Capítulo 24 - El trono perdido

Link le preparaba un desayuno delicioso todos los días. A veces coincidía con él, pero la mayor parte de las veces desayunaba sola, él se marchaba a sus quehaceres.

Los quehaceres de Link tenían que ver con el reino de Hyrule y los sheikah, y por eso nunca hablaban del tema.

Esa mañana Link le había preparado una tortilla con champiñones, zumo, y frutas de varios tipos peladas y cortadas en pequeños trozos. Ella decidió hervirse un té y se sentó a la mesa. Dio cuenta de toda la comida mientras hojeaba un libro. Le gustaba leer mientras desayunaba, aunque las veces que coincidía con Link dejaba los libros a un lado para conversar. O más bien conversaba ella, él solía asentir y hacer alguna que otra puntualización. Link era tan reservado… esa era otras de las muchas cosas de él que la hacían sentirse inquieta e intrigada.

Cuando acabó de desayunar y ordenar todo, salió a la calle. Topó con un par de aldeanos que le dieron los buenos días, todos le hacían una pequeña reverencia inclinando la cabeza. Costaba acostumbrarse a algo así, pero poco a poco empezó a parecerle algo normal. No guardaba recuerdos de nadie en la aldea, pero había creado otros nuevos y ya conocía a casi todo el mundo. A Prunia sí había logrado recordarla. Tenía muchas escenas inconexas de ella en su cabeza, aunque la Prunia que recordaba no se parecía en nada a la Prunia que vivía en lo alto de colina. Estar con ella le hacía sentirse extraña, era un recordatorio viviente de las muchas cosas que habían pasado y que no eran más que un enorme vacío dentro de su cabeza.

—¡Zelda, eh, Zelda!

—Buenos días, Cecille.

La joven de pelo corto y castaño dio una pequeña carrera hasta alcanzarla. A Zelda le caía muy bien. No era estúpida y sabía de sobra que debieron ser amigas en el pasado. Ahora también la consideraba su amiga, aunque Cecille nunca hablaba de nada que no estuviera ubicado en el presente, cosa que ella agradecía.

—¿A dónde vas? ¿Vas a dar un paseo?

—Voy al molino de Prunia. Tengo que devolverle unos pocos libros que cogí prestados de su biblioteca.

—¿Puedo acompañarte? Voy a por pan, así que podemos hacer un tramo de camino juntas.

Ella asintió con una sonrisa y echaron a andar colina arriba.

—Y dime… ¿qué tal va todo? —preguntó Cecille, con el tacto que todos empleaban para preguntar por su memoria de forma indirecta.

—No consigo recordar nada, así que…

—Oye, mañana es el festival de la cosecha, imagino que piensas ir, ¿no? —dijo Cecille, cambiando de tema. Zelda sonrió para sí misma, su amiga sabía entenderla muy bien al no insistir en lo de su memoria.

—Link habló un par de veces de ese festival. Le han pedido que ayude a montar puestos de madera o algo así, Karad vino a buscarle a casa.

—¿En serio no te ha contado nada del festival? ¿No te ha hablado de lo divertido que es ni de los fuegos artificiales?

Zelda se encogió de hombros y sintió un pellizco de malestar en el estómago.

—Le pediré a Link que te lleve al festival —dijo Cecille, con indignación.

—No, por favor, no hagas eso, Cecille.

—¿Por qué no? A veces Link me saca de mis casillas…

—No quiero que él se sienta obligado.

—Vamos, Zelda. No se sentirá obligado, en el festival de la cosecha habrá tanta comida como para alimentar a un ejército, seguro de que Link estará encantado de ir contigo.

Zelda se detuvo. Tomó aire y al fin decidió contarle a Cecille algo que la estaba atormentando desde hacía días.

—Link no logra ser feliz por mi culpa —confesó Zelda. Los ojos le escocieron, pero no dejó escapar ninguna lágrima.

—No es verdad…

—Sí lo es. A veces está relajado y sonríe. Pasamos ratos divertidos. Pero de repente me mira a los ojos y puedo ver una tristeza dentro. No sé bien lo que significa, pero no puedo hacer nada por arreglarlo. Es culpa mía.

Cecille se mordió el labio reflexionando sobre sus palabras y después reanudó el paso.

—Link aprenderá, lo mismo que los demás. —dijo Cecille.

—¿Aprenderá a qué?

—A vivir en el presente. A aceptarte tal como eres, porque eres fantástica, Zelda.

—Me… me gustaría poder hacer algo más que lograr que me acepte. Me gustaría hacer algo que le hiciese feliz.

—Entonces ve con él al festival de la cosecha. —propuso Cecille —Link es tan cabezota que se centrará en el trabajo que le han pedido que haga y no pensará en divertirse. Tienes que pedirle que vaya contigo.

—¿Tú crees que querrá venir conmigo?

—Conseguiste convencerle para cenar al aire libre como me contaste, ¿no?

—Sí, pero…

—Tengo un vestido que puedo prestarte. Para el festival de la cosecha todas las chicas han de ir con un vestido bonito.

—Gracias, Cecille —sonrió Zelda, sintiendo calidez en el pecho.

—De nada. Nuestros caminos se separan aquí. No olvides pedirle a Link que te lleve al festival. Ahí podrá divertirse, y cuando descubra que tú también te diviertes conseguirás que sea feliz.

—¿Tú crees?

—Estoy segura.

Zelda subió hasta lo alto de la colina de muy buen humor. Las palabras de Cecille habían servido para reconfortarla. Iba a buscar todos los libros que hubiese en la biblioteca de Prunia que tratasen sobre el festival de la cosecha. Quería saber el origen de esa tradición y desde cuándo se celebraba.

—¿Prunia? ¿Symon? —preguntó Zelda al entrar al laboratorio-molino que coronaba el punto más alto de la aldea de Hatelia.

—Estoy arriba —dijo la voz infantil de Prunia desde el piso superior —Symon ha salido con Link, ambos tenían algo que hacer fuera de la aldea.

—He venido a dejarte unos libros que me llevé —dijo Zelda, elevando la voz —no hace falta que bajes.

—¿Unos libros?

Oyó el correteo de Prunia escaleras abajo. Ella ya estaba devolviendo los libros a su posición dentro del enorme mueble biblioteca de la planta baja.

—¿Qué libros te llevaste?

—Nada, unos que no había leído —dijo Zelda, apresurándose a mezclar los libros dentro de la librería.

—Uhm. Veamos.

Prunia arrebató la cesta donde Zelda portaba los libros y echó mano del que había más arriba.

—"El santuario de la vida. Un estudio completo, por el maestro Maoru."

—Sí bueno, ese me lo llevé porque-

—A ver este otro —Prunia sacó otro libro de la cesta —"Ensayo sobre la amnesia y otras enfermedades encefálicas, por la maestra Yusun." Alteza… ¿Enfermedades encefálicas?

—Es que-

—"Ejercicios sobre la memoria, por el maestro Meliadar." Meliadar era un inepto absoluto, no sabía ni dónde tenía la cara, mucho menos puede ayudar a nadie a ejercitar la memoria.

—Ya. Pero todo conocimiento es positivo —dijo Zelda, frunciendo el ceño.

—Alteza. Tu cura no está ahí, entre esas páginas. Esos sheikah apenas entendían la tecnología ancestral, y otros escribían ensayos sobre enfermedades y males que nada tenían que ver con lo que te pasa a ti.

—Me gustaría saber dónde está mi cura entonces —refunfuñó ella, frunciendo el ceño.

—Tu cura está en tener paciencia. Otros antes que tú pasaron por un proceso parecido y recuperaron todos sus recuerdos, con tiempo y esfuerzo.

—Me esfuerzo todo lo que puedo. Pero visualizar las imágenes del pasado no me devuelve mis recuerdos. Hablar con personas que me conocen y a las que debería conocer no me devuelve mis recuerdos. Estoy… segura de que hay algo que no estoy haciendo bien. —dijo, sin ocultar su angustia.

—Lo único que haces mal es tu empeño por intentar solucionarlo todo rápido y por ti misma.

Zelda soltó la cesta en el suelo y se dejó caer a plomo sobre una silla.

—Quiero recuperar mis recuerdos ya para que todos podáis estar bien y dejéis de preocuparos por mí. Me siento una inútil, no puedo ayudar en nada. Ni siquiera puedo ayudar a gobernar Hyrule, todo el trabajo lo hace Link, no creas que no me doy cuenta —se lamentó ella, soltando un discurso que se había repetido mentalmente cientos de veces.

Prunia la miró entrecerrando los ojos y se acercó a ella.

—¿Crees que podrías ayudar con el gobierno de Hyrule?

—Estoy convencida de que sí. —afirmó, sin dejar lugar a dudas.

—Hace… hace una semana, cuando el consejo sheikah estuvo de visita, se planteó que vos pudierais ayudar en cierta tarea…

—¿En qué tarea? ¿Por qué no sé nada de eso?

—No llegamos a un acuerdo. Hay un juicio que aún está por determinarse —insinuó Prunia.

—¿Es el juicio de Tarek? —preguntó ella de inmediato.

—¿Recuerdas a Tarek?

—No lo recuerdo, pero sé quién es. Por su culpa y la de esa anciana que vivía con él acabé así de mal.

—Así es.

—Y Link no quiere que yo me haga cargo de eso porque tiene miedo de que me pase algo malo otra vez —intuyó. Prunia apartó la vista, así que había dado en el clavo —No tengo miedo, Prunia. Tal vez si me enfrento a mis tareas habituales pueda empezar a recordar con mayor velocidad.

—Pero lo cierto es que es peligroso, alteza… no estamos seguros de que-

—Quiero ayudar, necesito ayudar.

—Tal vez haya otras tareas que no impliquen enfrentarse a Tarek, Link tenía razón en-

—Link siempre cuida de mí, pero a veces me protege en exceso. —volvió a interrumpir ella, sintiéndose cada vez más alterada. —Siempre quiere que no me haga daño, que no salga sola, me quede en casa, que no hable con extraños… Por la Diosa, ¡todo el mundo es extraño! ¿Con quién voy a hablar si no? He empezado a hablarle a las paredes. Ya no soy una niña, ¿sabes? Y el hecho de que esté enamorada de él no me va a impedir llevarle la contraria cuando sea necesario.

—¿Estás… enamorada de Link?

"Diablos, ¿he dicho eso en voz alta?" se reprochó, mordiéndose el labio.

—N-no. Es que has hecho que esta conversación me enfurezca y he dicho cosas extrañas —se justificó —Además, me voy ya.

—Pero, alteza…

—Tengo prisa, he recordado que tenía algo importante que hacer —se disculpó, agarrando su cesta de libros. —Volveré otro día a visitar tu biblioteca.


Link llegó cansado y polvoriento esa noche. Sin mediar demasiadas palabras se apresuró para darse un baño y sentarse a cenar lo antes posible.

—¿Entonces ha vuelto a buscarme el jefe de obreros? —preguntó Link, masticando con la boca llena.

—Sí, vino esta tarde.

—Uhm. —él alargó el brazo y cortó otro trozo de pan de la hogaza que había en el centro de la mesa.

—¡Link, tienes el brazo lleno de arañazos! —se alarmó ella.

—Sí, es que unos bokoblin estaban molestando a los comerciantes cerca del paso de Picos Gemelos. Me enzarcé con uno de ellos —dijo él, encogiéndose de hombros —Iba desarmado y… esos bichos estúpidos tienen unas uñas muy largas.

Zelda resopló y abandonó el tenedor sobre el plato medio acabar de su cena.

—Trae, deja que te desinfecte eso —dijo ella, había desaparecido para volver cargada con vendas y ungüentos.

—No hace falta, sólo son rasguños.

—Por favor… —insistió ella.

Él suspiró con resignación y le tendió el brazo, mientras con el otro apuraba su cena. Zelda puso un poco de ungüento desinfectante en un paño y comenzó a desinfectar los arañazos del brazo de Link.

—Siempre te empeñas en curarme los rasguños —protestó Link, poniendo los ojos en blanco.

—Así que no es la primera vez que lo hago…

Link agachó la cabeza. Otra vez estaba ahí, la mirada azul envuelta en tristeza y culpa. El corazón de Zelda se encogió, pero recordó la conversación que había tenido con Cecille esa mañana, tenía que buscar un modo de hacer que él se sintiese feliz y no hundido en esa melancolía.

—Mañana es el festival de la cosecha.

—Sí, por eso ha venido a buscarme el maestro de obras, hay mucho trabajo que hacer.

—Según me han contado los aldeanos es muy divertido, se sirve comida, se da un premio a la cabra mejor criada y a las hortalizas más grandes. Hay música, concursos de tiro con arco y una carrera a caballo en el bosque. El primero en alcanzar la muralla gana una rupia plateada, ¿no es genial?

—Sí, suena genial.

—También hay fuegos artificiales al llegar la medianoche, tienen que ser muy bonitos, los prepara Symon.

—¿Te gustan los fuegos artificiales?

—¡Mucho! La verdad es que me gustaría mucho ir al festival, quiero participar en todas las actividades que pueda.

—Si tú quieres podemos ir —dijo Link.

—¿Querrías acompañarme al festival? —preguntó ella, dejando de curarle para mirarle a los ojos.

—Claro que sí.

—Eso me hace muy feliz, Link —dijo, dedicándole la mejor de sus sonrisas. Él borró el gesto melancólico para sonreír de forma disimulada.


Link se pasó gran parte de la mañana del día siguiente ayudando en los preparativos del festival. Como siempre, a ella no le dejaron hacer prácticamente nada. Tan sólo ayudó a Cecille a hacer guirnaldas de flores, y aunque la idea era buena y eso haría que la decoración de las calles quedase más bonita, verse relegada a una actividad tan simple la ponía de mal humor. "Atar flores a una cuerda es lo más estúpido que he hecho en mi vida, debo servir para algo más que esto" pensaba, sin conseguir aplacar su genio.

Después fue a casa corriendo para ponerse el vestido que Cecille le había prestado. Era un vestido simple, sin ornamentos. Las mujeres hylianas solían hacerse vestidos de lino muy ligeros para el verano, sin mangas, y así mismo era el suyo. No era nada que pudiese llevar como princesa de Hyrule, pero estaba encantada con poder vestir como el resto de las jóvenes de la aldea. Como era tradición para la cosecha, se ató un mandil a la cintura, era lo único que estaba decorado, tenía unas flores de color azul bordadas en una esquina. Link llegó a casa como un huracán, sudoroso y agotado por el trabajo montando puestos de venta de frutas, hortalizas, quesos y demás productos del festival. También él se dio un baño y arregló con ropas típicas del festival, muy ligeras para soportar las temperaturas del final del verano.

—¿Estás lista? —preguntó sin más, al encontrarla esperando con nerviosismo junto a la puerta.

—¡Sí! Vamos.

Lo primero que hicieron fue pasearse por los puestos de comida. Link estaba tan hambriento después del duro día de trabajo que apenas podía articular palabra. Probaron la carne a la parrilla en uno de los puestos de comida, después se pasaron por la zona de quesos, donde el padre de Cecille insistió en que comieran cuanto quisiesen sin pagar. Tras un rato considerable comiendo, Zelda consiguió arrastrar a Link hasta el punto de competición con arco. Kei estaba participando activamente y se había clasificado para la ronda final.

—¿Has venido a animarme, "sir patata"? —preguntó Kei, que se acercó a ellos en uno de los intermedios entre rondas de disparo.

—Te recuerdo que "sir patata" eres tú, que sientes devoción por los títulos —protestó Link.

—¿Sir patata? —preguntó Zelda, extrañada.

—Es una larga historia… —gruñó Link —Sólo he venido a acompañar a Zelda, el hecho de que tú estés compitiendo es una casualidad.

—Supongo que tú no has optado por competir porque no querías ver cómo te gano delante de todos —insinuó Kei.

—Si yo compitiese tendrían que anular el concurso para darme el premio directamente.

—Qué arrogante… mucha palabrería, pero pocos hechos…

—¡Atención, participantes a sus puestos! —llamó el organizador del concurso.

—Buena suerte, Kei —dijo Zelda, animándole.

—Sí, buena suerte… la vas a necesitar —añadió Link, cruzándose de brazos.

La competición se reanudó y ambos se quedaron para ver a Kei. Aunque Link hacía esfuerzos por parecer indiferente, terminó gritándole correcciones y dándole instrucciones desde la distancia para que sus tiros fuesen más precisos. Le resultaba muy curiosa la relación de amistad que había entre ellos dos, y sintió la punzada de la decepción al no poder recordar cuál era el papel que ella habría jugado entre ellos en el pasado.

Kei terminó haciéndose con el triunfo y corrió eufórico a celebrarlo con ellos y con una de las chicas de la aldea, con la que parecía tener atenciones especiales.

—Brindemos juntos, ¡por la victoria y por el festival de la cosecha! —brindó Kei, levantando una jarra rebosante de cerveza.

Todos elevaron sus bebidas y brindaron con él. Ella había estado bebiendo vino, y después de la segunda copa comenzó a sentirse achispada. Sentía calor en las mejillas, que ardían más cada vez que Link la llevaba de la mano de un sitio a otro o permitía que se apoyase en él cuando el alcohol la hacía tambalearse un poco.

Marcus, uno de los ancianos de la aldea, la sacó a bailar. Había música de laúdes y flautas en la plaza central, junto a las lavanderías. Por un instante el anciano la hizo girar y girar, así que tuvo que pedirle que se hicieran a un lado para poder recobrar el equilibrio.

—Gracias, Marcus, pensé que me iba a caer al suelo —dijo ella, entre carcajadas.

—Estos jóvenes de hoy en día no aguantan nada —protestó el anciano. Al sonreír mostró varios huecos en su gastada dentadura y esto hizo reír aún más a Zelda.

—No eres tan mayor… ¿cuántos años tienes, Marcus?

—Pues a ver… ¡Hace tiempo que dejé de contar! Pero tengo más de cien.

—¡Más de cien! —se asombró ella.

—Soy uno de los supervivientes del Cataclismo, alteza. Como vos.

De repente Zelda sintió como si le cayese un jarro de agua fría sobre la cabeza. Claro. Ella había sobrevivido al Cataclismo, así que, como mínimo, debía tener la misma edad que Marcus. Entonces, ¿por qué no había envejecido nada? ¿Link era tan viejo como ella o se habían conocido a posteriori? ¿Por qué no guardaba ni un solo recuerdo de Link?

—¿Estás bien? —intervino Link, acercándose a ellos.

—Sí, sólo un poco mareada —dijo ella, aceptando la mano que Link le tendía.

—¡Link, Zelda! —Nana, la abuela de Cecille se acercó también a ellos. Tal vez ella también era una superviviente del Cataclismo, al menos parecía tener más de cien años.

—Hola, Nana, ¿disfrutas del festival? —preguntó Link.

—Disfruto más ahora que estoy en presencia de una pareja tan agradable. Espero que los fuegos artificiales no tarden demasiado, noto humedad en los huesos.

—¿Crees que lloverá? —dudó Link, alzando la vista al cielo. Ya había anochecido y no se veía ni una sola estrella.

Él inició una conversación con Nana y Marcus sobre la lluvia al final del verano, pero ella sólo se había quedado con la idea de que Nana los consideraba "una pareja" y que Link no se había molestado en corregirla lo más mínimo. Era una tontería, él era tan despistado a veces que seguro que ni se habría dado cuenta, pero ella quería creer… quería creer que en realidad lo que sentía cuando estaban juntos no eran sólo imaginaciones suyas.

—Zelda, ¿vamos hacia aquella colina? Desde allí veremos mejor los fuegos artificiales —propuso Link, sacándola de sus pensamientos.

Ella asintió y se dejó guiar por Link, que tiraba de su mano esquivando a la multitud. Todos tuvieron la misma idea que ellos, así que se apresuraron para apelotonarse en las zonas elevadas de la aldea, desde donde podrían admirar mejor los fuegos.

—Maldita sea, creo que es cierto que va a llover —protestó Link.

Ella elevó un poco la nariz para olisquear el ambiente y percibió muchos de los olores del festival, pero el típico olor a tierra mojada empezó a dominar el ambiente. Una ráfaga de aire frío agitó la colina y la piel se le erizó.

—¿Tienes frío? —preguntó Link —como hacía tanto calor no he traído capa.

—Yo tampoco la he traído. Tengo un poco de frío, pero no es nada.

Sin mediar palabra Link se situó detrás de ella y la rodeó, envolviéndola con los brazos para darle calor. Se quedó tan sorprendida por ese gesto repentino de cariño que no supo reaccionar y durante un rato estuvo en silencio, mientras se oía todo el murmullo de la gente a su alrededor. Se sentía tan bien así que habría suplicado a la Diosa Hylia que el tiempo se detuviese para siempre, justo en ese momento.

Los fuegos artificiales se iniciaron. Al estallar en el cielo revelaban la gruesa capa de nubes que se cernía sobre sus cabezas. Una de las explosiones dibujó los tres triángulos dorados en el cielo. Zelda se quedó mirando esa imagen, la había visto antes, con mucha nitidez, en algún rincón de su mente. Sintió una repentina calidez surgiendo desde el centro de su pecho.

—Veo… que recuperas el calor —observó Link.

—Es increíble, ¿tú también puedes sentirlo? No sé por qué será… ¿me estaré poniendo enferma?

—Tranquila. Es muy buena señal que ese calor haya vuelto. Durante un tiempo pensé que habría desaparecido para siempre, que se habría marchado a otro lugar.

No entendía muy bien qué quería decir Link con eso, pero sonrió y elevó la vista para seguir observando el cielo. Un grueso goterón de lluvia se estrelló en su frente.

—Oh no… ya está empezando a llover… —se lamentó.

—Si algo he aprendido en todos mis viajes, es que siempre se pone a llover en el momento más inoportuno —añadió Link.

Después de una gota cayó otra, y otra más. Los inmensos goterones con tinte de tormenta hacían un enorme ruido al estrellarse contra suelo, tejados y hojas de árboles. Un relámpago delineó el perfil del monte Lanayru, restando protagonismo a los fuegos artificiales.

Los aldeanos comenzaron a inquietarse. Algunos se refugiaron bajo los árboles, pero la mayoría intentaba aguantar el tipo, ignorando el goteo incesante. De repente, como si alguien hubiese activado un mecanismo, un inmenso aguacero comenzó a desplomarse sobre sus cabezas.

Link la agarró de la mano y tiró de ella entre la muchedumbre, colina abajo. Todos buscaban un techo cercano en el que cobijarse del intenso chaparrón. Él iba maldiciendo, abriéndose paso entre empujones, y de repente ella empezó a reírse. Link parecía un gato mojado que se defendía a arañazos, le resultaba muy cómico verle culpar a la tormenta y brincar esquivando personas y el agua que ya arrollaba por las calles.

—¡Aquí! —gritó él pegando un enorme tirón de su brazo.

Abrió la puerta de un pequeño cobertizo para guardar paja. Había un caballo dentro, que enderezó las orejas al verlos entrar en su pacífico hogar, pero pronto volvió a hundir el hocico en su comida, ignorándolos.

—Esperaremos a que escampe un poco y después iremos a casa —determinó Link, agitando la cabeza para sacudirse el agua —¿qué? ¿qué es lo que tiene tanta gracia?

—Nada, es que estás empapado —dijo, intentando contener la risa en vano.

—Tú también estás empapada —se defendió él.

—Lo sé. Pero es que me haces mucha gracia.

Link intentó inspeccionarse a sí mismo por si había algún detalle que hubiera escapado a su control, y eso sólo sirvió para hacer que ella se riese con más fuerza.

—Tú también estás mojada, no lo entiendo —reiteró él, que comenzó a reírse por contagio.

—Me hace gracia que te lo tomes todo tan en serio, incluso este chaparrón.

—¿Ah sí?

—Sí, porque siempre intentas-

De repente estaban besándose. Sí. Link le había callado la boca con un beso, y con otro, y con otro. Suspiraba, hundía las manos en su pelo, apretaba la boca contra ella. Fue tan intenso que tardó un poco en reaccionar y empezar a corresponderle de verdad, a responder a las caricias que él depositaba en su lengua y sus labios. Le apetecía tanto corresponderle, llevaba días enteros fantaseando con algo así, y ahora que podía vivirlo en persona era incluso mejor de lo que había imaginado. Tenía el pulso a punto de estallar y su cuerpo se había vuelto extraño, sobreexcitado por el contacto. Se atrevió a acariciar la espalda de Link, aunque encontró un tacto raro, tenía la camisa tan mojada que parecía una segunda piel. Él se apegaba a ella tanto como podía, atrayéndola por la cintura, intentando encajar con ella. Quiso tomar el aliento un segundo, sólo uno, para saborear mejor el momento, pero Link no se lo permitió, él parecía desear esos besos incluso más que ella misma.

—¿Link? ¿Estáis ahí dentro?

Link se separó de ella y se llevó el dedo índice a los labios, pidiéndole que no hiciese ningún ruido.

—¿Link?

Desde afuera, alguien empezó a forcejear con la puerta de madera del cobertizo.

—Maldito sheikah inoportuno de los mil infiernos —gruñó Link. Se acercó a la puerta y colaboró para desatrancarla, Kei apareció protegido por una capa y una capucha. Entró al cobertizo y miró a Zelda durante unos segundos. Después inspeccionó a Link con la misma curiosidad.

—¿Qué hacéis aquí? —preguntó Kei.

—Alimentar al caballo, ¿a ti qué diablos te parece? —refunfuñó Link.

—Nos protegíamos de la lluvia —intervino ella. Aún sentía los labios hinchados, palpitando por el efecto de los besos, y aunque era imposible, temía que Kei pudiera darse cuenta.

—Os he traído unas capas —dijo Kei, que seguía mirándolos con los ojos muy abiertos. Link agarró una casi con desprecio, arrancándosela de las manos.

—Gracias —dijo ella, aceptando la otra capa.

—Ahora podréis volver a casa sin mojaros, aunque ya no llueve con tanta fuerza.

—¿Cómo demonios sabías que estábamos aquí? ¿Nos estabas espiando como acostumbras? —volvió a protestar Link.

—No estaba seguro de que estuvieseis aquí, pero os vi correr colina abajo. Y luego desaparecisteis. ¡Plaf! Como un sheikah en mitad de la noche…

Link miró a Kei entrecerrando los ojos, con las mandíbulas apretadas. La situación era tan cómica que sintió verdaderos deseos de echarse a reír, pero optó por la prudencia.

—Venga Link, vayamos a casa. Con estas ropas mojadas podríamos constiparnos —intervino, para romper un poco el hielo.

—¿Queréis que os acompañe? —preguntó Kei.

—¡No! —exclamó Link.

—No hace falta, Kei, hasta otro día —se despidió, mientras tiraba del brazo de Link, para llevarlo afuera.

La lluvia había cesado bastante en el exterior, pero aún seguía cayendo. La tormenta había sido tan repentina que todos los puestos y la decoración del festival se había mojado sin remedio, pero los aldeanos no se habían molestado en intentar retirar nada, habían usado lonas para cubrir los alimentos y ya tendrían tiempo de recoger todo cuando hubiese más luz.

Mientras caminaba de camino a casa, de la mano de Link, el corazón le iba saltando dentro del pecho. No había manera de ponerle nombre a lo que había vivido en el cobertizo, estaba enamorada de Link, no había nada que desease más que él pudiera llegar a corresponderla, pero él parecía necesitarla de otra manera. En algún instante sintió que él buscaba en los besos a esa parte de sí misma que ella era incapaz de ofrecerle.

Cuando llegaron a casa, ambos parecían igual de incómodos y desconcertados. Zelda tuvo la certeza de que el momento ya había pasado de largo y habría que buscar otro.

—Creo que voy a subir a ponerme el camisón y a dormir —informó. Link estaba forcejeando para quitarse las botas y no llenarlo todo de barro.

—Sí, sí. Yo haré lo mismo —dijo él, sin levantar la mirada del suelo.

—Hasta mañana.

—Sí, hasta mañana.


El día siguiente amaneció extraño. Una niebla densa cubría la aldea, la temperatura bajó repentinamente y había oscuridad. Zelda tuvo que levantarse en mitad de la noche para sacar una manta del baúl, a pesar de que el calor de su pecho se había instaurado en ella con fuerza y no había dejado de sentirlo, los pies se le quedaron helados y buscó abrigo. El verano abandonaba la aldea de Hatelia.

Cuando llegó al piso de abajo, Link no estaba.

No estaba él ni estaba el desayuno que solía dejarle. Entró a sus aposentos y lo encontró todo revuelto, parecía como si Link hubiese salido corriendo de allí. Por primera vez entró a la cocina para hacerse el desayuno, que le supo tan gris como el día.

Después subió al estudio, anduvo de un lado a otro hojeando libros y documentos, pero no conseguía tener la mente centrada. Sus pensamientos la llevaban una y otra vez a la tormenta y a los besos de Link.

Al fin, alguien vino a sacarla de su desconcierto. Cecille fue a buscarla para pedir ayuda, después de la tormenta había mucho trabajo que hacer. "Y como siempre estás diciendo que quieres ayudar, he pensado que podrías venir a echarme una mano para limpiar los restos del festival." El trabajo fue casi purificador. Durante un buen rato se sintió motivada, centrada. Nana la invitó a almorzar con ellos y decidió aceptar.

El resto del día transcurrió bien, hasta que volvió a casa y se topó de nuevo con el extraño vacío en el estómago. Al parecer Link había vuelto en algún momento a casa, porque encontró sus aposentos limpios y ordenados. Ella había traído consigo una cesta con comida que Nana le había preparado, "para que cenaran ella y Link", y como otras muchas noches, cuando llegó la hora, preparó la cena en la mesa de la planta baja.

Esa noche estaba nerviosa, era incapaz de picotear nada mientras esperaba a Link. Estuvo esperando, pasaban las horas y él no aparecía. La lámpara consumió el aceite y él seguía sin aparecer. No sabía qué hacer, nunca había pasado nada parecido. ¿Y si le había pasado algo a Link? Estaba al borde del pánico cuando oyó pasos y voces cruzando el pequeño puente de madera que conducía a la casa. Link se despedía de Kei entre carcajadas. Se sintió tan violenta que decidió subir a encerrarse en sus aposentos.

Aguzando el oído tanto como podía oyó a Link trajinar en la planta baja. Quitarse las botas, recargar el aceite de la lámpara. Él empezó a comer sin llamarla. Nunca hacía eso, siempre la buscaba para asegurarse que estaba bien.

Zelda se sintió fatal. Tal vez eso lo había provocado ella, no sabía muy bien cómo, pero los besos habían cambiado a Link y ahora la estaba evitando a conciencia. Se metió en la cama, dejando que algunas lágrimas se escurriesen por su cara. Lloró con los ojos cerrados hasta quedarse dormida.

El día siguiente fue un calco del anterior. Y el día siguiente. Aun viviendo y durmiendo en la misma casa, durante tres días completos no se había tropezado con Link. Fueron los días más angustiosos que conseguía recordar.

Al cuarto día, decidió tomar las riendas.

Despertó de madrugada y bajó a oscuras, como un gato, hasta la planta baja. Se sentó en el suelo frente a la puerta de la casa, en camisón, y allí se quedó, medio adormecida.

—Por la Diosa, ¿qué diablos haces ahí? —preguntó Link con sorpresa. Ya estaba vestido y ataviado para salir un día más sin decir nada.

—Te estaba esperando para que vuelvas a hablarme —dijo ella, poniéndose en pie.

—Para que… N-no sé-

—Link, deja de evitarme. Cada vez que me evitas, me haces daño —dijo, haciendo un esfuerzo por no volver a llorar. Tenía que ser fuerte para poder decirle lo que sentía a la cara.

—No quiero evitarte —acertó a decir él. Tenía la mirada perdida, estaba descolocado, estaba claro que no esperaba que ella lo arrinconase de esa manera.

—Siento mucho si he hecho algo mal, sólo quiero arreglarlo —las lágrimas comenzaron a brotar de su cara sin poder impedirlo mucho más —siento si te molestó lo que pasó en el cobertizo. Ese día sólo quería que fueses feliz, que no estuvieras triste como casi siempre. Quiero hacerte feliz. No sé cómo arreglar esto. Has dejado de hablarme, me haces sentir sola, ¿y sabes? No tengo a nadie más que a ti, sólo te tengo a ti. No me acuerdo de casi nada, pero sé que muchos no están, ojalá pudiera recordar más y mejor, me siento inútil. No me dejes sola, me alejaré de ti si es lo que quieres, pero no te vayas, y no-

Llegados a este punto era incapaz de seguir articulando palabra, lloraba con tanta fuerza que había comenzado a atragantarse y le resultaba imposible continuar.

—Perdóname, soy un idiota, perdóname.

Link la abrazó y ella hundió la cara en su hombro. Estuvo sollozando un rato hasta que su pulso se normalizó y comenzó a respirar con normalidad.

—Soy un monstruo horrible —dijo Link, mientras le acariciaba el pelo —Un moblin tiene más cerebro que yo.

—No, no eres un monstruo.

—Jamás, lo juro por la Diosa Hylia y por todas las diosas, jamás querría haberte hecho este daño.

—No importa —suspiró ella, sorbiendo las lágrimas en la nariz.

—Sí importa, porque ya es demasiado tarde. Lo único que tiene sentido en mi insignificante vida es protegerte y mira lo que he hecho. Soy un miserable.

—Si… si no vuelves a dejarme sola estaré bien, como antes de que todo esto pasara —dijo ella, apartándole un poco para poder volver a mirarle a la cara.

—¿Podrás perdonarme algún día? Te prometo que todo volverá a ser como antes, no te evitaré nunca más, te lo prometo.

—Ya te he perdonado —dijo ella, secándose las lágrimas con el dorso de la mano —te quiero, Link.

—¿C-cómo?

Link se quedó boquiabierto y ella respiró antes de proseguir, necesitaba estar más calmada para poder decirle la verdad.

—Te quiero. Decir que estoy enamorada de ti sería quedarme muy corta, me he dado cuenta de que te quiero. No logro recordar si antes te quería o no, pero me da igual. Sólo sé lo que siento ahora. Eres la persona más importante de mi vida, sentir tu rechazo ha sido… —tomó aire para no volver a caer en las lágrimas —Así es como me he dado cuenta, cuando me has faltado.

Link parecía más desconcertado que nunca. Y ahora era él el que tenía los ojos brillantes, como si fuese a llorar. Lo vio respirar con fuerza y tragar saliva un par de veces. Era lógico que lo hubiese desubicado de esa manera con su confesión, pero no le importaba. Sentía que se había quitado una enorme losa de encima.

—No tienes que decir nada —intervino ella —es sólo una confesión, Link, no me sentiría bien conmigo misma si hubiese seguido ocultándote mis sentimientos mientras vivimos bajo el mismo techo. Y… quiero que sepas que no espero nada a cambio. No tienes que decir ni una palabra si tú no quieres. Sólo… no vuelvas a dejarme sola, por favor.

Él asintió un par de veces y apretó los labios antes de mirarla a los ojos.

—Yo también te quiero, Zelda.

—¿Qué? —preguntó ella, sin terminar de dar crédito.

—Te quiero. Te quería antes de que me olvidases y no he dejado de quererte todo este tiempo. Es sólo que… —Link hizo una pausa. Apretaba los puños y trataba de encontrar la mejor manera de expresarse —Es extraño. Al ver que no consigues recordarme, me sentía como si estuviera tratando de aprovecharme de ti, de engañarte. No sé explicarlo mejor. Y me he dado cuenta de que he sido el mayor de los imbéciles por vivir empeñado en que recuerdes lo que ya pasó, en lugar de centrarme en lo que está pasando justo ahora. Y lo que está pasando justo ahora es increíble. Increíble.

—¿Me quieres? —preguntó. La pregunta era infantil, pero deseaba oírlo otra vez. Se sentía tan ingrávida que había empezado llorar y a sonreír al mismo tiempo.

—Sí.

—Maldita sea, Link —dijo, agitando la cabeza y empezando a reírse.

—¿Puedo besarte ahora? —preguntó él, acercándose para rodearla por la cintura.

—Mientras que un beso no signifique que desaparecerás durante tres días…

Link la besó con fuerza, con deseo, y sobre todo con amor. No había rastros de melancolía, ni del extraño sabor de búsqueda que le habían dejado los besos del cobertizo. Zelda pensó que no podía ser más feliz, y el calor de su pecho se propagó por todo su cuerpo como un incendio.

—Ahora podemos desayunar —sonrió ella, contra sus labios.

—No. Hay otra cosa que me gustaría descubrir junto a ti, otra vez.

—¿Y qué es?

Link sonrió y la agarró de la mano, guiándola hacia sus aposentos.


—¿Estáis nerviosa, alteza? —preguntó Prunia.

—Estoy muy tranquila, pero si sigues moviéndote de un lado a otro sí conseguirás ponerme nerviosa y será todo por tu culpa.

—Todo está listo —Link asomó la cabeza por la puerta y entró en el molino de Prunia —estás preciosa.

Nadie salvo Prunia la había visto con el vestido. Las palabras de Link hicieron que se le encendieran las mejillas y algo más, habían pasado la mañana entera en la cama y podía decirse que aún podía sentirle sobre ella.

—Bien, vamos allá —suspiró Zelda, tomando aire.

Bajó la colina del brazo de Link, que se había vestido con la túnica azul. Kei también la custodiaba, y Prunia recogía la cola de su vestido para que pudiera caminar sin tropezarse. El vestido era de color crema, con bordados en oro en las largas mangas, el escote y la cintura. No llevaba ningún otro ornamento, si iba a ofrecer su vida al servicio del pueblo de Hyrule, prefería presentarse de la forma más sencilla posible.

Habían decorado el tramo que cruzaba el pequeño bosque que había frente al molino de Prunia dibujando un sendero de pétalos de flores blancas en el suelo. Había llamas azules ardiendo por todas partes.

Pronto empezó a aparecer gente a ambos lados del camino. Toda la aldea de Hatelia al completo, algunos aldeanos del pueblo de Onaona. Había guerreras gerudo, goron, zora y orni. La colina de la llama azul de Hatelia nunca había estado tan abarrotada.

Cuando llegó al lugar donde brotaba el fuego azul, un fuego mágico que servía para activar la energía de la tecnología ancestral, se topó con el alto Consejo Sheikah y los grandes mandatarios de las casas de Hyrule.

Ella había tenido que elegir a uno de los líderes, y aunque no recordaba bien a ninguno, decidió pedir a Tyto que oficiase la ceremonia, y nadie, ni Dorphan, ni siquiera Impa pusieron una pega.

También había pedido que fuese algo sencillo. Era incapaz de volver a memorizar cosas que se supone que tenía que haber recordado, así que pidió que la ceremonia se ajustase lo máximo posible a la sencillez de los días que les había tocado vivir.

—¿Estáis lista? —preguntó Tyto.

Ella asintió con la cabeza. Link la dejó frente al altar y se hizo a un lado, aunque no se alejó demasiado, tal y como ella le había pedido.

—Pueblo de Hyrule —comenzó a decir Tyto, con aquella maravillosa voz que le caracterizaba —Hoy es un día para la historia. Hoy, es un día bendito por las diosas porque hoy es el día en que el trono de nuestra hermosa tierra recuperará su esplendor.

La gente rompió a gritar y a lanzar aplausos y vítores. Tyto tuvo que pedirles silencio para poder continuar.

—Así es. Este trono ha estado perdido demasiado tiempo. Demasiados años de oscuridad, de dificultades. De usurpadores que han tratado arrebatar a Hyrule su esencia y su honor. Y nadie más, salvo un alma pura, un alma extraordinaria como la de la princesa Zelda Bosphoramus, puede ocupar ese lugar.

De nuevo hubo vítores y aplausos. Zelda sentía que le sudaban las palmas de las manos, estaba muy nerviosa.

—Ha llegado la hora de hacer vuestro juramento, alteza —le susurró Tyto en voz baja.

Ella se aclaró la garganta y se arrodilló.

—Yo, Zelda Bosphoramus, juro proteger y guiar al pueblo de Hyrule con todo mi corazón. Juro intentar ser justa, magnánima y sabia, para poder guiar a mi pueblo hasta la luz. Juro lealtad desde el centro de mi alma a la corona, y a los mandatarios de las grandes casas. Juro servir con humildad y con amor a nuestra hermosa tierra.

El corazón le palpitaba a tal velocidad que pensó que podía estallar en cualquier momento, pero ya estaba hecho, lo había dicho todo sintiendo cada palabra y sin equivocarse.

—En ese caso, y por la autoridad que se me ha concedido —dijo Tyto —yo os corono como reina Zelda Bosphoramus de Hyrule.

Tyto depositó la corona en su cabeza y todo el pueblo rompió el silencio con un estruendo, gritaban su nombre, parecían felices.

—¡Salve a la reina de Hyrule! —gritó Link a su lado, elevando la espada al cielo.

—¡Salve! —gritó todo el mundo al unísono.

Dorphan había llevado a sus músicos, que hicieron sonar una fanfarria con las cornetas reales de los zora.

Después, uno a uno, todos los grandes mandatarios pasaron a felicitarla y rendirle sus servicios.

—Estoy orgullosa de ti —le susurró Impa, haciendo una reverencia y besando su mano.

—Salve a la reina de Hyrule —sonrió Yunobo, el líder goron.

—Salve, majestad. Siempre os serviré con fidelidad —dijo Dorphan.

—Zelda, no importa que… —Riju se interrumpió, conteniendo las lágrimas —sigues siendo Zelda. Espero que seamos amigas.

—Lo seremos —dijo ella, rompiendo el protocolo para abrazar a la joven líder gerudo.

—Majestad, sois un ejemplo de superación, me arrodillo asombrado ante vos —dijo Tyto.

Al fin le llegó el turno a Link, él se había esperado para ser el último a propósito.

—No sé qué decir, salvo que nunca dejarás de sorprenderme —sonrió, con nerviosismo —y que eres lo más importante de mi vida. Me gustaría que me volvieses a ungir como tu caballero.

—¿Ahora?

—Sí, ¿es que quieres organizar otra ceremonia? Aprovechemos esta.

Zelda no pudo contener una carcajada, y aceptó el ofrecimiento. Link hincó la rodilla ante ella y le tendió la Espada Maestra. Rodeó la empuñadura con la mano y… y…

Y un universo de emociones, imágenes, caras, la golpeó como un rayo.

Vio el día que Urbosa saltó a la Fuente del Poder para sacarla en brazos, en medio de una hipotermia. El día que vio a Link por primera vez, arrodillado ante ella con la túnica azul, con Revali, Urbosa, Daruk y Mipha. Los Elegidos. Los recordó a todos, en detalle, los lazos que habían creado juntos, lo mucho que los quería. Recordó a Ganon, haciendo tambalearse el mundo, rugiendo por las paredes del castillo de Hyrule. Recordó correr bajo la lluvia, de la mano de Link, huyendo con desesperación de los guardianes mecánicos. Se vio a sí misma hundida, entre lágrimas, y reconfortada, en los brazos de Link. Recordó el despertar de la Trifuerza dentro de ella, su brillo cegador. La voz de la Espada, que le dijo lo que tenía que hacer cuando creyó muerto a Link. Recordó que, tras cien años, Link la había olvidado para luego recordarla, y que le había escrito una carta, "te siento sin pensarte" le escribía él. Ella había hecho lo mismo. Recordó el último estertor de Ganon, desvaneciéndose en medio de la llanura de Hyrule. Vio a los sheikah, cambiados tras cien años. Se reencontró con Link. Durmieron juntos, se abrazaron una noche entera en la casa de Impa. Recordó volver a la Meseta de los Albores, al dominio zora y a Hatelia. Recordó la voz del espejo del Crepúsculo, avisándole de el peligro, pidiendo que salvase a los niños de aldea Onaona. Y vio el bosque de Farone, al espíritu del dragón Faren, estuvo presa en las mazmorras de Tarek, para ser liberada y sentir de nuevo la paz del poblado orni. Revivió la calidez de las arenas del desierto de Gerudo, y de los brazos de Link, rodeándola dentro de su tienda, después de días de guerra y dolor. Y recordó el Coliseo. La Justicia de Din. Ahí acabó todo para volver a empezar.

—Zelda, ¿estás bien? —preguntó Link.

—Sí, estoy bien.

—Es extraño, te has quedado como traspuesta unos segundos.

—Pero ya he vuelto en mí —dijo, aunque sólo ella conocía el verdadero significado de esas palabras.

Se aclaró la garganta un momento y retomó el ritual de ungir caballero a Link.

—Link, por el poder que me ha sido concedido y como soberana del reino de Hyrule, yo te nombro mi primer caballero, general de los ejércitos, protector del reino y de la corona.

Puso la hoja de la Espada Maestra sobre cada hombro de Link y después le hizo una seña para que pusiese en pie.

Deseó besarle y arrojarse a sus brazos con todas sus fuerzas, era como si al mirarle volviera a verle de nuevo.

—¿Estás segura de que estás bien? No estarás un poco sobrepasada por tanta ceremonia… —insinuó él en voz baja.

—Estoy un poco sobrepasada por tanta ceremonia —sonrió —pero estoy bien. Sólo tengo ganas de que acabe para volver contigo a casa, como tantas veces hemos planeado.

Link la miró un instante con el ceño fruncido, pero después se encogió de hombros y dejó paso a otros que querían rendir sus respetos a la recién coronada reina de Hyrule.


Fue un día largo, lleno de compromisos, de manos besadas y de reverencias. Llegaron a casa de madrugada.

Le resultó muy difícil ocultarle a todos la verdad, que había recuperado todos sus recuerdos, pero quiso que él fuese el primero en saberlo. Se lo debía.

Link se quitó las botas como todas las noches. Una vez cruzaban el umbral de la puerta de casa todos los títulos nobiliarios se quedaban afuera, en el rellano. Cuando cruzaban la puerta eran sólo Link y Zelda.

—Creo que nunca he estado tan cansado como hoy —se quejó él —pero al fin hemos superado este trámite. De ahora en adelante podemos seguir trabajando como siempre sin el miedo a que alguien intente robarte la corona.

Justo en ese instante ella se desprendía de sus zapatos y de la corona, que dejó encima de la mesa del comedor de la planta baja.

—Tienes razón, al fin podemos descansar y vivir tranquilos.

Link la rodeó por detrás y le alcanzó la mejilla con un beso.

—Vamos a dormir, majestad.

Ella asintió y se dejó guiar por él, escaleras arriba.

Se desvistió para ponerse el camisón y se metió en la cama. Link no tardó en unirse a ella. Apagó la lámpara de aceite que había sobre la mesita de noche y la rodeó por detrás, buscando una postura cómoda para dormir, pero sin renunciar a abrazarla.

—Link.

—Mmm.

—¿Te has dormido ya?

—Casi…

—Es que estaba acordándome de lo que me dijiste.

—¿Qué te dije? —gruñó él, con la voz somnolienta.

—Me dijiste: "Tienes las manos heladas. Pero vas a ponerte bien, te lo prometo. Ya no hay Cataclismo, no hay Ganon. Sólo tienes que recuperarte, ya lo verás."

Link se removió de inmediato tras ella, tensándose al escucharla. Ella decidió proseguir con su relato.

—"Gracias, Héroe de Hyrule" te dije yo. "Gracias por tu generosidad, por tu valor. Gracias por venir a buscarme."

—Zelda…

—Ssshhh. Escucha. Sólo querías llevarme a un lugar seguro. Llovía y yo ya había agotado todo el poder. "Yo no sé si tú me recuerdas", eso te dije. Necesitaba saberlo. No podía dormir, no podía cerrar los ojos sin saberlo. "Te recuerdo" dijiste.

—Zelda, no es verdad… dime que no es verdad lo que creo que-

Ella se giró en la cama para quedar de cara a él. Le besó la frente y le rodeó las manos para estrechárselas. Casi podía oír su latido saltando dentro del pecho.

—Link, te recuerdo.

FIN.


Notas del capítulo 24

Entonces… ¿qué pasa con Tarek?

Jajajaja. Amigos, hemos alcanzado el final de este largo viaje, de esta intensa aventura. Pero no os voy a escribir una despedida afectada y lacrimógena aún… (xD) queda un pequeño Epílogo, cortito, pero necesario.

Gracias por vuestras lecturas, reviews, follows y favorites! Un fuerte abrazo, -Nyel2.