Capítulo 23 - Origen

Link volvió agotado ese día. Ya había anochecido casi del todo y la oscuridad apenas le permitía distinguir el camino de vuelta.

—Tres días —le dijo Kei, al verle llegar con el ceño fruncido.

—No hay suficiente leña, mañana nos levantaremos temprano para cortar más —respondió él.

Entró en la cabaña y se cambió la camisa, no iba a tener tiempo de darse un baño esa noche. Había cazado y desollado un ciervo en el bosque y transportar toda esa carne de vuelta le había llevado demasiado tiempo.

Cuando salió, Kei ya estaba terminando de preparar la cena.

—Toma, espero que sea suficiente —le dijo, tendiéndole un cuenco con guiso de verduras, setas y pescado.

Él lo engulló con los ojos fijos en el fuego. Estaba bueno y era reconfortante.

—Link, llevas tres días seguidos sin verla —insistió Kei —me preocupas.

Resopló y terminó su cena con parsimonia, tomándose todo el tiempo del mundo para responder. Después de todo, si algo le sobraba era tiempo.

—Verla o no verla no va a cambiar nada —dijo al fin —y cada vez que la veo me hace más daño del que te puedas llegar a imaginar.

—Tal vez note tu presencia.

—No. No funciona así.

Kei se calló y no dijo nada más en todo el rato que se mantuvieron en la hoguera. El sheikah había aprendido a conocerle, sabía que no merecía la pena insistir.

Al día siguiente cortaron leña, como habían acordado la noche anterior. Link conocía aquellos bosques como la palma de su mano y sabía muy bien dónde acudir para que el trabajo fuese efectivo.

—Link.

—No lo estás haciendo bien, no seas vago —gruñó él —si sólo cortas árboles enfermos y medio podridos estropearemos el resto de la leña. Esfuérzate un poco más.

—Link, he estado pensando —dijo Kei. Le había hecho caso y se situó junto a un árbol con mejor aspecto que la triste rama que intentaba cortar antes.

—Aham.

—No tiene por qué ser como tú, no tienes por qué llegar a anciano esperando. Podría despertar de un día a otro. Sé que eso es lo que te preocupa.

Él ignoró a Kei por un momento y se cebó con el duro tronco de un arce hasta hacerlo caer. El sudor le caía a chorros por la frente.

—No, no es eso lo que me preocupa. Esperaré toda mi vida. Moriría esperándola. Pero tú no tienes por qué hacerlo. Te he dicho miles de veces que eres libre de volver a Kakariko cuando quieras. Así que deja de "pensar tanto".

Kei arrojó el hacha al suelo con furia y se precipitó colina abajo dando grandes zancadas. Link apretó las mandíbulas y unos segundos después se vio azotado por un profundo sentido de culpabilidad.

—¡Kei, espera! —gritó, corriendo tras él —espera.

El sheikah no detuvo el paso ni cuando lo tuvo al lado. Link lo agarró del brazo con fuerza para detenerlo.

—Perdóname —murmuró.

—No te oigo bien —refunfuñó Kei, cruzándose de brazos.

—Vamos, no me hagas suplicarte.

—No eres el único que está sufriendo con todo esto, ¿sabes? —le reprochó Kei. —sólo llevamos aquí tres meses y cada vez estás peor, Link.

—Ya, ya lo sé.

—Si crees que no te sirvo de ayuda, me iré a Kakariko y rezaré por nuestra princesa desde allí.

—No. Quédate —Link se llevó la mano a la frente y la arrastró por la cara, recomponiéndose —tú me haces estar centrado. Es… es sólo que no puedo verla. Es como si estuviese muerta.

—Te prohíbo que vuelvas a decir eso. Sabes que vive y que un día despertará, como tú hiciste.

Link apretó los puños y desvió la mirada al suelo. Tuvo que respirar un par de veces para sentirse sereno del todo.

—Sí, lo hará.

—Bien. Ahora podemos volver a cortar tu estúpida leña —dijo Kei, dando media vuelta y subiendo colina arriba.


Link tenía pesadillas. A veces soñaba que la cuchilla de la Justicia de Din rompía a Yaba y de su interior salía el mismo Ganon. Otras que la hoja de acero se rompía al tocar a la bruja. Pasase lo que pasase, siempre salía corriendo a buscar a Zelda, y todas las veces ella se ahogaba en sus brazos sin que él pudiera hacer nada para arreglarlo. La veía como dormida, con los ojos cerrados. Él ponía los labios sobre los de ella, que notaba fríos y amoratados, y le insuflaba aire con todas sus fuerzas, hinchándole el pecho con cada respiración. Pero no servía de nada. Entonces maldecía. Maldecía a la misma diosa Hylia y la enorme cuchilla de Din se precipitaba sobre su cabeza. Despertaba justo antes de que el filo le alcanzase. Gritaba y se incorporaba temblando y envuelto en sudor.

—Link, despierta, amigo.

—¿Kei? —preguntó, aturdido.

—Tranquilo, ha vuelto a pasar. Ya estás despierto y todo está bien.

—Diablos. ¿He gritado?

—Como para despertar a toda criatura de la Meseta de los Albores —dijo Kei, sonriéndole para darle ánimos.

—No voy a poder dormir más. —dijo él, aún le temblaban las manos.

—Pues deberías intentarlo, aún falta para el amanecer.

Kei apagó la lámpara de aceite y ambos se volvieron a acostar. La cabaña del viejo rey Rhoam era pequeña y no había mucha separación entre las dos camas, así que Link siempre despertaba a Kei con sus terrores nocturnos.

Se tumbó boca arriba con los brazos bajo la cabeza y miró el techo de la cabaña. "El veneno estaba en la tiara real, ¿por qué demonios no se nos ocurriría?", pensó, fustigándose una y otra vez. Cuando capturaron a Yaba en el bosque Dalite la registraron de arriba abajo, los sheikah se encargaron de eso. Pero no se les ocurrió mirar los "regalos" que ella había preparado para Zelda. Fue un envenenamiento sutil y progresivo. Prunia dijo que jamás había visto una magia parecida, que no sabía cómo demonios el veneno se había transferido de la tiara real a la cabeza de Zelda. Si hubieran celebrado el juicio en el bosque como ella propuso… sin tanta ceremonia ni parafernalia no se habría puesto la tiara real. Pero no fue así. Zelda se asfixió cuando su cuerpo no fue capaz de tolerar más veneno.

Cerró los ojos e intentó no pensar más en eso. Era algo que no tenía remedio, como decía Sasaik, "el pasado no puede cambiarse".

Maestro.

Link se incorporó en la cama de golpe. La Espada Maestra estaba apoyada en la pared frente a la cama. Peleaba por brillar con su luz azulada dentro de la funda. Volvía a oírla… otra vez.

Se apresuró para desenvainarla y gran parte de la habitación se iluminó. Kei gruñó y se incorporó sobre un codo, frotándose los ojos.

Maestro, ha despertado.

—¡Kei!

—¿Qué diablos pasa ahora?

—Es la Espada… ¡ha vuelto a hablarme!

—¿Estás seguro?

—Vístete, maldito sheikah débil y perezoso. La Espada dice que Zelda ha despertado.

—No lo habrás imaginado…

—¿Es que no la ves brillar? Maldita sea, es la misma voz que me pidió que la trajésemos aquí. Muévete.

Ambos se deslizaron como dos sombras en medio del Bosque de los Espíritus. Era el camino más corto para llegar hasta el Santuario de la Vida, en una elevación de la Meseta de los Albores. Allí descansaba Zelda, aferrándose a un hilo de vida tan mínimo que todos la creyeron muerta. Pero no lo estaba, no del todo, por eso podría reparar sus daños en la Fuente de la Resurrección, del mismo modo en que él mismo los había reparado durante cien años.

—Detente —ordenó Link, al llegar al borde de la cueva donde estaba el santuario. —mira ahí.

Oyeron un sonido de pasos, retumbando en la caverna. Y luego una luz que se fue agrandando desde el interior. Zelda apareció envuelta en un camisón blanco, con una antorcha en la mano. Respiraba con mucha dificultad, Link supuso que debía estar muerta de miedo. Pero era ella, estaba viva… y había despertado. Respiraba y caminaba. El corazón saltaba en su pecho al volverla a ver con aliento y no pudo esperar ni un segundo más.

—¡Zelda! —exclamó, saliendo a su encuentro.

Ella elevó la antorcha para defenderse, tanto de él como de Kei que también había salido de su escondrijo.

—¿Quiénes sois? ¿Sois ladrones?

—¡No! Somos Kei y Link, ¿no nos ves? —dijo Kei. Intentó dar un paso hacia ella y le amenazó con la antorcha.

—Si intentáis robarme o hacerme daño os quemaré.

—¿Qué diablos le pasa? —preguntó Kei a Link.

—No sabe quiénes somos. No sabe quién es ella misma.

Link se aproximó con las manos en alto. Sabía que eso podía pasar, sabía que toda su memoria podría borrarse. Pero a la vez esperaba que eso no ocurriese, ella tenía un espíritu especial, eso debería poder protegerla de algo así.

—Tranquila, no queremos hacerte daño y no somos ladrones —dijo Link —sólo estamos para ayudar.

Zelda dudó un momento, pero al fin relajó su actitud defensiva. Miraba a uno y a otro alternativamente, buscando respuestas dentro de su cabeza. Link le tendió la mano, pero ella sólo se dedicó a mirarle con desconfianza.

—Tenemos un refugio aquí cerca, las noches en la Meseta de los Albores son muy frías. Deberías venir con nosotros y así nada malo te pasará —insistió.

—¿Cómo sé que no vais a intentar hacerme daño?

—No tienes forma de saberlo —admitió Link —así que tendrás que confiar en nosotros.

—Link tiene razón, es inseguro que te quedes sola por estos bosques —intervino Kei —nosotros somos tus amigos, debes creernos.

Ella terminó cediendo. Dejó que Link llevase la antorcha y los guiase colina abajo, de vuela a la cabaña. Él se volvía de vez en cuando para mirarla entre las sombras del bosque. Parecía estar bien, sana y recuperada, pero había miedo en sus ojos verdes y eso hacía que se le encogiese el corazón. Deberían estar juntos, en Hatelia, como habían planeado tantas veces, pero ahora ella era incapaz incluso de aceptar la mano que le tendía.

Cuando llegaron a la cabaña, Zelda se quedó mirando la puerta, pero no se atrevió a entrar. Se dejó caer en un asiento junto a las cenizas del fuego que Link y Kei habían encendido esa noche.

—Adentro es seguro, Kei y yo dormiremos aquí afuera —se ofreció él, pero Zelda no respondió, tan solo evitó mirar a ninguno de los dos a los ojos.

Kei apareció con una capa y se la ofreció. Ella la aceptó sin decir nada y se envolvió en ella. Tanto Kei como Link se sentaron también alrededor de un fuego que ya no existía, a una distancia prudencial de la princesa.

—¿Por qué me estáis ayudando? —preguntó de repente, rompiendo un largo silencio.

—Porque somos tus-

—Fuiste envenenada —interrumpió Link e hizo un gesto a Kei para que le permitiera hablar —estuviste a punto de morir. Ese lugar en el que has despertado tiene el poder de regenerar tu cuerpo, pero… suele borrar todos los recuerdos de tu cabeza. Por eso no sabes quién eres, ¿me equivoco?

—Tú me has traído aquí para que me curase —adivinó ella, mirándole por primera vez.

—Sí.

—¿Por qué?

Link tomó aire. Todo era tan difícil. Sólo sentía odio y rencor hacia la desaparecida Yaba por hacerles pasar por eso otra vez.

—Eres la princesa Zelda de Hyrule —dijo él al fin —No lo recuerdas, pero lo eres. Y yo soy el caballero encargado de protegerte, hice un juramento para que así fuese.

—¿Una princesa? ¿Me tomáis el pelo?

—Esto es ridículo… —se quejó Kei.

—¿Y tú quién diablos eres? —preguntó ella, girándose hacia el sheikah con mal humor.

—Yo soy del pueblo sheikah que siempre protege a la familia real. He venido junto a Link para esperar a que tú despertases.

Ella sopesó la información durante unos instantes y después se puso en pie.

—Voy a entrar ahí dentro. Si intentáis hacerme algo malo os aseguro que me defenderé.

—Me parece justo, aquí tienes —dijo Link. Y se sacó la daga que siempre escondía en su bota para tendérsela a ella.

—¿Es una trampa?

—No.

Zelda quitó la daga de las manos de Link y después se apresuró hacia el interior de la cabaña, cerrando con un portazo. Ambos escucharon cómo trataba de atrancar la puerta por dentro. Después ya solo hubo silencio.

Link se dejó caer sobre su sitio con un largo suspiro.

—Link, eres idiota —dijo Kei, que aún estaba contrariado por todo —¿el caballero encargado de protegerla? ¿Por qué no le has dicho la verdad?

—¿Qué verdad? —dijo él, con aire cansado.

—Que tú eres su… no eres sólo… eres su Link. Eso es.

—No sabe ni quién es, está muerta de miedo y perdida. He pasado por ahí así que te aseguro que lo mejor no es decirle todas esas cosas de golpe. Las tendrá que ir descubriendo por sí misma.

—Odio todo esto —gruñó Kei —¿tú cómo te sientes? ¿Cómo puedes estar tan tranquilo?

—No puedo decir que me sienta bien —reconoció él —pero prefiero mil veces volver a verla viva aunque eso suponga que jamás volviese a recordarme.


Mientras Kei iba a buscar agua al río él se encargó de preparar un desayuno. Desde bien temprano humeó la hoguera y los olores de la comida se expandieron desde la cabaña del viejo rey Rhoam.

—Link, buenos días.

Él se giró, sobresaltado al sentir que Zelda lo llamaba por su nombre.

—Buenos días, ¿has podido dormir?

—Sí, gracias. —se aproximó y se sentó cerca de donde él estaba cocinando. Era obvio que muchos de los recelos que había sentido la noche anterior se estaban esfumando.

—He preparado este desayuno abundante, es importante que comas bien —dijo él. Después le sirvió una ración de guiso y un cuenco con frutas del bosque y miel.

—Está bueno —dijo ella, dibujando una media sonrisa.

Link sintió que el corazón le daba un vuelco al verla sonreír otra vez, pero tuvo que sobreponerse a sus emociones para no asustarla.

—No sé si te sientes bien del todo, hay unos médicos sheikah en un lugar al que nos dirigiremos hoy. Ellos te examinarán para comprobar que no tienes ninguna herida.

—No tengo ninguna herida —dijo ella de inmediato —salvo tal vez la de mi cabeza. Aunque… ¿sabes? Creo que he conseguido recordar algo.

—¿Ah sí?

—Estaba jugando en un enorme jardín. Había banderas azules con tres triángulos amarillos y unas alas. Y una mujer muy alta y con el pelo rojo se acercaba a mí. Padre quería que se encargase de cuidarme.

—¿Nos crees ahora cuando decimos que eres la princesa Zelda?

—Sí, pero… ahora tengo miedo.

—¿De qué?

—De saber más.

Link la miró y sintió que se le anudaba la garganta. Saber más era horrible. Saber más significaba que tendría que recordar todas las pérdidas, una vez más. Tal vez el destino le había brindado a Zelda la oportunidad de vivir en un mundo nuevo, en el que no tendría que revivir la muerte de su padre, ni de los elegidos, ni de tantos otros.

Kei apareció lleno de barro y ramas. Soltó un par de brazadas de leña en el cobertizo y después se sentó, apresurándose a llenarse la boca con el desayuno. Esto hizo reír a Zelda, que cada vez parecía un poco más ella misma.

Después del desayuno hicieron el equipaje. Casi cuatro meses habían pasado en la fría Meseta de los Albores, aislados, a la espera de que la princesa de Hyrule renaciera en el Santuario de la Vida.

—El lugar al que vamos no está lejos y es muy importante volver allí. Todos están preocupados por ti —dijo Kei, ajustando las correas de su montura.

—¿Allí está mi casa? —preguntó ella —¿por qué no vamos al castillo?

—El castillo ya no está en pie —aclaró Link.

Zelda quiso decir algo, pero se aguantó las palabras. Tal vez estaba esforzándose por recordar, él había dibujado ese gesto en su propia cara cientos de veces.

—Sólo tenemos dos caballos —dijo Link —así que tendrás que montar con uno de nosotros.

—Sí, iré contigo, Link.

Descendieron durante todo el día la Meseta de los Albores. Había un camino estrecho y muy sinuoso que podía hacerse a caballo y que estaba oculto, tan solo los sheikah conocían ese paso, ni siquiera Link había sabido de su existencia.

Llegaron a las viejas caballerizas reales, a unas pocas millas del paso de los Picos Gemelos al anochecer. Kei cabalgaba bastante adelantado, veían su silueta fundirse con los colores morados del horizonte.

—¿Estás cansada? —preguntó Link. Zelda había hecho muchas preguntas sobre el viaje, había incluso recordado algunos lugares, pero llevaba un buen rato sin abrir la boca.

—Tengo un poco de sueño.

—No teníamos pensado parar a dormir, estos lugares son fríos y húmedos, es preferible cruzar el paso de Picos Gemelos.

—Entiendo.

Él suspiró y apretó las riendas del caballo con fuerza.

—Si quieres puedes agarrarte a mí y yo te sostendré la mano, así no caerás del caballo si te quedas dormida.

Link se sintió un poco tonto al decir eso. Tan sólo habló su deseo de reencontrarse con ella y de poder calmar un poco la ansiedad que suponía no poder abrazarla y tocarla como le habría gustado. Estaba a punto de disculparse con ella cuando con sorpresa sintió una mano deslizarse por su cintura y la otra más arriba, sobre su pecho. Él sostuvo una de las manos, la que estaba más baja, para asegurar que ella no se cayese de la montura.

El corazón te late muy deprisa —observó Zelda, al notar el pulso bajo la mano que tenía sobre el pecho de Link —yo… ¿qué me pasa?

—¿Estás bien?

—Sí es que… no es nada, sólo ha sido una sensación.

—¿Crees que has recordado algo?

—No lo sé…

—No te preocupes. Recordar lleva tiempo. Ahora descansa, pronto estaremos en los Picos Gemelos.


Cruzaron la muralla de Hatelia al mediodía del día siguiente. Link elevó la vista al muro acabado, ya no había ruinas ni restos de destrucción, todo se había reparado en base a los planes que Zelda había hecho. Ella sin embargo cruzó el lugar ajena al resultado de sus ideas y su trabajo.

—Son unas murallas fuertes —dijo Link. ¿Qué podría ser lo que restaurase la memoria de Zelda? No parecía reaccionar fácilmente a imágenes o paisajes conocidos, como le pasaba a él.

—Sí, han hecho un trabajo impecable en este tiempo que hemos estado fuera —sonrió Kei.

Ascendieron por la arboleda que había entre las murallas y la entrada a la aldea, ahí decidieron descabalgar. Link tomó aire, estaba tan cansado, llevaba tanto tiempo soñando que volvería a casa para poder estar tranquilo que apenas podía creer que estuvieran a las puertas de Hatelia.

Nada más cruzar los umbrales de la aldea, se corrió la voz de que estaban de vuelta. Empezaron a aclamarlos, gritando sus nombres y el de la princesa. Un niño bajó colina abajo corriendo y se enganchó en la pierna de Zelda.

—¡Profesora! ¡Estás viva!

El niño se echó a llorar, enterrando la cara en el cuerpo de Zelda.

—Sí, estoy bien, tranquilo —dijo ella, agachándose para estar a su altura —ahora ve con tus padres, estoy bien, de verdad.

—¿Volverás a la escuela? —preguntó el niño, sorbiendo las lágrimas.

—¿A la… escuela? Sí, claro que volveré.

El pequeño pareció darse por satisfecho y salió corriendo para volver con su madre que lo observaba de lejos. Muchos otros quisieron acercarse y Link y Kei tuvieron que contenerlos lo mejor que podían.

—Ahora no es el mejor momento de hablar con su alteza —decía Kei.

—Vamos, os verá a todos más tarde —insistía Link, abriéndose paso entre la gente.

Fue entonces cuando notó la mano de Zelda agarrándose con fuerza a su camisa por la espalda.

—Por favor, Link. Sácame de aquí. —le susurró por detrás.

—¿Cómo?

—Sácame, estoy muy nerviosa.

Link la tomó de la mano y tiró de ella, desviándose por uno de los estrechos callejones de la aldea. Saltaron entre los huecos que había entre casa y casa, por encima de cajas y ánforas de almacenaje de grano. Ascendieron por una colina embarrada y al fin llegaron al pequeño puente que conducía a la casa de Zelda. Nadie los seguía, ni siquiera Kei, habían conseguido dar esquinazo a la multitud. Él abrió la puerta de la casa y Zelda se precipitó dentro sin pensarlo dos veces.

—¿Estás bien? —preguntó alarmado.

—No conozco a nadie de ahí afuera —dijo ella, las lágrimas habían brotado de sus ojos en algún momento y ahora en ellos sólo se reflejaba una especie de ansiedad nerviosa.

—Conseguirás recordarlos, te lo prometo.

—No sé cómo…

—Con tiempo.

—Ahora sólo quiero estar sola —dijo, mirándolo a él como si fuese un extraño más de la multitud.

Link se tragó su angustia y le indicó dónde estaba su dormitorio, en el ático de la tercera planta. Después la dejó tendida en la cama, echa un ovillo.

Cuando volvió a la planta baja de la casa encontró al séquito sheikah al completo, Prunia, Symon y Kei.

—¿Cómo está? —se anticipó Prunia con nerviosismo.

—Asustada —dijo él.

—No sé cómo ese maldito aparato destruye la memoria de esa forma y no tuvo ningún efecto en mí —reflexionó Prunia, apretando los puños.

—Bueno —tosió Symon —algún efecto sí parece que tuvo.

—Este efecto no significa nada —protestó ella, poniendo los ojos en blanco —además, ya he dejado de decrecer. Noto que envejezco cada día. Pero basta de hablar de mí. Esta noche dormiré aquí y mañana a primera hora le haré un examen médico completo. Hemos de asegurarnos de que no queda ni un milímetro de veneno en su sangre.

—Eso me dejaría mucho más tranquilo —admitió Link.

—Symon, Kei. Vosotros subid a dormir al laboratorio, yo me quedo aquí con Link. Uno de los dos partirá mañana a Kakariko a dar las buenas noticias y el otro se encargará de mandar misivas a todos los gobernantes. Ha sido una pesadilla para todos este tiempo sin nuestra princesa.

Kei abrió la boca para protestar, pero al ver la determinación de Prunia agachó la cabeza y obedeció sin más.

Una vez se marcharon todos, Link se dejó caer en una silla, con cansancio.

—Link, tú eres el único con experiencia en todo esto y sabes que es posible recuperar la memoria… así que alegra esa cara —le dijo Prunia.

—Sí, tienes razón. Es sólo que pensé que ella me reconocería al verme.

—Es un proceso complicado, pero reversible. Sólo debes pensar en eso.


Zelda bajó las escaleras doliéndose de un brazo. Él había preparado un inmenso desayuno, se había esforzado en preparar algunas cosas que sabía que a ella le gustaban, también los olores y sabores devolvían los recuerdos perdidos.

—Esa sheikah diminuta me ha inyectado al menos tres sustancias distintas.

—¿Te ha dolido?

—Un poco —sonrió ella.

Link sintió una oleada de calor al volver a verla sonriente y calmada. Otra vez parecía confiar en él.

—He preparado este desayuno.

—Tendremos que invitar a media aldea para poder dar cuenta de él —bromeó Zelda —En serio, gracias, Link. Para ser mi escolta personal te esfuerzas mucho.

Él tosió y después fue hacia la cocina, tratando de disimular.

—Hoy saldré a hacer guardia alrededor de la casa, como debe hacer un escolta.

—Ey, no me malinterpretes —dijo ella, poniéndose en pie y caminando hacia él —es que veo que cuidas de mí de un modo especial. Dime, tú y yo éramos buenos amigos, ¿no?

—Sí, así es.

—Recuerdo a Urbosa y a Revali. Padre me los presentó. Pero…

—Yo fui designado tu escolta —interrumpió él —ahora voy a salir un poco, hay cosas que tengo que hacer. Todos quieren venir a verte y he de decirles que aún no estás preparada.

—Pero Link…

—No tardaré.

Salió de la casa dejando a Zelda con la palabra en la boca.

En los días sucesivos Link se comportó como lo haría el más perfecto caballero de la guardia real de Hyrule. Tenía la sensación de haber retrocedido años atrás, cuando acababa de ser designado en su posición. La diferencia es que él no era el mismo, ni Zelda tampoco.

Cada cosa, cada movimiento que ella hacía le resultaba doloroso, era casi un castigo no poder expresar sus sentimientos hacia Zelda y tener que conformarse con ser casi un espectador en su vida. Había acordado con Prunia que era mucho mejor no interferir en su proceso de recuperación, ella tenía que recordar por sí misma como hizo él. Si le contaban lo ocurrido, si se lo decían todo, ella podría desconfiar y creer que estaba siendo manipulada.

Por otra parte, la Zelda que tenía ante él no era la misma que se desvaneció en el Coliseo, pero tampoco era igual a la de hacía cien años, la que le rehuía y trataba de alejarle. Más bien al contrario, ella buscaba su compañía y consejo de una forma amistosa… casi dolorosa para él. Poco a poco recordaba detalles, pero no preguntaba por nada relevante. Sabía que algo grave tuvo que ocurrir para no ver a su padre, para que el mundo estuviese tan cambiado. Zelda sabía que el Cataclismo había ocurrido, pero guardaba sus sentimientos al respecto y no parecía recordar mucho más, ni cómo se desató y mucho menos cómo consiguieron subsanarlo. Pero sí sabía que él había tenido algo que ver en eso.

Zelda fue recibiendo múltiples visitas en casa. Primero fueron los aldeanos, llevando presentes y buenos deseos. Fue visitada al completo por el séquito de Hatelia, pero no recordó a ninguno de ellos. Cecille tuvo que salir a la calle al no poder reprimir las lágrimas. Después fueron grandes mandatarios los que se desplazaron allí. Así, poco a poco ella tuvo la certeza de la desaparición de los cuatro elegidos y de la gran brecha temporal que separaba el presente de sus pocos recuerdos.

Los días pasaron y la vida se fue normalizando, Zelda tenía sus días alegres y otros en los que estaba más ausente, pero seguía sin recordarlo todo y Link empezó a perder las esperanzas.

—Link. Link, despierta…

Él tardó un darse en cuenta de que Zelda había bajado hasta sus aposentos, en la planta baja y lo zarandeaba de un lado a otro.

—¿Qué… qué pasa? ¿Qué hora es?

—No lo sé… aún falta para el amanecer.

Él gruñó y se frotó los ojos un par de veces, tratando de volver en sí.

—Link, creo que hay algo que intenta entrar en mi dormitorio. Intenta entrar por la ventana que hay junto al tejado.

Se puso en pie y agarró la Espada Maestra. Zelda lo seguía de cerca, agazapada detrás de él como un gato asustado. Subieron todo el tramo de escaleras hasta los aposentos de Zelda y todo estaba tranquilo, en silencio.

—¿Dónde has oído el ruido?

—Ahí, en la ventana.

Él se acercó para examinarlo de cerca. Como no conseguía ver nada abrió la ventana y saltó al pequeño tejado exterior.

—¿Link? —preguntó Zelda, desde dentro.

—Ven, asómate.

Ella sacó la cabeza por la ventana. Él se hizo a un lado como pudo para mostrarle algo que había en un hueco, entre la ventana y una teja.

—¿Ves? Lo que oías era el ruido de estos pequeños.

—¿Son pájaros?

—Sí, hay cinco polluelos. Oirás a los padres caminando sobre las tejas, puede que hayan golpeado la ventana sin querer. ¿Quieres que ponga el nido en otro sitio?

—¡No! —exclamó ella, casi con indignación —esos pollitos son preciosos, no quiero que nada malo les pase.

Él volvió a la habitación con cuidado y después cerró la ventana. No podía reprimir la risa al pensar que Zelda se había asustado por algo tan inofensivo.

—Link, ¿te estás riendo de mí?

—No…

—No finjas, te estoy viendo reírte —dijo ella, haciéndose la ofendida.

—Puede que un poco, pensé que había un ejército de moblins en tu ventana y resulta que sólo eran unos bebés pájaro.

Al fin soltó una carcajada y Zelda rio junto a él, al unísono.

—Siento haberte despertado —dijo Zelda, sin borrar la sonrisa.

—No importa.

—Me haces sentir muy bien —dijo ella de repente, cambiando el tono de sus palabras —muy bien.

—Me… alegro.

—Link, ¿por qué no consigo recordarte?

—No lo sé.

—Entonces, ¿por qué no me dices tú la verdad? ¿Por qué me siento así cuando estoy contigo?

—No puedo. Si lo hago, todo cambiará y nada volverá a ser como antes.

—Pero yo quiero saberlo.

—Vuelve a dormir.


Tarek seguía siendo un problema sin resolver. Lo habían mantenido preso, era todo lo que habían hecho después de la catástrofe que organizó Yaba en el Coliseo, después de estar a punto de llevarse por delante la vida de la princesa de Hyrule todo lo demás pasó a un segundo plano.

El consejo sheikah se había reunido en Hatelia al completo, había que tomar una decisión al respecto. Dorphan se había ofrecido a encarcelar y vigilar a Tarek, y en las mazmorras del Dominio Zora se había mantenido preso, pero ya era hora de liberar a los zora de esa obligación y dar un paso al frente.

Era por eso que todos se habían reunido en el laboratorio de Prunia. Pero como siempre, a Link le parecía que los sheikah eran indecisos y le daban demasiadas vueltas a todo. Estaba cansado y sólo quería que aquella reunión terminase para poder volver a casa a cenar con Zelda, que no estaba participando en la discusión por sus circunstancias especiales.

—Deberíamos ejecutarlo, como se acordó. No creo que haga falta más juicios —dijo Impa.

—No, fíjate lo que ocurrió con esa bruja… ¿y si de veras estaba hechizado? —repuso Prunia.

—El daño causado es demasiado grave. Debe pagarlo —insistió Impa.

—No nos toca decidir esta vez —dijo Rotver, que apenas había intervenido —creo que debemos dejarlo en manos de alguien imparcial.

—¿Imparcial? ¿Qué hay más imparcial que la sentencia de un Juicio de Sabios? —protestó Impa.

—La princesa de Hyrule ahora mismo es más imparcial —intervino Rotver.

—No. —Link se puso en pie y habló por primera vez en todo el rato.

—Link, ella no recuerda y eso la vuelve neutral, sólo hemos de exponer los hechos y-

—He dicho que no. No quiero someterla a esto otra vez —se negó él, frunciendo el ceño.

—La salud física y mental de la princesa es excelente —dijo Prunia —cada día mejor. De hecho, ya ha empezado a ayudarme en algunas de mis investigaciones, es inquieta y curiosa, su inteligencia natural ha vuelto a emerger.

—No entiendo por qué la queréis meter en esto, ¿es que no la habéis visto sufrir bastante? —insistió él, buscando apoyos. Pero la idea de Rotver pareció gustar al consejo sheikah.

—No tendrá por qué ver a Tarek —dijo Impa —ni siquiera salir de casa. Se le contarán los hechos y ella tomará una decisión. Y… después habrá que coronarla reina.

—¿Qué? No puedo creerlo… —dijo Link, llevándose las manos a la cabeza.

—Hemos de coronarla para evitar que surjan más usurpadores como Tarek, es por su propia seguridad y la del reino.

—No, si seguís por este camino me plantaré en la puerta e impediré que ninguno de vosotros se acerque a ella, ¿me habéis entendido? —golpeó la mesa y se cruzó de brazos ante la mirada atónita de los sheikah.

—Bueno, es demasiado tarde para seguir discutiendo —intervino Rotver, tratando de calmar un poco los ánimos —lo dejaremos por hoy y mañana decidimos.

Link salió como una flecha del molino de Prunia. No quería más reuniones y le enfurecía que Zelda volviese a salir dañada por culpa de las decisiones de los sheikah.

—¡Link, espera! —lo llamó Rotver, que salió corriendo tras él —muchacho, vas a hacer que me ahogue.

—No tengo ganas de hablar, Rotver, ni de hacer bromas.

—Vale, vale. Lo entiendo.

Reanudó el camino colina abajo y el sheikah lo acompañó.

—He traído un poco de eso que tú sabes que nos gusta a los dos tanto —insinuó Rotver.

—Lo agradezco, pero hoy prefiero estar tranquilo. Zelda me espera para cenar y después sólo quiero descansar un poco.

—¿Y después de la cena? ¿Qué tal un trago con este viejo sheikah?

Link se detuvo y miró al diminuto sheikah. Pensó que tal vez el ofrecimiento a beber era su disculpa por haber sugerido la idea de que fuese Zelda la que dictase la sentencia de Tarek.

—Gracias, Rotver. Otro día tal vez.

—Quiero que te animes, Link. Ella sigue ahí dentro, dentro de sí misma. En cualquier momento puede reaparecer.

Él suspiró y reanudó el paso. Rotver sólo quería animarle, pero estaba un poco cansado de escuchar ese tipo de ánimos.

—Sigo pensando que ella sería una juez excelente. Y quiero que tú lo pienses también, y consideres convertirla en reina. Es la mejor forma de protegerla.

—Hasta luego, Rotver —se despidió, acelerando el paso.

—¡Link, piénsalo! —insistió el sheikah desde la distancia.

Cuando llegó a casa halló la planta baja desierta. Zelda había puesto la mesa y servido la cena, pero no estaba por allí. "Malditos sheikah y sus reuniones inútiles que me hacen llegar tarde. Todo el día hablando. Hablar tanto no sirve de nada" refunfuñó mentalmente antes de subir escaleras arriba.

Encontró a Zelda sentada en el suelo de su despacho, rodeada de papeles y pergaminos.

—¡Link! —exclamó ella al verle aparecer —¡mira todo lo que he encontrado! Es increíble, no tengo ni idea de cómo hemos podido avanzar tanto en las investigaciones sobre tecnología ancestral. Me siento muy emocionada.

—Me alegro —sonrió él, y se puso de cuclillas para estar a su altura.

—Hace falta mucho esfuerzo para llegar a esto, es un gran trabajo.

—¿Has registrado todos los cajones tú solita para encontrar esos papeles?

Zelda se ruborizó ante él y trató de disimularlo lo mejor que pudo.

—Bueno, esta es mi casa después de todo, ¿no? Si he tocado algo que no debía debiste decírmelo antes —se defendió, apretando los labios.

—Es una broma —rio él —puedes hacer lo que quieras con esos papeles llenos de garabatos.

—¡No son garabatos! Aquí hay diseños completos de los circuitos y mecanismos que mueven a los guardianes, es un trabajo brillante, Link, quiero que lo trates con respeto.

—Está bien, no os ofendáis, alteza real —bromeó —Y… lo de cenar, ¿qué te parece? ¿Tienes hambre? Yo sí tengo un poco de hambre…

"Ahora mismo me comería un rinoceronte de las montañas de Hebra, con cuerno y todo" pensó, mientras sentía el estómago rugir.

—Por la Diosa, había olvidado la cena —se lamentó ella.

—Es culpa mía, he tardado demasiado en volver hoy.

—No importa, te esperaré para comer como cada día a la hora que sea —sonrió ella.

Link sentía que el corazón le daba un vuelco cuando la veía sonreír así. Y ganas de besarla.

—Bien, pues vamos a cenar entonces —dijo él, incorporándose.

—Link, había tenido una idea para la cena de hoy —comenzó a decir ella con timidez —pero igual no quieres o ya es muy tarde.

—¿Una idea? Dime qué es —dijo él, mientras caminaba escaleras abajo.

—E-el otro día. El otro día fui con esa chica tan simpática, Cecille, a dar una vuelta por la aldea.

—Aham —dijo él, siguiéndole la conversación, aunque su cerebro sólo podía pensar en comida.

—Por encima de casa hay una colina con un gran árbol. Hay vistas hacia la llanura de Hyrule, y… se ve muy bien todo desde ahí.

—Sí, conozco el sitio —dijo él. Habían llegado a la mesa y ya estaba destapando la tapadera de una olla para olisquear el contenido.

—Podríamos poner la comida en una cesta y comer al aire libre —sugirió ella.

Link se giró para mirarla y vio que estaba nerviosa, un poco ruborizada.

—He analizado la temperatura de hoy —prosiguió ella, con las mejillas encendidas —y hace buen tiempo esta noche, no hará nada de frío. El viento sopla del suroeste y se mantendrá así varios días. Además, es sano salir al aire libre de vez en cuando, moverse favorece la circulación sanguínea y se está bien ahí, no es incómodo porque ya he estado probando antes y-

—Para, para —la interrumpió, sin poder evitar reírse —Claro que iremos, no hacen falta tantas explicaciones ni análisis. Si a ti te hace ilusión iremos a esa colina.

Zelda sonrió y entró corriendo a la despensa para buscar un par de cestas de mimbre. En pocos minutos prepararon el picnic y salieron al exterior, al lugar que ella había propuesto.

La comida hyliana era deliciosa. Link estuvo llenándose y relamiéndose durante todo el rato, mientras Zelda picaba un poco y parloteaba sin parar. De que los pájaros de la ventana del dormitorio ya habían abandonado el nido. De la tecnología ancestral. De las ideas de Prunia. De que Nana, la abuela de Cecille, le había enseñado a hacer queso de cabra. De que había encontrado la piedra sheikah y había pulsado varias opciones sin querer y no sabía ponerla en su estado original. Disculpas por lo de la piedra. Más disculpas por lo de la piedra. Le habló de que Kei le había prestado su arco y había descubierto que sabía disparar. No sabía cómo, pero lo hacía bastante bien. Le había ganado a Kei en una competición de tiro con arco y él se había marchado enfadado y poniendo excusas. Estuvo un rato riéndose del mal perder de Kei.

—Por la Diosa Hylia y todas las demás diosas —dijo Link, echándose un poco hacia atrás, satisfecho por la comilona —¿cómo diablos puedes hacer todo eso en un día?

—Tengo tiempo libre mientras tú haces tus cosas.

—Uhm —gruñó él, como única respuesta. Después se puso a guardar los platos y cuencos vacíos en las cestas, para apartarlas y que ambos pudieran relajarse con más comodidad.

—Sé que haces cosas que no me puedes contar. Porque son cosas que debería recordar y no consigo hacerlo. Me siento torpe, Link, quiero ayudar —confesó ella.

Aquel era el tema de conversación que removía a Link por dentro. Era lo que evitaba a toda costa. Con cada día que pasaba veía más improbable que ella volviese a recordar, y aunque la quería con todo su corazón, era su Zelda y a la vez no lo era. No sabía enfrentarse a esa situación y prefería esquivarla.

—Ya ayudas. Me ayudas mucho.

—No sé cómo —resopló ella.

—Pues, hemos subido a esta colina, el paseo ha favorecido mi circulación sanguínea, lo puedo notar.

Zelda soltó una carcajada y después puso los ojos en blanco, fingiéndose ofendida.

—Hay otra cosa que me he preguntado últimamente —dijo ella, recuperando un poco la seriedad —no sé si querrás contestarme.

—Ponme a prueba.

—Pues… sé que todos intentáis protegerme del pasado, Link. No soy idiota. Los sheikah, los aldeanos y sobre todo tú. Yo… he recordado algunas cosas, siento que tengo las piezas inconexas de un gran guardián mecánico, pero no soy capaz de unirlas.

—Zelda…

—No, deja que acabe —insistió —Sé que padre ha muerto. No sé cómo ni en qué momento, sé que no está. Y sé que el castillo está destruido. Recuerdo a Ganon encerrado en una bola de oscuridad. Y recuerdo tener pesadillas y no poder dormir, recuerdo noches frías en un húmedo suelo de piedra.

—Lo siento —dijo él. Zelda tenía los ojos verdes más claros, al borde de las lágrimas.

—No importa, son cosas que no puedo cambiar y aún no logro entender. Pero tú estás aquí conmigo, todo el tiempo. Y he empezado a preguntarme por qué.

—Soy tu escolta, aún no lo recuerdas, pero lo soy.

—Pero vives conmigo en casa. A-aunque fueses mi escolta lo normal sería que estuvieses cerca de tu familia, ¿no? —razonó ella —Que volvieses con ellos cada noche. Yo… me siento muy bien contigo cerca, Link, pero si tu familia te está esperando no quiero que mis problemas sean un obstáculo.

Él suspiró y evitó mirarla a los ojos para no derrumbarse allí mismo. "Tú. Tú eres mi familia, eres mi todo." Pensó, apretando los puños.

—También yo perdí a mi familia —dijo él —así que no debes preocuparte por mí.

—No puedo evitar preocuparme por ti, eres demasiado bueno conmigo, Link.

—Escucha bien —dijo, agarrándole la mano —estoy justo donde quiero estar. No querría vivir en otro sitio, ¿entiendes? No hay ni un solo rincón en todo Hyrule donde quisiera estar más que aquí.

—Siento mucho que no tengas familia —dijo ella, y se llevó el dorso de la mano de Link a la boca para besarlo.

Aquello era superior a sus fuerzas, ella era superior a sus fuerzas. Tuvo que encomendarse a la Diosa Hylia para no besarla, para no abalanzarse sobre ella y confundirla aún más.

—Tengo una princesa que custodiar, eso me da demasiado trabajo como para pensar en la familia. Además, es muy desordenada y eso hace que no me aburra lo más mínimo. —bromeó, para tratar de normalizar la conversación y a sí mismo.

—Prometo que ordenaré todos los papeles del despacho.

—Eso espero —dijo él, cruzándose de brazos con indignación.

—Link, si hay alguna cosa en la que pueda ayudar tienes que decírmelo, es en serio.

—Sí, está bien —dijo él, poniéndose en pie —Volvamos a casa, es hora de descansar.

—¿Te ha gustado la cena? —preguntó ella, incorporándose también.

—No ha estado mal… —dijo él, continuando el tono bromista.

—Mañana podemos volver aquí, si tú quieres.

—Está bien. Volveremos aquí todas las veces que a ti te apetezca.


Notas del capítulo 23

Hola amigos!

Le he dado vueltas y vueltas al final de esta historia (no es para menos después de tanto tiempo! Jajaja) y he tomado algunas decisiones de última hora (provocadas por un poco de inspiración) que han hecho que se alargue esto un poquito más. Por eso, este no es el último capítulo, falta otro más! Quería introducir un último punto de vista de Zelda, sobre todo ahora que está desmemoriada, me parecía interesante y que aportaba cosas a este final, aunque se pierda un poco la sorpresa que suponía este giro argumental. Por eso en el último capítulo volveremos a ella y a lo que pasa dentro de su cabeza ;) Este cambio ha implicado reescritura, pero lo hago encantada de la vida, que os conste.

Gracias por seguir ahí!

Un abrazo, -Nyel2