Disclaimer: Los personajes de esta historia no me pertenecen.
CAPITULO 10
Elsa se acercó a la puerta pasando de su amiga, sabia que le iba a caer una bronca importante, y suficientemente mal se sentía como para que llegase ella y encima metiese el dedo en la llaga. Abrió la puerta como si Mérida no existiese y se dispuso a entrar en su casa, pero la pelirroja impidió que se cerrase detrás de la rubia.
-¡No me ignores Elsa! Deja de huir de tus problemas.
Ante esto, Elsa no pudo seguir haciendo como que su amiga no estaba allí y simplemente entró en el departamento y se sentó en el sillón dándose por vencida. Sabía que no podría librarse de Mérida, su cabezonería era más fuerte que las ganas de discutir de Elsa.
La mirada de su mejor amiga era penetrante, estaba de pie en frente suya y con los brazos cruzados sobre el pecho. Elsa hacía muchos años que no tenía una madre, pero Mérida era lo que más se le parecía, ya que para ella la familia era lo más importante y consideraba a la rubia como si fuese una hermana.
-¿Me vas a explicar por qué narices has mentido a Jack? - dijo de forma directa, sin dar rodeos -. No te puedes imaginar la cara que se me ha quedado cuando he llegado para ver qué era lo que te ocurría y me he encontrado la casa vacía.
Elsa se encogió ante el primer estallido de la pelirroja, aun sabiendo que no sería el último.
-Yo... - la rubia se miraba las manos como si fuesen lo más interesante que hubiese visto en su vida -, tenía que hacer algo.
-¿Y no se lo podrías haber dicho?
-Seguramente no lo hubiese entendido.
-¿Pero por qué? - Mérida hacía aspavientos con las manos, estaba perdiendo la paciencia.
-¡Porque si le dijese que he cancelado el plan para ir al cine con una chica me va a mandar a la mierda! - le contestó, ya desesperada.
La cara de Mérida era un cuadro, realmente le había sorprendido aquello. Elsa no era de las personas que dejaban de lado algo que tenía seguro, como era Jack, por una chica que había conocido hacía apenas medio mes, porque lo de Halloween no contaba. La curiosidad le iba comiendo cada vez más terreno al enojo, esa chica de verdad había tenido que calar hondo en su mejor amiga.
-No, es cierto, no le iba a gustar un pelo - dijo ya más calmada, sentándose junto a la otra chica -, pero creo que se merecía la verdad Elsa.
-Lo sé, ya lo sé - con los codos hincados en las rodillas dejó caer la cabeza sobre las palmas de sus manos y soltó un suspiro -. Supongo que no quería decepcionarle.
-Creo que si se entera del engaño le decepcionarías aún más. Lo que no entiendo es ¿por qué hoy? ¿no podía ser otro día?
-No podía esperar más, Mérida.
-¿Qué tiene de especial esa chica que no puedes esperar unos días?
-Hay algo en sus ojos... no te lo podría decir con exactitud, pero son como cuando encuentras algo perdido desde hace tiempo a lo que le tenías mucho cariño. Me producen esa sensación.
Mérida la miró con seriedad, intentando discernir cuan profundas eran las palabras que acababa de pronunciar la rubia.
-Sabes que no puedo entenderte con esto realmente - dijo encogiéndose de hombros y sonriéndole de lado -, pero sé que tú no dejarías a tus amigos de lado así como así.
Elsa levantó la vista y miró a su amiga con tremendo cariño en sus ojos. Sabía por qué decía aquello. Mérida no podía comprender del todo algo que no había vivido en sus propias carnes. Nunca, en sus veinte años de vida, había sentido nada que fuese más allá de la atracción física hacia una persona. Ella misma se consideraba arromántica, porque aunque no hubiese conocido el amor de ese modo, tampoco quería experimentarlo. Pero la rubia agradeció enormemente que la chica confiase de esa manera en ella.
-De todos modos, no lo haré de nuevo, dioses, se siente horrible - una risa salió de los labios de Elsa.
-Más te vale - le dijo la pelirroja dándole un golpe en el hombro.
-¿Te quedas a cenar?
-Me lo debes después de todo esto.
Con una sonrisa Elsa se metió tras la barra americana que separaba el salón comedor de la cocina, dispuesta a hacer nada demasiado elaborado, que, al abrir la nevera, decidió que fuesen unos filetes de pavo y algo de ensalada, a la cual le añadiría manzana. A Mérida le encantaban las manzanas.
Mientras cocinaba y conversaba de cosas triviales con ella, como qué tal les iban las clases o que deberían de volver a quedar todos en algún momento de la historia, Elsa pensaba que Mérida no le contaría lo ocurrido a Jack. Probablemente el chico ni siquiera se enterase hasta que algún día saliese como anécdota, cuando ya hubiese pasado tanto tiempo que ya no pudiese hacer daño.
oOoOo
Habían pasado un par de semanas desde aquel episodio. Anna y Elsa se veían de vez en cuando, normalmente entre clase y clase quedaban para tomarse un café en la cafetería de la universidad y criticar a sus profesores (café que para Anna luego siempre acababa convirtiéndose en un chocolate caliente, ya que a finales de marzo todavía necesitaba calentarse el cuerpo).
Pero la calma no podía durar demasiado.
Anna se encontraba en su casa, aunque tenía clases había decidido no ir, le faltaban horas en el día para hacer todos los trabajos que le mandaban. Ese primer año de carrera le estaba costando más de lo que creía, a veces incluso se planteaba si había hecho bien en elegir esa rama. Si lo miraba con retrospectiva Hans había condicionado la mayor parte de su vida, es cierto que le gustaba ayudar a la gente, siempre había sido alguien alegre y optimista, pero ¿por qué psicología?
Cuando estos pensamientos llegaban a su mente la pelirroja entraba en un bucle y le costaba salir de él. Menuda ironía, una psicóloga que necesitaba terapia, que alivio para sus futuros clientes sería saber esto.
Anna resoplo, dejando caer la cabeza sobre el teclado, haciendo que apareciese en la redacción en la que estaba trabajando una fila de efes que no paraba de crecer. Estaba mentalmente agotada, pero tenía que terminarlo para dentro de dos días y no era la única tarea que debía hacer.
Se encontraba sola en la casa, tanto su madre como su hermano se habían ido a trabajar hacía unas horas, así que siendo tan temprano y no esperando a nadie se sorprendió cuando el sonido del timbre resonó por la casa. Sin muchas ganas se levantó de su escritorio y se dirigió a la puerta arrastrando los pies enfundados en unas pantuflas rosas peludas.
Llegó a la entrada y sin preguntar ni echar un vistazo por la mirilla abrió la puerta. Cuando vio quién estaba esperando al otro lado odió más que ninguna vez en su vida ser tan extremadamente descuidada.
La sonrisa torcida en la cara de Hans le hizo estremecer, la había visto muchas veces, estaba llena de una perturbada locura detrás de toda esa fachada de galán seductor. Todo lo rápido que pudo empujó la madera para cerrar el único espacio que le permitiría llegar hasta ella, lero el pie del chico se interpuso entre el quicio y la puerta, impidiendo quedarse fuera.
-¡Marchate! ¡Déjame en paz! - gritaba mientras presionaba con fuerza su cuerpo para evitar la entrada.
Sabía que tenía las de perder, aunque consiguiese ganarle a fuerza y con ello cerrase la puerta, solo sería posible sin el zapato que lo impedía de manera inamovible.
Al final, un empujón con más fuerza que el resto hizo que Anna trastabillase y Hans pudiese abrir la puerta definitivamente.
-Hola Annita, ¿me echabas de menos? - dijo mientras se acercaba a ella con esa sonrisa desquiciada todavía en la cara.
Sin poder responder presa del pánico, subió corriendo las escaleras tropezando más de una vez, pero sin caerse. Sin saber muy bien cómo llegó sana y salva y con todos los dientes a su habitación, cerró la puerta de golpe y puso una silla debajo de la manilla, bloqueándola. Hans había observado impasible y con una sonrisa dr autosatisfacción la carrera desesperada de Anna, le encantaba tener ese poder sobre ella, podía sentir su excitación. No. No estaba allí para eso, por muchas ganas que tuviese. Iba a destruir a Anna de una manera más profunda. Con su macabra sonrisa, subió lentamente los escalones, disfrutando del sonido de la voz de su exnovia, que salía amortiguada a través de la puerta, cada vez más alta por cada paso que se acercaba.
-... encerrada en mi habitación - la voz de Anna estaba completamente quebrada -. Va-vale, date prisa, por favor.
Hans tocó un par de veces la puerta con su nudillo, provocando que un gemido de miedo le llegase desde el interior del cuarto, qué difícil se le estaba haciendo no tirar ese cacho de madera abajo y follarsela.
-Dile a tu chucho guardián que no hace falta que corra tanto, cuando llegue yo ya no estaré - dijo mientras rebuscaba en la bandolera que llevaba cruzada al pecho.
Cuando encontró lo que buscaba sacó una carpeta fina de tapas blandas en la que se podía leer la palabra "EXPEDIENTE".
-Creo que vas a encontrar esta información tan impactante como yo - se agachó y pasó aquel expediente por el hueco entre la puerta y el suelo.
No tardó demasiado en escuchar los pasos temerosos de Anna acercándose y tomar los papeles que le había entregado. Sonrió con suficiencia, sabía que la curiosidad de la chica sería su perdición algún día.
En el interior de la habitación Anna se había retirado rápidamente de la puerta con la carpeta entre las manos, subiéndose a la cama. Hans no dijo nada durante un rato, pero sabía que seguía detrás de la puerta. Ni siquiera había intentado bajar la manilla atrancada, no había intentado entrar. Sabía que eso se debía a que lo que contuviese aquella carpeta le iba a hacer más daño que él lo que podría provocarle, y tuvo miedo, puesto que Hans podía hacer tanto daño como quisiese. No hubiese abierto la caja de pandora si debajo de la palabra "EXPEDIENTE" no hubiese una pegatina en la que estaba escrito el nombre de "Elsa Winter". Winter. Segunda razón por la que abrir el archivo.
Lo primero que vio fueron los ojos de una pequeña Elsa que le observaban desde una foto sujeta con un clip. No sonreía, su mirada no tenía una chispa de vida, ver eso en un niño no mayor de ocho años era devastador. Había algo en su cabeza que le gritaba que no siguiese leyendo, pero eta una sensación parecida a la que se tiene cuando se ve una película de miedo y te tapas los ojos con la mano, pero te haces trampas a ti mismo dejándo rendijas entre los dedos por las que sigues pudiendo ver.
Así que bajó los ojos en contra de lo que sus instintos le decían.
Lo siguiente que había bajo la foto de Elsa era una ficha informativa con todos sus datos. Lo primero en lo que se fijó fue en su estado familiar, que aparecía marcado como huerfana, pero lo que le hizo romper la barrera de imposibilidad que había formado en su cerebro, negando lo que sus ojos veían, fue lo que rellenaba el apartado de nacionalidad: Noruega/Española.
No. Elsa no. No podía ser ESA Elsa. Aquella Elsa que había estado negando durante toda su vida, aquella que, o bien no existía, o había muerto.
Desesperada y con movimientos bruscos siguió sacando papeles de la carpeta, buscando algún indicio de que aquello no fuese verdad, cuando de entre todos los informes se deslizó un pequeño recorte de papel de periódico, ya algo amarillento. Anna lo tomó con manos temblorosas.
"27 de diciembre de 2001
Los turistas tampoco se salvan de las carreteras.
Una familia noruega compuesta de cuatro miembros pasaba las recientes vacaciones de Navidad disfrutando de la capital española. La familia se dirigía al hotel donde se hospedaban cuando el coche en el que viajaban fue golpeado por otro automóvil que circulaba en el sentido contrario. El conductor falleció al instante, mientras que la mujer que iba en el asiento del copiloto perdió la vida horas más tarde en el hospital. Las dos niñas que estaban en los asientos traseros están ahora en manos de los servicios sociales españoles, ya que parece ser que no tienen familia que se pueda hacer cargo de ellas."
El artículo continuaba por algunas lineas más, pero las lágrimas que resbalaban por los pómulos de Anna e inundaban sus ojos le impedían leer más.
-Espero que estés orgullosa, wow, ¿cómo se siente haberte tirado a tu propia hermana? - esto, seguido de una risa fue lo último que se escuchó de Hans antes de que sin esperar respuesta se alejase de la habitación y saliese de la casa, dejando a Anna luchando contra demonios que creía ya olvidados y con los nuevos que acababan de aparecer.
Anna lloraba, lágrima tras lágrima bañaba su rostro, parecían un torrente tratando de borrar las pecas de sus mejillas. La realidad le había golpeado tan fuerte que no le llegaba el aire a los pulmones.
En ningún momento dudó de la veracidad de aquellos documentos, sabía perfectamente la influencia que Hans (o en este caso, el padre de Hans) tenía, acceder a este tipo de archivos debería ser misión imposible, pero no para él. Definitivamente Hans había encontrado el material idóneo para conseguir hundirla el todo, sabía su historia demasiado bien. Lo odiaba. Pero en esos momentos en su cabeza solo había espacio para una persona. Elsa. Elsa su hermana. Elsa, su motivo de depresión por años. Elsa, la persona con la que se estaba enrollando. Oh Dios mío. Había besado a su hermana, a su propia sangre, y joder, le había gustado tanto.
Sus pensamientos no tomaron ese hilo por demasiado tiempo, puesto que un rencor ya olvidado resurgió de las profundidades de su memoria.
Definitivamente, tenía motivos para odiar a Elsa.
-Flashback-
-¿Cúando voy a ver a mi hermana? - dijo una pequeña ana, interrumpiendo a la mujer que le estaba contando un cuento.
Beatriz cerró el libro despacio, mirando cautelosamente a la niña.
En las pocas semanas que llevaba en la casa, no era aquella la primera vez que Anna preguntaba por su hermana, hermana que para la mujer no existía. En el orfanato le habían dicho que Anna estaba sola, que no tenía ningún familiar vivo.
-Anna cariño - dijo con la voz más dulce que pudo mientras acariciaba su cabello -, El sa no está.
-Pero... me dijo que... me dijo... - los ojos de Anna comenzaron a aguarse y enseguida desbordaron y las gotas saladas recorrían sus pecosas mejillas - Me lo prometió, me dijo que vendría conmigo, que debía hacer algo antes... ¡Me lo prometió!
Beatriz se sorprendió del repentino llanto de la pequeña.
Anna ya había dicho esas palabras anteriormente, al principio las decía serena, segura de que su hermana cumpliría su promesa, a medida que pasaban los días y Elsa no iba a por ella sus palabras tomaban un tinte de inseguridad. Beatriz se dio cuenta de que en ese momento la pequeña se estaba aferrando a la promesa qye según ella le habían hecho. Se dio cuenta de que Anna cada vez creía menos que se cumpliría, pero su pequeña cabecita se negaba a a aceptar que nunca lo haría, básicamente porque Elsa no estaba ya o no existía más allá de la mente de la pelirroja.
-Tranquila Anna... - la mujer abrazó a su hija y la meció, notando la respiración cortada por los hipidos del llanto.
-¡No! ¡Quiero volver al orfanato! ¡Quiero volver con Elsa! - Anna se revolvía en sus brazos mientras las lágrimas se volvían más abundantes -. Es la mejor hermana del mundo, me cura las pupas y hace muñecos de nieve conmigo.
Esas palabras calaron en el corazón de la recién convertida en madre, su pequeña quería volver al orfanato. Tragando su dolor sonrió con cariño.
-Anna, ¿quieres que vayamos a buscarla? Puede que te esté esperando porque no sepa dónde encontrarte.
Sabía perfectamente que Elsa no estaría allí, pero de nada serviría discutir con ella, puede que si lo viese con sus propios ojos comprendiese que no iba a volver.
-¿De verdad? - las mejillas de Anna estaban completamente empapadas y enrojecidas, pero había parado de llorar en el momento en el que escuchó esas palabras. ¡Sí! debía de se eso. Iría ella misma a por Elsa.
-Pero tendrá que ser mañana, ahora toca dormir - secó las carita de Anna y le dio un beso en la frente -. Buenas noches fresita.
La niña sonrió y se acurrucó entre las sábanas con la llama de la esperanza reavivada, al día siguiente por fin vería a su hermana.
-Fin del flashback-
Nunca jamás se olvidaría de la inmensa decepción que sintió cuando llegaron a la institución y todo el mundo al que preguntaba por su hermana negó haber conocido a una persona así. Ni siquiera el resto de niños. Estuvo triste y deprimida, cuando no creía que su hermana le había abandonado, pensaba que estaba loca por haberse inventado a una persona.
No era raro que un niño de cinco años tuviese amigos imaginarios, pero haber perdido al suyo causó en Anna grandes estragos. Por culpa de Elsa tuvo que pasar en manos de profesionales gran parte de su infancia, los psicólogos no eran capaces de hacer entrar en razón a Anna, si por algo se caracterizaba la pelirroja era por su persistencia y cabezonería.
Con el paso del tiempo, sobre todo tras la llegada de Kristoff, se obligó a aceptar que a sí había existido, pero había muerto en aquel accidente en el que lo perdió todo. Su mente había creado un espejismo de Elsa que estuvo con ella durante los dos años que estuvo en el orfanato, algo así como una medida de defensa contra el dolor de perder a su familia, y que cuando encontró una nueva ya no la necesitaba más.
Ahora, con los papales que tenía entre sus manos la rabia inundó sus pensamientos y su corazón.
Nada de lo que había pensado era cierto, y el sentimiento de abandono cada vez se hacía más grande, instalándose en su pecho.
No sabía cuánto tiempo llevaba en la misma posición, cuánto tiempo había pasado desde que Hans se había ido, y lo único que le sacó de aquel trance fueron unos fuertes golpes en la puerta.
-¡Anna! Soy Kristoff, ¡abre por favor! - la voz de Kristoff denotaba la angustia que estaba sintiendo por la posibilidad de que Hans le hubiese hecho algo malo a su hermana.
Anna rápidamente recogió todos los informes y metió la carpeta en uno de los cajones de su escritorio. Abrió la puerta cuando quitó la silla de delante, siendo impactada por el gran cuerpo de su hermano, el cual le abrazaba como si de repente fuese a esfumarse de entre sus brazos.
-Tranquilo Kristoff, no me ha hecho nada, estoy bien...
Jamás en la vida había mentido tanto al decir aquellas dos palabras. No. No estaba bien.
Este capítulo va sobre puertas (?)
Pero ya hablando en serio, las puertas son importantes, esa puerta que Elsa intenta cerrar para que sus muros siguiesen donde estaba, pero que decide abrir y confiar en Mérida. La puerta que Anna no es capaz de cerrar con Hans porque de alguna manera aún sigue siendo parte de su vida. Tras la cual se proteje, pero ya en su habitación, cuando Hans ya había entrado en la casa, es decir, que ya está dentro de la vida de Anna, pero ella en lo más profundo todavía es capaz de encerrarse. La puerta que se abre de golpe trayendo su pasado de vuelta. Y la que ella le abre a Kristoff, pero solo a medias, porque no le contará sobre la verdad de lo que ha pasado.
Las puertas son importantes, espero que os haya gustado el capítulo, para Anna esta revelación va a ser un gran golpe, ¿qué pasará si Elsa lo descubre?
Una cosita, Beatriz llama "fresita" a Anna, refiriendose a la fruta, por si acaso tengo a algún latino leyendome jajaja.
Luu7: ¡Holiii! Nah, si hubiese sido por otra cosa Mérida se la hubiese armado gorda. Y sí, Anna y Hans terminaron, pero como has podido ver no se libra de él ni queriendo, siempre jodiéndole la existencia. Y ser rara es bueno, lo normal está sobrevalorado. ¿Qué pasaría si los que se consideran normales fuesen en realidad los locos?
elsii: ¡Hola!Gracias, creo jajaj
Azu Rush: Holiii Azuuuu :D Sé que siempre tardo demasiado en actualizar, así que a la gente como tú que me espera desde el principio tengo mucho que agradecerle. Espero que no me mates por el repentino odio de Anna hacia Elsa xD
Y esto es todo por hoy, nos vemos en la próxima chicos :3
Bisu! (^3^)~
Yomi.
