Disclaimer: Los personajes de Disney y Dreamworks no me pertenecen. La historia sí.

CAPÍTULO 9

Se encontraban en la puerta de la casa de la pecosa, aunque ya se había puesto el Sol, el cielo aún proyectaba algo de luz que se iba extinguiendo por momentos.

-Muchas gracias por esta tarde - dijo Anna cuando terminó de subir el par de escalones que separaba la puerta del suelo.

-No tenía nada mejor que hacer.

Elsa mentía. En primer lugar tenía un trabajo a medias de la universidad que tenía que entregar en un par de dias, y en segundo lugar, había cancelado el plan que tenía con Jack. Tenían pendiente desde hacía algunos meses ir a patinar sobre hielo juntos, era algo así como una tradición entre ellos ir cada cierto tiempo, desde que en el orfanato les llevaron de excursión. No habían podido ir antes por culpa de las clases, y al final habían optado por ese mismo día. Día que Elsa había decidio dedicar a pasar con la pelirroja. Definitivamente, si se enteraba le iba a matar.

-Bueno, nos veremos por la uni - se despidió y se inclinó para darle un beso en la mejilla, sobre esas pecas que tanto le gustaban.

-Claro... - le respondió mientras la veía darse la vuelta y dirigirse al coche, pero alargó el brazo para tomarle por la muñeca y hacer qur volviese a mirarle -. Elsa... - Anna se acercó al cuerpo de Elsa y, por primera vez, quedando un poco por encima de ella gracias a la altura adicional de los escalones, posó los labios sobre los suyos, dándole un corto beso que fue correspondido.

Cuando se separó le sonrió y entró en la casa, en la cual ya había gente por la luz que salía de dentro.

Ya en el coche, el móvil de Elsa vibró anunciando que había recibido un mensaje. Al abrirlo y ver el remitente un nudo de culpabilidad se instauró en su estómago, era de Jack.

Jack: Te encuentras mejor?

Elsa suspiró, había mentido diciendo que se encontraba mal del estómago y su amigo se había estado preocupando por ella durante toda la tarde. Bloqueó el aparato sin contestar y comenzó a conducir, ya lo haría cuando llegase a su casa y no tener la sensación constante de que iba a ser descubierta.

A su vez, Anna no podía dejar de sonreír. Había entrado todo lo deprida que había podido por la puerta para que Elsa no notase el intenso sonrojo que iba apareciendo en sus mejillas. No se lo podía creer, se estaba empezando a enamorar de aquella chica de pelo casi blanco, como la nieve recién caída, y de ojos azules cristalinos. En un principio había notado en ellos un frío helador, como si su alma estuviese recubierta por un muro de hielo, pero cuando la miraba a ella no sentía que la estuviese congelando con la mirada, si no una extraña calidez, como si en vez de dos orbes de hielo, estuviese contemplando el agua cristalina que se encuentra en los mares del Caribe.

-Anna, ¿eres tú? - preguntó una voz femenina desde algún punto de la casa, probablemente de la cocina.

Esto despertó a la chica de su ensoñación, y se dio cuenta de que seguía parada con la espalda apoyada en la puerta.

-¡Sí, mamá! Ya he llegado.

Se acercó a la sala para observar cómo la mujer que le había cuidado desde que tenía memoria se movía de un lado a otro, controlando lo que tenía puesto al fuego mientras buscaba infredientes. Su pelo negro era largo y lo surcaban unos pocos mechones finos blancos, cualquiera diría que era muy joven para llevar canas, pero ella se negaba a usar tinte y es que las canas no le envejecían en absoluto. Ese día lo llevaba amarrado en una coleta alta, por lo que también bailaba con cada movimiento que hacía.

Se giró al notar a su hija apoyada en el marco de la puerta y le sonrió, abriendo los brazos para que Anna fuese a refugiarse en ellos. La chica se movió sin dudarlo y avanzó hasta que también sus brazos rodeaban el cuerpo de su madre.

-¿Qué tal os lo pasásteis en el viaje? - preguntó Anna después de que su madre le diese un beso en la cabeza y se separase.

-Ayúdame mientras te cuento.

Anna asintió y tras lavarse las manos y colocarse un delantal se puso a cortar unas cuántas verduras.

-¿Así que lo has pasado bien con Raúl?

Beatriz, la madre de Anna y Kristoff, estaba saliendo desde hacía ya más de un año con un hombre que había conocido en su trabajo. Anna se reía cada vez que recordaba aquella vez que entró en el negocio de su madre para encargar una tarta de boda.

-Flashback-

Las campanillas que indicaban que alguien había entrado en la tienda hizo que levantase la cabeza del cuaderno donde estaba dibujando el diseño para un pastel de cumpleaños que le habían encargado con la temática de Harry Potter, por fortuna, Anna y Kristoff le habían puesto las peliculas hasta casi rallarlas.

Cuando vio a la persona que cruzaba la entrada casi se le cayó la baba. Era un hombre que aoarentaba cuatenta y pocos años, tenía el pelo corto, pero algo alborotado, de color castaño oscuro. Sus pestañas negras parecían estar tan juntas que resaltaban la forma de sus ojos, que a la mujer le parecieron del color del chocolate caliente. No iba especialmente arreglado, vestía unos vaqueros azul desvaído y una camiseta de algodón que le marcaba especialmente los hombros.

Hizo una inclinación de cabeza a modo de saludo hacia Beatriz y se dirigió a una de las paredes donde tenían colocadas en estanterías muestras de distintos pasteles.

Sin dejar de mirarle, vio por el rabillo del ojo que uno de sus empleados se acercaba a él para aconsejarle, pero rápidamente le indicó con un gesto que iría ella. Cuando llegó a su lado el hombre estaba algo inclinado mirando un trozo de tarta decorado como si estuviese envuelto con lazos hechos de fondant.

-Hola ¿puedo ayudarte en algo? - le dijo con una de sus mejores sonrisas.

《Que no sea un pastel de boda.》- rogaba mentalmente - 《Que no sea un pastel de...》

-Ne gustaría encargar un pastel de boda.

《Mierda.》- fue el pensamiento de Beatriz.

Pese a esto no borró la sonrisa de la cara y estuvo apuntando cómo quería aquel hombre el pastel. Le dijo que le había gustado el de los lazos, que era sencillo, pero elegante. Debía ser de bizcocho normal y el relleno nata helada y fresa. Aparte de eso pidió que en la parte de arriba llevase colocado un cartelito de chocolate duro en el que pusiese el nombre de los novios. Le dio un papelito en el que estaban apuntados, y tras ultimar detalles y fechas de entrega abandonó la tienda.

La mujer de dio cuenta de que en ningún momento le había dicho el nombre. Abrió el papel doblado en el que se leía:

Alejandro

y

Mónica

10-12-2015

Lo último que pensó fue que Alejandro no le pegaba para nada.

Cuando llegó a su casa aquella noche y fue recibida por los gritos de Anna y Kristoff peleándose por vete-tú-a-saber-qué, sonrió. Sería muy difícil que un hombre se adaptase a aquella familia, y aunque sus hijos ya tenían una edad, aún les faltaba algunos años para que fuesen adultos de verdad, Anna apenas acababa de cumplir los diecisiete años y Kristoff disfrutaba de sus diecinueve. Ambos se comportaban aún como críos, pero para Beatriz era normal, haber pasado una parte de tu infancia a manos de los servicios sociales no era una buena experiencia, así que les dejaba disfrutar de los años que les habían robado.

Aunque fuese la más pequeña, Anna había sido la primera en llegar a aquella casa, puesto que cuando la adoptó no se atrevía con un niño más grande, sabía que era más difícil su adaptación. A los pocos años Beatriz contempló un pequeño altercado entre un chaval grandote y rubio de unos diez años de edad, el cual se interponía entre unos chicos que obviamente eran mayores que él, y una pequeña niña que lloraba en el suelo mientras abrazaba su mochilita. Cuando uno de los mayores iba a pegarle un puñetazo al protector de la chiquilla llegó corriendo y gritando que qué se suponía que estaban haciendo. El chico miraba a Beatriz como dándole las gracias, pero serio, yvse dio la vuelta para ayudar a la pequeña a levantarse del suelo.

-Hey, esperad - les dijo cuando vio que se marchaban - ¿Estáis bien? ¿Queréis que os lleve a alguna parte? - señaló el coche.

-No pienso subirme en el coche de una extraña, vamos Zel - la niña que parecia responder a ese nombre asintió y se puso a caminar junto a él.

-Al menos dejadme acompañaros aunque sea a pie, no es seguro que dos niños anden sin sus padres por la calle.

-No se preocupe señora, no tenemos de eso - eso último ya se lo dijo sin siquiera detenerse a mirarle.

Cuando recogió del colegio a una Anna de por aquel entonces siete años, le preguntó a la niña si le gustaría tener hermanos, a lo que ella contestó con el ceño fruncido que ella ya tenía una hermana mayor.

Aunque Beatriz no tenía ni idea de lo que hablaba, no era la primera vez que lo mencionaba, sobre todo al principio, pero en el orfanato le habían dicho que Anna estaba sola. Apenas sabía nada de la vida anterior de su hija aparte de que se encontraba con su familia en España de vacaciones y un accidente había acabado con sus padres. Anna era de origen noruego, pero por lo ocurrido los servicios sociales españoles se comprometieron a cuidar de ella. Supuso que su hermana también habría perecido en aquel accidente y la pequeña no era capaz de superarlo.

Aún así, la mujer buscó a los dos niños por los orfanatos de la zona, y cuando los encontró quiso adoptarlos a ambos, pero no le dejaron ya que al ser ella sola no la creían capaz de poder mantener a tres niños. La verdad es que sobre todo quería adoptar al niño, pero la mirada de Zel, que resultó ser el diminutivo de Rapunzel, llena de lágrimas también le había robado el corazón, así que convenció a su hermana y a su cuñado, que llevaban tiempo intentando tener hijos, pero no lo conseguían, de que se quedasen con la pequeña.

Así fue como Kristoff llegó a su hogar. No podía decir que no hubo problemas, sobre todo los primeros años en los que el chico pensaba que lo iban a devolver por meterse en líos, pero habían salido adelante como una familia de verdad, aunque estuviese hecha con retales.

Cuando regresó de sus recuerdos pegó un grito pidiendo que dejasen de pelear y que fuesen a ayudarle con la cena.

-¿Qué tal en el trabajo mamá? - le preguntó Kristoff.

-Pues si os digo la verdad, he conocido al hombre de mi vida y lo he perdido antes de tenerlo - se quejó con un puchero que rápidamente se convirtió en una sonrisa, dando a entender que realmente no estaba afligida por ello en serio.

Anna, que era una romántica empedernida, quiso saber los detalles, desde cómo era físicamente hasta el tono de su voz.

-Podrías... ¡Oh, ya sé! Podrías poner tu nombre en la tarta en vez de el de esa mujer, y aparecer y declararte. Sería tan bonito...- los ojos de la muchacha tenía un aire soñador, definitivamente esa niña leía demasiados libros...

Kristoff, por el contrario, se reía a carcajadas por las ocurrencias de su hermana, ya que no estaba muy seguro de si lo decía en broma o en serio, saliendo de su hermana todo podía ser.

Llegó el día en el que Alejandro tenía que recoger el pedido de la tienda. Cada vez que la mujer miraba el pastel una punzada de molestia le atacaba. No es que se hubiese enamorado de ese hombre, pero ni siquiera había tenido una oportunidad de intentarlo, uno tiene que estar muy seguro de su relación para casarse.

Cuando el hombre apareció y le sonrió Beatriz no pudo hacer otra cosa que sonreír también, pero con algo de pesar. 《Qué suerte tienen algunas》

Al ver el resultado final del producto sus ojos se iluminaron.

-Es genial, a Mónica le va a encantar. ¡Muchísimas gracias!

-No ha sido nada, es mi trabajo. Espero que sean muy felices, enhorabuena por la boda, Alejandro.

Lo que ocurrió a continuación quedaría como anécdota para el resto de la vida de ambos.

Primero, la cara del supuesto Alejandro quedó con una expresión de confusión total, pero al atar cabos y comprender lo que la mujer pensaba acabó riéndose fuerte, para la estupefacción de Beatriz y la extrañez del resto de personas que había en el local.

-¿Qué es tan gracioso? - preguntó sin tener ni idea de lo que estaba ocurriendo.

-Creo que me ha confundido con mi cuñado, señorita - dijo todavía con la risa tintando su voz. - La que se casa es mi hermana, no yo.

La sonrisa que indicaba que el hombre seguía queriendo reír, pero se contenía, hizo que la mujer se sonrojase de un rojo que resaltaba aún mas por el contraste con su oscuro cabello.

-Eh... Oh, vaya, así que no eres Alejandro. Así que no se casa ¡Qué bien! No, espera, no es que me alegre de que no se case porque me guste que la gente lo haga. Que tampoco es que me importe que se case. Al fin y al cabo son mis principales clientes... ¡Pero no se confunda! No quiero que se case porque quiero que sea mi cliente, ¡de verdad!... - se tapó la boca con las manos para evitar seguir diciendo tonterías.

Hacía al menos una década que no le ocurría eso delante de un desconocido, pero ya sabemos de dónde lo había sacado Anna. Los trabajadores del local miraban divertidos la situación, nunca habían visto a su jefa en ese estado, solía ser bastante seria en el trabajo.

Después de aquel acontecimiento la mujer se enteró de que su nombre era Raúl, y que por sorteo le había tocado encargarse de la tarta de bodas de su hermana. También se enteró, por un comentario que dejó caer el chico, que estaba soltero. Antes de salir de la tienda casi corriendo, porque debia de llegar con la tarta al sitio donde se celebraría la boda en menos de una hora, se paró en la puerta.

-Tienes mi número, llámame.

Y se fue.

-Fin del flashback-

Así fue como su madre y Raúl se habían conocido, y en esos días era bastante normal que ambos se escapasen de vez en cuando algún fin de semana, como había ocurrido ese en concreto.

-Ha sido genial. Nos hemos alojado en un pequeño albergue compuesto de cabañas en las montañas de Soria. Hacía mucho frío, pero ver aquel paisaje completamente nevado fue espectacular, la próxima vez deberíamos de ir los cuatro juntos - al decir esto miró de reojo a Anna, la cual la observaba con la cara pintada de emoción.

Sabía cuánto amaba su hija la nieve y hacer muñecos de nieve, estaba segura de que ya podría tener cincuenta años, que seguiría haciéndolos.

-¿Y tú? ¿Te ha ocurrido algo bueno hoy?

-¿Uh? ¿Por qué lo dices? - preguntó Anna sin saber cómo su madre era consciente de su felicidad.

-Porque no has parado de sonreír desde que has llegado - dijo sin mirarla mientras removía el contenido que tenía en una olla, pero con una pequeña sonrisilla.

Anna, ante esto se sonrojó y se dio cuenta de que tenía incluso las mejillas algo entumecidas de tener tanto tiempo la sonrisa plantada en la cara.

-S-sí... bueno, es que... he conocido a alguien... - Anna jugaba con las puntas de sus trenzas sin saber muy bien dónde meterse.

Nunca le había pasado eso con su madre, cuando empezó con Hans fue corriendo a decirselo, emocionada con la noticia. Siempre había tenido esa clase de confianza con su madre. Pero con Elsa parecía ser diferente, como si tuviese que ser un secreto. Tampoco sabía cómo se iba a tomar Beatriz el hecho de que fuese una mujer, no consideraba que fuese a reaccionar mal, pero era una incertidumbre que se instalaba en su pecho y le hacía difícil que saliesen las palabras.

-¿Por fin se ha acabado aquella cosa que tenías con el idiota de Hans? - dijo su madre con un tono que parecía que daba gracias al cielo por un milagro que acabase de ocurrir.

La expresión de Anna se amargó al escuchar el nombre de su ex, pero no dejó que su madre lo viese, porque aunque supiese que Hans era un hombre celoso y posesivo, no se imaginaba lo que había ocurrido en varias ocasiones. Sabía que, como madre que quiere proteger a su hija, no hubiese entendido las razones que tenía para continuar con él.

Asintió con la cabeza respondiendo a la pregunta de su madre, y en ese momento vino la abalancha. Anna también había sacado de su madre aquella curiosidad que la caracterizaba, aunque creía que ya venía de serie con ella y la mujer lo único que había hecho era fomentarla.

-Dime cómo es - pidió, o más bien ordenó, Beatriz.

-Pues... tiene el pelo rubio platino, casi blanco, igual que su palida piel... ¡y unos ojos tan azules que parecen imposibles! - Anna empezaba a emocionarse al hablar de Elsa, pero se desbanaba los sesos intentando describirla sin dar a entender que era una chica-. Estudia en mi uni, pero está en arquitectura.

-¿Y es alto? ¿Y fuerte? -su madre movió varias veces las cejas hacia arriba y abajo, insinuante, a lo que Anna no pudo hacer otra cosa que reír sonoramente.

-No he tenido ocasión de comprobar su fuerza, pero creo que es más de darle al músculo de la cabeza. Y bueno, podría decirse que no me saca demasiado, algo menos de diez centímetros.

Su madre pareció complacida con que fuese inteligente, pero dio un pequeño resoplido cuando le dijo que no era muy alto.

-Parece que solo te gustan bajitos hija - le dijo refiriéndose a la altura de Hans.

Anna contuvo una risa, y es que su madre opinaba que la altura de Elsa no era suficiente para un hombre, y era cierto, pero en una mujer ya se le consideraba alta, casi fuera de la media.

-Así que tenemos a un guapo príncipe nórdico con falta de musculatura y un cabezón ¿podríamos resumirlo así?

Anna ahora sí que rio, seguro que su madre se estana imaginando a un nerd que usaba gafapasta y esmirriado. Si aplicase todo lo dicho a una mujer, quedaría el espectacular resultado que era Elsa.

-Algo así - dijo cuando se recuperó de la risa que le había provocado la definición de la mujer.

En ese momento el sonido de la puerta al abrirse y cerrarse les indicó que Kristoff había llegado, así que se apuraron en terminar de preparar la cena.

Elsa ya estaba subiendo las escaleras de su edificio y todavía seguía dándole vueltas a qué contestarle a Jack. Sabía que su amigo era comprensivo, pero no sabía hasta qué punto podría serlo en esta situación. Había tirado por la borda una tradición que tenían desde que eran críos, algo que cada vez les costaba más poder llevar a cabo por escasez de tiempo.

No es que se arrepintiera de haber dedicado su tarde a Anna, pero sí se sentía mal por haber engañado.

-¿Ahora te vas a dedicar a mentir a tus amigos, Winter? - le dijo una voz que conocía muy bien cuando llegó a su piso.

-Merida...

Holiii, ¿os ha gustado? Estoy intentando ser un poco más detallada cuando escribo, y bueno, poquito a poco.

Luu7: ¡Hey! ¿Qué tal? Me alegra que hayas encontrado esto entonces jajaja Y siento si ha sido duro el capítulo 7, a mí también me costó bastante hacerle eso a Anna. Y tienes razón, el drama no acaba ahí con Hans, mucho menos en general, así que hay que aguantar un pelin más. Nos leemos :3

Bisu!

Yomi.