Derechos: No son mías.
Corazones Rehenes
Capitulo 15
Aquello definitivamente, no estaba bien, pensaba Emma mientras recorría las habitaciones, bajando las persianas. Fuera nevaba y lo hacía con bastante fuerza. Al llegar a su habitación, tomó uno de sus pijamas y lo llevó hasta el baño. Aunque Regina Mills había prometido que no escaparía, la había dejado esposada a uno de los armarios del baño. Todavía no confiaba en ella y a pesar de saber que no debería crear ningún vinculo, Emma le había ofrecido una tregua y la había propuesto tomar una copa en el salón.
Al entrar en el baño, la señora Mills seguía en la misma posición, medio adormilada, pero abrió los ojos al oír la puerta. Tenía una toalla atada a su cuerpo y temblaba a pesar de estar junto al calefactor.
- Si tarda más, habría puerto de hipotermia.- Dijo castañeando los dientes y arrebatando el pijama de las manos de Emma con un gesto tosco.
- Lo siento, pero he tenido que cerrar las persianas.- Confesó Emma, molesta con la actitud de la mujer.
- Lo entiendo. Teme que su cómplice nos descubra charlando como amigas.- Afirmó ajustándose el pantalón de algodón.
- No siga por ahí o me veré obligada a romper esta tregua antes siquiera de que haya empezado.- Le advirtió Emma.
- Vale, la sigo.- Le dijo con un gesto de la mano para que la guiase.
Se acomodaron en el salón como la primera vez, Emma sentada con rigidez en el sillón de una sola plaza y Regina en el sofá con las piernas cruzadas. A Emma le parecía que aquella mujer se mostraba cómoda y en una actitud desenfadada teniendo en cuenta cual era su actual situación. Ella, por otro lado, no conseguía deshacerse de la tensión. El tic tac de un reloj se hizo evidente y fuera, los truenos eran cada vez más persistentes.
- ¿Qué quiere beber?.- Inquirió Emma tras un rato de incomodo silencio.
- Lo más fuerte que tenga.- Respondió la señora Mills encogiéndose de hombros.
- No queda whisky, pero creo que hay algunas botellas de vino en la cocina.- Se incorporó y se acercó dudosa.- Tengo que...- Tomó las esposas de nuevo y Regina Mills asintió sin quejarse.
- De todas formas, no llegaría muy lejos con la nevada que está cayendo.
Efectivamente, el viento descendía aullando y silbando por la chimenea, avivando el fuego y haciendo crepitar la madera. Regina Mills tenía terror a las tormentas y aunque en presencia de la otra mujer se sentía curiosamente protegida, ahora la intensa luz de los rayos y su posterior tronar, le hicieron abrir los ojos con terror. En el salón no había más luz que la de las llamas de la chimenea y la de una lampara de pie, cuya tonalidad era ocre y apenas iluminaba la estancia. Los muebles reflejaban sombras fantasmales y Regina deseó que la señorita Swan regresara pronto de la cocina. Suspiró aliviada al oír el tintineo de las copas que chocaban entre sí en manos de la mujer rubia.
- La he echado de menos.- Admitió compungida.
Emma la miró desconcertada, dejando ambas copas con torpeza en la mesita baja. Una de ellas estuvo a punto de caer y Regina tuvo suficientes reflejos para alcanzarla antes de que se estrellara contra el suelo.
- ¿Le pongo nerviosa?.- Preguntó divertida, alzando una de sus cejas.
- No sea estúpida.- Replicó Emma.
- Es usted una persona muy seria para su edad.
- No sabe que edad tengo.- Murmuró.- Por cierto, solo había sidra.- Explicó a continuación, mostrándole la botella.
Regina Mills se echó a reír, casi a carcajadas, lo que desconcertó aun más a la mujer rubia.
- ¿Qué tiene tanta gracia?.- Preguntó abriendo la botella.
- Nada.- Dijo calmando su risa.- No importa.
- Es usted una persona muy rara.- Emma vertió la sidra sobre la copa mientras observaba con fijeza a Regina.
- Usted también.- Respondió Regina con media sonrisa, mientras tomaba la copa.
- Supongo que si.- Murmuró Emma sentándose de nuevo y llevándose la copa a los labios.
El silencio, solo interrumpido por el ulular del viento y los truenos, se hizo patente de nuevo. Quizás era el efecto del alcohol, pero Emma se sentía mucho más relajada. A pesar de ello, no dejaba de darle vueltas a la cabeza, quería preguntarle sobre Henry pero no sabía como hacerlo.
- ¿Qué quiere saber?.- Inquirió Regina, rompiendo de repente el silencio y sus divagaciones.
- ¿Perdone?.- Emma la miró con el ceño fruncido.
- Sé que quiere preguntarme algo, ¿sino a qué viene esta tregua?.- Preguntó la morena, luego hizo un gesto de dolor al notar un pinchazo en su labio.
- ¿Le duele mucho?.- Preguntó Emma apesadumbrada.
- Un poco tarde para preocuparse, ¿no cree?.
- Lo siento, no quería…
- Deje de fingir que le importa y haga la pregunta, señorita Swan.
Capitulo 16
La pregunta paso de ser una a una docena. La noche se alargó y ambas olvidaron que el tiempo corría e ignoraron el tic tac del reloj, el viento chocando contra las ventanas y la truenos que no cesaban. Emma se había acomodado en el suelo, con la espalda apoyada en el sillón que antes ocupada y Regina se había tendido a lo largo del sofá.
- ¿En serio?.- Preguntó Emma divertida.
- Se lo juro… Henry no conoce limites cuando se trata de dulces.
- Lo curioso es que yo también tomo el chocolate con canela.- Aclaró Emma complacida.
- ¿Y también es tan aficionada a los dulces?.- Preguntó Regina con curiosidad.
- Bueno...- La sonrisa de Emma se hizo más amplia.- Debo admitir que es una de mis debilidades.
- ¿Qué otras debilidades tiene?.
La pregunta de Regina tomó por sorpresa a Emma, trayéndola de repente a la realidad. Ella era reservada y no le gustaba especialmente abrirse a la gente, menos aun a aquella mujer desconocida, pero el alcohol le había soltado la lengua.
- No creo que le interese mis debilidades, además podría usarlas en mi contra.- Contestó a la defensiva.
La señora Mills se incorporó y arqueó las cejas. Se quedó mirando a Emma, pensando en lo hermosa que era y en su imposibilidad para odiarla. Sus ojos eran cálidos, a pesar de sus gestos bruscos y tenía un cuerpo envidiable. Brazos fuertes y musculosos que por un momento Regina tuvo el deseo de que la rodearan. Se sonrojó implícitamente antes sus pensamientos.
- Creo que he bebido demasiado.- Murmuró con gesto cansado.
Emma se puso rígida y se regañó mentalmente por haber roto la camaradería. Hasta ese momento, creía que la odiaba, pero ahora sabía que no solo no la odiaba, sino que le gustaba su compañía. No sabía si era por ser una persona generalmente solitaria o por efecto del alcohol, pero no quería que la noche terminase tan pronto, no quería encerrarla de nuevo en aquel sótano frío y lúgubre.
- Perdone, no pretendía… en fin...- No supo como continuar.
Un trueno iluminó la estancia y Regina pegó un bote, llevándose una mano al pecho. Su cara se tornó blanca y se le aceleró el pulso.
- No quiero dormir sola.- Dijo tragándose su orgullo. La cejas de Emma se arquearon y la miró desconcertada.
- Puedo dejar que duerma aquí.- Le dijo Emma afable.- Pero tendré que esposarla al brazo del sillón y cerraré la puerta.- Le advirtió muy a su pesar.
- No me ha entendido, no quiero dormir sola.- Volvió a repetir. Emma tragó saliva.- Le tengo terror a los truenos.- Se excusó.
- ¿Quiere que duerma con usted?.- Preguntó Emma sorprendida. - Sería un poco raro, ¿no cree?.- Le preguntó pensativa.
- Si quiere puede esposarme al cabecero de su cama, así se asegurará de que no huyo y de que no intentaré nada contra usted.
La imagen de la mujer morena esposada al cabecero la hizo sonrojarse por la connotación sexual que implicaba. El calor se alojó en su estomago, cálido y acuciante. Emma se sonrojó involuntariamente, se removió incomoda y se quedó un rato dudando. La idea le agradaba más de lo que debería. Había una conexión entre ellas, un hilo invisible que tiraba de la una hacia la otra. Ambas deseaban su mutua compañía, era evidente y al mismo tiempo desconcertante.
- De acuerdo.
Continuará...
