Capítulo 18 - La llanura de Nima
Link se despertó con el peor dolor de cabeza que conseguía recordar. Cuando abrió los ojos descubrió que estaba dormido sobre una montaña de cojines, en el suelo de la tienda de Vilia. Rotver roncaba a su lado con la boca abierta, como un jabalí viejo, haciendo retumbar el suelo.
—Oye… oye, ¡despierta!
—¿Q-qué diablos? —gruñó Rotver —Mocoso…
—Estás… llevas… creo que estás vestido de mujer —observó Link.
—¿Qué? Y tú…
Link se miró y descubrió que vestía un apretado corpiño mal puesto que sólo le cubría la mitad del pecho. Llevaba pulseras en un brazo y un pañuelo anudado en la cadera como única ropa.
—¿Dónde están mis pantalones? —preguntó alarmado.
—Bah, no te preocupes, te quejas más que una doncella. Yo voy a dormir un poco más.
—Maldición. No encuentro mis pantalones, la cabeza me va a estallar…
—Deja de lloriquear y deja que este viejo sheikah siga soñando un poco más. —Rotver volvió a desplomarse sobre los cojines, como si nada.
Link agarró una de las cortinas de gasa que rodeaban la cama de Vilia y se la enroscó como pudo al cuerpo, aunque era tan transparente que tampoco tapaba demasiado. Salió a hurtadillas de la tienda. Todo el campamento estaba ya en movimiento: guerreras entrenando, fuegos ardiendo con comida y bullicio general.
Se movió por la parte trasera del campamento, donde esperaba que nadie lo encontrase. Sintió un par de arcadas, no sabía si había vomitado la noche anterior, pero tenía un terrible sabor de boca. Cuando alcanzó a ver su tienda, encontró a Zelda en la puerta, esperando cruzada de brazos. Se tiró a la arena para agazaparse, lo último que quería era que ella lo viera en ese estado. Esperó con paciencia hasta que Adine apareció, intercambió un par de palabras con Zelda y ambas se marcharon de allí. Link respiró aliviado y siguió arrastrándose por la arena como una culebra hasta alcanzar su tienda.
Una vez dentro se deshizo de todas las ropas que llevaba puestas. Tenía muy vagos recuerdos de lo que había hecho (o no) en la tienda de Vilia. Recordaba entrar, seguir bebiendo, jugaron a un juego de cartas… pero no sabía mucho más. No había hallado rastro de sus pantalones y eso le causaba pánico. Metió la cabeza en la tina de agua para refrescarse y la sensación fue tan purificadora que se hundió más, hasta mojarse la cintura. Riju se había encargado de dejarle ropas gerudo, así que se vistió con la hombrera y pantalones gerudo, eran mucho más cómodos y adecuados para el clima del desierto.
Cuando salió de su tienda, encontró a Zelda conversando con Cecille junto a una hoguera. Ambas vestían también ropajes gerudo y… bueno, Link pensó que no había palabras para describir la luz que irradiaba Zelda cada vez que dejaba tantos centímetros de piel al descubierto. Él era un miserable y ella brillaba como el sol. Tenía una piel tersa y resplandeciente, y aunque no estuviera dorada al sol como las gerudo, transmitía una intensa sensación de pureza, de suave calidez.
—Hola, creo que otra vez me he perdido el desayuno —sonrió él, rascándose el pelo tras la nuca.
—Hola, Link. Tienes cara de haber dormido poco, ¿eh? —observó Cecille, devolviéndole la sonrisa.
Zelda lo miró un instante y frunció el ceño.
—Tengo que irme, hay que seguir discutiendo temas importantes en la posada. —dijo ella, dando un paso al lado para retirarse.
—Bien, voy contigo. Yo también quiero estar en esas discusiones —intervino él.
—No. No hace falta que vengas.
—Pero yo quiero-
—No, Link. Seguro que tienes cosas más importantes que hacer.
La respuesta de Zelda fue tan tajante que dejó sin palabras tanto a Link como a Cecille. Sin decir nada más, Zelda se alejó de allí en dirección a la posada.
—¿Tú sabes qué mosca le ha picado? —preguntó Link a Cecille.
—Ni idea… hace un momento estábamos aquí bromeando, como si nada.
—Entonces es que debe estar enfadada conmigo. —razonó él, frunciendo el ceño.
—Pues…
—¿Sabes algo? ¿Qué es?
—No quiero estar en medio, Link.
—No estás en medio, ¿acaso eres sólo su amiga? ¿Qué pasa conmigo? ¿No me cuentas las cosas a mí? Te recuerdo que yo también soy tu amigo.
—Eres un chantajista… —sonrió ella.
—Por favor, dime si te ha dicho algo…
—No lo sé, Link. No sé si Zelda está enfadada contigo por eso, pero… bueno, Azu y un comerciante te vieron beber anoche junto al oasis y luego desaparecer en una tienda con una mujer muy alta. No sé si eso tendrá algo que ver.
—¿Zelda sabe eso? ¡No es lo que parece! Menuda estupidez… Y n-no era una mujer como las que… bueno, no es igual a las demás mujeres.
—Yo no sé nada… pero suena muy raro —dijo Cecille, encogiéndose de hombros.
—Además, no estaba solo, estaba con Rotver —gruñó Link —no soy uno de esos tipos que… que hacen estupideces. Tú lo sabes, Cecille.
—Ya… no sé qué decirte, Link. Lo mejor es que lo aclares con ella.
—Sí, eso voy a hacer. Y ahora mismo.
Dejó a Cecille con la palabra en la boca y se marchó, casi malhumorado en busca de Zelda. Cuando llegó a la posada, ella estaba ya frente al mapa, junto a Riju y Zheline.
—¡Link! Llevas la ropa gerudo que te dejé —exclamó Riju al verle llegar.
—Sí, muchas gracias por eso, Riju. Zelda… —dijo, tosiendo para aclararse la garganta —me gustaría hablar contigo de un tema, ¿puedes acompañarme un momento ahí afuera?
—No creo que haya nada de lo que tengamos que hablar —dijo ella, sin levantar los ojos del mapa —todas las conversaciones interesantes están centradas en el trabajo y defensa de Hyrule.
—Sí… p-pero hay una consulta que necesito hacerte en privado.
—Lo que tengas que decirme tendrás que decírmelo aquí. Riju y Zheline tienen derecho a saber lo que sea, no me gustan los secretos —dijo ella, desafiándolo con la mirada. Sus ojos verdes relampagueaban de furia, ya los había visto así otras veces y sabía que era muy difícil razonar con ella cuando entraba en ese estado.
—Es cierto, Link. Como matriarca tengo derecho a saber cualquier cosa relacionada con la defensa —intervino Riju.
—No tiene que ver con la defensa. Es… es algo personal entre Zelda y yo —dijo Link. Las tres mujeres lo miraban sin perder detalle. Debía tener las orejas tan rojas como el corazón de la Montaña de la Muerte, al menos las notaba arder como la lava.
—Entonces seguro que puede esperar —dijo Zelda, volviéndole la cara y retornando su atención al mapa.
—Alteza… tal vez deberíais escuchar a Link —dijo Zheline, tratando de mediar.
—Yo estoy de acuerdo con la princesa, prefiero oír lo que Link tenga que decir —intervino Riju, frunciendo también el ceño.
—Vale. Entonces os dejo aquí discutiendo. Voy a supervisar el entrenamiento de los hombres, hablaremos más tarde —dijo Link, rindiéndose. Cuando se dio la vuelta para marcharse, Zelda lo detuvo.
—Espera. —resopló —Está bien, escucharé qué es lo que tienes que decirme.
Ambos salieron de la posada. Link rodeó el edificio hecho a base de adobe y piedra y encontró un poco de intimidad en la parte trasera, donde no había más que un montón de cajas apiladas y algunas ánforas de barro que almacenaban trigo.
—Te escucho —dijo ella, cruzándose de brazos. Él tragó saliva una vez más. Tenía la garganta seca, la resaca del alcohol le había dejado una sed atroz.
—Lo que has oído no es verdad. O más bien… no es lo que parece.
—¿Y qué es lo que he oído? —le reprochó ella. Los ojos volvieron a relampaguear.
—Yo… n-no estoy seguro. Dímelo tú.
—Anoche bebiste.
—Eso es verdad. Sabes que tenía un trago pendiente con Rotver y me fui con él a unas ruinas al nordeste del Bazar.
—Y… cuando me fui con las mujeres a dormir a la Ciudadela, aún no habías vuelto.
—Cuando volví fui a buscarte, pero ya no estabas.
Link sentía que la voluntad de Zelda se iba ablandando, notaba un leve temblor en su voz. Con ella era siempre así, recubría sus emociones con un escudo duro que había que tirar abajo poco a poco.
—Esta mañana oí al grupo de hombres bromear —prosiguió ella —Azu estaba con Meeda y con algunos de los comerciantes del Bazar. Decían que te vieron borracho con Rotver en el oasis.
—Es cierto. Reconozco que el trago se nos fue un poco de las manos. Sé… que no es un comportamiento muy adecuado y te pido perdón por eso. Pensé que no molestaríamos a nadie.
—Azu también dijo que… te vio marchar con una mujer. Que entraste con ella en su tienda. —Llegados a este punto, Zelda apartó la mirada.
—Eso no es del todo cierto.
—¿Dónde has dormido, Link?
—En una tienda que no es la mía, pero deja que te explique-
—No —interrumpió ella —Lo peor es que la culpa es mía.
—¿Q-qué?
Link cada vez estaba más confundido. La hostilidad de Zelda se había ido suavizando para transformarse en una especie de triste auto-reproche.
—Ninguna de las veces que hemos estado juntos intimando hemos terminado lo que habíamos empezado. Entiendo que tú necesites-
—No es así —ahora fue él quien no pudo evitar interrumpirla —No necesito estar con otra, no lo quiero. Te dije que esperaría contigo a estar tranquilos en casa, en Hatelia. Te dije que quiero estar contigo, contigo. ¿Cómo puedes ni siquiera pensar que quiera estar con otra? —cuando terminó de hablar, sintió un enorme nudo apretándole la garganta.
—… no lo sé —dijo ella, con un hilo de voz.
—Maldita sea.
Link tiró de ella para abrazarla y ella se dejó envolver de inmediato, acurrucándose contra él.
—Sólo quiero estar contigo, eres todo lo que quiero —repitió él, contra su pelo.
Ella le besó el hombro desnudo y Link fue más consciente que nunca de que estaban casi piel con piel. Las vestimentas gerudo eran ligeras y apenas cubrían lo mínimo. Notaba cada centímetro de piel caliente de Zelda contactando con la suya, era increíble tenerla así contra su cuerpo.
—Link.
—Mmmm.
—Entonces… ¿qué hacías en la tienda con esa mujer?
"Maldición. Maldito Rotver.", pensó, tragando saliva por enésima vez.
—Pues… te parecerá ridículo, pero lo que quería era… En fin. Era un atuendo de mujer para entrar en la Ciudadela. —Sus mejillas volvieron a arder, por suerte ella no podía verlas —Rotver y yo nos queríamos infiltrar. La mujer gerudo es amiga mía y nos iba a ayudar a vestirnos.
Zelda rio contra su hombro y se apartó un poco de él para poder mirarle.
—Recuerdo que Urbosa te propuso la idea en una ocasión y no cediste lo más mínimo.
—Digamos que… cuando vine al desierto después de perder todos mis recuerdos, ya tuve que ceder.
—Eso no me lo habías contado —le reprochó ella, golpeándole con suavidad en el brazo.
—Es una larga historia…
Ella entrecerró los ojos, escrutándole con la mirada, pero no borraba la sonrisa, la tensión entre ambos se había esfumado del todo y ella volvía a ser la de siempre.
—¿Y qué querías hacer anoche en la Ciudadela?
"Buscarte a ti para pedirte que te cases conmigo porque te quiero, me da igual lo que eso suponga, juntos haríamos que funcionase", pensó. Las palabras se atascaron en su garganta, sin el efecto del alcohol la idea volvía a parecer algo lejano, una utopía, una idea de borrachos.
—Nada… es que Rotver se empeñó en ir.
—Desde que hemos llegado al desierto lo ha estado intentando —admitió ella —¿Volvemos adentro? Riju y Zheline esperan.
—¿Me has perdonado del todo?
—Anda, muévete —rio ella, poniendo los ojos en blanco.
Al caer la tarde todos decidieron relajarse, no habría más discusiones ni reuniones sobre estrategias. Riju había ordenado que cortaran sandías para todo el campamento y las tropas, y muchos se sentaron en la arena que rodeaba el oasis para disfrutar la fruta fresca, típica de la región.
—¿Qué pasará cuando seas reina? —preguntó Cecille a Zelda.
Link estaba sentado junto a ambas, Nesooru se les había unido y también Medda.
—No lo sé. No creo que haya una gran diferencia.
—¿No viviréis en el castillo? —preguntó Nesooru —Una líder y reina debe demostrar su poder, su grandeza. Las gerudo lo entendemos así al menos.
—La reconstrucción del castillo puede llevar años, muchos años —dijo Zelda con aire pensativo —Incluso los cimientos se tambalearon, hay grietas muy profundas dividiendo el terreno. No sé, tal vez durante todo mi reinado no llegue a habitar el castillo. Tampoco querría vivir allí, aislada del pueblo. La Ciudadela también está en ruinas. ¿Quién querría vivir en una fortaleza oscura, alejada de la gente?
—No importa, alteza —intervino Medda —donde vos estéis, estará el corazón del reino. Podemos haceros una casa tres veces mayor en Hatelia si es necesario.
—La casa que tengo ya es demasiado grande para mí —sonrió ella —en casa podrían vivir hasta tres familias sin ningún problema.
—¿Cómo es una ceremonia de coronación? —preguntó Cecille, que seguía con atención todas las explicaciones.
—Bueno… todo lo que sé es a través de los libros. Cuando nací mi padre ya era rey, así que… Es un acto solemne, pero también religioso. Hay que hacer un juramento, es algo parecido de alguna manera a lo que tuvo que vivir Link cuando fue nombrado caballero.
—Link, ¿cómo fue tu ceremonia de nombramiento? —Cecille redirigió la pregunta para seguir aprendiendo más —¿Link?
—Se acerca alguien al Bazar —dijo él, poniéndose en pie.
Llevaba un rato mirando al horizonte, estaba pendiente de la conversación, pero no apartaba la vista de dos puntos difusos que se hacían cada vez más nítidos.
—¿Quién es? —Zelda también se puso en pie y usó la mano como visera para cubrirse del sol.
—Un sheikah estúpido y muy cabezota.
Zelda lo miró elevando una ceja y echó a correr hacia el desierto sin pensarlo dos veces.
—¡Espera! —gritó él, siguiéndola.
Cuando la alcanzó, ella ya estaba enganchada al cuello de Kei, que se debatía entre la sonrisa y una especie de mueca de dolor.
—No sabía que las princesas abrazasen tan fuerte, tenías que haberme advertido de este fenómeno tan singular, Link —dijo Kei, haciendo reír a Zelda.
—¿Cómo… cuándo diablos has decidido venir? —dijo ella. Sonreía y lloraba a la vez, apretando la mano de Kei como queriendo asegurarse de que realmente estaba allí.
—No estarás llorando, alteza…
—¿Esto? Es por el sol y el polvo del desierto, las princesas no desarrollan la capacidad de llorar, no les está permitido —volvió a reír ella, secándose las lágrimas.
—Eres un maldito cabezota —dijo Link, cruzándose de brazos —deberías haber esperado más días, apenas hace tres días que volví yo y no creo que ese corte ridículo que tienes haya mejorado mucho…
—¿Me estás llamando blando? Si crees que todo el mundo es un dormilón que necesita cien años para recuperarse de un rasguño estás equivocado. Los sheikah estamos hechos de otra pasta y no necesitamos que nos llamen "héroe" como a otros para sentirnos mejor —dijo Kei, poniendo los ojos en blanco.
—Sabes que soy mil veces más duro que tú —respondió Link —si me hubieran arañado con una lanza igual que a ti, me habría recuperado diez veces más rápido. Es una pena que no me hicieran una herida al mismo tiempo para poder demostrártelo.
Zelda sonrió y volvió a abrazarse a Kei con fuerza.
—Oye, Link, ayúdame a quitarme "esto" de encima, seguro que tienes experiencia en hacerlo. No sé cómo caminar con una princesa enganchada al cuello, me falta experiencia.
—Creo que la vas a matar de risa, igual así se te cae sola —dijo él, al ver que Zelda no podía parar de reír. Hacía días que no la oía reír de esa manera.
—Teba, perdona, no te hemos dicho nada —dijo Zelda, separándose de Kei al fin. El orni se había mantenido en silencio en un segundo plano.
—No os preocupéis, alteza. Me alegra haber podido traeros a vuestro amigo de vuelta.
—Vayamos al oasis, así podréis descansar y contarnos todo sobre vuestro viaje —propuso Link.
La llegada de Kei al Bazar Sekken causó un gran revuelo entre el grupo de hylianos de Hatelia. Las sombras de duda, el pesar que habían ido arrastrando con los días, se esfumó al tener al miembro extraviado del grupo de vuelta. Incluso el alcalde Reede se mostró más sonriente y menos duro que los días anteriores.
Esa noche se sirvió una cena especial para el grupo de Hatelia, Riju se encargó personalmente de que no faltase nada y de que las hogueras ardieran con fuerza alrededor del oasis. Rotver y Zheline examinaron a Kei a conciencia y le aplicaron ungüentos y medicina sheikah, los cuidados que había recibido por parte de los orni eran buenos, pero a Zheline le preocupaba que Kei pudiese contraer una infección, así que le obligaron a beber distintos tipos de pócimas.
—Link, aún no hemos tenido ocasión de hablar del verdadero motivo por el que hemos venido tan rápido desde el poblado orni —dijo Teba. Link permanecía con el hombro apoyado en una palmera, observando a los demás a cierta distancia.
—Podemos hablar ahora, si quieres.
—Tal vez su alteza real debería estar presente en esta conversación, la situación es bastante grave.
Link fue a buscar a Zelda y los tres se adentraron en su tienda, buscando un poco de intimidad para conversar.
—No sé a qué se debe tanto misterio —protestó ella —si Riju descubre que estamos compartiendo información a sus espaldas lo puede tomar como una ofensa.
—No es mi intención ofender, alteza —dijo Teba —pero pienso que es mejor que lo sepáis vos primero. Después podéis contarlo a vuestros demás aliados.
—Está bien, aunque no me parece lo más correcto —dijo Zelda, cruzándose de brazos.
—Tarek prepara una enorme ofensiva contra vos. Ha convocado a todos sus ejércitos y hace dos días que partieron en marcha contra el desierto de Gerudo. Hemos conseguido esta información a través de uno de nuestros espías en el cañón de Tanagar… no ha sido fácil obtenerla.
—¿Cúantos soldados? —preguntó Link.
—No lo sé con exactitud… pero miles.
—No llegamos a mil lanzas gerudo —dijo Link, en realidad estaba expresando sus pensamientos en voz alta —y habrá que contar con unos doscientos orni. Los goron no llegarán a tiempo… diablos, en sólo dos días es imposible. Habrá que atraerlos hacia la entrada del desierto, el cañón es estrecho y no podrán atacar por los flancos con su superioridad numérica.
—Pero será muy difícil resistir, terminarían abatiéndonos por agotamiento. En campo abierto los orni tenemos ventaja, podríamos atacar desde el aire.
—No hará falta nada de eso porque no habrá ninguna batalla —intervino Zelda —No pienso permitir que haya una carnicería de ese tamaño.
—Zelda, ellos ya están moviendo al ejército. —dijo Link. Había usado un tono un poco condescendiente, pero no podía evitarlo.
—Nunca es tarde para negociar, y lo haré si de esa manera podemos detener esta locura.
—Igual que la última vez que te encarcelaron, ¿no? Así es como pretendes negociar —le reprochó él. —Tarek se reirá en tu cara cuando no le des lo que pide, eso es lo que pasará.
Ella resopló y salió bruscamente de la tienda.
—Zelda, ¡espera! —él se apresuró también tras ella —Teba, disculpa que te deje así.
—No importa. Ve a buscarla.
Link atravesó el campamento. No conseguía verla por ningún sitio. Mirase donde mirase había demasiada gente, pero no veía rastro de Zelda.
—¡Link! —dijo Riju, que topó con él —has estado ausente toda la noche. Oye… ¿te pasa algo?
—¿Has visto a Zelda por algún lado?
—La he visto cruzar hace un momento por aquí, pensaba que iba a la cantina.
—Gracias.
—Link, ¡espera!
Él echó a correr en dirección a la cantina. No tenía que entrar para saber dónde estaba ella, la conocía demasiado bien. Subió por las escaleras exteriores, que daban a una pequeña terraza en la planta superior. Desde allí, una escala de madera asegurada contra la fachada ascendía hasta el mismo techo de la cantina, donde había un mirador. En las tardes calurosas las gerudo subían a los tejados de sus casas para refrescarse y ver la caída del sol, así que casi todas las construcciones permitían ascender hasta el tejado plano, con estructura de terraza.
—Es la segunda vez que me haces salir corriendo detrás de ti —dijo él, recobrando el aliento. Ella estaba sentada sobre el tejado de adobe arenoso, mirando al cielo.
—Has faltado a mi autoridad delante de otro —refunfuñó ella, sin mirarle.
—Yo… no lo había pensado, lo siento —reconoció él. Link sintió de repente como si un puño helado le golpease el estómago. Ella tenía razón. —Sólo pensaba en ti.
—Link, no puedo permitir que muera nadie más por mi culpa. No puedo consentirlo.
—Nada de esto es culpa tuya, y ya es inevitable. Si no actuamos, en menos de dos días tendrás a un ejército bárbaro invadiendo este oasis. ¿Es eso lo que quieres?
—Puedo negociar con él.
—No, no puedes. ¿Qué vas a ofrecerle?
Ella se giró para mirarle por primera vez. Abrió la boca, pero no dijo nada, tan sólo perdió la mirada en sus manos, que estaban apoyadas en el suelo.
—Tenemos que luchar —prosiguió él —si somos inteligentes no tiene por qué haber derramamiento de sangre alguno. Les ofreceré la rendición, les amenazaré con usar las bestias divinas. Tarek no se acobardará… pero no estoy seguro de que su ejército piense igual.
—En ese caso seré yo la que guíe a mi pueblo a la batalla.
—Maldita sea, es la peor idea que he oído en todo el día —dijo él, acompañando las palabras con una risa amarga.
—Me subestimas. Llevas todo el día subestimándome. Te recuerdo que puedo luchar como cualquier otro, y en caso de necesidad extrema, puedo usar el Poder Sagrado —dijo ella.
—No te subestimo —dijo él, alargando la mano para acariciarle la cara —nadie mejor que yo sabe lo fuerte que eres en realidad. Pero no es una buena idea que vayas. Es justo lo que él quiere, poder atraparte otra vez. Y si lo hace, no será tan fácil escapar y no habrá negociación alguna. El reino entero tendrá que inclinarse ante él.
"No tengo ni idea de lo que hará contigo esta vez si te atrapa" pensó él, con amargura.
—Link, no tienes poder en esta decisión. Iré a la guerra —dijo ella, rechazando la mano con la que él le rodeaba la cara. —No es la primera vez que mi espíritu se ve involucrado en una guerra, aunque sí será la primera dentro de este cuerpo.
Zelda se puso en pie dando por zanjada la conversación. Él también se puso en pie. Ardía de rabia, estaba furioso con ella.
—¿Es tu última palabra?
—Sí.
Link la dejó marchar. En cualquier otra circunstancia la habría obedecido a ciegas. Casi siempre la había obedecido a ciegas, más por su devoción hacia ella que por unos votos de caballero que había roto de todas las formas posibles. Pero por primera vez en su vida se sentía en rebeldía. Sentía que tenía que tomar él un rumbo distinto si quería seguir protegiéndola… y si no quería dejar que cayese en manos de Tarek.
Bajó del tejado a toda velocidad y volvió a buscar a Riju. Ella estaba donde la había dejado, en una hoguera junto a Adine, su ayudante.
—Riju, necesito hablar contigo, es urgente.
—¿Pasa algo, Link? No entiendo qué es todo este misterio que tienes con la princesa de Hyrule, me gustaría que fueses más claro con nosotras. —Riju enrojeció un poco y se cruzó de brazos —Os ofrecemos refugio, armas, ejército. Espero un poco de sinceridad.
—Tienes toda la razón —dijo él —y ahora te necesito más que nunca.
—No me gusta ese tono tan serio, ¿de qué va todo esto? —intervino Adine, frunciendo el ceño.
—Esta noche partimos a la guerra.
"La precipitación conduce al caos, Link. ¿Entiendes por qué esos bokoblin han sido derrotados, aunque nos doblaban en número? Porque nosotros teníamos un plan y ellos no."
Las palabras de su padre se repetían en su cabeza. Las había olvidado, eran uno de esos pequeños bocados de memoria que aún seguían apareciendo de vez en cuando.
Había iniciado la guerra, él solo. No había sido fácil conseguir engañar a Zelda y a los sheikah para que no se diesen cuenta de la jugada, tuvo que esperar a que las mujeres se marchasen a dormir a la Ciudadela donde no los verían partir. No le dijeron nada a Kei ni al alcalde Reede, sólo Azu y Medda fueron informados de lo que tenían que hacer y partieron junto a él a la batalla. El ejército gerudo llevaba días acampado en el Bazar Sekken, estaban más que listas para entrar en acción, sólo había que dar la orden y levantar el campamento esa misma noche. De eso se encargó Adine, con gran eficiencia.
—Espero que sepas lo que estás haciendo, shiok —dijo Adine, que cabalgaba en cabeza, a su lado.
—Cuando se den cuenta será tarde, tardarían demasiado en alcanzarnos —respondió él. Apretaba las riendas de cuero con tanta fuerza que casi se hacía daño.
—La princesa de Hyrule se pondrá furiosa, eso tenedlo por seguro. ¡Alto!
Adine levantó el puño, deteniendo a las filas de lanzas gerudo que cabalgaban y caminaban tras ella.
—¿Qué haces?
—Llevamos cabalgando unas doce horas, Link. Mi ejército y los caballos han de llegar frescos a la batalla, ¿estás seguro de que quieres plantarles cara donde hemos hablado?
—Sí. No pienso permitir que lleguen a acercarse al cañón de Gerudo.
Habían dejado atrás la posta de la Llanura, era todo un logro haber llegado tan lejos. Se refugiaron en el bosque Dalite. Link había pensado que era el lugar ideal para ocultar al ejército a la espera de que apareciesen las tropas de Tanagar. El enemigo tenía un camino más largo por delante, tenían que atravesar las tierras de las colinas y las grandes llanuras del Noroeste. Seguramente pensaban descansar donde ahora estaba acampado el ejército gerudo, Link eliminó esa posibilidad anticipándose.
Se sentía hosco y con pocas ganas de conversar, así que dejó a Azu y Medda a cargo de sus cosas mientras él se adentraba en el bosque con el arco, para cazar algo. Nunca se había opuesto de esa manera a una decisión de Zelda y eso hacía que el estómago se encogiese cada vez que pensaba que la había dejado atrás sin decir nada, sin avisar y en mitad de la noche. Abatió un par de aves que levantaron el vuelo entre las copas de los árboles y regresó al campamento. Cuando llegó, las hogueras humeaban entre la hojarasca del bosque.
—Link, ¿crees que es buena idea encender un fuego? Los espías de Tanagar podrían verlo —dijo Azu.
—Y lo verán, pero eso ya no importa. Cuando estén a los pies de esa montaña de ahí sabrán que estamos aquí y tendremos que enfrentarnos en medio de la llanura.
—"Esa montaña de ahí" —rio Medda —¿no conoces el Monte Satoly? Es casi tan famoso como el Monte Lanayru. Dicen que hay un poderoso espíritu de luz habitando ese monte, pero es casi imposible verlo…
Link levantó la vista hacia el monte y un relámpago cruzó el cielo nocturno, dibujando una enorme cicatriz de luz sobre la negrura que cubría sus cabezas. Las gotas de lluvia no tardaron en empezar a repiquetear contra el techo de hojas del bosque. El olor a tierra mojada lo invadió todo y la noche se volvió mucho más fría.
—Ya no sirve de nada intentar mantener el fuego encendido —refunfuñó Azu, y se metió dentro de la tienda.
No habían montado realmente las tiendas, pero sí habían extendido las lonas exteriores entre los árboles para poder refugiarse. Las gerudo se impacientaron, no estaban acostumbradas a la lluvia, se las oía ir de un lado a otro del campamento. Link se arrebujó en su capa, con la espada maestra entre las piernas y la espalda apoyada contra el tronco de un árbol. Tenía la vista fija en el horizonte, fuera del bosque. Se veían los relámpagos dibujando el contorno de la llanura de Nima. Sabía que el peligro aparecería por ahí, justo donde tenía fija la mirada.
Adine se puso en pie y se movió hacia los límites del bosque y Link decidió seguirla. La espía de avanzadilla que habían enviado llegó empapada por la lluvia y sin apenas aliento.
—Se han adelantado, señora. Ya están cruzando el río Celeste —anunció.
Adine y Link intercambiaron miradas y se pusieron manos a la obra. Ordenaron a todo el mundo que se preparase para la batalla. Las lanzas se elevaron entre los árboles y las capitanas de grupo empezaron a dar instrucciones a las tropas. Link se puso una fina cota de malla que había traído consigo. Hacía un frío infernal y el contacto de la piel con aquel entramado metálico no era agradable. Hizo algunos estiramientos para desentumecerse, desenvainando la espada para calentar y asegurarse que deslizaba bien de su funda.
—Oídme bien —dijo Adine —esas ratas no tardarán en estar a la vista. Han avanzado mucho más rápido de lo previsto y tendremos que contener su frente hasta que los orni lleguen, cerrándolos por detrás. Será duro, la ayuda pude tardar. ¿Estáis listas?
—¡Sí! —gritó todo el ejército gerudo al unísono.
—¡No os oigo!
—¡Sí, señora!
—¡Por Hylia, por las Arenas de Naboris! —gritó Adine, obteniendo el mismo grito de guerra como respuesta.
Link se subió al caballo y trotó junto a Adine en cabeza. En la lejanía, como una sombra cada vez más cercana, se veían ya las puntas de las lanzas y los estandartes de Tanagar. El suelo empezó a temblar con las pisadas de hombres y caballos.
—Déjame negociar —dijo Link a Adine —tal vez así ganemos tiempo y evitemos la confrontación.
—Está bien, shiok. Pero dudo mucho que en medio de la noche y de esta tormenta consigas cruzar dos palabras con esos bárbaros. A la más mínima sombra de duda darás la vuelta si no quieres que tus orejas picudas pasen a mejor vida.
El agua comenzó a caer con más fuerza y se oía su repiqueteo sobre las cubiertas metálicas de los escudos y hombreras gerudo. Al fin se veía al frente de Tanagar, en el otro extremo de la llanura, como un muro de oscuridad que avanzaba sobre ellos. Link hostigó al caballo para adelantarse. Iba varios metros por delante de Adine y del frente de mujeres a caballo con lanzas que habían puesto en primera línea de defensa. Ató un pañuelo blanco en la punta de una flecha y la elevó al aire, para mostrar su intención de parlamentar. No veía bien quién iba en el frente opuesto, había demasiada oscuridad al ser noche cerrada y llover de esa manera. Una figura negra, un hombre a caballo con armadura se adelantó también con una mano al cielo. Cada vez estaba más cerca, ya podía ver el símbolo de Tanagar en algunos de los estandartes que portaban los soldados que tenía delante. De repente, el hombre que iba en cabeza bajó la mano y una lluvia de flechas salió disparada, rasgando el viento en mitad de la tormenta.
—¡No! —chilló Link.
Tuvo que hacer girar su montura con violencia. "¿A quién demonios se le ocurre atacar en plena noche?". Pensó, apretando los dientes. Tarek no tenía ninguna moral. Sentía caer las flechas muy cerca, algunas impactaron en su escudo, que llevaba a la espalda. Aquel silbido de terror, como si perteneciese a un animal, se repitió varias veces, la lluvia de flechas era interminable. En su huida hacia el frente gerudo, el caballo relinchó con fuerza y se encabritó, levantándose sobre las patas traseras. Link trató de calmarlo tirando de las riendas, pero se le escurrieron de las manos, llovía demasiado. Cayó con violencia al suelo. "Le han dado" fue lo que su mente alcanzó a comprender. Intentó ponerse en pie, pero un dolor denso se apoderó del lado derecho de su cabeza. Había impactado con el suelo y se sentía mareado. Se llevó los dedos al centro del dolor y cuando se los miró vio que estaban rojos, no era agua lo único que se escurría por su cabeza. Hizo el esfuerzo de ponerse en pie, los caballos de Tanagar estaban casi encima de él y sin embargo sus aliados no llegaban, estaban lejos aún.
—¡Adine! ¡Ayuda! —gritó, desgarrándose la garganta.
Desenvainó, pero una debilidad invadió sus piernas, haciéndole tambalearse. "No" pensó, antes de sentir que se desvanecía del todo.
No sabía cuánto rato llevaba inconsciente. Podría ser un minuto, o una hora. Había dos cuerpos al lado suyo, hombres con el gesto contraído por la muerte. Se arrastró por el barro que ya lo cubría todo y comprobó que conservaba el escudo y la Espada Maestra. Como si fuese recuperando el oído poco a poco, se dio cuenta de que estaba casi en el centro donde se estaban enfrentando los dos ejércitos. El sonido metálico de las armas chocando, los gritos de terror, todo eso se mezclaba con los relámpagos que aún seguían cayendo sobre sus cabezas.
Apenas logró ponerse en pie cuando oyó el grito de un hombre, que se abalanzaba sobre él como una sombra. Tuvo la agilidad suficiente para desenvainar y chocar su acero con el del hacha que estuvo a punto de caer sobre su cabeza. Dio una patada en el pecho al hombre y lo hizo retroceder. Sufrió un nuevo embate del hacha que volvió a rechazar. Golpeó al hombre con el puño en la cara, y éste cayó de espaldas. De inmediato se vio atacado por otro, que saltó sobre él con la espada en alto. Lo rechazó con el escudo y lo golpeó en la cabeza con el pomo de la Espada, arrancándole un alarido de dolor.
El hombre del hacha había vuelto a ponerse en pie y se acercaba a él con la barba embarrada y los ojos inyectados en adrenalina. Link lo evitó un par de veces y a la tercera ya tenía a sus dos enemigos en contra, pues el otro soldado también se había recuperado del golpe. "No queda más remedio" pensó para sí mismo. Con un movimiento horizontal pegó un tajo en el hombre del hacha, que dejó caer el arma de inmediato. Al otro lo atravesó por el costado. Era aterrador sentir la facilidad con la que su arma se hundía en la carne humana.
Muchos más hombres fueron cayendo contra él, y él se fue librando de ellos con la facilidad de un autómata que ha entrenado millones de veces. Pero la batalla distaba de ser un entrenamiento. Olía a sangre y a terror, y los ataques venían de cualquier forma, por la espalda, a mordiscos si hacía falta, no existían ningunas reglas en aquella carnicería. Link estaba más que acostumbrado a luchar con monstruos, con criaturas nacidas de la oscuridad, pero era muy desconcertante sentir que estaba aniquilando a una montaña de hylianos.
Después de un rato sintió que comenzaba a perder el juicio, ya mataba sin dejar ni una opción al adversario. La cicatriz que le cruzaba el pecho comenzó a arder, recordándole que dentro de él habitaba una oscuridad que podía llegar a desbordarse. Levantó la vista por encima del fragor de la batalla. Muchas mujeres habían caído atravesadas por el acero de aquella tropa de bandidos, pero parecían defenderse mejor, estaban ganando terreno. "Tengo que ponerle fin a esto" pensó Link, y la única forma era tratando de eliminar a su líder.
Como pudo se fue escabullendo en medio de las filas de guerreros de Tanagar. Su frente estaba roto por la lucha y eso le permitió avanzar entre las sombras, envuelto en la tormenta. Cada paso que daba hacía que el golpe de la cabeza le doliese como si un martillo lo estuviera machacando, pero encontró el equilibrio suficiente para moverse y esquivar enemigos. De repente, se le ocurrió que un buen sitio para controlar la batalla sería el Parque Sanidin. Recordaba muy bien ese lugar, había estado allí unas cuantas veces, pero con una mejor compañía y en otras circunstancias. Era una elevación en medio de la llanura, un lugar para subir a caballo y tener una vista privilegiada de los alrededores.
Cuando se encaramó a lo alto de la colina donde estaba el Parque Sanidin, vio a dos hombres a caballo, observando la batalla desde la altura, tal y como él había previsto.
—¡Tan valiente como imaginaba! —gritó Link. Los dos hombres se volvieron, alarmados al sentirse descubiertos.
—¡Vaya! No esperaba que una alimaña como tú llegase tan lejos —dijo Tarek.
—Podrías luchar junto a tus hombres en lugar de estar aquí escondido como un cobarde —gruñó Link.
—¿Dónde está su alteza real la princesa de Hyrule? Esperaba verla en medio del fragor de la batalla, de blanco, como una diosa…
—No es asunto tuyo —apretó los puños con tanta fuerza que casi se hizo daño.
—Está bien, no perdamos más el tiempo. Baddek, elimínalo.
Link debía haberlo imaginado, el otro hombre era el jefe de su guardia, aquel barbudo seboso que había conocido en la taberna de Meena. Baddek bajó del caballo chapoteando en los charcos, como la enorme mole que era.
Mientras Baddek se reía y desenvainaba un largo mandoble, Link pensó en darle la oportunidad de rendirse, de huir. Pero recordó su comportamiento sucio, emborrachándose y abusando de mujeres y de gente indefensa, y la marca de su pecho ardió como el fuego.
—Ha llegado tu hora, estos juegos son demasiado para ti… —gruñó Baddek.
Elevó el mandoble por encima de su cabeza y lo descargó contra Link. Él se hizo a un lado con agilidad mientras veía cómo las losas del suelo donde cayó la hoja se hacían añicos. Baddek soltó un manotazo que le pilló desprevenido, golpeándole en la cara con violencia. Link se echó atrás mareado, la herida de la cabeza volvía a dolerle y ahora la sangre brotaba de su nariz sin control, había bajado la guardia.
—Majestad, esto es más fácil de lo que pensaba, es como aplastar un insecto —se burló Baddek, soltando otra risotada.
Link aprovechó para lanzar un golpe contra él, que se cubrió con el mandoble. El acero vibró por la violencia del choque. Pero su acero era más fuerte, mucho más, lo sentía refulgir con energía entre sus manos. Ese acero había atravesado la más profunda oscuridad y el mandoble de un bandido no tenía nada que hacer contra eso.
Link elevó el codo y golpeó con fuerza la barbilla de Baddek, que casi perdió el equilibrio, retrocediendo. Miró a Link con desconfianza, sorprendido al ver la dureza de sus golpes. Intercambiaron algunos más, pero aquel gigante empezaba a agotarse. Link era mucho más rápido y Baddek, a pesar de ser mucho más corpulento, ya respiraba como un cerdo medio ahogado. Link volvió a golpearle la cara, esta vez con el puño. Baddek se tambaleó, aturdido. Elevó el espadón una vez más, pero fue tan lento que Link, con un tajo vertical seccionó una de sus manos por la muñeca. La espada Maestra cortaba a los hombres como la mantequilla. Baddek dio un alarido de dolor y cayó al suelo de rodillas.
—Piedad… —suplicó a Link.
Él lo miraba pensando en que merecía ser castigado, sí, debería hundir la espada en su cuello y terminar con aquel desgraciado.
—Piedad, mi señor, os juro que me largaré y no volveré a-
—¡Levántate, idiota! —gritó Tarek —acaba lo que has empezado o seré yo el que termine contigo.
Baddek empezó a sollozar, sosteniéndose el brazo por el lugar por donde su mano había sido amputada, tratando de frenar la sangre, que manaba a borbotones. Era increíble ver a un gigante de su envergadura llorar de esa manera. Tarek desmontó y agarró una lanza.
—¡No, espera! —exclamó Link.
Tarek hundió la lanza en la espalda de Baddek, atravesándole el corazón por la espalda. Un relámpago cayó, mezclándose con el último aliento de Baddek. Murió con los ojos abiertos, soltando bocanadas de sangre.
—Era un borracho, se pasaba la mitad de sus guardias dormido —dijo Tarek, sacando la lanza del cuerpo de Baddek y arrojándola a un lado con desprecio.
La lluvia seguía cayendo sin parar sobre sus cabezas y el fragor de la batalla se oía a lo lejos. Las gerudo seguían aguantando, pero Link quería que todo acabase antes de que hubiera demasiadas bajas… ya había demasiadas bajas.
—¿Qué vas a hacer, Maestro Link? ¿Vas a atacarme con tu espada mágica? Eso sin duda te convertiría en un héroe… atacar sabiendo que posees ventaja… —masculló Tarek.
—Di a tus tropas que se retiren y no habrá necesidad de eso.
—Jamás. Si me retiro, no habrá paz en Hyrule… y no queremos eso, ¿verdad Maestro Link?
—No sé qué entiendes tú por paz.
Tarek se desabrochó el cinturón donde colgaba su espada. También tiró una daga al suelo y se quitó la capa. Link abrió mucho los ojos al darse cuenta de que llevaba puesta la túnica azul de elegido, él ya la había dado por perdida y aquel usurpador la llevaba puesta. Se le revolvió el estómago y sintió deseos de escupirle a la cara.
—Estoy sin armas, ¿ves? ¿Crees que podrías soltar tu arma mágica y luchar cuerpo a cuerpo, como un hombre? ¿O tienes miedo?
Link apretó los puños. También se deshizo de la capa y soltó la Espada Maestra. "No te abandonaré" le murmuró, antes de dejarla a un lado, a los pies de la enorme estatua con la figura de un caballo que coronaba el Parque Sanidin. También se sacó el puñal de la bota, el arma secreta que siempre le acompañaba.
—Bien, ha llegado nuestra hora, Link.
Tarek lanzó un primer golpe con el puño que Link esquivó. Repitió el mismo movimiento varias veces y él consiguió evitarlo todas, mientras se movían en círculo por la enorme plaza de piedra alrededor de la estatua.
—Sigue retrocediendo y malgastando los minutos. Tus mujeres están a punto de caer —murmuró Tarek, provocándole.
Link respondió lanzando un puñetazo descontrolado, era lo que Tarek perseguía, así que aprovechó para hundir la rodilla en su estómago. Link se doblaba de dolor, el golpe lo dejó sin aire. Tarek aprovechó su debilidad para arrojar el puño contra su cara, tirándolo al suelo de un golpe.
—Eres más débil de lo que pensaba, una vez mueras tan sólo tendré que ir a por la princesa de Hyrule y terminar lo que ella y yo habíamos empezado en mi castillo. Ella es más fácil de lo que aparenta, como ya sabrás…
Link se puso a gatas, escupiendo una bocanada de sangre. Estaba muerto de cansancio, pero la cicatriz de su pecho era puro fuego y la ira empezó a cegarle. Se levantó dando un grito y golpeó la cara de Tarek con todas sus fuerzas, que cayó de espaldas golpeándose la cabeza contra las losas de piedra del suelo. Tarek intentó reaccionar, pero el golpe fue demasiado duro y no conseguía incorporarse. Link estaba fuera de sí. Lo agarró de la camisa y lo puso en pie. Tarek se tambaleaba, lanzó un puñetazo torpe y Link respondió con otro, tan salvaje como el primero, que le volvió a hacer caer.
—¡Vamos, ponte en pie! ¡Vamos! —chilló Link. Tarek se reía desde el suelo.
De nuevo Link lo levantó para volver a tirarlo al suelo de un golpe. Repitió al menos tres veces aquel movimiento, el puño parecía que le iba a estallar con cada golpe y la cara de Tarek empezaba a estar en carne viva. La sangre brotaba de nariz, ojos y boca, era difícil reconocer aquel rostro hinchado por los golpes.
—Seré el rey de Hyrule… —murmuró Tarek desde el suelo, escupiendo bocanadas de sangre —aunque tenga que quemarlo hasta las cenizas… aunque tenga que cortarle el cuello a ella, nada me gustaría más…
Link se sentó sobre él, cada rodilla a un lado de su cuerpo, y elevó el puño para golpearle, pero Tarek sacó un puñal que tenía oculto y como pudo lo clavó en su pierna. Link se echó atrás, gritando de dolor y Tarek lo agarró por la pechera para tirarlo y hacerle rodar por el suelo. Ambos rodaron colina abajo, cayendo por uno de los bordes de la plaza circular. Link sentía cómo dolían todas sus heridas contra el suelo, cómo le crujían las costillas, pero aquel bastardo no se soltaba. Cuando se detuvieron, Link se volvió a sentar sobre él y empezó a golpearle con furia, una y otra vez, sin dejarle opción para reaccionar. Al principio Tarek se reía y trataba de zafarse de él, pero después abrió los brazos en cruz y dejó de moverse. El puño de Link se tiñó de sangre y sólo se oía el lúgubre sonido de la carne machacada cada vez que él descargaba un golpe.
Fue el chillido de un halcón el que le hizo volver en sí. Se dio cuenta de que estaba casi sin aliento, golpeaba sin respirar. Se detuvo, resoplando los restos de ira por boca y nariz. Elevó la vista al cielo y vio una hilera de orni volando en formación, que cayeron en picado sobre la llanura de Nima. Salió corriendo para subir de nuevo a la plaza del Parque Sanidin. Los orni se precipitaron en tropel sobre el campo de batalla, como una lluvia de acero y alas. El ejército de Tanagar parecía desorientado y comenzó a dispersarse. Los hombres soltaban las armas atemorizados ante el terror que caía desde el cielo. Algunos corrieron hacia el río Celeste en retirada, otros se escondieron en los bosques.
Habían ganado, habían derrotado a Tanagar.
Link miró al cielo y vio las gotas caer como perlas trasparentes desde la negrura. Abrió la boca y bebió agua de lluvia, dejó que las gotas cayeran sobre su frente y que llenasen su garganta.
Después fue a buscar a Tarek. Aún yacía boca arriba. No sabía si lo había matado. Lo había golpeado hasta la saciedad sin pensar, sin llegar a saber lo que estaba haciendo. Se acercó a él y vio que aún respiraba, aunque apenas podía notar su aliento. Se quitó la camisa y la cota de malla, arrojándolos a un lado. Después arrebató la túnica azul a Tarek. Se puso la túnica, su túnica, estaba sucia, llena de barro y sangre. Subió hasta la estatua del caballo y se echó la Espada Maestra al hombro.
—Todo ha terminado —le dijo.
La Espada no respondió. De todos modos, nunca lo había hecho.
Notas del capítulo 18
Hola amigos! Espero que sigáis ahí! xD
Sobre este capítulo tengo que comentar que me ha costado la vida escribir las escenas de guerra. Nunca antes había escrito algo parecido, al menos no de estas dimensiones, espero que haya resultado convincente y si no… bueno, después de leer trescientos mil blogs de escritura creativa sobre escenas bélicas… ahí queda eso xD
Hay un pequeño cutre-homenaje patrocinado por mí en este capítulo. Y el homenajeado es… Ganondorf de Ocarina of Time
Cuando Link entra en la sala del órgano en la torre de Ganon, Ganondorf le suelta el típico rollo de tío malote en plan "blablabla, eres un mocoso, blablabla, te voy a quitar la Trifuerza, blablabla". Pero dice una frase exacta que (no sé por qué) se me quedó grabada: "These toys are too much for you". Yo siempre he jugado Ocarina en inglés, y mi cutre-traducción-homenaje es la frase de Baddek: "Estos juegos son demasiado para ti". No tenía sentido usar la palabra "juguetes" ya que no estaban hablando de la Trifuerza pero… eso. Que viene de ahí la frase xD PD: Ganondorf, te quiero y echo de menos tus patillas pelirrojas xD
Espero no haber sobrepasado el rating "T" con la sangre y miembros amputados… podría haber sido el triple de gore de lo que he sido tanto en violencia como en lenguaje, si lo he suavizado todo adrede ha sido por el rating de edad.
Gracias por seguir la historia y por los nuevos follows que he recibido estos días, cada uno de ellos cuenta para mí como un tesoro ;)
Un abrazo!… la semana que viene veremos qué opina la princesa de Hyrule de todo este despropósito, jajaja!
