Capítulo 16 - El hombre de los ojos amarillos

El camino que conducía al paso de Gerudo fue una auténtica tortura. Zelda quería parecer entera, una líder que no titubea cuando ha de dirigir a su grupo a un lugar seguro. Pero lo único que albergaba en su interior, eran ganas de llorar.

Dio instrucciones precisas, levantaron y pusieron el campamento allá donde ella lo ordenó y cuando lo ordenó. Nadie hacía preguntas porque el pesimismo se había apoderado un poco de todos. Por eso ella tenía que ser la más fuerte.

La segunda noche después de la marcha de Link estaban a las puertas del paso del desierto. Había unos destartalados establos regentados por un viejo goron. El lugar era la tibia sombra de lo que fue una vez, Zelda recordaba las veces que viajó al desierto en el pasado, cada vez que iba junto a Urbosa. Los establos a la puerta del desierto eran los únicos en Hyrule casi comparables a las caballerizas reales. Los caballos no solían adentrarse en el desierto, por eso los viajeros los dejaban en las caballerizas del paso, donde por un precio más o menos asequible serían atendidos y estarían a salvo. En las caballerizas solía haber comerciantes de todos los rincones de Hyrule, viajeros, investigadores… no quedaba ya nada de eso. En el paso no había más que silencio y soledad. Era otro montón de ruinas, tablas viejas y comidas por las termitas como otros muchos lugares.

—Alteza —el alcalde Reede se acercó mientras ella seguía dando órdenes para acomodar los caballos —creo que no deberíamos adentrarnos en el desierto esta noche.

—Estamos ya muy cerca del Bazar Sekken, ahí estaremos seguros. Sólo hay que andar unos pocos kilómetros más —repuso ella.

—Lo sé… pero no me gusta la idea de cruzar el paso al desierto por la noche. E-estamos un poco cansados, alteza.

Zelda suspiró. Tal vez los había hostigado para viajar muy rápido. Sólo pensaba en llegar a su destino para poder poner en marcha un grupo de búsqueda y así traer de vuelta a Kei y a Link.

—Está bien. Acamparemos y pasaremos aquí la noche.

Le dolían tanto los muslos de montar a caballo que una vez puso los pies en tierra le temblaron las piernas y casi perdió el equilibrio. Aquella noche, no iba a poder dormir. Era casi imposible pegar ojo, aunque su cuerpo le suplicase un poco de descanso. Link no estaba con ella para traerla de vuelta a la realidad. Sin él cerca, su mente se perdía vagando otra vez por las sombras del pasado. Ya había perdido demasiado, sólo rezaba a la Diosa Hylia una y otra vez para no perder a nadie más, para que Kei estuviese bien y sus heridas no fueran graves. El no saber nada de ellos era demoledor.

Cuando todos fueron a dormir, ella se quedó un rato más junto al fuego. Tan sólo veía y oía los pasos de Medda, patrullando alrededor del campamento, y soportaba los ronquidos del goron que atendía los establos.

Ya quedaban muy pocas páginas para terminar el diario de su padre. Había abandonado la lectura después de ser atrapada por Tarek, pero la retomó de nuevo en el poblado orni. "Los últimos días de padre con vida" pensó, al ver el poco grosor que componían las páginas que quedaban por leer. Algunos tramos del diario habían sido difíciles de leer, pero también habían vuelto a su padre más real y cercano, alguien con emociones y que también comete errores. Ahora no quería que se acabase la historia, que se acabase era un poco como volver a perderle.

Hoy les he vuelto a ver partir a caballo, sin decir a nadie el lugar al que se dirigen, casi sin avisar. Se asume sin contemplaciones que ella estará bien siempre que el muchacho esté a su lado, y eso me molesta profundamente. Sigo siendo su padre y sigo siendo el rey, exijo saber a dónde va mi hija de dieciséis años. Los sheikah se han vuelto confiados.

Parece como si el joven caballero me la estuviera arrebatando aún más de las manos. Sí, puede decirse que ese es un pensamiento de viejo, me he hecho mayor, pero supongo que es inevitable sentir cierta amargura. La he apartado. Durante todos estos años, la he apartado por el dolor que sentí cuando se fue su madre. La he apartado obligándola a alejarse de lo que le apasiona para que se centre en despertar su poder, creyendo que eso era lo correcto, y ahora está tan lejos que será difícil hacerla volver a mí. Ha encontrado consuelo en el muchacho, hasta un ciego podría verlo. Y al parecer, también él ha encontrado consuelo en ella. Por la Diosa, ¿a dónde habrán ido?

He preguntado a la maestra Impa. "No tengo ni idea de a dónde se dirigen, majestad, pero debéis estar tranquilo, estarán de vuelta antes de partir al peregrinaje. Y Link se ocupará de que no le pase nada." Supongo que ha intuido mi ira ante su respuesta porque se ha marchado sin dar pie a más conversación. Reconozco que Impa tiene razón en que Link es la compañía más segura que jamás ha tenido Zelda. Pero a la vez, esa pequeña parte de padre que se esconde bajo mi corona se sigue preocupando de que pase tanto tiempo con él a solas. Apenas son unos críos, por Hylia.

Mañana irán al monte Lanayru. Zelda tiene que hacer el peregrinaje para visitar la fuente de la Sabiduría. Llevamos preparando este viaje durante semanas. Zelda ya habrá cumplido diecisiete años y por tanto sus pies podrán pisar ese monte sagrado. Rezo a Hylia para que esta vez sí pueda despertar el poder. Ya es mayor y es la única fuente que aún no ha visitado. Es casi nuestra última esperanza… y si falla, ya no sé qué más hacer. Los consejeros sheikah insisten en que está marcada por las estrellas y en que el alma de la Diosa duerme en su interior. Si no es así no me importará nunca más. Se acabó. Se acabó el dar más importancia a lo que digan o piensen los demás, es mi hija, es lo único que me queda, por todos los demonios. Estoy agotado de enfrentarme a ella y de alejarla más y más de mí.

Cuando vuelvan del monte Lanayru dejaré que se dedique a lo que más desea. Puede dedicar todo su tiempo a investigar las máquinas si así lo quiere. Diablos, incluso seguiré permitiendo que pase todo el tiempo con el muchacho. Y celebraremos su cumpleaños. Ya es mayor de edad y le regalaré el resto de las joyas de su madre. Es hora de que las tenga.

¿Quién sabe? Tal vez exista otra forma de despertar su poder. Tal vez lo más sabio sea dejar que lo averigüe por sí misma.

Zelda cerró el diario. Sólo quedaban un par de hojas escritas, pero se sentía incapaz de leerlas. Sabía lo que debían contener, porque fue tras la peregrinación cuando despertó Ganon. No sentía deseos de saber qué lamento desesperado pudo dejar su padre en esas hojas, como última despedida.


Llegaron temprano al Bazar Sekken. Se formó un enorme revuelo entre las gerudo al saber que "la princesa de Hyrule" estaba allí.

Para Zelda todo era dolorosamente familiar. El Cataclismo también había transformado el desierto, por supuesto, pero en menor medida que el resto de Hyrule. El Bazar era casi idéntico a cómo lo recordaba, solo que con mucha menos gente y actividad. La posada se erigía entre las palmeras y la laguna central brillaba bajo el sol como un enorme espejo. Mientras se enviaba el aviso de su llegada a la Ciudadela, toparon con un par de rostros conocidos, que no esperaban encontrar allí.

—Rotver, Zheline ¿qué hacéis vosotros dos aquí?

—¡Alteza! Es una gran alegría ver que al fin habéis llegado al desierto, como estaba planeado —exclamó el viejo sheikah, sacudiendo su mano con energía.

—¿Os envía Prunia? ¿Está todo bien en Hatelia? —Zelda empezó a acelerarse ante la idea de que Tarek hubiera mandado un ataque paralelo a las tierras del Este.

—¡Sí, todo está bien! O eso creemos. Sabemos que Prunia planeó este viaje para vos, pero no estamos aquí por eso —admitió Rotver, sonrojándose un poco —hemos venido para reparar el generador de hielo que utilizan las gerudo para abastecer la Ciudadela y el Bazar.

Zelda frunció el ceño. Recordaba bien aquel artilugio. Estaba oculto en un refugio hacia el oeste de la cordillera de Gerudo. Urbosa nunca le permitía ir por allí, porque aquello les acercaba demasiado a "los nidos donde se ocultan esas ratas del clan Yiga". Sólo estuvo una vez y porque se aproximaron hasta allí desde la seguridad de Vah Naboris, la bestia divina del desierto.

—Rotver. No mientas a su alteza real —intervino Zheline —Alteza, es cierto que Riju nos ha pedido que revisemos el generador de hielo. Pero estamos aquí por otro motivo. Como sabéis, mi especialidad es la búsqueda de santuarios, los he ido identificando y documentando a lo largo de nuestra tierra. Desde que vuestro poder despertó, el poder de estos santuarios parece haberse "activado" por así decirlo.

—¿Habéis venido a buscar santuarios sheikah al desierto? —preguntó ella.

—Hemos venido a buscar el santuario del que Link nos habló, no sé si lo recordáis. "Uno que no viene en los mapas, perdido en la cordillera de Gerudo, próximo a la guarida del clan Yiga".

Zelda tenía un vago recuerdo de aquello. Cuando derrotaron a Ganon había pasado un tiempo en la aldea de Kakariko, recuperándose de las secuelas de la batalla. Habían hablado muchas cosas durante esos días y… sí, Link les contó algo acerca de un santuario perdido.

—Alteza, ¿estáis bien? —preguntó Rotver, al verla perdida en sus pensamientos.

—Sí. Sólo intentaba acordarme del momento en el que Link me habló de eso.

—¿Dónde está Link? No lo he visto con el resto de vuestro séquito.

—Hemos tenido algunos percances durante nuestro viaje. Hyrule ya no es un lugar seguro, no tanto como debería serlo. Uno de los nuestros ha resultado herido y Link ha acudido para ayudar —dijo aquellas palabras con toda la entereza que se esperaba de ella, aunque cada vez que lo pensaba el estómago se le encogía sin remedio.

—Por la Diosa… entonces es preciso que hablemos de inmediato con Riju. Vamos a ello ahora mismo —propuso Rotver.

—Mi querido esposo. Sabes de sobra que no puedes entrar a la Ciudadela —lo detuvo Zheline, poniendo los ojos en blanco.

—Pero este asunto es de gran urgencia y requiere una intervención sheikah, caramelito.

—Ni este ni ningún otro asunto te llevará dentro de la Ciudadela. Así que deja de intentarlo de una vez —le regañó Zheline. —Alteza, yo os acompañaré si no os importa. Mi investigación puede esperar y Rotver se quedará aquí ayudando a vuestro séquito a montar el campamento.

—P-pero… caramelito, es que me pregunto qué insondables misterios esconden esas mujeres en la Ciudadela, no me siento un científico completo si no consigo averiguarlo, ¿acaso esconden algún tesoro femenino oculto? ¡La ciencia exige que yo examine ese lugar meticulosamente!

—Vamos alteza, cuanto antes salgamos mejor —Zheline suspiró con resignación y tiró de ella dejando atrás a Rotver, que seguía justificando sus deseos de entrar en el lugar prohibido.

Zelda partió junto a Zheline, y llevó consigo a Cecille y Sophie. Todos los hombres se quedaron atrás, tal y como establecían las normas de las gerudo. Intentó que aquel trayecto de desierto que separaba el Bazar de la Ciudadela no le resultase tan nostálgico. Era complicado. Pasó muchas horas allí, junto a Urbosa, se refugiaba en sus brazos cuando se sentía sola y perdida. Fue en el desierto donde su relación con Link cambió para siempre, donde pasó de la tensión y el recelo a la comprensión y la amistad. Donde él le salvó la vida por primera vez.

Cuando llegaron a las puertas de la Ciudadela, ya habían encendido las antorchas. El frío despiadado del desierto caería sobre ellas de un momento a otro, así que entraron en el momento preciso. Zheline se encargó de anunciar la llegada de Zelda, y la guardia gerudo las condujo sin apenas dilación ante la presencia de Riju. Zelda sentía una enorme curiosidad por conocer a la líder gerudo, había oído hablar de ella y tenía ganas de poder conocerla al fin en persona.

—Princesa Zelda Bosphoramus de Hyrule. Bienvenida a nuestra ciudad —la recibió Riju desde el trono de la media luna.

Una niña. Riju era apenas una niña. Le colgaban los pies en el trono y la diadema de oro de gerudo le venía un poco grande. Zelda le hizo una reverencia, como era de esperar.

—Muchas gracias por la bienvenida, mi señora. He oído que habéis mandado a vuestra guardia y asistentes a ayudar al resto de mi séquito a montar un campamento más confortable. Estoy en deuda con vos.

—Aunque se trate de hombres, son vuestros hombres, alteza. Una vez hayamos desplegado las tiendas gerudo estarán incluso más cómodos que en sus casas de madera y piedra. Y ahora decidme, ¿dónde está Link?

Zelda abrió mucho los ojos, no esperaba que Riju preguntase por él, no hasta que ella misma se lo mencionase.

—Él… ha tenido que partir. Uno de nuestros compañeros fue herido cerca del poblado orni por los hombres de Tanagar. Link ha ido para asegurarse de que está bien, y si es posible, traerle de vuelta con nuestro grupo. Ya hace tres días que partió.

—Oh, eso que contáis es terrible —Riju se puso en pie y bajó la pequeña escalinata que elevaba el trono para acercarse a Zelda —Era crucial hablar con Link sobre todo acerca de lo que ocurrió tras su marcha del desierto de Gerudo. Nos han llegado comunicaciones, pero yo sólo me fío de su palabra.

—Lo… lo entiendo.

Para ser tan pequeña, Riju tenía muy bien aprendida la lección de cómo debía comportarse una matriarca gerudo. Su tono era altivo, rozando la arrogancia. Zelda supuso que su corta edad la forzaba aún más a mantener su estatus en todo momento.

—Entendedme bien, alteza. El pueblo gerudo os jurará lealtad casi con total seguridad, como ha hecho en el pasado. Pero antes necesitamos saber qué es lo que ha ocurrido. Hemos sido engañadas y repudiadas por otras razas durante muchos años y no quiero ser yo quien cometa un nuevo error.

—Comprendido. Entiendo vuestras reticencias, yo sólo venía a visitaros y también a pediros ayuda contra Tanagar. Respecto a lo de reconocerme o no como princesa, eso es un tema secundario y puede esperar.

Riju abrió la boca, un tanto sorprendida por la respuesta. Después entrecerró los ojos, examinándola de arriba abajo. Zelda se irguió un poco, no quería parecer vulnerable. Si había algo que respetasen las gerudo era el poder y la fuerza que debía proyectar una mujer, lo había aprendido de Urbosa, así que tenía que evitar mostrarse débil.

—Esta noche os quedaréis en la Ciudadela, me contaréis todo eso que sabéis sobre Tanagar. Mañana iré personalmente con vos al Bazar y veremos cómo actuar para traer a Link de vuelta.

La cena gerudo fue generosa y mucho más animada de lo que Zelda podía esperar. Sophie y Cecille disfrutaron mucho conversando con las guerreras gerudo, hubo muchas risas cuando fueron interrogadas por sus relaciones con los "shiok" y Zelda se alegró de haberlas llevado consigo a la Ciudadela. Ambas habían pasado días oscuros encerradas en los calabozos de Tarek y merecían un poco de diversión, tanta como el que más. No podía verlos, pero se imaginaba que los hombres también lo estarían pasando bien. Las noches en el Bazar Sekken eran muy animadas cuando se llenaban de viajeros. Había fuego, música y conversación para todos aquellos que se quedaban a los pies de la ciudad prohibida.

Una vez acabada la cena, todas se retiraron a sus aposentos. Los de Zelda eran los mismos de siempre, la misma estancia que le era asignada cuando iba a ver a Urbosa. Habían renovado los tapices que vestían las paredes y había alfombras nuevas, pero el lugar no había cambiado nada en cien años. Tal vez… parecía más pequeño. Sí, era como si algo lo hubiese encogido y los cojines no eran tan mullidos ni las copas de oro tan brillantes.

Sus aposentos seguían teniendo una pequeña terraza que daba al exterior. Adoraba aquel lugar, formaba parte de su vida y de sus recuerdos de niñez y adolescencia. Cuando el viento no arrastraba tormentas, el aire era limpio y puro. La luz de la luna hacía que las dunas de arena brillasen como si fuesen de plata y en el cielo inmenso punteaban millones de estrellas, era un regalo para la vista.

Como otras tantas veces, Zelda sacó una alfombra a la terraza y se tendió en ella, cubriéndose con la capa para no pasar frío. Mientras observaba el perfil de la luna creciente, se le escaparon dos lágrimas.

"Oh vamos, alteza, basta ya de lamentaciones."

—No estoy llorando realmente —dijo ella, secándose las lágrimas. —Debe ser un poco de arena del desierto, que me ha entrado en el ojo.

"Seguro que podéis mentir mejor, sois demasiado lista. Inventad una excusa más convincente la próxima vez. Ahora, dejad de auto compadeceros. Eso no va con vos."

—Ojalá estuvieras aquí de verdad para decirme todo esto, Urbosa.

La voz de Urbosa sonaba cristalina en su mente. Y casi podía verla, sentada a su lado en la alfombra, acariciándole y trenzándole el pelo, contándole historias sobre los bandidos del desierto hasta que ella caía rendida de sueño en su regazo. Era tan injusto. Los quería a todos, pero la muerte de Urbosa era la que más se le clavaba en el corazón, porque ella era en realidad la madre que nunca había tenido.

—Psss. Zelda, ¿estás bien?

—Cecille, ¿qué haces ahí afuera?

—Me he asomado a la terraza y he visto que mis aposentos están junto a los tuyos. Te… te he oído hablar sola.

Zelda se sonrojó un poco, sin saber bien qué decir. Tres días. Durante tres días nadie la había visto flaquear, pero ahora Cecille…

—Oye, ten cuidado, Cecille, no te vayas a caer.

Cecille pasó la pierna por la baranda de piedra que separaba su terraza de la de Zelda. Sin pedir permiso se sentó junto a ella en la alfombra. Zelda agradeció su compañía de inmediato, de repente era como si hiciera un poco menos frío.

—Han sido días complicados, ¿no crees? —comenzó a decir Cecille —pero todo se arreglará. Y, además, estamos en este lugar tan mágico. Me recuerda a los cuentos que me leía Nana cuando era pequeña.

—Pronto podrás volver a Nana de nuevo. Y a Robert. Te lo prometo —dijo Zelda.

—Zelda, no tienes que echarte toda esa carga a tus espaldas. No creas que no me he dado cuenta de lo que haces, siempre lo haces. Hay cosas que sencillamente… no puedes controlar. No puedes controlar que ese usurpador de Tarek quiera hacerse con el trono, ni puedes controlar lo que otros deciden hacer con sus vidas. Si estoy aquí es porque quería venir contigo, era mi deseo, de corazón. Y… y si por algún motivo no conseguimos volver, si no vuelvo a ver a mi padre o a Nana nunca más, no será culpa tuya.

—No puedo evitarlo, Cecille. Se supone que todo debería salir bien, que estamos a las puertas de una era de luz y que nada de esto debería estar pasando y…

—Estoy segura de que Link está bien y a salvo. —interrumpió Cecille, agarrándola de la mano —Y traerá a Kei de vuelta como nuevo, ya lo verás.

—No debería haberle pasado nada —dijo ella, mientras las lágrimas volvían a escapar de sus ojos —no puedo soportar la idea de perder a otro de mis amigos. No puedo más.

Cecille la miró con compasión y tiró de ella para que apoyase la cabeza en su regazo. Sin evitarlo empezó a llorar en silencio, liberando toda la tensión que había acumulado en los últimos días.

—Llora ahora, lo necesitas. Mañana todo estará mejor.


Habían decidido esperar. Link podría estar de vuelta y no tenía sentido arriesgar que otros fueran a buscarlo cuando era más que posible que él estuviese ya casi a las puertas del desierto. Esta idea nunca gustó a Zelda, pero a la vez comprendía que una nueva incursión por las tierras de las colinas sería peligrosa, y sin más remedio tuvo que aceptar que nadie estaba de acuerdo en que ella misma fuese en persona a buscar a Link, como era su intención.

—No decís nada de mi nuevo invento… ¿es que no os gusta? ¿O es que ese estúpido de Ganon ha logrado resecar el cerebro de mi mejor alumna?

Había acompañado a Rotver a la fábrica de hielo. Eso la ayudaría a estar distraída y el tiempo pasaría más rápido si tenía la mente ocupada en algo.

—Sí, es bastante ingenioso. Si hubiera tenido que diseñarlo yo no lo habría configurado así exactamente… pero admito que con el nuevo rotor es difícil que la máquina de fabricar hielo vuelva a averiarse.

—Ya veremos, ya veremos… si se averiase… no me desagrada tener que venir al desierto. Las gerudo son muy rudas, pero siempre es agradable ver a tantas mujeres formidables juntas…

—Rotver… ¿y qué pasa con Zheline? ¿Qué opina ella de todo eso que dices sobre las gerudo? —le regañó ella, cruzándose de brazos.

—Zheline es mi caramelito, no lo dudéis alteza, es mi esposa y está en el más alto de los pedestales de mi corazón. Pero la belleza está hecha para ser admirada con los ojos, ¿no creéis? Además, me hace también muy feliz que todas las mujeres cambiéis vuestro atuendo habitual por esos delicados ropajes gerudo, he de decir que a vos misma os sientan muy bien. Este es un lugar maravilloso, maravilloso. Habría que venir más a menudo.

Ella puso los ojos en blanco y dejó al viejo sheikah ruborizándose ante sus propias fantasías y terminando de ajustar la máquina.

Hacía mal tiempo en el exterior. Hacia el sur se intuía una tormenta de arena, si los alcanzaba tendrían que esconderse en la fábrica hasta que pasase por completo. Para evitar problemas decidió dar un paseo en otra dirección, hacia el borde de la cordillera. Llevaba la piedra sheikah y una cimitarra colgando del cinto. Ya no había Yiga, o eso le había dicho Riju. Quedaban algunos de ellos ocultándose en las montañas, pero vivían asustados desde que Link había desterrado al maestro Kogg, su líder. "Lo hizo en vuestro nombre, yo misma lo vi" le había narrado Riju, con todo lujo de detalles. Era muy interesante explorar un área del desierto que le había sido vetada desde siempre. A lo mejor no tenía nada de especial, pero el hecho de ser una zona prohibida la volvía enormemente tentadora. Rotver estaba tan ocupado fantaseando y trabajando en la máquina que no pasaría nada si ella se alejaba para documentar un poco aquella región, apenas tenía registros en la piedra sheikah.

Conforme se adentraba en el desierto hacia la cordillera, el paisaje se volvía más accidentado. Había cañones de roca arenosa moldeados por el viento, las capas de distintos depósitos sedimentarios dibujaban líneas onduladas en la roca, como trazos de un pincel natural. Era fantástico. Estaba distraída, capturando imágenes con la piedra sheikah, cuando un escalofrío recorrió su columna. Se dio la vuelta muy despacio y vio a un coyote acechándola, con las orejas tiesas y enseñando los dientes.

—Maldita sea… ¡lárgate de aquí! —dijo ella. Agarró una piedra y se la lanzó al animal.

El animal seguía gruñendo, con el pelo de punta. Era un ejemplar de gran tamaño para su especie y parecía hambriento.

—No quiero hacerte daño, así que ¡vete de una vez!

Perdía el tiempo, porque el coyote estaba cada vez más cerca y había decidido que ella sería su presa del día. Zelda empezó a retroceder, paso a paso, y cuando lo estimó oportuno, echó a correr adentrándose en el cañón. El animal corría tras ella, no podía verlo, pero podía oírlo jadear a su espalda. El corazón le latía a toda velocidad. Tal vez podría enfrentarlo con la cimitarra y…

—¡Eh! ¡Por aquí!

Zelda levantó la cabeza en medio de su huida y vio a un encapuchado haciendo señales desde una roca en la pared vertical del cañón. Tenía que decidir: el coyote o un extraño. Optó por dar esquinazo al animal y corrió con su último aliento hasta el encapuchado. Cuando estuvo cerca de él, tiró de ella del brazo y la introdujo en una hendidura en la roca, que conducía a un espacio más amplio, una especie de hondonada dentro del cañón. El coyote desapareció, perdiéndole la pista.

—Habéis tardado un poco más de lo que pensaba… pero aquí estáis. —dijo el encapuchado —Acompañadme.

—¿Cómo que he tardado? ¿Quién es usted? Quiero decir… le… le agradezco la ayuda, pero…

—Soy un amigo, alteza, no temáis. Pertenezco al pueblo sheikah, mi nombre es Sasaik.

El encapuchado le tendió la mano y cuando ella la estrechó advirtió que era huesuda y estaba tan arrugada como una pasa.

—No sabía que hubiera sheikah habitando esta región.

—Siempre ha sido territorio de los Yiga, pero algunos hemos vivido aquí desde hace tanto tiempo que ni siquiera eso nos ha importado.

Zelda se encogió de hombros y siguió al anciano, que la guio hacia un espacio circular en la hondonada, en la que siete enormes estatuas con efigies femeninas se elevaban hacia el cielo.

—¿Qué lugar es este? Nunca había estado aquí…

—Seguramente sí habéis estado, pero no en esta vida —dijo el anciano.

Estaba cada vez más extrañada, sentía inquietud, una emoción más próxima al escalofrío que al miedo. El anciano hizo un gesto con la palma de su mano y descubrió una puerta oculta en una pared de roca.

—Esa joven sheikah que viaja con vos jamás encontrará este lugar, puede buscarlo durante lunas y será imposible para ella. Aunque admiro su persistencia —dijo el anciano.

De repente lo entendió, Zelda estaba segura. Aquel era el santuario oculto del que Link les había hablado, pero no esperaba que estuviera habitado. ¿Habría conocido Link al anciano?

—Sí. El joven héroe pasó por aquí antes que vos y él y yo tuvimos un… encuentro especial, por así decirlo.

—¿Acaso podéis leer mi mente? ¿Qué significa esto? —preguntó ella, deteniéndose en seco. Con disimulo rodeó la empuñadura de su espada.

—No debéis temerme. Podéis dar la vuelta por donde habéis venido si así lo queréis, no estoy tratando de engañaros ni de conduciros a una trampa.

Dudó un momento, pero su curiosidad era superior a sus fuerzas. Un santuario oculto, uno que es capaz de activarse por alguna clase de energía que aquel viejo sheikah parecía poseer. Y además… Link había estado allí antes.

El interior del santuario no era tan misterioso como lo había imaginado, era más bien un refugio, una vivienda para el anciano. Había runas ancestrales como en otros que ella misma había explorado, pero también había objetos comunes, una cama y una chimenea. El viejo le dio un poco de té que ella aceptó con cortesía.

—Cuando Link estuvo aquí estaba tan obsesionado con vos que fue complicado ayudarle en su viaje.

—¿C-conmigo?

—Sí. Le repetí que tenía que centrarse en lo importante, que vos estabais bien protegida por el Poder Sagrado. Pero me temo que él sólo podía pensar en vos una y otra vez. No me toméis a mal, es que esa relación tan intensa que tenéis me resulta un poco incomprensible, aunque no es la primera vez que pasa y supongo que el origen está en los deseos de la Diosa Hylia, como todo lo demás.

Zelda lo observaba con el ceño fruncido. ¿De dónde había salido aquel hombre? ¿Qué sabía él de su relación con Link?

—Mi misión siempre ha sido guiarle —prosiguió Sasaik —le estuve esperando durante miles de años al igual que ahora os esperaba a vos.

—¿Miles de años?

Sasaik se quitó la capa que lo cubría. Era muy viejo. El ser más viejo que Zelda jamás hubiese visto, era una montaña de huesos y arrugas con una sonrisa amable. Parecía un milagro que alguien de su edad siguiese con vida.

—Vos… ¿estuvisteis aquí hace diez mil años, cuando Ganon despertó?

El viejo sonrió y sus ojos se escondieron tras miles de arrugas y las dos líneas curvas de sus párpados. Había algo entrañable en él.

—Estuve. Y permanecí aquí con paciencia hasta que los espíritus del héroe y la Diosa volviesen a reencarnarse como está escrito.

Zelda bebió un sorbo de té. Curiosamente, después de hacerlo se sintió más relajada, su desconfianza empezaba a diluirse muy despacio.

—¿Por qué nos estabais esperando a Link y a mí?

—Para ayudaros a ver. Poseo el don del Vigilante, el ojo que ve las cosas que fueron, las que son y las que serán. Sé que algunos de estos dones no son de utilidad para la Diosa Hylia, porque vos podéis ver el pasado, ¿me equivoco? Incluso podéis llegar a ver cosas que están ocurriendo en este preciso instante.

Ella desvió la mirada. Le incomodaba que el anciano la identificase con tanta facilidad con la Diosa cuando era algo que ella misma aún no había aprendido a hacer.

—No comprendo el pasado —dijo Zelda —he visto algunas cosas, momentos y personas. Pero no sé qué significan.

—Habéis visto la guerra. La Guerra Civil de Hyrule.

—Sí.

—Y teméis que una nueva guerra que enfrente a hermanos contra hermanos vuelva a estallar… ¿me equivoco?

—Tarek ya ha puesto los cimientos para que eso ocurra —dijo ella, pegando otro sorbo a su té.

—¿Sabéis por qué hubo una guerra civil en tiempos ancestrales?

Zelda abrió la boca para decir algo, pero se tragó las palabras.

—Sí, es lo que pensáis. Querían eso, eso que guardáis dentro —dijo Sasaik, respondiéndose a sí mismo —Los hylianos ambicionaban el Poder Sagrado, querían poseer la Trifuerza. Fue por una casualidad que descubrieron la existencia del Reino Sagrado y del don que allí se ocultaba. El que posea la Trifuerza puede hacer que sus deseos se hagan realidad, demasiado tentador… así que la disputa se inició sin remedio. El rey de Hyrule puso fin a la guerra unificando los territorios y firmando la paz con las distintas razas de Hyrule. Y la Trifuerza descansó en paz, protegida por un tiempo.

Zelda trataba de unir todos esos cabos en su cabeza. Lo había visto. Fuego, destrucción por doquier. Hylianos matando a hylianos. No sabía por qué la Diosa le había mostrado toda aquella violencia, pero quiso suponer que era una forma de aviso, una advertencia de lo que podría volver a ocurrir.

—¿Quién es el hombre de los ojos amarillos? —preguntó ella de repente. Temía hacer aquella pregunta, pero era algo que llevaba un tiempo rondando sus pensamientos.

—¡Ajá! Así que lo habéis visto —sonrió Sasaik. Al hacerlo todo su rostro se llenó de arrugas, más aún de las que tenía a simple vista —Ese hombre es el mal encarnado, el heredero del espíritu maligno de Ganon.

—Ganon… ¿se reencarnó en un habitante de Hyrule?

—Digamos que el mal siempre encuentra una manera de manifestarse.

—¿Fue ese hombre el que inició la Guerra Civil de Hyrule?

—No. Su estrategia fue mucho más sibilina… él esperó para robar la Trifuerza cuando nadie lo sospechase… y de ese modo cambió el curso de la Historia.

—Alguien lo sospechó —dijo ella, recordando al hombre de pelo rojo y ojos amarillos y diabólicos en sus visiones. —Pero… aun así, no sirvió de nada.

—Lo que quiero enseñaros, es que hay hechos que son inevitables. Y eso ocurre en vuestras visiones también. Aún os culpáis de que el Cataclismo se desatase hace cien años, pero como nos cuenta la Historia, hay cosas que no pueden evitarse. La guerra fue destructiva, arrasó a las gentes y sin embargo, años después, la Trifuerza fue robada de todos modos. Del mismo modo el Cataclismo se desató cuando tuvo que hacerlo, no penséis en que una intervención a tiempo habría cambiado el resultado. Vuestro poder latería con más fuerza en el pecho si dejaseis de culparos por todo eso. La Diosa Hylia se ha culpado por eso una y otra vez y parece que el paso de la historia no es suficiente para purgar esa culpa.

—…tengo que marcharme, me deben estar esperando —dijo Zelda, poniendo la taza de té en el suelo.

Todo aquello empezaba a superarla. Aunque Sasaik tuviese razón siempre habría una parte de ella que aún creía que podría haberlo parado a tiempo. Lo habría parado y su padre, los elegidos, muchas familias se habrían salvado.

—Lo entiendo. ¿No sentís curiosidad por ver el futuro? Podría daros algo que os permitiría aclarar esas dudas que os atormentan. Podríais ver el destino del héroe y también el de vuestro pueblo.

Zelda se mordió el labio. Necesitaba salir de allí. El futuro era lo que más temía. Temía que su poder se extinguiese por completo. Temía no ser capaz de guiar al pueblo de Hyrule hacia una nueva era de luz. Y por encima de todo temía que Link no estuviese a su lado.

—No quiero ver el futuro.

—Me parece una decisión muy sabia, digna de la Diosa. El futuro es lo único que puede cambiarse, porque sus sombras siempre están en movimiento. Verlo sólo serviría para reavivar vuestros temores, porque a veces, la mente sólo ve lo que está obsesionada por ver.

—Link… ¿él vio el futuro? —preguntó, sintiendo curiosidad. ¿Qué habría hecho él en su lugar?

—Sí. Y eso hizo que la oscuridad tomase forma dentro de él. Temía a una oscuridad lejana y no se daba cuenta de que en realidad la llevaba dentro. Si queréis saber cómo, no tenéis más que leer la carta que él escribió de su puño y letra.

Sasaik sabía demasiado, era asombroso. Por lo que recordaba, Impa le había hablado de los sheikah nacidos con el don del Vigilante y no era descabellado que aquel anciano hubiera desarrollado el don durante tantos años, potenciando su alcance al máximo.

—Lo creáis o no, me habéis ayudado —dijo Zelda, poniéndose en pie —Pero no puedo esperar más. Está anocheciendo y todos deben estar preocupados por mí.

—De nuevo, lo entiendo. Ha sido un honor tener vuestra presencia entre estas paredes. Recordad: las visiones del pasado muestran lo inevitable. No permanezcáis demasiado tiempo atrapada en ellas o no podréis avanzar. Y… si cambiáis de idea sobre el futuro, buscad de nuevo al coyote.


Zelda tuvo que aguantar la reprimenda de Rotver durante todo el camino de vuelta al Bazar Sekken. Por suerte, había logrado convencerle de que se había perdido al huir de un coyote y que tardó un buen rato en dar con la fábrica de hielo. Era mejor no hablar de Sasaik ni del santuario… era evidente que Sasaik sólo podía ser encontrado por las personas que él mismo decidía que lo encontrasen, y no quería que Rotver y Zheline perdiesen la cabeza tratando de dar con la hondonada secreta.

Era noche cerrada cuando llegaron. Una guardia gerudo protegía el paso, como siempre, y les permitió entrar nada más verlos aparecer.

—Alteza, tengo que deciros que quien estabais esperando llegó hace un par de horas.

—¡Link! —exclamó ella, adivinándolo de inmediato.

Se apresuró hacia el campamento que Riju había levantado para su séquito, dejando a Rotver detrás. Encontró a Link sentado, cabizbajo, bebiendo de una cantimplora mientras todos los demás lo rodeaban en círculo.

—Zelda —dijo él, poniéndose en pie al verla llegar.

Quería arrojarse a sus brazos, besarlo. Cada vez le costaba más separarse de él y vivía cada reencuentro con la misma intensidad. Link dio un paso hacia ella y después se detuvo. Ambos estaban en medio de todo el mundo así que se limitaron a mirarse frente a frente.

—¿D-dónde está Kei?

Él suspiró y bajó la mirada al suelo. Link parecía agotado, exhausto. No recordaba verle tan cansado. Su viaje había sido una auténtica locura, no entendía cómo podía resistir tanto.

—Lo hirieron en el costado. Ya está a salvo, pero era imposible traerlo hasta aquí, la herida es reciente y no era aconsejable moverlo de la cama. He enviado a Nyel de vuelta al poblado, cuando Kei esté mejor él mismo se encargará de traerlo de vuelta.

"Gracias, Hylia" pensó Zelda, suspirando con alivio.

Link les relató cómo había sido el asalto al poblado orni, cómo Tarek había desplegado sus tropas por las tierras de Tabanta y las llanuras. Zelda tuvo que conformarse con escucharle desde la distancia, sin despegar los ojos de él. Observó que apenas podía comer, le sirvieron un trozo de carne de caza asada, pero él no llegó ni a darle dos bocados. Después de cabecear un par de veces se puso en pie, disculpándose con los demás.

—Siento mucho retirarme tan pronto, pero no aguanto más despierto.

—Link, hemos preparado una tienda sólo para ti, con todas las comodidades —dijo Riju. Había acudido al Bazar en cuanto supo de la llegada de Link.

—Gracias. Y de nuevo lo siento, pero creo que si sigo aquí me quedaré dormido estando sentado.

—No pasa nada, lo comprendemos —lo disculpó Riju.

—¿Estás bien? —le preguntó ella desde su posición, al ver que la miraba. Su pregunta sonó tan despacio que apenas se oyó, él tuvo que leerle los labios. Link asintió dedicándole una sonrisa tan cansada que hizo que se le encogiera el corazón.

La cena se volvió interminable. Zelda se debatía entre sus obligaciones y el deseo de ir con él a confortarle… o bueno, no estaba segura de si quería confortarle o en realidad buscaba calmar su propia ansiedad. Todos hablaban sobre política y estrategias, sobre cuál sería el siguiente paso, pero su cabeza estaba lejos de allí, estaba en la enorme tienda que habían levantado para Link.

Más tarde Riju ordenó a sus guardias que escoltasen a ella y a todas las mujeres de vuelta a la Ciudadela. Si tenía una oportunidad mínima para despedirse de Link, era esa, aunque hacía un buen rato que él se marchó a dormir.

Con sigilo logró separarse del grupo y moverse en la oscuridad, hacia la tienda de Link, donde reinaba el silencio. Sin duda Riju tenía un trato especial con él, la tienda era enorme, todo el campamento podría dormir allí dentro si se lo propusiesen. El suelo estaba cubierto de alfombras de gran valor y había tinajas con agua y frutas frescas en abundancia. Encontró a Link dormido en un colchón al fondo, envuelto en cojines, detrás de un fino velo de gasa que rodeaba la cama. La tenue luz de un candil iluminaba el interior de la tienda, había suficiente oscuridad para dormir y al mismo tiempo servía para ver sin tropezarse, cosa que agradeció mentalmente.

Se acercó a él, apartando el velo para poder situarse a su lado. Se estremecía al verlo respirar con tanta suavidad, la luz dorada del candil perfilaba su boca, su barbilla y sus ojos cerrados. Estaba vencido por el agotamiento. Bajo los ojos tenía profundas ojeras y su barba estaba un poco más crecida. Ojalá pudiera quedarse a dormir a su lado, ojalá pudiera sentir una vez más el calor de su cuerpo contra su espalda y sus manos rugosas buscando las suyas. Tiró de las sábanas para arroparle y se acercó muy despacio, tanto como podía, para acariciarle los labios con los suyos sin que él se despertase.

—No te imaginas cuánta falta me haces —susurró, ordenando el pelo que caía sobre su frente —no tienes ni idea.

Después regresó a la fría noche del desierto. Pudo ver a Riju y las demás a unos cuantos metros, no habían notado su ausencia aún, así que las alcanzó rápidamente y junto a ellas, siguió el camino hasta la Ciudadela.


Notas del Capítulo 16

Hola amigos! Lo primero, quiero disculparme por no presentarme a nuestra cita de ayer… como excusa barata y cutre os digo que fue festivo en España (y creo que en muchos otros sitios, en realidad xD) y se me hizo tan tarde que me desplomaba de sueño en el teclado y no quise publicar en unas condiciones mentales tan pésimas, jajajaja.

Este capítulo es bastante triste y me costó mucho trabajo escribirlo. Zelda está sufriendo una transformación más acelerada llegados a este punto de la historia, todo lo que ha estado dando vueltas en su cabeza desde el primer capítulo al fin, está empezando a fluir en una dirección.

Para escribir este capítulo me tuve que documentar sobre la Guerra Civil de Hyrule (gracias Zelda-wiki!). Yo la recordaba por el comienzo de "Ocarina of Time", pero también se menciona explícitamente en el prólogo de "A Link to the past" y tiene relación directa con la formación del reino del Crepúsculo y la aparición de los twili. Es una parte de la historia que siempre me ha parecido muy interesante. Pienso que una guerra civil es algo que puede tener sentido cuando hay un vacío de poder, no es tan sencillo que una monarquía se "auto-restituya" de forma pacífica y sin oposición cuando ha existido un vacío de cien años.

Como nota curiosa, os digo que desde que jugué al juego de BoTW me imaginaba el cañón Gerudo/refugio Yiga como Antelope Canyon (Arizona). Estuve allí de visita en un roadtrip un poco loco que hice y esos recuerdos del lugar son los que intento describir en uno de los fragmentos de este capítulo.

Ya no os doy más la chapa, pequeños… xD Un abrazo fuerte y gracias por vuestros reviews y por seguir leyéndome :) -Nyel2