Capítulo 22 - Coliseum

Impa llegó al bosque Dalite en un carro con todos los sheikah. Con ella viajaron Pay, Prunia y Symon, y llevando a los caballos y el carro sus dos guardias personales, Wakat y Dorian.

—¿Están todos bien? —preguntó Zelda a Prunia.

—Por enésima vez. Sí. Todos están bien en la aldea, no hay por qué preocuparse. Tal vez lo único es que os echan a todos de menos, Nana viene todos los días caminando hasta lo alto de la colina para preguntar por noticias y los niños no dejan de hablar de ti y de Cecille.

—Tengo… muchas ganas de volver a casa —dijo Zelda, sin ocultar su cansancio.

—Una vez este feo asunto se resuelva, todo volverá a la normalidad —intervino Impa, que acababa de acercarse a ellas dos.

—Hermanita, tú sí deberías haberte quedado en casa descansando —dijo Prunia, cruzándose de brazos —no estás en edad de viajar tanto.

—Ni tú tampoco estás en edad de viajar, no es bueno que una anciana vaya trotando el mundo en el cuerpo de una niña —le reprochó Impa. —Ahora déjame a solas con su alteza real, necesito hablar con ella.

Prunia torció el gesto y miró a Zelda, que asintió para pedirle que hiciera caso a Impa. La diminuta sheikah les sacó la lengua y se alejó correteando de allí. A veces… no. A veces Prunia tenía siete años y no había más que discutir.

—Podemos sentarnos aquí —propuso Zelda, una vez se quedaron a solas —se está muy bien al pie de este árbol.

Impa sonrió y tomó asiento sobre la suave hierba, Zelda la imitó. A lo lejos se oía la corriente del río Celeste.

—Hace mucho que no os veía, alteza —comenzó Impa —me alegra ver que estáis bien después de todo lo ocurrido. Espero que Kei os haya servido de ayuda, pensé que sería bueno para su formación enviarlo como apoyo.

—Kei ha sido una gran ayuda —sonrió ella —y ahora me temo que es imposible separarlo de Link, o de mí.

—Aún tiene la cabeza llena de pájaros, confío en que madure un poco —gruñó Impa. —¿Cómo se encuentra el héroe de Hyrule después de esa terrible batalla?

—Tiene algunas heridas leves de las que ya se ha recuperado.

—Me refería a ¿cómo se encuentra mentalmente?

Zelda se mordió el labio inferior. Había olvidado la habilidad de Impa para ver las cosas mucho más allá de las apariencias, y comenzó a sentirse un poco nerviosa.

—Estaba muy abatido. Pensó que había hecho algo malo. Creo que a veces… aún tiene una especie de lucha interior, pero siempre logra salir victorioso.

—Uhm —gruñó de nuevo Impa —el héroe se enfrentó a una terrible oscuridad en la montaña de Hebra. No sé si sois consciente de ello.

—Me lo ha contado y… también lo sé por una carta suya que me dejó.

—Debéis ser paciente con él. El héroe es vuestro equilibrio y lo creáis o no, sus decisiones están destinadas a complementar las vuestras.

—Sí, gracias por el consejo.

—Me imagino que pronto viviréis juntos de una forma del todo inadmisible y que vuestro padre jamás aprobaría.

—Si mi padre viviese y se opusiese a mi relación con Link, me fugaría con él renunciando a todo y jamás volvería a vernos —dijo ella, empezando a sentirse indispuesta con la conversación.

—Sólo es una broma, alteza. A veces también sé hacerlas —sonrió Impa —Sois más libre que nunca de elegir a vuestro compañero, y no se me ocurre un compañero más adecuado para vos que él, en todos los sentidos.

Zelda la miró atónita. Era la primera vez que oía a Impa opinar sobre la relación que tenía con Link con tanta claridad.

—Link tiene una sangre en sus venas que está por muy por encima de cualquier nobleza —prosiguió Impa —es nuestro salvador y su alma está destinada a estar con la vuestra casi del principio de los tiempos. Sólo un insensato podría tratar de romper un vínculo así. En este preciso momento él está pendiente de vos y de lo que yo pudiera estar diciendo, ¿me equivoco?

—No te equivocas —dijo Zelda, soltando una carcajada. Link las observaba a lo lejos, desde el campamento, caminando de un lado a otro de forma muy mal disimulada.

—Me alegra profundamente que os tengáis el uno al otro. Sois todo lo que queda de antes del Cataclismo.

—También quedas tú y los otros sheikah —le recordó Zelda.

—Un montón de ancianos demasiado cansados —dijo Impa poniendo los ojos en blanco —Alteza, sí hay algo muy importante que debéis hacer, una vez acabe todo este problema con ese usurpador.

Zelda frunció el ceño. Sabía que el trabajo no acabaría sólo con castigar o condenar a Tarek, que habría que hacer más cosas, pero esperaba poder volver a Hatelia y descansar un tiempo.

—Tenemos que coronaros reina de Hyrule —dijo Impa.

Ella suspiró aliviada. No se trataba de otra misión, ni de otro viaje. Eso era solo "una maldita" formalidad, como diría Link.

—Finalmente he asumido ese cargo así que no es un problema para mí —dijo ella —pero gobernaré en cooperación con los demás, trabajando poco a poco.

—Me parece una sabia decisión. Una vez las aguas vuelvan a su cauce haremos una ceremonia, algo íntimo. Puede que sólo tengan que venir los mismos que nos reuniremos para el Juicio de Sabios.

—Está bien, lo haremos de ese modo.

—Me alegra ver vuestra madurez —dijo Impa, poniéndose en pie con dificultad —ahora voy a descansar un poco, el viaje ha hecho mella en estos viejos huesos. Mañana tendremos a los zora en el cauce del río Celeste, los goron y los orni tampoco han de tardar.

Zelda ayudó a Impa a ponerse en pie y la vio alejarse, mientras ella se quedaba en el mismo sitio. Link se mantuvo en su sitio con nerviosismo, hasta que Impa pasó a su lado y le susurró algo. Entonces echó a andar hasta el lugar donde estaba ella, en un árbol cerca del cauce del río.

—¿Q-qué habéis hablado? ¿Está Impa bien? —preguntó él, nada más llegar.

—No hay buenas noticias. Impa se ha enterado de lo que ocurrió en la tienda del Bazar Sekken. Dice que al haber robado mi virtud si quieres seguir hablando conmigo tendrás que pedir mi mano de inmediato.

Él abrió mucho los ojos e hizo el intento de decir algo, pero no fue capaz. Zelda soltó una carcajada al verle tan bloqueado.

—Maldita sea, Zelda… —dijo él, cediendo también a la risa —no bromees con esas cosas.

—Dice que me coronarán reina cuando acabe todo esto.

—Ya es hora.

—Y dice que… puedo estar con quien yo elija.

Link tragó saliva y apartó la vista, mirando al suelo. Ella aprovechó para acercarse a él y colgarse de su cuello, atrayéndole.

—Y… ¿le has contado a quién has elegido? —balbuceó él.

—Se lo he contado —dijo contra sus labios. Él le abrió los suyos con un beso húmedo y deseado por ambos. Se besaron y acariciaron al cobijo del tronco del árbol. —Link… vamos a volver al campamento.

—Diablos, no… —protestó él, ya había metido las manos por debajo de su camisa y ella se reía ante su ansiedad.

—Esta noche podrás volver a besarme —sugirió ella, con el corazón saltándole en el pecho por la anticipación —si… vienes a dormir a mi tienda.

—¿Me lo prometes?

—Sí, lo prometo.

—Bien. Entonces puedo ir a donde sea, incluso a aguantar a los sheikah.

Ella soltó una carcajada y tiró de su brazo para guiarlo de vuelta al campamento.


Los goron fueron los primeros en llegar, al anochecer. Habían prendido una enorme hoguera central en el campamento para que todos pudiesen compartir el mismo fuego, y ya estaban asando la cena cuando se oyó un temblor en el suelo. Link fue a investigar junto a Azu, y ambos volvieron escoltados por tres enormes goron.

—Saludos, hylianos. —Zelda reconoció de inmediato a Yunobo, había estado visitando Ciudad Goron meses atrás y había tenido la oportunidad de hablar con él en persona.

—Yunobo, bienvenido a nuestro campamento y muchas gracias por unirte al Juicio de Sabios —intervino ella, recibiéndole. Yunobo la estrechó en un enorme abrazo que casi la dejó sin respiración, como era tradición entre los goron.

—Como sabéis, no quedan muchos ancianos entre los goron —dijo Yunobo —así que he traído a mis dos hombres de mayor confianza, Jengoro y Borunia, el jefe de toda nuestra unidad minera.

—Bienvenidos a ambos. Por favor, tomad asiento y descansad con nosotros del largo viaje.

Yunobo relató cómo se habían enterado sobre la batalla de la llanura, y cómo intentaron organizar un ejército de apoyo de inmediato, pero las distancias eran demasiado grandes e Impa y el resto de los sheikah les aconsejaron estar preparados, pero a la espera, los gerudo y los orni debían ser suficientes para aplacar al enemigo.

—Link, ese goron me mira demasiado atento —dijo Zelda en voz baja, sintiéndose un poco turbada por el silencioso acecho que uno de los goron tenía sobre ella.

—Existe una razón para eso —sonrió él. Miró a Jengoro y éste volvió la cara de forma infantil, al sentirse descubierto. —Eres una especie de heroína para él.

—¿Quién? ¿Yo?

Link volvió a reír y dejó los restos de su cena a un lado. Se acercó al goron para susurrarle algo y éste asintió, moviendo la cabeza enérgicamente.

—Alteza real —dijo Link, volviéndose hacia ella seguido por Jengo, que también se había puesto en pie —solicito hablar con vos a solas un momento, me gustaría presentaros a uno de mis mejores amigos.

—¡Oh!, será todo un honor, Maestro Link —respondió ella, usando el mismo tono formal.

—Jengoro, ella es su alteza real la princesa Zelda de Hyrule. Es de quien te hablé en nuestro largo viaje.

—Su… su majestad —dijo Jengoro, inclinándose.

—Como no he sido coronada reina aún no recibo el trato de "su majestad". "Su alteza real" está bien o mucho mejor simplemente "Zelda" —sonrió ella tendiéndole la mano. El goron se la besó haciendo una torpe reverencia que despertó aún más ternura en ella.

—Jengoro nunca había visto a una princesa hyliana con sus propios ojos, esta es la primera vez —aclaró Link.

—Link me habló de vos, majestad, su alteza real. Yo sólo había leído sobre las princesas en los cuentos.

—¿En serio? ¿Y qué os contó el Maestro Link?

—Pues… —dos enormes manchas rojizas se encendieron en las mejillas de Jengoro —que os gustaban mucho las rocas y ciudad Goron. Y que erais muy hermosa, aunque no teníais una enorme cabeza redonda.

—Lo de la cabeza no lo dije exactamente así —dijo Link, rascándose el pelo tras la nuca.

Zelda soltó una carcajada y estrechó las manos de Jengoro.

—Es un honor para mí conocerte y que ayudases a Link en su viaje, Jengoro. Tienes mi amistad y agradecimiento para siempre. ¿Puedo darte un abrazo al estilo goron?

Jengoro abrió mucho los ojos, sin terminar de creerse que pudiese llegar a recibir "tal honor". Jengo miró a Link, que asintió con la cabeza, y después tendió los brazos para abrazar a Zelda.

—Bien, a partir de ahora puedes preguntarme cualquier cosa que quieras saber sobre la corona de Hyrule —le dijo Zelda —y espero que podamos ser amigos.

—¡Por supuesto! —los ojos redondos de Jengo brillaron de ilusión como dos bolas enormes.

Durante lo que restó de cena, Jengoro se sentó a su lado y le narró en voz propia algunas cosas que ella ya había visto. Le habló sobre la lucha con el dragón en el cráter de la Montaña de la Muerte y también acerca de cómo Link y él consiguieron rescatar a Cecille del hinox que la tenía atrapada. Luego empezaron a tratarse temas de mayor calado, sobre todo lo que tendría que ver con el juicio.

—¿Es cierto entonces? ¿Lo habéis traído? —preguntó Rotver a Impa.

—Sí.

—Que me lleve el Vigilante… —rezó él, tensando la expresión.

—Era necesario. La Justicia de Din podría llegar a ser usada y era preciso que estuviera lista para el juicio.

—Pero es un artilugio del infierno —protestó Rotver —es más típico de las épocas bárbaras que de un reino civilizado.

—No vamos a discutir eso ahora. Primero hay que celebrar el juicio —intervino Prunia.

—Y eso ha de ser en un lugar adecuado —añadió Impa.

—¿Un… lugar adecuado? —preguntó Zelda, que se había mantenido en silencio durante un largo rato.

—Alteza, hay un lugar muy cercano a este bosque. Vos lo conocéis, es el Coliseo.

El Coliseo. Una inmensa mole de piedra circular, capricho de la arquitectura y obra de arte en sí misma. En el centro de una isla, rodeado por el lago Aquame, aquel coloso de piedra se había alzado milenios atrás. Lo que les habían dejado las lecciones de Historia era que fue usado por tribus bárbaras para enfrentar a hombres en encarnizadas luchas a muerte y así divertir a la gente. También se les había enfrentado a monstruos y criaturas de la oscuridad. Era sangrienta la historia del Coliseo, y Zelda siempre sintió una enorme pena al pensar que un lugar tan hermoso, fuese creado con un fin tan cruel y sanguinario.

—Padre lo cerró. No es más que un resquicio de las tribus bárbaras que han poblado el reino. Y si lo cerró fue por un motivo, no deberíamos remover el pasado.

—No pretendemos usarlo para celebrar peleas bárbaras que sirvan para divertir al populacho, hambriento de sangre —aclaró Impa —pero es un lugar con espacio, resguardado de enemigos. Es el sitio perfecto para celebrar un Juicio de Sabios.

—No lo sé —dijo ella, frunciendo el ceño —no me da buena espina nada de esto. ¿No podemos celebrar el juicio aquí mismo, en el bosque?

—En el bosque estamos expuestos a ataques enemigos —dijo Prunia —no es aconsejable bajar la guardia en campo abierto. Todos los líderes reunidos en un mismo punto son un blanco demasiado apetecible.

Zelda respiró y cerró los ojos, meditando bien su respuesta. A su alrededor se hizo el silencio, todos la observaban, todos, los sheikah, los goron, los hatelianos, las gerudo y Link.

—Hay que poner fin a todo esto y alcanzar la paz —dijo al fin —no me gusta ese lugar, como no me gustan otros lugares que hay en el reino. Pero lo usaremos por última vez para impartir justicia, salvaguardando la seguridad de nuestros líderes.

—Que así sea, alteza —respondió Impa.

—Que así sea —respondieron los demás, casi a coro.

Poco a poco, todos se fueron dispersando. Se organizaron las guardias para vigilar a los prisioneros y para cuidar del campamento. Acordaron partir al Coliseo en cuanto llegasen los orni y los zora, seguramente a la mañana siguiente. Zelda sentía una especie de intranquilidad, no sabía ponerle nombre, era como si viese una sombra oscura acechándoles, pero no era capaz de anticipar ni de acertar por dónde podría atacar.

—¿Estás bien? —le preguntó Link, una vez se quedaron a solas.

—No lo sé.

—Ese Coliseo no es nada, no es más que un montón de piedra derrumbada, como todo lo demás.

—Es cierto —dijo ella, forzando una sonrisa —Link.

—¿Qué pasa? Puedes confiar en mí para lo que sea.

—No sé qué pasa, pero algo no está bien… Te quiero —dijo, se sentía vulnerable y no era capaz de poner palabras a sus temores.

—Ey —él la abrazó y ella encajó de inmediato la cabeza entre su cuello y su hombro, buscando el alivio que siempre le daba su contacto —me estás asustando un poco. Dime qué puedo hacer para ayudar o qué es lo que temes.

—No me gusta la idea de ir a ese sitio con una enorme y afilada cuchilla que sirva para impartir lo que llaman "justicia", no soporto la idea. Y temo que algo malo pase, ahora que estamos tan cerca del final.

—No pienses en eso. Yo estoy contigo, haré lo que sea si hace falta. No me voy a separar de ti. Te quiero.

Ella suspiró aliviada y no dijo nada, sólo se mantuvieron abrazados en silencio por un tiempo.

—Gracias —dijo, separándose al fin de él. —Vamos a dormir.

—Ve tú.

—¿No vienes conmigo?

—No. Esta noche volveré a ser tu escolta personal —sonrió él. Sus ojos se habían vuelto plateados como algunas veces, como aquella noche de luna llena en playa Onaona —Cuidaré de ti una última noche, no dormiré para que te sientas segura.

—Pero… yo te necesito. Necesito sentirte esta noche.

—Y yo te necesito a ti más de lo que soy capaz de expresar. Y más ahora. Después de verte así sólo quiero estar contigo para poder besarte y tocarte —respondió él. Había tanta verdad en sus gestos que hacía que el corazón le latiese a toda velocidad —pero el alma de nuestra Diosa vive en ti. Tenemos que escuchar las señales, Zelda. Y esta noche te avisa de algo, así que montaré guardia con la Espada Maestra para evitar que nada ni nadie se acerque. Si… si me meto en esa tienda contigo no seré capaz de pensar, ni de protegerte, ni de nada. Nunca me he sentido más lejos de todo como estando contigo, dentro de ti.

—Link… —susurró ella, volviendo a abrazarle. Todas y cada una de sus palabras eran una sacudida.

—Si entro ahí, desapareceremos de este mundo como la otra noche y lo sabes. Estaremos indefensos. Déjame cumplir mi juramento una última vez.

Ella se separó de él haciendo un enorme esfuerzo, el mismo que hacía Link por mantenerse rígido en su lugar.

—Buenas noches, héroe de Hyrule.

—Buenas noches, alteza.


"Din, Farore, Nayru. Hylia. Os suplico que nos guardéis en este viaje, corto, pero que auguro peligroso. Os suplico que al fin se cumplan las profecías, y que la luz brille sobre el horizonte de Hyrule."

—Alteza, ¿estáis lista para partir? —preguntó Tyto, el patriarca orni a su espalda.

—Lo estoy.

Los orni y los zora llegaron con el primer rayo de sol, tal y como ella había anticipado.

—Aún falta un detalle —interrumpió Impa.

Zelda la miró extrañada. Todo estaba a punto, el campamento estaba desmontado, todos ya a caballo.

—Puesto que hoy vestís como una princesa, os falta la corona.

—N-no he tenido tiempo de agradecerte por el vestido que me has traído —balbuceó ella, cayendo en la cuenta de que se lo había puesto sin más. Al parecer lo había cosido una de las mejores costureras de Kakariko.

—Ya habrá tiempo de eso, si me permitís.

Zelda se agachó e Impa sacó la tiara real que habían rescatado de manos del enemigo. La puso sobre su cabeza con cuidado y después la besó en la frente.

—Al fin las cosas son como siempre debieron ser, volvéis a parecer una princesa, una que brilla con la luz de la Diosa —sonrió Impa, observándola con satisfacción.

Link apareció vestido con la túnica azul y Kei llevaba su casaca especial, la del ojo sin párpado. Ambos la escoltaron y la ayudaron a subir a caballo. Era una situación extraña, había subido a caballo miles de veces durante todo el viaje sin tanta ceremonia, pero los líderes más importantes del reino se habían reunido a su alrededor y ella debía comportarse de acuerdo al protocolo.

Puso el caballo en marcha, encabezando la comitiva. Habían montado las jaulas de Tarek y Yaba en un carro, y al pasar por delante de ellos la vieja mujer le dedicó una sonrisa extraña que hizo que se le helara la sangre.

Todo el grupo cruzó el puente de Manhala y bordeó el lago Aquame, hasta llegar al Coliseo. Estaba escondido, hundido en la roca. Pero como su propio nombre indicaba, era colosal. De una geometría casi perfecta, los círculos concéntricos se elevaban en gradas verticales dejando en el centro la arena de combate. El tiempo lo había desgastado, ahora había piedras amontonadas y el musgo teñía de verde la parte norte.

Link, Kei y los orni se internaron primero. Teba y Nyel se elevaron por los aires mientras los demás recorrían la arena a caballo.

—Es seguro, alteza —anunció Teba.

Ella chasqueó la lengua para poner el caballo en marcha y todos se adentraron en el Coliseo.

—Este lugar hace que se me sequen las escamas —protestó Mezen.

El rey Dorphan había viajado hasta allí con cinco guardias personales, junto al príncipe Sidon y el anciano Mezen. Por edad y experiencia le correspondía al anciano zora ser parte de la comitiva. Sidon había ido por pura cortesía, y porque era su deseo ayudar e involucrarse en los asuntos del reino, aunque no sería parte de los jueces.

Dorphan y Mezen del lado de los zora. Tyto y Teba por los orni. Riju y Adine por los gerudo y Yunobo y Borunia por los goron.

—Es injusto que haya tantos sheikah como jueces. Lo justo sería dos por cada pueblo —volvió a protestar Mezen.

—El consejo sheikah es el consejo sheikah —dijo Impa, golpeando el suelo con su bastón.

—Pero reconoceréis que Mezen tiene razón, Maestra Impa —intervino Dorphan. Lo justo sería dos por cada pueblo. —Alteza real, ¿vos qué opináis?

Zelda suspiró. Sabía que no iba a ser fácil poner a todos de acuerdo.

—Impa y Rotver estarán representando al pueblo sheikah —sentenció ella.

—¡Pero alteza! —protestó Prunia de inmediato.

—Prunia y el alcalde Reede representan al pueblo hyliano, de parte de la aldea de Hatelia —corrigió ella.

Mezen abrió la boca para protestar, pero se mordió la lengua, abrumado por la astucia de Zelda. Sidon tuvo que taparse la boca para que nadie lo viera reírse del mal humor del anciano zora.

—Vos también sois hyliana. Eso desequilibra todo —contraatacó Mezen.

—Yo, como princesa de Hyrule no formaré parte de los jueces. Tan sólo dictaré la sentencia según lo que vosotros decidáis.

—Bien ya es suficiente, no es necesario presionar a nuestra princesa con tanta negociación sin sentido. Ahora que todo está claro, vamos a organizarnos —intervino Tyto.

Zelda adoraba a Tyto. De todos los líderes era el más diplomático, el que menos pegas ponía. Le recordaba un poco a padre. No sabía cómo explicar el parecido, pero lo sentía así.

El vestido era un engorro para ir a caballo, así que Link la ayudó a desmontar. "Estás preciosa" le había susurrado al oído, mientras la depositaba en el suelo con delicadeza. Todos se pusieron a trabajar. Link y Kei guardaban la entrada del Coliseo y Nyel planearía de vez en cuando sobre sus cabezas para protegerlos desde arriba. Los jueces se situaron en el palco de piedra que había en el primer círculo de gradas, también Zelda estaría ahí. Azu custodiaba las jaulas junto a Sidon y el resto de zoras que había llevado Dorphan.

—Kei —llamó Impa desde las gradas. El sonido se reproducía limpio, nítido en cada rincón del Coliseo.

—Maestra Impa —dijo él desde la arena, esperando órdenes.

—Prepara la Justicia de Din.

—No —intervino Zelda. —¿Por qué hemos de preparar eso si aún no sabemos si vamos a utilizarlo?

Impa la miró con reproche y ella se mordió el labio inferior. Conocía el protocolo, pero esperaba que no hubiese necesidad de mostrar las cartas antes de jugar la partida. Kei agachó la cabeza y obedeció a Impa.

La Justicia de Din, era imponente. Un soporte de madera, dos mástiles paralelos de unos dos metros de altura, de ahí colgarían a la víctima, por los pies y cabeza abajo. Un tercer mástil central, de casi cuatro metros. Sobre él pendía una alargada cuchilla, tan afilada que parecía cortar con sólo mirarla.

—Ya puede comenzar el juicio —dijo Impa, mirando hacia Zelda.

Ella no tenía ganas de hablar, se sentía muy mal, casi indispuesta.

—He traído a mi heraldo, alteza —se ofreció el rey Dorphan —él puede dar paso al juicio.

—Gracias, que así sea, por favor —le sonrió ella, sintiéndose aliviada.

Dorphan llamó al heraldo para darle instrucciones y éste se situó en el centro de la arena. En las gradas se situaron todos aquellos que no tenían ningún papel, esencialmente Cecille, Sophie y los cuatro lanceros de Tanagar, los que habían entregado a Yaba un par de noches atrás.

—Hoy se celebra el juicio contra Tarek, que se hace llamar "rey de Tanagar" y Yaba, mano derecha de dicho rey. Para ello se ha reunido a un consejo de sabios como manda la tradición y las leyes del antiguo y venerable reino de Hyrule. Que de comienzo el juicio.

Zelda asintió. Sidon y Azu abrieron las jaulas para sacar tanto a Tarek como a Yaba de las mismas, mientras los lanceros zora les ataban las manos y les apuntaban con la afilada cuchilla de sus lanzas.

—Que empiecen las acusaciones, por orden —pidió el heraldo.

En primer lugar hablarían los sheikah, era la tradición, así que Impa se puso en pie.

—El pueblo sheikah acusa a Tarek de Tanagar de lo siguiente. Intento de robo y asesinato en la aldea de Hatelia. De incendiar la escuela de aldea Onaona, tratando de asesinar a cientos de aldeanos y de niños. También intentaron asesinar a su alteza real, la princesa de Hyrule. Se les acusa de secuestro, envenenamiento y tortura a la princesa de Hyrule y su séquito. Se le acusa de alta traición al reino de Hyrule, se le acusa de intento de usurpación al trono de su majestad el rey Rhoam Bosphoramus, que pertenece por derecho de nacimiento a su alteza la princesa Zelda y por derecho propio tras vencer al Cataclismo, Ganon, salvando a nuestro pueblo de la oscuridad.

Después le llegó el turno a Dorphan.

—Yo, el rey Dorphan, en nombre mío y de mi pueblo suscribo las acusaciones sheikah y añado las siguientes. Intento de traición, coaccionando al pueblo zora para que actuase en contra de la princesa Zelda.

Dorphan se sentó y dio paso a Yunobo.

—El pueblo goron suscribe las acusaciones anteriores y también añade el intento de coacción del pueblo goron, que jamás traicionará a la princesa Zelda, a la que considera soberana legítima.

Tyto se puso en pie.

—El pueblo orni está de acuerdo con todo eso. Y añadimos que Tarek y Yaba conspiraron para invadir nuestro poblado, amenazando nuestras fronteras. Les acusamos del sangriento ataque contra las postas de la llanura y de Tabantha, donde hubo víctimas mortales.

Le llegó el turno a Riju. Zelda veía cómo temblaba de ira y apretaba los puños.

—El pueblo gerudo acusa a Tarek de declararle la guerra, de acudir con un ejército para masacrarnos y acabar con la vida de nuestra princesa y su séquito.

El heraldo clavó los ojos en ella. Seguramente esperaban que añadiese más acusaciones, más reproches. Miró a Link y lo vio apretar los puños, tratando de soportar la tensión del momento.

—No hay más acusaciones —dijo ella, con la voz todo lo firme que podía. Una oleada de calor ascendió desde el estómago hasta su cabeza, no sabía lo que era, pero no se encontraba bien.

—Bien en ese caso… —el heraldo pareció dudar. Esperaba que ella fuese la que mediase en el resto del juicio.

—Que… que los acusados hagan su defensa —intervino ella.

Los lanceros obligaron a Tarek a adelantarse.

—Señores jueces y su alteza real, princesa de Hyrule. —comenzó a decir Tarek —he de desvelar algo muy importante, algo que no había contado a nadie hasta ahora. Yo… soy una víctima. ¡Igual que todos vosotros! Jamás pretendería traer la desgracia al reino al que amo, ni a la princesa a la que debo mi lealtad y… también mi corazón.

Tarek se echó de rodillas cayendo de forma dramática y comenzó a sollozar. Se oían los murmullos de los jueces, la mayoría de ellos desaprobando su actitud.

—Yo… yo… he sido hechizado. ¡Por esa mujer! —gritó, apuntando a Yaba con el dedo.

—¡Mientes! ¡Mientes, maldito traidor hijo de la oscuridad! —se defendió Yaba.

—Esa maldita mujer me envenenó, alteza, ¡como a vos! Vos conocéis bien sus artes, las habéis sufrido. He estado ciego, ciego hasta que este tiempo separado de ella y sus encantamientos me permite ver… ¡ella es el enemigo!

—¿Es todo lo que tienes que decir? —intervino Dorphan, muy molesto con la actitud de Tarek.

—¡Miente, majestad, vos me creeréis! —volvió a interrumpir Yaba.

—¡Ya es suficiente! —exclamó Tyto, llamando al silencio —En las tierras orni no acostumbramos a hablar a gritos. Ahora es el turno de que Yaba se defienda, a menos que haya preguntas.

Todos bajaron la vista, incómodos. Nadie quería preguntar, nadie quería saber más y parecían tenerlo claro. Zelda se sentía cada vez más indispuesta, temía que el juicio no estuviera siendo justo, pero no era capaz de encontrar sinceridad en ninguno de los gestos y palabras de Tarek, por mucho que se esforzaba en tratar de hallarlos. Yaba se lanzó a hablar sin apenas esperar su turno.

—Ese joven es un desalmado. Lo encontré medio desnudo y hambriento en las tierras del cañón, ¡y me lo paga así! Jamás había sentido tanta ingratitud. Mis excelentes señores y damas. Yo jamás he obrado por voluntad propia, siempre ha sido bajo sus órdenes, ambicionaba el trono, me lo dijo miles de veces. Quería hacerle un hijo cuanto antes a su alteza real, quería sangre real en su familia y era presa de oscuros deseos, deseos lascivos e indignos de un caballero. En todo caso yo fui la que lo apaciguó, la que intentó convencerle de que razonase y de que no cometiese ninguna atrocidad.

—¡Mientes tú, bruja! —interrumpió Tarek.

Después de más lamentos y cruces de acusaciones, ya apenas quedaba nada que decir. Se les interrogó sobre hechos concretos como los envenenamientos, el incendio… todo lo achacaron a golpes de "mala suerte" o a la casualidad. Los sheikah les hicieron miles de preguntas sobre su ejército, sus planes, los tesoros y reliquias reales que habían robado. No llegaron a ninguna conclusión. Mentiras. Una tras otra. Zelda veía las mentiras y negaciones tan obvias que sintió náuseas.

—Yo no tengo ninguna pregunta más que hacer —dijo ella, con agotamiento —llevamos aquí más de dos horas y no he oído ni una sola disculpa ni muestra arrepentimiento sincero. Así pues, dejaré que los jueces se tomen un tiempo para dictar sentencia.

—¡No! ¡Alteza, por favor! —suplicó Yaba.

—¡Entonces dime! ¿De dónde viene esa oscuridad? —insistió ella, elevando la voz con carácter. Yaba apartó la cara —Que se dicte sentencia.

Los jueces se alejaron de allí para deliberar. Después de lo visto y oído, ella tenía clara cuál sería la resolución. La Justicia de Din parecía reírse en su cara, la inmensa cuchilla brillando con un aspecto macabro que le revolvió las tripas.

—¿Estás bien? —preguntó Cecille, que se acercó a ella por detrás —estás muy pálida, Zelda. Tal vez necesites un poco de agua.

—Estoy bien. Sólo quiero que todo acabe.

—¿Estás segura? Puedo quedarme aquí a tu lado por si te sientes mejor.

—No es necesario, de veras —dijo ella, apretando la mano de Cecille en agradecimiento.

Al fin los jueces regresaron. Las expresiones que dibujaban en sus rostros lo decían todo, no había resquicio alguno de esperanza en ninguno de ellos. Zelda tomó aire y se preparó para oír el veredicto.

—En primer lugar, oigamos la sentencia del pueblo sheikah —anunció el heraldo. —Después intervendrán los demás en orden.

Impa se puso en pie, miró a Zelda y después a los acusados.

—El pueblo sheikah ha decidido que los delitos que ambos acusados han cometido son demasiado graves. Y en base a nuestro juicio y por la seguridad del reino de Hyrule, de su princesa y de sus habitantes; se les condena a la Justicia de Din.

Zelda sintió que el estómago se le vaciaba, tuvo que hacer un esfuerzo por no desmayarse allí mismo.

—Por los mismos motivos, el pueblo zora condena a la bruja a morir quemada en la hoguera, y a Tarek de Tanagar a la horca —intervino Dorphan.

—El pueblo orni coincide con el pueblo zora, ambos han de morir para pagar por sus pecados. Hoguera y horca.

—Nosotras las gerudo nos sentimos agraviadas —dijo Riju. Sus ojos refulgían aún con el dolor de las pérdidas en la batalla de la llanura —Justicia de Din para ambos.

—El pueblo goron condena a ambos, pero deja el castigo en la decisión de su alteza real, la princesa de Hyrule. —intervino Yunobo. Ella se lo agradeció con un gesto, aunque eso significaba que su voto era neutro y no serviría para decidir nada.

Zelda miró a Reede y Prunia. Todo estaba en sus manos, el desempate a una muerte cruel y sanguinaria u otra igualmente terrible pero menos escandalosa.

—Hablaré yo —dijo Reede. Cuando se volvió para mirarla, tenía lágrimas en los ojos —Alteza… perdimos a Azu. Es más de lo que podemos soportar. El pueblo de Hatelia vota por la Justicia de Din.

Era tarde, tarde, su mayor temor se hacía realidad. Más sangre hyliana manchando la tierra de Hyrule. "Hylia, perdóname", pensó. Estaba tan aturdida que le costó trabajo reaccionar.

—Alteza —dijo Impa, acercándose a ella y apretándole el brazo para hacerla volver en sí.

—Sí, estoy bien —dijo ella, intentando recomponerse —En ese caso, y como dictan las antiguas leyes de Hyrule, condeno a Tarek y Yaba de Tanagar a sufrir la Justicia de Din.


Se tomaron un descanso hasta la medianoche, cuando sería la ejecución. Ella pidió que la dejaran a solas, quería meditar, rezar, encontrar una respuesta.

No dejó que nadie se acercase a ella, ni siquiera Link, aunque él parecía también desolado y no pronunciaba palabra. Ella intentó rezar, pero sentía la cabeza atascada y una tenue niebla había empezado a empañarle la vista, así que pronto volvió al Coliseo con los demás.

Si Tarek y Yaba tenían una última voluntad, ella no estuvo allí para escucharla.

Los chillidos de Yaba empezaron a retumbar en el inmenso Coliseo nada más llegar la medianoche. Ella iba a ser la primera en morir. Se retorció, pataleó e incluso mordió a los guardias zora que pretendían atarla cabeza abajo a las dos enormes columnas del instrumento de ejecución.

—¡Piedad, piedad! —chillaba.

Chillaba tan fuerte, con una voz tan desgarradora que Sophie empezó a sollozar y Cecille se tapó los oídos con las manos. Los soldados de Tanagar apartaron la vista, todos ellos habían suplicado el perdón y habían sido exculpados, pero ahora eran incapaces de mirar.

Fueron Link y Kei los que tuvieron que someter a la anciana, porque el resto parecía acobardado, superados por la situación, todos fueron rápidos en dictar la sentencia, pero ninguno quería ejecutarla.

Una vez colgaron a Yaba cabeza abajo, estaba abierta en cruz, atada por tobillos y muñecas a los mástiles verticales. Sólo quedaba soltar la cuchilla que pendía del eje central de la Justicia de Din. Después unos se miraron a otros, con confusión. Dorphan miró al cielo, y el resto apartó la mirada a un ángulo u otro, nadie miraba a la anciana condenada.

—Yo lo haré —dijo Impa.

—¡No, ni hablar! —intervino Zelda. Hacía esfuerzos para que no se le saltaran las lágrimas.

—Soy la más anciana de todos. Lo haré yo.

Impa habló con tanta autoridad que nadie se le resistió. Bajó a la arena y recibió la cuerda que sujetaba la cuchilla de manos de Link. El silencio que se hizo fue tan inmenso que Zelda alcanzaba a oír los latidos de su propio corazón, muy irregulares, dentro de su pecho. Se ahogaba.

De repente Impa tomó aire, todos respiraron con ella, y soltó la cuerda, dejó que se escurriese entre sus arrugados y centenarios dedos. La cuchilla seccionó el aire con un macabro sonido de muerte.

—¡Apartaos todos, ahora! ¡A cubierto! —gritó Link.

Zelda había cerrado los ojos. Cuando los abrió, no vio el cuerpo de Yaba seccionado de abajo a arriba, en canal. La cuchilla estaba hundida en el suelo, pero el cuerpo… No había cuerpo, no había Yaba. Una inmensa nube de oscuridad surgió del lugar donde debían estar los restos de la anciana.

Link desenvainó la Espada Maestra, brillaba con aquella energía azulada que sólo había mostrado ante el mismo rostro de Ganon. Mientras todos intentaban protegerse, él arrojaba halos de energía sin descanso, uno tras otro, mientras les gritaba que se apartasen y se pusiesen a salvo. La oscuridad retrocedía ante él, pero no era suficiente.

Zelda saltó a la arena. Se debatía entre un profundo mareo y el fuego que ardía en su pecho, rugiendo por salir. Link atacaba una y otra vez, y como había pasado hacía más de cien años atrás, ella se interpuso entre él y la oscuridad, alzando la mano al frente.

—¡Basta! —gritó.

Los triángulos sagrados se manifestaron con una energía inmensa, cegadora. Sentía la luz brotando de cada centímetro de su cuerpo, como en su momento de mayor esplendor. Cerró los ojos y descargó todo, el poder de la Trifuerza fluyó como un torrente en contra de aquella oscuridad. Vio poco a poco cómo el mal retrocedía, cómo se retorcía como un gusano malherido ante su ataque. Zelda empezó a notar algo extraño justo en ese momento. Se estaba ahogando. Había dejado de respirar, no sabía bien en qué momento. Su pecho se encogía y estiraba con violencia, trataba de succionar aire mientras la luz dorada no paraba de manar de su cuerpo. Pero había dejado de respirar, había olvidado la última vez que lo había hecho. No había aire. Ya no había más.


—¡Zelda! —gritó Link, abalanzándose sobre el cuerpo caído de la princesa.

Lo había visto todo. Cómo ella se había arrojado a la arena, cómo lo había apartado a un lado protegiéndolo, para hacerse cargo de aquel mal. Después la vio envuelta en oscuridad y no pudo alcanzarla, hasta que la luz surgió de su cuerpo y lo borró todo. Y después… después quedó su cuerpo inerte, diminuto sobre la arena.

—¡Despierta, despierta! —se arrodilló en la arena y puso la cabeza de Zelda sobre su regazo.

—Link, ¿está bien? ¡Dime algo! —preguntó Kei, el único que había permanecido en la arena cerca de él.

—¡Link! —dijo Nyel, que cayó en picado desde las alturas.

—Despierta… —murmuró él. Nunca antes la había sentido tan inerte salvo… salvo en aquella horrible visión.

—¡Despiértala! ¡Ahora! —gritó Impa a su espalda, también recuperada del impacto.

—No puedo —dijo él, con una voz tan lejana que parecía no pertenecerle —no respira.


Nota: Gracias por seguir la historia! Por vuestros likes, follows y reviews :) Un abrazo, -Nyel2.