Derechos: No son mías

Corazones Rehenes

Capitulo 9

Con la cabeza dejada caer sobre la incomoda cama, Regina Mills no dejaba de repasar el último encuentro con su captora. No solo se había atrevido a golpearla, sino que le había mirado de aquella manera que la señora Mills no lograba interpretar. Era odio, sí, pero mezclado con algo más… ¿deseo?. Pero no, debía estar delirando, claramente. Se tocó el labio, hinchado por el golpe y se dio la vuelta en el camastro con el orgullo herido, momento en que la joven rubia volvió a abrir la puerta para dejar la bandeja con la cena, con más suavidad de lo habitual. Cuando comprobó que la señora Mills no se dignaba a moverse ni a darse la vuelta, ignorándola, se cruzó de brazos contra la pared y cerró la puerta con ella dentro.

- ¿No piensa comer? No ha probado bocado.- Dijo con cierta incomodidad. La morena siguió en silencio, con los ojos abiertos y atentos, y el corazón desbocado, pero sin dignarse a darse la vuelta.- ¿Piensa dejarse morir de hambre?… porque eso sería maravilloso. Si se muere no me sentiré culpable.- Desdobló sus brazos y se acercó al camastro.- Eso me recuerda lo culpable que usted se debe sentir.

- No voy a comer esa bazofia.- Dijo al fin, sin mirarla. La rubia rechinó los dientes, molesta, pero debía admitir que su comida no era gran cosa y realmente no quería matarla de hambre. Emma Swan estaba acostumbrada a comer comida basura, pizza y hamburguesas.

Se marchó sin decir nada más y tras cerrar la puerta, Regina Mills se volvió para mirar la bandeja. A pesar del hambre que la tenía frágil e irritada, sintió nauseas cuando vio la sopa aguada. Tenía que admitir que se moría por un zumo fresquito y algo de fruta.

Emma Swan abrió la puerta media hora más tarde, cargando con dos cajas de pizza cuyo olor despertó a la señora Mills, que se incorporó en la cama, mirando anhelante las cajas, pero sin poder dejar su pose orgullosa. En la otra mano, llevaba dos botellines de cerveza. No era fruta ni zumo, pero valdría.

- Está bien.- Dijo cediendo.- Tengo hambre.- Confesó molesta y avergonzada por mostrarse tan débil. Por primera vez, Emma Swan sonrió con cierta prepotencia y la señora Mills puso los ojos en blanco. Emma dejó caer una de las cajas a sus pies y abrió la suya, sentándose frente a ella, en el suelo de la habitación.

- ¿Rubia o morena?.- Le preguntó la señorita Swan a continuación, con media sonrisa ladeada, mostrándole los dos botellines.

- Rubia.- Fue la escueta respuesta de la señora Mills. Si pensaba que iba a cenar con ella como si nada, estaba muy equivocada. Tomó la cerveza con gesto molesto y se sentó sobre la cama, abriendo la caja y oliendo la comida con avidez e ignorando a la otra mujer.

- Es irónico que haya elegido la rubia.- Comentó Emma tranquilamente, mientras mordía su trozo de pizza. Regina Mills la miró confusa y Emma señaló su pelo mientras alzaba una de sus cejas sonriendo. De nuevo Regina Mills se la quedó mirando aturdida.- ¿Qué mira? ¿No tiene hambre?.- Preguntó Emma, algo avergonzada.

- Cuando sonríe… me recuerda usted demasiado a mi hijo.- Comentó con cierta reticencia.

Emma dejó de comer al instante y su cara se crispó, volviendo su mascara de odio.

- Soy Emma, Emma Swan.- Murmuró de repente. Sabía que no debía haberle dicho su nombre, pero quería saber si la conocía, si sabía de quien era el hijo que había robado. La cara de Regina Mills no cambió su expresión.

- ¿Se supone que debo conocerla?.- Preguntó con la boca llena, olvidándose de sus buenas formas y del dolor que sentía en el labio inferior.

- Me conoce, pero no lo recuerda, porque jamás le ha importado.- Contestó Emma con frialdad. Luego se incorporó dando un trago de su cerveza y salió sin más.

Capitulo 10

Por la mañana, Emma Swan abrió la puerta, con la bandeja y un desayuno compuesto por macedonia de frutas y zumo. Regina miró la comida con agrado, pero se quedó tensa sin hacer ningún movimiento.

- ¿Usted es la madre biológica de Henry?.- Preguntó Regina en voz baja, casi con miedo.

- Sí… soy su madre.- Contestó Emma con frialdad.- Por eso usted está aquí, porque me lo arrebató.

- Yo… no sabía… yo no se lo arrebaté… me dijeron que su madre era una vagabunda que no quería a su hijo y que lo había dado en adopción.- Aclaró disgustada.

- ¡Eso no fue así!- Contestó Emma airada, golpeando la pared con su puño desnudo y haciéndose daño en el acto.- ¡Me lo quitaron!.- Gritó frustrada. - Me dijeron que había muerto tras una serie de complicaciones. Yo era una niña prácticamente, una huérfana que había dado a luz en la cárcel… no tenía nada ni nadie que diera la cara por mi… firmé los papeles de su defunción y pensé que todo había terminado ahí. - Dijo bajando el tono de voz, avergonzada.

Regina Mills se sintió terriblemente mal ante aquella historia… era triste y debió haberse negado cuando su marido puso a Henry en sus manos por primera vez, pero se enamoró del bebé nada más verlo. Nunca se paró mucho a pensar en toda la historia que había detrás. Se incorporó lentamente, y dudosa, alargó una mano hacía la mujer rubia, posándola en su brazo. Realmente aquella mujer había removido algo en su interior y quería reconfortarla.

- Lo siento, no sabía todo eso… si lo hubiera sabido le aseguro…

- No me toque.- Murmuró Emma con rabia contenida, retirando la mano de un manotazo.- Usted hizo algo ilegal sin pararse a pensar en nada más que su deseo egoísta. ¿Comprar un niño? ¡Cómo si comprara algo material!.- Emma miró a la mujer con desprecio.- Me da asco.- Regina Mills le devolvió una mirada confusa.

- Ya le dije que no hubo dinero de por medio. Fue una adopción cerrada, los papeles que usted firmó me temo que no eran sobre su defunción.- Emma boqueó sorprendida y se sintió estúpida al darse cuenta del error que había cometido.- Y yo, lo hice por egoísmo sí, pero daría mi vida por Henry.- Confesó Regina con seguridad.- Lo amo más que a nadie y soy capaz de hacer lo que sea necesario por él.

- ¿Por eso lo mantiene encerrado en un internado, lejos de usted?.- Preguntó Emma con sarcasmo.

- Usted no lo entiende…

- ¡Cállese!.- Gritó Emma, interrumpiéndola y acercando su rostro a escasos centímetros del de Regina, amenazadora. Regina temblaba, pero dejó de hacerlo cuando vio que los ojos de la otra mujer estaban húmedos. - No quiero escuchar más sus pobres excusas. ¡Cómase eso, o muérase de una vez!.- Y de nuevo se marchó dando un sonoro portazo, algo que se estaba volviendo una mala costumbre.

Continuará