadizos que pasillos. La guardia y el servicio usaba la red de callejones ocultos para llegar con más rapidez a cualquier lado, sin estar expuestos a la vista de aquellos a los que servían. Nunca había intimidad en un castillo, al menos no del todo. Incluso Link solía usar aquellas redes secretas y aparecía de la nada, silencioso como un gato, cuando ella creía haberle dado esquinazo.
Subieron por una estrecha escalera de caracol, debían conducirla a alguna torre. Se sentía menos aturdida y pudo apoyar los pies en los escalones, aunque a cada paso tenía la sensación de irse al suelo.
—Hemos llegado, alteza —dijo Yaba.
La condujeron al interior de unos aposentos. Era una estancia fría, sin chimenea y con una estrecha ventana que dejaba pasar un tenue halo de luz blanca del exterior. ¿Era de día? ¿Cuánto tiempo llevaría encerrada? La ventana estaba al menos a dos metros de distancia del suelo y era demasiado alargada, nadie podría caber por ahí. Aquello no era más que otro calabozo, pero esta vez ubicado en una torre.
Yaba despidió a los soldados y al poco aparecieron dos doncellas. Ambas eran mujeres maduras, debían pasar los cincuenta. Tenían las manos rudas y callosas. La desnudaron. O más bien desgarraron sus ropas sheikah sin ningún tipo de miramiento ni delicadeza. Después la metieron en una tina con agua tibia. Una de las mujeres sacó una pastilla de jabón y un estropajo y la estuvo frotando a conciencia. Zelda se sentía como una especie de animal al que se lava justo antes de ser sacrificado. Una vez terminaron con el baño, le secaron el cabello y la vistieron. Usaron un vestido de color rosa pálido, el tejido era muy valioso, lo único de valor de toda la estancia.
—¿Cómo estáis? ¿Podéis verme bien? —preguntó Yaba, acercando su desagradable olor a ella.
Trató de centrar la vista en la anciana. Aún era incapaz de ver nada con nitidez, su vista se nublaba un poco, era como si los bordes del mundo estuviesen desenfocados.
—Me veis lo bastante bien —concluyó la anciana, entrecerrando los ojos.
—¿Qué me habéis dado? —dijo ella. Al fin su lengua parecía reaccionar, pero el efecto de la droga permanecía, domando su voluntad.
—Algo para que no se os ocurra hacer una tontería. Y para que digáis la verdad, ya que estamos… no quiero arriesgar nada más con vos. Sois joven y demasiado temeraria, a saber qué ideas pueden rondar vuestra cabeza.
—¿Qué queréis de mí?
—Yo no quiero nada. Personalmente pienso que sois un bonito estorbo, nada más. Pero nuestro rey insiste en veros. Se ha preparado una cena, vos le acompañaréis.
—No…
—Oh, claro que sí. Cenaréis con el rey y haréis todo lo que él disponga, a menos que ya no apreciéis en nada la vida de vuestros compañeros —dijo Yaba, sonriendo mientras lanzaba aquella horrible amenaza.
Los pasillos estaban muy vigilados. Había hombres apostados casi en cada esquina, rincón y puerta. Pero no se parecían a los soldados de Hyrule, y mucho menos a la guardia real que ella conocía. La guardia real tenía un entrenamiento de élite, a la altura de los caballeros. Los hombres de Tanagar más bien parecían campesinos disfrazados de guardias. Aunque se ponían firmes, elevando la barbilla a su paso, en ellos había algo extraño, fuera de lugar, eran como un arroyo que se ha desviado de su cauce de forma artificial.
El salón de la cena era inmenso y cálido, a diferencia del resto de lugares de la fortaleza en los que había estado. Tres enormes chimeneas caldeaban la gran sala de bóvedas elevadas. El fuego crujía y ardía con fuerza. Había antorchas y lámparas de aceite iluminando los muros de piedra oscura. Zelda fijó la vista en algo que llamó su atención. Una enorme vidriera al fondo de la sala. Eran cristales de colores que componían una imagen muy familiar, el emblema de la familia real de Hyrule. Los tres enormes triángulos de oro, las alas del ave extendidas en rojo carmesí, y un fondo azul rodeándolo todo. Había visto aquella vidriera antes, en una de las naves laterales del Templo del Tiempo, en la Meseta de los Albores. "Ladrón", pensó, frunciendo el ceño.
La mesa de cena era larga, lo suficiente como para acoger a unos treinta comensales, pero sólo había dos sitios preparados, uno presidiendo la mesa y otro a su derecha. Ese fue el lugar que habían asignado para ella. La sentaron y la dejaron a solas, incluso Yaba desapareció, aunque antes de hacerlo volvió a soltar su larga retahíla de amenazas para que ella se comportase y no tratase de hacer algo estúpido, como intentar escapar, por ejemplo. Zelda echó un vistazo a los cubiertos. Su cuchillo tenía la punta redondeada, aunque el tenedor… un tenedor bien usado podría ser de ayuda. Tras ella, junto a la chimenea había un atizador de hierro. Eso sí podría servir. Si no fuese porque apenas era capaz de mantenerse erguida podría intentarlo. El tenue calor de su pecho la animaba a hacerlo, pero era tan débil que costaba aferrarse a eso.
Tras un rato de espera, una de las puertas se abrió. Era justo la puerta opuesta a la que ella había usado para acceder al salón. Un joven de pelo oscuro apareció escoltado por dos guardias y varios sirvientes. Vestía una larga túnica gris, ceñida a la cintura con un cordón plateado. Sus ojos también eran plateados, de un azul muy claro, casi gris.
—¿Tarek? —murmuró ella, sin dar crédito a lo que veía. Debía ser una ilusión causada por las drogas.
Él dibujó una sonrisa de medio lado y se sentó en el sillón, presidiendo la mesa. Uno de sus criados le asistió, por supuesto. Ahora que lo tenía más cerca, podía verlo un poco mejor. Sí, era Tarek. Era Tarek vestido con ropas lujosas, luciendo anillos de oro y piedras preciosas en algunos de sus dedos. Uno de los anillos era un sello con dos sables cruzados. Tarek era el joven rey de los ladrones. Estuvo todo el tiempo cerca, tan cerca que no fueron capaces de verlo.
Él no dijo nada, no saludó, y ella tampoco se esforzó en abrir la boca. Les sirvieron la cena. Los platos que dispusieron en la mesa eran abundantes, como para alimentar a un ejército entero. Uno de los coperos se acercó a ellos. Incluso sus coperos llevaban túnicas de terciopelo rojo con los sables en dorado.
—¿Agua o vino? —le preguntó Tarek.
—¿Está envenenado?
—La doncella tomará agua —dijo Tarek a su copero, que sirvió un cáliz con vino para él y una copa de cristal con agua para Zelda. —Luego podéis probar el vino, una vez que desaparezca toda esa hostilidad de vuestra mirada. ¿Sabéis? Nuestro vino es excelente. Tenemos viñedos al oeste del castillo de Hyrule, donde estaba la antigua cárcel. Donde había una cárcel hay un viñedo, ¿no os parece que es una buena redención?
Zelda se mordió la lengua. "Esa tierra no es vuestra" le habría gustado decirle, pero había otras muchas preguntas más importantes que hacer antes de ponerse a discutir por una porción de tierra.
—¿Por qué? —dijo ella. Era la pregunta más obvia, la más tonta, pero la más urgente.
—Podemos disfrutar de una velada agradable antes de discutir asuntos como ese —dijo él. Y arrancó un par de uvas de un gran plato de fruta que había en el centro de la mesa. —Debo decir que estáis muy hermosa, mucho mejor que con esas ropas polvorientas que usáis para viajar o que con el disfraz de sheikah. Disfrutemos del momento. Os vendrá bien comer algo, así que no seáis tímida.
—No.
—¿No? —Tarek soltó una carcajada —Sois tan testaruda como decía Yaba. Sólo pretendo que os sintáis cómoda para poder conversar con vos.
—¿Cómoda? Me habéis envenenado. Y no sé dónde están mis amigos. Cada vez que abrís la boca para fingir que aquí no pasa nada malo me estáis insultando —dijo ella. El corazón se le aceleraba con rabia, pero conforme más se enfurecía más potentes eran los efectos de la droga que aturdía su mente, haciendo que la vista se le nublase y una debilidad ascendiese desde sus tobillos hasta los muslos.
—Muy bien. —dijo Tarek, y dejó de comer. Con un gesto de la mano hizo que se retirasen los coperos y los criados, incluso sus guardias desaparecieron tras las puertas. Se quedaron solos. —Ya no hay oídos rodeándonos, alteza, ahora podemos hablar con toda la franqueza que nos sea posible. Probadlo.
—¿Vais a responder a alguna de mis preguntas? —preguntó ella, lanzándole miradas de desconfianza.
—Por supuesto. Empezando por la primera. "Por qué" ¿No? Esa es fácil de responder. Sois Zelda Bosphoramus, la única superviviente del linaje principal de la familia real de Hyrule. No quiero saber cómo habéis sobrevivido al tiempo ni a esa cosa que había en el castillo, eso no es mi problema ni es de mi incumbencia. Pero sí me incumbe el destino de este reino. La gente necesita un líder, alguien que administre sus bienes y… bueno, que los proteja. Vos no podéis hacer eso sola, sin ejército, sin apoyos. Aún no sois reina. Pero yo sí soy rey, creo que lo dejé claro en todos los mensajes que no os dignasteis a responder. Una alianza como la que os propuse es lo que más sentido tiene.
Zelda apartó la vista, asqueada. Para empezar, ella no estaba sola y aunque lo estuviese, eso no representaba ningún problema para cumplir con sus obligaciones. No daba crédito a la frescura con la que él decía las cosas. Tarek sí sabía disfrazarse. No quedaba ni rastro del muchacho tímido que había sido rescatado por ellos en el bosque de Farone. Ahora tenía frente a ella a un joven frío y arrogante, con unos ojos grises y afilados como el borde de un cuchillo.
—¿Cuándo empezó todo esto? —preguntó ella, sin hacer mención de nada de lo que él acababa de decir.
—Sí, supongo que es la siguiente pregunta lógica —sonrió él, pegando un sorbo a su copa. —Desde el principio.
Entonces él se subió la manga de la túnica, para mostrarle el brazo. Tenía cortes irregulares y algunas cicatrices alargadas. Zelda se quedó paralizada por la impresión. Tarek era el ladrón que había entrado en su casa, tenía que ser él. Era cierto que esas marcas podrían haber sido hechas de cualquier manera, pero si se las enseñaba era para que ella comprendiese que eran el resultado de su caída por la ventana.
—Sí, es lo que pensáis —se adelantó él, descifrando la expresión Zelda —Entré en vuestra casa, en Hatelia. Sé que no fue una medida elegante, pero me negaba a que ninguno de mis sirvientes pusiera sus zarpas sobre vos. Quería veros por mí mismo. No respondíais mis mensajes y tenía demasiada curiosidad por ver a la antigua princesa de Hyrule, por todo lo que representáis, todas las fantasías que se han dicho durante años. Y la verdad… después de lo que pasó, después de ese forcejeo… estoy fascinado con vos.
Tarek intentó agarrarle la mano y ella la apartó de forma automática, mientras lo miraba con furia, apretando los dientes para calmarse y así apaciguar el efecto del veneno.
—Ese mal genio no os hace bien, pero supongo que es parte de vuestro encanto —sonrió él, mostrando unos dientes blancos y perfectos. —Después os seguimos hasta Onaona, donde he de decir que bajasteis la guardia. Hasta el más inexperto de los soldados podría haberos emboscado sin problemas.
—¿Por qué quemasteis la escuela? ¿Pretendíais matarme? ¿Es así como queríais ganar mi favor? —soltó todas aquellas preguntas sin parar, sintiendo cómo cada vez era más complicado mantenerse a raya.
—Fue un error de cálculo. Es lo que ocurre cuando no haces el trabajo por ti mismo —dijo él, una idea como una sombra le cruzó la mente, haciendo que torciese un poco el gesto —Pero el responsable ya lo ha pagado, tranquila.
Zelda empezó a sentir miedo por primera vez. Miedo por la forma en la que aquel joven actuaba, por su facilidad para juzgar y tomar decisiones. Por su extraña moral.
—Os perdí la pista en el bosque —prosiguió él, dando un nuevo sorbo a su copa —pero de repente, cuando menos lo esperaba… aparecisteis como un milagro, como la misma diosa Hylia reencarnada, al pie de aquella cascada. Yo iba persiguiendo a Faren, no sé si sabéis que tanto los colmillos como las escamas de dragón tienen un enorme valor. Yaba quería que le consiguiese muestras para sus experimentos. Erré un par de disparos, no es fácil perseguir a esa bestia. Y allí estabais, como una visión imposible, blanca bajo la luz de la luna llena. El resto… creo que ya lo conocéis.
—Sí. Entonces fue cuando nos engañasteis, nos envenenasteis y me encerrasteis en un agujero oscuro.
—Zelda, no-
—No me toquéis —dijo ella, echándose atrás en la silla al ver que él volvía a intentar contactar con su brazo —no se os ocurra tocarme.
—Muy bien. Entiendo que la violencia con la que se ha desencadenado todo os mantenga hostil. Trataré convenceros de mi buen hacer de otra manera. No hay nada malo en mí… Zelda.
"Está enfermo" pensó, mientras él llamaba de nuevo a sus guardias y sirvientes. Les retiraron los platos. Se llevaron fuentes de comida intactas ya que no habían probado bocado. Zelda se arrepintió un poco, sólo bebía agua envenenada, al menos algunas de aquellas frutas y un trozo de pan fresco le habrían hecho bien. Después apareció un lacayo con un cofre que depositó en la mesa, frente a Tarek.
—He guardado esto para vos, para el día en el que al fin vinieseis a visitarme.
Tarek abrió el cofre y lo que había dentro… Era su tiara real, la que siempre había llevado antes de que el Cataclismo se despertase. Y el brazalete de su madre. Tuvo que mirarlo varias veces para comprobar que no era una falsificación. Los ojos se le humedecieron e hizo un gran esfuerzo para no derrumbarse ante él. Aquellos objetos… era una estupidez, pero tenían un valor sentimental para ella.
—Veo que os gusta lo que veis —dijo él, sonriendo con satisfacción —Incluso podéis tocarlos, no hay problema. Son una muestra de mi buena fe… una muestra de lo que podríais tener si aceptaseis mi oferta.
—No podéis comprarme con eso —dijo ella entre dientes, "estúpido arrogante", añadió, aunque esto último no lo dijo en voz alta —¿por quién me habéis tomado? ¿Creéis que soy una de esas doncellas olvidadas en los castillos que sueñan con coronas de oro? No sabéis nada de mí, no tenéis la más remota idea.
Él respiró un par de veces con profundidad, tomaba aire analizando todas y cada una de sus reacciones.
—Veamos. No queréis mi comida, ni mis regalos… Creo que aún estáis aturdida. No es necesario que respondáis ahora. Os buscaré unos aposentos en mi castillo, unos aposentos dignos de la realeza. Podéis meditar vuestra respuesta, mientras, nos podemos ir conociendo mejor. Tenemos todo el tiempo del mundo para hacerlo.
Zelda lo miró a los ojos. El efecto de la droga era muy débil, por primera vez podía verle nítido, enfocado.
—¿Dónde está Link? —preguntó, después de unos segundos de silencio.
La pregunta desagradó a Tarek, que se hundió en su sillón con el gesto torcido.
—Vuestro séquito está a salvo, en mi castillo —gruñó él, aferrándose a los brazos del sillón.
—No es eso lo que he preguntado. He preguntado que dónde está Link —insistió ella, mirándole con dureza.
—Soy consciente de ese capricho que tenéis con vuestro caballero, no me toméis por un ingenuo. Pero con el tiempo os daréis cuenta de que no es más que una ilusión lo que amáis. Pronto aprenderéis en qué consiste vuestra posición, si es que no lo sabéis ya, y valoraréis lo que importa una decisión correcta para vuestro pueblo.
—Quiero marcharme ya —dijo ella, apartando la mirada y moviéndose con incomodidad en la silla. Aquel joven estúpido e ignorante no iba a enseñarle a ella qué era una decisión correcta para su pueblo.
—¿Pensaréis en mi oferta? —preguntó él, volviendo a inclinarse hacia ella.
—Jamás aceptaré esa oferta, así que por mi parte podéis encerrarme en unos aposentos o donde os parezca porque la respuesta siempre será la misma.
—No doy crédito a vuestra testarudez —rio él —sois muy interesante y me desconcertáis, he de reconocerlo.
—No le veo la gracia por ninguna parte. Como he dicho, quiero marcharme.
—Decidme… ¿Es por el caballero? ¿Arriesgaríais el destino de Hyrule por algo tan egoísta como eso?
Zelda sintió deseos de golpearle. Con el puño o con el atizador de hierro que había en la chimenea. No quería gastar más energía de la necesaria en explicarle lo que representaba Link para Hyrule, más allá de lo que pudiera representar para ella misma. Alguien así no merecía explicaciones porque él ya se había formado su propia idea de la realidad.
—No arriesgo nada con mi decisión, me volvéis a tomar por estúpida. Pero si tanto os preocupa saberlo os diré que sí, es por él. Siempre será por él. Y tened una cosa clara —dijo Zelda, hablándole con toda la dureza que podía —podría morir y volver a nacer cien veces y siempre seguirá siendo por él.
—En ese caso… bueno. No quería llegar a esto, lo último que quiero es que sufráis, pero…
De nuevo hizo una seña a uno de sus sirvientes, que se inclinó hacia él para recibir instrucciones en voz baja, Zelda no alcanzó a oír lo que decían. El sirviente salió del salón para volver con algo envuelto en una tela. Tarek se puso en pie y colocó la tela sobre la mesa, apartando el cofre que antes le había enseñado. Al desenrollarla para mostrar su contenido, Zelda sintió como si algo le aguijonease el corazón.
—No…
—Ya os dije que no os hicierais tantas ilusiones.
—¡Mentís!
—¿Acaso no veis lo mismo que yo? —dijo él. Sonreía, regodeándose con su ira.
—Debéis devolverlo de inmediato, ¡bastardo! —chilló ella, ya no tenía ningún sentido contenerse.
—La doncella desea marcharse. Guardias, devolvedla al calabozo —ordenó Tarek.
—Majestad, ¿a los aposentos o al calabozo? —preguntó el guardia, frunciendo el ceño.
—No. Devolvedla al calabozo, ya que ella ha dejado claro que no tiene preferencias algunas. Allí podrá reflexionar mejor sobre lo que hemos hablado.
—¡No! ¡Soltadme! —gritó ella, tratando de zafarse de los guardias.
Los guardias la agarraron con rudeza y tiraron de ella para llevársela de allí. Zelda pataleaba y chillaba, mientras veía la silueta alargada de Tarek en el centro del salón.
—¡Mentiroso! —gritó a Tarek, justo antes de que la sacasen de allí.
Apresada por los guardias, volvió a hacer todo el camino de vuelta a su calabozo, donde la esperaba Yaba. La anciana no hizo preguntas, ni ella tampoco abrió la boca para dirigirse a ella. Mientras las lágrimas de ira se escurrían en sus mejillas, la anciana mostró un frasco con el líquido transparente que le hacía beber. Zelda giró la cara.
—Sujetadla y abridle la boca —ordenó Yaba a los guardias.
—¡No! —gritó Zelda.
Los hombres la agarraron con fuerza, inclinándola hacia atrás. Se las apañaron para abrirle la boca y permitir que aquella vieja bruja introdujese una nueva dosis de droga en su garganta. Después la empujaron al interior de su jaula y cerraron la puerta. El sonido del hierro al cerrarse retumbó en todo el pasillo. Yaba le mostró una sonrisa con una repulsiva expresión de victoria y se alejó de allí con los guardias, dejándola sola.
Zelda se tumbó en su camastro encogiéndose de lado. No podía dejar de llorar, aunque sabía que lo que Tarek había insinuado era imposible. Lloraba de pura frustración, de la impotencia de ver lo que les estaba pasando. Ahora aquel monstruo tenía en su poder la Espada Maestra y la túnica azul de Link. Pero era poco probable que se la hubiera quitado por la fuerza. Podría haberla recogido del suelo. Cuando cenaron Link estaba desarmado, siempre soltaba la espada a un lado para cenar. Y después acabó tan drogado como los demás, sería fácil atraparle y meterle en un calabozo. Tampoco llevaba la túnica azul puesta esa noche. Todo era una trampa, un engaño diseñado por Tarek para torturarla.
—Link está bien, lo sé —se dijo a sí misma, encogiéndose un poco más.
"La Espada sirve a un solo maestro" pensó. Y era fiel a Link, si a él le hubiera ocurrido algo… la Espada se lo habría dicho, allí mismo.
Hacía mucho frío en el calabozo. Se acurrucó pensando en Link, en lo bien que se había sentido las pocas noches que había dormido con él. Dormir con su calor y su suave respiración acariciándole el oído era cien veces más potente que la esencia de la amapola. El efecto de la droga empezó a notarse, cada vez estaba más aturdida. Cuando volviese a estar con Link… no podía permitir que él siguiese pensando que se propasaba con ella cada vez que se atrevía a desnudarla o la tocaba bajo la ropa, no hizo nada malo en la cabaña de Onaona, nada que ella no desease con todas sus fuerzas. Ojalá no se hubiera marchado de su lado con aquella expresión indescifrable en la cara, era algo difícil de olvidar.
Se reconfortó pensando que él debía estar bien en ese instante, preocupado, sí, era Link después de todo… puede que estuviese incluso un poco histérico al ver cómo los habían engañado, aunque por supuesto nadie lo notaría. Link era la misma imagen de la frialdad y la calma incluso cuando el mundo se derrumbaba bajo sus pies. Y era el ser más fuerte que existía en el mundo. Y ella conseguiría salir de allí, un estúpido hyliano con ínfulas de grandeza no era nada al lado de Ganon. Saldría de aquel problema y Link también, si no lo había hecho ya.
Nota:
Muchas gracias a todos por vuestros fantásticos reviews que me dan la vida y por vuestros follows y likes! Y también gracias especiales a los nuevos lectores que se han ido enganchando a la historia. Sois gente guapa y os quiero ;)
Sé que esto no os incumbe demasiado, pero hay un usuario que se dedica a mandarme extraños PM (dejémoslo en "extraños"). No ha leído mis historias y no tengo la más remota idea de cómo me ha encontrado, lo único que se me ocurre es que haya leído alguno de los reviews que he dejado en inglés. De momento son cosas inofensivas y no me he visto en la necesidad de denunciar nada a los administradores, espero no tener que hacerlo y limitarme a ignorar estas extrañezas. Si alguien tiene algo que decirme por PM, estoy encantada de responder cualquier duda, comentario o lo que sea! Pero siempre que sea con respeto y no sea una cosa oscura ni rara de las que aparecen en los mundos anónimos de internet que dan muy mal rollo... xD
Hasta la semana que viene!
-Nyel2
