Disclaimer: No son mías.

Corazones Rehenes

Capitulo 3

La conversación mantenida con aquel extraño personaje motivó que su dolor de cabeza se acrecentara hasta cotas insostenibles. Emma tomó un sobre de analgésico y se lo echó directamente en la boca, tomando un buche de agua a continuación. Llevaba dos días sin salir de casa, andando de un sitio para otro, casi sin comer. No tenía apetito y le faltaba el aire.

Todo aquello era una locura, pensó mientras se dejaba caer pesadamente sobre su sofá. Por un lado, la idea de encontrar a su hijo era cautivadora, pero saber que se lo habían arrebatado la llenaba de una rabia inconmensurable. No sabía si tenía derecho a aparecer de repente y transformar su vida, pero era tan injusto que se la hubiesen engañado de aquella manera. Gold le había hablado de la señora Mills y no precisamente bien. Al parecer era la mujer de un neurólogo de mucho renombre. Un matrimonio frio y calculador, que mantenía a su hijo en un internado desde los 8 años. Toda su rabia se centraba en ellos y especialmente en la mujer que debía secuestrar.

Por otro lado, las motivaciones de Gold eran todo un misterio, que no había aclarado del todo en ningún momento, lo que causaba su desconfianza.

- ¿Y qué gana usted con todo esto?.- Preguntó Emma.

- Solo quiero hacer un trueque con el doctor Mills, como comprenderá no necesito dinero.- Afirmó inmediatamente con una sonrisa de superioridad.- La vida de la señora Mills no correrá peligro, se lo aseguro, aunque no dudo que una parte de usted querría matarla con sus propias manos.- Dijo con sarcasmo.

- Pero eso no quita que sea ilegal. Secuestrar a alguien… no entra dentro de mi idea de recuperar a mi hijo. Ahora que sé la verdad, puedo recurrir a la ley.

La risa estridente del señor Mills hizo que alzara las cejas esperando una explicación.

- Ellos lo tienen todo y usted no tiene nada, jamás podrá recuperarlo sin mi ayuda, se lo aseguro. Pero una vez que usted secuestre a la señora Mills, su marido se verá obligado a devolverme lo que es mío y a usted lo que es suyo.

- ¿Y si algo sale mal?.- Inquirió Emma preocupada.

- Tengo muchos contactos, en el cuerpo policial y en los juzgados, no tiene de qué preocuparse, usted saldría indemne.- Replicó el hombre.

- Lo pinta usted todo muy bonito, pero estamos hablando de un tema bastante escabroso. Nunca he hecho algo parecido. ¿Cuál es el plan?.

El señor Gold tenía todo muy bien estudiado. Sabía en qué momento exacto tendría que secuestrarla, puesto que había seguido sus movimientos durante bastante tiempo y conocía sus rutas de tránsito y horarios habituales, había preparado una pequeña cabaña donde retendría a la mujer durante el periodo que durasen las negociaciones y había dispuesto un vehículo menos llamativo que su Volkswagen amarillo.

Exasperada y con un aspecto fantasmal, Emma echó un corto vistazo a la carpeta que descansaba sobre la mesita baja de su salón. Contenía toda la información que necesitaba, incluyendo un resumen de la vida del doctor y su mujer. Había un expediente psicológico de su hijo que ya había leído vorazmente y fotos, especialmente de la señora Mills, una mujer muy hermosa, con un porte elegante y refinado, solo seis años mayor que ella. Henry, en cambio, era la viva imagen de Emma y de su padre. Pelo castaño y ojos verdes, de un tono más apagado que los de su madre biológica. Nariz pequeña y cara redonda. Verlo en aquellas fotos le había dejado una sensación de melancolía y un fuerte odio hacia los Mills por arrebatarle todos aquellos momentos con él, sin embargo no podía dejar de mirarlas una y otra vez. Apretó los labios con desaprobación ante su actitud y se mesó el pelo.

A pesar de que Emma era una persona solitaria por elección, en este preciso momento habría dado lo que fuera por una opinión ajena. Sin embargo, en el fondo sabía que ya había tomado su decisión.

Capitulo 4

Le sudaban las manos, mientras apretaba el volante con fuerza. El latido de su corazón le asustaba, temiendo que pudiera oírse en el silencio de aquella noche. Todo estaba sucediendo como Gold había previsto. Regina Mills había ido al gimnasio sobre las ocho de la noche y un par de horas más tarde, a un bloque de apartamentos al encuentro de su amante. La idea de que la madre de su hijo le fuera infiel a su marido no le agradaba en absoluto y no podía dejar de juzgarla por ello. Hasta ese momento todo en ella le disgustaba y le irritaba, y la idea del secuestro cada vez le resultaba más agradable. Quería verla sufrir, quería golpearla, hasta había soñado con estrangularla con sus propias manos, pero sabía que jamás llegaría a tal extremo.

Emma miró por el retrovisor cuando oyó el ruido de una ramita al romperse. Respiró hondo y estrechó los ojos para darse cuenta de que era el momento. Regina Mills venía directa hacia su coche. Solo tendría que tapar su cara con un pasamontañas y tomarla de sorpresa por detrás. Pero nada salió como debía.

Los nervios provocaron que hiciera demasiado ruido al salir. Como consecuencia la señora Mills se volvió para ver de donde venía el sonido y al verla con el pasamontañas, sus alarmas se activaron y echó a correr, internándose a la izquierda, entre los arbustos. Emma chasqueó la lengua disgustada y torció la cabeza resignada. Como fiadora de fianzas, estaba acostumbrada a perseguir y dar caza. Salió corriendo tras ella y tras atravesar los arbustos, la vio a pocos metros mirando a su alrededor, aterrorizada, buscando, probablemente, alguien a quien pedir ayuda, pero el parque estaba desierto a esa hora de la noche. La morena, se giró y la miró asustada. Sus ojos dejaron a Emma sin aliento y por un momento dudó… pero solo fue un momento. La alcanzó tras una pequeña carrera y ambas cayeron al suelo. La señora Mills chillaba y se removía con violencia de espaldas, bajo la presión del cuerpo de Emma que le tapó la boca con su mano pero la mujer le mordió con fuerza y aprovechó la distracción para darse la vuelta y mirar a su captor, todavía horrorizada, pero también enfadada y rabiosa. Emma supo que estaba dispuesta a luchar y era fuerte, dios si lo era. Forcejearon, hasta que sus caras quedaron a escasos centímetros, respirando agitadamente. Aquello no era nada profesional y si Emma seguía así, solo conseguiría llamar la atención de alguien, así que sacó el arma que Gold le había dado y que se había asegurado de descargar antes, y apuntó a su cabeza. La mujer del doctor, se quedó petrificada, sin atreverse a hacer ningún otro movimiento.

- Si colabora, no tendré que usarla.- Susurró Emma por primera vez observando de cerca el bello rostro de aquella mujer, que asintió sin hablar. - Levántese y ande por delante, pegada a mi. No intente escapar o dispararé.

Regina Mills siguió sus ordenes sin dilación y echaron a andar en dirección al coche. Emma la hizo entrar en el asiento del copiloto y la esposó a la puerta con rudeza.

- Póngaselo.- Ordenó pasándole un saco para taparse la cabeza.

- No pienso ponerme eso.- Contestó indignada la mujer.

- ¡Hágalo de una vez!.- Le chilló Emma alterada.

- No sé que pretende con esto, pero no va a conseguir nada.- Dijo la señora Mills poniéndose la mascara a regañadientes.

- Eso ya lo veremos.

Continuará...