Capítulo 13 - El cañón de Tanagar

Sólo halló un campamento fantasma. Las hogueras apagadas, las lonas de las tiendas sobre las cuerdas en el interior de la cueva. Cuencos de comida medio acabar, incluso armas en el suelo. No, los caballos no estaban. No había nadie vivo en la cueva salvo él mismo.

Link se sentía fatal. Físicamente machacado por las náuseas de lo que fuese que lo había envenenado. Mentalmente dolido por no anticiparse al peligro. Y de su alma mejor ni hablar, todos sus amigos habían desaparecido y ella también. Por Hylia, esperaba que ella estuviese bien. Ya había olvidado la amarga sensación de desconocimiento, el no saber dónde estaría ella ni en qué estado. Pensó que jamás tendrían que volver a vivir eso, pero como en otras tantas cosas, erró.

"Esos imbéciles no me han encontrado", observó. Sí, lo habían buscado por el bosque y los alrededores, el suelo estaba pisoteado por huellas de hombres y caballos. Pero la providencia actuó en su favor cuando se desvió del grupo, se desmayó y rodó en la espesura. Era muy difícil encontrarle bajo aquella densidad de hojas verdes a menos que lo buscasen con mucho cuidado, o que tuviesen perros. Pero sus secuestradores tenían prisa. No había tiempo para encontrar a nadie más, y se dejaron a Link atrás. "Grave error" dijo, apretando los puños.

Link sí se tomó un tiempo razonable para rastrear el bosque en busca de sus amigos, alguno podría haberse despistado y perdido el conocimiento igual que él, pero después de una búsqueda concienzuda terminó admitiendo que estaba solo.

Del campamento se habían llevado unas pocas cosas de mucho valor. La túnica, la Espada, bolsas de rupias y algunas armas. Pero habían dejado gran parte de la comida. Entre las pertenencias de Zelda encontró el espejo. Estaba envuelto en un trapo, junto al diario del rey Rhoam, los libros no eran del interés de los secuestradores. Y… de nuevo la providencia. La piedra sheikah estaba allí. No la vieron, o tal vez sí pero no supieron darle valor. Era más importante llevarse las rupias, por supuesto.

Como pudo hizo un equipaje, llevando consigo todas las cosas importantes. El tiempo volvía a correr en su contra. Volvía a estar solo, con un abismo abriéndose frente a él, horas y horas de larga caminata por tierras salvajes y desoladas. Pero esta vez sabía quién era, qué tenía que hacer. Y la verdad, no sabía qué era peor, hay cierta felicidad en la ignorancia.

Echó a andar a buen paso, al paso que llevaba cuando estaba solo y una oscura desesperación yacía en el fondo de su estómago. No pararía ni para comer ni para dormir.


Iba a desfallecer cuando alcanzó la posta orni. Se acercó a la puerta con un aspecto polvoriento y desaliñado, arrastrando los pies. Llevaba tres días de viaje a pie en los que tuvo que cruzarse las grandes llanuras de hierba de Tabanta hasta adentrarse en el terreno más árido de las colinas de Hyrule.

—Buenas noches, mi señor. Sé que parezco un pordiosero y veréis… no puedo pagaros ahora mismo, pero… sólo necesito dormir esta noche, puedo quedarme en la leñera y-

—¡Link! —exclamó el dueño de la posta al verle —¿qué diablos os ha ocurrido?

Link abrió mucho los ojos. No esperaba que aquel tipo le reconociese, había pasado casi un año desde la última vez que estuvo allí.

—¡Geggle! Ven aquí de inmediato. Ayuda al maestro Link. Dale la cama más confortable que haya en toda la posta, por favor. Prepara algo caliente, este joven está a punto de desfallecer.

—¿Maestro Link? —preguntó el propio Link, frunciendo el ceño.

—No os preocupéis. Mi casa siempre estará abierta para vos —dijo el dueño de la posta.

—Pero yo… no tengo rupias con las que pagar.

—Vos nos salvasteis de la luna de sangre. Sois un caballero, el único que queda en estos días oscuros en los que los usurpadores intentan apoderarse de todo. Mi casa es vuestra siempre que la necesitéis, de hecho, es un honor que estéis aquí.

Link se tumbó en una cálida cama de plumas, la única que estaba en una habitación separada, no tendría que compartirla con nadie ni estaría expuesto a curiosos. Dejaron una tina de agua caliente para que pudiera lavarse y prepararon un asado y un caldo caliente. No daba crédito a lo que le estaba pasando, no esperaba tales atenciones, pero hasta el último trabajador de la posta lo recordaba y lo trataba como si fuera… Bueno. Como si fuera alguien de la nobleza.

No quiso demorar mucho su partida, y aunque se moría de sueño, despertó temprano para continuar su viaje sin perder más tiempo.

—No tengo palabras para agradecerle esto, Galle —dijo Link al dueño de la posta. Le habían engrasado las botas y lavado la ropa.

—Me asusta un poco esta historia —Galle meneaba la cabeza con preocupación —Tyto empieza a verse sobrepasado, no es sencillo lidiar con ese energúmeno que se esconde en la Fortaleza de Cruz de Espadas.

—¿Dónde está la fortaleza exactamente?

—En el fondo del cañón de Tanagar, al norte de aquí, por supuesto. Hay una torre y unas ruinas al este de la ciudad orni, y justo allí, hundido en el cañón está ese castillo. El rey de Tanagar nos pide impuestos, ¿sabéis? Impuestos para pagar a su ejército de borrachos y mercenarios… mal rayo le parta.

—Tengo que marcharme ya. De nuevo gracias.

Link se dio la vuelta, poniendo rumbo a ciudad orni.

—Maestro Link. —lo llamó Galle. Él se giró un instante más para mirarle —Sé que habéis venido para sacarnos de esto. Me quedo tranquilo y doy gracias a la Diosa.

Él apretó los labios y asintió como única respuesta.

Cruzó las pasarelas de madera que separaban el desfiladero donde yacía el lago Ornitón, de la gran columna de piedra donde se erigía el poblado orni. Nadie le impidió el paso, nadie hizo preguntas. Todos lo conocían más que de sobra allí. Él era el hyliano que los había librado del hechicero que habitaba la montaña de Hebra… y también de la oscuridad de Ganon. Los soldados orni lo trataban con respeto, casi con devoción, y de nuevo Link se vio sorprendido por tantas muestras de agradecimiento.

—El alcalde Tyto os atenderá en seguida, Link —anunció Mazli, un orni alto y de plumaje oscuro que lo condujo sin perder el tiempo hasta el patriarca del poblado. —Mientras, iré a avisar a Teba y Nyel, seguro que también querrán veros.

En poco tiempo, Link estuvo reunido con Tyto, Teba y Nyel, sus compañeros de chanzas pasadas y a los que consideraba amigos. Su experiencia en Hebra fue una de las más duras tras haber despertado en la Meseta de los Albores, y los orni fueron clave para ayudarle a superar un terror oculto y oscuro que yacía en lo más profundo de su corazón. Link jamás olvidaría eso.

—Lo que contáis me deja sin palabras —dijo Tyto, poniéndose en pie y mirando por la ventana, desde donde se veía el enorme desfiladero y los picos nevados de la cordillera de Hebra. —No podemos consentir que su alteza real esté en manos de esos ignorantes. Me siento culpable, Link, fui yo el que insistió en que la princesa nos visitase y sin querer he puesto su vida en riesgo.

—No —dijo él, agitando la cabeza —Ella quería de veras visitaros. Quiere reconciliarse de alguna manera con el pueblo y… con su pasado. Y estoy seguro de que tarde o temprano el rey de Tanagar habría intentado cualquier maniobra para hacerle daño o para llevársela.

—Link —intervino Teba —¿estás seguro de que Tanagar está detrás de esto? ¿No serán unos bandidos que querían robar en el campamento? Por lo que cuentas, apenas dejaron rastro.

—Es él, es el rey de Tanagar —repuso Link con seguridad —ni siquiera me he molestado en indagar, no había tiempo para eso. Sé que se ha llevado a Zelda y a mis amigos a su escondrijo. Por eso he venido aquí tan rápido me daban los pies. Yo… necesito vuestra ayuda.

—Contad con ella, todo lo que pueda hacer —dijo Nyel de inmediato —Estoy en deuda contigo, Link. Jamás olvidaré lo que hiciste salvando a mi hija de aquel horrible engendro que vivía en la montaña. Y jamás me perdonaría no acudir en ayuda de la princesa de Hyrule, se lo debo al maestro.

—Tenemos que trazar un plan, ser hábiles. —Teba entrecerraba los ojos mientras hablaba —Ese gusano de Tanagar tiene un ejército enorme. Los he visto patrullar por el fondo del cañón y ya se aventuran a entrar en nuestro territorio. Su rey es un arrogante, pero es un arrogante peligroso. Si vamos a rescatar a tus amigos, aconsejaría una maniobra secreta, colarnos dentro de su madriguera. Puedo reunir a una a dos patrullas en poco tiempo, pero no estamos preparados para un ataque frontal.

—Coincido con Teba —dijo Tyto. Dejó de mirar la ventana para volverse hacia los demás —Link. Uno de los motivos por los que contactamos con la princesa Zelda es que nos sentimos indefensos ante esa amenaza que crece sin control. Hay mucha gente… gente ignorante que ha vivido en un mundo en ruinas que buscaba apoyarse en una fuente de poder. Desafortunadamente, han elegido el bando equivocado.


Hacía mucho frío sobre la superficie de Vah Medoh. Volaban alto, por encima de un cúmulo de nubes bajas y espesas que amenazaban con descargar en cualquier momento. Link iba abrigado con una casaca negra forrada de plumas orni. Había cubierto su cabeza con la capucha de su capa y su nariz y boca con una oscura malla sheikah, tan sólo sus brillantes ojos azules, que escudriñaban lo que había bajo las nubes, lo volvían reconocible.

—Link, me asusta la idea de que saltes desde Vah Medoh. —dijo Nyel, que se acercó hasta él con sigilo. Ambos habían subido a la superficie, los demás viajaban en la cámara interior de la gran Bestia Divina.

—No queda más remedio. Si me acerco por tierra, me verán.

—Pero… Saltar así… ¿estás seguro de que podrás planear con ese artilugio?

—No me da miedo. Sólo he usado el planeador una vez, cuando descendí la Meseta de los Albores. Es un artilugio más resistente de lo que aparenta. Sé que puedo hacerlo. No tengo miedo de lanzarme al vacío.

—Siempre me quedo admirado contigo —sonrió Nyel —parece que no hay nada que pueda torcer tu voluntad. Ahora entiendo que la Diosa Hylia decidiera tener un héroe a su lado, todo cobra sentido cuando te veo.

—¿Cómo dices?

—Bueno, no es más que una leyenda, como otras tantas. Tal vez cuando tengamos más tiempo, cuando su alteza real vuelva a estar a salvo… tal vez pueda contárosla.

—Estaré encantado de oírla, y estoy seguro de que Zelda también —dijo Link, devolviéndole la sonrisa, aunque estaba oculta bajo su máscara sheikah.

—Link. Ha llegado la hora —anunció Teba, que también se unió a ellos en la superficie —Salta por el lado oeste. Nekka se lanzará por el este, planeará a cierta distancia de ti por si tu artilugio pierde el control y tiene que lanzarse para ayudarte. Todo saldrá bien.

Link asintió y se acercó al borde de una de las alas de Vah Medoh. No podía ver nada, pero bajo las nubes se debía ocultar la Fortaleza de Tanagar. Eso era lo que marcaba la piedra sheikah. Cerró los ojos y tomó aire un par de veces antes de arrojarse de un salto al vacío. El aire estaba congelado, arrebataba el aliento. Cruzó las nubes en lo que apenas fue un parpadeo y su cuerpo siguió cayendo en picado, en medio de la oscuridad de la noche, hundiéndose en el escarpado cañón. Mantenía los ojos abiertos a duras penas, pero ahí estaba la fortaleza, negra, excavada en la roca. Varió la posición de su cuerpo para frenarse y extender el planeador. No fue una maniobra sencilla, pero consiguió hacerlo, las muñecas le dolían como si fueran a partirse en cualquier momento. Planeó pegado al borde del desfiladero para posarse sobre la torre más alta de la fortaleza.

Allí tuvo que detenerse para recobrar el aliento y calmar el pulso de su corazón, que parecía querer estallar de adrenalina de un momento a otro. A partir de ese momento, él tenía que ser una sombra, una sombra que se adentrase en la boca del lobo sin ser vista.

Con su traje negro y al refugio de la noche, Link descendió hasta una cornisa y contó las torres de la fortaleza. Tres torres maestras y unas cinco torres más finas y alargadas. La muralla tenía algunos guardias, pero eran demasiado pocos para vigilar todo el perímetro. El patio de armas se intuía en el centro y había una gran área techada donde debían estar las caballerizas. No tuvo demasiado problema en encontrar un punto débil, una grieta en la seguridad por la que poder colarse, así que se dirigió hacia allí sin perder el tiempo.

El interior del castillo estaba decorado con ostentación, pero sin ningún sentido. Era una especie de mosaico fruto de los saqueos continuados de Tanagar y sus secuaces. Juraría por la misma Hylia que algunas alfombras y tapices las había visto antes… en el castillo de Hyrule. Su objetivo era llegar hasta una de las torres maestras, donde debía alojarse el rey. Guiándose por su orientación se fue moviendo por los pasillos en medio de la noche, hasta dar con un enorme portón con dos guardias a ambos lados. Debían ser los aposentos reales, tenía demasiada experiencia como para no reconocer algo así, porque había perdido la cuenta de las veces que él mismo hizo guardia en una puerta, en la puerta de la princesa de Hyrule. Sintió un pequeño golpe de ira al sentir que aquella rata tenía a Zelda y los demás ocultos en algún lugar del castillo, pero se serenó y miró a los guardias, pensando en un modo para poder entrar allí sin montar un escándalo.

Se le ocurrió que lo más obvio podría ser la solución más sencilla, y arrojó el guante de una armadura que decoraba el corredor, pasillo adelante. Atraídos por el ruido, los guardias abandonaron su posición para investigar. Link puso los ojos en blanco, ningún miembro de la guardia real de Hyrule se habría dejado engañar por un truco tan ridículo, ni siquiera los Yiga eran tan simples. Con todo el sigilo que pudo, se acercó a la puerta. La abrió para colarse dentro, donde sólo había oscuridad. Reptó por el suelo hasta la cama. Había una respiración. Él estaba allí, el origen de todos sus problemas. Sería fácil golpearle, agarrarlo por el cuello hasta asfixiarlo. Pero Link no estaba allí por eso, así que se deslizó debajo de la cama y esperó con paciencia a que pasara la noche.

—Majestad, majestad, ya es hora —dijo la voz de una mujer anciana. "De Yaba" pensó Link, atando cabos. Aquella vieja estaba con Tanagar, siempre lo estuvo.

—Maldita sea. Te he dicho miles de veces que no vengas a despertarme. Ya no soy un niño —gruñó el rey, revolviéndose en la cama.

—Tienes asuntos que atender. Y hay que tomar una decisión con los prisioneros.

—¿Otra vez con esa historia? Los prisioneros son cosa mía. No molestan a nadie en las mazmorras.

—Eres un ingenuo si crees que no vendrán a buscarlos —dijo Yaba —Dejaste atrás al caballero.

—Ese insecto no tiene la más mínima importancia. Debe estar perdido en el bosque, o muerto de hambre y de sed. Así que deja de sermonearme con eso. Si tuviera la indecencia de sobrevivir para enfrentarse a mí, lo aplastaría. Así que no quiero volver a oír su nombre, ni que se le mencione en mi presencia.

—Me encantaría que así fuese, pero la joven princesa no para de preguntar por él. Tal vez lo hayamos subestimado.

—Ella me tiene harto. Me tienen hartas sus exigencias y sus malas maneras —el rey salió de la cama, porque ahora Link podía ver sus pies descalzos pisando las alfombras del suelo. —¿Sigue sin comer?

—Anoche probó apenas un poco de pan… Tarek. No deberías obsesionarte con unos ojos bonitos. Eres el rey, todos los ojos bonitos de Hyrule te podrían pertenecer, ¿por qué ella? Lo has intentado todos estos días y no tiene sentido seguir manteniendo con vida a esa… joven, que no sabe más que soltar veneno por la boca y despreciarnos.

"Tarek" pensó Link, casi sin dar crédito a lo que oía.

—Es de sangre real. Necesitamos herederos de sangre real, la casa de Tanagar no merece menos. No quiero mezclarme con cocineras ni campesinas que huelen a heces de caballo. Si es necesario la ataré al potro hasta que haga todo lo que le digo. Más le vale ir pensando en arrodillarse en mí, porque te juro que no me temblará la mano si tengo que obligarla.

—Está bien. Sólo espero que no se muera de hambre en esa mazmorra antes de que puedas seguir negociando con ella. Tal vez deberías tomarla por la fuerza, y cuando haya cumplido con su propósito, ya no supondrá una preocupación.

—Te repito que es asunto mío, así que ahórrate tus sucias ideas. ¿Qué hay de ti? No haces más que decirme todo lo que hago mal, pero se supone que estás aquí para ayudarme con todo esto —gruñó Tarek —¿Has conseguido arrancar la brujería de la Espada? También pierdo con la paciencia con eso, si no lo arreglas mandaré que la fundan en la forja. La destruiré si hace falta, haré herraduras para mis caballos.

—No es tan fácil. Nunca he visto un objeto tan misterioso como ese. La espada está protegida por una magia ancestral y poderosa que no me resulta conocida. Ni siquiera puedo tocar la empuñadura sin sentir que estoy desfalleciendo, así que me cuesta mucho avanzar con mis investigaciones.

—Pues arrójala al fuego, fúndela, pero haz algo. Me hace parecer débil delante de mis hombres. Ni siquiera he podido desenvainarla. Si no es mía, no será de nadie.

Después, Yaba y Tarek se enfrascaron en una conversación que no tenía ninguna importancia para Link. Ya lo sabía todo. Sus amigos estaban allí, Zelda estaba allí, y la Espada Maestra también. Tarek era el rey de Tanagar… cómo no. El muy imbécil ya intentó robar su túnica delante de sus narices. Le repugnaba hasta el extremo la idea de que hubiera intentado poner un dedo en Zelda y tuvo que contenerse para no salir de su escondite.


Link esperó con paciencia para conseguir salir de los aposentos de Tarek. Los lacayos comenzaron a entrar y salir y había una nube de piernas en movimiento que podía divisar desde su pequeño horizonte bajo la cama. Cuando todo quedó en silencio consiguió deslizarse al exterior.

Pasó el resto del día investigando cada sala, cada pasillo. Lo anotaba todo en un pequeño cuaderno que había llevado consigo. Había mucha gente con poca preparación trabajando en la fortaleza, y consiguió esconderse y pasar desapercibido en todo momento.

Cuando cayó la noche, ascendió hasta la torre más alta, donde había aterrizado la noche anterior. Allí esperó con paciencia hasta que apareció Nekka, el orni de que se había lanzado de Vah Medoh junto a él.

—Link, ¿cómo ha ido todo?

—He conseguido trazar un mapa más o menos fiable de la fortaleza. Los tienen en las mazmorras… bajo tierra. No será fácil sacarlos de ahí, pero debemos seguir adelante con el plan.

—Se lo diré a Teba. Buena suerte.

Nekka batió las alas y se elevó para alejarse con el cuaderno de Link, su silueta oscura se fundió con el cielo de la noche.

Link comenzó su descenso. Iba a ser un descenso complejo, el más arriesgado hasta el momento. Había una única puerta que conducía a las mazmorras y estaba cerrada con llave.

También sabía que había dos manojos de llaves. Uno estaba atado al cinto de Yaba, iba a ser casi imposible quitárselo sin que se diese cuenta. Aquella vieja bruja era suspicaz y difícil de localizar, al menos eso aprendió Link en su breve incursión por la fortaleza. El otro pertenecía al jefe de la guardia. Era un tipo gordo y muy alto, con una barba grasienta que se rizaba por debajo de su barbilla. Su nombre era Baddek.

—¡Eh, holgazán! ¿No vienes hoy a la taberna de Meena? —gritó Baddek a uno de sus hombres.

—Iría si no fuese porque mi capitán me obliga a quedarme aquí cubriéndole mientras él se emborracha con mis amigos —dijo el soldado, haciendo reír a Baddek y el grupo de hombres que lo acompañaban.

—No dejes que se cuele ni una sola sabandija, ¿me oyes?

—Descuide, señor.

Link los espiaba desde las sombras. El grupo de guardias cruzó las caballerizas, pero no sacaron monturas de las cuadras, eso fue un alivio para él, iba a ser imposible seguirlos si no era a pie.

Salieron de la fortaleza hablando tan fuerte como si ya estuvieran ebrios. Hacían chistes obscenos sobre lo mucho que beberían y fornicarían esa noche, y sobre una mujer pelirroja que había en la taberna y que había abofeteado a Baddek la última vez que fueron allí.

—Lo que ocurre es que esa fulana quiere probar lo que hay entre mis piernas, os aseguro que hoy no se me escapará —fanfarroneó Baddek, caminando a grandes zancadas.

—Si quisiera fornicar contigo no te habría abofeteado como si fueras una niña —dijo uno de los soldados.

—No tenéis ni idea de mujeres, cuando más se resisten es porque más ganas tienen.

El grupo de hombres se adentró en una casa de campo con muros de adobe y techo de paja, en medio de un terreno árido y olvidado. Tan sólo habían dejado atrás las chozas de algún que otro pastor de cabras. Aquello debía ser la taberna de Meena.

Link se quedó en la puerta sin tener claro cuál debía ser su próximo movimiento. No podía seguir espiando en un lugar tan reducido sin ser visto. Se apartó y encontró un montón de rocas que se habían desprendido del cañón. Aprovechó el lugar para ocultar parte de sus pertenencias y desprenderse de la capa, la máscara sheikah y la casaca orni. Hacía mucho frío para ir tan sólo con su camisa interior, pero al menos era de un color blanco roto y no tenía mucho valor, le permitiría pasar por un cliente cualquiera. Se soltó el pelo y lo alborotó a propósito, dejando que algunos mechones cayeran por delante de su rostro, para cubrirlo un poco. Por suerte su barba había crecido durante varios días consecutivos y eso le daba un aspecto más desaliñado, aunque vació un poco de agua de la cantimplora para hacer barro y mancharse las manos y la cara. Con este aspecto, entró en la taberna.

El lugar olía a cerveza caliente y a otras cosas que no podía identificar pero que le revolvieron el estómago. Unos músicos tocaban la flauta y el laúd en el fondo y un grupo de hombre borrachos los acompañaban a coro, haciendo un tremendo ruido. Era casi imposible hablar sin tener que gritar para ser oído.

Link eligió una mesa apartada junto a la ventana. Desde allí podía ver bien a Baddek y su grupo.

—¿Qué va a ser, mi señor? —preguntó una joven hyliana. Muy joven, no debía tener ni catorce años.

—Una cerveza, gracias.

La chica sonrió y desapareció, esquivando los gestos y palabras soeces de dos guardias panzudos y sudados que no paraban de atosigarla en sus idas y venidas a la barra. Link tuvo que reprimir una arcada.

Un grupo de mujeres se acercó a la mesa de Baddek y pronto cada soldado manoseaba a una de ellas, incluido el propio Baddek, que protestó pidiendo a "su pelirroja" pero pronto se convenció al tener a dos jóvenes para él solo.

—Mi señor, aquí tenéis.

—Gracias —dijo Link, aceptando la cerveza que traía la joven camarera. Ella se quedó petrificada, mirándole —Oh. Toma, no sé cuántas rupias será.

—No es necesario que paguéis aún, mi señor.

—De… de acuerdo —dijo él, frunciendo el ceño. Ella se miró las manos y movió la pierna un par de veces con nerviosismo.

—Puedo haceros compañía y… hacer lo que me pidáis —soltó ella de repente.

—¿Alguna vez has hecho compañía a alguno los hombres que vienen por aquí? —preguntó Link, sin dejar de contraer el gesto.

—Una vez.

—Entiendo. Eres muy amable por ofrecérmelo, pero no busco compañía —dijo él, evitando ser brusco. Pero ella no se movió.

—Era un tipo viejo, con las manos huesudas y frías. No era como vos —prosiguió ella.

Link apretó la mandíbula. Quería echar abajo aquella taberna y a los desgraciados que había allí. En todo su recorrido por Hyrule jamás había dado con un lugar tan repulsivo.

—Lo siento mucho. Pero no he venido a buscar compañía.

Ella dibujó una sonrisa triste, con un deje de desesperación, y se dio la vuelta. Antes de lograse alcanzar la barra, uno de los guardias panzudos la enganchó de la muñeca y se apegó a ella, restregando su sudado cuerpo por el menudo y delicado perfil de aquella niña. Link apretó los dientes y se puso en pie.

—¡Eh! Suéltala. Está conmigo —dijo, encarando al guardia.

—¿Qué? ¿Quién es este gusano?

Link lanzó un gancho con el puño que alcanzó al guardia en la barbilla. El golpe fue tan rápido que fue imposible verlo. El hombre se tambaleó un poco y cayó de espaldas, dando un culetazo en el suelo. El otro guardia se limitó a desternillarse de risa y a llevarse a su amigo de allí. Los hombres que lo habían presenciado todo tan sólo rieron y jalearon a Link. Las peleas debían ser una diversión frecuente en la taberna.

Link agarró a la joven de la mano, llevándola hasta su mesa para que se sentase junto a él. La pobre aún temblaba un poco de la impresión. Estuvieron un rato en silencio, Link dio varios tragos a su cerveza y ofreció un poco a ella, que bebió un sorbo diminuto, con timidez.

—Tal vez sí hay algo que puedes hacer por mí —le dijo Link.

—Lo que queráis, mi señor. Nunca… nunca nadie me había defendido. Haré lo que me pidáis, sea lo que sea.

—Bien, puedes tranquilizarte. No voy a pedirte nada de lo que piensas —sonrió él, tratando de confortarla. Ella relajó los hombros con alivio y Link sintió más pena por ella que en toda la noche. —¿Ves a aquellos hombres de allí? El gordo de la barba y sus amigos.

La chica agitó la cabeza con energía.

—El de la barba tiene un manojo de llaves en el cinto. ¿Crees que podrías quitárselo sin que se diese cuenta?

Ella ladeó la cabeza, pensativa. Después afirmó, sonriéndole.

—Son unos borrachos, vienen a menudo. En un par de rondas no se darán cuenta ni de dónde están —dijo ella.

—Perfecto. Esos tipos tienen a mis amigos encerrados, tengo que liberarlos, ¿comprendes?

—S-sois un caballero. Como los de los cuentos —dijo ella.

Link le sonrió y no dijo nada más. Si él pudiese… En cuanto todo volviese a la normalidad hablaría a Zelda de ese lugar. Ella jamás consentiría algo así, y pondría remedio, estaba seguro.

Mei, así se llamaba la chica, tenía razón. Fue cuestión de paciencia ver cómo Baddek se emborrachaba hasta tambalearse. Sobre la silla y con las mujeres en su regazo, a duras penas podía mantener la cabeza erguida. Mei se acercó a él, sigilosa como los pequeños ratones que a veces se colaban en las cocinas del castillo de Hyrule. Sin que Baddek notase nada, ella deslizó el aro de hierro del que colgaba el manojo de llaves haciéndolo rodar por el cuero del cinto hasta la espalda de hombre. Una de las chicas que había sobre Baddek fue a reprender a Mei, pero esta le pidió que se callase llevándose el dedo a los labios y guiñando el ojo. La chica captó la indirecta de inmediato y dejó que Mei cortase el cinturón de Baddek por detrás, liberando las llaves.

Sin decir palabra, Link salió de la taberna y Mei lo hizo también tras él.

—Has estado fabulosa —la elogió Link, recibiendo las llaves de su mano.

—Ahora… ahora os marcháis.

—Así es. Mis amigos esperan que vaya a ayudarlos. Están atrapados en una mazmorra oscura. —Link observó cómo Mei agachaba la cabeza —Ey, no desesperes. Toma, esto es sólo para ti.

Ella abrió una bolsa que Link le dio. Eran todas las rupias que Tyto le había proporcionado en caso de necesidad. No era mucho, pero no tenía nada más de valor que pudiese darle.

—Puedes quedártelas, pero me tienes que prometer que usarás las rupias para largarte de este lugar. Siempre puedes trabajar en un establo, ¿no crees? Y si pudieras llegar hasta la aldea de Hatelia, allí tendrías una casa esperándote para ti sola.

—¿P-para mí sola?

—Te lo prometo —dijo Link.

Mei sonrió, con su enorme aire infantil. Tal vez aquella fue la primera vez que alguien le mostró que había otros caminos distintos al que le había tocado vivir.

Link se despidió de ella y recuperó sus ropas oscuras. Se marchó del lugar tratando de reconfortarse, sin demasiado éxito, con la idea de que Mei conseguiría llegar algún día a Hatelia, donde podría aprender a leer en la escuela, y donde no hubiese borrachos ni ancianos manoseándola.


Link giró la llave que conducía a los calabozos. Sabía dónde tenían a cada uno encerrado, fue fácil escuchar los murmullos de la fortaleza de Tanagar, tan sólo había que pegarse a las cocinas y a los encargados de alimentar a los prisioneros. Tantos años de servicio en el castillo de Hyrule, habían dado sus frutos porque sabía de sobra cómo funcionaban las fortalezas.

Entró al corredor donde sabía que estaba Zelda, sola y aislada de los demás. La encontró echa un ovillo en la cama, tras unos gruesos barrotes de hierro oxidado.

—Psss. Zelda. Despierta.

Ella se removió y despertó bruscamente, como si se estuviera liberando de un sueño inquieto.

—¿Q-qué? ¿Quién…?

Él se echó la capucha atrás y tiró de la máscara sheikah, mostrando su cara. Vio los ojos de Zelda brillar como en un parpadeo, y ella apenas tardó un segundo en ponerse en pie y arrojarse a los barrotes. Él hizo lo mismo, abrazándola a través de los huecos entre las barras de la cárcel. Durante unos segundos se apretaron el uno contra el otro haciéndose daño, como habían hecho otras veces. Parecía como si no supiesen abrazarse de otra manera.

—Sabía que vendrías, lo sabía. —murmuró ella, contra su hombro.

—Estás helada, ¿es que no te han dado ni una mísera manta?

Ella se encogió de hombros liberándose de sus brazos y llevándose el índice al vértice del ojo, donde nacen las lágrimas. No permitió que brotase ninguna. Link miró a otro lado. Era superior a sus fuerzas verla así. Se quitó la casaca orni y se la tendió a través de los barrotes.

—Si me la quedo descubrirán que has venido a verme —dijo ella.

—Voy a sacarte ahora mismo de aquí, así que no habrá necesidad de todo eso.

Link probó a abrir la cárcel con una llave. Luego con otra y con otra. El manojo se terminó y resistiéndose a aceptar lo que estaba pasando, volvió a probar de nuevo.

—La llave sólo la tiene ella. Esa vieja bruja —dijo Zelda, mientras lo veía insistir, con el ceño fruncido. —Déjalo ya, Link.

Él gruñó y siguió ofuscado con la cerradura, hasta que Zelda puso su mano sobre la suya para pararle. Él suspiró y aceptó el hecho de que no iba a poder sacarla esa noche.

—Sabía que esto podía pasar, pero no soporto la idea de dejarte ahí dentro —refunfuñó él.

—¿Dónde están los demás? ¿Están bien? ¿Has visto a Kei o a Cecille? —preguntó ella, disparando las preguntas a toda velocidad.

—Aún no he ido a verlos, pero sé dónde están encerrados. Es que primero quería ver cómo estabas tú. —se justificó, agachando la vista.

Ella lo miró sin decir nada, aunque Link sabía que la pérdida de los cuatro elegidos pasó por su mente por un instante, como un relámpago.

—Dime, ¿cómo has conseguido escapar?

—No tuve que escapar. Me mareé por culpa de esa cosa que nos dieron y me desmayé en medio del bosque. Esos imbéciles no se molestaron ni en buscarme.

Zelda sonrió y sacó la mano entre las rejas para acariciarle la cara.

—Han cometido el peor de los errores olvidándose de ti.

Link apoyó la frente entre dos barrotes y ella se acercó para besarle en la boca. Fue un beso tenso y poco delicado, que sabía a separación y a barrotes de hierro.

—Me enseñó la Espada y tu túnica azul. Quiso hacerme creer que habías muerto —dijo ella respirando contra sus labios.

—¿Lo creíste?

—No. Pero fue difícil de soportar —reconoció ella. Link notó un ligero temblor en ella.

—Tarek… ¿te ha hecho daño? —preguntó. Realmente no quería preguntar eso, quería preguntar si se había atrevido a tocarla, pero le resultaba tan amargo que no fue capaz de formular esa pregunta.

—No.

—Tienes que comer algo —dijo él, curvando la mano sobre la mandíbula de Zelda.

—Odio su comida. Odio todo lo que hay aquí.

—Lo sé. Pero quiero que comas algo. ¿Lo harás por mí hasta que consiga sacarte de aquí?

Ella apartó la vista y movió la cabeza afirmativamente. Era cabezota incluso para eso.

—Uhm. Tienes que prometérmelo —le pidió él.

—Por la Diosa. Sí, Link, te lo prometo. —gruñó. Link no pudo evitar reírse.

—Ahora escúchame bien —prosiguió él, recobrando la seriedad —Tienes que intentar convencer a Tarek de que te lleve al patio de armas.

—Jamás me dejará salir de aquí.

—Pues tienes que convencerle. Inventa… lo que sea, eso se te da bien. Dile lo que sea que necesite oír para que te lleve al exterior. —dijo Link. Pedirle aquello a Zelda le costaba más de lo que podía expresar, pero era la única forma de poner en marcha un plan que acababa de trazar en su cabeza.

—¿Qué pasa con los demás?

—Están encerrados en un corredor contiguo a este. Yo me encargaré de soltarlos, no debes preocuparte por eso. No puedo contarte más, es mejor que no sepas nada para poder engañar a Tarek sin que sospeche. Pero es crucial que salgas al patio de armas. ¿Lo has entendido? —insistió.

Ella agitó la cabeza de nuevo y tiró de las solapas de su camisa para atraerle y volver a besarle.

—Tengo que marcharme ya. Está amaneciendo.

—¿Cómo lo sabes? —dijo ella, soltando una risa —en este agujero siempre es de noche.

—Lo sé. Créeme. Zelda, recuerda… el patio de armas.

—Sí. El patio de armas. No hace falta que me lo repitas mil veces como si tuviese tres años, Link. Lo he entendido la primera vez —refunfuñó ella.

Él sonrió al verla con el ceño fruncido y le besó la frente.

—Te sacaré de aquí, lo sabes. Come algo.

—Sí —dijo ella, poniendo los ojos en blanco.

—Me voy ya. Te quiero.

—¿C-cómo dices?

Link apretó los puños y se alejó de allí a grandes zancadas. Era la única forma de resistir la tentación de permanecer con ella más tiempo del necesario.

—¡Link!

En la bóveda del calabozo retumbaba la voz de Zelda que aún lo llamaba a su espalda, pero no había tiempo que perder. Tenía que contactar con Teba lo antes posible.


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