Capítulo 2: agua y vida

Era temprano por la mañana, una idea me despertó y me dirigió a continuar con la forma del trozo de madera. Ya tenía la idea y sólo debía completarla.

Salí al campo detrás de nuestra casa, el sol estaba cubierto por nubes y oscurecía al pueblo de Kokiri. Tomé el trozo de madera y continué dándole forma toda la mañana.

El trozo tomaba forma: una hermosa espada de madera de doble hoja y buen filo. Amarré un grueso trapo para no lastimar mi mano al usarla por la madera. Seguía haciendo lo mismo cuando mi hermano se acercó.

–Hermano… –me saludó pero quedó sorprendido al ver la espada– es preciosa, hermano.

–Gracias –dije sin dejar de esculpir–, pero aún me falta.

–Bueno. Te venía a decir que la comida está lista.

–Vamos a comer.

Toda la mañana ahí, ya debía comer algo, aunque el esfuerzo que le puse a esa espada me tenía distraído. Comimos y volví con la espada.

Acabé, tomé un rato para admirar mi trabajo. Luego llamé a Link.

–¡Hermano! ¿Qué tal si la pruebas?

–¿De verdad? –preguntó emocionado– ¡Sí!

Tomó la espada con la izquierda como de costumbre y abanicó un poco, atacó a la hierba y la cortó sin mucho esfuerzo.

–Vaya, hermano –se detuvo– esta espada esta genial.

Le pedí que siguiera con la espada un rato más; tanto rato para formarla no serviría si se rompía.

–Bonita espada –escuché pronunciar detrás de mí.

–Hola, papá.

–¿Tú hiciste esa espada? Muy buen trabajo.

–Gracias.

–Oye, te tengo una tarea –me explicó– tengo esta ocarina pero no logró que suene bien. Revísala.

Me dio la ocarina y la analicé con cuidado, recordé la ocarina de Saria y supuse el problema.

Pasé un largo rato con esa cosa, guiándome por una vaga idea de cómo arreglarla. Logré un dulce sonido con ella después de un rato…

–Toma, papá –mi padre la tomó e interpretó algunas notas con ella. El sonido era agradable y muy diferente a como me la habían entregado–. Muy bien, esto suena mucho mejor. Ahora, ¿puedes ir a entregarla?

–Claro –acepté y me explicó cómo llegar a esa casa donde llevaría la ocarina.

Me dirigí a esa casa, no tarde mucho en encontrarla. Era una casa simple, un poco más grande que la mía y algo apartada. Toqué la puerta y esperé a que me abrieran.

–Hola –escuché una linda voz femenina al abrir la puerta. Era la misma chica que me pidió el grabado–. Tú eres el chico del grabado ¿verdad?

–Sí –respondí nervioso–. Mi nombre es "Chain".

–Chain, hola –sonrió.

–Hola… Ah, sí. Te traje esto –le entregué la ocarina.

–¡Sí! –La tomó y saltó de alegría– El señor dijo que la tendría lista en varios días, pero aquí está. Gracias.

Tocó una melodía alegre y particular (la canción de Saria).

–Suena tan bonito –dijo contenta–. Toma, lo de la ocarina y algo para ti.

Agradecí con una sonrisa y regresé a casa. Seguí escuchando la melodía hasta alejarme de ahí.

Oscurecía así que me apresuré para evitar esas criaturas que me contó mi padre la otra vez. Recordaba el haberme encontrado otra vez con Saria (era joven, no entendía qué pasaba conmigo) y si la vería otra vez pronto.

–Ya llegué. Papá, hermano, ¿dónde están?

–Llegaste para la cena, Chain.

–¿Dónde estabas, hermano? Papi no nos dejaba cenar hasta que volvieras.

–Lo siento. Creo que me entretuve en el camino.

–Bueno, ya estás aquí empecemos a comer.

–Claro.

Me senté y empezamos a cenar, incluso Deku, quien tenía su platito de madera esculpido por mí días atrás.

–¿Y qué tal la entrega? –preguntó mi padre.

–Bien. No fue difícil encontrar la casa y le encantó la ocarina.

–Muy bien ¿listo para tu siguiente trabajo? –dijo señalando madera cerca de nosotros– Pero tú descansa. Mañana te explico lo que hay que hacer.

–Bien. Sonreí y seguimos comiendo.

Acabando la cena fuimos a dormir. Vi por la ventana y seguía nublado y muy oscuro, quizá llovería.

Al día siguiente me levanté tarde, continuaba muy nublado pero no llovió. La tarde fue interrumpida por rayos que cruzaban el cielo de Kokiri. Deku y mi hermano estaban asustados bajo la mesa, mi padre aseguraba la casa, y yo miraba el cielo desde atrás de la casa, tirado en la hierba baja…

–¡Chain, entra a la casa! –gritó mi padre y entré.

Observaba el cielo por la ventana, las nubes comenzaron a formar algo como un remolino, dejando un espacio en el centro. El cielo se iluminó y sólo cayó agua (según se sabe), ese destello que enceguecía mantuvo en secreto la caída de un objeto; algo que quizá no debió caer en este mundo.

Después de esa noche, toda planta en Kokiri había crecido demasiado para una noche. Pasamos la mañana cortando hierba, simple pero agotador.

–Papi, ¿cuánto falta? –se quejó mi hermano.

–Sólo la entrada.

–¿Luego iremos a comer? –preguntó sonriendo.

–Sí.

Terminamos con la hierba y entramos a comer, pero algo faltaba; alguien faltaba.

–Hermano, ¿Dónde está Deku? –Preguntó asomándose por toda la casa– no lo he visto desde ayer.

–Tal vez sigue escondido por la lluvia.

–Cierto. Lo buscaré.

En eso recordé que había dejado la espada afuera y fui a buscarla. Salí hacia tras de la casa y percibí algo "danzar" por ahí, le lancé una piedra y giró para que me diera cuenta que era el pequeño Deku; la lluvia lo hizo crecer hasta sobrepasar la altura de la casa. Luego vi la espada tirada en el suelo, pero… ésta era más grande aunque conservaba su forma. La tomé y era casi dos veces más pesada y muy dura.

Llevé la espada adentro y la mostré a mi padre:

–Impresionante –pronunció al contemplar la espada–. Aumentó su peso, tamaño y resistencia pero mantuvo su forma y su filo.

–Ah, papá… También encontré a Deku, y, bueno…

Mi padre se estremeció y empuñó la espada al ver a Deku por la ventana.

–¡Deku! –gritó mi hermano y corrió a abrazarlo– ¿Dónde estabas?

Le explicamos a mi hermano que Deku debía volver al bosque:

–Pero es mi amigo –dijo triste y algo chiflado.

–Ahora es enorme, Link. No podemos pagar su comida y ya no entra en la casa.

–Pero lo quiero mucho.

–Hermano, luego iremos por… un caballo para ti.

–¿Un caballo? –pregunto con un singular brillo de ilusión en sus ojos.

–Sí, te conseguiré uno.

Mi hermano aceptó la partida de Deku y le pidió que fuese él quien lo llevara al bosque, lo que le concedió.

–Bueno, mañana llevaremos al pequeño deku a su bosque –pronuncié para dejar en claro.

–Si, hermano. Pero lo volveremos a ver ¿verdad?

–Todo es posible, querido hermano.

–Muy bien –Sonrió y abrazó al deku–. Ahora ¿Qué tal si comemos?

–Sí, yo tengo hambre.

La comida se acabó ese rato, el pequeño deku comió mucho, mejor dicho: lo que debía. Pero fue un buen rato que recordaremos después de separarnos.