Capítulo 20 - La noche de los caídos
Zelda despertó temprano. Había claridad, pero los rayos de sol aún no habían sobrepasado la cara este del cañón de gerudo. Los ojos le escocían de sueño y se los frotó un par de veces antes de abrirlos de verdad y hacer el intento de incorporarse.
—¿Link?
Él estaba envuelto en una de las mantas hasta la cabeza, sentado con la espalda apoyada contra una tina de agua. Zelda estiró los brazos y se arrastró de rodillas hasta donde estaba él.
—¿Has descansado algo? No es normal que madrugues tanto, te has levantado antes que yo.
Link no reaccionó a su broma. En lugar de eso se encogió de hombros y ella lo observó unos segundos con el ceño fruncido, como si de esa manera fuera capaz de adivinar lo que podía estar pensando.
—¿Estás mejor esta mañana o no?
—Tengo hambre —murmuró él, con la voz un poco ronca.
—¿En serio? ¡Eso es genial! —soltó una carcajada y Link también sonrió. —A ver, dime qué quieres comer. Iré a buscar tu desayuno y después miraré tu herida de la pierna otra vez.
—No hace falta…
—¿Cómo que no? No siempre te voy a traer el desayuno así que si fuera tú, me aprovecharía del momento. ¿Qué te apetece comer?
—No sé… lo que haya. ¿Fruta?
—Te traeré fruta y algo templado, te vendrá bien.
Le revolvió el pelo de la frente y después se la besó. Zelda iba a incorporarse cuando él la sostuvo un momento, sujetándola por la muñeca.
—No te separarás de mí hoy, ¿verdad? —preguntó él, sus ojos azules tan brillantes y tan necesitados como la noche anterior. Zelda sintió que el corazón le volvía a dar un vuelco.
—¿Por qué dices eso?
—Tendrás cosas que hacer y organizar, todos te van a reclamar. Estarás de un lado a otro —dijo él, desviando un poco la mirada.
—Si tú me necesitas estaré a tu lado todo el tiempo, no me separaré de ti.
Él relajó la expresión y soltó su muñeca, dándose por satisfecho.
—…Salvo para ir a buscar tu desayuno —prosiguió ella, consiguiendo sacar una segunda sonrisa a Link.
El campamento apenas estaba empezando a recuperar la actividad. Habría que seguir trabajando con dureza, había que seguir tratando a los heridos. Zelda decidió ir a buscar a los sheikah para averiguar cómo iban a organizarse ese día. Encontró a Kei en la puerta de la cantina, con los brazos cruzados y la vista perdida en la nada.
—Todo esto de la guerra ha sido un desastre —dijo él, al verla llegar.
—Pero ya ha terminado. Es lo único que importa.
—¿Cómo está Link?
—Está bien —dijo ella, frunciendo el ceño.
—¿Está herido?
—Sí, pero se pondrá bien. Nada que ver con lo que tú tienes en el costado, deberías hacértelo mirar de nuevo, no lo olvides. ¿Están Zheline y Rotver aquí?
—Sí, pero… Zelda. No deberías entrar.
—¿Por qué?
—Ha despertado. No, espera, Zel-
Con los puños apretados entró en la cantina, ignorando las advertencias de Kei. El interior aún se iluminaba con lámparas de aceite, era tan temprano que no había suficiente luz natural. En el centro de la sala más grande, donde solían tener las reuniones de estrategia, estaba la jaula. Como un animal asustado, Tarek gemía y se lamentaba en una de las esquinas, contra los barrotes de madera.
Zelda rodeó la jaula y se puso frente a él, para que pudiera verla bien. Tarek levantó la cabeza, y parecía que abría los ojos ante ella, aunque tenía los párpados tan hinchados que costaba decir si los tenía abiertos o cerrados.
—Buenos días, Zelda Bosphoramus. —murmuró, con su habitual tono arrogante. Pero no, no sonaba igual que siempre. Su voz parecía un poco ronca, como si también se hubiese roto.
—Espero que hayas aprendido la lección. Que hayas aprendido cuál es tu sitio.
—¿Lo dices por esto? Esto no son más que lances de batalla. He tenido mala suerte, es todo…
—Yo no llamaría mala suerte a lo que te ha pasado. Y lo peor de todo es que podríamos haberlo evitado si te hubieras dignado a negociar. Ahora te verás abocado a un juicio y una condena… y te garantizo que no será fácil.
—Os ofrecí un trato y lo rechazasteis, princesa. Lo rechazasteis una y otra y otra vez. Era sencillo, un "sí" vuestro y ninguna de esas mujeres habría muerto destripada en la llanura.
—Maldito bastardo —dijo ella, acercándose a los barrotes para golpearlos. Tarek sacó fuerzas para soltar una carcajada.
—¡No, alteza! —Rotver salió de algún lugar de la cantina y Kei también entró para intervenir, tirando de ella para alejarla de la jaula.
—Link debió matarte —dijo ella, cada una de las palabras quemando en su boca mientras las pronunciaba.
—Ese animal casi lo consigue, no creáis que no. Es un salvaje, deberíais andar con cuidado —respondió Tarek.
—Es suficiente, alteza. No merece la pena —se interpuso Rotver, al ver que ella pretendía volver a golpear la jaula —Como vos misma habéis dicho, ha de someterse al juicio de ancianos y sabios de las cuatro grandes regiones. No gastéis vuestra energía con él.
Zelda cedió y se alejó de la jaula, pasando a una habitación contigua junto a los sheikah. Mientras se alejaba vio cómo Tarek volvía a encogerse como un ovillo en una de las esquinas de su cárcel. Parecía fuerte de palabra, pero sus gestos respiraban derrota por los cuatro costados, habían herido a Tarek en lo más profundo de su ser.
Aceptó un té que le ofreció Zheline y pidió que preparase un poco más para llevárselo a Link, junto con una cesta con frutas.
—No recuerdo haber estado en ningún juicio de las cuatro grandes regiones hace cien años —dijo ella, tomando un sorbo del té.
—Yo reconozco que sólo viví uno, pero desde luego no participé, era apenas un crío y sólo estuve siguiendo el trascurso de los hechos porque mi padre sí participó en todo eso —relató Rotver —El juicio se celebró tras una rebelión que vuestro padre apagó antes incluso de que vos nacierais. Vos nacisteis en una época de paz y prosperidad… hasta que ocurrió lo de Ganon. No hubo necesidad de realizar un juicio de esa magnitud en vuestra época.
—¿Qué pasó con los culpables de la rebelión de mi padre?
—Algunos fueron encarcelados de por vida, otros ahorcados y… bueno, no es necesario hablar de cosas desagradables, alteza.
—Otros ahorcados, ¿y? —Zelda no podía borrar la mueca de repulsión de su cara, le parecía inconcebible que hylianos hubieran muerto ejecutados. Pero necesitaba saberlo todo.
—El líder de los rebeldes fue condenado a La Justicia de Din.
—¿Qué es eso? —preguntó Kei, anticipándose a Zelda.
—Es… es un método de ejecución —dijo Rotver, alzando una ceja —Consiste en colgar por los pies al condenado y una enorme y afilada cuchilla llamada la justicia de Din cae sobre-
—Es suficiente —interrumpió Zelda —No sabía que hubiera un instrumento tan horrible en el reino. Y mucho menos que llevase el nombre de una de las tres Diosas, no creo que una deidad desease poner su nombre a algo tan terrible.
—A veces estos castigos son necesarios, alteza, para que todos aprendan la lección —razonó Rotver.
—Tiene que haber otra manera de enseñar a los hylianos cómo respetar la ley —intervino ella —tiene que haberla.
Zelda pasó toda la mañana junto a Link, tal y como le había prometido. Se desentendió de las reuniones con Riju, delegando su presencia en Kei o en el alcalde Reede. Él seguía sin hablar demasiado y no quiso forzarle a que dijese nada. En realidad no necesitaba que dijese nada, era más que visible la sombra de culpabilidad que lo atormentaba como para que ella insistiese en torturarle con preguntas. Link hablaría cuando estuviese preparado para hacerlo, como siempre había hecho desde que lo conocía.
El único problema era ella misma. Estaba inquieta, se podía decir que ansiosa. Si pudiera borrar a todo el campamento entero y quedarse a solas con Link lo haría. Los dos solos, sin palabras, sin tiempo.
Pensó en su acogedora casa en Hatelia y deseó estar de vuelta cuanto antes. Volvería a hornear pan, llenando toda la casa con su agradable olor y también volvería dar clases en la escuela. Y cuando regresase a casa… ya nunca más la encontraría vacía, Link estaría allí. Ansiaba la vida pacífica y tranquila… y ansiaba a Link. No había otra forma de definirlo, decir que deseaba consolarlo de mil maneras era quedarse corta o mentirse a sí misma. Ansiaba su boca, su cuello y sobre todo ansiaba sentir que él la tocaba con sus manos callosas, por todas partes, sin dejarse ni un solo rincón. La necesidad de estar con ella que Link había demostrado en las últimas horas no hacía más que agigantar todos sus deseos, era casi como una droga, era imposible no caer de rodillas ante la exigencia de aquellos lagos azules que la buscaban en medio de tanta tristeza.
En esos momentos se hallaban sentados a la mesa, apurando los restos de la comida. Después del trabajo de la mañana, la comida se había alargado hasta la tarde. Riju preparó una mesa en una de las salas de la cantina desde donde, por suerte, no podían ver ni oír a Tarek. Ella terminaba su plato con una sola mano, porque desde que se sentaron Link atrapó la otra bajo la mesa y no la soltó ni un instante.
—¿Una pira? —preguntó Zheline.
—Era lo mejor. No había manera de desplazar tantos cuerpos. Y… aunque suene duro lo que voy a decir, incluso inapropiado, los cadáveres suelen traer consigo enfermedades si no se entierran o queman a tiempo —dijo Adine.
—¿Medda también fue quemado? —preguntó Reede a Link, sin terminar de creerlo.
Él se encogió un poco, con incomodidad. Zelda le apretó la mano bajo la mesa para animarlo a responder.
—Rescaté algunos objetos personales, para poder rendirle homenaje —se justificó Link —su cinturón… y su flauta. Incluso llevó la flauta a la batalla, la música estuvo con él hasta el final.
—Me parece muy bien lo que hiciste, Link —intervino Zelda —no necesitamos sus cuerpos para recordarles o rendir homenaje a sus espíritus. Esos objetos pueden representarlos. Además, sus almas siempre vivirán en nuestros corazones y eso es lo único que importa.
—Bien dicho, alteza —reafirmó Rotver —Dicho lo cual, sería conveniente celebrar un funeral por los caídos en la batalla. De esa forma, sus espíritus podrán alejarse de la tierra de Hyrule en paz.
—Yo también rescaté objetos de mis guerreras —añadió Adine —La idea de Link me pareció muy buena y decidí imitarle. Tengo las hebillas de los cinturones de todas las heroínas caídas en el campo de batalla. Podemos enterrarlos en el templo de las Siete Madres y celebrar el funeral.
—Es muy buena idea. Que así sea —sentenció Riju —Mis mujeres han luchado con fiereza, dando lo mejor de sí mismas por defender nuestra hermosa tierra. Merecen ser homenajeadas y recordadas por siempre, esta hazaña no ha de caer en el olvido.
—No estoy de acuerdo en todo lo que dices… o… no sé si llamar a esto "hazaña" —dijo Zelda —Es cierto que son heroínas y que esta victoria era más que necesaria, pero… todos hemos perdido mucho con la batalla de la llanura de Nima. Aun así, veo bien que celebremos un funeral.
—Entonces lo prepararemos y será esta tarde, al caer el sol —dijo Riju —daré órdenes ahora mismo.
—¿No deberíamos esperar a los representantes zora y los goron que están de camino? —preguntó Zelda.
—Mandamos las cartas ayer —intervino Riju —Tardarán días en llegar. No debemos esperar tanto. Además, los zora se quedarán en el río Celeste y sus alrededores, no llegarán hasta el desierto.
—Bien, en ese caso no tengo nada que objetar —dijo ella —pongámonos manos a la obra.
Riju dio órdenes a sus asistentes para que avisaran a todo el campamento y a las mujeres de la Ciudadela sobre la ceremonia del funeral. Los sheikah decidieron retirarse a meditar. Al pertenecer al pueblo de las sombras, los sheikah sentían una responsabilidad especial cuando se celebraba un funeral, era primordial que el mundo de los espíritus aflorase y que el Vigilante mostrase el camino al Reino Sagrado que debían seguir las almas.
—Ha llegado el momento de que nos separemos, al menos por un rato —dijo Link, que caminaba junto a Zelda en dirección a su tienda —Necesito prepararme para esto. Y tú también.
—Lo sé, pero puedo venir a buscarte en cuanto vuelva de rezar, tengo que hacerlo antes del funeral.
—No hace falta, ya me siento mucho mejor —dijo él, extendiendo la mano para atrapar la suya. —Gracias por estar a mi lado.
—No tienes que darme las gracias por eso, Link. Sabes que yo… sabes que eres lo primero para mí.
Él sonrió y le apretó la mano. Zelda se aproximó, estaba a la distancia necesaria para poder besarle, pero él giró la cara a un lado, evitando el ofrecimiento que ella le hacía de manera implícita.
—Me gustaría que me hicieras un último favor, es el último que te pido hoy —dijo Link.
—Dime —murmuró ella con un hilo de voz, aún no había descartado del todo un beso suyo.
—¿Podrías llevarte la Espada Maestra a tus oraciones?
—¿Qué? ¿Por qué me pides eso?
—Por favor, llévatela. Después puedes devolvérmela, durante el funeral o más tarde.
—¿Ha pasado algo? ¿Hay algo que no está bien?
—No, tú sólo… llévatela.
Zelda había meditado en el manantial de la Ciudadela llevando la Espada consigo. No había pasado nada extraordinario, ni había vuelto a oír la voz del espíritu que la habita, pero tampoco percibió que algo no estuviera bien. El arma parecía templada y dispuesta para seguir siendo usada por su amo sin ningún problema. Tampoco la Diosa le había advertido de nada extraño a través de sus visiones, así que llegó a la conclusión de que el problema debía estar solo dentro de la cabeza de Link.
Al regresar a sus aposentos encontró un vestido gerudo, de gasa negra, sobre su cama. Riju debió ordenar que se lo preparasen. Cuando se abrochó la falda a la cintura Zelda se dio cuenta de que nunca se había vestido con ese color. No le habían faltado motivos para hacerlo, pero el Cataclismo ocurrió tan rápido que no hubo tiempo de honrar a los caídos de ninguna manera. De algún modo, aquel funeral también le serviría para rezar por todos aquellos que habían perecido años atrás, por el Cataclismo o sus consecuencias. Se puso el corpiño, que dejaba casi todo el torso desde el pecho hasta las caderas al aire, al estilo gerudo, y en esa ocasión, decidió colocarse también un velo sobre la cara. Todo el conjunto era negro, y aunque el tejido era vaporoso y la gasa hacía que se transparentase un poco, cuando se vio en el espejo no pudo evitar sentir un escalofrío. En las muñecas llevaba sus brazaletes de meditación, aquello junto con el cinturón dorado de su falda era lo único que aportaba algo de luz a su atuendo.
Riju también apareció vestida de negro, con un conjunto muy similar al suyo y el rostro cubierto por un velo. Las mujeres que la escoltaban llevaban el negro en un brazalete, al hombro. Juntas pusieron rumbo al templo de las Siete Madres.
Zelda pensó que ese templo sería el lugar oculto donde vivía Sasaik, el sheikah milenario. Allí se alzaban las siete efigies gigantes de "las matriarcas gerudo", pero pronto descartó la idea. El lugar estaba alejado y dudaba incluso que las gerudo supieran de su existencia.
El templo al que se dirigían en realidad estaba al sur del Bazar Sekken. No recordaba aquel lugar, ni recordaba haberlo visitado con Urbosa. Aquel templo debía ser utilizado sólo para entierros y para celebrar ceremonias como la que iba a ocurrir esa noche allí.
Una inmensa hilera de columnas se alzaba en los laterales del templo, y el interior, con enormes losas de piedra en el suelo, estaba casi vacío. Sólo había una gran piedra con runas y grabados en el extremo donde estaba lo que debía ser el altar de ceremonias, y entre las columnas, había siete estatuas, las de las matriarcas gerudo, que apuntaban con sus espadas cubiertas de arena y óxido al centro del templo. Estar allí era casi como estar al aire libre, no había techo ni paredes, Zelda ya había visto ese tipo de construcciones primarias en otras partes del reino y sentía gran curiosidad por su arquitectura.
—Nosotras esperaremos aquí, en el altar —dijo Riju, subiendo los tres escalones que elevaban el altar del resto del suelo de piedra.
Las guardianas que las habían acompañado desde la Ciudadela se situaron abajo, y comenzaron a prender antorchas y dejarlas en los porta-antorchas que había fijados en algunas columnas. El sol había caído del todo tras el horizonte lejano y el cielo era de un púrpura cada vez más oscuro, punteado por las primeras estrellas.
Los sheikah aparecieron encapuchados y con sus túnicas de ceremonia. Habían dejado atrás sus ropas habituales para vestir la casaca del ojo sin párpado.
Link vestía una hombrera gerudo y pantalones de negro riguroso. Llevaba una capa larga por encima, del mismo color. Riju también debió de ocuparse de que tuviera un atuendo adecuado, igual que ella. Cuando subió al altar la saludó haciendo un gesto con la barbilla, pero mantuvo las distancias, así que ella tampoco se acercó a él. El luto hacía parecer a Link más mayor, había que fijarse en el color intenso de sus ojos para darse cuenta de que en realidad seguía siendo el mismo de siempre.
En pocos minutos todo el espacio del interior del templo se llenó de mujeres gerudo y de los comerciantes que estaban de paso en el Bazar Sekken. El séquito de Hatelia estaba en primera fila, junto al altar. Zelda se dio cuenta de que Azu seguía con la mirada perdida y los ojos enrojecidos por las lágrimas, y eso le encogió un poco más el corazón.
La luna se alzaba como una cuchilla fina y afilada en el horizonte cuando Riju decidió iniciar la ceremonia.
—Estamos aquí para rendir homenaje a nuestras guerreras, mujeres que lucharon con honor en la batalla de la llanura de Nima. Nuestro pueblo, la libertad de esta tierra que tan castigada fue por la oscuridad de Ganon, se ha visto amenazado una vez más.
Riju se aclaró la garganta en medio de un silencio abismal. Tan sólo se oía alguna tos y el chisporroteo de las antorchas en su soporte.
—Nuestras matriarcas guiarán su camino hacia El Otro Mundo, donde beberán las mieles de la victoria y… esto… —Riju hizo una pausa para mirar una nota que tenía apretada en la mano derecha —Y así recibir su recompensa por su sacrificio. Elevemos nuestras voces hasta las diosas para que iluminen su destino. Por las Arenas.
—Por las Arenas —repitió todo el mundo al unísono, como una voz triste y potente que se elevó en medio de la noche.
Después, Riju dio un paso atrás e hizo una señal con la cabeza a Link. Él, como líder del ejército tenía que hablar. Tenía que hablar a muchas de las mujeres que habían luchado y sobrevivido, y que clavaban sus ojos en él, buscando un consuelo difícil de hallar.
—No tengo mucho que decir al más valiente ejército que jamás haya visto —comenzó él. Su voz era clara y potente, no había titubeos —Salvo que me habéis honrado dejando que os guiase. Y que espero haber sido un guerrero digno de vosotras. Todo lo que he hecho… lo he hecho por esta tierra. Y porque no podemos permitir que el mal siga arrebatando de nuestras manos lo que más queremos. Rezo por los caídos, porque sus espíritus son puros y llenos de coraje. Por la Diosa Hylia.
—Por la Diosa Hylia —repitieron todos los asistentes.
Zelda vio cómo Link respiraba con alivio. A él no le gustaba estar en una situación así, ¿a quién podía gustarle? Pero se sentía responsable… y puede que culpable. Ella tenía que hacerle ver en algún momento que esa idea era del todo equivocada.
Era su turno de hablar. No se había preparado nada. Había agotado todo su tiempo y sus plegarias en sus rezos previos a la Diosa, ahora sólo le quedaba la oportunidad de dar consuelo a su pueblo. Tomó aire y enfrentó las miradas de los asistentes a la ceremonia.
—Un día Medda debió tallar esa flauta de madera que siempre llevaba consigo. Puede que la hiciera con una ramita de cerezo o tal vez de fresno. Hay muchos árboles hermosos en Hyrule. Quería llenar sus días de música. Sé que no fueron unos días fáciles. Fueron unos días en los que los campos salvajes empezaron a volver a ser sembrados, y las casas reconstruidas. Y él albergaba la esperanza de servir con su espada y con sus canciones al reino. También llenó algunos de mis días de música y eso es algo que guardaré por siempre en mi corazón.
Zelda tuvo que hacer un inciso para no rendirse a sus propias emociones. Por el rabillo del ojo ya podía ver que el séquito de Hatelia al completo estaba emocionado con sus palabras. Tragó saliva y siguió con su improvisación.
—¿Y qué puedo decir de esas mujeres valientes y guerreras? Un día fueron niñas, y crecieron fuertes en estas tierras ásperas, pero también benditas por la Diosa. Las entiendo muy bien. Yo me siento un poco de aquí. Mi madre era la reina de Hyrule para la mayoría, aunque para mí sólo era mi madre. La perdí demasiado pronto, demasiado pronto como para recordar sus ojos, sus manos o el olor de su pelo. Por mucho que me esfuerzo, apenas la recuerdo. El Destino me ha arrancado muchas cosas hermosas de las manos, pero también me ha dado otras. Me dio una segunda madre, ¿quién no iba a desear un privilegio así? Ella era una de vosotras. Me enseñó a ser fuerte y a convertirme en una mujer. Y aunque nunca podré verla para decírselo yo… yo… —la voz empezó a quebrársele y otra vez tuvo que tomar aire —Yo sé que ella habría luchado en la batalla de la llanura de Nima como todas esas valientes. Y al igual que Urbosa hizo en su día, las gerudo han dado su vida por un reino que no es más que la idea de un sueño que está por cumplirse. Que la bendición de la Diosa Hylia caiga sobre todos vosotros. Por Urbosa.
—¡Por Urbosa! —chillaron todas las gerudo, haciendo retumbar sus voces más alto que ninguna de las veces anteriores.
Los sheikah se adelantaron solicitando su permiso y ella hizo una señal afirmativa con la cabeza. Entonces Kei sacó una palanca de hierro y levantó una de las enormes losas que había en el suelo del altar. Zheline y Rotver depositaron en el hueco que había dentro la flauta de Medda y las hebillas de los cinturones de las guerreras gerudo que había rescatado Adine. Kei dejó caer la losa y Zelda sintió un escalofrío con el estruendo que la piedra hizo al encajarse sobre el hueco.
Los sheikah comenzaron un rezo, en un dialecto del que ella sólo conocía algunas palabras. Noche, verdad, camino y sombras, era todo lo que conseguía descifrar, palabras sueltas e inconexas. Los sheikah llamaban al Vigilante. De repente sintió que Link le agarraba la mano con fuerza. No sabía en qué momento él se había puesto a su lado. Él tenía la vista perdida en la losa que los sheikah estaban tallando con runas, y ella casi prefería que no la estuviera mirando para no volver a ver esa tristeza en el fondo de sus ojos azules.
Era tradición celebrar un banquete después de los funerales. En cada región de Hyrule lo celebraban de una manera, en el desierto gerudo se servía aguardiente de cactus, una fuerte bebida alcohólica que acompañaba a un pan de centeno y un plato de pasta de sémola con carne y verduras.
—Gracias, gracias, y mil gracias, alteza. Es un honor serviros, seréis la mejor reina que ha tenido Hyrule jamás —le dijo el alcalde Reede, que aún no había conseguido reponerse de las lágrimas del funeral. Además, el alcohol empezaba a hacer mella en él.
—Sólo he dicho lo que sentía, nada más —dijo ella, encogiéndose de hombros y apretando la mano de Reede para consolarle.
Después abrazó a Cecille y Sophie, ellas estaban mucho más calmadas y la ayudaron a prestar apoyo a otros. En general el ambiente había mejorado después de la ceremonia, había sido muy buena idea no retrasar el funeral.
—Me he equivocado en mi discurso —Riju se situó a su lado con disimulo, en un momento en el que la pilló más o menos a solas.
—Para nada, lo has hecho muy bien. —la animó ella —Me ha gustado mucho cómo has hablado. Tu pueblo está orgulloso de su matriarca.
—¿Crees que no se ha notado mi fallo?
—No se ha notado nada.
—Zelda… ¿puedo llamarte Zelda, sin formalidades?
—A ver… creo que te habré dicho como un millón de veces que sí —dijo ella, sin poder evitar reírse un poco.
—¿Tú tuviste que leer algo en el funeral de tu madre?
—No, por suerte no. Aunque sí tuve que aguantar muy firme. Urbosa me ayudó, ¿sabes? Y siempre me decía que hay que seguir adelante. Que llorando no se arregla nada.
—Me gusta que seas nuestra princesa —dijo Riju, ruborizándose un poco —voy a seguir atendiendo a mis mujeres.
Zelda asintió con una sonrisa radiante, aquel cumplido era algo inmenso viniendo de Riju.
Pasado un rato buscó a Link entre la gente. Lo encontró con un hombro apoyado en una palmera, siguiendo una conversación de lejos. Se acercó hasta él con sigilo y también se apoyó en el tronco fibroso de la palmera, a su izquierda, sin decir nada.
—La princesa de Hyrule es increíble. —susurró él, tras unos segundos de silencio —Tiene hechizada a toda esta gente con sus palabras.
—¿Y a ti no ha conseguido hechizarte?
Link sonrió y se forzó de inmediato a fingir seriedad.
—No. Me conozco sus trucos desde hace demasiado tiempo, me he vuelto inmune.
—¡Oh! El héroe de Hyrule es inmune a todo, es inmortal, casi lo olvido. —dijo ella poniendo los ojos en blanco y volviendo a ganarse una sonrisa disimulada de Link.
—Al héroe de Hyrule le gustaría estar de vuelta en casa.
—La princesa coincide, cree que es una buena idea.
—El héroe quiere dormir hasta no tener más sueño y comer hasta desabrocharse los pantalones.
Zelda soltó una carcajada ante la idea.
—A la princesa le gustaría que el héroe hiciese todo eso, pero que mantuviese la compostura.
—Al héroe de Hyrule le gustaría romper uno de sus votos de caballero. No piensa en otra cosa.
El tono de la última frase fue tan firme y serio que le provocó una inmensa oleada de calor.
—La… princesa no sabe bien qué responder a eso.
—El héroe sabe que ha desobedecido y que no merece nada, ni siquiera que ella esté ahora hablando con él.
—Link, no es así. Puede que al principio no lo entendiese, pero ahora sí lo entiendo. Entiendo que fueses a la batalla, entiendo lo que has hecho —dijo ella, girándose un poco para poder mirarle a los ojos. Él tragó saliva y siguió con la vista perdida en el bullicio del Bazar.
—Te pido perdón. Ahora soy yo el que no está seguro de nada, ni siquiera sé si-
—La Espada aún te acepta como su maestro —se adelantó ella.
—¿Te lo ha dicho? —dijo él, frunciendo el ceño y mirándola al fin.
—No. Pero puedo sentirlo. Mañana te será devuelta, como debe ser.
—Sí, mañana será otro día —dijo él, dando un paso al frente.
—Espera, ¿a dónde vas?
—Me retiro ya a mi tienda. Estoy… necesito descansar. El héroe de Hyrule desea que la princesa tenga dulces sueños —se despidió él, haciendo una pequeña reverencia.
Zelda le respondió con un sutil amago de su cabeza y lo dejó marchar viendo cómo se perdía en la multitud. No quería que se marchase. No tan pronto.
La noche se alargó mucho más de lo esperado. Las gerudo tardaron en comenzar a retirarse a sus tiendas, y lo mismo ocurría con los hylianos. Zelda pensó que alargar la hora de dormir era como alargar el homenaje y el tiempo de consuelo mutuo. El espíritu de todo el campamento había cambiado gracias a eso.
—Alteza, la última partida a la Ciudadela sale ahora mismo —le dijo Adine. Ella estaba a solas, calentándose los pies en las últimas brasas de una hoguera.
—¿Ya… ya no hay más partidas?
—No. Sólo quedamos vos, yo y dos mujeres más.
Zelda se mordió el labio. Una inquietud, un deseo, una idea. Todo eso la atormentaba y anclaba a la arena del oasis.
—Partid sin mí —decidió. Aparentaba firmeza, pero el corazón le saltaba dentro del pecho.
—Alteza… sé que habéis hecho el trayecto cientos de veces, pero es peligroso que lo hagáis sola. Además, aquí apenas queda nadie en pie.
—No voy a hacer el trayecto —dijo ella, mirando los ojos dorados de Adine.
—Entiendo —dijo Adine. Sus ojos se movían como conectando ideas, pero no hizo ningún comentario al respecto —Os veo mañana.
—Hasta mañana, que tengáis un regreso seguro a la Ciudadela.
—Gracias, alteza.
Zelda se puso en pie y se sacudió la arena. Caminó con firmeza hasta la tienda de Link. Cuando se adentró en su interior tropezó con el borde de una de las alfombras que tapizaban el suelo. La oscuridad era casi absoluta, las lámparas de aceite estaban al mínimo y tan sólo se podían intuir las formas en la oscuridad. Esperó un poco a que sus ojos se acostumbrasen a la falta de luz y caminó hacia la cama de Link. Él dormía con el torso desnudo sobre la montaña de cojines, rodeado por la cortina de gasa medio transparente que envolvía la cama. Transmitía una inmensa sensación de paz, en realidad le encantaba observarlo mientras dormía y podría pasarse la noche entera contando sus respiraciones. Se quitó los zapatos y abrió la cortina para meterse dentro, y al notar su presencia Link despertó bruscamente, desenvainando un puñal.
—¿Zelda? ¿Q-qué? ¿C-cómo?
—Shhh. Suelta eso. —se sentó sobre él y le quitó el puñal de la mano para dejarlo a un lado, fuera de la cama.
—Pensaba que tú…
—No, ahora no. —dijo, acercándose a él hasta rozarle los labios.
—Pero…
—Ya hablaremos.
Ella le abrió la boca con un beso mientras hundía los dedos en su pelo, casi pudo sentir cómo él se estremecía, rindiéndose al contacto de inmediato. Mientras él la atrapaba en otro beso más húmedo y profundo sintió que se curvaban sus propios labios en una sonrisa, le nacía al ver cómo él anhelaba en realidad volver a los besos tanto como ella.
Después de un largo intercambio de besos, consiguió zafarse de él, que la aferraba contra su cuerpo tanto como podía.
—Link, esta noche voy a besar todas las cicatrices de tu cuerpo. —susurró contra su oído.
—Pues… hay muchas cicatrices que besar.
Sonrió, aunque él no podía verla bien. Primero besó la cicatriz del hombro.
—Por Hylia… —suspiró él, cuando ella se escurrió encima de él para que su boca alcanzase mejor la cicatriz.
El tacto era mucho más suave de lo que había imaginado, era como una piel aún más delicada, sedosa y delgada. Dibujó la marca con la boca a conciencia mientras notaba a Link temblando debajo de ella. Después dibujó un camino de besos hacia la cicatriz del pecho. Era curioso ver cómo no todos los centímetros de piel de Link reaccionaban de la misma manera, a veces conseguía erizarle la piel y otras no. Si de repente decidía usar la lengua él se tensaba bajo ella elevando las caderas, gemía, incluso blasfemó un par de veces más, haciéndola reír.
—Deja a las diosas en paz, no es el momento de que tengan sus ojos en nosotros —rio ella, incorporándose para volver a sentarse sobre él.
—Es q-que… tú… tú… —balbuceó él.
—Lo sé, mucha piel y poca tela, ¿recuerdas?
Mientras decía eso, se desprendió del corpiño gerudo y quedó semidesnuda ante él. Link se incorporó de inmediato. Ahora estaban sentados frente a frente, ella sobre su regazo, adivinándose el uno al otro en la oscuridad. Zelda lo besó y él se aferró a ella, acariciando su espalda desnuda bajo la larga melena. Esta vez fue ella la que gimió rompiendo los besos. Las manos de Link se pasaron de la espalda al pecho, el vientre. La ausencia de luz hacía que Link se sintiese casi angustiado, intentaba reconocer todo su cuerpo a través del tacto, tocaba y besaba sin reparos lo que antes apenas se había atrevido a tocar y besar. No había parte de ella que no ambicionase la rugosidad de sus callos o la presión de su lengua, las piernas le temblaban alrededor de sus caderas y su piel parecía hecha para vibrar con toda esa aspereza sobre ella.
—Te deseo —susurró él sobre su oído, mientras apretaba su torso desnudo contra el de ella, en una enorme caricia cuerpo a cuerpo.
—Y yo a ti —hundió las manos entre sus cuerpos para alcanzar la hebilla del cinturón de Link.
—Espera… —la detuvo él, jadeando contra sus labios —espera…
—Ya he esperado bastante.
Link sonrió. Apenas podía verlo, pero estaba segura de que lo había hecho. Él la levantó por la cintura como si no pesara nada y la tumbó boca arriba en la cama para ponerse él encima. Ella soltó una carcajada ante la habilidad del movimiento, y él se rio también contra su boca, mientras en medio de la oscuridad, continuaron encontrándose el uno al otro.
Notas del capítulo 20
Hola amigos!
Sí. Por fin ha pasado lo que muchos esperabais que pasase xD No puedo decir más que creo que el estado anímico de los protagonistas, junto con la tensión acumulada era como una bomba de relojería que ha hecho que Zelda y Link se entreguen a la lujuria del desierto xDD
Como podéis imaginar, todo está censurado para encajar con el rating de edad, y porque esto no es un fanfic smut/lemon o como se llame, lo que he escrito es una escena de amor y ya está. El resto lo dejo a vuestra imaginación, en la mía hay todo lujo de detalles y fuegos artificiales y de todo xD
Hoy os tenía preparado un bonus-track de cultura general sobre métodos de ejecución medievales, os iba a hablar de "la sierra", un instrumento terrible que he visto en persona en algunos castillos y museos tanto de España como en Francia. Pero me lo guardo un poco más ;)
Espero que el capítulo que viene llegue a tiempo el próximo martes, pero existe la posibilidad de que me retrase un poco porque estoy hasta arriba (la vida es eso que pasa entre capítulo y capítulo).
Un fuerte abrazo! Mil gracias por vuestros reviews, likes, follows!
