Capítulo 15 - Días de tormenta

—Link, abre la boca.

—Uhm. ¿Eso lo has cocinado tú?

Kumeli había aparecido con un trozo de pastel relleno de algo de un color indeterminado. Link era capaz de comerse casi cualquier cosa, pero aquello que la pequeña orni le ofrecía tenía un olor demasiado sospechoso.

—¡Sí! Mamá me dejó los ingredientes en la cocina y sólo tuve que mezclarlos siguiendo la receta. Me he esforzado mucho —dijo ella, dando saltitos en el suelo y ofreciéndole de nuevo una cucharada de "pastel" a Link.

—Está bien.

Link cerró los ojos y abrió la boca. El pastel estaba duro por un lado y… viscoso por dentro. Había un líquido escurriéndose en su interior al masticarlo y el sabor…

—¿Qué lleva esa receta? —se interesó Kei, que presenciaba la escena con una sonrisa de oreja a oreja.

—Lleva harina de trigo para la masa, leche, manzana, azúcar, vinagre, un poco de salmón sin raspa, setas y… creo que había otra cosa… —dudó Kumeli.

—Pimienta y huevo… —dijo Link. Cada vez estaba más rojo, era imposible tragar aquello.

—¡Sí! Lleva huevos de lagarto frescos. Los busqué yo misma con mis hermanas.

Miró a Kumeli, que estaba muy pendiente de su veredicto. Sólo sentía arcadas, pero tenía que comérselo como fuera, no podía decepcionarla. Apretó los ojos y dejó que la bola pastosa y viscosa que había en su boca se deslizase garganta abajo. En el intento de evitar vomitar, se le saltaron las lágrimas.

—¿Te ha gustado, Link?

—Sí, delicioso —dijo él, recobrando el aliento. Kei hacía un esfuerzo sobrehumano para no estallar en carcajadas.

—¡Genial! Me hace muy feliz que te guste, he estado toda la mañana en la cocina. Toma, te dejo aquí este trozo y si quieres… ¡luego te traigo más!

Kumeli se alejó aleteando y dando saltos de alegría. Fue directa a decirle a sus hermanas que la receta había sido todo un éxito.

En cuanto la pequeña se marchó, Kei rompió a reír.

—No tiene gracia —dijo Link, enjuagándose la boca para eliminar aquel horrible sabor y bebiendo agua de su cantimplora.

—¡Eres un perdedor! Deberías verte la cara...

—Por la Diosa, si tengo que probar otro bocado de eso creo que moriré.

—Respira, amigo —dijo Kei, dándole palmadas en la espalda.

Después, ambos quedaron en silencio. Habían salido a sentarse un rato en una mesa de madera al aire libre, en una plataforma de vuelo, cerca de la cabaña de la posada donde se alojaban casi todos.

—Da pena tener que marcharse de aquí —dijo Kei —este es uno de los lugares más hermosos del reino. Al menos de los lugares en los que yo he estado. Sólo se respira paz. La nieve, ese olor a pino…

—Lo sé. Este lugar sólo me ha traído cosas buenas —dijo Link, aunque sólo él conocía el verdadero significado de sus palabras. —Me preocupa que nos vayamos y Tanagar aparezca con un ejército a las puertas de Tyto. Jamás me lo perdonaría. No puedo permitir que le pase nada a Kumeli, ni a sus hermanas, ni a su padre, Nyel, ni-

—Sí, sí. Ya capto la idea de lo que dices. Pero es peor si seguimos aquí. Si seguimos aquí no llegaremos a tiempo de hablar con las Gerudo y debemos formar un grupo con el que parar a Tarek cuanto antes. Ese cerebro de guisante no tardará en mostrar su poder de la forma más estúpida que puedas imaginar.

—Va a haber una guerra, Kei —dijo Link, con aire sombrío —Ya es inevitable.

En ese preciso instante, empezó a nevar de nuevo. Al amanecer había lucido el sol, pero el cielo se volvió gris conforme avanzaban las horas y los copos caían como pedazos que se desprenden de las nubes.

—Muchos morirán —prosiguió Link —muchos hylianos, orni, gerudo. Los goron también querrán unirse. Los zora se atrincherarán en el Dominio para defenderlo con todas sus fuerzas. Zelda y yo no hemos sacrificado tanto para que esto pase. Esto no es más que otra de las maldiciones de Ganon, la última. Parece como si se estuviera burlando de nosotros.

—En otras épocas ha habido guerras en Hyrule, y no eran culpa de Ganon. Es complicado mantener un reino tan extenso en paz. Siempre hay alguien que quiere poder y luego más poder.

Link apretó el puño que tenía sobre la mesa de madera. No estaba del todo convencido de lo que Kei estaba diciendo. Era como si el desafío al que su vida y la de Zelda habían sido expuestas no hubiera terminado. Era como si tuvieran que seguir dando más, aún más. Ya habían dado sus vidas una vez y no era suficiente. Empezaba a entender el peso y la responsabilidad que tenía levantar un reino como el de Hyrule, una tierra que había sido maldita y purgada miles de veces y que, como él mismo, estaba plagada de cicatrices.

—¿Qué hacéis los dos aquí afuera? Os vais a constipar.

—Estábamos huyendo un rato de ti, alteza —bromeó Kei, haciendo reír a Zelda, que se acercó a ellos con tanto sigilo que si no hubiese hablado no se habrían dado cuenta de que estaba allí.

—Está bien, pues me llevo el té que os había traído.

—¡No, espera! —dijo Kei, tirando de su capa para que no se alejase.

Zelda se sentó con ellos en la mesa para compartir el té caliente, que humeaba aún más al contacto con el aire frío que los rodeaba. Caían algunos copos de vez en cuando, pero de alguna manera, también era agradable poder disfrutar de aquel momento de paz.

—¿Qué es eso? ¿Pastel? La mujer de Teba es una gran cocinera, ha estado repartiendo tarta ahí dentro hace un momento. Tengo que pedirle la receta porque usa unos frutos rojos que sólo crecen en los alrededores —dijo Zelda, al ver el pedazo de pastel de Kumeli sobre la mesa. Agarró la cuchara para cortar un trozo.

—Zelda, no- —dijo Kei, para frenarla, pero Link lo interrumpió dándole un puntapié por debajo de la mesa.

—Prueba este, no está hecho por la mujer de Teba, pero está muy bueno. Nunca has probado nada igual —la animó Link —Kei y yo estamos ya tan llenos que no podíamos comer más.

Ella frunció el ceño por un instante, era raro que dos bestias devoradoras como ellos dejaran una sola miga de pan en sus platos. Link la observaba sin perder detalle de todas sus reacciones, tratando de aguantarse la risa. Zelda se encogió de hombros y se llevó una cucharada a la boca. Nada más hacerlo su gesto se torció, apretó los ojos y dio una arcada.

—¿Qué es esto, Link? —dijo ella, con la bola aún en la boca, mientras se le saltaban las lágrimas.

Link y Kei estallaron en carcajadas, ella volvió la cara para escupir el trozo de tarta.

—¿Qué me habéis puesto en la tarta? ¿Vinagre? —Zelda empezó a toser. Su tos se mezclaba con la risa de ellos, que no podían parar.

—Es una tarta que Kumeli ha hecho para Link —dijo Kei, que trataba de apaciguar la risa —lleva huevos de lagarto y todo.

Link volvió a soltar una carcajada, era imposible no reírse al ver la cara de desconcierto de Zelda.

—Si os reís de mí, me marcho ahora mismo y os dejo a solas con vuestras tonterías infantiles —dijo ella, poniéndose en pie.

—Bah, no te enfades, era solo una broma —dijo Link, agarrándola de la mano para que volviese a sentarse —No he podido evitarlo, necesitaba ver tu cara probando el pastel, era casi obligatorio verte comiendo eso.

—Pienso devolverte esta broma multiplicada por mil, así que vete mentalizando —amenazó ella, mientras bebía agua de la cantimplora que Link le ofrecía.

—Link, yo que tú me echaría a temblar… —dijo Kei.

—Tú no hables con tanta frescura, porque tampoco te vas a librar —le dijo ella.

Los tres sonrieron y dejaron que un cálido silencio se instaurase entre ellos por un momento. Las mejillas de Zelda siempre se sonrojaban un poco con el frío y Link la miraba embobado, le parecía irresistible, tenía que hacer un esfuerzo para apartar los ojos de ella de vez en cuando.

—Zelda, ya hablando en serio, espero que hayas podido descansar bien —dijo Kei —No imaginas lo preocupados que estuvimos todos cuando no teníamos ni idea de dónde podía tenerte atrapada ese idiota y la vieja.

—Yo también lo pasé muy mal al no saber qué habría sido de vosotros —admitió ella —Ahora me parece como si todo hubiera pasado muy rápido y lo de estos días hubiera sido una especie de mal sueño. Por suerte todo ha salido bien y sí, he podido descansar. No recuerdo la última vez que dormía tan bien.

Zelda clavó los ojos en Link al decir esto, y él sintió una especie de sacudida que lo llenó de calidez. Zelda llamando a su puerta en mitad de la noche, bajo la nieve. Zelda entre sus brazos. El delicado contorno de su cuerpo bajo el camisón. El sabor de su piel. Su olor por toda la cama. Zelda escurriéndose entre las sábanas con la primera luz del alba, mientras él trataba de retenerla unos minutos más. Había sido como un sueño hecho realidad. Al igual que no entendía qué fuerzas oscuras le ponían el camino tan difícil una y otra vez, no entendía de dónde procedía la intensa unión que sentía cuando estaba con ella.

—Se me ha ocurrido una idea —dijo Link de repente —no nos iremos hasta que no hayamos construido empalizadas en todos los pasos colgantes que llevan hasta el poblado.

—¿De qué hablas, Link? —preguntó ella, extrañada.

—Antes de que vinieras, Kei y yo estábamos pensando en cómo proteger bien la aldea orni. Tarek ya debe estar reuniendo sus tropas y cada segundo que pasamos aquí sin hacer nada es un segundo perdido.

—Sí, pero no es eso exactamente lo que hablamos. Hablamos de partir ya hacia el desierto —puntualizó Kei.

—El poblado orni es muy inaccesible —razonó Zelda —al estar sobre esta inmensa columna de piedra hay un precipicio que lo protege de los ataques. Es una protección natural. Sería suficiente con echar las pasarelas abajo y los orni quedarían a salvo y aislados de sus atacantes.

—O no —dijo Link frunciendo el ceño —podrían introducirse en la aldea antes de que dé tiempo de volar los puentes, o aun peor, puede que ataquen con alguna máquina de guerra para lanzar rocas contra las casas.

—Vah Medoh los frenaría. ¿Está cargado? ¿Sabes si funciona su disparador? —preguntó ella. Su voz sonaba cada vez más intranquila y Link supo que estaba entendiendo la gravedad de la situación.

—Deberías asegurarte de que funciona bien, ¿no? —insinuó él. —Yo me encargaré de ordenar que se inicie la construcción de empalizadas y puestos de vigía. Nadie podrá volver a entrar libremente al poblado hasta que la situación con Tanagar no se haya aclarado.

Una vez los tres estuvieron de acuerdo, se pusieron manos a la obra. Tyto confió en la intuición de Link y le permitió ir con un grupo de orni al bosque, a cortar leña para las empalizadas. Kei se quedó con la comitiva de Hatelia, organizando el trabajo para que todos pudiesen ayudar de alguna manera, era preciso hacer horarios de guardia, asignar puestos de vigilancia y otras tareas necesarias para el control y protección del poblado. Zelda desapareció con Teba y no supieron más de ella en todo el día.

Al caer la noche, Link sentía que las manos le estallaban de dolor. Había pasado el día cortando árboles, transportando y atando pesados troncos. Ya apenas había luz, pero los orni se las habían arreglado para poner antorchas y lámparas de aceite que no frenasen el trabajo. Había nevado. Había hecho un frío terrible. Link ya llevaba un rato pensando en comer una sopa caliente, pero se le venía el rey Rhoam a la cabeza una y otra vez. Recordó sus días en la Meseta de los Albores, cuando trabajaba de sol a sol. No era más que un animal desmemoriado que encontraba significado a su vida en el trabajo y las tareas que le asignaba el Viejo. Ese día trabajó pensando en el rey. Trabajó hasta que sus manos empezaron a sangrar y sus músculos se retorcieron por la tensión del esfuerzo. La recompensa era que, después de un día entero sin parar, ya habían empalizado el primer y el segundo anillo exterior de puentes que conducían al poblado.

—Se te ve cansado, héroe de Hyrule —Link sonrió sin levantar la cabeza y aceptó el agua que Zelda le había llevado.

—¿Dónde has estado metida todo el día?

—Trabajando, igual que tú. Pero hemos parado antes, no es posible terminar el trabajo de Vah Medoh a oscuras. Además, hace demasiado frío ahí arriba por la noche.

Link observó que ella ya había tenido la oportunidad de volver a la cabaña y asearse, desprendía un suave aroma a jabón. Él sin embargo estaba hecho un desastre, había pasado frío y calor a partes iguales. Su camisa interior se le pegó al cuerpo con el sudor del trabajo, y eso hizo que se muriese de frío cuando volvió a nevar y tuvo que ponerse la casaca de plumas encima.

—¿Os queda mucho trabajo aquí? —preguntó ella, inspeccionando el lugar con la vista. Link ya había ordenado a Azu, Medda y Kei que volviesen para descansar. Allí sólo quedaba él y un par de orni más.

—Ya casi hemos acabado.

Zelda se sentó a su lado, dejándose caer en un tocón de madera que había junto a él.

—Teba me ha dado una cosa. Es una carta tuya —dijo ella, bajando la voz. En realidad los orni estaban a lo suyo y no podían oírles, pero ella solía usar ese tono a veces incluso aunque estuvieran a solas. —Estaba en el refugio de montaña. Hemos ido hasta allí para buscar herramientas.

Sí claro. Link recordaba muy bien aquella carta. Recordaba muy bien aquella noche. Era la noche en la que se despidió del mundo, y sobre todo se despidió de ella, pensando que jamás conseguiría sobrevivir al mal que habitaba en la montaña de Hebra. Nunca iba a volver a ver a Zelda con vida. La carta era un grito desesperado.

—No quiero que la leas —le pidió, aunque no estaba seguro de que ella ya lo hubiese hecho.

Zelda sonrió y no dijo nada. Le resultó imposible saber qué podría estar pensando. ¿La habría leído? Trató de recordar qué había escrito ahí. En la carta no había nada malo, pero en toda ella había un sabor amargo y de derrota. Nunca se había mostrado tan vulnerable ante nadie. Él ya le había hablado de la carta a Zelda, pero lo hizo porque pensó que se habría perdido o que nunca caería en sus manos. Tendría que tener un par de palabras con Teba.

—Link, voy a marcharme, los demás están esperando —anunció.

—No tardaré —se forzó a decir él.

—Trabajas demasiado, héroe de Hyrule —insinuó, despidiéndose.

—Zelda, espera. —Link se puso en pie y la sostuvo por un brazo antes de dejarla ir —Me… me gustaría que esta noche vinieses a dormir conmigo, igual que anoche.

—No.

Link abrió la boca y sintió como si un vértigo se apoderase de él en ese momento.

—Va…vale —acertó a decir, sobreponiéndose al vacío que yacía en su estómago.

—Esta noche prefiero que seas tú el que venga a mi cabaña, ¿te importa? Sé que acabarás más tarde de lo que dices. Te esperaré despierta.

—Maldita sea, Zelda… —maldijo él, dibujando una amplia sonrisa mientras el alivio le hacía volverse casi ingrávido —has sido un poco cruel al intentar engañarme con esto.

—Ya te dije que la broma del pastel de lagarto la pagarías bien cara —ella le guiñó un ojo y se alejó de allí.


Link se quedó el último. Se quedó hasta comprobar que todos los troncos estaban atados fuertes y bien asegurados. Los orni hacía rato que se habían marchado, perdió un poco la noción del tiempo.

Deshizo el camino que ascendía hacia el poblado, pensando en que tendrían que partir al día siguiente. Para que la defensa fuese efectiva en su conjunto, tenían que ir a advertir a Riju, Nesooru y las demás. Y en ese camino… tenía pensado volver a visitar a Sasaik. Últimamente había pensado bastante en el sheikah milenario. Todo lo que pasó cuando lo conoció, el santuario secreto, las visiones… todo le parecía un sueño extraño. Se preguntó si podría volver a beber el cuenco del futuro, un elixir mágico que permitía al que lo bebía tener visiones de las sombras de un futuro que estaba por venir. El futuro siempre le asustaba. No sólo por Tanagar, eso era un problema más bien del presente. Lo que le asustaba era ser alcanzado por un destino en el que no pudiese estar junto a Zelda, y sabía que para eso había que tomar algunas decisiones complicadas.

Llegó a la posada, pero todas las luces estaban ya apagadas. Era demasiado tarde y no había llegado a tiempo para la cena. El estómago se le retorcía de hambre, pero no quería molestar, no eran horas adecuadas para volver a encender las cocinas ni para entrar a husmear en la despensa.

Prosiguió su ascenso por las pasarelas que rodeaban la columna central del poblado, haciendo crujir la nieve y dando pasos largos y pesados.

—Se te ha hecho demasiado tarde, ¿no crees? —Teba estaba en una de las plataformas de vuelo, mirando al vacío. Puede que sus ojos de pájaro alcanzasen a ver algo en la oscuridad que él no conseguía ver.

—Había que terminar esas empalizadas. Y tú, ¿no descansas?

—Me pasa lo mismo que a ti. Mientras haya una inquietud en mi cabeza prefiero vigilar. Y sé que se acerca una tormenta. Una que lleva formándose más de cien años, cuando esta tierra quedó desprovista de orden.

—Has estado todo el día con Zelda —dijo Link, acercándose más a él.

—Su alteza real es una criatura sorprendente, por su tenacidad y también por su sabiduría. Y nos ha aclarado muchas dudas sobre esa bestia mecánica, ahora podremos manejarla con mucha más seguridad.

—Teba… ¿le has dado la carta que escribí?

—Merecía tenerla, ¿no crees?

—No lo sé —admitió él.

—En cualquier caso, tú me pediste que se la diese.

—Y tú renunciaste a hacerlo —le recordó Link —bueno… no importa. Supongo que esa carta es el menor de nuestros problemas.

—Estás cansado, hyliano. Has trabajado como diez de los nuestros, he de admitir que nos has dejado en mal lugar con tu resistencia. Ve y descansa, mañana podrás pensar con más claridad.

—Tú deberías hacer lo mismo.

—No. Yo quiero estar un poco más aquí para ver la tormenta antes de que llegue.

Link dejó atrás a Teba. Era enigmático, a veces era complicado entender de todo qué era lo que estaba diciendo, pero a la vez era un rasgo que había detectado en los orni. Poseían una intuición especial y una capacidad para entender a los demás que les distinguía de otros habitantes de Hyrule.

Siguió caminando hasta llegar al umbral de su cabaña. No sabía si entrar o no. Estaba sucio y agotado, si perdía el tiempo en asearse antes de ir a ver a Zelda lo más probable es que terminase quedándose dormido. Primero iría a avisarla de que había terminado y después ya vería que hacer.

Un extraño nerviosismo se apoderó de su estómago una vez estuvo frente a su puerta. Se preguntó si ella había sentido algo parecido la noche anterior, cuando lo fue a buscar y él se quedó pasmado como un idiota. Tragó saliva y tocó a la puerta.

—Link, al fin llegas.

—Sí, verás, voy un momento a-

—Pasa adentro —dijo ella, tirando de su brazo para conducirle al interior. Después cerró la puerta.

—Zelda, estoy hecho un desastre, sólo quería avisarte de que vendré en breve, pero he de volver a mi cabaña para darme un baño rápido y cambiarme de ropa. Estoy tan sudado que la camisa se me ha pegado al cuerpo.

—Ya me he ocupado de eso —sonrió ella.

—¿Te… te has ocupado?

Zelda tiró de él agarrándole por la mano para guiarle hasta el baño. La bañera estaba llena con agua caliente y Link pudo ver una muda limpia y doblada sobre un taburete de madera.

—No tardes. Te he traído un poco de la cena de hoy, puedo calentarla en el fuego de la chimenea.

Link se dio el baño y se puso la ropa limpia que, de alguna manera, ella había conseguido sacar de su cabaña. Se dejó el pelo suelto, para que terminara de secarse por sí solo. Después se sentó en la alfombra junto a la chimenea para comer los restos de la cena, estaba tan hambriento que todo le supo como si estuviera recién hecho. Zelda le contó cómo habían tenido que rehacer algunos antiguos planos que explicaban el mecanismo de Vah Medoh, de hecho, su escritorio estaba lleno de papeles y anotaciones. Ella debía estar trabajando en eso cuando él llegó. Nunca la entendía del todo cuando daba todas esas explicaciones técnicas sobre núcleos de energía y mecanismos, pero ella disfrutaba hablando de eso y él siempre la había escuchado con atención.

—Ven, siéntate en la cama —dijo ella, una vez él terminó de comer. Él obedeció sin rechistar. Como la noche anterior, empezó a ser consciente de las formas de Zelda bajo aquel camisón tan fino. —Enséñame las manos.

Le mostró las palmas. Estaban limpias pero llenas de ampollas y cortes. Había alguna que otra astilla aún clavada. Le dolían. Pudo leer el reproche en los ojos de Zelda, pero ella no dijo nada, no volvió a repetirle la eterna cantinela de que tenía que cuidar mejor de sí mismo. Mojó un poco de ungüento en un trapo blanco y limpio y empezó a desinfectarle las heridas.

—¿Escuece? —preguntó ella al verle poner muecas y soltar alguna que otra queja.

—Puedo aguantar.

—Link…

—Ya lo sé —se adelantó él —tengo que tener más cuidado. Pero llevaba los protectores de manos y antebrazos, ¿sabes? Había que acabar esa empalizada.

—Voy a tener que vendarte.

Zelda empezó a rodearle las manos con el vendaje, teniendo cuidado de que no le apretase. Sólo quería proteger las heridas abiertas de una posible infección, pero a la vez tenía que dejarlas respirar. Mientras fruncía el ceño, concentrándose en el vendaje, él se inclinó para besarla. Ella reaccionó echándose atrás.

—No, Link. Deja que acabe de hacer esto.

—¿Es que has leído la carta?

Zelda volvió a sonreír de medio lado, y mantuvo el mismo enigmático silencio que la primera vez que hablaron del tema. Era desquiciante no poder saber si lo había hecho o no. La idea de robársela mientras dormía cruzó su mente como un relámpago. Pero ella era demasiado inteligente, seguro que ya había pensado en esa posibilidad. No había más que ver cómo se había anticipado a todos sus movimientos esa noche, teniendo un baño y comida lista para él, como si desde un principio supiese que él iba a tardar demasiado y que aparecería arrastrándose ante su puerta como un cachorro malherido.

—Ya está —dijo ella, terminando de atar la última venda. —Respecto a la carta… es mía. Eso me da derecho a hacer con ella lo que me parezca, espero que entiendas.

—Está bien. Conociéndote, la doy por perdida.

Ella soltó una carcajada que él interrumpió para besarla. Llevaba deseando hacerlo desde que puso un pie en la cabaña. Qué diablos, llevaba deseando hacerlo todo el día y ya no podía aguantarlo ni un segundo más. Zelda enredó las manos en su pelo y él la fue obligando poco a poco a tumbarse en la cama. Sin romper la cadencia de los besos se situó sobre ella, que abandonó su pelo para meter las manos por debajo de su camisa. Él la correspondió deslizando las manos por sus piernas, subiéndole el camisón hasta las caderas. La aldea de Hatelia nunca le había parecido tan lejana como aquella noche.


Un lobo aúlla en la tormenta,

Su lamento me alcanza como un escalofrío.

Convoca a los espíritus errantes,

Que se ocultan en el lecho del río.

—Pero aquí no hay ningún río, Nyel —observó Zelda, con su habitual evaluación científica y objetiva de los hechos.

Link, sin embargo, sí sintió el escalofrío.

—Una vez lo hubo. O eso cuentan las leyendas. Una vez el mundo fue muy distinto a cómo lo conocemos, alteza. ¿Era muy distinto hace cien años?

Zelda cabalgó un poco más en silencio, pensativa. Los tres se habían adelantado al resto del grupo, que los seguía casi en fila india en medio de la gran hondonada árida rodeada de colinas que los conducía al paso de Gerudo.

—En algunos casos sí… en otros no. Este lugar estaba tan desolado como lo está ahora. Pero la ciudadela que rodeaba el castillo de Hyrule era inmensa, las calles al otro lado de la muralla eran casi como un laberinto a punto de estallar de vida. Había mercados en los que se podía comprar y vender casi cualquier cosa que pudieras encontrar en nuestra gran tierra. Algunas calles estrechas olían a jabón, las mujeres tendían la ropa limpia en cuerdas que iban a lado a lado de las casas, atravesando la calle. Las camisas y túnicas ondeaban como banderas blancas y resplandecientes. Otras calles… bueno, otras no olían también.

—De hecho, olían fatal —puntualizó Link.

—Sí —rio ella —es que había demasiadas personas viviendo en muy poco espacio. Es lo malo de las ciudades. Por eso algunos venidos del exterior nunca terminaban de acomodarse a los olores de la ciudadela. Los sheikah y yo pensamos en crear un sistema de tuberías que transportasen las aguas sucias de las casas al exterior… pero nunca tuvimos tiempo de poner ese proyecto en marcha. Había… había otras cosas que hacer antes.

—Me parece fascinante todo lo que narráis y también la forma en que lo hacéis —sonrió Nyel —tomaré nota para componer algunas tonadas, si no os importa.

—Por supuesto, puedes hacer todas las canciones que quieras. El mundo está un poco falto de música —dijo ella, con un deje de tristeza en la voz.

Acamparon bajo una de las extrañas formaciones rocosas que poblaban las áridas colinas de Hyrule. Parecían enormes hongos de roca, habían sido formados por la erosión del agua y el viento a lo largo de milenios, pero cualquiera diría que un escultor los hubiese tallado a propósito.

Habían hecho un intercambio. Nyel los acompañaría hasta el paso de Gerudo y Kei se quedaría para terminar de supervisar la construcción de empalizadas en el poblado orni. Tanto uno como el otro podían viajar a gran velocidad y transportar mensajes entre orni y gerudo.

Link se sentó un poco apartado del resto. Le gustaba pasar ratos a solas, era la herencia de sus días viajando en solitario en medio del vasto mundo. Además, desde su posición podía divisar mejor los caminos, establecería allí uno de los puntos de vigilancia para pasar la noche.

—¿Puedo sentarme al lado del héroe de Hyrule o interrumpo su estricto turno de vigilancia? —preguntó Zelda, a su espalda.

—La princesa de Hyrule es libre de sentarse donde ella lo estime, por supuesto. —respondió él, usando el mismo tono de broma.

Estuvieron en silencio, observando el extraño paisaje del horizonte que había a sus pies. Una bocanada de aire caliente se levantó desde el suelo, arrastrando polvo y arena. Se oían graznar cuervos en las rocas de las montañas cercanas.

—¿Ves aquello? —dijo Link, apuntando con el dedo índice a una zona oscura y nublada —Es la tierra de la perpetua tormenta. Dicen que bajo esas nubes negras hay una ciudad perdida que oculta un tesoro.

—¿Quién lo dice?

—Mi padre —sonrió él. —De niño siempre me decía que algún día iríamos a la tierra de la perpetua tormenta a sacar el tesoro de allí, pero primero tendríamos que buscar un modo de no ser alcanzados por los relámpagos que caen sin parar.

—¿Y qué querías hacer con el tesoro?

—No lo sé. Supongo que comprar un caballo. Siempre le estaba diciendo a mi padre que quería uno sólo para mí. Solía ir con monturas prestadas, algunas yeguas viejas de la guardia real a las que no les importaba soportar el peso de un niño.

Zelda le agarró la mano y le besó el dorso y los dedos con ternura.

—¿Qué comprarías ahora con el tesoro, si lo pudieras conseguir?

—Uhm. Una enorme montaña de comida.

Ella soltó una carcajada y él la acompañó, riéndose de sí mismo.

—Compraría la paz, si eso fuese posible —prosiguió él, recobrando la seriedad.

Todo se va a arreglar, aunque no sé bien cómo. Es una certeza. Ella me habla, Link. Me muestra cosas que aún no entiendo.

—¿Cómo te habla?

—Casi siempre es en sueños. A veces aparece, vestida de blanco como el día de mi cumpleaños, antes de despertar el poder. Otras, sólo me muestra cosas. Son cosas de vidas que no me pertenecen. Y no las entiendo. Me gustaría hacerlo, porque creo que Ella pretende guiarnos de alguna manera con todo esto, pero… aún estoy intentando asimilarlo.

—No debes obsesionarte con eso. Nosotros siempre hemos actuado por nuestra cuenta y-

—¡Link! ¡Link!

Ambos se pusieron en pie y se giraron para ver a Cecille, que corría con desesperación hacia ellos. Link vio que al fondo estaba Nekka, uno de los guerreros del poblado orni.

—¿Qué ha pasado?

—Link… ese orni acaba de llegar… ese… orni…

—Tranquila, recupera el aliento —le pidió Zelda.

—No lo hemos visto llegar, ¿por dónde ha venido? —preguntó Link.

—Ha venido por detrás de aquella montaña, al norte del campamento. Dice que el camino que hemos hecho para llegar aquí ahora está vigilado.

—Voy a hablar con él, esto no tiene sentido.

—Link —lo retuvo Cecille por un instante —han herido a Kei.

De repente Link sintió que se le vaciaba el estómago. Se le vaciaba el estómago y sentía vértigo, como si el suelo bajo sus pies fuese a desaparecer de un momento a otro. Corrió dando grandes zancadas hasta alcanzar a Nekka, que estaba relatando lo sucedido al resto del campamento.

—…nos hicieron salir. Fue un movimiento inteligente. No pensamos que atacarían las pequeñas aldeas que hay en las llanuras y los alrededores, ¿por qué diablos iban a cargar contra grupos de hylianos inofensivos y desarmados? El sheikah encabezó un grupo que fue a sofocar los ataques de la posta orni y la aldea al norte de la gran torre de Tabanta.

—¿Qué le ha pasado a Kei? —preguntó Zelda nada más llegar, con un deje de pánico en la voz.

—No lo vi, alteza. Sé que lo entraron al poblado entre varios, nada más. Hubo mucha sangre, eso sí puedo asegurarlo. Dos de los nuestros también acabaron bastante mal.

Link se alejó de los demás para preparar un equipaje de emergencia. Era fácil, tenía agua, comida para un par de jornadas y la capa hyliana. En menos de un día estaría de vuelta en el poblado orni.

—Yo te llevaré —dijo la voz de Nyel, a su espalda.

—No. Tienes que quedarte con Zelda, por si hay que mandar un mensaje urgente. Ahora necesito que cuides de ella.

—¡Link! —Zelda se unió a ellos. Sus ojos parecían dos esmeraldas más que nunca, rebosaban lágrimas contenidas que los hacían brillar como dos piedras preciosas —¿Vas a…?

—Sí. Voy a traer a ese sheikah idiota de vuelta. Te lo prometo.


Notas del capítulo 15

Hola amigos! Este capítulo requiere que haga algunas aclaraciones/notas.

Primero, un recordatorio de que Kass = Nyel (Lo sé. Los traductores sufrieron una especie de arrebato de creatividad cuando cambiaron los nombres de esa manera, para que no coincida ni una sola letra xD).

Segundo, hago mención a "la carta" que Link escribió a Zelda despidiéndose de ella forever cuando estaba en Hebra (drama, drama). Si no habéis leído "Leyenda del Renacer" *cof,cof… intento de publicidad descarada… cof, cof*, todo se explica en el capítulo "24 - La luna de sangre".

Hay otra mención a la precuela de este fanfic, de nuevo en "Leyenda del Renacer". Inventé un personaje, un sheikah milenario que era capaz de hacer "viajes astrales en el tiempo" . Su nombre es Sasaik y Link se topó con él cuando viajaba por el cañón de Gerudo. Si queréis saber más de Sasaik, lo encontraréis en el capítulo "19 - El santuario perdido". Sasaik mola, sus drogas para viajar en el tiempo son lo mejor que hay xD

Nada más que decir, salvo que nos estamos acercando a la recta final de la historia, aunque aún quedan un par de giros inesperados que harán que se tambaleen todas vuestras creencias acerca de mi salud mental, jajaja.

Gracias por vuestras lecturas, reviews, follows y likes. Un abrazo! -Nyel2.