Capítulo 14 - Plan de escape
"Me voy ya. Te quiero."
Las palabras de Link se repetían en su cabeza una y otra vez, en bucle, en una espiral que nunca termina, como cuando pones un espejo frente a otro.
Nunca se lo había dicho, esa era la primera vez, y él había elegido (no sabía si conscientemente) un momento tan inapropiado como aquel, en el que ella estaba atrapada, en el que él salió corriendo, en el que no hubo opción de réplica.
Zelda no supo hasta ese momento la importancia que tienen en realidad las palabras. La mente es libre, crea y destruye, imagina. Si él la veía pasando frío, hambre o estaba en problemas y acudía para ayudarla, era una forma de decir "te quiero". Pero la mente puede pensar que "lo hace por obligación, porque es un caballero". Ese era un pensamiento envenenado que anidaba en su cabeza casi desde el principio, desde que conoció a Link. Cuando ella le confesó sus sentimientos la primera vez, en aquel bosque de Kakariko, él la besó, durmieron juntos, fue una de las noches más felices de su vida, sí, pero él no dijo nada. Para Zelda era muy fácil confundir los gestos de afecto o incluso de deseo si no se ponen palabras por medio. Ella tenía una mente científica, exhaustiva, no era suficiente con intuir o captar, necesitaba oírlo.
Se sentó en el borde de la cama, esperando. La casaca de Link aún tenía su olor, era cálida, cerró los ojos e imaginó que él aún seguía abrazándola, era su cuerpo el que la rodeaba mientras volvía a decir lo de "Me voy ya. Te quiero.", mirándola con los mismos ojos con los que la miraba cien años atrás, prometiéndole esperanza. Estuvo un rato así, envuelta en sus fantasías, hasta que oyó la puerta de la mazmorra. Entonces se quitó la casaca para esconderla bajo el colchón de su catre.
Yaba abrió la puerta de la cárcel. Ella se puso en pie y la siguió, sin decir nada ni oponer resistencia. Era la misma rutina, la llevaron por los mismos pasillos a la misma torre aislada, donde las mismas manos rugosas la lavaron como se lava a un animal sucio y que se ha portado mal.
—Estáis muy callada —observó la vieja.
—No tengo nada que decir, es todo —respondió ella. Sólo pensaba en Link y en conseguir salir al patio de armas.
—¿No preguntáis por vuestros amigos o por el caballero? —se burló Yaba. ¿Sospechaba algo? ¿Habrían descubierto a Link?
—Aunque lo haga… ¿obtendría otra respuesta distinta a las veces anteriores?
—No sé si estáis aprendiendo a comprender cuál es vuestra situación o si hay algo más.
Zelda se encogió de hombros y permaneció en silencio, mientras sus "doncellas" terminaban de vestirla. Ahora tocaba esperar. Esperaba a que cayese la noche, a que él reclamase su presencia. Nunca la llamaba antes del ocaso, tendría otras cosas que hacer, los saqueos no se organizan por sí solos.
Como las otras veces, Yaba se marchó, también ella tendría sus menesteres de bruja. Una de las mujeres que la atendían apareció con una bandeja con un trozo de pan, queso y agua. Hizo un esfuerzo y cumplió la promesa que le había hecho a Link, así que no dejó nada del triste desayuno que solían servirle. Entonces el tiempo se volvió infinito, desesperante. Deseó poder ver algo a través de la ventana alargada de su torre, pero estaba demasiado alta. No sabía cómo convencer a Tarek para que la sacase al patio de armas. Un simple "necesito respirar aire limpio" no iba a servir con él.
—Parece que os gusta la cena —observó Tarek —tenéis más apetito que nunca… eso está bien.
Zelda se encogió de hombros y cortó un pedazo de pan. Esa noche habían encendido una de las chimeneas, hacía más frío. En el enorme salón con la vidriera robada, sólo se oía el crujir de la leña al consumirse y el rechinar de cubiertos sobre los platos.
—No creáis que he cambiado de opinión —dijo ella —sólo estoy aprendiendo a resignarme con vos.
Tarek soltó una carcajada que retumbó en toda la sala.
—Sois el ser más obstinado que he conocido jamás. Me pregunto qué tengo que hacer para derribar vuestro escudo.
—No drogarme, no dejarme atrapada en una mazmorra… eso sería un principio. ¿Sigo dando opciones?
—En su día os ofrecí unos aposentos y los rechazasteis. —gruñó él, pegando un sorbo a su copa de vino —Vuestra obstinación es lo que os mantiene en esa cárcel fría y oscura.
—Puede que haya cambiado de opinión respecto a eso —se atrevió a decir. ¿Estaría sonando muy precipitado su cambio de actitud?
—¿Y a qué se debe eso, si puede saberse? —Tarek entrecerró los ojos, que brillaron afilados.
Zelda se tomó su tiempo para responder. Primero masticó la bola de pan que tenía en la boca y la tragó con parsimonia, luego dio un trago a su copa de agua.
—Ya os dije que no me conocéis. No soy una especie de adorno. No soy una de esas doncellas que se pasan la vida en los castillos, suspirando, cambiándose de ropa y probándose joyas. Necesito el aire limpio, explorar e investigar.
—No es propio de una futura reina —dijo él, volviendo a sonreír —pero hay algo salvaje en lo que decís… y eso me gusta. Os diferencia de las demás.
—Mi poder se consume al pasarme tanto tiempo aquí dentro encerrada —dijo Zelda, sin mirarle, como si lo que acababa de decir no tuviese importancia.
—¿Vuestro poder?
—No os hagáis el sorprendido. Sabéis de lo que hablo.
Tarek se echó atrás en su sillón, con la copa en la mano. Dibujó una sonrisa torcida mientras perdía la vista en las llamas de la lumbre que ardía tras Zelda, en la chimenea.
—El don que custodia la Diosa Hylia. Un poder tan grande que es capaz de hacer realidad todos los sueños del que consiga poner las manos sobre él. Un poder que conducirá al mundo a una era dorada… Si es cierto que lo poseéis, su naturaleza me hace dudar, pues estáis lejos de vivir una era dorada ya que estáis encerrada y a mi merced.
—Usé el poder sagrado durante demasiado tiempo… y para derrotar a Ganon, ¿o creéis que la oscuridad de Hyrule desapareció por arte de magia para que vos pusierais vuestras sucias zarpas sobre el reino?
Él volvió a soltar una carcajada. Lo tenía en el bote, justo donde quería.
—Entonces… ¿es cierto que fuisteis vos?
Ella asintió. No dio detalles sobre Link, si quería que todo saliese bien tenía que evitar nombrarle porque sabía que él se enfurecía cada vez que lo mencionaba.
—Con el tiempo volverá a ser tan poderoso como siempre, es una cuestión de regeneración. Aunque aún puedo usarlo… puntualmente.
—¿Qué pasó en el bosque de Farone? Vi un enorme destello de luz cuando iba persiguiendo a Faren, pero estaba demasiado lejos —dijo él echándose hacia adelante con interés.
—Lo que imagináis. Tuve que usar la Trifuerza para protegerme del dragón herido.
"Maldito bastardo, te maldigo" pensó Zelda, tratando de que no se notase lo mucho que la enfurecía que él hubiese cometido la osadía de atacar a un espíritu de luz.
—Es fascinante —sonrió él —sois fascinante.
—¿Os… gustaría verlo?
—¿Estáis de broma? Espero que no se trate de una amenaza…
—Si pudiera haceros daño con eso, ya lo habría hecho —dijo ella, clavando los ojos en los de él.
Tarek era ambicioso, era uno de sus muchos defectos. Tenía un espíritu de saqueador innato, la idea de ver la Trifuerza tenía que funcionar, tenía que ser una enorme tentación para él poder tener ante sus ojos la visión de un poder divino.
—Estáis de broma. Jugáis conmigo —dijo él, bebiendo de su copa —no digo que me desagrade que tratéis de jugar conmigo… pero sólo se trata de eso.
—Está bien.
Él mantuvo los ojos en ella durante un largo tiempo, observándola con minuciosidad, cada detalle, cada gesto. Buscaba cualquier cosa que revelase qué es lo que tenía en la mente. Zelda se limitó a seguir comiendo de forma relajada, sin mirarle. Sus profesores sheikah habían intentado infinidad de veces averiguar si ella tramaba algo, del mismo modo que Tarek lo intentaba en esos momentos. Estaba entrenada. Cuando tenía catorce años engañó a su tutor y se escapó para poder cabalgar hasta el centro de la llanura de Hyrule. Aquel día había discutido con su padre, con los sheikah, con todo el mundo. Lo único que quería era alejarse para poder respirar aire fresco y para ser ella misma, Zelda, nada más. Las únicas personas capaces de intuir qué es lo que estaba a punto de hacer eran Urbosa e Impa. Y Link. Él era capaz de leerla mejor que nadie.
—¿Qué pasaría si me lo mostraseis? Quiero decir… no lo usaríais para atacarme, ¿verdad?
Zelda sonrió para sus adentros. Ya había picado el anzuelo, ahora sólo tenía que recoger el sedal con calma, sin que se rompiese.
—El poder sagrado no puede dañar a un hyliano, como habéis dicho es un don que custodia la Diosa Hylia. Su misión es usarlo para destruir fuerzas y criaturas de oscuridad.
Tarek bebió su copa hasta el final, y se agarró a los brazos de madera de su sillón. Podía leerse la ambición en sus ojos, el deseo oculto de poseer un poder inmenso.
—Mostrádmelo.
—¿Cómo decís? —dijo ella, haciéndose la distraída.
—Ya sabéis. Quiero verlo, pero antes juraréis por la Diosa que no lo usaréis en mi contra.
Ella sonrió y también bebió su copa hasta el final.
—Lo juro.
En el patio de armas hacía frío. Era una noche sin luna, oscura. Ni siquiera las estrellas punteaban en la bóveda celeste, el cielo estaba encapotado. En la profundidad del cañón de Tanagar el viento era áspero, cortante. Era un agujero en la hermosa tierra de Hyrule, un lugar olvidado. A Zelda nunca le permitieron explorar aquella zona, y eso que Vah Medoh fue desenterrado en uno de los extremos del cañón, junto a un inmenso templo de piedra con extrañas inscripciones.
—Os vais a enfriar —dijo Tarek. Se quitó su capa para echársela por los hombros.
Zelda buscó con la mirada en los alrededores. Sólo había sombras y abandono. Había dianas para tiro con arco, zonas de entrenamiento, carros de madera. Durante el día el patio de armas debía estar lleno de vida y bullicio, pero ahora era un agujero vacío y desolado. "Hylia, dame fuerzas" rezó, apretando los puños.
Tarek había llevado consigo dos guardaespaldas, pero éstos se quedaron a una distancia considerable de ellos dos. Zelda caminó hasta el mismo centro del gran patio. No ocurría nada, ¿qué demonios había planeado Link?
—Parecéis nerviosa —dijo Tarek, observándola.
—Estoy bien. Es sólo que tengo un poco de frío.
—Si me lo permitís, os calentaré las manos.
Ella asintió, tratando de no parecer asqueada. Por suerte no había demasiada luz, las antorchas ardían lejos de ellos dos, que apenas eran dos sombras en medio del enorme cuadrilátero al aire libre.
Tarek se quitó los guantes y tomó sus manos, para empezar a frotarlas, dándole calor.
—Ojalá siempre tuvieseis esta actitud —dijo él, sin elevar mucho la voz —como veis, mi único empeño es cuidar de vos, nada más.
—Ya… ya es suficiente —interrumpió ella, apartándole —ahora necesito un poco de espacio para concentrarme.
Él dio un paso al lado y ella se concentró, juntando las manos. Cerró los ojos. ¿Dónde estaría Link? El silencio era inmenso, aplastante. Intentó pensar en el poder sagrado, que solía latir dentro del pecho, como un calor adormecido. Apenas si podía sentirlo. No era tan sencillo usarlo sin ningún motivo aparente.
Pasaron varios minutos y Tarek se estaba impacientando. Comenzó a andar en círculos, alrededor de ella, al principio con curiosidad, más tarde con nerviosismo.
—Creo que ya he visto bastante —dijo él, después de un rato.
—No, esperad.
Él resopló. No había manera de sacar la Trifuerza, ni siquiera un poco. "Link, ¿dónde diablos te has metido?" pensó, acelerándose cada vez más.
—Suficiente por hoy. Podéis intentarlo en otro momento.
Tarek tiró de su muñeca y ella abrió los ojos.
—El poder sagrado no surge así como así. Aún no he terminado todos mis rezos.
—Podéis seguir rezando otro día, ya estoy cansado de este espectáculo. No sé si pretendéis algo con todo esto.
—¿Qué iba a pretender?
—No lo sé.
Tarek tiró de ella con más fuerza, atrayéndola hacia él. La rodeó por la espalda, atrapándola entre sus brazos. Zelda se quedó paralizada, no esperaba que él se atreviese a hacer algo así… al menos no tan pronto. El calor de su pecho empezó a revivir, sintiendo la amenaza y revolviéndose contra la misma.
—Podríais gritar y no pasaría nada —susurró él contra su oído —nadie podrá evitar que un día me pertenezcáis por completo, ni siquiera vos misma.
—Soltadme, estúpido —dijo ella, tratando de apartarle y de liberarse de sus garras, pero él comenzó a reírse y a agarrarla con más fuerza.
Zelda se disponía a hacer lo que fuese, darle un pisotón, un rodillazo, un mordisco… le escupiría en la boca si él se atrevía a intentar besarla, pero justo entonces, una ráfaga helada de viento se levantó removiendo todo el patio de armas.
—¿Qué demonios es esto? ¡Soldados! —gritó él, sin dejar de agarrarla.
De repente una inmensa bocanada de aire, como una columna, cayó sobre ellos con tanta fuerza que los lanzó despedidos hacia los lados. Zelda salió lanzada contra el suelo, cayendo de costado. Cerró los ojos, el aire era tan fuerte que casi cortaba. Cuando los abrió, vio unos ojos amarillos y unas suaves plumas blancas rozaron sus manos, ayudándola a ponerse en pie.
—No debéis temerme. Soy Teba, he venido a por vos en nombre de Link.
—Teba… —murmuró ella, aún aturdida por la caída al suelo.
—¡Disparad a ese pájaro, idiotas! —gritó Tarek. También se había puesto en pie y desenvainaba un pequeño puñal que llevaba al cinto.
—No os mováis, conmigo estáis a salvo —dijo Teba.
Entonces agitó las alas y generó otro enorme tornado que detuvo a los soldados, lanzándolos hacia atrás de espaldas. Más soldados surgieron del interior de la fortaleza, como un ejército de hormigas que bullen desde el hormiguero para acudir a la llamada de la batalla. Zelda elevó la cabeza al cielo y vio al menos a diez orni precipitándose desde lo alto en picado para acudir en su ayuda, derribando soldados con las corrientes de aire y con la precisión de sus flechas.
—Tenemos que huir ahora —la apremió Teba —os subiréis a mi espalda y os agarraréis fuerte a mi cuello.
—No prenderéis que… —balbuceó ella, sin creerse lo que Teba le estaba proponiendo.
—Sólo podemos salir de aquí de una manera.
El orni generó una inmensa columna de aire. Zelda cerró los ojos y se encaramó a él tal y como le había pedido. Durante unos segundos Zelda sólo sintió miedo e inestabilidad. Notó el vacío de la ingravidez en el estómago al alejarse del suelo, el frío viento. Después, el vuelo se volvió más estable y se atrevió a abrir los ojos. El patio de armas era un cuadrado diminuto, en el suelo. Sintió vértigo y se aferró con fuerza al orni.
—Alteza… creo que me estáis asfixiando.
—¡Oh! Perdón.
—Estáis a salvo conmigo, no debéis temer. Tan solo disfrutad del vuelo.
—No sé si podré hacer eso —dijo ella, haciéndole reír.
—Iremos despacio, tranquila.
Voló aferrada a las suaves plumas de Teba e incluso se atrevió a incorporarse un poco. Hyrule nunca le había parecido tan espectacular como visto desde el cielo. El cañón de Tanagar se veía como una cicatriz negra en la tierra. Era una lástima que la noche fuese tan oscura, poder verlo desde arriba con la luz del sol debía ser espectacular.
Aterrizaron en una de las plataformas de vuelo del poblado orni. Zelda tenía las manos tan heladas que apenas podía sentirlas.
—No os mováis de aquí, vendrán a por vos para llevaros a un sitio seguro —dijo Teba.
—¿Y tú a dónde vas?
—A buscar a Link.
Zelda no paraba de dar vueltas dentro del enorme salón circular de la posada orni. Habían habilitado aquella zona sólo para ellos. Poco a poco, los orni fueron trayendo de vuelta a todos sus amigos. Sophie fue la primera en llegar, la encontró agarrotada y envuelta en varias mantas, junto a la chimenea. Después llegaron los demás en tandas escalonadas, pero casi consecutivas. Kei y Cecille se abrazaron a Zelda nada más aparecer. También los habían drogado y condenado a permanecer en una cárcel fría y oscura.
Link los había liberado de las mazmorras mientras ella distraía a Tarek en el patio de armas. Después los guio hasta un punto estratégico del castillo, donde una patrulla orni bien situada junto a uno de los corredores de los pasillos de la fortaleza, fue llevándose a todo el séquito de Zelda, saltando a través de las murallas. Nadie los vio porque todos acudieron a luchar al patio de armas, así que cuando dieron la señal de alerta, ya era demasiado tarde.
El reencuentro con sus amigos fue muy intenso. La mayoría estaba bien, cansados, pero bien. El que peor trago se llevó fue alcalde Reede, que había pasado varios días enfermo por culpa de aquel condenado brebaje de Yaba.
—Zelda, seguro que está bien —dijo Cecille, acercándose a ella por la espalda. Ella mantenía la vista fija en la ventana, desde donde sólo podía ver oscuridad y montañas lejanas y nevadas.
—¿Y por qué no viene?
—Yo también creo que tarda demasiado, ya debería estar de vuelta —dijo Kei. Estaba sentado en el borde de un sillón alargado, con los codos apoyados en las rodillas. Movía la pierna con nerviosismo mientras mantenía un aire hosco y taciturno.
—Voy afuera. Desde la plataforma lo veré llegar —decidió Zelda.
—Voy contigo —dijo Kei, poniéndose en pie.
—No, chicos, esperad. Afuera hace mucho frío, está empezando a nevar —dijo Cecille —el patriarca Tyto nos ha pedido que nos quedemos aquí para entrar en calor y recuperarnos. Es más seguro.
Zelda miró a Cecille y agitó la cabeza. De una zancada se aproximó a la puerta, seguida por Kei.
—Alteza, no debéis salir afuera ahora —le dijo una orni con plumas rosadas, que se interpuso en su camino —hace frío, podríais constiparos.
—Lo entiendo. Pero, permitidme salir, por favor. Necesito salir o me asfixiaré aquí dentro.
La orni la miró perpleja, pero pronto comprendió que interponerse no iba a servir de nada.
—Está bien… pero llevad estas mantas con vosotros. Pediré a mi marido que os acompañe.
Zelda y Kei se sentaron en el suelo de madera de la plataforma de vuelo, envueltos en mantas. Un orni de plumas de colores llamado Nyel les hacía compañía. Les llevó dos tés para que no se enfriasen. Zelda rodeaba la taza de cerámica calentándose las manos e iba a beber un trago del suyo cuando vio un copo de nieve caer dentro y derretirse de inmediato al contacto con el líquido caliente.
—Link siempre vuelve —dijo el orni, rompiendo el silencio de tensa espera que los tres parecían compartir. —Cuando mi hija Kumeli fue secuestrada por el mago oscuro de Hebra, esperé horas en este mismo lugar. Perdía la vista en las cumbres de las montañas esperando ver su silueta en el cielo, y en el fondo del precipicio donde veía brillar las aguas del lago Ornitón. Y aunque pasaban las horas, aunque mi mujer me pedía que entrase en casa, no podía hacerlo porque sabía que Link volvería de un momento a otro con mi hija en brazos. Y no me equivoqué.
—Sí, siempre vuelve. No importa los años que pasen ni lo oscuras que sean las perspectivas —añadió ella.
—Alteza, no he tenido ocasión de decirlo, pero… para mí es un gran honor poder conoceros en persona. Tal vez me permitáis hablar un poco con vos en otro momento, con más calma. Mi maestro… él os conoció, en vuestro tiempo.
—¿Tu maestro? No estarás hablando de Revali…
—¡No! Bueno, Revali es una leyenda para nuestro pueblo, pero no me refiero a él. Mi maestro pertenecía a los sheikah. Su nombre era Alesius.
—¡Alesius, por supuesto!
—¡Eh! —interrumpió Kei, poniéndose en pie —Veo algo. Creo que ya vienen.
Zelda se incorporó tan rápido que estuvo a punto de derramar su té. A lo lejos se veía una figura, un orni planeaba con suavidad, era apenas un punto blanco que se balanceaba en la lejanía. Su corazón se fue acelerando conforme las siluetas de Teba y Link a su espalda, se fueron dibujando con más claridad.
Link saltó a la plataforma antes de que Teba llegase a posarse en tierra. Tenía el pelo alborotado y las mejillas sonrojadas por el frío.
—¡Link! —Zelda se abalanzó para abrazarle, colgándose de su cuello incluso antes de que él terminase de equilibrarse del todo.
—Ey. Ya te dije que os sacaría de ese agujero.
Ella soltó una pequeña carcajada de alegría contra su hombro, donde había hundido la cara.
—Estás congelado —dijo ella, reaccionando de repente. Él sólo tenía la capa y la fina camisa interior, porque su casaca se la había dado a ella.
—Hace frío ahí arriba —admitió Link.
Zelda agarró la manta con la que había salido a la plataforma y envolvió en ella a Link. Kei lo observaba todo en detalle y puso su manta sobre Zelda, tendiéndosela mientras ponía los ojos en blanco.
—Parece que has sobrevivido otra vez, forastero —dijo Kei, sonriéndole.
—Y sin tu ayuda. Para que luego vayas por ahí dándotelas de importante —respondió Link.
Kei le sonrió y tendió el puño para chocarlo con el de Link. Zelda pensó que no sabían demostrar mejor el afecto mutuo que en realidad se tenían. Kei había pasado la misma angustia que ella al ver que Link tardaba en volver y no había apartado los ojos del horizonte ni por un instante.
—Ahora desembucha. ¿Por qué diablos has tardado tanto? —preguntó Kei, frunciendo el ceño.
—Porque… No podía volver si recuperar esto.
Link se echó la mano a la espalda y desenvainó la Espada Maestra. El filo parecía brillar con una extraña luz azulada.
—Me alegro de ver eso —dijo Kei, cruzándose de brazos —ahora está con quien debe estar.
Link sonrió y volvió a envainar la espada. Sonreía con el alivio de sentirse en casa, pero en sus ojos podía leerse que estaba agotado.
—Gracias por cuidar de ellos, Nyel —dijo Link al orni, que observaba el reencuentro en un segundo plano —seguro que si no hubieses estado aquí, habrían tardado poco en tener la idea de saltar por la plataforma para ir a buscarme o algo peor…
—Debo admitir que se han portado mejor de lo que esperaba —sonrió Nyel.
—Teba, ¿te encuentras bien? —dijo Zelda, preocupándose por él. Desde que llegó no abrió el pico y estuvo medio agachado, tratando de recuperar las fuerzas.
—Estoy bien, alteza. Sólo necesito descansar un poco.
—Todos necesitamos descansar —añadió Nyel —no perdamos más el tiempo. Hay camas cómodas y lumbre en el hogar esperándonos a todos.
Pusieron rumbo al refugio, mientras los copos de nieve caían cada vez con más fuerza sobre sus cabezas. La plataforma se estaba blanqueando con velocidad, el amanecer no estaba lejos pero aún había oscuridad por las densas nubes que encapotaban el cielo. Zelda se quedó un poco atrás, respirando el aire frío con alivio, liberando parte de la tensión acumulada en las últimas horas. Link advirtió que no caminaba a su lado y se volvió hacia ella.
—¿Vamos? —preguntó tendiéndole la mano.
—Sí.
El día siguiente al rescate de la fortaleza de Cruz de Espadas transcurrió más rápido de lo esperado. Aunque todos hicieron un esfuerzo por dormir, pocos lo consiguieron, entre ellos Zelda.
Le habían dado una cabaña para ella sola. Era muy agradable, olía a madera de pino y hierbas aromáticas de la montaña, había un fuego ardiendo y una cálida cama de plumas. Se dio un baño caliente y se pasó la mañana caminando de un lado a otro de la habitación, leyendo el diario de su padre (que había vuelto a recuperar, gracias a Link). La nieve caía copiosa en el exterior y tampoco había mucho que hacer, menos aún cuando Tyto les había aconsejado que no saliesen en todo el día, salvo para la hora de la cena, en la cuál se dispondría un pequeño banquete que compartirían con el patriarca y otros miembros destacados del poblado orni.
No vio a Link ni a los demás en todo el día. A él le habían dado una cabaña aparte, lo mismo que a ella, era evidente la distinción con la que los orni trataban a Link, y eso la hacía sentirse muy orgullosa de él. Los demás habían sido alojados en la posada, donde estuvo también ella al principio, a la espera de que Link apareciese. La posada era amplia y muy cómoda, aunque no contase con el mismo nivel de privacidad que las cabañas individuales, las camas eran muy confortables y no les iba a faltar de nada.
Zelda se vistió con botas de nieve y una casaca de plumas y pantalones orni que le habían prestado. Se abrigó bien para ir a cenar, aunque una vez entró a la sala donde habían preparado el banquete sintió calor y tuvo que quitarse la casaca para quedarse en camisa. Los orni sabían bien cómo aislar sus casas de las duras condiciones de la montaña y la región de Hebra.
Durante la cena, Link relató cómo había conseguido liberar a todos, cómo se ocultó como una sombra en el castillo. Era extraño que él llevase el peso de la conversación mientras todos los comensales lo miraban con atención, en las cenas y eventos sociales él solía limitarse a comer y hacer algún que otro comentario puntual. Tyto había reunido al séquito de Hatelia al completo, pero de parte de los orni sólo estaban él, Teba, Nyel y su esposa Ameli. Era una comitiva mínima, podía decirse que era una cena privada. Zelda se sintió tranquila y agradecida a Tyto al ver que no había una muchedumbre esa noche alrededor de la mesa, aún se sentía agarrotada después de tantos días en el calabozo y los demás estaban más o menos igual, sobre todo Link, que tenía el rostro un poco pálido y ojeroso.
—Link estuvo tres días sin comer ni dormir para llegar a tiempo a nuestro poblado —dijo Teba, bebiendo de su copa —nunca había visto nada igual.
—Estoy acostumbrado a eso —dijo él, encogiéndose de hombros.
—Link, ¿cómo le arrancaste la espada a esa vieja bruja? —preguntó Nyel.
—Hubo un forcejeo… lo reconozco. Pero la realidad es que no es más que una vieja y la espada en sus manos era poco más que un objeto de adorno. Lo peor fue llegar a ella, estaba bien protegida por los soldados de Tarek.
—¿Viste a Tarek? —le preguntó Zelda.
—No esa noche —dijo Link, tomando un sorbo de su copa —pero sí lo estuve espiando la noche anterior.
—Fue una maniobra muy arriesgada, Link. ¿Qué pudiste averiguar? —se interesó Tyto.
Link se echó atrás, incómodo en su silla. Parecía como si no quisiera contarlo.
—Bueno, quise espiar para averiguar dónde estaban las mazmorras y si tenían atrapados a mis amigos. Pude saber que todos estaban vivos, aunque encarcelados. También dijo algo del futuro del reino, de buscar un heredero de Tanagar y habló de Zelda. No sé. No lo recuerdo bien —dijo él con nerviosismo.
—Imagino que sería la misma triste canción de siempre —dijo Zelda, agitando la cabeza con resignación.
—¿Sabéis algo más, alteza? —preguntó Tyto.
—Sí. Tarek me ha estado mandado misivas durante un tiempo y en todas ellas siempre me pedía lo mismo. Paz, un reparto justo. Y matrimonio.
—Ma…matrimonio —dijo Link, abriendo mucho los ojos.
—Tiene sentido —intervino Tyto —Entendedme bien. No es que tenga sentido que un ser despreciable como él pretenda casarse con nuestra princesa, por las alas de Medoh, menuda atrocidad. Pero dentro de su extraña moral, dentro de su plan para hacerse con el control total de Hyrule tiene sentido que haga aliados a través del matrimonio. Y que pretenda perpetuar esa casa infame que se ha inventado con herederos de sangre real.
En la mesa se hizo un extraño silencio. Zelda se vio en la obligación de romperlo, quitándole importancia al asunto.
—En cualquier caso no voy a casarme jamás con alguien así —dijo, agarrando su copa —y mucho menos voy a perpetuar nada.
—Y me alegra saberlo, alteza. Pero el matrimonio y los herederos son los pilares de la monarquía —prosiguió Tyto —si no es el rey de Tanagar, vendrá otro y otro. Será un problema recurrente hasta que vos le pongáis remedio, con una sabia decisión, espero.
—Sí, claro. No saldré corriendo a casarme con el primer bandido que decida inventarse una casa noble.
Hubo varias carcajadas ante el comentario de Zelda, pero Link se mantuvo taciturno y con el ceño fruncido. A ella tampoco le agradaba recuperar el tema de su ascensión a reina ni del matrimonio, pero sabía que no podía esquivarlo durante mucho más tiempo. Tampoco se sintió capaz de decir en voz alta que el único en el que pensaba para eso o para cualquier cosa relacionada con su vida personal era Link, las únicas opciones reales eran o él o nadie. No era el momento ni el lugar de decir eso, menos aún cuando jamás lo había hablado con él y no tenía ni la más remota idea de qué podría pensar. Una cosa era el hecho de quererse, que parecía ser algo inevitable, y otra distinta era que él se sacrificase una vez más para aceptar las obligaciones que conllevaba un reino.
—…lo que es evidente es que Tanagar no se va a conformar. Ahora se sienten atacados y el golpe de vuelta será muy fuerte —dijo Teba.
Zelda volvió la cabeza hacia él, había perdido el hilo de la conversación por un instante. Teba le recordaba terriblemente a Revali, aunque a la vez eran muy distintos. Sintió una punzada de angustia en el estómago e intentó apartar cualquier pensamiento oscuro que tratase de apoderarse de su mente. No quería volver a perder el control como le había ocurrido en el Dominio Zora.
—No sois suficientes aquí, ni siquiera con Vah Medoh ni con la ventaja que os da atacar desde el aire —observó Link.
—La ayuda más próxima está en el desierto de Gerudo —añadió Tyto —he intercambiado varias cartas con Riju, su líder. Parece dispuesta a ayudarnos en lo que haga falta, pero sería estupendo si tú pudieras ir en persona hasta los límites de la Ciudadela y hablar con ella.
—El… desierto de Gerudo… —murmuró Zelda. Su corazón se aceleró. Para eso sí que no estaba preparada. No. No podía ni pensarlo.
—No tenéis que partir de inmediato —dijo Tyto —de hecho, si alguno de vosotros decide quedarse aquí, es más que bienvenido en nuestro pueblo. Pero hemos de pensar en cuál será el siguiente movimiento.
—Coincido —intervino Kei —Contad conmigo para lo que haga falta. Nunca he estado en el desierto, pero no creo que suponga un problema.
—Estamos acostumbrados a viajar juntos —dijo Cecille —somos como una familia. Iremos con nuestra princesa y con Link hasta el final.
—Estoy de acuerdo. Hemos superado esta traición juntos, dejando bien alto el nombre de Hatelia y gracias a Link volvemos a estar unidos para apoyarnos. Así debe seguir —añadió el alcalde Reede.
—Defenderé y seguiré luchando al lado de mi princesa como futuro guardia real, si ella decide concederme ese honor. No tengo más que añadir —dijo Medda, levantando su copa.
El resto lo imitó y todos brindaron, dejando claras sus intenciones.
Una vez acabada la cena, todos decidieron ir a dormir a sus respectivos aposentos.
Cuando Zelda salió del salón de la cena, vio que la nieve lo había cubierto todo. Las pasarelas de madera estaban blancas y se veía cómo humeaban todas las chimeneas de las casas y cabañas del poblado. Era un lugar hermoso, ya casi lo tenía enterrado en su memoria.
—Alteza, ¿os importa que os acompañe hasta vuestros aposentos? —preguntó Tyto, acercándose a ella.
—¡No! Estaré encantada.
Caminaron en ascenso circular por las pasarelas, haciendo crujir la nieve con sus pasos. Los demás los seguían, pero se fueron quedando atrás. Las cabañas de Link y Zelda eran las que estaban en una zona más elevada del poblado orni, y la de Tyto era la más alta de todas. Link se despidió tras ellos y entró también en su cabaña.
—No he tenido tiempo de hablar con vos a solas —dijo el patriarca —y aunque ya lo hice con Link, también quería disculparme con vos.
—¿Disculparos? ¿Por qué?
—Por todo esto que ha pasado con el tal Tarek. Si no os hubiese pedido que vinierais, no le habría pasado todo esto a vos y a vuestro séquito.
—No, por favor, no digáis eso —dijo ella, deteniéndose para mirarle —hay veces que el destino nos interpone este tipo de pruebas, pero no debéis sentiros culpable por ello. Además, siempre tuve la intención de visitar el poblado, me hubierais avisado o no.
—Es lo mismo que dijo Link —sonrió Tyto, y por una extraña razón ella sintió calor en las mejillas.
—Pues… entonces más motivo para que no os disculpéis. En todo caso tendría que daros las gracias por habernos salvado. Teba estuvo impresionante contra Tarek y sus guardias.
—Alteza. —dijo Tyto, agravando el gesto —Sois nuestra princesa, y seréis nuestra reina, estoy seguro. Nuestro pueblo no reconocerá a nadie más que a vos. Quería que lo supierais. Una vez ascendáis al trono, seguiremos siendo aliados como tantos siglos atrás.
—Muchas gracias, es un honor para mí.
—Revali os adoraba, también quería deciros esto. Tal vez él nunca lo expresó, era… bueno, ya sabéis que él era complicado. Pero se desvivía por ayudaros de la mejor forma posible, nunca ha habido nadie entre nuestra gente que invirtiera tantas horas entrenando o esforzándose como mejor podía para dar lo máximo. Y la forma en la que siempre habló de vos… eráis una inspiración para él. Hablaba de vuestro coraje y persistencia y de cómo os enfrentabais incluso a las normas establecidas para conseguir un objetivo mayor.
—G-gracias. Ya… ya tengo que ir a dormir, estoy cansada —dijo ella, viéndose en la necesidad de huir. Estaba haciendo un esfuerzo para contener las lágrimas. No debía venirse abajo delante de Tyto.
—Sois un encanto de joven y un ejemplo para todos, no hay más que ver cómo os trata vuestro séquito. Así que no lo olvidéis —dijo él, sonriendo e inclinando la cabeza para despedirse —descansad, princesa de Hyrule.
—Igualmente, vos también.
Zelda entró en su cabaña con el nudo oprimiéndole todavía el estómago. Se escaparon un par de lágrimas de sus ojos al pensar en Revali. Costaba imaginarlo diciendo algo bueno de alguien que no fuese él mismo. Esa idea le hizo sonreír, Urbosa siempre decía que "en el fondo es el más blando de todos…" Urbosa. Casi se había prohibido recordarla para no sentir la punzante sensación en el pecho. Se desvistió para ponerse el camisón. Añadió un poco de leña al fuego que le habían preparado para caldear su habitación y se metió en la cama. Se acordó de la esencia de amapola, incluso de las drogas de Yaba. Todos sus fantasmas se habían aliado para visitarla esa noche y tenía la certeza de que no iba a poder dormir.
Pensó en Link. Él dormía a sólo unos pocos metros, en la cabaña más próxima a la suya. Recordó sus ojos azules más apagados de lo habitual, y su gesto ojeroso y cansado. Había pasado días enteros sin dormir, sin comer. Él necesitaba más descanso que nadie. No debería ir a importunarle. No debería. Aunque podría ir a preguntarle si estaba bien, sin ninguna intención más que esa, porque él perdió su buen humor en el momento que se estuvo tratando el asunto del matrimonio y del trono. Mejor aclararlo y después… después ya se vería.
Se calzó las botas de nieve y se puso la casaca orni por encima del camisón. Salió afuera y una ráfaga de aire frío la recibió, encendiendo sus mejillas. Aún permanecían las huellas que había dejado sobre la nieve al ascender a su cabaña junto a Tyto. Descendió el pequeño tramo que separaba su cabaña de la de Link, y se situó frente a la puerta. Iba a golpear la madera con los nudillos, pero se interrumpió, presa de la inseguridad. "Cuento hasta diez y llamo" pensó. "Uno…" Si él estaba dormido tal vez ni oyese que estaba llamando y todo se quedaría en una excursión nocturna por la nieve. "Dos…" Sólo quería asegurarse de que él no estaba enfadado y… "Maldita sea. Diez". Tocó a la puerta. Se oyó un pequeño revuelo al otro lado. "He debido hacer la cuenta hasta diez entera por si cambiaba de idea" se castigó a sí misma.
—¿Zelda? —preguntó él, con el ceño fruncido. Tenía el pelo revuelto y sólo vestía un pantalón mal abrochado, sin duda lo había levantado de la cama.
—Perdona que te llame ahora. Es que antes iba con Tyto y no he podido hablar contigo, ni despedirme de ti. Quería saber si estabas bien, en la cena he visto que estabas muy serio. Igual es sólo cansancio, pero prefería asegurarme en persona por si acaso. Sólo eso. Pero ya he visto que te he despertado, así que… —las palabras salieron en tropel de su boca.
—Estoy bien, no me pasa nada —dijo él, rascándose el pelo tras la nuca.
Empezó a nevar de nuevo y Zelda se dio cuenta de que llevaba mucho tiempo en el umbral de la puerta, el frío ascendía por debajo de su camisón, demasiado fino para andar así en el exterior.
—Estupendo, me alegro de que no sea nada. Entonces… buenas noches.
—Buenas noches.
Zelda se quedó mirándole un instante y él seguía paralizado, sin moverse ni un centímetro de la puerta. Se sintió un tanto ridícula y se giró para deshacer el camino a su cabaña.
—¡Espera! —dijo él, reaccionando al fin —¿quieres pasar un rato a mi cabaña?
Ella asintió con la cabeza y Link le abrió paso, cerrando la puerta tras ella.
Estaba tan nerviosa que decidió centrar su atención en cada detalle de la cabaña. Era casi idéntica a la suya, la chimenea en la misma posición, algunos libros en una estantería y una cálida alfombra vistiendo el suelo de madera. Link había dejado sus botas en la puerta y la ropa enmarañada sobre una silla. Olía a él por todas partes, como si llevase allí viviendo toda la vida.
—Voy a echar más leña al fuego —dijo él, agachándose junto a la chimenea.
Ella aprovechó para quitarse las botas, que habían vuelto a llenarse de nieve, y la casaca orni. En la cabaña la temperatura era muy agradable. Se sentó en el borde de la cama y cuando él termino de avivar un poco el fuego se sentó a su lado.
—Espero que estés bien —dijo él. Ahora estaba más despierto y parecía bastante desconcertado.
—Estoy bien.
—Bien. Es que me has pillado durmiendo, por eso no te-
—Lo siento —le interrumpió con nerviosismo —he estado a punto de no venir por eso mismo, pero como apenas habíamos llegado a las cabañas pensé que tú aún no… Se me olvidó lo cansado que debías estar.
—No importa. Me alegra que hayas venido —sonrió él. Zelda sintió como si algo se derritiese dentro de ella y apartó la vista, un poco turbada.
—Gracias por dejarme venir.
—No tienes por qué darlas, puedes venir siempre que quieras, me da igual la hora.
Él la miraba en silencio mientras ella era incapaz de levantar la vista del suelo. No recordaba la última vez que había ido a buscarle para dormir, debió ser antes de todo lo que pasó en el Dominio Zora. Se aventuró a girar la cabeza y encontró los ojos azules, clavados en ella. Link sonrió y la agarró por la barbilla para besarla. Cerró los ojos y sintió cómo él usaba la boca para abrir la suya. Cuando sus lenguas se encontraron todo su cuerpo se incendió.
—¿Te sientes mejor ahora? —susurró él contra sus labios.
Ella rio porque no sabía qué responder a eso. Un beso había bastado para estremecerla de arriba abajo. Su piel había dejado de ser suya y hasta el roce del camisón contra su cuerpo la hacía reaccionar. Él le dio un par de besos cortos y se situó detrás de ella, sentándose más adentro en la cama para rodearla con las piernas por detrás. Le apartó el pelo para desnudar su cuello y empezó a besarlo con suavidad, desde el nacimiento del cabello hasta la primera vértebra.
—Esto relaja —dijo él.
—Sí.
No sabía si "relaja" era la palabra más adecuada para lo que estaba sintiendo al tenerle envolviéndola por detrás. Cerró los ojos y dejó que él siguiera besándola. Su camisón era fino y con un escote alargado, eso permitía a Link acariciarla sin necesidad de quitárselo. Al principio sólo le daba besos cortos en aquellas porciones de piel que él quería explorar, parecía como si quisiera averiguar qué parte de ella era más reactiva a sus labios. Después los besos se volvieron húmedos, y ella también. Link recorría la unión del cuello con el hombro utilizando la boca y la lengua. Él puso la mano en su vientre bajo, acariciándolo por encima del camisón mientras se apretaba contra su espalda. Zelda jadeaba reaccionando a aquellas caricias y deseó con todas sus fuerzas que la mano de Link se perdiera entre sus piernas. Él se apretujó contra ella con fuerza en un impulso, mientras succionaba el pedazo de cuello que había atrapado con la boca.
—Zelda… —dijo él, respirando contra su cuello, tras liberarlo. También jadeaba o al menos no respiraba con normalidad —voy a parar ahora.
Se sentó más atrás en el colchón, apartando su cuerpo de ella. Ahora apegaba la espalda a la pared en la que se apoyaba el otro borde de la cama, sin dejar hueco.
—Espera, ¿por qué?
—Si sigo no podré parar y… no quiero estropearlo otra vez. Como en la cabaña de tu padre o en aldea Onaona.
Zelda se giró hacia él. Se puso de rodillas en el colchón, entre las piernas abiertas de Link.
—Lo de la cabaña de mi padre fue culpa mía y está superado. Y lo de Onaona… no hiciste nada malo, Link. Yo también lo deseaba. Deseaba que me tocases como lo hiciste y mucho más que eso.
—Ya, pero había bebido… no debía ser así —dijo él, frunciendo el ceño.
—Ey —dijo ella, agarrando su mano. Le besó los dedos con suavidad y consiguió que él relajase un poco el gesto —Link. Quiero estar contigo hasta el final, quiero que pase, yo… lo necesito. Todas las dudas que tenía ya no existen. Pero necesito que tú también dejes de dudar. Para eso no debes andar pensando en si te estás equivocando o en si estás haciendo algo mal conmigo. Sé que toda esta confusión la he iniciado yo, así que… deja de culparte.
Él se incorporó un poco y la atrajo de la cintura para poder acercarse a besarla. Después se abrazó a ella, dejando caer la cabeza sobre su hombro. Ella le acarició el cuello y deslizó la mano por su espalda. Sintió la rugosidad de las cicatrices bajo los dedos, pero ya no le asustaban.
—Vamos a dormir —dijo él, tirando de ella para que se acostase de costado, en la cama.
—¿Estás seguro?
—Sí.
Ella sonrió y lo besó una vez más antes de tumbarse de lado. Link se acopló a su espalda, apartándole el pelo para poder apegarse mejor a ella, y tiró de la manta para tapar a ambos. Se movieron un poco hasta lograr encajar de una manera perfecta y cómoda para los dos.
—Se me ocurre una cosa —dijo ella, de repente.
—Mmmm.
—Podemos esperar a volver a Hatelia. Allí estaremos juntos, a solas en mi casa y nadie nos molestará. No es como estar aquí o en una tienda de campaña perdida en medio de la llanura con todo el grupo alrededor. Cuando estemos sólo tú y yo espero que podamos hacerlo, Link. No habrá más cargos de conciencia ni preocupaciones de ningún tipo, ni estaremos nerviosos por miedo a ser descubiertos ni por nada. ¿Qué te parece?
—¿Cuándo salimos para Hatelia? ¿Mañana? —bromeó él, haciéndole soltar una carcajada. —Me parece buena idea siempre que vengas a buscarme para dormir como hoy… o para poder pasar un rato agradable a solas, como el de hace un momento.
—"Un rato agradable" —repitió ella imitándole y volviendo a reírse —De acuerdo. Pero hoy tendré que volver a mi cabaña antes del amanecer, no quiero que el resto… ya sabes.
—Tranquila, lo entiendo —dijo él, envolviéndola con el brazo y besando su hombro.
"Cuando estemos casados nada de eso importará" pensó Zelda, pero las palabras se quedaron atrapadas en su boca.
Nota:
Gracias, Gracias y Gracias a los que se dieron cuenta del "Te quiero" de Link en el capítulo anterior. Aunque era un "te quiero" pequeño, casi espontáneo y que dejé un poco escondido, esperaba que supieseis encontrarlo. Desde que inicié esta trilogía (que jamás pensé que llegaría a escribir y empezó casi como una casualidad), he escrito muchas palabras ya. Y como me gustan los números, os diré que Zelda tardó 150,560 palabras en decir "te quiero" a Link, mientras que él ha tardado 230,213. Bueno, pues ahí queda eso xD
De nuevo, gracias por vuestros reviews y por seguir leyendo la historia. Un abrazo, -Nyel2
